31

HABÍA un lugar para ella en la mesa, junto al sitio de Artemas, que ocupaba la cabecera. Lily se encontraba de pie detrás de su silla y miraba vacilante a los otros, que se encontraban junto a sus lugares, esperando a que Artemas se sentara. Pero Artemas permanecía de pie y miraba a cada uno de sus hermanos. Vio a Cass y a John Lee, a Elizabeth y a Leo, a Michael, James y Tamberlaine. Nadie sentía deseos de desayunar, pero era un ritual que necesitaban cumplir.

—Algunos de vosotros tal vez sintáis que ayer abrimos una caja de Pandora —afirmó Artemas—. Pero ahora podemos avanzar. No es necesario fingir que será fácil recobrar el equilibrio. No hará falta ninguna simulación. Creo que eso es una bendición.

Artemas retiró su silla.

—¡Aguarda! —Exclamó Cass—. Hay algo que debemos hacer. —Dejó su lugar y avanzó hacia Lily. Lily la observó, con un asomo del antiguo recelo. Cass comprendió y sacudió la cabeza—. Bienvenida —le dijo a Lily, y le tendió las manos.

Las formalidades se transformaron en lágrimas emocionadas. Lily abrazó a Cass; después se le acercó Elizabeth, y luego Michael. Tamberlaine aguardó a que los otros regresaran a sus lugares y después fue hasta Lily. Lily también lo abrazó, y le susurró: «Gracias» al oído.

James no se había movido. Pero se acercó a Lily y se detuvo, con el rostro contraído por el dolor. Comenzó a decir algo, pero el señor Upton apareció en el vano de la puerta del comedor.

—Disculpen —dijo agitado el mayordomo—. Ha llegado, señor.

Lily asió una de las manos de James.

—Ve a ver a Alise.

James pareció sobresaltado por el contacto de las manos de Lily.

—Gracias. —Salió de la habitación sin mirar atrás.

 

Lily amaba la soledad de la granja. El día había sido mejor que el anterior. Nacía algo parecido a la paz. Se apresuraría a regresar a Sauce Azul para comer con Artemas y su familia. «Mi familia», corrigió, satisfecha.

Estacionó el camión en el patio y abrazó a Lupa.

Lupa bajó del camión detrás de Lily, pero de inmediato viró hacia un costado y husmeó la nieve intacta. Lily la observó mientras Lupa olfateaba con ahínco, inquieta, en círculos; seguía el rastro de un olor desconocido.

—Probablemente haya sido un ciervo —dijo Lily.

Lupa continuó con su frenética exploración, mientras Lily entraba en la casa y encendía una lámpara. Al volver a salir encendió los faroles que había en las esquinas de la casa. Lupa todavía daba vueltas, agitada. Mientras Lily subía la loma hacia el granero, la perra pasó delante de ella a toda velocidad, con la cabeza baja.

Lupa galopó hasta la puerta del granero, resopló con furia y volvió atrás, gruñendo. Lily se detuvo un par de metros por atrás y frunció el entrecejo. Lo de Lupa no era excitación por la invasión de un ciervo o dos. Tal vez un zorro, un animal hambriento o… ¿o qué?

A Lily no le agradaba el temor que comenzaba a invadirla. Mientras intentaba convencerse de que estaba muy nerviosa y de que lo que iba a hacer era estúpido, regresó a la casa y cogió la escopeta que siempre dejaba en una esquina, cerca de la puerta de entrada.

Con la escopeta en un brazo, volvió deprisa al granero. Lupa gemía y rascaba las puertas dobles. Lily corrió el cerrojo de madera y abrió una de las pesadas puertas tan rápido como pudo. En lugar de entrar como un rayo, como esperaba Lily, Lupa avanzó algunos centímetros, con incertidumbre, y se detuvo.

Lily recorrió con la mirada el interior, apenas iluminado, entró y tiró de una soga conectada a la lamparilla que colgaba del techo. Tomó la escopeta con ambas manos, colocó un cartucho en la cámara y avanzó despacio.

