CAPÍTULO I
Sí —dijo Dortmunder—. Usted y su familia podrán disfrutar de todo esto por el módico precio de diez dólares.
—¡Ohh! —dijo la señora.
Era una guapa señora de unos treinta y cinco años, bajita, regordeta y, por el aspecto de su sala, muy metódica. La habitación era fresca, confortable y limpia, sin ninguna característica especial a no ser la de una gran pasión por la limpieza. Las cortinas que orlaban el ventanal caían tan tiesas, cada pliegue era tan impecablemente redondo y liso que, más que de tela, parecían una hábil imitación de escayola. La ventana daba a un trozo de césped limpísimo lindante con la calle de barrio inundada de sol primaveral y, justo enfrente, a una casa estilo rancho exteriormente idéntica en todo a aquélla. “Apuesto lo que sea a que sus cortinas no están tan pulcras” pensó Dortmunder.
—Si —prosiguió señalando los folletos publicitarios que abarrotaban la mesa baja y el suelo de alrededor—. Tiene derecho a la enciclopedia y a la encuadernación, más la colección científica y su encuadernación, más el mapamundi y cinco años de utilización gratuita de nuestro gigantesco centro de investigación moderna en Butte, Montana y...
—¿No será obligatorio ir a Butte, Montana, verdad?
Era una de esas mujeres simples y amables que siguen siendo guapas a pesar de sus cejas fruncidas. Su verdadera función en la vida habría debido ser trabajar en una cantina, pero aquí estaba, en este barrio de oficinistas en medio de Long Island. La mayor parte de las esposas que se topaba en su trabajo lo deprimían pero, de vez en cuando, se encontraba con una, como ésta, que no había sido lobotomizada por la vida en este tipo de barrios. Estos encuentros le alegraban la vida. “Es vivaz”, pensó y sonrió, feliz por haber podido colocar una palabra tan rara, aunque fuera en un monólogo interior. Luego dirigió la sonrisa hacia la dienta.
—Escribe usted a Butte, Montana. Dice que desea información sobre la ciudad...
—Anguilla —sugirió ella.
—Naturalmente —dijo Dortmunder como si supiera con exactitud de qué se trataba—. Lo que quiera. Y le envían la historia completa.
—Ohhh... —(miró los catálogos esparcidos por su impecable salita).
—Sin olvidar los cinco fascículos anuales —añadió Dortmunder— que le permitirán actualizar su enciclopedia durante cinco años.
—Ohhh...
—Y todo esto por el módico precio de diez dólares.
Hubo una época en la que utilizaba la frase “el miserable precio de diez dólares” pero se había dado cuenta de que los presuntos clientes que acababan por suscribirse casi siempre se extrañaban ante esta frase, así que había decidido cambiar “miserable” por “módico” y los resultados habían sido mucho mejores.
—Bueno, es una ganga, ¿me permite que vaya a buscar la cartera?
—Naturalmente.
Salió de la habitación. Dortmunder se sentó en el sofá y sonrió perezosamente al mundo exterior a través del ventanal. Había que sobrevivir de alguna manera mientras se espera la gran oportunidad. Y nada mejor para ello que el timo de la enciclopedia en primavera y otoño, porque en invierno hacía demasiado frío y en verano demasiado calor. En la estación adecuada, el timo de la enciclopedia era inmejorable. Permitía estar al aire libre en barrios elegantes, se podían estirar las piernas en cómodas salitas y charlar con agradables señoras y, además, daba para pagar las facturas de la tienda.
Diez dólares o quince minutos por cliente, aunque los que no querían le ocupaban menos tiempo. Contando que funcionara con uno de cada cinco, suponía diez dólares la hora. Con seis horas de trabajo al día y cinco días de trabajo a la semana, sacaba trescientos semanales: más que suficiente para una persona de gustos sencillos, incluso en Nueva York. Y el “mordisco” de diez dólares era la cantidad justa. Menos dinero no le compensaba y por encima de diez dólares entraba en el terreno en el que la esposa quería, o bien consultar con su marido, o bien pagar con cheque. Y Dortmunder no podía ir a cobrar un cheque extendido a una editorial. Los pocos cheques que no tenía más remedio que aceptar, los tiraba al final del día.
Ya eran las cuatro de la tarde. Éste sería el último cliente de la tarde. Luego se dirigiría a la estación más cercana y regresaría a la ciudad. May ya habría regresado de la tienda cuando él llegara. ¿Debía empezar a guardar los catálogos en la maleta? No, no había prisa. Además, sicológicamente, era preferible dejar las hermosas fotos a la vista de la dienta hasta que hubiera soltado los diez dólares. A la gente le gusta ver lo que compra.
Salvo que en este caso no comprara más que un recibo. Que haría bien en sacar, por otra parte. Abrió los cierres de su maleta, que estaba cerca de él en el sofá, y levantó la tapa.
A la izquierda del sofá, en una mesa baja, había una lámpara y el teléfono color crema a la europea. En el momento en el que Dortmunder metía la mano en su maleta, el teléfono emitió un ligerísimo “dit, dit, dit, dit, dit, dit, dit, dit, dit”.
