CAPÍTULO XIII

 

15 mayo-2 junio, 1972

 

Y así pasan los días. La primavera se abre para quienes saben cómo interpretar los signos en la ciudad de Nueva York. No pueden buscarse flores o el dulce aroma de la madreselva, y en una ciudad en donde el noventa por ciento de los pensamientos de los hombres están puestos permanentemente en la violación, no cabe esperar que sus fantasías cambien fácilmente hacia pensamientos de amor. Pero en pequeños aspectos, por aquí y por allá, adviene la primavera. Chaquetas en vez de abrigos en las calles, más pies desnudos, más bicicletas, más pañuelos de papel en los basureros de las esquinas y flotando alegres por las calles con las nuevas brisas.
Madre consigue un estupendo papel en una de las series de más éxito de la temporada. Actúa de policía judío al que llaman a combatir un motín durante el Yom Kippur. Se va desarrollando la acción hasta un hermoso clímax en el cual él se enfrenta con tres negros en un callejón sin salida, revólver en mano, con el Mandamiento Eterno del Arrepentimiento, la Oración y la Caridad resonando en sus oídos.
El papel es perfecto para él, con lo que actualmente sabe, y lo representa estupendamente. En la escena final ha salido corriendo de su casa para el gran enfrentamiento vestido con un batín de terciopelo, por haber estado fuera de servicio cuando estalló. Al terminar las tomas del día, el director viene a él con lágrimas en los ojos y le dice qué estupendamente ha trabajado, y le regala el batín de terciopelo a madre como recuerdo, como muestra de aprecio.
Al finalizar las tomas del día su participación en el espectáculo ha terminado, y llevando el batín de terciopelo bajo el brazo se dirige en taxi a su piso vacío.

 

Henry y Becky hacen caminatas por el Central Park.
—¿Me compras una salchicha? —pide ella.
Es tan infantil a veces. ¿Cuándo logramos gozar por última vez por valor de dos céntimos, cualquiera de nosotros? Caminan juntos, ella a pie desnudo y Henry en mangas de camisa, y él la mira con envidia mientras sujeta su largo salchichón y le mordisquea el extremo.
—¿Está bueno?
—Mmmm —dice ella, ofreciéndoselo—. ¿Quieres un poco? Él niega con la cabeza.
—Me encantan las salchichas —dice—. Especialmente las de esta clase. No sé por qué me gustan tanto.
—Debes remontarte a tu infancia, que tu padre te habrá comprado una algún día especialmente agradable.
—No. No viene de tan lejos. Me recuerda algo rico, sin embargo. El sabor salado. ¡Oh! —se le ilumina de pronto el rostro—. ¡Ya sé!
—¿Qué?
—Sean.
Henry la mira. Ella lo mira plena de inocencia. Pone la salchicha en su boca y la chupa.
La golpea. Le da una palmada en la cara. La salchicha se le rompe en la boca y cae al suelo. Brotan lágrimas y le caen por las mejillas.
—Lo siento —dice—. No me pegues de nuevo.
La gente se vuelve para mirar, pero nadie se detiene. Henry los ve difuminados, por el rabillo del ojo. Sólo a ella la ve con claridad.
—No lo haré —dice, vacío, desvaneciéndosele la ira tan pronto como apareció—. ¿Por qué me haces eso?
—Lo siento. Por favor, no vuelvas a pegarme.
—No lo haré.
Se toma de su brazo y se reclina contra él.
—Puedes hacerlo si quieres. Pero no aquí. Espera hasta que lleguemos a casa.
—No te preocupes. No importa. No te golpearé otra vez.
—Lo siento, Henry.
Es bueno que lo hieran a uno cuando puede dar el zarpazo al sentir el dolor, en vez de frustrarse en silencio, año tras año. Es bueno que el odio se vaya pronto del alma cuando se puede herir a quien se ama con el odio que uno siente, y no sentirse culpable por ella. ¡Oh Dios, ella le hace tanto bien!

