CAPÍTULO XXIII
—Puedo conseguirlo —dijo Herman—. No es ése el problema.
—Entonces dinos cuál es el problema —respondió Dortmunder—. No nos tengas en vilo.
Estaban parados. Murch los había dejado en una plaza libre, al fondo del camping de caravanas Wonderlust, una especie de pueblo nómada, en un extremo de Long Island. Los dueños del Wonderlust vivían más allá, en una casa de verdad. No se darían cuenta de la presencia de intrusos hasta la mañana siguiente. Los ocupantes de las otras caravanas podían despertarse con el ruido del motor, pero, después de todo, no es raro que llegue gente a un camping en plena noche.
Murch se había ido con el tractor que abandonaría a unos veinticinco kilómetros de allí, en un lugar en el que había dejado la furgoneta Ford que utilizarían para la huida. May y mamá Murch habían acabado de dar al banco el aspecto familiar que estaba previsto. Herman, que estaba con la caja fuerte desde que habían salido del estadio de football, tenía que abrirla antes de que llegara Murch con el Ford. Pero las cosas no iban como era de esperar.
—El problema —explicó Herman—, es el tiempo. Es un modelo muy nuevo que nunca he visto. El metal es diferente, las cerraduras son diferentes, la puerta es diferente, todo es diferente.
—O sea, que vas a necesitar más tiempo —sugirió Dortmunder.
—Sí.
—No hay prisa —dijo Dortmunder consultando el reloj—. Todavía no son las tres. Podemos quedarnos aquí hasta las seis o seis y media.
Herman movió la cabeza.
Dortmunder se volvió hacia May. Seguían alumbrándose con linternas. La expresión de May era difícil de descifrar, al contrario que la de Dortmunder.
—Ya sabía yo que me iba a meter en un lío —dijo.
—Herman —dijo May avanzando con el cigarrillo entre los labios—. Di, Herman ¿es tan jodido?
—Muy jodido.
—¿Muy, muy jodido?
—Terriblemente jodido. Jodidísimo.
—¿Cuánto tiempo necesitarás para abrirlo?
—Todo el día.
—Maravilloso —dijo Dortmunder.
Herman lo miró largamente.
—Me fastidia tanto como a ti. Pero estoy haciendo todo lo posible, tenlo en cuenta.
—Lo sé, Herman —dijo May—. Pero lo que hay que saber es si finalmente conseguirás abrirlo.
—Si tengo tiempo, sí. En un principio se suponía que podría disponer de todo el tiempo que quisiera.
—Nunca encontraremos un sitio donde esconder el banco —dijo Dortmunder—. Hemos hecho todo lo que hemos podido: pintura, visillos en las ventanas, camping de caravanas. De todas formas nos encontrarán por la mañana. Pero tenemos posibilidades de salir sanos y salvos si nos vamos a las seis, todo lo más a las seis y media.
—Entonces nos iremos sin el dinero —replicó Herman.
May se volvió hacia Dortmunder.
—¿Por qué nos tenemos que ir?
—Porque van a encontrarnos.
Mamá Murch avanzó con las linternas en la mano.
—¿Por qué nos van a encontrar? —preguntó—. Es como en “la carta robada”. Una caravana escondida en un camping de caravanas. Le hemos cambiado el color y las matrículas y hemos puesto visillos en las ventanas. ¿Cómo van a descubrirnos?
—Por la mañana —respondió Dortmunder—, el dueño o el encargado de este camping vendrá y se dará cuenta de que esta caravana no es de aquí. Entonces llamará a la puerta, abriremos y verá el interior.
Con un gesto, Dortmunder señaló lo que los ojos del dueño o del encargado verían.
—¿Y si le pagáramos la estancia? —sugirió May bizqueando a través del humo de su cigarrillo.
Todos la miraron.
—Me parece que no te he entendido muy bien —dijo Dortmunder.
—Sí. Esta plaza está libre. Hay cinco o seis más libres. Entonces, ¿por qué no nos quedamos en la caravana y le pagamos la estancia al encargado? Le pagamos dos días o una semana o lo que quiera.
—No es ninguna tontería —dijo Herman.
—Claro —aprobó mamá Murch—. Es igual que en “la carta robada”. Nos buscarán, buscarán la caravana y estaremos en la caravana en un camping de caravanas.
