CAPÍTULO XXV
18 de
setiembre de 1972
Se inicia el año escolar. Henry Keller está
en su oficina tratando de trabajar en su próxima clase para el
curso de educación que está dictando nuevamente, pero sus
pensamientos se evaden continuamente. «Bueno», decide, «al diablo
con esto». En vez de ello empieza a limpiar su escritorio,
apartando cosas viejas, poniendo orden. A veces pueden pasar meses
sin que arregle nada, y poco a poco la oficina se le vuelve una
pocilga. Cálculo a medio hacer, separatas de publicaciones, el
interminable papeleo inútil de la administración, anuncios, libros,
revistas, todos tirados unos sobre otros en festiva profusión. De
vez en cuando, debe detenerse y dedicar un día o dos a guardarlo
todo.
Enrolla el mapa de Nigeria, lo coloca en su
armario-archivo, y reúne los cálculos que ha estado efectuando
sobre el posible solevantamiento de materiales de la corteza a lo
largo de las zonas de falla que penetran en ese país,
encarpetándolos para guardarlos en alguna parte. Ha perdido
bastante tiempo ilusionándose con ese proyecto. Es una idea
ridícula. No sabe qué ideas se le meten en la cabeza, a veces.
Podría haber un solevantamiento allí, pero es más fácil descubrirlo
mediante estudios oceanográficos frente a la costa que mediante
geología en el terreno, abriéndose paso ciegamente a través de la
selva. Lo hará una de las grandes instituciones oceanográficas, con
una gran tripulación a bordo de un buque y con todos los adelantos
técnicos, con magnetómetros y gravómetros, capaz de sacar probetas
testigo y muestras por rastreo, y era tonto pensar que podría
eludir todo eso escarbando a través de la selva con una expedición
tipo siglo XIX.
¿Y cómo podría haberse ido, en todo caso?
¿Cómo habría podido dejar a su familia? ¡Qué imbécil ha sido!
«¿Qué nos ciega tanto, a veces? ¿Cómo nos
podemos engañar de tal modo nosotros mismos?» Sonríe. Es sólo que
queremos creer, necesitamos tan desesperadamente creer, que hasta
una idea tonta puede ser profunda, puede tener significado,
simplemente porque quizá sea la última idea que volveremos a tener.
Nos aferramos tenazmente a la idea de que no estamos muertos
todavía.
¡Bueno, él no está muerto! De algún modo,
aún no sabe cómo, de algún modo ha pasado a través de la selva y ha
salido otra vez a la luz del sol, y mirando hacia atrás puede ver
que el tope no era sino su propia imaginación. Como un niño, se
había estado echando miedo él mismo.
Y ahora, ¡fuera las cosas infantiles y
vuelta al trabajo! Reúne sus cálculos y los encarpeta. Archivará la
carpeta. Jamás echa al cesto los cálculos, por tontos que sean.
Algún día pueden venir de perilla, para alguna otra finalidad que
hoy ni se sueña. De esa manera funcionan las investigaciones.
Recoge las últimas páginas de cálculos y se
topa con una nota de Becky. Profesor Keller; mira, macho, hay
cierto problema con los cortes finos ultramáficos, parece que no se
graban bien en la solución de NaOH, ¿podrías echarle una mirada
cuando tengas un momento, y podría estar yo encima esta
tarde?
Lee la nota sin tocarla, luego la toma y la
lee de nuevo. Se
sienta. Contempla la nota. Suspira. Sonríe.
Éste es uno de los motivos por los que no quiere arreglar su
escritorio. Sabe que hay varios recuerdos como éste, dispersos,
enterrados en el desorden, y no quiere verlos. No quiere
guardarlos, y no quiere echarlos a la basura. Quiere saber que
están ahí, sin saber dónde exactamente, pero en alguna parte.
De manera que, de algún modo, Becky esté aún
viva, esperándolo.
Vuelve a poner la nota sobre el escritorio,
exactamente en donde había estado, y coloca cuidadosamente encima
de ella los cálculos sobre Nigeria, y contempla los cálculos.
La nota está bajo el papel, el papel está
sobre la nota, y piensa en celdas de convección. Este asunto de
Nigeria era una tontería, se ha estado engañando a sí mismo porque
estaba tan ansioso por probarse que no estaba muerto, no estaba
muerto todavía, y lo que estaba mal es que estuviese atemorizado de
estarlo, temeroso de estar como muerto casi, temeroso de que no le
quedase tiempo para cavilar seriamente acerca de cosas complicadas,
cosas que podría llevar tiempo desenredar. Se estaba agarrando a
una idea que pudiera realizarse pronto, pudiese hacerse ahora,
porque temía que ya no había ningún más tarde.
Pero Becky le había mostrado algo diferente.
¿Cómo? No está seguro del cómo. Pero con Becky había vuelto a la
vida; no. Jamás había estado muerto. Becky se lo había hecho ver.
En su amor, en su cama, él se había percatado de la tontería de
temerle a su propio tigre. Estaba vivó, y eso era bastante; hay que
olvidar el resto, cada hombre está vivo en sus propias temporadas,
y eso debe simplemente bastarnos, a cada cual.
«¡Así que olvida el miedo, olvida el
gruñido, olvida toda esa payasada! Vuelve a las cosas reales, sin
preocuparte de la vida y la muerte y la poesía y el amor. ¡Celdas
convectivas!»
Cavila sobre celdas convectivas. Si la
Tierra está rotando en su interior, empujando materiales por las
grietas de la corteza, ¿cuál ha de ser el mecanismo impulsor
básico? Tiene que haber uno. El caso es que debe haber una clase
desconocida de celda de convección, a centenares de kilómetros de
profundidad, que gira y se enturbia y se espesa en las entrañas
derretidas de la Tierra, y que este calor de convección es lo que
impulsa al material del manto a través de la corteza. Pero, ¿pueden
existir esas celdas de convección? ¿No sería más probable que
tendieran a separarse en celdas más pequeñas, celdas que entonces
no tendrían la potencia ni siquiera el solo tamaño que pudiese
explicar las fantásticas observaciones?
Cavila en torno a estas celdas de
convección. Conjetura acerca de su existencia. Y ahora qué piensa
en ella, que revisa rápidamente en su memoria las pruebas respecto
de su existencia, comienza a ver que todo ello es una idea con muy
pocas bases, un castillo de naipes. ¡No se fundan en ninguna base
teorética!
Empieza a entusiasmarse. ¡Todo el truco es
elegir la idea correcta sobre la cual cavilar! En eso consiste la
investigación creativa, en adivinar dónde ha de señalarse con el
dedo y decir: «¡Tonterías!» «No hay celdas de convección», piensa.
