EPÍLOGO

LILY estaba sentada, sobre la hierba amarillenta que rodeaba el mausoleo de granito, bajo un cielo brillante y frío. Los hechos de los últimos dos años parecían distantes como un mal sueño, y a la vez se conservaban frescos como el día anterior; en el curioso contraste del dolor y la aceptación, Lily comenzaba a encontrar serenidad.

El zumbido suave del motor de un automóvil le hizo alzar la vista. El vehículo apareció al subir una loma y se detuvo frente a ella. De él descendió Artemas.

Lily se incorporó y se pasó una mano por los ojos húmedos, mientras Artemas se le acercaba.

—Pasé por la granja —dijo él al llegar a su lado—. El señor Estes dijo que habías dejado de trabajar temprano. Me contó que habías venido a Atlanta y para qué.

—Se ocupa de mí como una matrona vieja.

—Te adora. —Artemas tendió ambas manos. Lily las tomó y lo miró, silenciosa, desdichada—. ¿Por qué viniste sola, sin decirme nada?

—Quería hablar conmigo misma, y con Stephen. Y también con Richard. Siento como si estuviera en un largo túnel, pero ahora hay luz al final. —Se detuvo—. He empezado a ver esa luz hace unos pocos meses. Tú la encendiste.

—Estoy contigo ahora, en la oscuridad, y estaré contigo cuando llegues al otro lado.

 

Lily se refugió en el abrazo de Artemas.

—Desearía que hubiera algo que pudiera decir o hacer por Stephen, que diera lógica a todo —susurró Lily, con un nudo en la garganta—. Un modo de desprenderme del dolor pero conservar los recuerdos, sin sentir que lo estoy olvidando. Nunca había vuelto antes aquí porque temía que me destrozara… imaginarlo aquí, solo. Encontré esto, en el suelo, dentro del mausoleo. —Lily puso una mano en el bolsillo de su chaqueta y tomó un osito de peluche marrón, diminuto. Encontró la mirada conmovida de Artemas y preguntó—: ¿Fuiste tú quien lo trajo?

Artemas asintió.

Lily lo tomó del brazo. Juntos, caminaron hacia el mausoleo. Lily abrió la puerta de hierro forjado y entraron. Lily colocó el osito en su lugar en el suelo; después tocó con las puntas de los dedos el nombre de su hijo, tallado en la lápida de piedra, junto al de Richard.

—Estás siempre conmigo —susurró.

Tocó también el nombre de Richard. Artemas no dijo nada, pero le besó el cabello con ternura.

Volvieron a salir y Lily cerró la reja. Artemas la atrajo hacia sí y la abruzó, en un intento por consolarla y por expresarle su amor. Después de un momento Lily lo miró y sonrió. Era hora de volver a Sauce Azul y comenzar el nuevo año.

 

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