El establo donde dormía Harlette, del otro lado del corredor, tenía una gran puerta que conducía al corral. Lily miró hacia el interior del establo y vio que estaba vacío.

El silencio era espectral.

Y el olor. Lily hizo una mueca. Después lo reconoció y se le revolvió el estómago. Era el olor de la época de carnear las reses. Ácido. Natural y a la vez antinatural. Sangre.

Lily avanzó de un salto y miró a través de la malla de alambre a los pollitos. Estaban todos muertos; formaban montones de plumas de color rojo oscuro, y tenían los cuellos torcidos en ángulos imposibles. Lily giró como una tromba y volvió a salir. Rodeó el granero y se detuvo frente al gran corral de Harlette. De nuevo sintió ganas de vomitar.

Se obligó a abrir la cerca y a entrar. Harlette estaba tendida sobre su costado, cubierta de sangre seca, que se extendía desde su cabeza. Trémula, Lily se puso en cuclillas y contempló el largo navajazo en la garganta del animal.

Asqueada y apesadumbrada, Lily pensó en James. No, por favor, que no haya sido él. Intentó apartar la idea de su mente. Pero ¿quién más querría hacerle algo así? Perdió el aliento. ¿Joe? ¿Por qué? ¿Odiaba tanto a Artemas, y en consecuencia a Lily? Debía averiguarlo. Esa misma noche.

 

Se incorporó de un salto, aferrada a la escopeta. Una furia ciega y el dolor la abrumaban. Bajó la colina a toda velocidad, al tiempo que palpaba los bolsillos de su mono, donde había guardado más cartuchos. Si la persona que había hecho eso se encontraba oculta entre las sombras, Lily estaba dispuesta a dispararle sin pensarlo dos veces.

Lupa caminaba junto a Lily, atemorizada por la furiosa energía de su dueña. Lily la asió por el pellejo y la arrastró hasta la cabina del camión.

Pocos minutos más tarde se hallaban en la carretera pública y marchaban a toda velocidad hacia la entrada de Sauce Azul. Lily detuvo el camión y bajó, de nuevo arrastrando a Lupa. El guardia, un hombre algo mayor, se cubrió los ojos para protegerse de las luces delanteras del camión y sonrió.

Ocultando su angustia, Lily le pidió que llamara a la mansión y dejara dicho que ella había ido a visitar a su tía Maude. La pequeña mentira evitaría que Artemas se preocupara, mientras Lily se encargaba de esa misión a su propio modo, por su propio orgullo. Pidió al guardia que cuidara a Lupa hasta que regresara.

Después siguió adelante, con la escopeta oculta tras el asiento.

 

Hopewell abrió la puerta y miró a Lily con ojos sorprendidos, intensos. Le llevó un segundo percatarse de que estaba pálida y encolerizada.

—¿Qué sucede? —preguntó Hopewell.

Lily lo miró a los ojos.

—Fui a casa hace un rato y encontré a todos mis pollos con el cuello retorcido y a Harlette con la garganta abierta.

Hopewell dio un paso atrás y se puso una mano en la garganta, que después llevó a su cabello. Joe. Lily observó la reacción del hombre y soltó una exclamación de furia.

—Fue Joe, ¿verdad? —preguntó—. Usted también cree que fue él. ¿Por qué?

Era como una muerte. Hopewell lo sentía hasta la médula. Joe estaba muerto para él. Amaba al hijo que había criado, pero el monstruo que existía ahora no era ese hijo. Sus hombros se hundieron.

—Joe. ¡Joe! —murmuró—. Intenté arreglarle todas sus cosas, dejé de lado mi orgullo. Estaba dispuesto a lastimar a personas inocentes para ayudarlo. Dios me perdone.

—¿A qué se refiere? —quiso saber Lily, desesperada.

—Está intentando asustarte para que te marches; así podrá conseguir lo que desea. Pero todo ha terminado. No volveré a retroceder. Esta vez, todo debe terminar.

