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MACKENZIE, GEORGIA, 1962
Artemas tenía sólo siete años, pero conocía muchos secretos; la mayoría eran desconcertantes y terribles.
Tío Charles tenía los testículos grandes y el trasero prieto. Ese era uno de los secretos. Papá lo había dicho. Artemas no debía nunca más pedir al presidente Kennedy que echara un pulso con él cuando el presidente visitaba la casa de tío Charles, porque avergonzaba a su tío. Tío Charles era el único Colebrook que había heredado el talento para los negocios de la familia, y por eso la abuela le permitía manejar Porcelanas Colebrook. Ella era la dueña, pero nadie le pedía que trabajara. Ese era otro secreto.
Papá se había casado con mamá por su dinero. Mamá era mitad española, y los españoles eran «nobleza venida a menos», frase que Artemas no comprendía. Pero, según papá, mamá era también una Hughs de Filadelfia. Lo que perturbaba a papá era que ella había hecho algunas cosas malas y misteriosas con dinero, y que en consecuencia el abuelo y la abuela Hughs no la habían dejado heredar, la habían «desheredado», y su dinero había ido a parar a tía Lucille. Tía Lucille se había casado con un petrolero de Texas y se había mudado a una finca, donde traía al mundo niños y problemas.
Artemas amaba a mamá y a papá con desesperación. Eso no constituía ningún secreto, pero su amor no podía borrar las actitudes de sus padres, que a veces lo aterrorizaban, ni las murmuraciones que había oído una vez a los sirvientes de Port's Heart, la casa que el abuelo Hughs les había regalado, situada junto al océano, en Long Island.
Había otros secretos, más complicados. Nadie le había dicho que eran secretos. Él lo había decidido. Hubiera preferido morir antes que revelar lo que había visto hacer a sus padres una vez, en el mirador de Port's Heart, después de que los hombres de los bancos de Nueva York se hubieron ido con cajas llenas de papeles importantes de papá. Artemas, quien jugaba entre los rosales, cerca de allí, estaba demasiado asustado y horrorizado para hacer saber a sus padres que los estaba viendo.
Papá y mamá se habían estado peleando por cuestiones de dinero. Luego papá abrió la falda de mamá y la hizo caer al suelo de mármol del mirador. Mamá dio a papá una bofetada y papá le pegó hasta hacerla gritar. Entonces papá abrió el cierre de sus pantalones, se puso sobre ella y empujó tan fuerte entre las piernas de mamá que ella comenzó a llorar. Después dijo:
—Eres tan despreciable como yo, perra estúpida.
Al día siguiente mamá hizo jirones todos sus vestidos de gala con un par de tijeras de jardín. Después compró otros nuevos. Siempre parecía haber dinero para lo que mamá y papá querían, en especial para ropa, fiestas y viajes. Papá figuraba en el directorio de Porcelanas Colebrook, pero tío Charles no le pedía que hiciera demasiadas cosas, de modo que disponía de mucho tiempo libre.
Las turbulencias de su vida familiar atemorizaban a Artemas. Había un único lugar donde se sentía a salvo de ellas.
Sauce Azul. Desde hacía dos años Artemas pasaba allí las fiestas y los veranos, con la majestuosa y digna abuela Colebrook.
Sauce Azul era un reino perdido, con construcciones en ruinas, bosques misteriosos y campos cubiertos de hierbas, ideales para explorar. En el centro se erigía una enorme mansión, llena de ecos, perfecta para las fantasías de un niño de siete años. Todo el conjunto se hallaba escondido en las salvajes montañas de Georgia. Zea MacKenzie, el ama de llaves, su esposo Drew, el jardinero, y los padres de Drew vivían en su granja, que quedaba en el valle, al otro lado del lago y de las colinas de la mansión, junto al antiguo camino cheroqui. La abuela decía que eran pobres, pero que eran MacKenzie, y que por eso siempre serían especiales.
La abuela también era especial. La gente murmuraba que cuando era joven había sido una cosa llamada «corista», antes de convertirse en una «vividora» y casarse con el abuelo. El abuelo había resbalado y se había caído por una ventana de Wall Street, durante la Depresión. Para ayudar a la abuela, después de la muerte de su esposo, las hermanas del abuelo le habían quitado a papá y a tío Charles.
