CAPÍTULO XXV

 

18 de setiembre de 1972

 

Se inicia el año escolar. Henry Keller está en su oficina tratando de trabajar en su próxima clase para el curso de educación que está dictando nuevamente, pero sus pensamientos se evaden continuamente. «Bueno», decide, «al diablo con esto». En vez de ello empieza a limpiar su escritorio, apartando cosas viejas, poniendo orden. A veces pueden pasar meses sin que arregle nada, y poco a poco la oficina se le vuelve una pocilga. Cálculo a medio hacer, separatas de publicaciones, el interminable papeleo inútil de la administración, anuncios, libros, revistas, todos tirados unos sobre otros en festiva profusión. De vez en cuando, debe detenerse y dedicar un día o dos a guardarlo todo.
Enrolla el mapa de Nigeria, lo coloca en su armario-archivo, y reúne los cálculos que ha estado efectuando sobre el posible solevantamiento de materiales de la corteza a lo largo de las zonas de falla que penetran en ese país, encarpetándolos para guardarlos en alguna parte. Ha perdido bastante tiempo ilusionándose con ese proyecto. Es una idea ridícula. No sabe qué ideas se le meten en la cabeza, a veces. Podría haber un solevantamiento allí, pero es más fácil descubrirlo mediante estudios oceanográficos frente a la costa que mediante geología en el terreno, abriéndose paso ciegamente a través de la selva. Lo hará una de las grandes instituciones oceanográficas, con una gran tripulación a bordo de un buque y con todos los adelantos técnicos, con magnetómetros y gravómetros, capaz de sacar probetas testigo y muestras por rastreo, y era tonto pensar que podría eludir todo eso escarbando a través de la selva con una expedición tipo siglo XIX.
¿Y cómo podría haberse ido, en todo caso? ¿Cómo habría podido dejar a su familia? ¡Qué imbécil ha sido!
«¿Qué nos ciega tanto, a veces? ¿Cómo nos podemos engañar de tal modo nosotros mismos?» Sonríe. Es sólo que queremos creer, necesitamos tan desesperadamente creer, que hasta una idea tonta puede ser profunda, puede tener significado, simplemente porque quizá sea la última idea que volveremos a tener. Nos aferramos tenazmente a la idea de que no estamos muertos todavía.
¡Bueno, él no está muerto! De algún modo, aún no sabe cómo, de algún modo ha pasado a través de la selva y ha salido otra vez a la luz del sol, y mirando hacia atrás puede ver que el tope no era sino su propia imaginación. Como un niño, se había estado echando miedo él mismo.
Y ahora, ¡fuera las cosas infantiles y vuelta al trabajo! Reúne sus cálculos y los encarpeta. Archivará la carpeta. Jamás echa al cesto los cálculos, por tontos que sean. Algún día pueden venir de perilla, para alguna otra finalidad que hoy ni se sueña. De esa manera funcionan las investigaciones.
Recoge las últimas páginas de cálculos y se topa con una nota de Becky. Profesor Keller; mira, macho, hay cierto problema con los cortes finos ultramáficos, parece que no se graban bien en la solución de NaOH, ¿podrías echarle una mirada cuando tengas un momento, y podría estar yo encima esta tarde?
Lee la nota sin tocarla, luego la toma y la lee de nuevo. Se
sienta. Contempla la nota. Suspira. Sonríe. Éste es uno de los motivos por los que no quiere arreglar su escritorio. Sabe que hay varios recuerdos como éste, dispersos, enterrados en el desorden, y no quiere verlos. No quiere guardarlos, y no quiere echarlos a la basura. Quiere saber que están ahí, sin saber dónde exactamente, pero en alguna parte.
De manera que, de algún modo, Becky esté aún viva, esperándolo.
Vuelve a poner la nota sobre el escritorio, exactamente en donde había estado, y coloca cuidadosamente encima de ella los cálculos sobre Nigeria, y contempla los cálculos.
La nota está bajo el papel, el papel está sobre la nota, y piensa en celdas de convección. Este asunto de Nigeria era una tontería, se ha estado engañando a sí mismo porque estaba tan ansioso por probarse que no estaba muerto, no estaba muerto todavía, y lo que estaba mal es que estuviese atemorizado de estarlo, temeroso de estar como muerto casi, temeroso de que no le quedase tiempo para cavilar seriamente acerca de cosas complicadas, cosas que podría llevar tiempo desenredar. Se estaba agarrando a una idea que pudiera realizarse pronto, pudiese hacerse ahora, porque temía que ya no había ningún más tarde.
Pero Becky le había mostrado algo diferente. ¿Cómo? No está seguro del cómo. Pero con Becky había vuelto a la vida; no. Jamás había estado muerto. Becky se lo había hecho ver. En su amor, en su cama, él se había percatado de la tontería de temerle a su propio tigre. Estaba vivó, y eso era bastante; hay que olvidar el resto, cada hombre está vivo en sus propias temporadas, y eso debe simplemente bastarnos, a cada cual.
«¡Así que olvida el miedo, olvida el gruñido, olvida toda esa payasada! Vuelve a las cosas reales, sin preocuparte de la vida y la muerte y la poesía y el amor. ¡Celdas convectivas!»
Cavila sobre celdas convectivas. Si la Tierra está rotando en su interior, empujando materiales por las grietas de la corteza, ¿cuál ha de ser el mecanismo impulsor básico? Tiene que haber uno. El caso es que debe haber una clase desconocida de celda de convección, a centenares de kilómetros de profundidad, que gira y se enturbia y se espesa en las entrañas derretidas de la Tierra, y que este calor de convección es lo que impulsa al material del manto a través de la corteza. Pero, ¿pueden existir esas celdas de convección? ¿No sería más probable que tendieran a separarse en celdas más pequeñas, celdas que entonces no tendrían la potencia ni siquiera el solo tamaño que pudiese explicar las fantásticas observaciones?
Cavila en torno a estas celdas de convección. Conjetura acerca de su existencia. Y ahora qué piensa en ella, que revisa rápidamente en su memoria las pruebas respecto de su existencia, comienza a ver que todo ello es una idea con muy pocas bases, un castillo de naipes. ¡No se fundan en ninguna base teorética!
Empieza a entusiasmarse. ¡Todo el truco es elegir la idea correcta sobre la cual cavilar! En eso consiste la investigación creativa, en adivinar dónde ha de señalarse con el dedo y decir: «¡Tonterías!» «No hay celdas de convección», piensa. «¡Apostaría que no hay! ¿Qué impulsa entonces todo el mecanismo? No lo sé. ¡No lo sé, pero, caray, sí estoy seguro de descubrirlo!»
