24

EL aire caliente del tinglado se movía gracias a los ventiladores que pendían de las vigas. Lily se recostó en su silla; intentó disfrutar de la brisa y observó el pasillo atestado, protegida por las gafas oscuras. El puesto estaba resguardado por la sombra de los viejos árboles, que formaban una bóveda fresca e invitaban a la gente a alejarse de las aceras y tiendas bañadas por el sol frente a la plaza del pueblo.

Lily aguardaba con ganas esos domingos en el mercado de la plaza, en que por quince dólares alquilaba un puesto y una oportunidad de descansar. La mayor parte de los domingos vendía casi todo lo que llevaba —hortalizas, macetas con plantas, sauces jóvenes—, y regresaba a su casa con unos doscientos dólares en los bolsillos, que dividía, por partes iguales, con el señor Estes.

El dinero era importante para ella; hasta ahora, su parte de las ganancias era su único ingreso. Pero lo que más necesitaba era el contacto humano.

 

Lily vendió un sauce y entregó al comprador una hoja con las instrucciones para plantarlo e información científica. La semana anterior había desempolvado el ordenador y la impresora con que se había quedado.

Lily puso el billete de veinte dólares en el bolsillo de sus pantalones y tomó un pequeño cuaderno de notas y una pluma. Mientras hacía una anotación acerca de la compra, alcanzó a ver a un hombre alto y delgado por el rabillo del ojo. La mirada distraída de Lily se posó en su rostro delgado y hermoso, su cabello rubio, sus ojos grandes. Lily se sobresaltó al reconocerlo. Se volvió hacia él, con la mano inmóvil sobre el cuaderno. Michael Colebrook estaba de pie junto a la mesa y la estudiaba con la cabeza ligeramente inclinada y una expresión pensativa.

 

—Hola, Lily.

Lily guardó el cuaderno y la pluma, en un intento por ganar tiempo para analizar tanto a Michael como su propia reacción. Él y Elizabeth siempre le habían parecido ser almas reflexivas y benévolas, a diferencia de James, Cass y Julia. Lily recordaba que Michael se había puesto de pie cortésmente al verla entrar en la oficina de Marcus DeLan, el año anterior. Y que ni él ni Elizabeth nunca le habían dicho nada acusador ni cruel. Tampoco ahora parecía hostil sino respetuoso; observaba a Lily, a Lupa que roncaba a la sombra, las mesas y los sauces.

—Espero que le esté yendo bien aquí.

—¿En serio? —dijo Lily abruptamente, pero sin sarcasmo. Michael parecía sincero. Lily deseaba creer que por lo menos uno de los hermanos de Artemas no la odiaba.

—Sí.

Compartieron un silencio incómodo. Lily se quitó las gafas de sol.

—Supongo que está de visita en la mansión. Michael asintió.

—Toda la familia está aquí por unos días. —Michael hizo una pausa y la estudió con atención— Debe de preocuparle el pensar que los recelosos y hostiles Colebrook vayan a invadirla otra vez.

—Siempre es una posibilidad.

—Esto no es una invasión. —Michael sacó de un bolsillo su billetera de cuero. Cuando la abrió, Lily vio en el interior una de sus nuevas tarjetas comerciales. La tarjeta era de color celeste, con un sauce grabado en negro; en letra cursiva estaba escrito «Invernadero y Vivero Sauce Azul». Figuraba Hopewell Estes como dueño; debajo aparecía el nombre de ella, Lily MacKenzie Porter, y la leyenda «Paisajista premiada»—. La tomé mientras bebía una taza de café en un bar —dijo Michael—. Me encontré con un sujeto parlanchín que estaba clavando una de las tarjetas en la pizarra de avisos comunitarios, junto a la puerta.

—El señor Estes —afirmó Lily, con tono tenso pero bromista—. Está a cargo de la publicidad.

—Él no sabía que yo era uno de los odiados Colebrook.

