29
JAMES vació el contenido de su copa en el hogar. El coñac se transformó en una llama azul.
—Puede que os disgusten mis métodos, pero no mis resultados —afirmó, sombrío—. Es verdad, alguien de la mansión me mantuvo informado. Es cierto, es horrible hacerle algo así a Artemas. Pero ahora podréis ver por qué era necesario.
Elizabeth y Michael se revolvieron en sus sillas, tensos, para mirarlo. Cass, recostada en un sofá, lo estudiaba con los ojos entrecerrados.
—Ahora entiendo por qué Alise te abandonó —dijo Cass—. Eres despreciable.
James se puso tenso.
—La pregunta —anunció— es si soy el único que no está dispuesto a transigir con esta situación sin hacer nada.
—Creo que sí —respondió Michael, al mismo tiempo que se dirigía al centro de la habitación. Cass observó a Michael con una mezcla de orgullo y sorpresa. En los últimos meses, había emergido en la personalidad tierna y contemplativa de su hermano una nueva seguridad—. Si Artemas ama realmente a Lily, y nos pide que aceptemos ese hecho, lo haré con los brazos abiertos.
—¿Y aceptarás que siempre nos eche en cara sus acusaciones a Julia? —replicó James.
—Tiene derecho a sus convicciones —terció Elizabeth, mientras observaba a James con tristeza—. Podría odiarnos por defender a Julia, pero no lo hace. Nunca nos ha odiado.
James lanzó una mirada inclemente a Michael, Elizabeth y por fin a Cass.
—Debes admitir que Lily ha sido más amable con nosotros que nosotros con ella —dijo Cass—. Es una manera sumamente extraña de desquitarse. La voluntad de Lily de soportarnos no resulta del todo comprensible a menos que consideremos la posibilidad de que ame a Artemas.
James replicó:
—¿Ninguno de vosotros se ha preguntado si no ha habido mucho más que una amistad entre ambos antes de que el esposo de Lily muriera? La historia de esa peculiar amistad infantil siempre me ha resultado bastante difícil de tragar.
Tamberlaine se enderezó, ominoso.
—¡Es suficiente! —Todos se volvieron hacia él. Le brillaban los ojos—. ¡Suficiente! No puedo permitir que esta asquerosa suposición arraigue.
Cass se inclinó hacia delante, como la personificación del asombro mudo que los invadía.
—Tú sabes mucho más acerca del pasado de Artemas y Lily de lo que jamás has admitido, ¿no es así?
—Sí. —Tamberlaine hizo una pausa, mientras recordaba lo ocurrido en todos esos años y elegía las palabras correctas, el punto en que convenía comenzar. Se sentó en un sillón, cerca del hogar, cansado y perturbado. Comenzó—: Lily no tendría más de dieciocho años, y Artemas sólo veintiséis, cuando fue a verlo a Nueva York…
El sofá estaba cubierto por luces de adorno de Navidad. Hopewell tomó la última tira, enchufó todas a un alargo y gruñó satisfecho cuando las vio encenderse y apagarse. Como él, todavía estaban en buena forma. Juraba por Dios que cubriría todo su hogar de luces. Adornaría un árbol, desplegaría angelitos sobre la chimenea y colgaría muérdago en todas las puertas. Sonriente, recorrió la vieja casa, orgulloso de lo limpia y ordenada que estaba.
Pensó en que Joe saldría de la prisión en dos meses y se estremeció. Sabía lo que debía hacer. Ayudaría a Joe como pudiera, pero no a costa de Lily. Mientras Lily se mantuviera alejada de la banda de los Colebrook, no podía pedirle que abandonara la vieja granja.
Hopewell oyó que un coche se detenía frente a su casa y corrió hasta la puerta, esperando que fuera Manita. En cambio, vio una vieja camioneta oxidada; el conductor arrojó por la ventana una colilla de cigarrillo. La puerta del pasajero se abrió y alguien salió, pero Hopewell no pudo ver de quién se trataba.