Contempla su escritorio, el desorden de papeles, libros, revisteis, cálculos nigerianos. Habrá que ordenarlo todo, y habrá de volver a ponerse a trabajar. Le llevará años, probablemente, no habrá ningún resultado rápido en un problema como éste. ¡No importa, tiene la sensación, está en algo, lo está, ha vuelto a tener la vieja sensación! Ordenar primero este enredo, despejar el escritorio, crear cierto orden, y luego ponerse lenta, cuidadosamente, sin prisas esta vez, a trabajar.
Recoge los cálculos sobre Nigeria, y allí está nuevamente la nota de Becky. Pobre Becky. Pobrecita Becky, su dulce amor. Pero es preciso limpiar todo este enredo, despejarlo, crear orden.
Se pregunta qué habría ocurrido si ella no hubiese resbalado. ¿Estaba él destinado a matarla, había estado siempre escrito, o simplemente ella había resbalado? ¿Un accidente? El dado cae de un costado o del otro. A veces piensa que habría abandonado a su esposa, a veces piensa que no.
—¿Dónde está mi ropa?
Había hablado saliendo del trauma, saliendo de un estado de choque, pero todo eso debe realmente significar que estaba lo bastante aturdido como para dejar aparecer su inconsciente, para dejar que éste se hiciera cargo, y éste quería asegurarse de que su esposa se percatara de que no llevaba puestos sino los pantalones.
—No sé dónde está —había dicho su mujer—. Supongo que está en el apartamento de esa muchacha.
—¿Sabes lo que ocurrió?
—Me lo dijeron. Telefonearon y me lo dijeron.
—¿La policía?
Ella asintió.
Lo habían enviado a casa en un taxi una vez que terminaron con él. Se llevaron la frazada que le habían dado para ponerse sobre los hombros en la helada comisaría, y le dijeron que había llegado el taxi y que podía irse.
—Yo me acosté con ella.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes?
—Vete a la cama, Henry. Calla y vete a la cama.
Ella le llevó una taza de té.
Deben haberlo encontrado así, arrodillado, sin zapatos ni calcetines ni camisa sobre la espalda, en el pasaje junto a ella cuando finalmente salió el sol y alumbró todo y lo hizo tan brillante a la luz, que los vecinos ya no pudieron no darse por enterados, y uno de ellos había llamado finalmente a la policía, y ésta vino y lo halló arrodillado junto a ella. Le ha quedado todo muy borroso a él ahora, en la memoria, como un sueño.
—Gracias por el té.
—Aún estabas aullando, dicen —comenta su mujer.
—¿Cuándo?
—Cuando vinieron y te hallaron en la mañana. ¡Oh, Henry, calla y duérmete!
Le preguntaron que cuál apartamento, y les dijo, y deben haberlo llevado de vuelta allí arriba. Encontraron la aguja de heroína en el baño y las cenizas de marihuana en la sala, y él les dijo cómo ella había salido por la ventana y él había ido para agarrarla y luego él había resbalado y ella trató #de salvarlo, pero él estaba apretado contra la ventana y no pudo mover su mano, y ella había pasado volando suavemente más allá de él, más allá de su rostro, lentamente más allá de su mano, y había caído del reborde.
Les dijo el nombre de ella, y que en la universidad tendrían el nombre y el apellido de su padre. Les dijo que se acostaba con ella y que iba a abandonar a su mujer y a casarse con ella.
Vinieron los vecinos y les contaron acerca del aporreo de la puerta. Henry dijo que no sabía nada de eso, que eso fue antes de que él hubiese llegado. Sí, Becky lo había mencionada, y ella no sabía quién podría haber sido. Probablemente algún loco drogado.
Un viejo dijo que había oído gritos después de eso, una hora después de eso, después que Henry había llegado. El policía le preguntó si había sonado como una riña, y había que ver la cara que puso cuando el policía se lo preguntó. Si estaban peleando, si él estaba tratando de matarla, ¿por qué no llamé e informé al respecto? Habrá un juicio, me harén venir a cada rato y me harán preguntas; no es correcto, no tengo nada que ver. ¿Por qué no dejan a los pobres viejos en paz?, y dijo: «No, no una pelea, sólo gritos, ¿sabe usted?, como ellos hacen; no, no, no una pelea, nada de eso.»
Lo llevaron de vuelta a su cuartel, pero nadie pensó en decirle que se vistiese antes de que salieran, y le dio frío allí con sólo los pantalones puestos, así que le dieron la manta. Un médico lo revisó para ver si tenía señales de aguja, y le tomó la presión y le dio dos aspirinas. Le hicieron cantidad de preguntas y les dijo cuánto la amaba.
No les contó nada acerca de madre. ¿Por qué había de hacerlo?
Le dijeron que los vecinos aseguraban que otro hombre solía visitarla.
Henry dijo que no, que ella lo amaba sólo a él.
Luego dijeron que había llegado el taxi, y que podía irse si firmaba la declaración, y le pidieron que les diera la manta, y entonces se marchó.

 

Y eso fue todo. Se marchó, y no ha vuelto a saber de ellos. «Si uno va a asesinar a alguien», se dice a sí mismo ahora, «¿puedo sugerirle que elija un drogado tipo hippie?» Evidentemente, que a la policía le importaba un bledo lo que pudiera sucederles. Al parecer, más bien están acostumbrados a que los drogados caigan de las ventanas, se lancen bajo los coches, se suiciden con dosis excesivas, y todo eso no parece molestarlos en absoluto. Llegan a Nueva York como migraciones de roedores, y si uno de tantos, él o ella, se lanza por los acantilados, pues tanto mejor. Tal como llegan, así se van.

 

A la mañana siguiente había abierto los ojos y se había preguntado si estaba casado aún. ¿Qué le había dicho a su
mujer? Intentó recordarlo. No puedo, no exactamente, pero le había dicho que se había acostado con Becky. Hasta allí se acordaba, muy bien. ¿Qué se le había metido dentro? ¡Demonios, ella lo dejaría! Se había acabado todo, todos estos años, las niñas, todo acabado.
Y con tales pensamientos, se despertó del todo y advirtió que su mujer dormía a su lado. Se volvió lentamente, para no despertarla, y la miró. Allí estaba. Si estaba allí, si estaba durmiendo con él, sería que no lo iba a dejar, ¿no?