«¡Apostaría que no hay! ¿Qué impulsa entonces todo el mecanismo? No
lo sé. ¡No lo sé, pero, caray, sí estoy seguro de
descubrirlo!»
Contempla su escritorio, el desorden de
papeles, libros, revisteis, cálculos nigerianos. Habrá que
ordenarlo todo, y habrá de volver a ponerse a trabajar. Le llevará
años, probablemente, no habrá ningún resultado rápido en un
problema como éste. ¡No importa, tiene la sensación, está en algo,
lo está, ha vuelto a tener la vieja sensación! Ordenar primero este
enredo, despejar el escritorio, crear cierto orden, y luego ponerse
lenta, cuidadosamente, sin prisas esta vez, a trabajar.
Recoge los cálculos sobre Nigeria, y allí
está nuevamente la nota de Becky. Pobre Becky. Pobrecita Becky, su
dulce amor. Pero es preciso limpiar todo este enredo, despejarlo,
crear orden.
Se pregunta qué habría ocurrido si ella no
hubiese resbalado. ¿Estaba él destinado a matarla, había estado
siempre escrito, o simplemente ella había resbalado? ¿Un accidente?
El dado cae de un costado o del otro. A veces piensa que habría
abandonado a su esposa, a veces piensa que no.
—¿Dónde está mi ropa?
Había hablado saliendo del trauma, saliendo
de un estado de choque, pero todo eso debe realmente significar que
estaba lo bastante aturdido como para dejar aparecer su
inconsciente, para dejar que éste se hiciera cargo, y éste quería
asegurarse de que su esposa se percatara de que no llevaba puestos
sino los pantalones.
—No sé dónde está —había dicho su mujer—.
Supongo que está en el apartamento de esa muchacha.
—¿Sabes lo que ocurrió?
—Me lo dijeron. Telefonearon y me lo
dijeron.
—¿La policía?
Ella asintió.
Lo habían enviado a casa en un taxi una vez
que terminaron con él. Se llevaron la frazada que le habían dado
para ponerse sobre los hombros en la helada comisaría, y le dijeron
que había llegado el taxi y que podía irse.
—Yo me acosté con ella.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes?
—Vete a la cama, Henry. Calla y vete a la
cama.
Ella le llevó una taza de té.
Deben haberlo encontrado así, arrodillado,
sin zapatos ni calcetines ni camisa sobre la espalda, en el pasaje
junto a ella cuando finalmente salió el sol y alumbró todo y lo
hizo tan brillante a la luz, que los vecinos ya no pudieron no
darse por enterados, y uno de ellos había llamado finalmente a la
policía, y ésta vino y lo halló arrodillado junto a ella. Le ha
quedado todo muy borroso a él ahora, en la memoria, como un
sueño.
—Gracias por el té.
—Aún estabas aullando, dicen —comenta su
mujer.
—¿Cuándo?
—Cuando vinieron y te hallaron en la mañana.
¡Oh, Henry, calla y duérmete!
Le preguntaron que cuál apartamento, y les
dijo, y deben haberlo llevado de vuelta allí arriba. Encontraron la
aguja de heroína en el baño y las cenizas de marihuana en la sala,
y él les dijo cómo ella había salido por la ventana y él había ido
para agarrarla y luego él había resbalado y ella trató #de salvarlo, pero él estaba apretado contra la
ventana y no pudo mover su mano, y ella había pasado volando
suavemente más allá de él, más allá de su rostro, lentamente más
allá de su mano, y había caído del reborde.
Les dijo el nombre de ella, y que en la
universidad tendrían el nombre y el apellido de su padre. Les dijo
que se acostaba con ella y que iba a abandonar a su mujer y a
casarse con ella.
Vinieron los vecinos y les contaron acerca
del aporreo de la puerta. Henry dijo que no sabía nada de eso, que
eso fue antes de que él hubiese llegado. Sí, Becky lo había
mencionada, y ella no sabía quién podría haber sido. Probablemente
algún loco drogado.
Un viejo dijo que había oído gritos después
de eso, una hora después de eso, después que Henry había llegado.
El policía le preguntó si había sonado como una riña, y había que
ver la cara que puso cuando el policía se lo preguntó. Si
estaban peleando, si él estaba tratando de
matarla, ¿por qué no llamé e informé al respecto? Habrá un juicio,
me harén venir a cada rato y me harán preguntas; no es correcto, no
tengo nada que ver. ¿Por qué no dejan a los pobres viejos en
paz?, y dijo: «No, no una pelea, sólo gritos, ¿sabe usted?,
como ellos hacen; no, no, no una pelea, nada de eso.»
Lo llevaron de vuelta a su cuartel, pero
nadie pensó en decirle que se vistiese antes de que salieran, y le
dio frío allí con sólo los pantalones puestos, así que le dieron la
manta. Un médico lo revisó para ver si tenía señales de aguja, y le
tomó la presión y le dio dos aspirinas. Le hicieron cantidad de
preguntas y les dijo cuánto la amaba.
No les contó nada acerca de madre. ¿Por qué
había de hacerlo?
Le dijeron que los vecinos aseguraban que
otro hombre solía visitarla.
Henry dijo que no, que ella lo amaba sólo a
él.
Luego dijeron que había llegado el taxi, y
que podía irse si firmaba la declaración, y le pidieron que les
diera la manta, y entonces se marchó.
Y eso fue todo. Se marchó, y no ha vuelto a
saber de ellos. «Si uno va a asesinar a alguien», se dice a sí
mismo ahora, «¿puedo sugerirle que elija un drogado tipo hippie?»
Evidentemente, que a la policía le importaba un bledo lo que
pudiera sucederles. Al parecer, más bien están acostumbrados a que
los drogados caigan de las ventanas, se lancen bajo los coches, se
suiciden con dosis excesivas, y todo eso no parece molestarlos en
absoluto. Llegan a Nueva York como migraciones de roedores, y si
uno de tantos, él o ella, se lanza por los acantilados, pues tanto
mejor. Tal como llegan, así se van.
A la mañana siguiente había abierto los ojos
y se había preguntado si estaba casado aún. ¿Qué le había dicho a
su
mujer? Intentó recordarlo. No puedo, no
exactamente, pero le había dicho que se había acostado con Becky.
Hasta allí se acordaba, muy bien. ¿Qué se le había metido dentro?
¡Demonios, ella lo dejaría! Se había acabado todo, todos estos
años, las niñas, todo acabado.
Y con tales pensamientos, se despertó del
todo y advirtió que su mujer dormía a su lado. Se volvió
lentamente, para no despertarla, y la miró. Allí estaba. Si estaba
allí, si estaba durmiendo con él, sería que no lo iba a dejar,
¿no?
