CAPÍTULO III

Dortmunder había recorrido trescientos metros por la avenida Merrick balanceando su maleta casi vacía cuando el Toronado violeta se paró cerca de él a ras de la acera.

—¡Ehh, Dortmunder! —gritó Kelp—. ¡Sube!

Dortmunder se inclinó y miró por la ventanilla derecha que estaba abierta.

—Voy a coger el tren —dijo—. Gracias de todas formas.

Se enderezó y siguió su camino.

El Toronado lo adelantó como una tromba, pasó al lado de una fila de coches aparcados y se detuvo al lado de una boca de incendios. Kelp bajó, rodeó el coche y fue hasta Dortmunder que estaba en la acera.

—Escucha —dijo.

—Todo ha ido bien. Y quiero que siga yendo bien declaró Dortmunder.

—¿Acaso tuve yo la culpa de que aquel tipo se me metiera dentro?

—¿Te has fijado en la parte trasera de este coche? —preguntó Dortmunder señalando el Toronado cuando pasaba por delante del coche.

Kelp le seguía el paso.

—¿Y qué cojones me importa? No es mío.

—Está en bastante mal estado.

—Escucha, ¿no quieres saber para qué te buscaba?

—No.

Seguía caminando.

—¿A dónde vas?

—A la estación.

—Ven, te llevo.

—¡Bueno, vale! —dijo Dortmunder sin dejar de caminar.

—Escucha, llevas tiempo esperando por un buen golpe ¿verdad?

—¡No empieces otra vez!

—¿Vas a escucharme hasta el final? Supongo que no querrás pasar el resto de tus días de vendedor ambulante de enciclopedias en la costa Este ¿verdad?

Dortmunder no contestó. Siguió caminando.

—¿Qué? ¿No me contestas?

Dortmunder seguía caminando.

—Dortmunder, te juro y prometo que es un buen golpe. Está garantizado. El gran golpe. Tan grande que podrás retirarte al menos tres años. Quizá incluso cuatro.

—La última vez que me avisaste para un gran golpe quedé más arruinado de lo que estaba.

Seguía caminando.

—¿Acaso fue culpa mía? No tuvimos suerte, eso es todo. La idea era de primera, reconócelo. Por el amor del cielo, ¿vas a parar?

Dortmunder no se paró.

Kelp echó una carrera hacia adelante, hasta ponerse delante de él y luego se puso a trotar hacia atrás.

—Todo lo que te pido es que me escuches y que lo pienses. Sabes que me fío de tu buen criterio. Si me dices que no vale la pena no lo discutiré ni un segundo.

—Vas a atropellar a ese pequinés —dijo Dortmunder.

Kelp dejó de caminar hacia atrás, se volvió, fusiló con la mirada a la señora del pequinés y se puso a caminar normalmente a la izquierda de Dortmunder.

—Somos amigos desde hace mucho tiempo y te pido como favor personal que te dignes escucharme, que valores el asunto.

Dortmunder se paró en la acera y dirigió a Kelp una mirada sostenida.

—Somos amigos desde hace mucho tiempo y sé que si me metes en un negocio se irá al carajo.

—Eres injusto.

—Nunca dije lo contrario.

Dortmunder iba a reanudar su camino cuando Kelp añadió:—De todas formas no es una idea mía. ¿Conoces a Víctor, mi sobrino?

—No.

—El ex agente del F.B.I. ¿Nunca te hablé de él?

—Dortmunder lo miró.

—¿Tienes un sobrino agente del F.B.I.?

—Ex agente. Se fue.

—¿Se fue?

—Bueno, o lo echaron. Tuvo problemas por culpa de un apretón de manos secreto.

—Kelp, voy a perder el tren.

—¡No es broma! No me lo estoy inventando. Víctor no hacía más que mandar informes sobre la necesidad de que el F.B.I. estableciera un apretón de manos secreto para que los agentes pudieran reconocerse en las fiestas y sitios así, pero nunca quisieron. Entonces se fue o lo echaron. Algo así.

—¿Y es ése el que tuvo la idea?

—Escucha, formó parte del F.B.I., pasó los test y todo. No tiene un pelo de tonto. Fue al colegio y todo.

—Pero quería establecer un apretón de manos secreto.

—¡Nadie es perfecto! Escucha, ¿Quieres quedar con él y que te cuente? Víctor te va a gustar. Es un buen tipo. Y ten por seguro que el golpe está garantizado.

—May me espera en casa —dijo Dortmunder que se sentía flaquear.

—Llámala. Te pago la llamada. Venga, ven ¿qué te parece?

—Que estoy haciendo una estupidez, eso es lo que me parece.

Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Un segundo más tarde Kelp se puso a su lado, todo sonrisas. Avanzaron uno al lado del otro.

El Toronado tenía una multa.