Dortmunder miró para el teléfono. Alguien estaba utilizando otro aparato en otro lugar de la casa. Dortmunder siguió mirándolo y éste le respondió “dit”. Un número bajo esta vez, sin duda un 1. Otro “dit”. De nuevo un 1. Dortmunder esperó sin moverse pero el teléfono se quedó callado.
¿Un número de tres cifras? Una cifra alta y dos cortas. ¿Qué será...?
911: el número de la policía.
Dortmunder sacó la mano de la maleta, sin el recibo. Ya no podía perder tiempo recogiendo los folletos. Metódicamente cerró la maleta, se levantó, llegó a la puerta, la abrió y salió. La cerró cuidadosamente, recorrió a paso ligero el sendero embaldosado que llevaba a la acera, giró a la derecha y siguió su camino.
Necesitaba una tienda, un cine, un taxi, aunque fuera una iglesia. Cualquier lugar donde poder meterse. En la calle, así, estaba perdido. Pero, desgraciadamente, sólo veía casas, jardincillos, triciclos. Como el Árabe caído de su camello en “Lawrence de Arabia” siguió avanzando, pero sin esperanza.
Un Oldsmobile Toronado violeta con distintivos de médico pasó rugiendo en la dirección de la que él venía. Dortmunder no prestó atención hasta que oyó los frenos rechinar a su espalda. Se le iluminó la cara.
—¡Kelp! —dijo.
Se volvió. El Oldsmobile dio media vuelta completa, titubeante y torpe. El conductor giraba el volante histéricamente como un capitán pirata en plena tempestad mientras el Oldsmobile bandeaba entre las dos aceras.
—Rápido, Kelp —farfulló Dortmunder.
Sacudió un poco la maleta como para ayudar al coche a enderezarse.
Finalmente el conductor subió el coche a la acera, describió un arco para volver a la calzada, retrocedió y se detuvo justo al lado de Dortmunder. Este último, cuyo entusiasmo se había disipado un poco, abrió la puerta y subió.
—Por fin te encuentro —dijo Kelp.
—Me has encontrado. Larguémonos de aquí.
Kelp estaba contrariado.
—Te busqué por todas partes.
—No eres el único —replicó Dortmunder.
(Volvió la cabeza para mirar por el cristal trasero. Todavía nada) —Vámonos.
Pero Kelp seguía contrariado.
—Ayer por la noche me dijiste que estarías en el barrio de Ranch Cove todo el día.
Dortmunder contraatacó.
—¿No estoy?
Kelp señaló con el dedo en el parabrisas.
—Ranch Cove termina a trescientos metros de aquí. Estamos en Elm Valley Heights.
Dortmunder miró a su alrededor y no vio ni olmos, ni valles ni colinas.
—He debido atravesar la frontera sin darme cuenta —dijo.
—No he dejado de dar vueltas en todas direcciones. Aunque no lo creas pensaba dejarlo y volver a la ciudad. Ya no contaba encontrarte.
¿Se oía una sirena a lo lejos?
—Bueno, ahora ya me has encontrado. ¿Y si nos fuéramos?
Pero Kelp no quería que la conducción lo distrajera. Su espíritu estaba con el cartel de “ocupado” y todavía no lo había dicho todo.
—¿Te imaginas lo que es pasar un día en el coche buscando a un tipo que ni tan siquiera está en Ranch Cove?
Sí, era una sirena. Y se acercaba.
—Ya, pero ahora podríamos irnos.
—Muy gracioso. Fíjate, he tenido que poner un dólar de gasolina de mi bolsillo y el depósito estaba casi lleno cuando cogí el coche.
—Te lo pagaré si te decides a gastar un poco de esa gasolina para ir lejos de aquí.
Al final de la calle vio un minúsculo intermitente rojo que venía a su encuentro.
—No quiero tu dinero. (Kelp se había suavizado un poco pero todavía seguía enfadado) Lo único que quiero es que se esté en Ranch Cove cuando se me dice que se va a estar ahí.
Había un coche de policía debajo del intermitente rojo. Se aproximaba a toda velocidad.
—Perdona —dijo Dortmunder—. A partir de ahora no lo haré más.
Kelp frunció el ceño.
—¿Cómo? no es tu estilo hablar así. ¿Qué te pasa?
El coche de policía estaba a sólo doscientos metros. Dortmunder se tapó la cara con las manos.
—¡Ehh, tú! ¿Qué te pasa? —preguntó Kelp.
Después de eso dijo algo más, pero el ruido de la sirena tapó su voz. La sirena siguió aumentando de volumen, luego se estabilizó en una clave menor y, finalmente, se calló.
Dortmunder levantó la cabeza y miró a su alrededor. Cien metros detrás de ellos, el coche de policía frenaba delante de la casa de la que venía Dortmunder.
Kelp miró por el retrovisor frunciendo el ceño.
—¿A quién buscarán? —dijo.
—A mí —respondió Dortmunder con una voz un poquito temblorosa—. Ahora, ¿te importa que nos vayamos de aquí?