CAPÍTULO VIII

Cuando Dortmunder entró en el “O.J. Bar y Grill” de la Avenida Ámsterdam a las ocho y media de la tarde del día siguiente, no había en la sala más que tres conductores de metro, el aparato de televisión encaramado en lo alto de una pared y Rollo, el barman. Los tres conductores de metro, todos portorriqueños, discutían acerca de la posible presencia de caimanes en el interior del metro. Gritaban, no porque estuvieran enfadados unos con otros, sino porque en su trabajo se habían acostumbrado a hablar en aquel tono.

—Es en las alcantarillas donde hay caimanes —dijo uno de ellos.

—¿Acaso no son alcantarillas los asquerosos túneles donde trabajamos? —dijo otro.

—La gente trae caimanes de Florida, como animales de compañía, luego se cansan de ellos y los tiran por el water.

—Pero van a las alcantarillas, no al metro. El agua de los wateres no va a los túneles del metro.

—El otro día, en Kingston-Throop —dijo el más pesimista— me encontré una rata de este tamaño.

Y tiró su jarra de cerveza de un manotazo.

Dortmunder fue hasta el otro extremo del bar mientras Rollo limpiaba la cerveza derramada y servía otra. Los conductores se pusieron a hablar de otros animales que se encontraban o no en los túneles del metro y Rollo se dirigió perezosamente hacia Dortmunder.

Rollo era alto, gordo y estaba empezando a quedarse calvo. Llevaba una camisa blanca sucia y un delantal blanco sucio. Dijo:

—Salud. Hace un siglo que no te veo.

—Ya sabes cómo son las cosas —respondió Dortmunder vivo con una chica.

Rollo hizo con la cabeza un gesto de comprensión.

—Eso es la muerte de los bares. Lo que tienes que hacer es casarte y así volverás a salir por las noches.

Dortmunder señaló la trastienda con un gesto de la cabeza.

—¿Hay alguien?

—Tu colega, el otro bourbon, con un niñato que bebe ginger ale. Tienen tu vaso.

—Gracias.

Dortmunder dejó el bar y entró en una pequeña habitación con el suelo de hormigón. Ninguna de las paredes era visible porque prácticamente toda la habitación estaba ocupada por cajas de cerveza y de licores, dejando un espacio en medio donde había una vieja mesa desvencijada con un tapete verde, media docena de sillas y una bombilla con una pantalla metálica que colgaba sobre la mesa.

Kelp y Víctor estaban sentados en la única mesa, uno al lado del otro, como si estuvieran esperando para empezar una partida de póker. Kelp tenía ante sí una botella de bourbon y un vaso medio vacío, y Víctor un vaso lleno de líquido amarillo y burbujeante con cubitos de hielo.

—¡Salud! —dijo Kelp con una voz cálida y llena de optimismo—. Murch no ha llegado todavía.

—Ya veo.

Dortmunder se instaló delante del otro vaso todavía vacío.

—Hola, señor Dortmunder.

Dortmunder levantó la mirada. La sonrisa de Víctor le hizo bizquear, como un sol demasiado intenso.

—Hola, Víctor.

—Me encanta que vayamos a trabajar juntos.

Dortmunder torció la boca en un a modo de sonrisa, luego dirigió la mirada hacia sus manos de gruesos nudillos posadas sobre el fieltro verde de la mesa.

Kelp le acercó la botella.

—Sírvete.

La etiqueta decía “Bourbon de las bodegas de Ámsterdam. Nuestra marca personal”, Dortmunder llenó el vaso, lo probó e hizo una mueca.

—Stan llega tarde. No es su estilo.

—Mientras esperamos —dijo Kelp—, podríamos ir viendo los detalles del asunto.

—Como si se fuera a realizar de verdad —añadió Dortmunder.

—Naturalmente que se va a realizar —dijo Kelp.

Víctor consiguió parecer contrariado sin dejar de sonreír.

—¿No lo cree así, señor Dortmunder?