Se recostó y recordó que no entendía a las
mujeres, que nunca entendería a las mujeres, y que quizá ni estaba
furiosa con él.
Bueno, según resultó, bastante furiosa sí
estaba con él. Pero no lo había dejado. .No quería hablar de eso
con él. En medio de la cena, mascando aún la comida, él comenzaba a
decir:
«No quise realmente...», y ella advertía de
qué estaba hablando y lo interrumpía.
—¿Quieres callarte? —le decía—. No quiero
oír hablar de eso.
Y él callaba.
Después de un tiempo comenzó a darse cuenta
de que ella estaba entendiéndose a su manera con el asunto, y que
todo lo que pedía era que él se estuviese quieto mientras ella
fabricaba en su mente la historia con la que podría aceptar vivir.
Y así lo hizo él, y gradualmente, a trozos y retazos, por frases
que ella soltaba por casualidad, llegó a enterarse de cuál relato
se había forjado.
Él se había ido al laboratorio aquella
noche, como a menudo lo hace cuando está alterado. Y esa muchacha,
Becky, lo había citado allí porque estaba teniendo un mal viaje, y
estaba sola, pues ese actor amigo suyo la había dejado sola; ya se
sabe cómo son esos actores. Y así Henry había ido a verla, tratando
de ayudar, pero siendo fundamentalmente un hombre y estúpido y
débil de carácter, habiéndola encontrado desnuda o al menos a medio
vestir, ya se sabe cómo son estas chicas hippies, había sucumbido y
se había acostado con ella. Tonto de Henry. Y luego ella se había
tirado por la ventana. Pobre Henry. Pobre tonto de Henry. No se
hable más del asunto.
¿Y qué podía decir él, qué podía contarle?
Sacudió la cabeza. No, así ya estaba bien. Le satisfacía a ella, o
al menos ella simulaba que la convencía, y todos necesitamos
cualquier
juego que logremos reunir y armar para pasar
por este mundo cruel. No sería él quien le quitara ese juego. Y si
ella fingía creer en éste, por no dejarlo e irse... Gracias a Dios
que así fuese.
Tendido en cama murmuró: «Gracias a Dios que
así fuese.» Ella no lo privaría de sus hijas, de sí misma, de las
únicas cosas que le impedían estar solo en el mundo. ¡Qué locura
había sido arriesgarse a perderlas! Pero de algún modo, gracias a
Dios, de algún modo se había librado de todo aquello; aún las
tenía, las chicas nada sabían, su mujer fingía, todo lo que tenía
que hacer era olvidarla, olvidar a Becky, no recordarle nada a su
mujer, dejar que todo pasara, dejar que su mujer viera cómo
hacerlo. Gracias a Dios por su mujer.
¿Y la pobre Becky? ¿La pobre Becky, a quien
él había asesinado? ¡Él no había hecho eso! Había. No había
querido. ¡Y sin embargo, había! Y la pobre Becky, ¿qué?
Sacude la cabeza. No debe pensar de esta
manera. Ya es hora de volver a trabajar. Despejar el escritorio, y
volver a trabajar con esa idea de la celda de convección. ¿No la
podría relacionar con los análisis de uranio? Si las celdas de
convección existen donde se supone que existen, y si él puede
hallar en dónde pueden estar saliendo hacia afuera los materiales
del interior de la Tierra, entonces las emanaciones de las masas
convectivas ascendentes deberían llevar consigo elementos
refractarios tales como el uranio; y como el uranio es tan
insoluble, debería decantarse de una vez en los sedimentos locales,
y deberían por tanto hallarse anomalías químicas que dependerían
muchísimo de la profundidad del origen del uranio, y si uno pudiese
fijar la profundidad de origen, ¡tendría en dónde agarrarse para
averiguar el comportamiento de estas presuntas celdas de
convección! ¿Eso no es así? ¡Por cierto que sí! El asunto es buscar
dónde podrían estar más nítidos los bordes del manto, en las
cordilleras activas, y luego medir el
uranio en los sedimentos que cruzan dichos emplazamientos. Hay
mucho trabajo por realizar.
Levantó la cabeza mientras pensaba y vio
ante sí un hombrecillo. Curvado por los años, vestido de uniforme,
sosteniendo una escoba de largo palo.
—Me estaba preguntando si podría limpiar su
oficina —dijo. —¿Ahora? —preguntó Henry.
—Eso me preguntaba, si podría
limpiarla.
—No —dijo Henry—. La estoy ocupando ahora.
¿Podría venir más tarde, por favor?
—Oh, sí —respondió el hombrecito y rió un
poco entre dientes—. Podría venir a menudo, si le place.
—Gracias. Estoy ocupado ahora.
—Es una bonita oficina.
—Sí, gracias. Pero si me perdona, estoy
ocupado ahora.
—¿Demasiado ocupado como para charlar un
rato?
Henry lo miró nuevamente.
Volvió a reír entre dientes, y la risita
continuó y se convirtió en risa. Enderezó su espalda jibada y
creció sus buenos quince centímetros. Estiró los músculos o la piel
de su rostro, y se quitó veinte o treinta años. Se quitó la peluca.
Metió los dedos en la boca y sacó algo que alteró por completo la
línea inferior de su cara.
—¿No me reconociste?
—Madre —dijo Henry. Se levantó de su silla—.
No, no te reconocí.
—Me inclino más por papeles de carácter en
estos días —dijo madre—. Nada serio, ya me entiendes, sólo
comerciales. Aunque quizá yo no debería decir sólo comerciales en un tono tan displicente; quizá
son realmente el medio de expresión artístico de nuestra época, ¿no
crees? Pero creo que no te preocupas mucho por estas cosas.
—No, no, en efecto. Siéntate.
—Gracias. Pero estás ocupado, no quiero
interrumpir.
—Demasiado ocupado para que me limpien la
oficina. No demasiado ocupado para hablar contigo.
—Pero qué galante. ¿Me permito adelantar una
suposición respecto de qué pensabas?
—Estaba pensando en Becky.
—Sí, pensé que podrías estarlo. Dadas las
circunstancias, pensé que podrías pasar bastante tiempo pensando en
nuestra Becky, Dios la tenga en su gloria.
—Estaba pensando en ti, también.
—Eso es divertido.
Pausa. Se miraron uno a otro.
—No quiero decir divertido de ja, ja
—continuó madre—. Quiero decir divertido de coincidencia. Verás, he
pasado mucho tiempo pensando en ti.
—He tenido la intención de llamarte.
—¿Por qué habrías de querer hacerlo?
—Quería contarte lo que sucedió.
—La policía me contó lo que había ocurrido.
Cuando regresé a la ciudad fui derecho a su piso, y esa dulce y
vieja arpía de la vecina me oyó deambular perdido y perplejo por
las habitaciones vacías...
