27
EL señor Estes se acercó tímidamente a Lily mientras ella colgaba atados de flores secas de unos ganchos, a lo largo de la pared del invernadero. Quería tener flores para adornar su casa durante todo el invierno, aunque fueran secas.
Estes la miró y se apoyó contra una mesa, perdido en sus pensamientos. Sus estados de ánimo habían estado más cambiantes de lo acostumbrado desde el alarmante episodio en el hospital. Lily no era capaz de interpretarlos.
—Se acerca el invierno —comentó Estes de pronto—. Lo siento en todos los huesos.
—Tal vez Joe salga en libertad condicional en enero. Tiene motivos para aguardar el invierno con alegría.
Estes la miró con una congoja insondable, como siempre que salía el tema de Joe.
—Tú no.
Lily ató un manojo de lavanda con un cordel.
—No puedo decir que Joe sea uno de mis favoritos.
—Es la única familia que tengo. Debes comprenderlo. No me odies por tomar partido por él.
—Jamás dije que lo odiara. —Lily lo observó, perpleja—. ¿Cómo fue que dejamos de hablar de construir la tienda?
—Dije que el año está demasiado avanzado para andar haciendo tonterías. No te conviene reinvertir tus ganancias del proyecto de Malloy en este lugar. Necesitas ahorrar dinero.
—No. Tengo un lugar donde vivir, alimentos y un nuevo calefactor para evitar que se me congelen los dedos de los pies. Preferiría invertir el dinero en la construcción de la tienda.
—Hablaremos de eso más adelante. —De acuerdo. Hablaremos en enero, después de que haya firmado un nuevo contrato de arrendamiento. Quiero que el próximo sea por dos años. Estes alzó la voz.
—No puedes dejar de parlotear acerca del futuro, ¿no es así? ¡No quiero hablar de eso! —Está bien, hablemos de Manita. Los hombros de Estes se hundieron. —No sé qué hacer con ella. No sé qué decir, ni cómo decirlo.
Lily se arrodilló junto a una canasta y fingió concentrarse en sus manojos de flores.
—¿Sinceramente quiere intentarlo? ¿Es eso lo que le hace sentirse tan desdichado? ¿El querer cambiar las cosas, pero ser demasiado tímido para hacerlo? Estes agitó las manos.
—No durará. Estoy atrapado en el medio. Tú no comprendes. Manita va a terminar odiándome.
Lily jamás podría comprender sus refunfuños misteriosos e imprecisos. Estaba cansada de intentar descifrarlos. Se levantó, amenazadora, y lo señaló con firmeza.
—Vaya a su casa, tome un baño, póngase una camisa bonita, unos pantalones y sus zapatos de salir. Después vaya a la floristería y compre media docena de rosas rojas envueltas en papel y atadas con una cinta. Luego vaya a la casa de las hermanas, regale las rosas a Manita y pregúntele si quiere comer con usted en un coqueto restaurante de Victoria. Ella dirá que sí.
Estes soltó una risa de desprecio.
—Lo que quieres es que haga el papel de tonto.
—Alguien debe ocuparse de usted.
—¿De qué hablaré durante la comida?
Cuando hubo superado su asombro, Lily asintió con la cabeza.
—No necesita hablar. Manita hablará por los dos. Usted sólo escuche como si su vida dependiera de ello, y respóndale cuando le pregunte algo.
—Esa mujer tiene más palabras que un diccionario.
—Después de que se acostumbre a ella, también usted sentirá deseos de hablar.
—Si todo sale bien, no sabré qué hacer después.
—Envíele flores por la mañana, y luego llámela e invítela a jugar a los bolos.
—Oh, Dios mío. Ese tipo de cosas empalagosas son para los jóvenes.
—Bien, si usted cree que ya es un anciano, permítame que le consiga una mecedora y que lo cubra con una manta antes de que la artritis comience a fastidiarlo.
Estes se dirigió con paso firme a la entrada del invernadero. La miró furioso mientras abría la puerta.
—¡No estoy senil! —De la expresión de Estes irradiaba congoja—. No lo olvidaré. —Salió y cerró la puerta de un golpe. Lily se sentó sobre el suelo de hormigón y rio, cansada. El señor Estes y Manita. Cass y John Lee. Elizabeth y su ex esposo. La risa se desvaneció. Se sentía sola y apesadumbrada. Parecía destinada a actuar como catalizador de los romances de los demás.
Lily se despertó al oír que el señor Estes vociferaba su nombre.
—¡Lily! ¿Dónde estás? ¡Ven aquí, muchacha!
Lily entró, vacilante, en la sala principal. El señor Estes estaba allí, de pie, y la contemplaba con ojos chispeantes y traviesos.
—¡Son las diez de la mañana, muchachita! ¿Qué te ocurre que estás durmiendo una siesta en una mañana gloriosa como esta?
Lily se frotó el rostro con una mano e intentó absorber la asombrosa jovialidad del hombre.
—Usted no es el señor Estes. Los extraterrestres lo deben haber cambiado por una persona que sonríe.
—Pregúntame —le ordenó Estes, al tiempo que agitaba orgulloso su chaqueta de trabajo—. Pregúntame cómo me fue.
—¿En su salida con Manita? Cuénteme.
—Nos fue muy bien.
Al deducir lo que había ocurrido, Lily se mordió el labio inferior para evitar sonreír.
—Pues… vaya. ¡Vaya! —Lily dio un salto y lo abrazó. Después de que hubo superado el sobresalto, Estes también la abrazó. Lily dio un paso atrás y lo observó minuciosamente—. Me alegro por los dos.
—Sé que te alegras. Sé que nunca hubiera sucedido de no haber sido por ti. Has sido más mi familia que mi propio hijo. —Súbitamente angustiado, recorrió despacio la habitación; su mirada aturullada y ceñuda iba de Lily a los retratos familiares apoyados sobre la chimenea—. Preferiría irme al infierno —musitó.
—¿Qué? —Lily se acercó y se recostó contra el respaldo del sofá.
Estes se dirigió hacia la puerta y dijo de forma abrupta:
—Debo irme. Tengo… tengo cosas que hacer. Te veré esta tarde en la oficina de Malloy…
Lily lo besó en la mejilla.
—Tenga cuidado, porque si termina casándose con Manita, seremos casi parientes.
Estes la miró con ojos tristes.
—Tal vez una nueva familia sea lo mejor que pueda ofrecerle a Joe cuando regrese a casa.
Lily ocultó su consternación. No deseaba ser pariente de Joe.
—Si hay algo que podamos hacer para ayudarlo a enderezar a Joe, lo haremos.
—Yo me ocuparé de Joe —dijo Estes con expresión misteriosa, y partió.