—Claro que se realizará —repitió Kelp—. Escucha, Dortmunder, ¿y la cuadrillas?

—La cuadrilla —puntualizó Víctor.

—Bueno, sí —explicó Kelp—. El equipo, el grupo que va a tomar parte en la operación.

—¡Ah!

—Ni tan siquiera tenemos un plan de partida —observó Dortmunder.

—¿Qué plan? —preguntó Kelp—. Cogemos un camión, enganchamos el banco y nos lo llevamos. Soltamos a los vigilantes cuando nos venga bien, abrimos el banco, forzamos la caja fuerte y ya está.

—Me parece que has omitido algún detalle.

—De acuerdo —admitió Kelp con presteza—. Quedan algunos detalles por resolver.

—Sí, un par de ellos.

—Pero tenemos las líneas generales. Y en mi opinión lo podemos llevar adelante nosotros. Con Stan de chófer y un experto en abrir cajas fuertes.

—¿Nosotros? —repitió Dortmunder.

Lanzó a Kelp una significativa mirada, miró con el rabillo del ojo a Víctor y volvió a mirar a Kelp.

Kelp agitó discretamente una mano, a escondidas de Víctor.

—Bueno, ya veremos todo eso más tarde. De momento lo que necesitamos es un experto en cajas fuertes.

—¿Qué tal Chefwick, el loco por los trenes a escala?

Kelp negó con la cabeza.

—Ya no está aquí. Secuestró un vagón de metro para ir a Cuba.

Dortmunder lo miró y dijo:

—No empieces otra vez.

—¿Empezar qué? Yo no he hecho nada. Lo ha hecho Chefwick. Tuvo que conducir aquella locomotora en el último trabajo que hicimos juntos y debe de haberse vuelto loco. Así que él y su mujer se fueron a México y en Veracruz había unos vagones de metro usados que embarcaban para Cuba y Chefwick...

—He dicho que vale.

—No es culpa mía —dijo Kelp—. Sólo te cuento lo que ocurrió.

Y de repente dijo:

—Eso me recuerda...¿Sabes lo que le pasó a Greenwood?

—Déjame en paz —dijo Dortmunder.

—Consiguió su propia serie de televisión.

—Te he dicho que me dejes en paz.

—¿Conoces a uno que tiene su propia serie de televisión? —dijo Víctor.

—Creía que estábamos buscando un especialista en cajas fuertes —dijo Dortmunder. Su vaso estaba vacío y se sirvió más bourbon.

—Sé de uno —dijo Kelp (parecía dudar). —Es un gran tipo, pero no sé si...

—¿Quién es? —preguntó Dortmunder.

—No creo que lo conozcas.

—¿Cómo se llama?

Desde que conocía a Kelp había tenido que ejercitar su paciencia.

—Herman X.

—¿Herman X?

—Bueno, es que es negro. No sé si tienes prejuicios o no.

—¿Herman X?

—Eso suena a musulmán negro —dijo Víctor con tono afectado.

—No exactamente. No sé como se llaman. Su grupo está en contra de los que estaban en contra de los que estaban en contra de los que estaban a favor de Malcom X. Me parece que es así.

Víctor fruncía el ceño.

—No traté nunca con ese tipo de subversión. ¿No serán los Panteras Pan-Africanas?

—Eso no me suena a nada.

—¿Los Hijos de Marcus Garvey?

—No, no es de ésos.

—¿Los Barones Negros?

—No.

—¿Los Anti-Tío-Sam?

Kelp enarcó las cejas y luego movió la cabeza.

—No.

—Seguro que se trata de una nueva escisión. Como no paran de fraccionarse es difícil mantener una vigilancia eficaz. No hay ninguna cooperación. Recuerdo que los agentes se volvían locos con esas cosas.

