CAPÍTULO XII

Plantada delante de la tienda de Krege, mamá Murch sonreía y guiñaba los ojos por la luz del sol. Sujetaba la correa del bolso con las dos manos extendidas hacia adelante, y el bolso se balanceaba a la altura de sus rodillas. Llevaba un vestido de rayas horizontales verdes y amarillas que no mejoraba nada su silueta y botas de plástico amarillo con cordones verdes hasta arriba. Por encima del vestido llevaba el collarín. El bolso era corriente, de cuero beige. Conjuntaba mejor con el collarín que con el vestido y las botas.

May, vestida de negro, de pie cerca de un parkímetro, enfocaba a mamá Murch con una máquina de fotos Instamatic. En principio iba a ser May la que llevara aquella ropa de fantasía y mamá Murch la que sacara las fotos. Pero May se había negado en redondo a comprar el vestido y las botas que Dortmunder quería. Además habían comprobado que mamá Murch era de ese tipo de personas que siempre sacan las fotos demasiado a la izquierda. Así pues, se habían invertido los papeles. May fruncía el ceño, visiblemente descontenta de lo que veía por el objetivo, lo cual era lógico.

Los transeúntes, viendo a mamá Murch posando y a May con la cámara, se paraban un momento para no estropear la foto. Pero no ocurría nada, excepto que May volvía a fruncir el ceño y quizá daba un paso a la izquierda o a la derecha. Así que los transeúntes acababan mascullando “perdonen” o algo parecido y cruzaban por el medio.

May acabó levantando la mirada y negando con la cabeza.

—La luz no es buena aquí. Intentémoslo un poco más lejos.

—Vale —respondió mamá Murch.

Caminaron juntas por la acera.

—¿Estoy favorecida con este disfraz? —susurró mamá Murch.

—Te queda muy bien —dijo May.

—Ya sé lo que parezco. Un helado de limón y pistacho.

—Probemos aquí.

Como por casualidad estaban delante del banco.

—Vale.

—Apóyate contra la pared, a pleno sol.

—Vale.

Mamá Murch retrocedió lentamente hacia la caravana y May se apoyó en el coche que estaba aparcado detrás de ella. Esta vez mamá Murch llevaba el bolso en bandolera y apoyaba la espalda contra la pared del banco. May sacó una foto rápidamente, avanzó dos pasos y sacó otra. A la tercera estaba demasiado cerca como para que saliera mamá Murch entera y tenía la máquina demasiado baja como para enfocarla de medio cuerpo para arriba.

—Ya está —dijo May—. Yo creo que valdrá.

—Gracias, cariño —dijo mamá Murch sonriendo.

Y las dos mujeres dieron la vuelta.