—Gracias por traerme, muchacho —dijo una voz que lo sobresaltó, por lo familiar.
El conductor de la camioneta cambió de marcha y retrocedió por el sendero.
Joe estaba allí, de pie, con una sonrisa afectada y un bolso de tela en una mano.
—Hola, viejo —saludó—. Maldición, no pareces demasiado feliz de verme.
—¿Cómo… cómo es que estás aquí?
—Me dejaron salir antes. No te preocupes… Tengo los papeles del funcionario que me supervisará mientras esté en libertad condicional.
Hopewell sintió que un puño invisible se cerraba alrededor de su garganta. Por su mente desfilaron imágenes terribles: Lily y Manita averiguaban el trato que había hecho con el abogado de Artemas Colebrook, lo odiaban por ello, su vida volvía a ser desgraciada y solitaria. No. ¡No! Hablaría con el abogado. Le diría que había cambiado de idea. Ayudaría a Joe de algún otro modo. Joe no notaría la diferencia.
Hopewell caminó, aturdido, hasta el patio, y abrazó a su hijo.
—Bienvenido a casa, muchacho.
Joe colocó un brazo fornido alrededor de los hombros de Hopewell y sonrió.
—Maldición, eres un viejo inteligente, ¿no? Revuelves el cuchillo. Cortas una tajada bien en medio de las tripas de Colebrook. —Hopewell dio un paso hacia atrás, tambaleante, y miró fijo a Joe. Joe rio y asintió—. El abogado vino a verme. Me lo contó todo. Dijo que si podía, me sacaría pronto.
Hopewell estaba casi sin aliento.
—¿No te parece algo sucio aceptar limosna del tipo que te hizo agarrar por la policía y condenar a prisión?
Joe entrecerró los ojos.
—No te hagas el virtuoso conmigo. Colebrook me lo debe, por lo que ha hecho.
—¿No te importa que lo haga para sacar a Lily MacKenzie de su propio hogar?
—¿Su hogar? Viejo, hace años que esa perra no es dueña de ese lugar. Tú eres el dueño. Y yo soy carne de tu carne, y es mejor que hagas lo que es bueno para mí. Sácala a puntapiés de esa tierra, y di a Colebrook que pague.
—El contrato no vence hasta febrero. Nunca dije que la echaría antes de esa fecha.
—Pues rompe el contrato. No estaré aquí dando vueltas durante dos meses.
—Joe, este es tu hogar. Tienes un lugar donde vivir. Puedo conseguirte un trabajo. Maldición, te pagaré por trabajar para Lily y para mí…
—¿Crees que voy a romperme el alma por monedas, cuando Colebrook dijo que me daría todo lo que le pidiera? Tú hiciste el arreglo. ¿Por qué estás tan quisquilloso ahora?
—¡No puedo hacerlo! Me equivoqué. Esta no es manera de enderezarte. Estás mucho peor que antes de irte.
Joe le dio un empujón a su padre; luego lo tomó del cuello de la camisa y fijó los ojos fríos y amenazadores en él.
—Seré rico, abuelo —afirmó con suavidad—. Si me lo arruinas, lo lamentarás.
Hopewell apartó de un tirón la mano de Joe de su camisa.
—No puedes hacerme nada peor que lo que ya me has hecho. ¡Se terminó! O aceptas lo que te digo, o desapareces de mi vista.
—No te conviene maltratarme. Te daré unos días para que te convenzas. —Joe fue hasta el escritorio que había en la sala, abrió un cajón y esbozó una sonrisa—. Todavía tienes tu pequeño escondrijo para el dinero, ¿no es así? —Joe tomó un fajo de billetes de veinte dólares del cajón y los puso en el bolsillo de su pantalón. Hopewell tomó un atizador de la chimenea y lo sostuvo en alto. Joe sacó una pistola del cajón. El gatillo hizo un ruido suave y letal cuando Joe apuntó a su padre. Joe sonrió—. Y también guardas tu pistola en el mismo lugar.