—¿Qué es lo que quiere Joe? —Lily lo aferró por los hombros. Los ojos le brillaban—. ¿Regresó esperando poder volver a vivir en la granja? ¿Es por eso que usted quiere que me vaya?

Hopewell se estremeció.

—No quiero que te vayas. —Dejó caer las manos, laxas, a los costados—. Colebrook quiere que te marches. Y Joe lo sabe.

—¿Qué? ¿Qué clase de locura es esta?

—Joe quiere dinero. Todo el dinero que Colebrook le ha venido prometiendo desde poco después de que te mudaras a la granja.

 

—¿De qué habla? —La expresión aturdida de Lily cedió paso a la reflexión. Hopewell intentó hablar, pero las palabras se atascaron en su garganta.

Lily sentía que una prensa le oprimía el pecho. ¿Acaso Artemas había actuado a sus espaldas, después de que ella confiara en que él cumpliría con sus deseos?

El señor Estes todavía vacilaba; su rostro rojizo se contraía por el esfuerzo de hablar sin quebrarse por completo, Lily sentía las rodillas débiles. Se aferró al marco de la puerta.

—No importa lo que haya hecho Artemas; no ha sido con la intención de herirme —le dijo a Estes.

 

Las palabras defensivas de Lily destrabaron la lengua del hombre. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero irguió la cabeza con un gesto belicoso y le contó todo.

Lily sentía frío en todo el cuerpo. La sacudió un terrible temor. Tal vez Artemas en algún momento había querido, de verdad, que ella se fuera.

¡No! Aunque los últimos días que acababan de pasar juntos no hubieran sido una prueba absoluta de fe, el hombre al que Lily amaba desde su infancia no era capaz de lo que decía el señor Estes.

Lily se apoyó contra el marco de la puerta. Sentía náuseas.

—Ese abogado… ¿le dijo quién lo enviaba?

—Diablos, no. Era demasiado inteligente como para decírmelo. Pero yo lo sabía. Tenía que ser uno de los Colebrook. Tiene que ser Artemas.

 

Artemas no. Por favor, Artemas no. Una sospecha cruda se coló en los pensamientos de Lily. ¿James?

Después de lo que había oído de James el día anterior… Lily sabía ahora cuánto dolor había experimentado el hermano de Artemas, cuánta confusión, cuánta vergüenza lo había llevado a luchar de forma tan encarnizada por la reputación de Julia.

Necesitaba creer que había presenciado un punto de inflexión en la vida de James. Se encontraba en el momento justo para cerrar una puerta al pasado.

¿Cuáles eran ahora sus intenciones? ¿Poner fin a ese plan atroz, o dejar que siguiera adelante? Dios, si Lily le contaba esto a Artemas, terminaría de destrozar a la familia. Artemas jamás perdonaría a James.

 

Se dio cuenta de que el señor Estes le hablaba.

—Sé que amas a Colebrook —decía el hombre, frenético—. Me doy cuenta de cuánto te lastiman las maquinaciones de ese bastardo. Quise evitar que confiaras en él, Lily, lo intenté…

—No fue Artemas —afirmó Lily, mientras se erguía y clavaba en Estes una mirada firme—. Jamás creeré que haya sido él.

Estes alzó las manos.

—Oh, Lily, por favor, no permitas que ese hombre destruya tu sentido común. Puedo detener el asunto de Joe, pero no puedo luchar tus batallas con Artemas Colebrook en tu lugar…

—Creo que sé quién es el responsable. —Estes arqueó las cejas. Lily sacudió la cabeza—. Debe quedar entre esa persona y yo.

Estes la miró boquiabierto. Lily se dio cuenta de que los pensamientos del hombre marchaban a toda velocidad. Los ojos astutos de Estes se entrecerraron.

—Sospechas de ese hermano inválido que tiene, ¿verdad? No hay manera de estar seguros, Lily. ¿Crees que alguno de los dos lo admitiría ante ti?