—¿Cómo entraste?
—Tengo llave, mi viejo.
Se miraron.
—Me oyó vagabundeando por allí y
preguntándome dónde estaría la querida Becky, Dios la tenga en su
gloria, y ella vino y me dijo exactamente dónde estaba. Y me dijo
el número de la comisaría que había acudido, y allí me fui
directamente, y allí me contaron. Ellos no saben, por supuesto, el
cuento completo.
—No.
—No. Pero yo mismo pude completar el detalle
que faltaba. Como, por ejemplo, ¿por qué estabas tú allí? Bastante
fácil, mi viejo. Este maníaco estaba aporreando su puerta, ¿estoy
en lo cierto?
—Sí, de hecho...
—De hecho, sí. Su maníaco estaba golpeando,
y yo estaba fuera de la ciudad, ella estaba completamente sola, y
una providencia benévola te despertó de un sueño profundo, te hizo
despertar sorprendido a la hora del terror y de la mano golpeante,
con la visión de la querida Becky, descanse en paz, atormentada con
el terror, y tú saltaste de la cama, gritándole disculpas a tu
espantada mujer, y seguiste a tu visión hasta llegar a su lado.
¿Correcto?
—Algo como eso.
—Algo como eso, sí. Y tú la tranquilizaste,
fumaste un poco de hierba, le pusiste una inyección de la blanca, y
te la follaste. Sencillo. ¿Y por qué ella salió por la ventana?
¿Por qué tuviste que arriesgar tu vida para ir a rescatarla?
Nuevamente, bastante simple. La dosis fue presuntamente una dosis
más pura de lo que ella estaba acostumbrada. ¿Quizá pensó que podía
volar? Así pues, muy naturalmente, se colocó fuera de la ventana.
¿Qué, si no, debería hacer uno cuando puede volar?
Desgraciadamente, según sucede, ella no pudo volar.
—No fue exactamente así como ocurrió.
—No, ya pensaba que no.
—¿Por qué no le dijiste a la policía?
—¿Decirles qué, mi viejo?
—Contarles de ti y de mí, de lo tuyo con
Becky.
—¿Pero por qué iba a hacerlo? Difícilmente
constituiría prueba de que tú la habías asesinado.
—Yo no la asesiné.
—Por supuesto que no, ¿qué motivos tenías?
Sólo que ella iba a casarse conmigo, y ¿qué pruebas tengo de ello?
¿Cómo los podría haber convencido? Encontrarían difícil de
entender, y es comprensible, el porqué tendría ella que estar
haciendo jueguitos contigo desnuda en medio de la noche, mientras
te decía que estaba decidida y segura de casarse conmigo. —Yo mismo
lo encuentro difícil de entender.
—Es una de las cosas en que piensas.
—Sí.
—Sí. Es todo muy difícil de entender. ¿Sabes
por qué? Porque es humano. Así es la gente, ¿ves?, impredecible,
difícil de sondear, caprichosa, irresoluta, voluble. Especialmente
las muchachas como Becky, Dios la tenga en su gloria, pero en
verdad tú puedes haber notado alguna de estas tendencias en ti
mismo.
—No.
—¿No?
—No. Yo trato de decidir lo que quiero
hacer, y luego trato de hacerlo.
—Sí, está bien, mi viejo. ¿No lo hacemos
todos? Pero, fíjate en la palabra tratar. Nos agrada vemos como unos John Wayne,
cabalgando resueltamente a través del pueblo polvoriento habitado
por nebishes6
asustados y temerosos atisbando por las ventanas mientras pasamos,
nos agrada pensar que sabemos a dónde vamos. Pero ninguno de
nosotros es un John Wayne, ni siquiera el mismo John Wayne lo es,
pobre y perdido viejo campeón. Ninguno de nosotros sabe hacia dónde
va, y la mayoría ni siquiera sabemos dónde hemos estado. ¿Por qué
la asesinaste?
—¡No la asesiné! Puedes creerlo.
—Lo creo. Creo en el Padre, y en el Hijo, y
en el Espíritu Santo. Creo que el día 23 de julio de 1972, tú te
levantaste de tu lecho legal e invadiste el mío, en donde te
solazaste lascivamente con mi prometida. Creo que después de
follarte, ella se te rió en la cara y te dijo que ella y yo íbamos
a casarnos, y que en lo sucesivo tú podías joderte solo. Creo que
la tiraste por la ventana.
—Estás loco.
No respondió. Se quedó sentado, sonriéndole
a Henry.
—No le dijiste nada de esto a la policía
—dijo Henry.
—¿Pero cómo iba a poder, mi viejo? No había
pruebas, ninguna en absoluto. Una vez que saliste del apartamento,
una vez realizado el hecho, sin enterarse nadie, una vez que todo
había pasado sin que nadie te viera, ¿cómo podía jamás probarse? Si
hubieses sido un obrero negro trashumante y yo el señor de la
mansión y Becky mi esposa, Dios la tenga en su gloria, las pruebas
circunstanciales habrían sido suficientes para condenar. Pero tal
como se dieron las cosas, tú eres el catedrático, y yo el actor
trashumante, Becky sólo una prostituta drogada, y ellos ni se
molestarían en seguir un proceso y acusarte.
—No obstante, podrías haberme puesto en
aprietos.
—¿Aprietos?
—Si hubieras insistido en tu caso. Si les
hubieras dicho que se iba a casar contigo, aunque no pudieses
probarlo, los habría obligado a investigar. Me habrías puesto en
aprietos.
—No quiero ponerte en aprietos. Quiero
matarte.
—¿Querrías un poco de café? —preguntó
Henry.
—Gracias —dijo madre.
Henry tiene siempre una cafetera caliente en
la oficina, y tiene un par de matraces Erlenmeyer para los
visitantes. Sirvió para ambos. Le puso azúcar y crema al suyo. Echó
azúcar en el de madre.
—Dos de azúcar, sin crema, ¿no es así?
—No, de hecho me gusta con un buen pelotón
de crema —dijo madre.
Henry quedó sorprendido.
—Becky siempre me decía que tú lo tomabas
negro.
—Quieres decir que ella te lo daba sin leche
y luego decía: «Oh, lo siento, es madre a quien le agrada negro.»
¿Verdad?
—Sí.
—Y tú sabías que estaba mintiendo.
Entendiéndola como tú 1a entiendes, sabías que sólo fingía
confundirte respecto de nosotros, para fastidiarte. ¿Verdad?
—Sí.