Se recostó y recordó que no entendía a las mujeres, que nunca entendería a las mujeres, y que quizá ni estaba furiosa con él.
Bueno, según resultó, bastante furiosa sí estaba con él. Pero no lo había dejado. .No quería hablar de eso con él. En medio de la cena, mascando aún la comida, él comenzaba a decir:
«No quise realmente...», y ella advertía de qué estaba hablando y lo interrumpía.
—¿Quieres callarte? —le decía—. No quiero oír hablar de eso.
Y él callaba.
Después de un tiempo comenzó a darse cuenta de que ella estaba entendiéndose a su manera con el asunto, y que todo lo que pedía era que él se estuviese quieto mientras ella fabricaba en su mente la historia con la que podría aceptar vivir. Y así lo hizo él, y gradualmente, a trozos y retazos, por frases que ella soltaba por casualidad, llegó a enterarse de cuál relato se había forjado.
Él se había ido al laboratorio aquella noche, como a menudo lo hace cuando está alterado. Y esa muchacha, Becky, lo había citado allí porque estaba teniendo un mal viaje, y estaba sola, pues ese actor amigo suyo la había dejado sola; ya se sabe cómo son esos actores. Y así Henry había ido a verla, tratando de ayudar, pero siendo fundamentalmente un hombre y estúpido y débil de carácter, habiéndola encontrado desnuda o al menos a medio vestir, ya se sabe cómo son estas chicas hippies, había sucumbido y se había acostado con ella. Tonto de Henry. Y luego ella se había tirado por la ventana. Pobre Henry. Pobre tonto de Henry. No se hable más del asunto.
¿Y qué podía decir él, qué podía contarle? Sacudió la cabeza. No, así ya estaba bien. Le satisfacía a ella, o al menos ella simulaba que la convencía, y todos necesitamos cualquier
juego que logremos reunir y armar para pasar por este mundo cruel. No sería él quien le quitara ese juego. Y si ella fingía creer en éste, por no dejarlo e irse... Gracias a Dios que así fuese.
Tendido en cama murmuró: «Gracias a Dios que así fuese.» Ella no lo privaría de sus hijas, de sí misma, de las únicas cosas que le impedían estar solo en el mundo. ¡Qué locura había sido arriesgarse a perderlas! Pero de algún modo, gracias a Dios, de algún modo se había librado de todo aquello; aún las tenía, las chicas nada sabían, su mujer fingía, todo lo que tenía que hacer era olvidarla, olvidar a Becky, no recordarle nada a su mujer, dejar que todo pasara, dejar que su mujer viera cómo hacerlo. Gracias a Dios por su mujer.
¿Y la pobre Becky? ¿La pobre Becky, a quien él había asesinado? ¡Él no había hecho eso! Había. No había querido. ¡Y sin embargo, había! Y la pobre Becky, ¿qué?

 

Sacude la cabeza. No debe pensar de esta manera. Ya es hora de volver a trabajar. Despejar el escritorio, y volver a trabajar con esa idea de la celda de convección. ¿No la podría relacionar con los análisis de uranio? Si las celdas de convección existen donde se supone que existen, y si él puede hallar en dónde pueden estar saliendo hacia afuera los materiales del interior de la Tierra, entonces las emanaciones de las masas convectivas ascendentes deberían llevar consigo elementos refractarios tales como el uranio; y como el uranio es tan insoluble, debería decantarse de una vez en los sedimentos locales, y deberían por tanto hallarse anomalías químicas que dependerían muchísimo de la profundidad del origen del uranio, y si uno pudiese fijar la profundidad de origen, ¡tendría en dónde agarrarse para averiguar el comportamiento de estas presuntas celdas de convección! ¿Eso no es así? ¡Por cierto que sí! El asunto es buscar dónde podrían estar más nítidos los bordes del manto, en las cordilleras activas, y luego medir el uranio en los sedimentos que cruzan dichos emplazamientos. Hay mucho trabajo por realizar.
Levantó la cabeza mientras pensaba y vio ante sí un hombrecillo. Curvado por los años, vestido de uniforme, sosteniendo una escoba de largo palo.
—Me estaba preguntando si podría limpiar su oficina —dijo. —¿Ahora? —preguntó Henry.
—Eso me preguntaba, si podría limpiarla.
—No —dijo Henry—. La estoy ocupando ahora. ¿Podría venir más tarde, por favor?
—Oh, sí —respondió el hombrecito y rió un poco entre dientes—. Podría venir a menudo, si le place.
—Gracias. Estoy ocupado ahora.
—Es una bonita oficina.
—Sí, gracias. Pero si me perdona, estoy ocupado ahora.
—¿Demasiado ocupado como para charlar un rato?
Henry lo miró nuevamente.
Volvió a reír entre dientes, y la risita continuó y se convirtió en risa. Enderezó su espalda jibada y creció sus buenos quince centímetros. Estiró los músculos o la piel de su rostro, y se quitó veinte o treinta años. Se quitó la peluca. Metió los dedos en la boca y sacó algo que alteró por completo la línea inferior de su cara.
—¿No me reconociste?
—Madre —dijo Henry. Se levantó de su silla—. No, no te reconocí.
—Me inclino más por papeles de carácter en estos días —dijo madre—. Nada serio, ya me entiendes, sólo comerciales. Aunque quizá yo no debería decir sólo comerciales en un tono tan displicente; quizá son realmente el medio de expresión artístico de nuestra época, ¿no crees? Pero creo que no te preocupas mucho por estas cosas.
—No, no, en efecto. Siéntate.
—Gracias. Pero estás ocupado, no quiero interrumpir.
—Demasiado ocupado para que me limpien la oficina. No demasiado ocupado para hablar contigo.
—Pero qué galante. ¿Me permito adelantar una suposición respecto de qué pensabas?
—Estaba pensando en Becky.
—Sí, pensé que podrías estarlo. Dadas las circunstancias, pensé que podrías pasar bastante tiempo pensando en nuestra Becky, Dios la tenga en su gloria.
—Estaba pensando en ti, también.
—Eso es divertido.
Pausa. Se miraron uno a otro.
—No quiero decir divertido de ja, ja —continuó madre—. Quiero decir divertido de coincidencia. Verás, he pasado mucho tiempo pensando en ti.
—He tenido la intención de llamarte.
—¿Por qué habrías de querer hacerlo?
—Quería contarte lo que sucedió.
—La policía me contó lo que había ocurrido. Cuando regresé a la ciudad fui derecho a su piso, y esa dulce y vieja arpía de la vecina me oyó deambular perdido y perplejo por las habitaciones vacías...
