CAPÍTULO XXVI
3 de
diciembre de 1972
Henry no le contó nada a su mujer,
naturalmente, ni a sus hijas. Realmente, no tenía otra alternativa
sino esperar, confiar que la venganza de madre residiese en la
amenaza, en el temor, y nada más. Y pasaron los días, y pronto las
semanas, y comenzó a relajarse.
Vio a madre en la televisión. Él y su mujer
estaban mirando un programa cualquiera, y apareció el anuncio. Era
el de unas hamburguesas, y allí estaba madre, a tamaño natural,
engullendo como un lobo una inmensa hamburguesa, expresándole a
todo el mundo cuán deliciosa era.
—Ése es madre —dijo.
—¿Quién?
Vaciló. Ella no quería que él hablara sobre
Becky. Se enfurecía siempre que él mencionaba cualquier cosa
relacionada con ella. ¡Pero él quería que ella supiera qué aspecto
tenía madre!
—¿Quién? —repitió ella.
—El hombre con que Becky vivía cuando murió.
Mira, ése es.
—¿Cómo lo llamaste?
—Madre. Ése era el apodo que ella le daba.
¡No estás mirando!
—Bueno, bueno, estoy mirando.
Su mujer meneó la cabeza.
—¿Verdad que es curioso?
—¿Qué? ¿Lo reconoces?
—¿Reconocerlo?
—¿Lo has visto alguna vez?
—¿Dónde podría haberlo visto?
—¡Qué sé yo dónde! ¿Lo has visto?
Debe conservar la calma. Es Henry, después
de todo, quien está pisando terreno resbaladizo.
—No, por supuesto que no, jamás lo he visto
antes.
—¿Y qué es eso tan curioso, entonces?
—Sólo quise decir que parece un buen
chico.
—¿Un buen chico?
—Sí, eso es lo curioso. Sabiendo cómo
arruinó la vida de esa pobre muchacha, pero no podría saberlo una
al mirarlo. Se ve como un buen chico.
De manera que ésa era la historia que ella
se contaba. Que madre había arruinado la vida de Becky. Y que él,
Henry, supuso, se había visto enredado accidentalmente en ella en
el último momento.
Bueno, era una historia tan buena como
cualquier otra.
Era lo bastante buena, en todo caso, si ella
no lo abandonaba. Era una historia estupenda, estupenda de veras,
si le permitía permanecer con él, si permitía que ella y las niñas
se quedaran.
Lo vieron nuevamente algunas semanas
después, en un papel secundario en una serie bastante tonta, de
ésas con motocicletas.
—Ése es Machri, de nuevo —dijo.
—¿Quién? —preguntó su esposa.
—¡Machri! Ese muchacho que vivía con
Becky.
—Creí que habías dicho que su nombre era
Madre.
—Ése era un apodo. Su nombre es
Machri.
—¿Ése? ¿Ese que está allí?
—No, el otro, el de bigote.
—No se le parece.
—¿No se parece a quién?
—A él, al aspecto que tenía en ese anuncio
de las hamburguesas
—Tienes razón —dijo Henry—. Se ve
diferente.
—No sé cómo lo reconociste —dijo ella—. Yo
jamás hubiera podido.
Hoy es el último día antes de que comiencen
las vacaciones de Navidad. La semana pasada Henry anunció que
habría un examen el día en que regresaran, de modo que hoy tuvo
todo el día un río de estudiantes que acudían a su oficina a hacer
preguntas sobre el trabajo. Es un curso tonto. Ninguno de ellos
entiende nada de aquello, ya se ve por las preguntas.
Quizás eso no sea justo. Hay más de
trescientos estudiantes en el curso, y sólo unos cincuenta vinieron
a hacer preguntas tontas. Tal vez los otros entiendan algo, o tal
vez carecen hasta de ingenio para hacer preguntas tontas. Tal vez
ni siquiera les importa, tal vez una de ellas vendrá a su oficina
después del examen y le ofrecerá acostarse con él a cambio de un
sobresaliente.
«De hecho, hoy ha sido un buen día», pensó.
Logró hacer un montón de cosas. Le había escrito a Eichler acerca
de su alumno que quiere ir a Oak Ridge a usar el aparato para
espectrografía de radiación gamma para medir los grados de
abundancia de tierras raras en las rocas de los sedimentos
oceánicos, y hoy por la mañana Eichler le anuncia, desde Copenhague
en donde ha pasado el semestre, que volverá en febrero y se hará
cargo del muchacho con mucho gusto. De modo que después del
almuerzo fue a ver al jefe del departamento y le expuso el asunto.
Dio un respingo, por cierto.
—¿Quién se hará cargo del laboratorio de
novatos? —preguntó.
Henry le dijo que no sabía, que eso era
problema de él. El problema de Henry era encontrar el lugar
adecuado para que su alumno aprendiera su oficio.
—Eso es sólo parte de tu trabajo. Otra parte
es la responsabilidad que tienes para con este departamento —fue la
respuesta.