Lily clavó en él una mirada inflexible.

—Si de verdad le importa hacer lo correcto, jamás dirá una palabra a nadie de lo que me acaba de decir. Me permitirá que lo maneje a mi modo.

—Eso sí puedo hacerlo. Lo juro.

—Bien. Libraré una batalla por vez. Quiero que me diga en qué hotel se hospeda Joe.

—Te conozco, Lily MacKenzie. No voy a dejar que vuelvas a hacer nada alocado. No vas a terminar lisiada, ni muerta, ni en prisión; no, señor.

—Si no me dice dónde está, iré a todos los hoteles del pueblo y preguntaré hasta encontrarlo. Quiero que admita lo que hizo. Nada va a detenerme.

—Tú irás a ver a tu tía Maude y a sus hermanas y les contarás… le contarás todo a Manita. Lo harás por mí, porque amo a esa zorrita gris y quiero que lo sepa, aunque jamás me perdone por lo que he hecho. —Tenía un nudo en la garganta—. Y después esperarás —le ordenó, desesperado—. Llamaré al alguacil. Lo único que necesito hacer es decir que Joe me robó dinero y un arma. —De los ojos de Estes brotaron lágrimas, que resbalaron por sus mejillas arrugadas—. ¿Comprendes? Ha violado la libertad condicional. Lo haré volver a la cárcel.

Lily lo abrazó con fuerza. Después dio un paso atrás y dijo con voz ronca:

—Haga lo que deba hacer, pero yo tengo que enfrentarme personalmente a Joe.

Estes tomó las dos manos de Lily.

—Creer en otra persona es lo más valiente que alguien puede hacer en su vida. Ahora, si crees en Artemas, déjame manejar este asunto con Joe.

Lily lo miró con lágrimas en los ojos y asintió.

 

Artemas se hallaba de pie junto a una ventana que daba a la galería. La serenidad de las montañas distantes contrastaba con la agitación que él albergaba en su interior.

Cuando el guardia del portón principal le transmitió el mensaje de Lily, Artemas se sintió tentado a seguirla a casa de su tía. Sin embargo, habría estropeado el momento de intimidad que era obvio que Lily necesitaba, de modo que se obligó a esperar.

 

James entró en la habitación y fue hasta Artemas.

—¿Dónde está Alise? —preguntó Artemas.

La expresión de James se suavizó un poco.

—Duerme.

Todos habían quedado encantados al saber que Alise estaba embarazada, en especial al ver cuánto significaba eso para James. Artemas puso un brazo alrededor de los hombros de su hermano. Reflexionó unos momentos y dijo:

—Gracias a Dios, todos los secretos se han revelado. Y por fin todos comprendemos.

James preguntó con cautela:

—¿También Lily?

Artemas sostuvo la mirada de su hermano sin ceder. No podía dejar de pensar en las sospechas y las humillaciones que James había infligido a Lily a lo largo de los últimos dos años.

—Sin duda lo intenta, por mí.

—Ha soportado muchas cosas nuestras…, mías…, por ti.

—Es lo que sucede cuando dos personas siempre desean lo que es mejor para el otro. Si todavía tienes dudas acerca de nosotros, quiero oírlas. Quiero saber a qué debemos enfrentarnos, antes de que Lily regrese.

James se irguió.

—Entonces pongamos esto en claro. Iré a verla… ahora mismo. Me aseguraré de que comprenda que… soy diferente. —Tragó con dificultad—. Que estaba equivocado.

 

Artemas lo observó con atención.

—Jamás he estado tan orgulloso de ti como ahora. —Lo decía de corazón. James inclinó la cabeza. Su silencio estaba cargado de emoción. Artemas le puso con suavidad una mano sobre el hombro—. Aguarda un poco antes de ir. Está en casa de su tía. Creo que necesita algo de intimidad, estar con su propia familia. ¿Te das cuenta de que Hopewell Estes tiene intenciones de expulsarla de la antigua granja de los MacKenzie a causa de su relación conmigo? ¿Comprendes que Lily lo ha aceptado… porque me ama?