—¿Cómo entraste?
—Tengo llave, mi viejo.
Se miraron.
—Me oyó vagabundeando por allí y preguntándome dónde estaría la querida Becky, Dios la tenga en su gloria, y ella vino y me dijo exactamente dónde estaba. Y me dijo el número de la comisaría que había acudido, y allí me fui directamente, y allí me contaron. Ellos no saben, por supuesto, el cuento completo.
—No.
—No. Pero yo mismo pude completar el detalle que faltaba. Como, por ejemplo, ¿por qué estabas tú allí? Bastante fácil, mi viejo. Este maníaco estaba aporreando su puerta, ¿estoy en lo cierto?
—Sí, de hecho...
—De hecho, sí. Su maníaco estaba golpeando, y yo estaba fuera de la ciudad, ella estaba completamente sola, y una providencia benévola te despertó de un sueño profundo, te hizo despertar sorprendido a la hora del terror y de la mano golpeante, con la visión de la querida Becky, descanse en paz, atormentada con el terror, y tú saltaste de la cama, gritándole disculpas a tu espantada mujer, y seguiste a tu visión hasta llegar a su lado. ¿Correcto?
—Algo como eso.
—Algo como eso, sí. Y tú la tranquilizaste, fumaste un poco de hierba, le pusiste una inyección de la blanca, y te la follaste. Sencillo. ¿Y por qué ella salió por la ventana? ¿Por qué tuviste que arriesgar tu vida para ir a rescatarla? Nuevamente, bastante simple. La dosis fue presuntamente una dosis más pura de lo que ella estaba acostumbrada. ¿Quizá pensó que podía volar? Así pues, muy naturalmente, se colocó fuera de la ventana. ¿Qué, si no, debería hacer uno cuando puede volar? Desgraciadamente, según sucede, ella no pudo volar.
—No fue exactamente así como ocurrió.
—No, ya pensaba que no.
—¿Por qué no le dijiste a la policía?
—¿Decirles qué, mi viejo?
—Contarles de ti y de mí, de lo tuyo con Becky.
—¿Pero por qué iba a hacerlo? Difícilmente constituiría prueba de que tú la habías asesinado.
—Yo no la asesiné.
—Por supuesto que no, ¿qué motivos tenías? Sólo que ella iba a casarse conmigo, y ¿qué pruebas tengo de ello? ¿Cómo los podría haber convencido? Encontrarían difícil de entender, y es comprensible, el porqué tendría ella que estar haciendo jueguitos contigo desnuda en medio de la noche, mientras te decía que estaba decidida y segura de casarse conmigo. —Yo mismo lo encuentro difícil de entender.
—Es una de las cosas en que piensas.
—Sí.
—Sí. Es todo muy difícil de entender. ¿Sabes por qué? Porque es humano. Así es la gente, ¿ves?, impredecible, difícil de sondear, caprichosa, irresoluta, voluble. Especialmente las muchachas como Becky, Dios la tenga en su gloria, pero en verdad tú puedes haber notado alguna de estas tendencias en ti mismo.
—No.
—¿No?
—No. Yo trato de decidir lo que quiero hacer, y luego trato de hacerlo.
—Sí, está bien, mi viejo. ¿No lo hacemos todos? Pero, fíjate en la palabra tratar. Nos agrada vemos como unos John Wayne, cabalgando resueltamente a través del pueblo polvoriento habitado por nebishes6 asustados y temerosos atisbando por las ventanas mientras pasamos, nos agrada pensar que sabemos a dónde vamos. Pero ninguno de nosotros es un John Wayne, ni siquiera el mismo John Wayne lo es, pobre y perdido viejo campeón. Ninguno de nosotros sabe hacia dónde va, y la mayoría ni siquiera sabemos dónde hemos estado. ¿Por qué la asesinaste?
—¡No la asesiné! Puedes creerlo.
—Lo creo. Creo en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo. Creo que el día 23 de julio de 1972, tú te levantaste de tu lecho legal e invadiste el mío, en donde te solazaste lascivamente con mi prometida. Creo que después de follarte, ella se te rió en la cara y te dijo que ella y yo íbamos a casarnos, y que en lo sucesivo tú podías joderte solo. Creo que la tiraste por la ventana.
—Estás loco.
No respondió. Se quedó sentado, sonriéndole a Henry.
—No le dijiste nada de esto a la policía —dijo Henry.
—¿Pero cómo iba a poder, mi viejo? No había pruebas, ninguna en absoluto. Una vez que saliste del apartamento, una vez realizado el hecho, sin enterarse nadie, una vez que todo había pasado sin que nadie te viera, ¿cómo podía jamás probarse? Si hubieses sido un obrero negro trashumante y yo el señor de la mansión y Becky mi esposa, Dios la tenga en su gloria, las pruebas circunstanciales habrían sido suficientes para condenar. Pero tal como se dieron las cosas, tú eres el catedrático, y yo el actor trashumante, Becky sólo una prostituta drogada, y ellos ni se molestarían en seguir un proceso y acusarte.
—No obstante, podrías haberme puesto en aprietos.
—¿Aprietos?
—Si hubieras insistido en tu caso. Si les hubieras dicho que se iba a casar contigo, aunque no pudieses probarlo, los habría obligado a investigar. Me habrías puesto en aprietos.
—No quiero ponerte en aprietos. Quiero matarte.
—¿Querrías un poco de café? —preguntó Henry.
—Gracias —dijo madre.
Henry tiene siempre una cafetera caliente en la oficina, y tiene un par de matraces Erlenmeyer para los visitantes. Sirvió para ambos. Le puso azúcar y crema al suyo. Echó azúcar en el de madre.
—Dos de azúcar, sin crema, ¿no es así?
—No, de hecho me gusta con un buen pelotón de crema —dijo madre.
Henry quedó sorprendido.
—Becky siempre me decía que tú lo tomabas negro.
—Quieres decir que ella te lo daba sin leche y luego decía: «Oh, lo siento, es madre a quien le agrada negro.» ¿Verdad?
—Sí.
—Y tú sabías que estaba mintiendo. Entendiéndola como tú 1a entiendes, sabías que sólo fingía confundirte respecto de nosotros, para fastidiarte. ¿Verdad?
—Sí.