Le habían dicho a la abuela que podía quedarse en Sauce Azul, y que criarían a sus hijos en lugar de ella, en Nueva York. Desde entonces, la abuela siempre había permanecido en Sauce Azul. Eso era bueno para Artemas, pues significaba que podía visitarla. La abuela decía que él era su premio de consolación; a Artemas le parecían palabras bonitas, aunque no las comprendiera.
Pero la abuela era demasiado vieja para seguir todo el tiempo el ritmo de un niñito, de modo que lo entregaba a los maravillosos MacKenzie. Artemas los amaba y sentía que ellos lo amaban, con tanto fervor que se desesperaba de culpa y confusión al pensar en sus padres. Cada día que pasaba con los MacKenzie era una aventura. Si ser pobre sólo significaba tener que vivir en una granja como la de ellos, Artemas quería ser pobre al estilo MacKenzie.
Los Colebrook ahora también eran pobres, aunque de otro tipo. Parecían ricos, pero la gente sentía pena por ellos a sus espaldas. La abuela decía que ese era uno de los secretos que él debía guardar.
Sin dinero, todo lo que los Colebrook tenían era «los amigos convenientes y un apellido importante». Mamá decía que eso era suficiente, con tal que uno supiera a quién adular.
Artemas había decidido, en lo posible, no aprender más secretos de familia.
La señora MacKenzie estaba limpiando porcelana Colebrook y contando historias.
—Cuando Gabriel vuelva y haga sonar su trompeta, los Colebrook enviarán a su mayordomo para ahuyentarlo, y los MacKenzie le dirán que mueva su trasero a otra parte hasta después de la cosecha —dijo con solemnidad la señora MacKenzie—. Aturullado por la reacción de estas dos familias tercas, el pobre Gabriel no sabrá ni cómo regresar al cielo.
A Artemas le gustaba el modo en que la señora MacKenzie explicaba las cosas.
—Los MacKenzie y los Colebrook están pegados como el pasto a las patas de una rana —continuó—. Han compartido secretos y sueños desde hace más tiempo del que te puedas imaginar, Artie. Sauce Azul está en el centro del pacto, y siempre lo estará.
—¿Qué es un pacto?
—Es como un círculo de promesas, y mientras nadie rompa el círculo, todos los que permanezcan en él estarán seguros.
La señora MacKenzie soltó un gritito y dejó de limpiar. Apoyó una mano sobre su enorme vientre, que tensaba la tela del uniforme y del delantal, y dejó caer el plumero. Los rayos del sol de septiembre formaban sobre ella sombras extrañas, al entrar por los altos ventanales. En la enorme galería del piso superior, todo se hallaba en sombras excepto Zea, y varias generaciones de Colebrook la observaban desde sus retratos colgados de la pared. Su cabello rojo, recogido en anchas trenzas sujetas alrededor de la cabeza, relucía como la sangre.
Se inclinó sobre Artemas, quien estaba sentado en la alfombra; tenía el mono sucio, estaba descalzo y se abrazaba sus propias rodillas mientras la miraba, paralizado. Apenas minutos antes, Zea le había estado narrando una historia de la vez en la que el abuelo MacKenzie tomó demasiado licor de maíz y vomitó sobre el pastor. Ahora, Artemas creía que le iba a contar otra historia de vómitos.
Pero ella cerró los ojos y se meció hacia delante y hacia atrás sobre los tacones de los fuertes zapatos que usaba para trabajar. El rostro, pálido, reflejaba dolor. Aquel no era el comienzo de otra historia. Artemas se incorporó de un salto. —¿Qué sucede? ¿Viene el bebé?
Ella exhaló, rio y abrió los ojos. —No, es sólo mamá naturaleza que hace planes para dentro de algunas semanas. —Guiñó un ojo, casi del mismo azul que el motivo del plato que había estado limpiando, y se pasó el brazo transpirado por la frente.
Los ojos de Artemas se llenaron de lágrimas, que escocían como gotas de limón. Los niños Colebrook nunca lloraban. Sabían lo que querían y cómo conseguirlo, decía papá; de modo que Artemas contuvo el llanto.
—Ya no estaré aquí. La abuela cerrará Sauce Azul la semana próxima. Debe venir a vivir con nosotros, en Nueva York.
La señora MacKenzie, que siempre reía y hacía bromas, por primera vez pareció triste. Se inclinó y le dio un beso en la frente. Artemas echó los bracitos fuertes y tostados alrededor de su cuello y la abrazó; ella lo sostuvo en actitud protectora.