Se produjo un ligero silencio. Dortmunder sostenía el vaso y miraba a Kelp, que no se daba por aludido. La expresión de Dortmunder era de paciencia, pero de disgusto. De vez en cuando Kelp suspiraba, se movía, miraba a Dortmunder y luego fruncía el ceño intentando, visiblemente, descubrir por qué Dortmunder lo miraba de aquella manera. Luego, de repente, dijo:

—¡Ahhh! ¡El de la caja fuerte!

—El de la caja fuerte —asintió Dortmunder.

—Herman X.

Dortmunder asintió con la cabeza.

—Exactamente.

—Bueno, ¿entonces no te importa que sea negro?

Reprimiendo su impaciencia, Dortmunder hizo un gesto con la cabeza.

—¿Por qué me iba a importar? Lo único que le pido es que sepa abrir la caja fuerte.

—Nunca se sabe con la gente. El mismo Herman lo dice.

Dortmunder se sirvió más bourbon.

—¿Puedo llamarlo por teléfono?

—¿Por qué no?

—Voy a llamarlo.

La puerta se abrió y entró Murch seguido por su madre que llevaba puesto el collarín. Cada uno tenía una cerveza en la mano y Murch tenía también un salero.

—¡Hola, Stan! —dijo Kelp—. Entra.

—Siento llegar tarde —se excusó Murch—. Generalmente para volver de Long Island cojo Grand Central y el bulevar Queens hasta el puente de la calle 59, pero en vista de la hora que era... siéntate, mami.

—Víctor —presentó Kelp—, éstos son Stan Murch y mamá Murch.

—En vista de la hora que era —continuó Murch cuando él y su madre se hubieron sentado—, me dije que era preferible coger Triborough Bridge, la calle 25, la avenida Columbus y seguir todo derecho. Sólo que...

—¿Puedo quitarme aquí este chisme? —interrumpió su madre.

—Mami, si lo llevaras siempre, te llegarías a acostumbrar. No paras de quitártelo y por eso no te acostumbras.

—No es cierto. Me obligan a llevarlo constantemente. Por eso no me acostumbro.

—Bueno, Stan —preguntó Kelp—, ¿has ido a echar un vistazo al banco?

—Déjame contarte lo que ha pasado. No te lo quites mami, ¿quieres?. Así que atravesamos Grand Central, pero en la Guardia nos metimos en un follón. Un choque.

—Llegamos demasiado tarde para verlo —dijo la madre que no se había quitado el collarín.

—Entonces tuve que coger una desviación e incluso empujar un coche de policía al arcén para poder llegar a la calle 31, bajar por la avenida Jackson, el bulevar Queens y todo. Por eso llegamos tarde.

—No tiene importancia —dijo Kelp.

—Si hubiera ido por el camino de siempre no habría pasado nada de esto.

Dortmunder suspiró.

—Lo importante es que hayas llegado. ¿Has visto el banco?

Quería saber lo que hubiera y acabar de una vez.

—¡Qué día más hermoso hizo para ir de paseo! —dijo mamá Murch.

—Sí, lo he visto (de repente se puso serio). Lo examiné muy atentamente. Tengo malas y buenas noticias.

—Primero las malas —dijo Dortmunder.

—No, primero las buenas —dijo Kelp.

—Vale, las buenas —dijo Murch—. La caravana tiene un enganche para el remolque.

—¿Y las malas? —insistió Dortmunder.

—Que no tiene ruedas.

—Grata noticia —comentó Dortmunder—. Trabajar con vosotros ha sido un placer.

—Espera un poco —dijo Kelp—. Espera un poco. Espera un poco. ¿Dónde no tiene ruedas?

—Debajo.

—Pero es una caravana. Tiene que tener ruedas.

—Yo creo que debieron llevarla allí, la levantaron con un gato y quitaron las ruedas. Las ruedas y los ejes.

—Pero sin duda tenía ruedas —insistió Kelp.

—Claro, las caravanas siempre tienen ruedas.

—Entonces, ¿dónde coño las pusieron?

—No tengo ni idea. A lo mejor las tiene la empresa que alquiló la caravana.