—Pero lo que no sabías era que estaba mintiendo doblemente, que de hecho yo le ponía crema a mi café, igual que tú. Ella fingía solamente que yo lo tomaba negro a fin de fingir que nos confundía a fin de atormentarte. Me hacía lo mismo a mí. Era una muchachita curiosa, nuestra pobrecita Becky. Dios la tenga en su gloria. Con sus pequeñas manías. Curiosa, pero querible.
Sorbió su café.
—Es curioso, ¿verdad?
Henry sorbió su café.
—¿Verdad? —insistió madre.
—¿Qué?
—Bueno, yo estaba pensando lo curiosa que es la vida. Tú, que eres un científico, dime la verdad, ¿no es más bien extraña la vida? Toma por ejemplo a esta criatura, Becky, Dios la tenga en su gloria. Becky. Toma a Becky. ¿No son curiosas las imágenes? Porque, de hecho, eso es exactamente lo que hiciste, ¿no es así?: te la llevaste, te la llevaste tan lejos de mí como es posible que un ser humano vaya, lejos, al valle dé la sombra de la muerte. Pero no importa, mi viejo, no hay que preocuparse, nada de problemas, hechos pasados, no hay que complicarse, no hay que poner cara hosca. Sólo rememora por un momento esta Becky, Dios la tenga en su Reino.
Se detuvo y se puso él misma a rememorarla.
—Yo la amaba —dijo—. ¿Lo sabías?
—Sí. Yo también la amaba.
Agitó con impaciencia la mamo ante Henry.
—No cambies de tema, mi viejo. Ésta es mi escena. Y lo que quiero decir es que yo realmente amaba a esa muchacha.
Henry asintió.
—Tú asientes —continuó madre—, pero no lo crees. No podrías creerlo. Si realmente hubieses creído que yo la amaba, no habrías sido tan canalla. No la habrías apartado de mi lado.
—Yo no la... —empezó a decir Henry, pero madre lo interrumpió.
—No, no la última vez que te la llevaste, quiero decir la primera, y la segunda. No la habrías hecho irse de mi piso, y no la habrías hecho rechazar mi propuesta harto honorable de matrimonio, ¿lo habrías hecho? Porque tú no tenías ninguna de esas cosas para ofrecerle. No podrías haber sido tan canalla, para conmigo y para con ella, si no hubieses creído muy honradamente que yo no la amaba.
—Sí. Me temo que tienes razón.
—¿O podría ser —continuó—, que, simplemente, jamás se te ocurrió la posibilidad de que yo pudiese amarla? Que ésa fuese una posibilidad inconveniente para que ocurriera. Que tal posibilidad no habría sido adecuada para tu estado de ánimo en ese momento. De modo que la descartaste, la pasaste por alto, la relegaste a los remotísimos rincones del absurdo. ¿Pudiera ser, de hecho, que pensaste sólo en ti mismo?
—No creo que jamás hayas sido capaz de tomarte en serio.
—Oh. Qué horror. Bueno, se da el caso que yo estaba en verdad muy serio. Verás, yo la amaba. Amaba a esa niña. Que no sé por qué, no lo sé, no debes pedirme que lo explique. Lo cual, por cierto, se ajusta muy bien a las mejores convenciones literarias. Me dicen que en el primer borrador, en el primer libreto temático, como decimos, Shakespeare había intercalado un largo pasaje en el cual Romeo, con gran ardor, pero con cierto intento de lógica, trata de explicar por qué ama a Julieta. Desgraciadamente, la escena tenía tendencia a pesar. A aquellos a quienes habían invitado para hacer de público en el viejo Globe en el primer ensayo con vestuario, se les oyó golpear con los pies y se les vio pasear inquietos por los palcos. Después, por cierto, el empresario le pidió a Guillermo que limara la escena. Y dicen que replicó que no había manera de infundirle vida, Dios sabe cómo se había empeñado, escribiendo noche tras noche, hasta las frías horas del amanecer, durante todas las actuaciones de ensayo en provincia, en Stratford, en Birmingham, en Bristol, pero no había nada que él pudiera hacer con esa escena, porque cuando uno se pone a ver, cuando se va al meollo de la cosa, es que no hay ningún motivo valedero para que Romeo ame a la tonta de la fulanita. Extraño, ¿verdad? Curioso. Pero si uno mira la obra desde el punto de vista del Guille, o tal vez trata de imaginarse a sí mismo como Roger Bacon7, llamado por el empresario para arreglar el libreto antes del estreno, uno ve con qué hueso tenía que habérselas el pobre dramaturgo. ¿Cómo diablos puede Romeo decir de modo convincente el porqué la ama, cuando no hay en realidad ninguna razón para ello? Mucho mejor es quitar la escena completa, como lo hizo el Guille finalmente y de mala gana, y no escudriñar para nada los motivos del amor. La gente lo entenderá, porque todos quieren a alguien, y no pueden decir por qué.
—Yo también la amaba —dijo Henry.
—No seas tonto; no habías nacido cuando expiró la pobre Julieta. Y una vez que empiezas a cavilar sobre este tipo de cosas —continuó—, la mente comienza a saltar hacia otros ejemplos. Rodolfo y Mimí, pongamos, en sus apartamentos arruinados, fríos y húmedos y con vista al Duomo. Ella pierde su llave, y se le apaga la vela, y cataplum, se enamoran. Cuando se le pide un motivo para su amor, Mimí sale con la noticia de que su nombre es Lucía, pero que la llaman Mimí. ¿Es ésta una razón para amar? Y Rodolfo no puede decir nada sino que las manos de ella son como el hielo. No, realmente, mi viejo, no nos enamoramos porque las manos de una mujer sean como el hielo. Entonces, ¿por qué nos enamoramos?
—Hay muchos motivos —dijo Henry—. Demasiados. Todos se entrelazan y entretejen, y no podemos desenredarlos.
—Sí. ¿Te contó Becky que yo quería niños? Quería hijos de ella. Quería que ella recibiera mi simiente e hiciera con ella mi nene en su vientre.
Dejó caer de pronto la cabeza y se quedó allí, en la silla, mirando sus dedos, mirando el jarro de café colgado de sus dedos.
—Oh, Dios —dijo—. Mi Becky.
Después de un rato, Henry musitó:
—Lo siento.
Y madre levantó la cabeza y sonrió.
—Sí —dijo—. Bueno, no hay nada que hacer, ¿verdad? No hay que enredarse, no molestarse. ¿Sabías que estuve casado una vez?
—Sí.
