CAPÍTULO XIX

 

11-20 de julio de 1972

 

Al día siguiente comenzó a trabajar en su oficina. Todo el correo que su secretaria había considerado importante le había sido remitido mientras estaba fuera, lo que dejaba sólo el papeleo por despachar. Era un montón considerable. Lo revisó con rapidez, buscando otra tarjeta o carta de ella, y luego, al no hallar ninguna, se puso a inspeccionar papel por papel.
Había, naturalmente, problemas. Había una carta de la Fundación Científica Nacional. Esto de ordinario entraba en el correo importante que debería haber sido remitido automáticamente a Bermuda, pero había dado orden estricta a su secretaria de que no quería oír hablar de la FCN por ningún motivo. En vez de enviarle tales cartas debía más bien quemarlas. Le parecía haber sufrido ya bastantes agravios.
Pero ahora habían pasado las vacaciones y la abrió. Y ahí estaba, exactamente, lo que se temía. Habían recibido su propuesta y la aceptaban. Hurra. Pero... Pero les parecía que el presupuesto era un poquitín exagerado y, ¿podría hacer el favor de repasarlo cuidadosamente y recortarle un 50 por ciento? En especial, sugerían que no necesitaba tanto nitrógeno líquido como él había calculado, y, ¿no creía que quizá la gente estaba apoyándose demasiado en costosos cálculos por ordenador cuando gran parte del trabajo podía hacerse con regla de cálculo? Los gastos de viaje eran un poco elevados, y si él insistía en pagar tanto a sus técnicos tendría que conseguir para ellos el apoyo de alguna universidad. Etcétera, etcétera.
Tendría que repasar el conjunto con el decano, por cierto, y éste se molestaría al ver la fecha de la carta de la FCN. ¿Por qué no había sido remitida a Bermuda para activarse, en vez de quedarse en la oficina, muerta durante seis semanas? Y Henry tendría que decirle que la habían pasado por alto en medio del lote. Estaría molesto porque la demora significaría otra demora equivalente en obtener fondos de la FCN, y eso significaría probablemente un lapso intermedio de un mes o seis semanas entre la cesación del contrato anterior de Henry y el inicio de este nuevo contrato, lapso durante el cual la FCN no cubriría los salarios, el de Henry, los de los diversos técnicos y estudiantes, gasto que habría de absorber la universidad en dicho período. Esto tendría que salir de los gastos generales del departamento, por supuesto, que está sobrepasado cada año y es motivo de agrios enfrentamientos entre el decano y los administradores, para luego llevar a un enfrentamiento con el presidente del consejo, y así subiendo el escalafón hasta Dios.
Henry se dijo que le importaba un bledo. La universidad ha de hacerse cargo de sus programas de investigación.
Y los estudiantes, por cierto, tenían problemas. Habían notas de tres de ellos, y todas aparecieron en el curso de la mañana. A uno le toca dar examen de calificación en setiembre, pero no ha aprobado las notas exigidas en idiomas y acaba de advertir la norma de que el tropiezo de idiomas ha de pasarse al menos un semestre completo antes del examen de calificación.
—¿Cuándo esperabas pasar tu examen de idiomas?
—Estoy estudiando alemán este verano; pensé que lo tomaría como primer curso en otoño y luego el de calificación a fines de setiembre. Pero si fallo esta vez en el de calificación no puedo ser admitido como candidato hasta el próximo semestre, y luego no puedo tomar ninguno de los cursos del nivel del 700 este otoño.
—Entonces tendrás que tomarlos en la primavera.
—Pero usted me dijo que siguiera mecánica estadística, y se da sólo cada temporada de otoño por medio. No puedo tomarlo en la primavera, ni siquiera el próximo otoño, porque no lo dictarán. Me habré diplomado antes de que se dicte de nuevo.
—Si Dios quiere.
El muchacho sonrió.
—Si Dios quiere, y usted también.