—Los robos de cartas, chantaje o cosas como ésas no son mi especialidad —replicó Dortmunder—. Pero sé de atracos. No... cuando se atraca un banco no se queda uno en el banco después del atraco. Se larga uno lejos. En fin... no se hace, simplemente no se hace.
—Espera un poco Dortmunder —dijo Herman—, el atraco aún no ha tenido lugar. Esta jodida caja me tiene preocupado. Si nos quedamos aquí podemos conectar la electricidad del camping. Así podría utilizar las herramientas necesarias y hacer el trabajo mejor.
Dortmunder frunció el ceño y recorrió el interior del banco con la mirada.
—Todo lo que puedo deciros es que me pone nervioso quedarme aquí. Me estaré volviendo viejo, pero me pone nervioso.
—Antes no solías darte por vencido —dijo May—. No, no es tu estilo.
Dortmunder se rascó la cabeza y siguió con su inspección.
—Ya sé, pero esto no es un atraco normal. Generalmente se entra, se coge, se sale. No se queda uno a vivir.
—Es sólo un día. El tiempo que necesito para abrir la caja.
Dortmunder siguió rascándose la cabeza, luego dejó de hacerlo de repente.
—¿Y para conectar la electricidad y el agua? ¿Tendrán que entrar?
—No necesitamos agua —dijo mamá Murch.
—Si estamos mucho tiempo, sí.
—Es obligatorio según las leyes sanitarias —dijo May.
—¿Lo veis? —dijo Dortmunder.
—Lo haremos nosotros —dijo Herman.
Dortmunder le dirigió una mirada francamente contrariada. Cada vez que desechaba una idea por imposible, a alguien se le ocurría otra solución.
—¿De qué hablas?
—De la conexión. Tú, yo y Murch podemos hacerlo ahora mismo. Así todo estará hecho y cuando el fulano aparezca, mamá Murch saldrá, o May o quien quieras y le pagará. Y si pregunta por qué está todo conectado le contaremos que llegamos por la noche tarde y que lo hicimos nosotros para no molestar a nadie.
—Mira —dijo May—, si corremos este mostrador, ponemos este chisme encima de aquello y lo apartamos todo, podemos abrir esta puerta y desde fuera nadie verá nada anormal. Parecerá un pasillo.
—Por aquí —sugirió mamá Murch—, podemos despejar este rincón, coger esta silla, aquélla, la mesa, ponerlas así. E incluso si alguien se pone en el umbral, no se nota nada.
—Catastrófico —dijo Dortmunder.
—Rincón comedor —se obstinó mamá Murch.
—No pueden registrar todas las caravanas de Long Island —replicó Herman—. Supongamos que la poli va a todos los campings...
—Sabes de sobra que lo harán —dijo Dortmunder.
—Pero no buscarán una caravana verde con matrícula de Michigan con visillos en las ventanas y ocupada por dos encantadoras señoras de cierta edad.
—¿Y si quieren entrar?
—Ahora no, señor agente. Mi hermana está en la ducha —dijo May.
—¿Quién es, Myrtle? —gritó mamá Murch con voz de falsete.
—Agentes de policía que quieren saber si hemos visto pasar un banco por aquí ayer por la noche.
—A vosotras os condenarían por complicidad. Probablemente os mandarán a cumplir condena a la lavandería de la prisión del Estado —replicó Dortmunder.
—Prisión federal —corrigió la madre de Murch—. Un atraco a un banco es un delito federal.
—No te preocupes —dijo May—. Está todo previsto.
—No te puedes ni imaginar cuánta gente que ahora está entre rejas había dicho exactamente lo mismo.
—Bueno —dijo Herman—. De todas formas, yo me quedo. Esta jodida caja no va a poder conmigo.
—Nos quedamos todos —dijo May y miró a Dortmunder—. ¿Verdad?
Dortmunder suspiró.
—Alguien viene —avisó Herman.
Mamá Murch apagó las linternas y sólo se vio el resplandor rojo del cigarrillo de May. Oyeron que se acercaba un coche. Unos faros iluminaron las ventanas. El motor se paró, la puerta se abrió, se cerró y, unos segundos después, la puerta del banco rechinó. Murch asomó la cabeza.
—¿Preparados? —dijo.
Dortmunder lanzó otro suspiro mientras que mamá Murch encendía de nuevo las linternas.
—Entra, Stan —invitó Dortmunder—. Tenemos que hablar contigo.