CAPÍTULO XXXI

—Veintitrés mil ochocientos veinte dólares —anunció Dortmunder y estornudó.

Estaban todos reunidos en el apartamento que compartía con May. Todos se habían cambiado de ropa. Mamá Murch había rebuscado en el armario de May y los cinco hombres en el de Dortmunder. Todos estornudaban a más y mejor y May había preparado un enorme recipiente de té con whisky.

—Casi veinticuatro mil —señaló Kelp con voz alegre—. Podía haber sido peor.

—Sí —dijo Dortmunder—, podían ser billetes de la guerra de secesión.

Murch estornudó.

—¿A cuánto tocamos por barba?

—Primero tenemos que pagarle al prestamista: ocho mil dólares. Quedan quince mil ochocientos veinte. Dividido por siete: dos mil doscientos sesenta dólares para cada uno.

Murch hizo una mueca, como si algo oliera mal.

—¿Dos mil dólares? ¿Sólo eso?

Herman y mamá Murch estornudaron al unísono.

—Apenas para pagar el médico y las medicinas —dijo Dortmunder.

—En todo caso —dijo Víctor—, hicimos el trabajo, eso tienes que reconocerlo. No puedes decir que haya sido un fracaso.

—Puedo, si quiero.

—Toma un poco más de té —dijo May.

Kelp estornudó.

—Dos mil dólares —repitió Herman sonándose—. No me resuelve nada.

Estaban todos en el salón, alrededor de los billetes ennegrecidos, de los billetes húmedos y de los billetes intactos amontonados en la mesa en varios fajos. El apartamento estaba caliente y seco, pero el olor de la ropa mojada y del desastre se escapaba del dormitorio y llenaba la habitación.

Mamá Murch suspiró.

—Y pensar que voy a tener que volver a ponerme el collarín.

—Lo has perdido —le respondió su hijo con tono de reproche—. Lo has dejado en el banco.

—Bueno, compraremos uno nuevo.

—Otro gasto más.

—Bueno —cortó Kelp—. Lo mejor que hacemos es repartir el dinero y volver a nuestras casas.

—Repartir el dinero —rió Dortmunder mirando los billetes de encima de la mesa —¿Tienes un cuentagotas?

—No ha sido tan desastroso —insistió Kelp—. No nos vamos con las manos vacías.

Víctor se levantó y se estiró.

—Claro, pero estaría mucho mejor si tuviéramos el resto del dinero.

—Es lo menos que se puede decir —dijo Dortmunder.

Repartieron el botín y se separaron. Antes de marcharse prometieron devolver las ropas prestadas y recuperar las propias. Una vez solos, Dortmunder y May se sentaron en el sofá y miraron los cuatro mil quinientos veinte dólares que quedaban en la mesa. Suspiraron.

—En todo caso —dijo Dortmunder—, tengo que reconocer una cosa: que estuvimos entretenidos.

—Lo peor de un catarro —dijo May—, es el sabor que da al tabaco.

Se quitó la colilla de la boca y la tiró a un cenicero, pero no encendió otro cigarrillo.

—¿Quieres un poco más de té?

—Todavía me queda —bebió un trago y frunció el ceño—. Dime, ¿qué proporción de whisky tiene?

—Más o menos la mitad.

Tomó varios sorbos más. El brebaje caliente exhalaba un aromático vapor.

—Podías preparar otro poco.

May asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa.

—De acuerdo.