—Creo que te lo conté. Yo estaba estudiando para la prueba como protagonista en el espectáculo ambulante de My Fair Lady. No estábamos casados entonces, simplemente vivíamos juntos, felices, creo. ¿Recuerdas que te conté sobre esto? Yo había subido al terrado para tratar de apartarme de ella mientras estudiaba mis «bocadillos». Yo no la entendía, ¿ves?, no sabía de qué me estaba hablando. Cada uno de nosotros está encerrado en sus propios problemas menudos y jamás nos asomamos a ver qué ocurre en el mundo. Bueno, había demasiado viento allí arriba, y volví para trabajar en mis «bocadillos», y ella me hizo un poco de café. Hacía mejor café que la pobrecita Becky, el Señor la tenga en su gloria. Y pensé: «A lo mejor ahora todo irá bien, tal vez ahora podré trabajar en estas condenadas escenas», y de verdad ella se estuvo quieta un rato y comencé a avanzar en mi asunto. Teníamos un poco de hierba y el café, y estuvimos compartiendo, va y viene, por un rato. Ella no era ignorante, en absoluto. Como ella decía, no todo había de ser comerciar y mendigar. Bueno, yo no sabía. Desde el punto de vista de la audiencia, quizás ella tenía razón. Dijo, quizá con un poco de sarcasmo, pero yo no lo sabía, yo estaba después de todo mirando desde el punto de vista de un actor. Dijo ella: «Tú conoces a Pinter.» Y, ¿sabes?, ése era uno de los problemas; no conozco a Pinter. No creo que nadie conozca a Pinter. Dijo que pensaba que de ese modo la actuación sería más interesante, y pregunté: «¿Pero, y sería sólida?» Como que podría haber sido más interesante para el B'nai Brith,8 pero uno debe considerarlo desde el punto de vista interno. Y se estaba poniendo bueno, estábamos saliendo cada cual de sí mismo y acercándose al otro, nos estábamos comunicando, como dicen, y entonces, ¿sabes lo que dijo la fulana imbécil? —¿Qué?
—Lo recuerdo como si fuese ayer, y debe haber sido, ¿qué? ¿Hace tres años? No, dos. En todo caso...
Permaneció callado.
—¿Qué dijo?
—Ah. Ah, nada. Estábamos allí hablando acerca de mis «bocadillos» y, de la nada, como si tal cosa, ella dijo: «Estoy embarazada.» Sin más. Ya puedes imaginarte. Las tres de la mañana, la prueba de audición a las diez, y ella allí incubando un crío. Becky jamás habría hecho eso.
—¿Quedar embarazada?
—Decírmelo así. Con la prueba de actuación encima. Quiero decirte, mi viejo, que ella podría haber esperado hasta después de la prueba, ¿verdad que podría haberlo hecho?
—¿Más café? —preguntó Henry.
—Gracias —dijo madre, y estiró la mano con su matraz.
Henry volvió a llenárselo, le agregó otro poco al suyo para calentarlo, y volvió a sentarse.
—Mirándolo retrospectivamente —dijo madre—, desde el punto de vista proporcionado por la madurez adicional que los años transcurridos han traído consigo sin yo pedirlo, puedo quizá ver un poco más el asunto desde el punto de vista de ella: Sin duda, podría haber esperado hasta después de mi prueba para decírmelo, pero por otra parte, le suponía una tensión, una tensión que deseaba aliviar. No se la puede culpar demasiado, ¿verdad que no?
—No.
—¿No?
—No, no se la puede culpar demasiado.
—Ah, pero yo sí lo hice. Vociferé y bramé y continué y la llamé una maldita arpía chupasangre por molestarme con semejante provocación en semejante momento. Con la prueba para dos horas más tarde, quiero decir. Ah, yo sí vociferé y bramé, puedes creerlo. Sí, que alboroté y fastidié. Pobre yegua.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Henry.
—Al día siguiente, mientras me arrancaban las tripas en la prueba, ella se hizo arrancar el bebé.
—Lo siento.
—Nada de preocuparse, nada de fastidiarse. Volví a casa hediendo condenadamente a borrachera porque pensaba entonces que el teatro era importante, y yo quería ese papel con toda mi alma. Y el apartamento estaba vacío, ella no estaba en casa, y yo la maldije y deambulé por la oscuridad y finalmente esa noche, mucho después de la hora de cenar, ella entró tambaleando y no quiso hablar conmigo hasta que comenzó más tarde esa noche a tener hemorragia.
—¿Qué hiciste?
—¿Qué podía hacer? Me casé con ella.
Se levantó, dejó su matraz, y se paseó por la oficina.
—No recé nunca, por supuesto —dijo—. Me casé con ella en pro del niño muerto, y el niño, estando ya muerto, era al momento de casarnos, podría decirse, un argumento fuera de lugar. Qué cosas más tontas hacemos, mi viejo, qué cosas más tontas hacemos.
—Lo siento.
—Porque yo la había amado; ¿ves?, pienso ahora que en un tiempo yo la había amado, pero cuando me casé con ella de repente mientras ella aún estaba, por así decirlo, pisando en un charco de sangre, pensé que me estaba casando con ella sólo por la memoria del niño muerto. Olvidé que podría haberla amado, ¿ves? Y ella nunca lo entendió, lo que no es culpa suya, pero tampoco mía, y ninguno de ambos se acordó jamás de recordar al otro que podríamos habernos casado no por el niño muerto, en absoluto, sino sólo por nuestro amor. Y, como no se nos recordó, lo olvidamos. Y amor que se olvida es amor que no existe, ¿no es verdad? No sé, quizás estoy muy equivocado. Quizá no pueda decir por qué no amas ya a una persona, tal como no puedes decir el porqué la amas. Bueno, pajarito, no debes divagar. Adelante y arriba, adelante y arriba, ése es el lema, ¿no es verdad?
—Por supuesto.
—Sólo que, ¿ves?, ahora no hay nada hacia adelante y no hay nada hacia arriba, porque la pobre Becky, Dios la tenga en su gloría, está fría, muerta y enterrada. Mis hijos están muertos en sus entrañas, y allí yacerán por siempre y siempre hasta el fin de los tiempos. Porque llega el momento, mi viejo, llega el momento en que has de reconocer finalmente que todo el amor con que el Creador, bendito sea Su Nombre, te ha dotado, sea que puedas o no explicar ese amor, hay un momento en que debes admitir que todo el amor se ha juntado, finalmente y para siempre, en una mujer. Y ya sea que esa mujer viva o muera, ella es la única depositaría de todo el amor que llegarás a tener en ésta, verde tierra de Dios. Llega el momento en que has de mirar en tu alma y ver que allí no queda ardiendo nada sino la venganza.