—Deja todo eso. Maldito seas, déjalo.
—Apretaré el gatillo, papito. —La voz de Joe tenía una cadencia provocadora—. No tengo nada que perder, excepto el dinero de Colebrook. Y no voy a perderlo.
—Preferiría estar muerto antes que verte de este modo. —El ruido de un automóvil hizo que Hopewell bajara el brazo y mirara por la ventana. Era el Cougar rojo de Manita. Joe miró en la dirección en que había mirado su padre. Escondió el arma en su chaqueta y cerró el cajón de un puntapié.
—Tienes visita. Y no deseas que los demás conozcan nuestros planes, ¿verdad? Haremos ese trato con Colebrook y lo mantendremos en secreto. Porque si no lo hacemos, viejo, si no lo hacemos… —Joe sonrió y dejó en el aire la insinuación. Se dirigió a un gancho que había cerca de la puerta, tomó un juego de llaves de un camión y dijo con voz ligera—: Estaré en un hotel de la ciudad, papaíto.
La muda desesperación de Hopewell era la única respuesta que Joe necesitaba. Rio y salió de la casa.
—¡Era Joe! —exclamó Manita, de pie junto a Hopewell, mientras señalaba hacia la puerta de entrada, como si Hopewell no lo supiera—. ¡Me crucé con Joe al llegar! ¿Qué hace fuera de la prisión? Lo llamé, pero lo único que hizo fue mirarme y reírse. ¿Por qué estabas sentado aquí en tu cama, en la oscuridad?
—Cállate, mujer.
La voz de Hopewell era trémula. La hizo sentar junto a él y le sostuvo la mano. Manita vio la desesperación en su rostro.
—¿Qué sucedió? —preguntó, al tiempo que le acariciaba desesperadamente la mejilla.
—Salió antes. Regresó a casa. Mi muchacho ha regresado a casa, Manita.
—Dios, por tu aspecto se diría que es lo peor que te haya ocurrido en la vida.
—Joe es malo, Manita. Es malo hasta la médula, y lo he perdido.
Manita musitó unas palabras tristes y apoyó la cabeza de Hopewell sobre su hombro.
—No hables así.
Hopewell no podía decirle por qué. Solo podía esperar y pensar, y entonces, cuando se viera forzado a hacerlo, tomar la decisión más difícil de su vida.
Comenzó a nevar, algo extraño al comienzo de la estación, aun en las montañas. Lily se encontraba de pie en los nuevos jardines de la posada Malloy. La rodeaban tía Maude y las hermanas, además del señor Malloy, el señor Estes y el señor Parks y sus hijos.
Lily sonrió algo aburrida y encontró la mirada preocupada de tía Maude. Lily les había contado a Maude y a las hermanas su relación con Artemas. Manita estaba segura de que Hopewell se había ablandado lo suficiente como para aceptar la relación, aunque jamás fuera a perdonar a Artemas por enviar a Joe a prisión. El saber que Joe estaba de nuevo en el pueblo ponía nerviosa a Lily. No estaba segura de nada.
Artemas la aguardaba en la mansión. Para cuando Lily llegara, sus hermanos también estarían allí. No tenían idea de por qué Artemas les había pedido que fueran. Antes del final del día, lo sabrían todo.
Al cabo de unos momentos más, tras brindar, Lily dijo:
—Les deseo feliz Navidad a todos. Ahora debo irme corriendo. Los veré más tarde.
Estes le clavó una mirada escrutadora.
—Pensé que irías con nosotros a casa de Maude. Quiero decir que… tenemos cosas que celebrar.
—Lily tiene mejores cosas que hacer —dijo Mana.
—¿Cómo qué? —inquirió Estes, alerta, casi violento.
Lily logró esbozar una sonrisa.
—Los veré más tarde.
La expresión de Estes se tornó más rabiosa.
