20

EDWARD TAMBERLAINE se agachó para acariciar a Lupa. Sonrió gravemente mientras se acercaba a Lily, después de dejar el automóvil estacionado en el patio.

Lily lo observó desde su lugar, que era ahora un espacio barroso y llano, despejado por la niveladora enviada por el señor Estes. Apoyó un balde de semillas de césped y se dirigió hacia Tamberlaine.

—¿Cómo estás, Lily? —preguntó Tamberlaine.

—Bien —mintió. Se sentía algo incómoda; puso un junquillo en un ojal de la solapa de Tamberlaine y dio un paso atrás—. Ahora está listo para la primavera.

—Vine a ver cómo progresa la mansión y no pude evitar pasar a verte. Espero que no te moleste.

—No, claro que no. —Había ido de parte de Artemas, para ver cuánto había avanzado.

Lily siguió la mirada curiosa de Tamberlaine. La montaña de basura había desaparecido, aunque en el patio quedaba una pila formada por trozos de alfombra y de revestimiento de pared arrancados, listos para la quema. Lily quería sacar de la casa todo rastro de Joe Estes. Al darse cuenta de sus intenciones, el señor Estes se había puesto de mal humor, pero no había dicho nada.

Hacia el frente de la pastura despejada habían colocado un trecho largo de hormigón, y un sector más pequeño cerca del primero. Lily los señaló.

—El pequeño es para instalar una oficina y un comercio, más adelante. El otro es para un invernadero. El resto del lugar que hemos despejado se usará como semillero.

Tamberlaine asintió.

—¿Y qué novedades hay, señor Tamberlaine? ¿Artemas ya se ha mudado a la mansión?

—Sí. La casa funciona, pero no es nada cómoda. Se mudó a una suite que habían ocupado sus abuelos. Es más bien espartana.

—Voy a decirle la verdad. A veces me escabullo por el bosque y me quedo donde nadie pueda verme, para observar la marcha de las obras. Debe de haber cien personas. Va a tener que contratar a un paisajista de primer nivel para restaurar los jardines. Puedo darle una lista de nombres, si no le dice a Artemas cómo la consiguió.

—Artemas no tiene planeado reconstruir los jardines en un futuro cercano. Creo que los jardines son más personales que la casa, para él. Tal vez no le guste la idea de que los diseñe un extraño.

Lily sintió que una mano invisible le oprimía el pecho. Miró a Tamberlaine. Casi había olvidado que era raro que se comunicara con ella sin dejar caer algún dato… o que lo hiciera sin ningún motivo.

—Voy a comenzar a llamarlo Maquiavelo si continúa con estas intrigas.

Tamberlaine sonrió, pensativo. —Me temo que con los años me he aficionado demasiado a mi papel. Me gustaría ver resuelta esta pesarosa situación entre tú y él. Y los otros.

—No creo que sea posible. —Lily tomó el brazo de Tamberlaine. Caminaron hacia el arroyo—. Son como su familia, ¿verdad? —preguntó con ternura.

—Sí. Pero también lo eres tú. —Se detuvieron bajo un sauce gigante. Tamberlaine suspiró, tomó una de las ramas colgantes con su mano libre, y se dedicó a examinar las diminutas hojas nuevas—. Mira, Artemas jamás me ha dado instrucciones de explicar su conducta a nadie, en su nombre. Sus acciones a menudo hablan por sí mismas. Discúlpame si, en este caso, traspaso las fronteras de mis deberes y hablo a un nivel personal.

—Se lo agradecería. Adelante.

—Artemas puede parecerte agresivo, y hasta egoísta, pero no debes considerarlo un enemigo.

Las manos de Lily temblaron. Fijó la mirada en el arroyo, como si buscara respuestas en el eterno movimiento de las aguas.

—Lo sé. Pero está intentando arreglar mis problemas en mi lugar, y considera que mi lealtad hacia Richard es algo que hay que «arreglar», como todo el resto.

—La situación desesperada de su familia jamás le permitió elegir entre «ocuparse» y «tomar el mando». No hubo términos medios. No los hay.