 

Escribe a Nigeria, explicando su idea y preguntando si estarían interesados en continuar indagando al respecto. Describe exactamente el tipo de equipo que deberán poner a su disposición para su trabajo y qué clase de apoyo se precisaría. Les dice que no espera contar con ayuda económica de los Estados Unidos, tal como están los tiempos, pero que estaría muy satisfecho de vivir según el nivel de vida de Nigeria. Sugiere que quizás el programa fundamental de exploración podría realizarse en dos o tres años, y que si bien sus planes no pueden considerarse en ningún caso definitivos por el momento, tiene la idea de ir a Nigeria por ese lapso, llevando consigo un ayudante técnico. Dejaría a su familia en casa, escribe, pues su mujer no sirve para los rigores del terreno y sus hijos han de terminar sus estudios. El ayudante que está pensando en llevar consigo, y se da el caso que es una muchacha, es resistente y adaptable y, está seguro, será capaz
de acostumbrarse a las penalidades de la geología exploratoria en el campo nigeriano. No tienen por qué preocuparse a este respecto.
No le habla de todo esto a Becky. No tiene sentido hablar de ello hasta no ver si puede arreglar las cosas con las autoridades nigerianas. Si lo lograse, ésta podría ser la solución. A su esposa no le importada que él se marchase por unos años, mientras el dinero continuase ingresando y su responsabilidad oficial para con ella siguiese siendo la misma. Las \ niñas no tendrían por qué saber nada excepto que él está fuera, trabajando en lo mismo de siempre, tan sólo una salida un poquitín más larga que de ordinario. Pero eso no importaría, están de todos modos tan enfrascadas en su vida escolar...
A Cynthia le corresponde entrar en la universidad en otoño. Mientras no haya una declaración formal respecto de que las abandona, ni advertirán su ausencia. Basamos nuestras reacciones en las formalidades de la vida, no en las realidades.
¿Querría Becky acompañarlo? Sonríe. Ella es en verdad resistente y adaptable. Y si algo puede decirse de ella es que es fácil de acomodar.

 

A fines de mayo empezó a hacer planes para ir a Bermuda. Es decir, estuvo haciendo los planes todo el año, y comenzó entonces los detalles finales. En Bermuda hay un Instituto de Geología, y la universidad arrienda esas instalaciones durante un mes a principios del verano. Henry es el encargado de llevar allí un grupo de alumnos de último año y de principio del doctorado para un curso que conjuga laboratorio y trabajos sobre el terreno. Se forman así una idea de cómo se estudia en cada zona directamente, en condiciones cuidadosamente controladas y agradabilísimas, por supuesto, y resulta que Bermuda es un lugar ideal para cierta clase de estudios geológicos. Ya hace diez años que va allí año tras año, y siempre disfruta al ir. Es casi un segundo hogar. Su esposa y las niñas también van. Para ellas es vacación pura y simple. También lo es para él, en verdad. Se levanta temprano con los estudiantes y los hace iniciar el trabajo de la jornada, pero luego, de ordinario, hacia la hora de comer puede dejarlos y va a pasar el resto del día en la playa o vagando por la ciudad con la familia.
En las tardes le agrada sentarse en la playa a leer hasta
que el sol desaparece lentamente, hasta que se desvanece la luz y las palabras de la página se le escapan. El año pasado, Cynthia comenzó a llevarle un buen aperitivo seco a esa hora precisa, y él se quedaba sentado allí, sorbiéndolo, dándole un trago a ella de cuando en cuando, mientras la oscuridad se extendía sobre el agua y hasta la arena. Cuando ya no quedaba nada por ver, y sólo el sonido de las olas por oír, le devolvía el vaso y él se llevaba las sillas y subían a casa a cenar.
—No está mal como manera de ganarse la vida.
—Pero, ¿cuándo te vas? —preguntó Becky.
—La próxima semana. El lunes.
—Podrías habérmelo dicho.
—Te lo dije. Te hablé de esto hace semanas.
—Sí, es muy posible —replicó—. Cuando faltaba tanto que yo no pondría atención ninguna. No lo has mencionado últimamente.
—Se me olvidó por completo.
—No tenía idea de que te irías.
—Es sólo por un mes. Bueno, en realidad seis semanas. Lo siento, tengo que ir.
—Sé que tienes que ir. No digo que no debieras ir. Sólo digo que deberías haberme hablado de eso. Podría entonces haber arreglado las cosas para irme yo también a algún lado.
—Aún tienes tu trabajo en el laboratorio.
Ella lo miró.
—Supongo que quieres almorzar —dijo.
—Más tarde.
—No.
—¿No habrá almuerzo?
—Más tarde, no. Ahora o nunca.
—¿Me estás retirando tus favores? —preguntó Henry. Pensó por un segundo que ella lloraría, pero en vez de eso sonrió.
—Me pongo tonta, ¿verdad? —preguntó. Se le acercó y apoyó la cabeza en su hombro.
—No —dijo Henry—. Eres perfectamente razonable. Sabía que te habías olvidado de Bermuda. No te lo recordé a propósito.
—¿Por qué?
—No me atreví a tratar de nuevo el tema. No quería decírtelo.
—¿Pero por qué?
—Supongo que esperaba que si yo no decía nada al respecto, el asunto pasaría y nos dejaría a los dos juntos en paz.
—Pero tienes que ir.
—Sí, es verdad.
—Está bien.
Ella levantó la cabeza y le mordió la oreja.
—Piensa lo que quieres para comer, y me lo dices más tarde.