Y Brookshir había encontrado un tema de tesis que le agradaba: la abundancia de tierras raras en rocas abisales, pero eso supondrá algo de espectrometría de rayos gamma, de lo cual no se había percatado, y para hacer un buen trabajo precisará de un montaje con cristal de germanio contaminado de litio, del que carecen. Se desplomó cuando Henry se lo dijo. ¿No podría hacerlo por vía química húmeda?
—Probablemente —replicó Henry—. Pero te retrasará el doble, y cuando andes buscando trabajo y cuentes lo que hiciste para tu tesis, te dirán que por qué no utilizaste espectrografía gamma, y tú les dirás: «¿Ah?», y te dirán: «No nos llame, que ya le llamaremos.» Si vas a hacer algo, tienes que hacerlo bien hecho, y a partir del trabajo de Schmitt hace cinco años: la manera correcta de hacerlo es con espectrografía gamma.
—Me figuro que esos equipos son caros.
—Demasiado caros para nosotros. Demasiado caros y complicados como para montarlo para un proyecto.
El chico se marchitó, como planta sin agua.
—Podría enviarte a Bab Ridge —dijo Henry—. Tengo un amigo allí que tiene una instalación de ésas. No sabe nada de geología, pero puede enseñarte a manejar el artefacto.
Se reanimó.
—¿Podría hacerlo? ¿Podría ir, de verdad?
—Veré lo que puedo hacer.
Eso sí que levantaría roncha en el departamento. No hay un exceso de buenos estudiantes graduados, y existe una norma no escrita en contra del envío de los buenos a realizar sus investigaciones a otra parte. Los necesitan para supervisar a los estudiantes más jóvenes, para enseñar, y cosas de ésas. A nadie le importaría que se marchase si fuese un mal estudiante, y es ridículo que castiguen a alguien por ser buen estudiante, de modo que Henry tendrá que pelear hasta el fin.
Y quedaba la contabilidad final detallada del presupuesto del año anterior por arreglar con la FCN, quedaba elegir un libro de texto para el próximo semestre, quedaban decisiones administrativas del departamento en las que se esperaba que Henry participaría, quedaban cosas que hacer, en las cuales mantenerse ocupado.
Resultó que las noches en que sus hijas salían al cine o estaban mirando la televisión o escuchando música en su cuarto, y él quedaba solo en la sala con su mujer, eran las más difíciles.
Pasaron el lunes, y el martes, y el miércoles, y ¿dónde diablos estaba ella? Entendía que saliese con madre, realmente lo comprendía, no le iba a armar jaleo por eso, podía comprender su dolor, su soledad tan grande, y el que sólo cediese y saliese con el fulano así. ¡Pero ahora Henry estaba en casa! Ella sabía que estaba en casa. Él le había dicho el 10 de julio. ¿Dónde diablos estaba?
Pero después de todo, podría haberlo esperado. Esto es lo que ella hizo antes, ¿no es verdad? Se fue y dejó la escuela. Sin una palabra, sin una dirección, Dios sabe con quién, de modo que nadie sabía dónde estaba, si estaba viva o muerta. Y ahora, ¿qué podía hacer él? Podía estar literalmente en cualquier parte del mundo.
Se dijo que ella podría pasar años sin regresar o no volver jamás. Pero no haría eso. Intentó no pensarlo, sin embargo, por el principio aquel de que el agua no hierve si uno mira. Entretanto, llamaba todos los días a su piso. La línea permanecía desconectada provisionalmente. Llamaba cada día, por temor que la desconectaran permanentemente.
Sabe que él está en casa. ¿Por qué no viene? ¿Por qué no lo busca?
«No dejaré que esto ocurra nuevamente», decidió. «No le daré oportunidad de llegar a sentirse tan desdichada que me haga esto. Cuando regrese, me casaré con ella.»
Levantó la vista del libro que estaba leyendo y miró a su esposa, al otro extremo de la habitación. Parecía imposible que ella no hubiese oído ese pensamiento. Pero estaba absorta en su lectura. ¿Qué le diría? Qué escena horrorosa va a ser. No importa, lo haré. Tiene que hacerlo, no hay escapatoria. No puede pasar otra vez por esto. ¡No volverá a pasar por esto! ¡Se casará con ella y acabará con esta agonía!