 

Cuando James volvió a alzar la cabeza hacia Artemas, sus ojos estaban ensombrecidos.

—Debe haber un modo de persuadir a Estes de que su vendetta contra ti está mal encauzada.

—Lily dice que cuando Joe apareció, dos meses antes de lo previsto, Estes no se mostró nada contento. Considerando lo que he sabido de su hijo, me resulta difícil creer que Estes piense que vale la pena defender el honor de Joe.

 

James tenía la mirada clavada en el vacío, como si se preparara para ser ejecutado.

—La gente podría decir lo mismo de mí. Que soy afortunado al tener una familia a quien le importo.

—Mírame. —Cuando James lo miró, Artemas dijo con voz ronca—: Nunca he dudado de que eres digno de la confianza y el amor de esta familia. Nunca he deseado que no fueras mi hermano.

 

James soltó una maldición. Artemas lo tomó con fuerza de un brazo.

—¿Qué sucede? ¿Qué es lo que todavía te atormenta?

—La primavera pasada le ofrecí un trato al señor Estes. —James hablaba con los dientes apretados—. Acordamos que cuando su hijo fuera puesto en libertad, recibiría dinero y ayuda. A cambio, Estes consintió en no renovar el contrato de Lily.

Artemas tenía la mirada fija en su hermano, mudo e incrédulo.

—Es verdad —le dijo James, con la voz llena de congoja—. Pero, por favor, créeme que estoy haciendo todo lo que está a mi alcance por modificarlo.

—Tú eres la razón por la que Estes le dijo a Lily que debe abandonar la granja —le espetó Artemas—. Tú eres la maldita razón por la que Lily va a perder el invernadero y el vivero. Has traicionado a alguien a quien amo con toda mi alma. Has traicionado mi confianza. Y has traicionado la integridad de esta familia. —Echó un brazo atrás y luego le dio a su hermano un puñetazo fuerte, en la boca; lo hizo sin pensar, sin contenerse.

James se tambaleó. Hizo una mueca de dolor pero no dejó de mirar a Artemas.

—Lo único que te pido es que me permitas rectificar la situación.

—¿Y cómo vas a hacerlo? —La voz de Artemas era grave y furiosa.

—Mi abogado ha de estar hablando con Estes ahora mismo. Cumpliré con mi parte de la oferta, siempre que Estes permita a Lily seguir como antes…

—¿Y qué hay de Lily? ¿Cómo crees que va a sentirse? ¡Maldito seas!

—Hablaré con Lily de inmediato, en casa de su tía. —James vaciló. Intentó leer en la mirada implacable de Artemas algún indicio de comprensión—. Después, ¿preferirías que Alise y yo fuéramos a Atlanta a pasar la noche?

—Alise es bienvenida aquí. Pero tú… —Artemas se tomó la cabeza con una mano, atormentado—. No sé si alguna vez volverás a ser bienvenido en esta casa.

James dejó escapar una exclamación de derrota y salió de la habitación.

 

Después de que Lily se hubo marchado, Hopewell se puso su abrigo. Luego fue hasta el dormitorio y buscó en un cajón lleno de recuerdos que tenía en el tocador. Puso en su bolsillo una fotografía de Joe cuando era niño, junto con una pequeña cruz de oro que había pertenecido a Ducie. Se dirigió a la mesita de noche y tomó el cristal de cuarzo que Manita había dejado allí, para darle suerte.

Luego abrió otro cajón y revolvió pañuelos y medias hasta encontrar un pequeño revólver. Fue lo último que colocó en el bolsillo.

Se cruzó con un automóvil al salir. Era el abogado de James Colebrook que venía a verlo. Solo podía traer más problemas. Hopewell ignoró las señas frenéticas del hombre y continuó su camino.