 

—Escríbeme —dijo a Becky—, y hazlo francamente.
—Francamente, te escribiré.
—No quiero decir eso.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir, no seas valiente. Si estás triste, cuéntamelo.
—¿Y tú, qué harás?
—Sufrir. Sólo eso, y nada más. Pero al menos escribe y cuéntamelo. No dejes que se acumule, y... Becky...
—¿Qué?
—No me mientas.
—No te mentiré.
—Quiero decir, en nada.
—¿Como en qué, por ejemplo?
—Cualquier cosa.
—¿Cualquier clase de cosas?
—Cualquiera, Becky. Ya sabes qué quiero decir.
—No. No lo sé.
La tomó y la estrechó apretadamente.
—Putita —le susurró al oído—, tú sabes lo que quiero decir. Becky lanzó una risita:
—Supongo que me portaré mal cuando te hayas marchado. —¿Qué?
—Bueno, ¿por qué no? Tú estarás allá en Bermuda bronceándote con tu esposa; y, ¿por qué no voy yo a buscar uno que otro lecho por ahí? ¡Ay!
—¿Quieres que te zurre otra vez?
—Estaba fastidiándote, nada más.
—¡Y yo también! ¿Quieres que te muestre cuán fuerte puedo zurrar cuando lo hago de veras?
—No te preocupes, me acuerdo. Me portaré bien.
—¿Prometido?
—Prometido.
—Pero en caso contrario, si te portas mal, quiero saberlo. —No, no quieres.
—Sí quiero. Escúchame, quiero saberlo, de verdad. ¿No te has propuesto portarte mal, no?
—No, claro que no. No te preocupes. Seré buenecita.
—Muy bien. Pero si algo llegase a ocurrir, si por el motivo que fuese, bueno, tú sabes, te acostaras con alguien...
—¿Sí?
—Quiero saberlo.
—¿Por qué? Sólo te perturbaría.
—Porque si no me lo prometes, no lo sabré, y entonces si te portas bien, estaré nervioso igual, sin motivo alguno, sólo por ignorar que no te estás portando mal. Así que prométeme que me lo dirás.
—No —dijo Becky—. Sufre.
—¡No estoy bromeando! Mira, lo digo en serio. Prometo no ponerme intranquilo. Entenderé. Pero quiero saberlo.
—¿Cómo puedes entender?
—Entenderé.
—Muy bien. Si lo dices de verdad.
—Lo digo de veras. Pero no dejes que suceda.
—No dejaré.
—No digo que sólo porque seas sincera y me escribas algo así no me voy a enojar. Me daría furia.
—Ya lo sé —sonrió—. Trataré de ser buena.
—¿Tratarás?
—Seré buena.
—Ven a la cama, entonces, como una buena niñita.
—Primero un poco de música —dijo Becky, y fue hasta el tocadiscos, y luego volvió y subieron a la cama y se acurrucó contra él y comenzó a acariciarla, tendida allí, sonriéndole, y comenzó a reconocer la música.