—Pero lo que no sabías era que estaba
mintiendo doblemente, que de hecho yo le ponía crema a mi café,
igual que tú. Ella fingía solamente que yo lo tomaba negro a fin de
fingir que nos confundía a fin de atormentarte. Me hacía lo mismo a
mí. Era una muchachita curiosa, nuestra pobrecita Becky. Dios la
tenga en su gloria. Con sus pequeñas manías. Curiosa, pero
querible.
Sorbió su café.
—Es curioso, ¿verdad?
Henry sorbió su café.
—¿Verdad? —insistió madre.
—¿Qué?
—Bueno, yo estaba pensando lo curiosa que es
la vida. Tú, que eres un científico, dime la verdad, ¿no es más
bien extraña la vida? Toma por ejemplo a esta criatura, Becky, Dios
la tenga en su gloria. Becky. Toma a Becky. ¿No son curiosas las
imágenes? Porque, de hecho, eso es exactamente lo que hiciste, ¿no
es así?: te la llevaste, te la llevaste tan lejos de mí como es
posible que un ser humano vaya, lejos, al valle dé la sombra de la
muerte. Pero no importa, mi viejo, no hay que preocuparse, nada de
problemas, hechos pasados, no hay que complicarse, no hay que poner
cara hosca. Sólo rememora por un momento esta Becky, Dios la tenga
en su Reino.
Se detuvo y se puso él misma a
rememorarla.
—Yo la amaba —dijo—. ¿Lo sabías?
—Sí. Yo también la amaba.
Agitó con impaciencia la mamo ante
Henry.
—No cambies de tema, mi viejo. Ésta es mi
escena. Y lo que quiero decir es que yo realmente amaba a esa
muchacha.
Henry asintió.
—Tú asientes —continuó madre—, pero no lo
crees. No podrías creerlo. Si realmente hubieses creído que yo la
amaba, no habrías sido tan canalla. No la habrías apartado de mi
lado.
—Yo no la... —empezó a decir Henry, pero
madre lo interrumpió.
—No, no la última vez que te la llevaste,
quiero decir la primera, y la segunda. No la habrías hecho irse de
mi piso, y no la habrías hecho rechazar mi propuesta harto
honorable de matrimonio, ¿lo habrías hecho? Porque tú no tenías
ninguna de esas cosas para ofrecerle. No podrías haber sido tan
canalla, para conmigo y para con ella, si no hubieses creído muy
honradamente que yo no la amaba.
—Sí. Me temo que tienes razón.
—¿O podría ser —continuó—, que, simplemente,
jamás se te ocurrió la posibilidad de que yo pudiese amarla? Que
ésa fuese una posibilidad inconveniente para que ocurriera. Que tal
posibilidad no habría sido adecuada para tu estado de ánimo en ese
momento. De modo que la descartaste, la pasaste por alto, la
relegaste a los remotísimos rincones del absurdo. ¿Pudiera ser, de
hecho, que pensaste sólo en ti mismo?
—No creo que jamás hayas sido capaz de
tomarte en serio.
—Oh. Qué horror. Bueno, se da el caso que yo
estaba en verdad muy serio. Verás, yo la amaba. Amaba a esa niña.
Que no sé por qué, no lo sé, no debes pedirme que lo explique. Lo
cual, por cierto, se ajusta muy bien a las mejores convenciones
literarias. Me dicen que en el primer borrador, en el primer
libreto temático, como decimos, Shakespeare había intercalado un
largo pasaje en el cual Romeo, con gran ardor, pero con cierto
intento de lógica, trata de explicar por qué ama a Julieta.
Desgraciadamente, la escena tenía tendencia a pesar. A aquellos a
quienes habían invitado para hacer de público en el viejo Globe en
el primer ensayo con vestuario, se les oyó golpear con los pies y
se les vio pasear inquietos por los palcos. Después, por cierto, el
empresario le pidió a Guillermo que limara la escena. Y dicen que
replicó que no había manera de infundirle vida, Dios sabe cómo se
había empeñado, escribiendo noche tras noche, hasta las frías horas
del amanecer, durante todas las actuaciones de ensayo en provincia,
en Stratford, en Birmingham, en Bristol, pero no había nada que él
pudiera hacer con esa escena, porque cuando uno se pone a ver,
cuando se va al meollo de la cosa, es que no hay ningún motivo
valedero para que Romeo ame a la tonta de la fulanita. Extraño,
¿verdad? Curioso. Pero si uno mira la obra desde el punto de vista
del Guille, o tal vez trata de imaginarse a sí mismo como Roger
Bacon7,
llamado por el empresario para arreglar el libreto antes del
estreno, uno ve con qué hueso tenía que habérselas el pobre
dramaturgo. ¿Cómo diablos puede Romeo decir de modo convincente el
porqué la ama, cuando no hay en realidad ninguna razón para ello?
Mucho mejor es quitar la escena completa, como lo hizo el Guille
finalmente y de mala gana, y no escudriñar para nada los motivos
del amor. La gente lo entenderá, porque todos quieren a alguien, y
no pueden decir por qué.
—Yo también la amaba —dijo Henry.
—No seas tonto; no habías nacido cuando
expiró la pobre Julieta. Y una vez que empiezas a cavilar sobre
este tipo de cosas —continuó—, la mente comienza a saltar hacia
otros ejemplos. Rodolfo y Mimí, pongamos, en sus apartamentos
arruinados, fríos y húmedos y con vista al Duomo. Ella pierde su
llave, y se le apaga la vela, y cataplum, se enamoran. Cuando se le
pide un motivo para su amor, Mimí sale con la noticia de que su
nombre es Lucía, pero que la llaman Mimí. ¿Es ésta una razón para
amar? Y Rodolfo no puede decir nada sino que las manos de ella son
como el hielo. No, realmente, mi viejo, no nos enamoramos porque
las manos de una mujer sean como el hielo. Entonces, ¿por qué nos
enamoramos?
—Hay muchos motivos —dijo Henry—.
Demasiados. Todos se entrelazan y entretejen, y no podemos
desenredarlos.
—Sí. ¿Te contó Becky que yo quería niños?
Quería hijos de ella. Quería que ella recibiera mi simiente e
hiciera con ella mi nene en su vientre.
Dejó caer de pronto la cabeza y se quedó
allí, en la silla, mirando sus dedos, mirando el jarro de café
colgado de sus dedos.
—Oh, Dios —dijo—. Mi Becky.
Después de un rato, Henry musitó:
—Lo siento.
Y madre levantó la cabeza y sonrió.
—Sí —dijo—. Bueno, no hay nada que hacer,
¿verdad? No hay que enredarse, no molestarse. ¿Sabías que estuve
casado una vez?
—Sí.