—No —dijo Henry.
Pero madre meneó la cabeza, lenta y enfáticamente.
—Ardiendo muy al fondo, hondo, hondo, tan hondo en los recovecos de la mente, que no es posible llegar allí mediante argumentos, razón, amor o miedo. «Tigre, tigre, ardiendo brillante, en las selvas de la noche.»
—Yo no la maté —dijo Henry—. Yo la amaba.
—Los dos actos no son mutuamente excluyentes, mi viejo. Entiendo que frecuentemente van juntos. Por cuanto tú la amabas, debo amarte. Por cuanto tú la amabas y está muerta, debo apenarme por ti. Y por cuanto, amándola, la mataste, debo matarte a ti.
Henry trató de sonreírle.
—Eres un hombre poco común —dijo.
—Mortalmente serio, pese a ello.
—Realmente no la maté, ¿sabes? Fue un accidente.
Madre sacudió la cabeza.
—Verdaderamente lo siento, pero no lo puedo creer. No tiene objeto hablar de eso.
Henry se levantó y caminó en torno a su escritorio hacia la cafetera.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —le preguntó.
Levantó la cafetera como para echar café, pero no lo hizo. Si madre tenía un cuchillo, le lanzaría el café hirviente. Si tenía un revólver, tendría que intentar lo mismo y correr hacia la puerta, pero sin muchas probabilidades de éxito. Quizá podría mantenerlo hablando hasta que alguien viniese. Pero no es muy probable que venga alguien. Aquí, en el sótano, en donde se halla la oficina, puede estar a menudo todo el día sin visitas.
—¿Por qué estás aquí? —repitió.
—De hecho, para solicitarte consejo. O al menos, para hablar de estas cosas contigo. Nuestras conversaciones han sido siempre tan útiles para aclarar mis ideas... ¿Cómo piensas que debería matarte?
—¿Matar no va contra tu religión?
—No, especialmente. ¿No has leído las vidas de los papas?
—¿No es esto un poco diferente? Tú me quieres matar sólo por venganza.
—Una tradición venerable.
—«Mía es la venganza», dice el Señor. Harías mejor en dejársela a Él.
—¿Y qué pasa con eso de «Ojo por ojo, diente por diente?»
—Falsa doctrina, madre; tú sabes que es falsa.
—Ojo por ojo —dijo con calma—. Vida por vida. Puedes bajar esa cafetera, no voy a atacarte ahora.
Se puso en pie y volvió a encajarse la peluca.
—Porque no sólo la mataste —continuó—. La hiciste sufrir. No quisiste dejarla en paz. Ella habría sido feliz conmigo si sólo la hubieses dejado en paz.
Volvió a meterse el artefacto en la boca, alterando nuevamente las líneas de su rostro. Lo dejó en posición con los dedos y la lengua.
—Y la asustaste. La aterraste. Golpeaste en su puerta y la aterrorizaste, y cuando ella pensó que necesitabas ayuda, cuando ella pensó que te estaba ayudando, cuando abrió su puerta y te dejó entrar, la asesinaste. Le acarreaste el terror y la muerte, y conforme siembras, tú sabes, mi viejo, así cosecharás.
—Fue un accidente.
Su cuerpo se encorvó un poquito, pero lo suficiente como para alterar todo su aspecto. El cambio total del ángulo de su cuerpo era muy pequeño, pero había diferentes ángulos por todo el cuerpo que trastornaban completamente el conjunto. Su hombro izquierdo estaba más torcido que el derecho, la pierna izquierda sobresalía apenas más que la derecha, el cuello se torcía muy poco hacia un lado.
Era un hombre diferente. Quien no hubiese visto la transformación no lo habría reconocido.
—Estaba pensando en el alimento —dijo—. ¿Qué piensas del alimento?
—¿Alimento?
—Tú sabes, esa cosa que uno come. Estaba pensando en lo que podría entretenerme, con sólo andar por ahí. Por ejemplo, un día yo podría ser el chico que le ayuda a tu esposa a empaquetar sus víveres en el supermercado. O podría ser el camarero del restaurante en que comes. ¿Quizás el del bar donde bebes? Podría ser el carnicero tras el mostrador, o el lechero, o el recadero. Oh, Dios amado, yo podría ser casi cualquiera, cualquiera que tenga que ver con tu alimento. Y entonces, por supuesto, mi viejo, podría envenenarlo. ¿Qué te parece ese plan?
—Estás diciendo locuras.
—¿Acaso no tiene bastante gracia? Eso es lo que me fastidia. ¿No es quizás un poquitín demasiado, wie kann man sagt, demasiado recherché sin sacarle al mismo tiempo el jugo a las posibilidades del terror? Porque es al terror a lo que apunto, mi viejo, aún más que a tu vida. Sí, efectivamente. Así como siembres, así cosecharas, de verdad que sí. El terror que le ocasionaste a nuestra pobre y querida y lamentada Becky, Dios la tenga en su gloria, recaerá sobre ti, y sobre tu esposa y sobre tus hijas. Verdaderamente, como dicen. Verdaderamente que sí.
—¡Déjalas en paz!
—¿Qué fue eso?
—¡Dije, déjalas en paz!
—No, yo no quise significar lo que dijiste. Ésta es mi escena, ¿sabes?, y no la tuya, en absoluto. Tú eres muy poco importante. ¿Qué es lo que acabo de decir?
Henry sólo lo miró.
—¿No dije, tus hijas? ¿Tu esposa y tus hijas? ¡Oh, qué hermosa idea!
—¡No te atreverías!
—¿Por qué no? Por cierto que puedes precaverlas contra mí. Pero entonces, podrían sentir curiosidad, ¿no es así? Curiosidad respecto al porqué tienes que precaverlas forzosamente contra mí. ¿Por qué habría yo de hacerles daño? ¿Por qué, papá querido, por qué ese hombre quiere matarnos? ¿Y qué dirás? Siento tal curiosidad, mi viejo, ¿qué irás a decir? ¿Se lo explicarás a tu esposa, a tus hijas?
—¡Se lo explicaré a la policía!
—Hazlo. Estupendo. Una confesión completa.
—¡Una acusación completa! ¡Contra un lunático que ha amenazado con matarme!
—¿Con qué pruebas, mi viejo?
—¡Celos, venganza!