—Artemas sabrá cuáles son los términos medios conmigo. —Lily señaló su tierra y se incluyó en el gesto—. Tal vez esa sea una de las razones por las que regresé aquí. Para probar que no puede ocuparse, ni tomar el mando, ni ignorarme.

—¿Y tal vez para probarte a ti misma que no quieres que él lo logre?

Lily quedó en silencio, conmovida por el agudo comentario.

—Sí —admitió por fin.

 

Después de que Tamberlaine se hubo marchado, Lily volvió a dedicarse a esparcir semilla de césped sobre la tierra desnuda, pero la rondaba una sombra nueva e indefinible. Se sorprendió escrutando el denso bosque del otro lado del camino. Artemas había regresado. También lo había hecho ella. Ambos habían cumplido con parte de una antigua promesa. El resto no tenía remedio. Lily agitó la mano; después la bajó. Cerró los ojos a la pena y el espanto.

 

Artemas apoyó la tetera con el motivo Sauce Azul sobre una tosca mesa hecha de caballetes y madera terciada, en el centro de la galería superior; dio un paso atrás, encendió un cigarrillo y examinó el pequeño y delicado recipiente con expresión sombría.

La semana anterior, Lily la había vendido por cinco mil dólares a la tienda Svenson, un comercio selecto de Atlanta dedicado a porcelanas finas y cristalería. Artemas había sospechado que iría a Svenson si alguna vez se desprendía de la tetera. Sus discretas indagaciones acerca de la vida de Lily, a lo largo de los años, habían revelado que Lily había comprado toda su vajilla de porcelana y su cristalería en Svenson. Pero no había comprado porcelana Colebrook. Lily nunca había comprado porcelana Colebrook.

De modo que Artemas había encomendado a LaMieux, quien se ocupaba de todo ese tipo de asuntos, que dejara dicho en Svenson que pagaría el mejor precio en caso de que alguien, alguna vez, llevara para vender una pieza del antiguo motivo Sauce Azul de Colebrook. Artemas había comprado la tetera. Comprendía cuánto necesitaba Lily el dinero. Lo que lo hería era saber que ella prefiriese vender algo de tanto valor sentimental a un extraño, antes que pedirle ayuda. A pesar de algunas de las cosas que él le había dicho, quería ser parte de la vida de Lily. Esa necesidad era un tormento constante.

Inquieto, salió de la galería desierta y abrió una de las elevadas puertas de cristal que daban a un balcón. Se apoyó contra la balaustrada y observó las terrazas recién despejadas. En otros tiempos, los jardines habían bajado por la colina en forma de escalera, hacia el lago distante, iluminado por las estrellas. Ahora, las terrazas esperaban la atención de Lily. Artemas sabía que eso nunca podría suceder, y que no debía postergar el contratar a un paisajista. Cada día que pasaba, contemplaba los espacios despejados alrededor de la casa y solo podía pensar en lo imposible. Era algo temerario, como comprar la tetera. Por una vez en su vida, Artemas estaba al borde de perder el control de sus obsesiones egoístas: era una complacencia peligrosa.

 

El hombre era un extraño. Los extraños se acercaban a menudo a la puerta de Hopewell, para vender, mendigar o predicar: Hopewell detestaba todas esas actividades. Los extraños bien vestidos, con maletines, que bajaban de automóviles extranjeros de último modelo, eran el doble de sospechosos. Hopewell se levantó deprisa de su sillón frente al televisor. La cólera era lo único que lo hacía moverse tan rápido. Cruzó a paso firme la sala de estar y abrió la puerta de entrada antes de que el extraño hubiera llegado al pórtico.

Hopewell no se molestó en abrir la puerta de malla de alambre. Esperó detrás y observó, con ojos airados, a través de unos orificios del alambre.

—¿El señor Estes? —preguntó el hombre. Tenía el cabello lacio y lustroso y las uñas arregladas.

—No necesito ningún seguro —replicó Hopewell, y se dispuso a cerrar la puerta de un golpe.

—No soy un vendedor. Soy un comprador. —El hombre se acercó más y sonrió sin mostrar los dientes—. Quiero comprar su cooperación. A cambio, puedo garantizarle el futuro de su hijo.

Hopewell se aferró a la puerta. No podía decidirse a cerrarla.