—Creo que te lo conté. Yo estaba estudiando
para la prueba como protagonista en el espectáculo ambulante de
My Fair Lady. No estábamos casados
entonces, simplemente vivíamos juntos, felices, creo. ¿Recuerdas
que te conté sobre esto? Yo había subido al terrado para tratar de
apartarme de ella mientras estudiaba mis «bocadillos». Yo no la
entendía, ¿ves?, no sabía de qué me estaba hablando. Cada uno de
nosotros está encerrado en sus propios problemas menudos y jamás
nos asomamos a ver qué ocurre en el mundo. Bueno, había demasiado
viento allí arriba, y volví para trabajar en mis «bocadillos», y
ella me hizo un poco de café. Hacía mejor café que la pobrecita
Becky, el Señor la tenga en su gloria. Y pensé: «A lo mejor ahora
todo irá bien, tal vez ahora podré trabajar en estas condenadas
escenas», y de verdad ella se estuvo quieta un rato y comencé a avanzar en
mi asunto. Teníamos un poco de hierba y el café, y estuvimos
compartiendo, va y viene, por un rato. Ella no era ignorante, en
absoluto. Como ella decía, no todo había de ser comerciar y
mendigar. Bueno, yo no sabía. Desde el punto de vista de la
audiencia, quizás ella tenía razón. Dijo, quizá con un poco de
sarcasmo, pero yo no lo sabía, yo estaba después de todo mirando
desde el punto de vista de un actor. Dijo ella: «Tú conoces a
Pinter.» Y, ¿sabes?, ése era uno de los problemas; no conozco a
Pinter. No creo que nadie conozca a Pinter. Dijo que pensaba que de
ese modo la actuación sería más interesante, y pregunté: «¿Pero, y
sería sólida?» Como que podría haber sido más interesante para el
B'nai Brith,8 pero uno debe considerarlo desde el punto
de vista interno. Y se estaba poniendo bueno, estábamos saliendo
cada cual de sí mismo y acercándose al otro, nos estábamos
comunicando, como dicen, y entonces, ¿sabes lo que dijo la fulana
imbécil? —¿Qué?
—Lo recuerdo como si fuese ayer, y debe
haber sido, ¿qué? ¿Hace tres años? No, dos. En todo caso...
Permaneció callado.
—¿Qué dijo?
—Ah. Ah, nada. Estábamos allí hablando
acerca de mis «bocadillos» y, de la nada, como si tal cosa, ella
dijo: «Estoy embarazada.» Sin más. Ya puedes imaginarte. Las tres
de la mañana, la prueba de audición a las diez, y ella allí
incubando un crío. Becky jamás habría hecho eso.
—¿Quedar embarazada?
—Decírmelo así. Con la prueba de actuación
encima. Quiero decirte, mi viejo, que ella podría haber esperado
hasta después de la prueba, ¿verdad que podría haberlo hecho?
—¿Más café? —preguntó Henry.
—Gracias —dijo madre, y estiró la mano con
su matraz.
Henry volvió a llenárselo, le agregó otro
poco al suyo para calentarlo, y volvió a sentarse.
—Mirándolo retrospectivamente —dijo madre—,
desde el punto de vista proporcionado por la madurez adicional que
los años transcurridos han traído consigo sin yo pedirlo, puedo
quizá ver un poco más el asunto desde el punto de vista de ella:
Sin duda, podría haber esperado hasta después de mi prueba para
decírmelo, pero por otra parte, le suponía una tensión, una tensión
que deseaba aliviar. No se la puede culpar demasiado, ¿verdad que
no?
—No.
—¿No?
—No, no se la puede culpar demasiado.
—Ah, pero yo sí lo hice. Vociferé y bramé y
continué y la llamé una maldita arpía chupasangre por molestarme
con semejante provocación en semejante momento. Con la prueba para
dos horas más tarde, quiero decir. Ah, yo sí vociferé y bramé,
puedes creerlo. Sí, que alboroté y fastidié. Pobre yegua.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Henry.
—Al día siguiente, mientras me arrancaban
las tripas en la prueba, ella se hizo arrancar el bebé.
—Lo siento.
—Nada de preocuparse, nada de fastidiarse.
Volví a casa hediendo condenadamente a borrachera porque pensaba
entonces que el teatro era importante, y yo quería ese papel con
toda mi alma. Y el apartamento estaba vacío, ella no estaba en
casa, y yo la maldije y deambulé por la oscuridad y finalmente esa
noche, mucho después de la hora de cenar, ella entró tambaleando y
no quiso hablar conmigo hasta que comenzó más tarde esa noche a
tener hemorragia.
—¿Qué hiciste?
—¿Qué podía hacer? Me casé con ella.
Se levantó, dejó su matraz, y se paseó por
la oficina.
—No recé nunca, por supuesto —dijo—. Me casé
con ella en pro del niño muerto, y el niño, estando ya muerto, era
al momento de casarnos, podría decirse, un argumento fuera de
lugar. Qué cosas más tontas hacemos, mi viejo, qué cosas más tontas
hacemos.
—Lo siento.
—Porque yo la había amado; ¿ves?, pienso ahora que en un tiempo
yo la había amado, pero cuando me casé con ella de repente mientras
ella aún estaba, por así decirlo, pisando en un charco de sangre,
pensé que me estaba casando con ella sólo por la memoria del niño
muerto. Olvidé que podría haberla amado, ¿ves? Y ella nunca lo
entendió, lo que no es culpa suya, pero tampoco mía, y ninguno de
ambos se acordó jamás de recordar al otro que podríamos habernos
casado no por el niño muerto, en absoluto, sino sólo por nuestro
amor. Y, como no se nos recordó, lo olvidamos. Y amor que se olvida
es amor que no existe, ¿no es verdad? No sé, quizás estoy muy
equivocado. Quizá no pueda decir por qué no amas ya a una persona,
tal como no puedes decir el porqué la amas. Bueno, pajarito, no
debes divagar. Adelante y arriba, adelante y arriba, ése es el
lema, ¿no es verdad?
—Por supuesto.
—Sólo que, ¿ves?, ahora no hay nada hacia
adelante y no hay nada hacia arriba, porque la pobre Becky, Dios la
tenga en su gloría, está fría, muerta y enterrada. Mis hijos están
muertos en sus entrañas, y allí yacerán por siempre y siempre hasta
el fin de los tiempos. Porque llega el momento, mi viejo, llega el
momento en que has de reconocer finalmente que todo el amor con que
el Creador, bendito sea Su Nombre, te ha dotado, sea que puedas o
no explicar ese amor, hay un momento en que debes admitir que todo
el amor se ha juntado, finalmente y para siempre, en una mujer. Y
ya sea que esa mujer viva o muera, ella es la única depositaría de
todo el amor que llegarás a tener en ésta, verde tierra de Dios.
