CAPÍTULO VIII
15 al 21
de abril, 1972
Henry tiene dos hijas, Cynthia y Cathy,
abreviatura de Catherine, nombre que le pusieron porque desde su
actuación en el teatro de secundaria, Henry ha querido tener una
hija llamada Kate. Y Kate se llamó hasta los ocho años, edad en que
decidió no seguirle más la corriente y se convirtió en Cathy.
Cathy, Kate, tiene ahora quince años, pero es mayor de lo que cree
Henry. Cynthia tiene casi dieciséis, en algunos aspectos mucho
mayor, y en otros una nena todavía.
«No», piensa él, «eso no puede ser. Cynthia
debe estar cerca de los diecisiete».
Son buenos críos. Niñas, naturalmente, pero
son buenos críos de todas maneras.
—Impuesto a la renta —dice la hija mayor,
Cynthia.
Henry ¡a mira sin entender.
—El equipo de los New York Jets —señala la
hija menor, Cathy.
—No es temporada de fútbol —dice
Cynthia.
—Abuela, entonces.
—Eso es trampa, tuviste ya tu turno; no es
culpa mía ignorar que no es temporada de fútbol. Yo tomo Abuela.
Henry se pregunta acerca de qué hablan.
—No —suspira Cynthia—. Está bien, te
toca.
—Déjame pensar. El Gobierno.
—¿El de Nixon, el de la universidad?
—El que quieras. No importa, él no
reaccionó.
—¿De qué estáis hablando, niñas? —pregunta
su esposa—.
¿Queréis más tortilla?
—No, gracias. Televisión.
—Estamos tratando de ver qué hará reaccionar
a papá. Tratando de imaginar qué bicho le ha picado.
Contaminación.
—China Roja.
—Los estudiantes.
—La joven generación.
Henry pone su cuchara sobre el plato, aparta
su toronja, y se levanta de la mesa. Las quiere, pero temprano por
la mañana son demasiado.
—Por Dios —dice Cathy—. La joven generación
lo logró. ¿Qué crees que significa eso?
—Seguro que quiere decir nosotras mismas.
Seamos más simpáticas con papá.
Casi se va de la habitación, pero logra
detenerse y les sonríe; les acaricia las cabezas y las besa.
Hermosas crías.
Cinco días. Bueno, ¿qué iba a hacer? ¿Entrar
a la carga allí y echar a Sean del piso? Pero era su piso, después
de todo. ¿Exigir que Becky se mudase? Ridículo. ¿Qué derecho tenía
él de exigirle nada?
Él era el intruso, no Machri. Era difícil
percatarse de que tal era la verdad, pero así era. Trató de
hacérselo entender a sí mismo.
«Olvídala, y sigue tu propio camino. Y
agradece a los dioses que sea para tu bien.»
Había pensado que ella llamaría, sólo para
decir... no sabe qué. ¿Qué podría decirle ella? No llamó, y los
días se acumularon.
Tres días.
Cuatro días.
Cinco días.
La oficina de Henry en la universidad está
en el sótano, que él suele hallar de lo más agradable. Hay ciertas
desventajas, por supuesto. La habitación fue originalmente un
almacén. De uno de los muros sale una gruesa cañería, precisamente
sobre el rincón en que terminó estando su escritorio, cruza
al sesgo y desaparece en el otro muro
exactamente sobre su cabeza. Cada vez que alguien en el edificio
echa a correr el agua de un excusado, se oye un torrente de agua
encima de su cabeza. Irritante al principio, terminó por
acostumbrarse y, en verdad, con el tiempo se convirtió en algo
calmante. La resaca del océano, el suspiro de la bahía.
Hace unos meses, una mañana al entrar se
encontró con el fontanero plantado sobre su escritorio.
—Renovando la fontanería —dijo.