—Eres demasiado serio para tu edad; tienes muchas preocupaciones. Hablemos de algo alegre. —Le sonrió con ganas—. Drew dice que cuando su padre era joven fabricaba licor. Y tu abuelo compraba camiones enteros para las fiestas que se hacían aquí. Una vez, cuando Fred Astaire estaba de visita… —Dejó escapar otro grito—. ¡Dios mío! —exclamó, y se tomó el vientre con las manos temblorosas.
Artemas observaba con atención. —¿Fred Ester también vomitó sobre alguien? —Entonces se dio cuenta de que la historia había sido interrumpida otra vez. Se sintió invadido por el temor—. ¿El bebé está haciendo algo malo?
—Oh, no creo que ocurra nada. Es algo temprano… —Zea soltó un pequeño aullido. Dio un paso atrás y frunció la frente, mientras estudiaba la mancha oscura que se extendía sobre la gastada alfombra oriental. Artemas, horrorizado, vio unos chorros de agua que caían por las medias de Zea y sobre los fuertes zapatos con cordones. ¿Por qué hacía pipí en la alfombra?
La respiración áspera de la señora MacKenzie despejó su turbación como un cuchillo. Con una mano en el vientre, Zea se tambaleó hasta el sofá y se dejó caer en un rincón. El dobladillo de su uniforme colgaba entre sus rodillas y ocultaba la fuente del misterio aterrador. Los extraños fluidos caían a chorros sobre el tapizado de terciopelo y por las patas doradas. Era un «Luis Quince»: otra frase incomprensible. Lo único que Artemas sabía era que la gente no debía hacer pipí sobre ese sillón.
—Creo que me he equivocado —dijo la señora MacKenzie, intentando sonreír a Artemas—. Ve y di a alguien que pida al señor MacKenzie que venga. Voy a tener a mi bebé.
El alivio debilitó las piernas de Artemas. ¡Bebés! ¡Ahora comprendía! Sabía que los animales hembras tenían bebés, porque durante los dos últimos veranos el señor y la señora MacKenzie lo habían dejado ver a las vacas, a las gatas y hasta a una cerda dar a luz.
—¡Conseguiré ayuda! —gritó, y corrió hacia la escalera que se encontraba en el extremo opuesto de la galería. Apenas si rozaba los escalones que lo llevaron, dos pisos más abajo, al vestíbulo de entrada. Corriendo de habitación en habitación del amplio piso principal, llamó al mayordomo y a la última doncella que quedaba. Los minutos pasaban con horrible velocidad. Todos los relojes comenzaron a dar la media hora. Se agachó para atravesar una puerta de la biblioteca y bajó deprisa las angostas escaleras que conducían al sótano. Colocó una banqueta a toda prisa bajo el intercomunicador que se encontraba sobre una pared. Apretó todos los botones y gritó:
—¡Va a tener el bebé! ¡Vengan a la galería grande! ¡La señora MacKenzie va a tener el bebé! ¡Traigan al señor MacKenzie! ¡Ayúdenme! —Quedaban muy pocos sirvientes, y la abuela había salido a dar un paseo en su carreta tirada por un poni. De pronto Artemas recordó que los sirvientes tenían la tarde libre. Habían ido de compras a Atlanta.
Desesperado, corrió al ascensor de servicio. Subió en él y galopó a través del laberinto de corredores, hacia la galería.
La señora MacKenzie estaba sobre el sofá, llorando, con la cabeza echada hacia atrás y las uñas clavadas en los almohadones. Artemas sintió que sus rodillas amenazaban con aflojarse, pero se forzó a acercarse a ella.
—¡No encuentro a nadie! ¿Qué debo hacer?
La señora MacKenzie jadeaba.
—Ve afuera y busca al señor MacKenzie. Estaré bien.
—No, no puedo dejarla, no puedo.
Ella se estremeció y hundió sus manos en el sofá, agitada.
—¡Rayos! —dijo alegremente. Artemas no podía moverse de su lado, atado por el amor y el temor de que algo terrible sucediera si se marchaba.
La señora MacKenzie se relajó. Recuperó el aliento y tomó la mano temblorosa y extendida de Artemas entre las suyas.
—Esto no es igual que cuando mirabas a la vieja Bossy mientras tenía su ternero. Ahora ve, ¿me oyes?
