17
ESTA noche el whisky era un buen compañero. No hacía preguntas, no exigía nada y amortiguaba los golpes punzantes de la frustración y la desesperación. Artemas inclinó la botella medio vacía sobre un vaso en el que no quedaban más que astillas de hielo. ¿Dónde estaba el letargo pacífico que buscaba?
Con el vaso entre los dedos, recostó la cabeza en el grueso tapizado del sillón y fijó la mirada en la araña. Por un instante se contempló a sí mismo e hizo una mueca. En ese momento se vio como lo hubiera visto un extraño…
Su imagen melodramática no le resultaba atractiva.
Estiró una pierna. La otra quedó doblada: sostenía un abultado maletín de cuero. Artemas lo abrió y extrajo una hoja de notas de pulcro formato, que Tamberlaine y LaMieux habían preparado.
En sus manos, a la espera del escrutinio de su familia sedienta de venganza y del equipo de abogados agresivos y altamente capacitados que trabajaban para Colebrook International, estaban los expedientes de todas las personas que habían desempeñado algún papel importante en el proyecto de las oficinas. Eran docenas: subcontratistas, agentes inmobiliarios, ejecutivos bancarios, funcionarios del gobierno de la ciudad y del estado…
Artemas hojeó a toda velocidad la pila de expedientes y halló las páginas que buscaba; dejó caer el resto del contenido del maletín en el suelo y comenzó a leer. Ya lo sabía todo, por los informes de Tamberlaine a lo largo de los años, por su propio contacto con ella…, pero ver todos esos años reducidos a hechos y fechas lo torturaba.
Lily Amanda MacKenzie Porter. Treinta años. Graduada en botánica, con honores. Casada desde hacía siete años. Diseñadora de paisajes, ganadora de premios. Dos períodos cómo funcionaría de una sociedad estatal de horticultura: uno como secretaria, el otro como vicepresidenta.
Había conocido a Porter durante su primer año en la universidad, cuando él estaba a punto de graduarse en Georgia Tech. No había salido con nadie más; después de un tiempo había ido a vivir con él y se había casado el verano siguiente a su propia graduación. La boda se había celebrado en el jardín trasero de la casa de Maude.
Para entonces, Porter y Stockman eran socios júnior en una de las empresas de arquitectura más importantes de Atlanta, y Lily estaba a cargo del diseño y mantenimiento de paisajes para un mayorista de viveros. Stephen había nacido alrededor de un año más tarde.
En ese mismo año, Richard y Frank habían fundado su propia firma. Lily había dejado su empleo para pasar más tiempo con el bebé y para trabajar como diseñadora independiente. En la actualidad, Lily figuraba entre los diseñadores de paisajes más respetados de Atlanta.
Richard y Frank luchaban por ganarse un nombre. Eran demasiado jóvenes y desconocidos como para competir por proyectos prestigiosos contra las firmas grandes y afianzadas. Artemas había cambiado todo eso. El proyecto Colebrook les acercó oportunidades fantásticas. Pero, para Lily, fue una amenaza desde el primer momento.
Artemas conservaba nítido en su mente el recuerdo del día en que Lily fue a Nueva York a enfrentarse a él, confiada al saber que Tamberlaine había concertado una cita. Habían pasado tantos años desde aquellos días en la granja… Tantos años desde la última vez que habían estado cara a cara, de la noche que habían compartido. Aunque Lily jamás hubiera admitido que esa corriente todavía existía, Artemas dudaba de que pudiera negarla. La actitud de Lily era acusadora, defensiva, casi temerosa.
—¿Por qué haces esto?
—Porque jamás pude lograr que recuperaras tu granja.
—Richard no sabe nada de eso. Cree que eres solo un amigo de la infancia.
—¿No soy sólo eso?
—Sabes lo que quiero decir. Nunca le conté el resto.
—¿Jamás te preguntó si fue tu primer hombre?
—Me lo preguntó. Le dije que había habido alguien en mi pueblo, que ya no tenía ninguna importancia. Era todo lo que él quería saber. Es una de las personas más confiadas que haya conocido en mi vida.
—O una de las menos inquisidoras.
—Tal vez yo haya querido conservar algunos buenos recuerdos, y no hubiera podido justificarlo si él lo sabía todo. Se hubiera preocupado aunque no hubiese motivo de preocupación.
—¿Entonces por qué sospechas de mis intenciones?
—¿No te das cuenta del daño que haría a su orgullo el pensar que él y Frank no han ganado el proyecto Colebrook por sus propios méritos?
—¿Crees que los hubiera elegido si no lo merecieran?
—No, aprendí hace mucho tiempo que haces lo que es mejor para el nombre de Colebrook, sin importar nada más.