De manera que Henry fue a la biblioteca
durante toda la mañana y estuvo en el laboratorio toda la tarde; al
día siguiente encontró, además de las enlodadas huellas del
fontanero sobre varias páginas manuscritas, que la vieja tubería de
hierro había sido reemplazada por otra de plástico transparente.
Esto le hizo una impresión menor que la ocasionada por las huellas
enlodadas, pero cuando se sentó al escritorio a sacudir las páginas
sucias, escuchó sobre su cabeza el ruido de un retrete, y momentos
más tarde el desecho descendente pasó tumultuoso y en glorioso
technicolor saliendo del muro por sobre su escritorio, cruzando su
campo visual, y desapareció en el muro por encima de su
cabeza.
No todo el progreso es ventajoso.
Su pequeño cubículo tiene desventajas. No
posee de entrada un simple umbral, sino más bien una tríada de tres
puertas con unos pasillos interconectados de un metro cada uno, que
conducen a unos sucesivos ángulos rectos provenientes del vestíbulo
principal, de manera que si él cierra una cualquiera de todas las
puertas, no oye jamás cuando los estudiantes golpean sino hasta que
comienzan a echarlas abajo, y entonces ha de incorporarse y
emprender un pequeño peregrinaje a fin de hacerlos pasar. Es más
fácil dejar las puertas siempre abiertas, pero esto significa que
la gente se le desliza ocasionalmente en busca de algún retrete, y
ya están frente a él cuando levanta los ojos. Siempre lo
sobresaltan.
Como ocurrió hoy, cuando al levantar la
vista vio a Becky de pie ante él.
—Hola —dijo ella.
Qué alivio sintió al verla. De manera que no
todo se había acabado, después de todo. Al diablo con sus
temores.
—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó.
—No. ¿Qué derecho tengo de estar molesto
contigo?
—Lo entenderías si lo estuvieses.
—Bueno. Lo estoy. Pero sé que no debería
estarlo, así que olvidémoslo.
Ella sonrió.
—¿Siempre puedes controlarte tan bien?
—Nunca he creído ser un tipo especialmente
controlado.
—Dices que estás enfadado conmigo, y lo
creo; pero estás sentado ahí, quieto y relajado, como si no te
importara un bledo.
—¿Qué debería hacer? ¿Pegarte?
—Oh, no, eso no serviría nunca. Pensé que
quizá te gustaría gritarme.
—No tengo derecho alguno de gritarte.
—Sí que lo tienes —dijo ella, y se volvió
para salir.
Henry se levantó, y acercó una silla para
ella.
—Siéntate —dijo.
Ella se sentó. Henry se paró junto a ella.
Becky se quitó las inmensas gafas de playa que siempre lleva
puestas. No elevó la mirada hacia él, sino que echó la cabeza hacia
adelante, y su cabello tocaba levemente la mano colgante de
Henry.
—No tengo derecho de gritarte —repitió
él.
—Me parece que sí —respondió ella, en voz
baja—. Fui mala contigo. Debería haberte contado lo de Sean.
—No tenías por qué contarme nada.
—Por favor, no sigas diciendo eso. No lo
dices de veras, ¿verdad que no?
Lo miró en los ojos.
—¿Verdad que no? —insistió.
Henry le tocó el cabello. Lo acarició
suavemente.
—Becky.
Como estaba sentada, su rostro alcanzaba por
debajo del cinturón de Henry; se apoyó contra él y frotó suavemente
su rostro.
—Becky.
—¿Vienes a verme de nuevo? —preguntó ella—.
Por favor.
—En su apartamento.
—Él se va de allí. Se va de Nueva York.
Estaré totalmente sola.
—¿Cuándo?
—La próxima semana. El lunes. ¿Vienes a
almorzar el lunes? Podrías venir el domingo por la noche a cenar,
pero no podrás dejar a tu familia, ¿verdad?
Para ser tan joven, era hábil en devolverle
la culpabilidad a uno.
—No —dijo Henry—. No podré dejarla.
—Entonces, ven el lunes a almorzar.