—Aquí sucede algo. Quiero saber de qué se trata. ¿Por qué no vienes a casa de Maude?
Lily sentía que la confrontación era irremediable. Clavó los ojos en él, preocupada.
—Da igual que lo sepa ahora. Voy a Sauce Azul. Artemas me espera.
Estes se quedó boquiabierto.
—¿Has estado viendo a ese hombre a mis espaldas?
Antes de que Lily pudiera contestar, Mana soltó una risa indignada.
—¿De qué otro modo podría verlo? Has estado sosteniendo esta lucha encarnizada con él ante los ojos de Lily, y le has hecho creer que le volverías la espalda si ella tan siquiera le dirigía una palabra amable. Artemas Colebrook no es tu enemigo, bobalicón testarudo. Los problemas de Joe son culpa de Joe, y pensé que lo sabías. Te ha tratado como una basura desde que regresó.
Manita se puso frente a Estes y lo miró a los ojos.
—Hopewell, Lily ha sido buena contigo. Ha hecho las paces con Artemas Colebrook. Lo ama, y él la ama.
—Él no la ama —replicó Estes, con el rostro ceniciento. Miró fijo a Lily—. ¿Estabas esperando a terminar este trabajo para contarme la verdad?
—No había nada que contar, hasta hace muy poco. —Lily tendió las manos, implorante—. Por favor, trate de comprender. Él y yo hemos hecho tantos esfuerzos por lograr lo mejor para todos los demás… Ahora, debemos hacer también lo que es mejor para nosotros.
—Escúchame. Lo único que él está haciendo es maquinar intrigas para volver a arruinarte.
Lily continuó con la mirada fija en los ojos indignados de Estes, sin parpadear.
—Se equivoca. Si pudiera apartar sus ideas testarudas acerca de Artemas lo suficiente como para conocerlo, se daría cuenta. Nunca le he pedido más que una oportunidad. ¿Me la brindará?
—Intento evitar que cometas un terrible error.
—Deseo seguir trabajando en el hogar de mi familia. Deseo seguir trabajando con usted. Debe decirme si será posible.
Estes farfulló.
—¿Así como así? ¿Me largas esta noticia y crees que no cambiará nada?
Manita dejó escapar un suave grito, alarmada y decepcionada.
—Hopewell, no estarás dispuesto a destruir todo lo que Lily y tú habéis logrado. No puedes hacerlo. Sé que no eres capaz.
—No sé qué planea Colebrook, pero tengo intenciones de descubrirlo. Creedme, no es oro todo lo que reluce. Me agradeceréis que haya alejado a Lily de él.
—¿Por qué diablos dices eso? —preguntó Maude, mientras alzaba las manos—. Si algo he aprendido a lo largo de los años acerca de Artemas Colebrook, es que daría su alma por evitar herir a Lily. Lo que dices, que él maquinaría algo en contra de ella, no tiene ningún sentido.
Manita se inclinó hacia Estes; intentaba con desesperación entenderlo.
—Artemas Colebrook es el bastardo más frío e intrigante…
—Basta —ordenó Lily, con un nudo en la garganta—. Se lo preguntaré una vez más, señor Estes. Tengo hasta febrero hasta que expire el contrato, pero si no puede aceptar mi relación con Artemas, dígamelo ahora, y haré planes para marcharme.
El aire frío estaba pleno de muda tensión.
—Teníamos un acuerdo con respecto a los Colebrook, y tú lo has roto. —El tono de Estes era angustiado y amargo—. Te haces este daño a ti misma. No es mi culpa.
—Hopewell, ¡no! —rogó Manita—. Nunca te lo perdonaré si cometes esta atroz estupidez. —Se dirigió a toda prisa hacia la camioneta de Maude, que estaba junto a la acera; subió y cerró la puerta de un golpe. Lily se alejó. Estes le gritó, con la voz ronca:
—¡No es a mí a quien vas a odiar! ¡Es a Colebrook!