Llega el momento en que has de mirar en tu alma y ver que allí no
queda ardiendo nada sino la venganza.
—No —dijo Henry.
Pero madre meneó la cabeza, lenta y
enfáticamente.
—Ardiendo muy al fondo, hondo, hondo, tan
hondo en los recovecos de la mente, que no es posible llegar allí
mediante argumentos, razón, amor o miedo. «Tigre, tigre, ardiendo
brillante, en las selvas de la noche.»
—Yo no la maté —dijo Henry—. Yo la
amaba.
—Los dos actos no son mutuamente
excluyentes, mi viejo. Entiendo que frecuentemente van juntos. Por
cuanto tú la amabas, debo amarte. Por cuanto tú la amabas y está
muerta, debo apenarme por ti. Y por cuanto, amándola, la mataste,
debo matarte a ti.
Henry trató de sonreírle.
—Eres un hombre poco común —dijo.
—Mortalmente serio, pese a ello.
—Realmente no la maté, ¿sabes? Fue un
accidente.
Madre sacudió la cabeza.
—Verdaderamente lo siento, pero no lo puedo
creer. No tiene objeto hablar de eso.
Henry se levantó y caminó en torno a su
escritorio hacia la cafetera.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —le
preguntó.
Levantó la cafetera como para echar café,
pero no lo hizo. Si madre tenía un cuchillo, le lanzaría el café
hirviente. Si tenía un revólver, tendría que intentar lo mismo y
correr hacia la puerta, pero sin muchas probabilidades de éxito.
Quizá podría mantenerlo hablando hasta que alguien viniese. Pero no
es muy probable que venga alguien. Aquí, en el sótano, en donde se
halla la oficina, puede estar a menudo todo el día sin
visitas.
—¿Por qué estás aquí? —repitió.
—De hecho, para solicitarte consejo. O al
menos, para hablar de estas cosas contigo. Nuestras conversaciones
han sido siempre tan útiles para aclarar mis ideas... ¿Cómo piensas
que debería matarte?
—¿Matar no va contra tu religión?
—No, especialmente. ¿No has leído las vidas
de los papas?
—¿No es esto un poco diferente? Tú me
quieres matar sólo por venganza.
—Una tradición venerable.
—«Mía es la venganza», dice el Señor. Harías
mejor en dejársela a Él.
—¿Y qué pasa con eso de «Ojo por ojo, diente
por diente?»
—Falsa doctrina, madre; tú sabes que es
falsa.
—Ojo por ojo —dijo con calma—. Vida por
vida. Puedes bajar esa cafetera, no voy a atacarte ahora.
Se puso en pie y volvió a encajarse la
peluca.
—Porque no sólo la mataste —continuó—. La
hiciste sufrir. No quisiste dejarla en paz. Ella habría sido feliz
conmigo si sólo la hubieses dejado en paz.
Volvió a meterse el artefacto en la boca,
alterando nuevamente las líneas de su rostro. Lo dejó en posición
con los dedos y la lengua.
—Y la asustaste. La aterraste. Golpeaste en
su puerta y la aterrorizaste, y cuando ella pensó que necesitabas
ayuda, cuando ella pensó que te estaba ayudando, cuando abrió su
puerta y te dejó entrar, la asesinaste. Le acarreaste el terror y
la muerte, y conforme siembras, tú sabes, mi viejo, así
cosecharás.
—Fue un accidente.
Su cuerpo se encorvó un poquito, pero lo
suficiente como para alterar todo su aspecto. El cambio total del
ángulo de su cuerpo era muy pequeño, pero había diferentes ángulos
por todo el cuerpo que trastornaban completamente el conjunto. Su
hombro izquierdo estaba más torcido que el derecho, la pierna
izquierda sobresalía apenas más que la derecha, el cuello se torcía
muy poco hacia un lado.
Era un hombre diferente. Quien no hubiese
visto la transformación no lo habría reconocido.
—Estaba pensando en el alimento —dijo—. ¿Qué
piensas del alimento?
—¿Alimento?
—Tú sabes, esa cosa que uno come. Estaba
pensando en lo que podría entretenerme, con sólo andar por ahí. Por
ejemplo, un día yo podría ser el chico que le ayuda a tu esposa a
empaquetar sus víveres en el supermercado. O podría ser el camarero
del restaurante en que comes. ¿Quizás el del bar donde bebes?
Podría ser el carnicero tras el mostrador, o el lechero, o el
recadero. Oh, Dios amado, yo podría ser casi cualquiera, cualquiera
que tenga que ver con tu alimento. Y entonces, por supuesto, mi
viejo, podría envenenarlo. ¿Qué te parece ese plan?
—Estás diciendo locuras.
—¿Acaso no tiene bastante gracia? Eso es lo
que me fastidia. ¿No es quizás un poquitín demasiado, wie kann man sagt, demasiado recherché sin sacarle al mismo tiempo el jugo a
las posibilidades del terror? Porque es al terror a lo que apunto,
mi viejo, aún más que a tu vida. Sí, efectivamente. Así como
siembres, así cosecharas, de verdad que sí. El terror que le
ocasionaste a nuestra pobre y querida y lamentada Becky, Dios la
tenga en su gloria, recaerá sobre ti, y sobre tu esposa y sobre tus
hijas. Verdaderamente, como dicen. Verdaderamente que sí.
—¡Déjalas en paz!
—¿Qué fue eso?
—¡Dije, déjalas en paz!
—No, yo no quise significar lo que dijiste.
Ésta es mi escena, ¿sabes?, y no la tuya, en absoluto. Tú eres muy
poco importante. ¿Qué es lo que acabo de decir?
Henry sólo lo miró.
—¿No dije, tus hijas? ¿Tu esposa y tus
hijas? ¡Oh, qué hermosa idea!
—¡No te atreverías!
—¿Por qué no? Por cierto que puedes
precaverlas contra mí. Pero entonces, podrían sentir curiosidad,
¿no es así? Curiosidad respecto al porqué tienes que precaverlas
forzosamente contra mí. ¿Por qué habría yo de hacerles daño? ¿Por
qué, papá querido, por qué ese hombre quiere matarnos? ¿Y qué
dirás? Siento tal curiosidad, mi viejo, ¿qué irás a decir? ¿Se lo
explicarás a tu esposa, a tus hijas?
—¡Se lo explicaré a la policía!
—Hazlo. Estupendo. Una confesión
completa.
—¡Una acusación completa! ¡Contra un
lunático que ha amenazado con matarme!
—¿Con qué pruebas, mi viejo?
—¡Celos, venganza!
—Pero cuando yo hablé con la policía acerca
de la pobre y querida Becky, Dios la tenga en su gloria, no dije
una palabra acerca de nuestro amor. Fui sólo un amigo interesado.
