CAPÍTULO XXXII

—Está en la isla —decretó el capitán Deemer—. Está en alguna parte de esta maldita isla.

—Sí, señor —respondió débilmente el teniente Hepplewhite.

—Y voy a encontrarlo.

—Sí, señor.

Estaban solos en un coche radio sin distintivo, un Ford negro. Conducía el capitán y el teniente estaba sentado a su lado. El capitán, inclinado sobre el volante, la mirada atenta, recorría Long Island en todas direcciones.

Cerca de él, el teniente miraba al vacío. No buscaba nada. Pero se repetía una vez más, en su fuero interno, el discurso que nunca le diría al capitán y cuya última versión era la siguiente:

“Capitán, ya hace tres semanas que ha dejado la comisaría a la deriva y que está obsesionado con ese banco. Se pasa todo el día, siete días por semana, recorriendo la región en su busca. Ha desaparecido, capitán. Ese banco ha desaparecido y no lo encontraremos nunca.

”Y sepa, capitán, que si usted está obsesionado hasta el punto de no poder olvidar esa obsesión, yo no lo estoy. Me ha sacado del servicio de noche, donde me encontraba tan bien. Me gustaba ser el responsable de la comisaría por la noche. Pero ha puesto usted a ese idiota de Schlumgard en mi puesto. Y Schlumgard no sabe nada de ese trabajo y lo hace todo al revés. Si algún día recupero mi puesto, me encontraré con que Schlumgard habrá desmantelado todo lo que yo había puesto en marcha.

”¡Tres semanas, capitán! La policía de Nueva York dejó de colaborar al cabo de cuatro días, prueba de que el banco ha podido salir de nuestra jurisdicción en cualquier momento de estos últimos diecisiete días. Puede estar en cualquier lugar del mundo en este momento. Ya sé cuál es su teoría, capitán: los atracadores escondieron el banco el primer día, vaciaron la caja fuerte en las veinticuatro horas siguientes y se largaron abandonando el banco donde estuviera. Incluso si tuviera usted razón, ¿adónde nos llevaría eso? Si lo escondieron tan bien que no hemos podido descubrirlo los primeros días, cuando se peinó la isla con todos los equipos de búsqueda, no lo vamos a encontrar nosotros ahora, al cabo de tres semanas, patrullando en un coche.

”Por lo tanto, capitán, creo que es mi deber comunicarle mi decisión. Si sigue usted buscando ese banco, es asunto suyo. Pero si no me permite volver a mi antiguo puesto, me veré obligado a informar de todo al Comisario Jefe. Capitán le he acompañado....”

—¿Qué dice?

Sorprendido, el teniente giró bruscamente la cabeza y miró al capitán con ojos de sorpresa.

—¿Qué? ¿Cómo?

El capitán Deemer frunció el ceño y luego volvió a concentrarse en la carretera.

—He creído que me decía algo.

—No, señor.

—Bien, sobre todo ponga atención.

—Sí, señor.

El teniente miró por la ventanilla sin esperanza. Subían una cuesta y, justo delante de ellos, se veía el rótulo del Snack Mckay. El teniente se acordó de la hamburguesa prometida y sonrió. Iba a volverse hacia el capitán y sugerirle que se pararan para tomar algo, cuando se dio cuenta de que el snack había desaparecido.

—¡Pues vaya! —exclamó.

—¿Qué ocurre?

—El snack, señor —dijo el teniente cuando pasaban delante—. Ya no está.

—Cierto.

El capitán no parecía estar interesado.

—Ha sido más rápido de lo que yo pensaba —añadió el teniente volviéndose para mirar el emplazamiento vacío.

—Buscamos un banco, teniente, no un snack.

—Sí señor.

El teniente se volvió y se puso de nuevo a mirar el campo.

—Ya sabía yo que no les iba a ir bien —suspiró.

FIN