 

Trabajó todo el día en la biblioteca para apartarse del teléfono inútil, irritante y silencioso, allí, en su escritorio. Se quedó hasta muy tarde, y al llegar a casa su esposa preguntó: —¿Dónde has estado todo el día?
—¿Cuándo?
—¿Qué quieres decir con «¿cuándo?»? Son más de las ocho.
No sabía qué hacer. Llamé al laboratorio y me dijeron que habías marchado.
—Lo siento. Estaba en la biblioteca. Me enfrasqué en un asunto, y allí no hay teléfono para llamarte.
—Deberían poner un teléfono.
—Si lo hicieran, la gente llamaría allí lo mismo que aquí, y la gracia es que puedas evadirte cuando estás en la biblioteca.
—Bueno, rio sabía dónde estabas, de modo que ya cenamos. Te calentaré la comida.
—No, no te molestes, la comeré fría. ¿Qué hay?
—Huevos pasados por agua.
—¿Huevos pasados por agua? ¿Vas a calentarlos?
—No si quieres comerlos fríos.
La miró. Ella rió.
—Sólo bromeaba —dijo—. Quiero decir que calentaré las verduras. No he cocido aún tus huevos.
Mientras él comía, ella se sentó y picoteó el postre, una tarta de café. Entró Cathy, probó un bocado y luego salió otra vez. Al irse dijo algo que sonó como «¿Le dijiste a papá lo de la persona que telefoneó?»
—Ah, sí —dijo su esposa—. Te llamaron por teléfono. Una chica que dijo que trabajaba contigo en el laboratorio. O dijo que había dejado ese trabajo. Escribí su nombre en algún lugar.
—¿Becky? —preguntó—. ¿Aaronson?
—Sí, creo que ése es.
—¿Qué decía?
—No mucho. Sólo que dejó el trabajo en tu ausencia y que ha estado fuera, y que si quieres verla por cualquier motivo ya está de regreso. ¿Quieres más espárragos?
—No, gracias.
—Pensé que te gustaban los espárragos.
—Con bistec, pero no con huevos.
—Siempre dices que quieres huevos en la cena. Comemos carne casi todas las noches, y siempre dices que quieres huevos de vez en cuando; pero cuando te doy huevos me dices que quieres un bistec.
—No he dicho que quiera bistec; me gustan los huevos, pero no me gusta comer espárragos con huevos.
—¿Y cuál es la diferencia? Si te gustan los espárragos, te gustan los espárragos.
—Detesto los espárragos. Pero el bistec disimula el sabor.
—¿Por qué los comes si no te agradan?
—Es bueno para las niñas. Y me gusta cómo combina su color con el rojo de la carne.
—En lo que estás pensando es en el vino.
—No estoy pensando en nada, sólo te estoy diciendo que me agradan los espárragos con bistec y no me agradan con huevos, ¿estamos?
—Eso es una tontería.
Henry respiró hondo.
Quedaron un momento en silencio.
—¿Dijo ella cuándo regresó? —preguntó Henry.
—¿Quién?
—Becky.
—¿Quién?
—La chica que me llamó, la del laboratorio.
—Ah. No. Hace unos días, creo. Parece simpática. No creo que sea muy feliz. ¿Lo es?
—No lo sé.
—No, claro que no. Pero no pareció que quería hablar. Es una cría muy confusa. Dijo que había dejado el trabajo porque había enfermado o tenido un accidente; sí, creo que se quebró algo. Luego supongo que, bueno, perdió el interés. Es muy confusa. Hay un joven que ayudó a cuidarla, un actor o algo así, y él tuvo que salir de la ciudad por un trabajo y ella se fue sin más con él. Y ahora están viviendo juntos. Muy confundida, la chica esa. Todas lo son. Es porque no quieren escuchar a nadie. Piensan que han de aprender por su cuenta cómo es el mundo, en vez de aprovechar lo que aprendieron sus padres. Y uno no puede aprender todo el mundo por sí solo, ¿verdad que no?
—Es muy confuso —convino Henry.
—¿Qué?
—El mundo. Es un mundo muy confuso.