Bueno, discutieron aquello casi una hora, y
decidieron finalmente que podría ser posible trasladar a Peterson
sacándolo del curso de petrología para
reemplazar a Larson en sedimentación, y que Larson podría llevar
dos secciones del seminario de biogeoquímica, que probablemente
tendría menos estudiantes que en la temporada anterior a causa del
creciente interés por la exobiología, lo cual disminuiría las
matrículas en biogeoquímica, y como exobiología está bajo los
auspicios del departamento de biología, que esos cabrones se
preocupen del asunto. Porque al estar Larson a cargo de dos
secciones de biogeoquímica, ellos podrían trasladar uno de aquellos
estudiantes graduados al laboratorio de novatos, dejando así libre
al muchacho de Henry durante un año para poder ir a Oak Ridge y
aprender a medir tierras raras.
—¿Y qué es tan condenadamente importante
respecto a las tierras raras, de todas maneras? —preguntó el
jefe.
Y la pregunta tenía sus bemoles, porque si
Henry le daba una respuesta entusiasta mostrando que dichas tierras
contenían todas las claves de la creación, del mundo mismo, según
la distribución que tuviesen, el jefe replicaría de inmediato
preguntándose en ese caso: ¿por qué Henry no se había estado
concentrando más en ellas en los últimos doce años? ¿Estamos?
Como ella acostumbraba a decir.
Por otra parte, si estas tierras raras no
eran tan, tan importantes, ¿por qué dejar cojo todo el sistema de
la escuela tan sólo para permitir que un estudiante graduado
elaborara una tesis decente?
De modo que Henry trató de explicar cómo los
resultados recientes de las investigaciones lunares hacían que la
distribución de tierras raras en las rocas pelágicas, especialmente
en las rocas de las cordilleras submarinas, fuese tan recientemente
importante para las teorías sobre el origen de la Luna, y, por
consiguiente, del origen de la Tierra, puesto que somos todos parte
de la Unidad, ¿no es así? Y al parecer le vendió la idea y Henry se
marchó triunfante.
Sólo para regresar a su oficina y
encontrarse con una nota solicitándole telefonear a la FNC, y
cuando lo hizo encontró que había surgido un nuevo problema
respecto a la nueva proposición que les había enviado referente a
esta idea en la que está trabajando ahora acerca de la realidad o
naturaleza de las celdas de convección postuladas en el manto. Al
parecer, ciertos investigadores de Lamont acababan de informar
acerca de unos resultados siguiendo las mismas líneas generales de
experimentación que él había sugerido, aunque, por cierto, sin el
mismo motivo subyacente, puesto que no habían pensado aún el poner
en duda la hipótesis de las celdas de convección. Pero esos
resultados, si quedasen confirmados por una investigación
detallada, eran inquietantes. En especial, la abundancia de
isótopos uránicos a lo largo de las cimas de las cordilleras
parecían ser idénticas al uranio del agua de mar, y no al uranio
proveniente del manto, y ¿no significaba esto que Henry debiera
quizá quedarse quieto durante el próximo año y aguardar a ver si se
confirmaban dichos resultados?
—¡Cómo diablos vais a saber qué aspecto
isotópico presenta el uranio del manto? —rugió—. ¡A lo mejor el
uranio oceánico proviene en su inmensa parte del manto, y si ello
fuese cierto, entonces el uranio oceánico tiene que poseer abundancia de isótopos del
manto!
Bueno, pero tal vez, y como puede saberse, y
es demasiado pronto para afirmar, y etcétera y etcétera.
—¿Qué me piden entonces que haga? ¡Por Dios,
apostada a que ni ustedes saben qué errores hay en esas mediciones!
¿Saben cuáles son? ¿Ah, lo saben?
Bueno, resultó que no los conocían. Los
números se habían tomado en el barco, y aún no habían tenido tiempo
de verificarlos en el laboratorio.
Henry les echó una filípica por eso. Ésta es
una de las cosas que realmente lo fastidia; gente que dispara un
número al tuntún, y luego llama al New York
Times en vez de sentarse y calcular todas las posibles fuentes
de error para ver cuán significativo es en verdad el nuevo número
obtenido. Cuando terminó, le estaban dando excusas, y eso es algo
que no escucha uno a menudo en estos días, el que la FCN u otro
organismo de los que da dinero se retracte y se excuse.
Cuando terminó de hablar con ellos se
reclinó en su silla e hizo muecas de contento. «En conjunto»,
pensó, «no ha sido un mal día el de hoy».
Y el teléfono repicó otra vez.
Era su esposa.
—¿Sabes dónde están las chicas? —le
preguntaba.
—No, naturalmente —replicó, mirando su
reloj—. ¿No han llegado de la escuela?
—No. Y hace horas que deberían estar en
casa.
—¿Llamaste a la escuela?
—Ya han cerrado. ¿Dónde crees que podrían
estar?
Y Henry vio la torcida, vacilante sonrisa de
madre, y le oyó decir alegremente: «Acaba de ocurrírseme algo mucho
mejor. Muchísimo mejor.» Henry se quedó helado de pronto.
—Henry —estaba diciendo su esposa—, me
empieza a preocupar. ¿Dónde crees que podrían estar?
Se quedó completamente helado de
terror.