—Ése es el Trío de Brahms —dijo Henry.
—Sí.
Pensó al respecto. Ella estaba a punto de empezar una de sus risitas. Dejó de acariciarle, la miró, y trató de recordar.
—¿No es eso lo que la esposa de madre solía poner —preguntó—, cuando hacía el amor con su amigo? ¿No es eso lo que nos contó madre?
—Él estaba provocando —replicó Becky.
—¿Provocando? ¿Provocándonos?
—Embromándote a ti. Es lo que madre y yo solíamos poner cuando hacíamos el amor.
Rodó por la cama y le dio una nalgada, luego se levantó y quitó el disco.
—Déjalo sonar —dijo ella—. Es tan perfecto para hacer el amor... Anda, ven, hagamos la prueba, te encantará.
—¡Becky! ¡Un día te voy a matar!
—No. No lo harás. Ni siquiera eres verdaderamente celoso. Finges serlo solamente.
La miró. No se había percatado de que ella lo sabía. Pero sin embargo, no era del todo cierto. Cuando sucede, él siente que puede detenerse si realmente quiere, pero cada vez que ella le hace eso él encuentra que no se frena, que la rabia vuelve a crecerle. Así que quizá no pueda frenarse, tal vez sea algo real. Suspira. No lo sabe a ciencia cierta. Una de las cosas más difíciles de la vida es no creer todas las mentiras que uno se ve obligado a contar.
—No creo que tengas razón —dice—. De hecho, ¿quieres que te diga cuál es el mayor de mis temores?
—¿Cuál es el mayor de tus temores, hombre?
—Real y verdaderamente, que algún día te vaya a matar. Su rostro se ilumina.
—¿Acaso te gusta eso? —pregunta él.
—Si lo dices de veras... Cómo te diría, es un gran cumplido, ¿no?
—Supongo que sí. No lo había pensado así. Pero lo digo en serio, Becky. Tengo tanto miedo de que un día lleves la cosa tan recondenadamente lejos, que yo salga realmente de mis casillas y te mate.
—¿Con un revólver?
—No estoy bromeando. Te golpearé y caerás y te romperás la cabeza, o te estrangularé y no podré parar. Realmente temo eso.
—Bah —dice ella—. Vuelve a la cama.
Henry vuelve, ella le echa un brazo al cuello, pone la cabeza sobre el pecho de él, y lo toca.
—Tan suave —murmura.
—Para adormecerte mejor, querida.
—Ay, pero Abuelita, se está poniendo duro,
—Para acariciarte mejor, querida.
—¿Me amas, Abuelita?
—Sí, niña, sí.
Ella saca la cabeza y se besan suavemente.
—Oh, Abuelita —dice—, qué lengua tan larga tienes.
—Para comerte mejor, querida.
—Hazlo, por favor, Abuelita.