Ni tampoco mencionaste tú nuestro amor, el de Becky querida y yo,
según creo. Cuando les hablaste, quiero decir. Cuando hiciste tu
declaración. Un descuido, por supuesto. ¿O casualidad por temor, me
atrevo a imaginar, mi viejo, por temor de que el motivo de los más
sucios celos pudieran suscitarse en tu contra, y la policía se
sintiera por tanto obligada a mirar con cierto recelo tu cuento del
noble pero desafortunado rescate de la chiquilla alucinada sobre el
reborde de la ventana? ¿Y vas a cambiar ahora tu declaración, mi
viejo? ¿De veras» que sí? ¡Delicioso! Hazlo.
Miró a Henry.
—¿No? Ay, pero mira; ya me imaginaba que no.
De hecho, mi viejo, pienso que respecto de todo esto no es mucho lo
que puedas hacer, salvo sufrir. ¿Y quién sabe, si tal vez el sufrir
limpiará tu alma? Por supuesto —agregó, meditativo—, no le serviría
de mucho a las almas de tus hijas.
—Madre... —Henry no sabía qué decir—. No sé
si hablas en serio.
Se detuvo. Madre no dijo nada, sólo lo miró
y aguardó.
—No sé si ésta es una especie de broma de tu
parte...
Esto hizo sonreír a madre.
—¿Piensas que esto es divertido?
—¡No!
—Yo tampoco, mi viejo. Tampoco yo.
—¡No puedes envenenar a mis hijas!
—¿Y por qué no?
Henry estaba transpirando. Sabía que esto
estaba mal, que no era la manera de comportarse. Estaba sólo
reforzando la convicción de madre de que la mejor manera de herirlo
era dañar a sus hijas, eso lo sabía, pero no podía evitarlo. Estaba
muy cercano al pánico. De algún modo, tenía que llegar hasta él,
conmoverlo, hacerlo percatarse...
—Ellas no sabían nada de aquello —dijo—. No
sería justo castigarlas, sería cruel...
Estaba comenzando a vociferar. Comenzando a
perder el control. No debía perder el control, debía convencer a
madre que hiciera alguna otra cosa, cualquiera otra cosa.
—Creo que has dicho algo interesante —dijo
madre.
—¿Qué?
Las palabras de Henry se le habían escapado.
Sus pensamientos habían corrido en una dirección, sus palabras en
otra. No sabía qué había estado diciendo.
—¿Qué? —preguntó nuevamente.
—Sí, quizá tengas razón. Bueno, no es nada
más que lo que dije al principio, el plan es un poco demasiado
recherché, carece de simplicidad. Uno
necesita algo más refinado. Y creo —sonrió— que quizá me has dado
precisamente una idea de ésas.
—Que...
—Tus hijas, ésa es la clave, ¿no? Sí, me has
ayudado muchísimo. Nuestras conversaciones son siempre tan
útiles... Creo que ahora tengo la idea precisa. Es tanto mejor que
el veneno, puedes contar con eso, mi viejo.
Sonrió con gran felicidad.
—Ah, sí —dijo—. Será muchísimo mejor.
Sonrió, y se fue.
Henry sostenía aún la cafetera. La dejó,
volvió a su escritorio, se sentó. No sabía qué hacer. ¿Debía
creerle? ¿Llegaría realmente a matarlo? ¿O a sus hijas? ¡No!
¡Ciertamente, no! ¿Tal vez era ésta su venganza? ¿Este miedo, su
venganza? ¡Tenía que ser!
Tiene que ser, pues, ¿qué podría hacer si no
fuese así? Estaría inerme. ¿Cómo puede uno detener a un hombre al
que no le importa nada sino la venganza, que tiene todo el tiempo
del mundo, y que en apariencia carece de motivo? Si Henry fuese a
la policía, ¿qué podría decirles sin contarles todo? Si les contara
todo, ¿qué creerían ellos? Particularmente ahora, puesto que no se
lo contó en su día, puesto que mintió en su día.
No mintió exactamente, sólo descuidó el
haber mencionado a madre, omitió el mencionar que ella iba a
casarse con madre. «¡No!, ella no iba a hacerlo», insinuó ante sí
mismo. «Pero si ellos pensaran que sí, ¿no seguirían indagando? Ese
hombre que dijo que no estábamos riñendo, ellos sabían seguramente,
y podían darse cuenta, que estaba mintiendo sólo por evitarse
problemas. Y lo dejaron, porque ellos también querían evitarse
problemas. ¿Para qué molestarse? ¿A quién le importa si un
drogadicto se cae de una ventana? Pero en cambio, si ella le había
contado que iba a casarse con algún otro, entonces, ¿no sería
quizás asesinato? Investigarían, ciertamente lo harían, una vez que
se suscitara una interrogante de tal especie. Investigarían acerca
de nuestra relación. ¿Habrían escuchado los vecinos otras peleas?
¿Le dijo ella a alguien que iba a casarse con madre? El aporreo de
la puerta, madre calculó que fui yo; pero, ¿no habría otros? ¿Había
atisbado alguno a través de su puerta, me habría visto alguien?
¡Dios mío, su nariz quebrada, tenían nuestros nombres en el
hospital!»
«Ay, condenación, carajo», pensó Henry. «Él
no puede decir esto en serio. Está tratando de asustarme, tratando
de que me aterre y vaya a la policía, y admita la relación de madre
y Becky de modo que investiguen, de modo que se sepa todo. ¿Qué
haría la universidad si esto saliera a la luz? Aunque gozo de la
inamovilidad en la cátedra, sería ciertamente razón para
despedirme. A mi edad, despedido por delitos morales, como creo que
lo llaman, ¿me emplearía alguien más? ¿Qué podría decirles a mis
niñas?
»Eso es lo que está tratando de hacer. No
debo dejarme llevar por el pánico. Debo retenerme y esperar hasta
que se vaya.
»¿Y qué quiso decir, pensó, con eso de
“tanto mejor”?»
La cabeza de madre se asomó por la
puerta.
—Olvidé algo más —dijo—. Debes prevenir a tu
esposa y a tus queridas hijas contra mí. Debes decirles exactamente
qué aspecto tengo, de modo que puedan estar alertas respecto de
mí.
Entró nuevamente en la habitación
arrastrando los pies, riéndose de Henry, gibado y torcido, con la
peluca, el cuerpo y el rostro alterados hasta ser irreconocible. Se
rió y se enderezó, se quitó la peluca, se puso una gorra de obrero,
torció la masilla que llevaba en la boca en otra posición, y en
cuestión de segundos se vio completamente diferente.
—Diles exactamente qué aspecto tengo —rió, y
se marchó.