—Pero cuando yo hablé con la policía acerca de la pobre y querida Becky, Dios la tenga en su gloria, no dije una palabra acerca de nuestro amor. Fui sólo un amigo interesado. Ni tampoco mencionaste tú nuestro amor, el de Becky querida y yo, según creo. Cuando les hablaste, quiero decir. Cuando hiciste tu declaración. Un descuido, por supuesto. ¿O casualidad por temor, me atrevo a imaginar, mi viejo, por temor de que el motivo de los más sucios celos pudieran suscitarse en tu contra, y la policía se sintiera por tanto obligada a mirar con cierto recelo tu cuento del noble pero desafortunado rescate de la chiquilla alucinada sobre el reborde de la ventana? ¿Y vas a cambiar ahora tu declaración, mi viejo? ¿De veras» que sí? ¡Delicioso! Hazlo.
Miró a Henry.
—¿No? Ay, pero mira; ya me imaginaba que no. De hecho, mi viejo, pienso que respecto de todo esto no es mucho lo que puedas hacer, salvo sufrir. ¿Y quién sabe, si tal vez el sufrir limpiará tu alma? Por supuesto —agregó, meditativo—, no le serviría de mucho a las almas de tus hijas.
—Madre... —Henry no sabía qué decir—. No sé si hablas en serio.
Se detuvo. Madre no dijo nada, sólo lo miró y aguardó.
—No sé si ésta es una especie de broma de tu parte...
Esto hizo sonreír a madre.
—¿Piensas que esto es divertido?
—¡No!
—Yo tampoco, mi viejo. Tampoco yo.
—¡No puedes envenenar a mis hijas!
—¿Y por qué no?
Henry estaba transpirando. Sabía que esto estaba mal, que no era la manera de comportarse. Estaba sólo reforzando la convicción de madre de que la mejor manera de herirlo era dañar a sus hijas, eso lo sabía, pero no podía evitarlo. Estaba muy cercano al pánico. De algún modo, tenía que llegar hasta él, conmoverlo, hacerlo percatarse...
—Ellas no sabían nada de aquello —dijo—. No sería justo castigarlas, sería cruel...
Estaba comenzando a vociferar. Comenzando a perder el control. No debía perder el control, debía convencer a madre que hiciera alguna otra cosa, cualquiera otra cosa.
—Creo que has dicho algo interesante —dijo madre.
—¿Qué?
Las palabras de Henry se le habían escapado. Sus pensamientos habían corrido en una dirección, sus palabras en otra. No sabía qué había estado diciendo.
—¿Qué? —preguntó nuevamente.
—Sí, quizá tengas razón. Bueno, no es nada más que lo que dije al principio, el plan es un poco demasiado recherché, carece de simplicidad. Uno necesita algo más refinado. Y creo —sonrió— que quizá me has dado precisamente una idea de ésas.
—Que...
—Tus hijas, ésa es la clave, ¿no? Sí, me has ayudado muchísimo. Nuestras conversaciones son siempre tan útiles... Creo que ahora tengo la idea precisa. Es tanto mejor que el veneno, puedes contar con eso, mi viejo.
Sonrió con gran felicidad.
—Ah, sí —dijo—. Será muchísimo mejor.
Sonrió, y se fue.
Henry sostenía aún la cafetera. La dejó, volvió a su escritorio, se sentó. No sabía qué hacer. ¿Debía creerle? ¿Llegaría realmente a matarlo? ¿O a sus hijas? ¡No! ¡Ciertamente, no! ¿Tal vez era ésta su venganza? ¿Este miedo, su venganza? ¡Tenía que ser!
Tiene que ser, pues, ¿qué podría hacer si no fuese así? Estaría inerme. ¿Cómo puede uno detener a un hombre al que no le importa nada sino la venganza, que tiene todo el tiempo del mundo, y que en apariencia carece de motivo? Si Henry fuese a la policía, ¿qué podría decirles sin contarles todo? Si les contara todo, ¿qué creerían ellos? Particularmente ahora, puesto que no se lo contó en su día, puesto que mintió en su día.
No mintió exactamente, sólo descuidó el haber mencionado a madre, omitió el mencionar que ella iba a casarse con madre. «¡No!, ella no iba a hacerlo», insinuó ante sí mismo. «Pero si ellos pensaran que sí, ¿no seguirían indagando? Ese hombre que dijo que no estábamos riñendo, ellos sabían seguramente, y podían darse cuenta, que estaba mintiendo sólo por evitarse problemas. Y lo dejaron, porque ellos también querían evitarse problemas. ¿Para qué molestarse? ¿A quién le importa si un drogadicto se cae de una ventana? Pero en cambio, si ella le había contado que iba a casarse con algún otro, entonces, ¿no sería quizás asesinato? Investigarían, ciertamente lo harían, una vez que se suscitara una interrogante de tal especie. Investigarían acerca de nuestra relación. ¿Habrían escuchado los vecinos otras peleas? ¿Le dijo ella a alguien que iba a casarse con madre? El aporreo de la puerta, madre calculó que fui yo; pero, ¿no habría otros? ¿Había atisbado alguno a través de su puerta, me habría visto alguien? ¡Dios mío, su nariz quebrada, tenían nuestros nombres en el hospital!»
«Ay, condenación, carajo», pensó Henry. «Él no puede decir esto en serio. Está tratando de asustarme, tratando de que me aterre y vaya a la policía, y admita la relación de madre y Becky de modo que investiguen, de modo que se sepa todo. ¿Qué haría la universidad si esto saliera a la luz? Aunque gozo de la inamovilidad en la cátedra, sería ciertamente razón para despedirme. A mi edad, despedido por delitos morales, como creo que lo llaman, ¿me emplearía alguien más? ¿Qué podría decirles a mis niñas?
»Eso es lo que está tratando de hacer. No debo dejarme llevar por el pánico. Debo retenerme y esperar hasta que se vaya.
»¿Y qué quiso decir, pensó, con eso de “tanto mejor”?»
La cabeza de madre se asomó por la puerta.
—Olvidé algo más —dijo—. Debes prevenir a tu esposa y a tus queridas hijas contra mí. Debes decirles exactamente qué aspecto tengo, de modo que puedan estar alertas respecto de mí.
Entró nuevamente en la habitación arrastrando los pies, riéndose de Henry, gibado y torcido, con la peluca, el cuerpo y el rostro alterados hasta ser irreconocible. Se rió y se enderezó, se quitó la peluca, se puso una gorra de obrero, torció la masilla que llevaba en la boca en otra posición, y en cuestión de segundos se vio completamente diferente.
—Diles exactamente qué aspecto tengo —rió, y se marchó.