—Entonces no hay necesidad de que le cuentes nuestra historia.
—Es mi esposo y lo amo. No me gusta tener secretos con él.
—Entonces cuéntale.
—Sabes que no lo haré. Lo sabes y no te importa que eso me haga sentir como una traidora.
—Considera que soy un amigo que vela por sus propios intereses, además de por los tuyos. Así deberías poder aplacar tu fatigada conciencia. Estoy intentando ayudarte a ti y a tu esposo, Lily. Lo único que deseo a cambio es oírte decir que el pasado ha quedado en el olvido.
Con esas palabras había arrinconado a Lily. Artemas estaba seguro de que no podía afirmarlo con sinceridad. La mirada de Lily se lo revelaba. Por fin, Lily respondió:
—Puede no estar olvidado, pero hace mucho que he dejado de permitir que controle mi vida.
—Entonces hemos alcanzado una tregua. Bien.
—Quieres decir que has saldado una especie de deuda que creías tener.
—Como quieras interpretarlo. ¿Puedo pedirte un favor, para cimentar nuestro nuevo acuerdo?
—Puedes pedirlo, y te diré lo que pienso.
—¿Podrías diseñar los jardines del Edificio Colebrook? Los exteriores y los interiores. Con un sauce azul como elemento central.
La mirada muda de Lily lo había hecho temer que se negara. Artemas quería el toque de Lily en el edificio. Al cabo de un momento Lily aceptó, con expresión abatida.
—Deberé preguntarle a Joe Estes si puedo comprar un sauce del bosquecillo de la granja —dijo con voz cansada—. No he regresado desde… Tía Maude dice que ha permitido que la granja se deteriore. No he querido verla así. —Después se irguió y examinó a Artemas con orgullo—. Pero tendrás tu sauce azul.
Artemas asintió con un gesto. Lily le echó una última mirada mientras se dirigía a la puerta de la oficina.
—Después de todo, es sólo un árbol.
Sólo un árbol. Y ellos eran sólo amigos. El pasado no tenía poder. Si Lily podía vivir con esas mentiras, él también podía.
Artemas se movió y quebró el hechizo del recuerdo. Había dejado caer al suelo las notas acerca de Lily. Los detalles ausentes, el alma detrás de los hechos no importaban a nadie más que a él. Lo irónico era que esos detalles no harían más que complicar las cosas. Para sus hermanos y sus relaciones comerciales, harían sonar alarmas, les harían preguntarse si Artemas era capaz de ser objetivo con respecto a ella y de llevar a cabo cualquier acción que la situación pudiera requerir. Sí, era capaz.
El expediente no revelaba cuántas veces Artemas se había puesto en contacto con Hopewell Estes a lo largo de los años, mientras trataba de recuperar la granja de Lily; tampoco con qué asiduidad también Lily lo había intentado, según lo que le había dicho a Tamberlaine. Estes había permanecido inmutable. Su esposa había muerto y su hijo era lo único que le quedaba. Siempre había afirmado: «Joe adora ese lugar».
Dos años atrás, Artemas había enviado personal para hacer mantenimiento de rutina en la vieja mansión de Sauce Azul, con instrucciones de comprobar con discreción el estado de la granja. Se había enfurecido al enterarse de que el pasto se hallaba crecido, la casa estaba vacía y había unas bien cuidadas parcelas de marihuana ocultas en los valles… no solo en el antiguo terreno de los MacKenzie, sino también en Sauce Azul. Joe Estes se había mudado a un piso que valía doscientos cincuenta mil dólares, en Atlanta, y conducía un Ferrari.
No era de extrañar que hubiera querido tener acceso a tanto bosque vacío y privado. No era de extrañar que su padre, abatido y a la defensiva, no pudiese arriesgarse a vender la granja de los MacKenzie.
Terminar con la carrera de Joe Estes había sido una cuestión simple y discreta: unas cuantas llamadas a la gente adecuada. Los funcionarios que investigaban el tráfico de drogas cayeron sobre él. Joe fue a prisión. De alguna manera se filtró el rumor de que Artemas estaba relacionado con su ruina. Estes había jurado conservar la granja, por puro resentimiento. Un callejón sin salida, después de tantos años. Lily sabía lo ocurrido. Artemas se lo había explicado. Lily se mostró aliviada. Y dijo que por fin todo había terminado.
Pero no había terminado. Acababa de empezar.
Artemas se levantó y caminó de un lado a otro. Tenía el pecho oprimido por la furia y la impotencia.