Víctor restalló bruscamente los dedos.

—¡Claro! Ya vi hacer lo mismo en las obras. Utilizan las caravanas como oficinas y cuando se trata de un trabajo que va a durar mucho tiempo, construyen cimientos debajo y quitan las ruedas.

—¡Mierda! ¿Y por qué? —preguntó Kelp con aire ofendido.

—A lo mejor para no estropear las ruedas. O para darle más estabilidad.

—En todo caso —dijo Murch—, no hay ruedas.

Se produjo un breve silencio. Dortmunder que se había sumido en su propio pesimismo, dejando que la conversación flotara sobre él, lanzó un suspiro, movió la cabeza y cogió la botella de bourbon.

—El trasto ese está, entonces, encima de bloques de hormigón, ¿no es eso? —le preguntó a Murch.

—Eso es. Han debido levantarlo, quitar las ruedas, poner los bloques de hormigón en su lugar y dejarlo encima.

—Y los bloques están cimentados con el conjunto... ¿El suelo de la caravana está sujeto a ellos?

Murch negó con la cabeza.

—No. La caravana sólo está puesta encima.

—Con hormigón todo alrededor.

—En los extremos, no, sólo en los laterales.

Una chispa de interés iluminó la mirada de Dortmunder.

—¿En los extremos no?

—No. Un extremo está pegado a la tienda vecina y se limitaron a proteger el otro con un entramado de madera.

Dortmunder volvió la cabeza hacia Víctor. Por una vez no sonreía, pero miraba a Dortmunder con tal intensidad que parecía paralizado. No se sabía lo que era peor...

—¿En algún momento el banco está vacío?, ¿sin ningún vigilante?

—Todas las noches —respondió Víctor—, excepto el jueves, cuando tiene el dinero.

—¿No hay vigilante de noche?

—Nunca hay dinero a no ser el jueves. No hay nada que robar. El banco está equipado con todos los sistemas de alarma habituales y la policía patrulla el barrio muy a menudo.

—¿Y el fin de semana?

—También patrullan el fin de semana.

—No, no hablo de los vigilantes. Los sábados por la tarde, por ejemplo, ¿el banco está vacío?

—Claro. Con toda la gente que pasa para hacer las compras el sábado, ¿para qué van a poner vigilantes?

—Bueno. (Dortmunder se volvió hacia Murch). ¿Podemos conseguir ruedas?

—No hay problema —respondió Murch sin la menor vacilación.

—¿Estás seguro?

—Completamente. Relacionado con coches, te consigo lo que quieras.

—Bien. ¿Podemos encontrar ruedas para levantar ese jodido bloque de hormigón?

—Habrá que hacer alguna chapuza. Esos jodidos muros son altos de verdad. Las ruedas y los ejes pueden no ser suficientemente grandes. Pero siempre podemos atar el eje a una especie de plataforma y fijar la plataforma bajo la caravana.

—¿Y los gatos?

Murch movió la cabeza.

—¿Qué pasa con los gatos?

—¿Los encontraremos bastante resistentes como para levantar ese peso?

—Hay cuatro gatos bajo la caravana.

—Perdone, señor Murch —dijo Víctor—, pero ¿cómo ha...?

—Llámeme Stan.

—Gracias. Yo soy Víctor. ¿Cómo...?

—Encantado.

—Encantado. ¿Cómo ha averiguado lo de los gatos? ¿Se ha metido debajo del banco?

Murch sonrió.

—Claro que no. En una esquina hay una placa con el nombre del constructor. Roamérica. ¿No se ha fijado?

—No —contestó Víctor impresionado.

—Una plaquita plateada, detrás, por el lado de la tienda Krege.

—Stan tiene mucha vista para los detalles —dijo mamá Murch.

—Entonces hemos ido a un concesionario y he mirado el mismo modelo.

—Con ruedas —dijo Kelp.

Parecía que se estaba tomando el asunto de las ruedas como algo personal.