Manita, sentada en el diván, inmóvil y abatida, parecía una muñeca abuela, querible y excéntrica. Solo se movían sus ojos, que iban de Lily a Mana, y de Mana a Maude, mientras las demás conversaban y hacían gestos frenéticos.

Lily dejó de caminar de un lado a otro frente al árbol de Navidad, se puso en cuclillas frente a Manita y le tomó ambas manos.

—Hopewell quería que supieras que te ama —le dijo Lily con ternura—. No ha engañado a nadie sobre ese punto.

Mientras observaba a Lily, quien se puso de pie, cansada, y lanzó un suspiro, tía Maude dijo:

—El mayor problema es cómo va a manejar Lily lo que descubrió acerca del siniestro plan de James Colebrook. Nosotras tres, Lily, no vamos a quedarnos de brazos cruzados y a permitir que te sabotee. Pero si no deseas que el asunto salga de esta sala, no saldrá.

Lily asintió.

—Deberéis ser pacientes y dejar que me ocupe yo. Abrigo la esperanza de que los sentimientos de James hacia mí hayan cambiado —afirmó. Se apoyó contra la repisa de la chimenea y se frotó la frente—. Me enfrentaré a él, pero Artemas jamás va a saberlo. Ni siquiera si James tiene la intención de luchar contra mí durante el resto de nuestras vidas.

—¡Lily! —Mana y tía Maude gritaron su nombre al unísono, con idéntico tono de reproche.

Manita por fin se movió. Se inclinó hacia delante y apoyó el mentón sobre las manos. Por sus mejillas rodaron lágrimas.

—Habéis olvidado una cosa. ¿Creéis que Joe no hablará? Hopewell puede hacer que vuelvan a enviarlo a prisión, pero Joe contratará a algún abogado ambicioso para vender la historia. Diablos, antes de Año Nuevo saldrá en todos los periódicos de chismes, contando cómo un Colebrook urdió una intriga contra la amiga de otro.

Lily no había tenido tiempo de analizar todo y llegar a esa desesperanzada conclusión. La golpeó como una maza.

 

Hopewell se encontraba de pie frente a la puerta de la habitación; su respiración formaba ligeras nubes blancas en el aire helado. Veía parpadear las luces de neón que señalaban el hotel barato y sucio.

Oía voces que provenían de un televisor. Golpeó la maltratada puerta de metal. Las voces dejaron de oírse.

—¿Quién diablos es? —vociferó Joe.

—Soy tu padre.

Después de un rato, Joe abrió la puerta. Tenía el rostro enrojecido. Le brillaban los ojos. Olía a alcohol y a sexo.

Hopewell lo apartó de un empujón, entró en el cuarto y cerró la puerta de un golpe. El revólver le pesaba en el bolsillo del abrigo y lo aferró con fuerza.

—Dime la verdad, muchacho. No sirve de nada mentir. Hoy fuiste a la casa de Lily, ¿verdad?

—Maldición, ¿por qué hablas siempre como si ella fuera la dueña? La granja es nuestra. Tuya y mía.

—Es mía. Tu nombre no figura en ningún título de propiedad. Y no tienes ningún derecho a ir allí. —Dio un paso hacia Joe—. Mataste a sus animales, ¿no es así? Fuiste tú.

Joe desvió la mirada. Se encogió de hombros.

—Te lo advertí. No vas a contárselo a nadie.

—Vendrás conmigo, muchacho. Te llevaré a ver al alguacil.

Joe lo miró fijamente. La expresión socarrona y relajada se desvaneció.

—Es demasiado tarde para echarse atrás en ese trato con los Colebrook, viejo. ¿Quieres que haga que la matanza de unos pollitos y un cerdo parezca una fiesta de cumpleaños? Maldición, lo haré.

—No estamos tratando con Artemas Colebrook. Me equivoqué. Fue el otro, su hermano, James. Artemas no se va a andar escondiendo detrás de un abogado y de un montón de dinero. Va a ser directo… y va a destrozarte y a masticar tus pedazos, muchacho.

La expresión atónita de Joe se transformó en una máscara de rabia.