Todo lo que Lily poseía estaba hipotecado: la casa que ella y Richard habían construido con tanto amor, el terreno que la rodeaba, el velero, los automóviles y las camionetas. Richard y Frank, al parecer rebosantes de visiones del gran futuro que les había tocado en suerte a partir del proyecto Colebrook, habían construido para sí unas oficinas de dos millones de dólares, el año anterior, y habían utilizado sus bienes personales como garantía de los préstamos. Porter y Stockman lo habían arriesgado todo, y por ello sus posesiones pertenecerían a los bancos, los tribunales, las víctimas. Una toma completa y brutal, en la que Colebrook International sería el litigante principal.
Artemas arrojó el vaso contra una pared y pensó: Ha perdido a su esposo y a su hijo por mi culpa. Ahora también perderá su hogar. Por mi culpa. Artemas empujó la puerta y salió antes de que su chófer pudiera llegar hasta él.
—Aguarda aquí, George —le dijo al hombre robusto, mayor que él, quien tomó la puerta de la limusina en actitud respetuosa—. No tardaré.
George, intranquilo, se tocó el borde de su gorra negra.
—He trabajado para usted mucho tiempo, señor Colebrook. Espero que no le moleste que le diga que tiene unas agallas impresionantes, pero que jamás lo he visto hacer nada… imprudente. Me he dado cuenta de a quién viene a ver y… bien, señor, me preocupa.
—No voy a matarlo, George. —El tono de Artemas era suave y letal, nada tranquilizador—. Solo voy a hacer que desee no haber nacido jamás. —La atención de Artemas estaba clavada en el edificio que tenía delante. Lo que deseaba era justicia violenta, pero no, no tocaría un pelo a Oliver Grant. De ese modo su venganza hubiera sido demasiado rápida. Quería que Grant sufriera.
El vestíbulo era insípido, estrecho y funcional, en contraste absoluto con lo que había sido la belleza del Edificio Colebrook. Artemas había ido allí varias veces en los últimos años, con Julia, para conversar acerca del proyecto en la etapa de planificación. Su escéptica hermana había dudado de la habilidad artística de alguien que elegía trabajar en un lugar tan aburrido.
«Su negocio es la construcción —la había asesorado Artemas—. Deja el genio creativo a los arquitectos.»
Ese recuerdo le traía un sabor amargo. Él había elegido a los arquitectos, Stockman y Porter. Ellos habían recomendado que Grant fuera el contratista.
«Mi hermana estaría viva si yo no hubiera insistido en dar la obra a Stockman y a Porter. Si no hubiera querido trasladar Colebrook International a Atlanta. Si no hubiera querido estar cerca de Lily, probarle algo. Si me hubiera mantenido fuera de su vida, su hijo y su esposo también estarían vivos.»
Su conflicto interior hizo emerger la furia y la frustración. Artemas atravesó el vestíbulo a toda velocidad. Decisiones. Culpa. Dolor. Venganza. Su sueño había sido noble. ¿Egoísta? Sí, también. «Lily, Lily, nunca quise herirte. Quería recuperarte. Dios me perdone.»
Al salir del ascensor en el piso que ocupaban las oficinas de Grant, se estremecía de repulsión.
Una recepcionista se puso de pie con rapidez, al tiempo que su rostro se llenaba de alarma al reconocer a Artemas.
—¿Tiene cita, señor Colebrook? ¿Señor Colebrook? ¡Señor Colebrook!
Artemas pasó junto a ella sin hablar. Atravesó una oficina abierta, rodeado por las miradas y los susurros de las secretarias. Su destino era una de las puertas que había en el otro extremo. La pequeña placa tenía grabado el nombre de Grant.
Artemas golpeó la puerta con una mano. La madera crujió y la cerradura cedió. La puerta se abrió con un estallido.
Oliver Grant, de pie junto a una ventana con un teléfono móvil al oído, se volvió sobresaltado. Cuando vio quién era el intruso, el teléfono cayó al suelo alfombrado. Grant llegó de un brinco a un escritorio sembrado de papeles y presionó un botón de un interfono.
—Llamen a la policía —ordenó, con la voz quebrada.
Artemas cerró de un golpe la puerta de la oficina y avanzó a grandes pasos hacia Grant, con las manos extendidas. Arrojó al suelo el interfono. Grant retrocedió.
—Los medios de comunicación airearán todo este asunto. No necesitamos más publicidad negativa.
Artemas le dedicó una sonrisa asesina.
—La verdad no será negativa para mí. Será un condenado placer ver que la verdad se hace pública.
Grant tenía las piernas cortas y la quijada prominente de un bulldog, pero su rostro estaba tenso al máximo.