Murch asintió con la cabeza.

—Con ruedas.

—Es muy mona por dentro —dijo mamá Murch—. Mucho más grande de lo que parece. Me gustaba una decorada en estilo provenzal. Me ha gustado mucho.

—Me gusta nuestra casa —dijo Murch.

—No estoy hablando de comprar una. Sólo digo que me ha gustado. Muy limpio, muy coqueto. Y ya sabes lo que pienso de la cocina.

—¿Si conseguimos ruedas, podrías remolcarla? —preguntó Dortmunder.

El vaso de cerveza de Murch estaba todavía medio lleno pero la espuma había desaparecido del todo. Cavilando, echó sal, lo que originó un poco de espuma, luego le pasó el salero a su madre.

—No con un coche. Es demasiado peso. Con un camión. Lo ideal sería un tractor.

—¿Pero es factible?

—Sí, claro que sí. Pero me tendría que limitar a las carreteras principales. Cuatro metros de ancho es demasiado para las carreteras secundarias. Eso limita la posibilidad de itinerarios para escapar.

Dortmunder movió la cabeza.

—Ya lo había pensado.

—También está la hora. Sería preferible tarde, por la noche, cuando hay poco tráfico.

—De todas formas, eso ya estaba previsto.

—Y depende, sobre todo, del sitio al que queráis llevarla.

Dortmunder miró a Kelp y éste se puso agresivo.

—Ya lo encontraremos —dijo—. Ya lo encontraremos. Víctor y yo.

Dortmunder esbozó una sonrisa-mueca y se dirigió a Murch.

—Bueno, ¿eres parte?

—¿Parte de qué?

—Del robo al banco.

—¡Pues claro! Por eso estoy aquí.

Dortmunder asintió con la cabeza y se arrellanó en la silla. No miraba a nadie en particular. Miraba el tapete verde de la mesa. Nadie abrió la boca durante un minuto largo.

—Señor Dortmunder —acabó diciendo Víctor— ¿Cree usted que es posible?

Dortmunder levantó la mirada y encontró la misma mirada intensa. Era la idea de Víctor. Era lógico que quisiera saber lo que valía.

—Todavía no lo sé. Empieza a tener forma, pero quedan montones de cosas por solucionar.

—Pero podemos ponernos a ello, ¿no? —insistió Kelp.

—Tú y Víctor podéis buscar un lugar donde esconder el banco mientras que... (se calló y movió la cabeza) Un lugar donde esconder el banco... No me puedo creer que haya dicho semejante barbaridad. En fin, hacéis eso los dos. Murch se ocupa de las ruedas y del camión o de lo que sea y...

—Está también el asunto del dinero —dijo Murch—. Vamos a necesitar bastante pasta.

—De eso me encargo yo —dijo Kelp.

—Bueno —dijo Dortmunder.

—¿Se acabó la reunión? —preguntó mamá Murch—. Tengo que quitarme este collarín.

—Nos mantendremos en contacto —dijo Dortmunder.

—¿Quieres que llame a Herman X? —preguntó Kelp.

—¿Herman X? —dijo Murch.

—Sí, llámalo. Pero dile que todavía no hay nada fijo.

—¿Herman X? —repitió Murch.

—¿Lo conoces? —dijo Kelp—. Uno que abre cajas fuertes, uno de los mejores.

Repentinamente Víctor se puso en pie de un salto y blandió su vaso de ginger ale por encima de la mesa.

—¡Un brindis! —gritó—. ¡Todos para uno, uno para todos!

Silencio de estupefacción, luego Kelp sonrió aterrado.

—¡Ah, sí, claro!

Se levantó con el vaso de bourbon en la mano.

Uno a uno, los demás lo imitaron. Nadie quería darle un corte a Víctor. Chocaron los vasos por encima de la mesa.

—¡Todos para uno y uno para todos! —repitió Víctor en voz alta e inteligible.

—Todos para uno, uno para todos —murmuraron los demás.