—Puedo ayudarla. Por favor, no estoy asustado. —Los dientes de Artemas rechinaban, pero se acercó—. No hay nadie más. No tengo miedo, lo juro.
—Te he dicho que vayas. ¡Hazme caso!
La señora MacKenzie gimió y se incorporó en el sofá, hasta acomodarse contra el respaldo. Subió convulsivamente las rodillas y el dobladillo del vestido le subió hasta los muslos. Artemas quiso apartar la mirada, pero no pudo. Las medias, el portaligas y las calzas de la señora MacKenzie estaban empapados en un agua rosada, y su vientre parecía a punto de explotar como un globo.
—¿Va a salir el bebé? —preguntó, al tiempo que su mano frenética golpeaba la rodilla de la señora MacKenzie.
Ella soltó una risa ahogada.
—¡Con la fuerza de un tren de carga!
—¡Yo la ayudaré! ¡Yo ayudé a la cerda! ¡Por favor, por favor, dígame qué debo hacer!
—La cerda y yo debemos estar agradecidas, según creo. Esto no es algo que deba ver un niñito. Pero me parece que tú no eres un niñito común. —Entre dientes y mientras se esforzaba por mantenerse erguida, gemía con suavidad—. Quédate de pie junto a mi cabeza, y no mires.
Algo aliviado por esa perspectiva, Artemas se acercó y volvió la cabeza hacia la galería de sus ancestros. Una docena de hombres y mujeres Colebrook observaban desde sus altos retratos con marcos dorados. Intentó concentrarse en ellos. MacKenzie y Colebrook… Otra vez compartían algo, formaban parte del círculo, hacían volver a Gabriel al cielo…
El sonido tosco de la tela que se desgarraba lo hizo sobresaltar. Se dio vuelta y vio cómo la señora MacKenzie rasgaba la entrepierna de sus calzas. Artemas sintió que enrojecía por la vergüenza, que de inmediato cedió el paso a la curiosidad.
—Es igual que lo que tiene Bossy, pero más pequeño —dijo admirado.
La señora MacKenzie rio, lanzó un quejido y gritó, como si su esposo estuviera allí: —¡Drew!
El corazón de Artemas latía con fuerza en su pecho. La señora MacKenzie hizo otro esfuerzo por incorporarse, sudorosa y sin aliento, con el rostro irreconocible por las marcas del dolor.
—Ven aquí, Artie —le ordenó—. Debes asegurarte de que el bebé no caiga del sillón.
La sola idea de que un bebé apareciera y cayera en el suelo lo hizo tambalearse hasta el extremo del sofá, con las manos extendidas. Las piernas le flaquearon cuando vio que la sangrienta abertura entre las piernas de la señora MacKenzie se llenaba con la cabeza del bebé. Solo la fuerza de voluntad lo empujó hacia delante, cuando Zea hundió los zapatos en el sofá y echó la cabeza hacia atrás. Con un pujo, lanzó el bebé en las manos trémulas de Artemas.
Tibia. Era tibia, suave y estaba cubierta de sangre pegajosa. Un cordón fibroso iba desde el ombligo hasta el interior de la señora MacKenzie. La vida pulsaba en ella. Sostenerla era como sostener un corazón palpitante, el de Artemas, que se expandía maravillado al contemplarla. Tenía los ojos cerrados con fuerza. Sus brazos y piernas temblaban y parecían extenderse hacia él. Tenía el rostro arrugado y el entrecejo fruncido. Abrió la boca y lloriqueó.
Artemas la había salvado de caer al suelo. Había hecho algo valioso, algo que hacía que toda su vergüenza y sus secretos de familia parecieran insignificantes. Si podía hacer eso, podía hacer cualquier cosa, salvar a todas las personas y todas las cosas que dependieran de él. La amaba, y nunca volvería a ser el mismo.
—¡La tengo! —dijo con voz fuerte, y lo repitió varias veces. Por su rostro caían lágrimas—. ¡Lo hice! ¡La atrapé! ¡Es pegajosa y graciosa! ¿No es magnífica?
—Artie, sostenía, sostenía más arriba, así puedo ver si está bien. —La señora MacKenzie respiró aliviada. Temblando de preocupación con cada movimiento, Artemas llevó los brazos más arriba.