—Me temo que es así.

—Me contó que el vivero todavía no está abierto al público.

—No, todavía no. Solo estamos intentando vender abonos de servicios de paisajismo. —Lily titubeó—. Es la primera vez que utilizamos públicamente el nombre de Sauce Azul. Si ha venido a protestar por eso…

—No. —Michael jugueteó con su billetera, con manos tan delgadas como el resto de su cuerpo. Una fotografía cayó y aterrizó bajo la mesa, cerca del hocico de Lupa. La perra la lamió con su lengua curiosa. Michael se arrodilló al mismo tiempo que Lily, quien tomó la fotografía antes que él. Lily se estremeció al ver el rostro agradable de una mujer, que le sonreía con expresión bondadosa. ¿Su esposa muerta? Tamberlaine le había hablado una vez acerca de la pérdida y del desconsuelo en que había quedado sumido Michael.

Lily se puso de pie enseguida, igual que Michael. Se sintió conmovida por la zozobra que vio en el rostro de él.

—Lamento lo de su esposa —dijo Lily—. Comprendo cuánto ha sufrido.

Michael guardó la fotografía y su billetera, y después la miró con ojos turbados e inquisidores.

—Estoy seguro de que es así. Usted ha vivido un infierno en el último año y medio. Mi familia se da cuenta de ello,

—Pero todos ustedes serían más felices si me mudara a la China o a otro lugar igualmente alejado de los círculos sociales en los que se mueven los Colebrook.

—Tal vez. Pero no piensa irse, ¿verdad?

—No.

—Entonces yo, por lo menos, quiero decirle que no la considero mi enemiga, y que me gustaría que usted y mi hermano pudieran vivir cerca el uno del otro, en paz. —Michael escudriñó su rostro, con una mirada perspicaz, pero sin acusarla—. Lily, la fe que tenemos en nuestra hermana no es una bofetada en su rostro, ni a todo lo que ha perdido. Por favor, no lo tome de ese modo.

—¿Habla también por James y Cassandra? —Michael pareció vencido. Lily vaciló. La amabilidad y el respeto que Michael le había ofrecido significaban más para ella de lo que estaba dispuesta a admitir frente a él. Con voz suave y emocionada, agregó—: Ojalá hablara por ellos. Y ojalá Artemas no estuviera atrapado en el medio.

Michael bajó la cabeza., en un sutil gesto de asentimiento.

—Estoy seguro de que mi hermano desea ayudarla. No me opongo a ello. He perdido a alguien a quien amaba, alguien sin cuya presencia apenas puedo vivir, y si pensara que mi hermano ha perdido…

—Deténgase. Se está equivocando de camino, y ha tomado por un callejón sin salida. No permita que su imaginación lo lleve de las narices. —Lily no podía respirar. Quería terminar con esa conversación, antes de decir demasiado o de dejar escapar algo inconveniente—. Discúlpeme. Me aguarda un cliente en aquel puesto. —Llamó al hombrecito agradable, de rostro redondo, que había estado esperando sin saber qué hacer, y que ahora parecía intentar esconderse tras un puesto de prendas de macramé—. ¿Cómo está, señor Cantón? Recordé guardarle todos los pepinos esta semana.

—Yo… pues… Oh, Dios —exclamó el señor Cantón, y se sonrojó.

 

Michael alzó la mirada en dirección a Cantón. Cantón hizo un gesto misterioso con las manos, se dio la vuelta y huyó entre la multitud.

Lily se frotó el cuello y contempló con la boca abierta, consternada, la retirada de su cliente. Sentía la mirada de Michael sobre sí. Cuando volvió a mirarlo, Michael agregó despacio:

—¿Viene todas las semanas?

—Creo que es el encargado de un restaurante de Victoria. Me compra por lo menos la mitad de las hortalizas que traigo. —Azorada por el extraño comportamiento de Cantón, Lily agregó—: O tuvo un ataque de timidez, o tiene un pasado secreto como traficante de armas y piensa que usted es agente del FBI.