Se le veía pálido y demacrado, como consecuencia de semanas de intenso estrés, y tenía sobre las sienes mechones desarreglados del cabello castaño, que comenzaba a ralear.
—Hable con mis abogados. No tengo nada que decirle.
—Entonces escúcheme. Escúcheme, hijo de puta. —Artemas sacó un manojo de papeles doblados del bolsillo interior de su chaleco y lo arrojó sobre el escritorio—. Esta es la transcripción de una declaración que Avery Rutgers hizo a mi gente esta mañana. Su conciencia lo venció, además de que está muerto de pánico. —Artemas se inclinó hacia Grant. Las palabras salieron de sus labios con suavidad y frialdad—: Su propio inspector de control de calidad dice que el hormigón que utilizó en las paredes de sostén del puente no estaba bien curado.
Grant se tambaleó como si lo hubiera alcanzado una ráfaga violenta. Dejó caer las manos a los costados; después farfulló vagamente:
—Es mentira. Váyase. Mis abogados…
—Dice que él se lo dijo apenas lo descubrió. Y que usted le respondió que cerrara la boca, o que perdería su empleo. Cuando volvió a sacar el tema, usted contestó que los arquitectos habían analizado el asunto y habían acordado que era insignificante. Eso es absurdo.
Grant se desplomó despacio, mientras aferraba el respaldo de un lujoso sillón de cuero que había detrás del escritorio. El sillón giró y Grant se hundió en él. Tenía la boca abierta. Sus ojos estaban vidriosos.
—No hay pruebas.
Artemas lanzó otro documento sobre el escritorio.
—Hemos analizado muestras de hormigón. Rutgers tenía razón. Lea el informe.
—Oh, Dios. —Grant gimió y hundió la cabeza entre las manos.
Artemas se dio cuenta vagamente de que una violencia ciega crecía en él. Quería tomar la garganta de este hombre entre sus manos; ya podía sentir cómo sus dedos trituraban carne y cartílago. Quería ver toda la muerte y la traición, todo su dolor, reflejados en la mirada agonizante de Grant.
«No puedes. Todavía tiene respuestas que dar.»
Los dedos de Artemas se clavaron en cambio en las pilas de papeles. Se sentía abrumado por el desdén y la furia. Temblaba al intentar refrenarse.
—Quiero que admita que Stockman y Porter jamás se enteraron de que usted arruinó la seguridad estructural de su diseño.
Grant alzó sus ojos fríos y atontados hacia Artemas. Dos de los guardias de seguridad del edificio entraron como una tromba en la oficina. Tironearon de Artemas, mientras le enlazaban el pecho con los brazos y maldecían. La mirada de Artemas seguía clavada en la del contratista. El rostro fláccido de Grant se contrajo.
—¡Lo sabían! —dijo, con expresión triunfal—. Lo dejaron pasar. Lo aprobaron.
Las palabras cayeron como puñetazos. Artemas retrocedió y se enderezó. Los guardias lo sostuvieron con más fuerza. Una plegaria nació en la mente de Artemas. «Que esté mintiendo. Que Richard Porter no sea parte de esto.»
A través del pulso que bramaba en sus oídos, oyó la voz profunda y ansiosa de Michael que pronunciaba su nombre. Sintió una mano en su hombro; Michael estaba junto a él y los guardias.
—George llamó desde el teléfono del automóvil cuando saliste del hotel —dijo su hermano—. Te seguí. —Michael dio un tirón furioso al brazo de un guardia—. ¡Maldición, suéltenlo! —Comenzó a toser pero siguió forcejeando. Uno de los guardias se volvió y le clavó un codo en el pecho.
—Estoy bien —afirmó, mientras Artemas lo tomaba de un brazo.
El pecho de Artemas estaba tan agitado como el de Michael. Se volvió hacia Grant.
—No le creo.
Grant se levantó como un boxeador ebrio, aferrado a los bordes de su escritorio y tambaleante; su mirada vengativa se clavó en Artemas.
—Me creerá. No me iré solo al infierno. Pregunte a Lily Porter lo que sabe. Pregúntele por qué Stockman, su esposo y yo estábamos tan alterados hacia el final de la obra. ¡Después, viva con esa verdad!
Dos policías entraron corriendo en la habitación y se detuvieron.
—Quiero que estos bastardos salgan de aquí —vociferó Grant, al tiempo que señalaba a Artemas y a Michael. Artemas alzó una mano como advertencia, mientras los policías avanzaban hacia él. El espantoso terror que Artemas llevaba dentro de sí se transformó en una eficiencia violenta, en una letanía de órdenes. «Sal de aquí. Lleva a Michael al hotel. Asegúrate de que se recupere. Ve a ver a Lily. Haz que hable.»