Los ojos de la señora MacKenzie brillaron de felicidad.
—Mira, oh, mira qué bonita —dijo con ternura. Artie puso al bebé en las manos de la señora MacKenzie y se sentó sin fuerzas en el diván ensangrentado. Zea recostó al bebé sobre uno de sus muslos y se sentó con delicadeza, bajándose el vestido hasta tapar sus genitales y el largo cordón umbilical.
—Artie, lo hiciste muy bien —dijo, al tiempo que le sonreía con cansancio—. ¿Sabes una cosa? Eres un hombrecito muy valiente. Y te prometo algo: nunca volverás a ver a un bebé nacer tan rápido. Apuesto a que he marcado un récord.
Artemas tenía la mirada fija en el bebé, que abrió los ojos.
—¡Me está mirando! Hola, niñita. —Sentía deseos de gritar de excitación. Sabía que nunca olvidaría ese momento—. ¿Cómo se llama? —susurró.
—No lo sé. Trae mala suerte poner el nombre a un bebé antes de que nazca. —Quedaron en silencio un instante, mientras la señora MacKenzie secaba a la niña con los bajos de sus enaguas de algodón blanco. Sus manos y sus ojos irradiaban ternura maternal. Por un segundo el corazón de Artemas se detuvo, pues se preguntó si ella iría a inclinarse sobre la niña y a empezar a lamerla, como hacían los animales. Pero Zea solo la alzó contra su pecho, arrastrando el cordón ensangrentado, y la sostuvo entre los brazos. El bebé gimoteó suavemente contra los pechos de la señora MacKenzie. Su cabello era de un rojo más claro que el de su madre.
—¿Cómo crees que debería llamarse? —preguntó la señora MacKenzie.
Artemas, paralizado, estuvo a punto de decir «Zanahoria», y se reprendió por ser tan tonto.
—Lily —soltó abruptamente.
—Lily. —El bebé volvió a gimotear—. Creo que le gusta. —La señora MacKenzie lo miró, pensativa—. Lily. Sí, señor. Me gusta mucho. Apuesto a que al señor MacKenzie también le agradará.
Artemas pensó que su pecho iba a estallar de felicidad.
—¿Quiere decir que le va a poner ese nombre? ¿De verdad?
—De verdad. Lily MacKenzie. Porque eres un niño especial y has ayudado a traerla al mundo. ¿Lo ves? Los MacKenzie y los Colebrook están unidos como por un yugo. Ha sido así desde hace ciento veinte años. Y es probable que sea así para siempre.
Artemas se estiró con suavidad y tocó una de las manos del bebé. Los deditos se aferraron a los suyos. Artemas suspiró. Todo estaba bien. Siempre habría MacKenzie y Colebrook allí, en Sauce Azul, y siempre sería un lugar amado. Su corazón y su alma pertenecían a Lily MacKenzie.
El último día, el largo automóvil negro lo llevó a la granja de los MacKenzie. Artemas vestía un chaleco negro, una camisa de lino, corbata, pantalones grises hasta las rodillas, medias blancas y unos rígidos zapatos negros. La institutriz le había peinado el cabello hacia atrás hasta causarle dolor de cabeza. Se había prometido que no lloraría. Ahora era importante. Debía ser fuerte.
La granja se encontraba en un gran valle, rodeada de colinas boscosas. Si se lo hubieran permitido, las hubiera subido una vez más para ver el monte Victory, a varios kilómetros. Sus antepasados habían sido los dueños de toda la tierra que se extendía hasta esa montaña, pero la abuela había tenido que vender esa parte al estado, para hacer un parque. Ahora, en lugar de ser un reino, Sauce Azul tenía solo ocho mil hectáreas. Seguía siendo más de lo que Artemas era capaz de imaginar.
El chófer abrió la puerta del automóvil, y Artemas salió despacio. Los MacKenzie lo aguardaban en el pórtico. Estaba el señor MacKenzie, alto y fuerte, con un brazo rematado por un elegante gancho de metal; el rostro tostado y el cabello castaño lo asimilaban a un largo camino de tierra. Estaban también abuelo y abuela MacKenzie, viejos y encorvados pero llenos de magníficas historias sobre osos y gatos monteses y Colebrook. Por último, estaba la señora MacKenzie, con Lily en brazos.