Michael la observó con atención. Cuando pareció convencido de que Lily hablaba en serio, le dijo:

—No es el encargado de un restaurante. Es el jefe de cocina de la mansión.

Lily se sintió palidecer. Muda, alarmada y llena de culpa, Lily sacudió la cabeza.

—Se equivoca. —Una negativa débil era mejor que nada—. Él me dijo…

—No digo que usted lo supiera. Me doy cuenta de que no es así. —Con expresión pensativa, mientras tocaba un recipiente con tomates, Michael agregó—: Diré al chef Harvey, pues así es como le gusta que lo llamen, que no me opongo a su elección de proveedores. Siempre compra lo mejor. Estoy seguro de que Artemas estaría de acuerdo. Si lo supiera.

Lily se sentó, floja, en su silla. Michael le dedicó una sonrisa tranquilizadora y se alejó.

 

Artemas tomó por el camino estrecho que llevaba a la entrada de la mansión. Al rodear una curva, vio a Lily, que avanzaba a la vera del camino.

Tenía el cabello recogido en una cola de caballo. Parecía un espantapájaros pelirrojo, con sus vaqueros cortos, amplios, y una camiseta holgada. A pesar de su ropa, era magnífica.

Y conducía a un cerdo enorme. Artemas redujo la marcha y se acercó con cuidado. Lily, con gafas de sol y una gorra sobre la frente, miró por encima de su hombro y se detuvo. El cerdo se detuvo junto a ella, obediente. El animal tenía puesto un arnés de cuero negro y una correa al cuello.

Cuando Artemas detuvo el automóvil, el animal ignoró los tironeo de Lily y metió el hocico por la puerta, mientras resoplaba y gruñía.

Artemas apartó una bolsa de papel llena de manzanas y la colocó fuera del alcance del cerdo. Claro que aceptaría una excusa para hablar con Lily. Ese tema de conversación, que emitía gruñidos obscenos, no se hubiera puesto en su camino si no fuera por la fuerza del destino. Apagó el motor.

—Bonito cerdo.

Lily guardó silencio. Sus ojos, tras las gafas oscuras, eran inescrutables. Por fin dijo:

—Es una cerda. Los cerdos son más pequeños. Gracias a Dios, Lily era capaz de fingir, como lo hacía él, que podían hablarse como si nada ocurriera.

—¿Es tuya? —preguntó Artemas.

Lily suspiró; parecía haber llegado a la conclusión de que no podían huir el uno del otro, y de que les convenía simular indiferencia.

—Desde hoy. Se llama Harlette. Es una mascota. Su dueño anterior se muda a Michigan. Yo fui la única persona que le prometió no venderla ni comerla.

—¿Cómo está Lupa? —preguntó Artemas.

—Está bien. Todavía cojea un poco, pero está casi como nueva. —Lily hizo una pausa, con los ojos ensombrecidos—. ¿Cómo andan las relaciones con tu familia?

—Son corteses. Pero no deseo hablar de eso. Ya que no puedo cambiar nada, lo que haré será… —Artemas calló, pues sabía que solo lograría que ambos se entristecieran. Se pasó una mano por la frente y señaló el asiento del pasajero—. Sé valiente. Acepta un viaje conmigo hasta tu entrada.

—Esto es una cerda, no un correcaminos.

—Conduciré despacio. Son solo unos cien metros.

—Artemas, si alguien nos viera…

—Lo más probable es que se asombraran tanto al ver una cerda con un tatuaje de una HarleyDavidson que ni pensarían en hablar de ti y de mí. Vamos. Quiero decirte algo acerca de mi hermana y el doctor Sikes.

Lily vaciló, y después asintió y subió. Los ojos de Artemas brillaban.