—¿Quién es usted?

—Represento a alguien que se preocupa por lograr lo mejor para Joe. Alguien que quiere asegurarse de que no tenga problemas en la audiencia del año próximo, cuando solicite la libertad condicional. Alguien que se encargará de Joe una vez que se la hayan concedido, de modo que tenga todas las posibilidades de comenzar una nueva vida con éxito y de darle a usted motivos de orgullo.

La puerta se abrió un poco más.

—¿A qué se refiere exactamente? ¿A quién representa?

—Eso no importa, señor Estes. —El hombre tomó una tarjeta de color marfil y la sostuvo frente a un orificio en la malla de alambre.

Hopewell leyó el nombre de un bufete de abogados que no le dijo nada.

—¿A quién representa? —repitió.

—¿Puedo pasar? Solo me quedaré un minuto. Y le aseguro que, por el bien de su hijo, querrá oír mi propuesta.

Hopewell asió la puerta con más fuerza. Por el bien de Joe. El bien de Joe era el objetivo de toda su vida y el deseo de Ducie en su lecho de muerte.

—Pase.

El abogado se sentó en el borde de un sofá que olía a humo de cigarrillo y sudor. Hopewell se quedó de pie junto a él y aguardó. El hombre abrió su maletín y tomó una delgada pila de páginas divididas por sujetapapeles en tres grupos. Cerró el maletín y apoyó los papeles sobre él. Después miró a Hopewell.

—El cliente a quien represento hará todo lo posible para asegurar que Joe sea puesto en libertad el año próximo. Siempre que lo logre, y creo que lo hará, pues Joe ha sido un prisionero modelo, mi cliente le dará dinero, trabajo, una buena casa y su poderosa y discreta intervención en caso de que Joe vuelva a tener…, digamos…, dificultades.

—Joe quiere correr carreras. En eso se ha gastado ese maldito dinero de las drogas. Quiere ser campeón.

—Entonces mi cliente proveerá todo el dinero que sea necesario para costear sus gastos y ayudarlo a lograr ese objetivo.

Con la boca abierta, Hopewell se desplomó en un sillón cubierto de periódicos polvorientos.

—¿Por qué? ¿Dónde está la trampa? ¿Cuál es la tajada de su cliente en todo esto?

El abogado alzó las manos extendidas sobre los papeles.

—Lo único que mi cliente pide a cambio es que usted expulse a Lily Porter de su propiedad.

Hopewell se sintió estrangulado por la disyuntiva. Era como si esas manos pálidas lo hubieran tomado del cuello y lo apretaran con tanta fuerza que el respeto hacia sí mismo y la repugnancia intentaran surgir, pero fueran detenidos.

—Nno… no puedo —dijo.

—¿Ha firmado un contrato formal con ella?

—Sí. Ella lo redactó. Un arrendamiento de un año. De febrero a febrero. No voy a violarlo. No voy a hacerlo. No me pida que lo haga.

—Hum. —El abogado frunció un poco el entrecejo—. Entonces el plazo de arrendamiento vencerá más o menos en la misma época en que Joe obtendrá la libertad condicional. Supongo que será aceptable. Usted acordará no renovar el arrendamiento a la señora Porter y le prohibirá quedarse en la propiedad por ninguna circunstancia.

Hopewell se inclinó hacia delante. Le zumbaban los oídos. Tanteó el bolsillo de su camisa en busca de la medicina para la presión, que tomaba cuando le venía en gana, y se puso una tableta en la boca. El abogado lo observó con paciencia.

—¿Se trata de él, verdad? —dijo Hopewell con voz metálica—. Se trata de Artemas Colebrook. Él está detrás de esto.

—No puedo revelar el nombre de mi cliente. Pero su suposición es errónea.

—Mentiroso. —Hopewell se cubrió el rostro con las manos. El futuro de Joe o la venganza. El futuro de Joe o el respeto por sí mismo. El futuro de Joe. Joe tenía un carácter débil. Hopewell había sufrido lo indecible al pensar en cómo volvería a meterse en problemas apenas saliera de la prisión. Este era un modo, tal vez el único modo, de dar a Joe una posibilidad de encaminarse. Quizá fuera venganza suficiente hacer que Artemas Colebrook gastara dinero en Joe.