Artemas atravesó el patio lentamente. Pasó con dignidad junto a los canteros de flores y los grandes robles, e hizo caso omiso del gordo perro amarillo que le lamía la mano y de los gatos ronroneantes que salían a recibirlo. Se sentía vacío.
Los sauces que había junto al arroyo se movían con gracia, como si le dijeran adiós. La historia de esos árboles estaba entrelazada con el misterioso círculo de MacKenzie y Colebrook. Hasta había un enorme sauce en el parque, en la entrada de Sauce Azul, que los MacKenzie habían regalado a su familia. Ese árbol era de Artemas. Moriría si no podía volver a trepar a él.
—Cómo estás, Artie —dijo con amabilidad el señor MacKenzie. Después bajó los escalones del pórtico y alzó a Artemas con su brazo sano. Sorprendido, Artemas se atragantó; estaba furioso porque su labio inferior no dejaba de temblar. Drew MacKenzie era lo opuesto a su propio padre. Sin la menor vergüenza, dio un abrazo vigoroso a Artemas y lo besó en la frente.
—Sé bueno, ¿me oyes? Crece y sé la clase de hombre que tu abuela quiere que seas, ¿de acuerdo?
Artemas ya no pudo contener la confusión y la angustia acumulados en su pecho. Con voz quebrada, respondió:
—La abuela dice que todo depende de mí. Pero trato de mejorar las cosas y nunca puedo. Lo intento y lo intento hasta que me duele tanto que no puedo respirar. Estoy seguro de que puedo arreglar las cosas de alguna manera. Pero ¿cómo puedo darme cuenta solo de qué debo hacer?
Oyó que la señora MacKenzie lanzaba una exclamación suave, como un gato que busca a sus gatitos.
—Ayudaste a traer a Lily al mundo. La sostuviste y evitaste que cayera. Si te ocupas de ese modo de todos los que te necesitan, no vas a equivocarte mucho.
Artemas meditó sobre esa idea inequívoca y se aferró a ella.
—Sostener a la gente y evitar que caigan. Soy capaz de hacer eso.
El señor MacKenzie le dio unas palmaditas en señal de aprobación.
—Siempre haz lo que sea correcto, no solo lo que te resulte más fácil. Presta atención a la voz sabía que llevas en tu interior. Jamás dejes de escucharla, y te dirá con exactitud lo que debes hacer.
Artemas asintió con la cabeza.
—Los echaré de menos —logró decir al fin.
El señor MacKenzie lo llevó hasta el pórtico. Lo apoyó en el suelo, delante de los abuelos. Las manos cálidas y rugosas de los ancianos palmearon a Artemas como si fuese un cachorrito amado, y la abuela MacKenzie elevó una plegaria por su futuro. Luego Artemas se acercó a Zea MacKenzie y a Lily.
Zea se arrodilló delante de él, con los grandes ojos azules llenos de lágrimas, y lo aferró a su pecho mientras sostenía a Lily con el otro brazo. La niña, vestida con un pañal y una diminuta camiseta blanca, parecía mirarlo.
—Cuidaremos de Sauce Azul por ti —susurró la señora MacKenzie.
En ese momento, las lágrimas rodaron por las mejillas de Artemas, y ya no las pudo contener.
—Volveré, lo prometo. —Miró a la niña, carraspeó y dijo lo que más deseaba decir—: Volveré y me casaré con Lily, y entonces serán verdaderamente mi familia.
La señora MacKenzie lo abrazó con más fuerza y dejó escapar una risa suave.
—Regresa cuando seas mayor y habla de eso con Lily.
—Lo haré. Prométanme que no se irán.
—No puedo imaginarme esta granja sin un MacKenzie —afirmó Zea—. Ya veremos.
—Volveré.
La señora MacKenzie estudió en silencio el rostro firme y cubierto de lágrimas de Artemas. Parecía triste.
—Adiós, Artie. Sigue siendo tan dulce como hasta ahora y todo estará bien.
—Regresaré, lo juro. —Se inclinó y besó el cabello rojo de Lily—. Te atrapé —le susurró—. Eres mía.
Antes de subir al automóvil, volvió la cabeza, y los contempló por última vez. Se sentía invadido por la confusión, el amor y la pena. Ellos no le creían cuando decía que no iba a olvidarlos jamás. Pero no sabían cuan posesivo era con respecto a las personas que amaba, ni cuan testarudo. Lily le pertenecía. Había hecho un pacto.