—Has hablado. Has dicho esto a… a alguien. Se lo has dicho a ella, ¿no es verdad? A Lily. Y ella irá a contárselo a él, y él me va a triturar. Pero también te agarrará a ti, viejo tonto. No le importas a nadie.

—Te equivocas. Aunque no estuvieras acabado, estás acabado para mí. Sé un hombre. Reúne tus cosas y ven conmigo. Has estado bebiendo, me has robado, has hecho esa cosa atroz en casa de Lily. Ni siquiera has intentado cumplir con tu libertad condicional. Jamás tuviste intención de hacerlo.

Joe le dio un empujón.

—¡Iba a tener protección! ¡Iba a tener dinero! ¡Tú lo preparaste todo, y después me lo quitaste!

—Nunca ganaste nada mediante el trabajo honesto en toda tu vida. No puedes reclamar lo que nadie te debe.

 

Joe alzó un puño. Hopewell dio un paso atrás y tomó el revólver de su bolsillo. Lo apuntó al pecho de su hijo y declaró:

—Reúne tus cosas. Te dispararé, si hace falta.

Joe lo miró boquiabierto. Dejó caer el puño. Parecía derrotado. Se dirigió a la cama revuelta y se sentó a los pies.

—Por favor, no vuelvas a enviarme a prisión, papi.

Hopewell pensó que su corazón iba a marchitarse por la desdicha. Sabía que era estúpido permitir que Joe lo conmoviera, pero su mano tembló un poco. Después apretó con más fuerza el revólver y dijo:

—No me digas «papi» y no pongas esa expresión lastimera.

—Tú no sabes lo que es aquello. —La boca de Joe temblaba—. Si quieres saber por qué estaba tan desesperado… pues… Oh, nunca quise que lo supieras, papi.

—¿Qué? Dímelo.

—No vuelvas a enviarme allí. Me… me violaron, papi. Me violaron entre muchos. Sucedía muy a menudo.

El horror nauseabundo oprimió los pulmones de Hopewell. Bajó el arma y se quedó de pie, mudo y atontado.

—Hijo. Oh, hijo.

—Ahora no tengo nada, papá. Nada más que malos recuerdos. Por favor, no te vuelvas en mi contra.

 

Hopewell volvió a guardar el revólver en el bolsillo de su abrigo.

—Debes marcharte de este pueblo, hijo. Márchate. Y no regreses. Es lo mejor que puedo hacer por ti.

Joe suspiró y se puso de pie. Se movía con pies de plomo. Recogió su ropa, que estaba diseminada por toda la habitación, y la colocó en su bolso de tela. Después abrió un cajón del armario que había junto a la cama y tomó la pistola que le había robado a Hopewell.

—No uses esa pistola —dijo Hopewell—. Devuélvemela. Solo te acarrearía problemas, muchacho.

Joe se acercó con el arma, pero se detuvo apenas fuera del alcance de su padre. Sus ojos volvieron a traslucir frialdad y burla. Puso el arma en la cintura de sus vaqueros.

—Eres más tonto de lo que pensaba, viejo. —Dio un salto hacia delante.

El puñetazo alcanzó a Hopewell en plena mandíbula. Hopewell se desplomó en el suelo. Se le nubló la vista. Se frotó los ojos con una mano. Percibió, en medio de su confusión, que Joe estaba arrodillado junto a él. La respiración y el susurro de Joe le quemaban en el oído.

—Colebrook no permitirá que desaparezca, y tú lo sabes. Esta vez, mi vida está arruinada para siempre, y tú le ayudaste a lograrlo. ¿Sabes algo más? Ya puestos, deseo coronar mí caída con una acción gloriosa: ganarme un nombre. Estarás orgulloso de tu hijo famoso, ¿me oyes? Mataré a un hombre importante.

Hopewell soltó un gemido amargo e intentó incorporarse. Joe lo golpeó en la sien. Hopewell sintió que se hundía en una negra oscuridad.