En cuanto a Lily, pues… ella se había buscado esta vileza de Colebrook, ¿verdad? Al regresar a la granja aun sabiendo que solo causaría problemas y al estar casada con un criminal.

No, lo que piensas hacerle está mal, es vergonzoso.

Pero Joe era de su propia sangre. Lily no.

El abogado había tomado una pluma de oro. Agregó unas líneas manuscritas a sus papeles. Esperaba lo inevitable.

Hopewell se puso de pie, tambaleante.

—Salga de mi casa y no regrese nunca.

El abogado apoyó dos tarjetas más sobre una mesa sembrada de migas y latas vacías.

—Tendrá casi un año para decidirse. Mi oferta seguirá en pie. —El hombre se levantó y sonrió. Tampoco esta vez mostró los dientes—. Que tenga un buen día, caballero.

 

Hopewell se bamboleó en su sitio, atrapado por la desesperación, mientras el visitante se marchaba. Caminó vacilante hasta la puerta, la cerró con fuerza y se quedó largo rato, paralizado, mirando las tarjetas sin tocarlas. Por fin, las tomó por las puntas y se dirigió con pies de plomo hacia un escritorio viejo que había en una esquina de la sala. Vaciló junto a la papelera cercana al escritorio. Despacio, como si se encontrara en una sesión espiritista, sus manos se acercaron a un cajón a medio abrir y dejaron caer las tarjetas en él.

 

—¿James? —Alise lo buscaba, a oscuras por las habitaciones del ala privada que habitaban. Vestía una bata sobre su camisón y temblaba. Esto pasaba casi todas las noches… Se despertaba y James no estaba a su lado. Cada vez, Alise lo seguía y lo hallaba sentado en la oscuridad, en algún lugar, dentro o fuera, en el parque.

Alise vio una luz que provenía del estudio, al otro lado del corredor, y avanzó hacia allí.

James estaba perdido en sus pensamientos, frente a un escritorio oscuro y pesado, a la luz de una pequeña lámpara. Tenía un puño bajo el mentón; su rostro, de perfil, era anguloso y feroz. Llevaba una bata de color borgoña atada en la cintura, que revelaba el sensual vello oscuro y los fuertes músculos del pecho. Además de las sesiones diarias de rehabilitación para su pierna, James había regresado a su antigua rutina de hacer ejercicios con pesas una hora cada día. Alise había contemplado con zozobra los esfuerzos débiles pero decididos de los primeros meses. James se había enfurecido al oírle decir que se estaba forzando demasiado y demasiado pronto. No quería ni el consejo ni la compasión de su esposa.

Alise entró con suavidad en las sombras del estudio y se detuvo. La desesperanza le oprimía el pecho. James la miró con los ojos entrecerrados y se recostó contra el sillón, de respaldo alto, como si fuese un trono.

Se acercó a James y trepó al sillón, con las rodillas a cada lado de los muslos de él. Sostuvo la mirada sombría de su esposo mientras se alzaba el camisón, como si lo desafiara a rechazarla y a rechazar eso que, en los últimos tiempos, ambos hacían pasar por intimidad. Pero James no la rechazó. En sus ojos brilló un deseo sin palabras. Asió las caderas de Alise y la guio. Juntos, lograron un brusco acto sexual.

Alise se meció contra James, con los brazos alrededor de su cuello, y lloró la pérdida de la serenidad y la ternura que ambos habían compartido. Cuando James por fin la abrazó, en medio de un espasmo, y gimió contra su hombro, Alise se aferró a él, mientras las lágrimas caían de sus ojos cerrados. Permanecieron inmóviles, en un silencio lúgubre; James la apretó entre sus brazos. Alise ahogó la angustia contra el cabello oscuro de James.

James no sería feliz hasta no haber castigado a alguien por lo que le había ocurrido y por lo que le había sucedido a su familia. Pero no quedaba nadie a quien castigar, excepto Lily Porter, que no lo merecía. Y James no se rebajaría a arruinar la vida de una persona inocente. Alise jamás lo creería capaz de hacerlo.