 

La semana siguiente, el lunes, Henry marcha a Bermuda con su esposa y familia. Se sienta en el avión, tan alto sobre el agua azul, que está perdido en la neblina blanquecina, y piensa, cavila.
¿La ama? ¿La ama, realmente? «No es como si me estuviese engañando», piensa, «no pienses eso. Entiende estos juegos que ella hace. Es difícil expresarlo en palabras, pero sé lo que quiere decir».
«Ella es aún tanto niña como mujer», piensa, «y eso la hace muy difícil de entender. Pero yo la entiendo, sí, aun cuando no pueda decirlo en palabras. Cuando más cerca estuvo ella misma de expresarlo fue cuando dijo que estaba asustada. Temerosa del miedo, del hambre, de la privación, asustada del mundo real, por eso es que hace estos juegos, tratando de ponerme celoso todo el tiempo. ¿La amo? ¿Cómo puede saberlo ella? Le digo que sí, pero luego me voy a casa con mi esposa. ¿Qué puede creer la pobre Becky?»
«¿Qué creo yo mismo?», piensa, y rechaza la segunda taza de café ofrecida por la azafata sonriente.
«¿Qué creo yo mismo? ¿Qué he de hacer con ella? ¿Será a lo mejor simplemente una pasión pasajera? ¿Podría ser amor realmente? Pero hay algo seguro. No es justo para ella. No es justo. Entonces, ¿qué debería hacer? ¿Abandonarla a su suerte?» Pero no puede. Aunque pudiera, y no puede, no podría. Ella no se iría. Lo ama.
¿No lo ama?
Y entonces, ¿qué? ¿Divorciarse? Increíble. Impensable. Han pasado una vida juntos, su mujer y él, han criado dos niñas de la nada, de simientes, hasta hacer dos chicas vivas, reales. ¿Y qué pasa con las niñas? Se quedarían con la madre, por supuesto. Claro que lo harían. Son chicas, tendrían compasión por ella. Y no hay nada que pudiera hacerlas cambiar de idea. Su esposa no ha hecho nada malo. La culpa sería de él, enteramente. Perdería a las niñas para siempre. ¿Y qué daño les haría a ellas? Justamente despiertan ante los muchachos y el sexo. Cathy algo más rápido que Cynthia, desgraciadamente, pero eso no interesa ahora. Apenas comienzan a pensar en casarse.
Esto sería un golpe cruel. Y su mujer es tan maligna que no se lo explicaría de modo apropiado. Insistiría en ello, una y otra y otra vez, les diría toda clase de cosas hasta que él terminaría convertido en un monstruo obsesionado por el sexo, y todos los hombres se metamorfosearían según esa imagen. Les arruinaría la vida por desahogar su propio despecho. Como cualquier madre.
No, no puede hacerlo.
Pero, entonces, ¿qué puede hacer? Esto no puede continuar.
—Atención, por favor. Les habla el capitán. Estamos volando a una altitud de nueve mil metros...
Otra vez vuelve la azafata. La llama con la mano y le pide otra taza de café.
—¿Negro? —le pregunta.
Sonríe. Le recuerda a Becky.

 

Los días pasan. Madre se sienta solo en su piso y contempla la ciudad. Se pone su batín de terciopelo y piensa en levantarse, e ir al baño y sacar la heroína y volar un poco, pero siente al respecto más o menos lo mismo que la generación de Henry siente respecto de beber solo. Un bebedor solitario es un borrachín, un viaje solitario es un viaje de adicto. Era divertido de vez en cuando con Becky, pero no lo sería así, solo.
Pasan los días. Piensa en diversas cosas entretenidas que podría hacer. Se sienta y las piensa, y cuanto más piensa, menos divertidas parecen.
Piensa en otras chicas a las que podría llamar. No hay escasez de tales chicas. Hay montones de chicas; por ejemplo, por ejemplo ésta: podría llamar si quisiese, podría llamar...
Se sienta, piensa, y ninguna de ellas le parece atractiva. Bueno, entonces, a olvidarse de las chicas.
Olvidarse de todo. Deja la mente en blanco. Se queda sentado, sin pensar en nada, y trata de lograr la liberación. Ve la quietud, el vacío, oye colores, huele agua, siente que el mundo se desliza fuera de su mente. Entonces, de pronto, ¡comprensión! ¡Revelación! Grita: «¡Dios mío!»
Se levanta, se pone en el centro del salón, y muy a lo Rex Harrison, exclama asombrado:
—«He llegado a acostumbrarme a su rostro!2»