Con el corazón a todo galope, Lily apoyó un brazo sobre la puerta, oxidada, mientras retenía la correa del animal. Artemas arrancó e hizo avanzar el automóvil. Harlette caminaba obediente junto a ellos.

—John Lee es un bribón respetable —comentó Lily.

—¿Sabes que Cass ha pasado mucho tiempo con él durante las últimas semanas?

—La he visto alguna vez allí. La última vez que los vi juntos, John Lee le enseñaba a Cassandra cómo examinar a una yegua preñada y tu hermana tenía el brazo dentro de la vagina del animal. Si eso no habla de romance, no sé cómo interpretarlo.

 

Artemas deseaba echarse a reír. Deseaba pasar el brazo por encima del respaldo sucio del asiento y apoyar la mano, con confianza, sobre el hombro de Lily, como si fueran dos personas libres de disfrutar de su mutua compañía, y del cálido día de verano, en un descapotable viejo. En cambio, solo pudo decir, sombrío e incrédulo:

—Tendrás que conseguir declaraciones juradas de doce testigos antes de que pueda aceptar la imagen de mi hermana jugando a la ginecóloga equina.

—Para bien o para mal, soy responsable de que haya conocido al doctor Sikes.

—Si eso significa que Cassandra por fin ha encontrado a alguien a quien no puede maltratar y a quien no puede descartar, has logrado más que cualquiera de nosotros.

Artemas detuvo el descapotable en la entrada al camino de la granja. La sombra del bosque los protegía del calor del verano. Volvió a apagar el motor y se volvió hacia Lily.

—¿No quieres que te lleve hasta la granja? —Su voz era áspera, e intentaba sonar indiferente. Los grandes ojos grises no se apartaban del rostro de Lily—. Por una vez, estemos juntos sin sentir remordimientos por todo.

—El señor Estes se encuentra en la granja. Está construyendo mesas para el invernadero. Nos vería. —El abatimiento en el tono de Lily suavizó las palabras—. Lo siento.

Artemas se echó hacia atrás. Su rostro se volvió duro.

—¿Cómo está él?

—Hay un señor Estes cálido y benévolo oculto tras la piel de oso. Lo percibo más que antes. Le cocino muchas veces, y Manita viene a coquetear con él.

Artemas rio.

Lily sacudió la cabeza y sonrió débilmente.

 

Lily ansiaba acariciarle el cabello oscuro, o sentir la mano de Artemas en la suya, o besarlo muy despacio en la boca. Nada de eso era posible, pero Lily sabía que el deseo se reflejaba en sus ojos. Estaba fija en él, triste y anhelante.

Pero la realidad era un automóvil enorme y oxidado, y una cerda que tironeaba con impaciencia de la gruesa correa de cuero, y un guardia de seguridad que pasaría pronto, en una de sus patrullas. La realidad era el muro de problemas en sus vidas.

El rugido de un motor que se acercaba por la carretera pública destruyó la tensión. Lily miró hacia atrás y se puso rígida de temor, al ver que el viejo camión del señor Estes se detenía detrás de ellos. Estes quedó inmóvil un momento, con la mirada fija en ambos. Después su rostro se contrajo por la cólera y abrió la puerta de un empujón.

Artemas salió del descapotable antes que Lily, y se dirigió al hombre:

—Buenas tardes.

—Buenas como el diablo —replicó Estes. Su mirada acusadora se concentró en Lily—. Voy al pueblo a traer algo más de madera, regreso ¿y qué me encuentro? A ti, sentada aquí con él, como si estuvieran de picnic.

Lily sostuvo con firmeza la mirada indignada de Estes, mientras bajaba del descapotable.

—Señor Estes, ¿me está diciendo que ni siquiera puedo hablar con un Colebrook? Eso no es justo, y no hace bien a nadie. —Harlette resopló ruidosamente. Lily se sentía aturdida y rabiosa. No era una sensación agradable. Todo parecía ridículo, frustrante y fuera de lugar.