CAPÍTULO IX
Herman X extendió caviar negro sobre una rebanada de pan negro y se la pasó a Susan por encima de la mesa baja.
—Ya sé que tengo gustos de lujo —dijo dirigiendo a sus invitados una franca sonrisa—, pero, después de todo, sólo se vive una vez.
—Nada más cierto —respondió George Lachine.
Éste y su mujer Linda eran los únicos blancos invitados a aquella cena. Las otras tres parejas y Susan eran todos negros. Herman no dejaba de mirar a Linda. Todavía no había decidido si pasaría la noche con Linda Lachine o con Rastus Sharif, si esa noche sería hetero u homosexual, y la duda era deliciosa. Como nunca se había acostado con ninguno de los dos sería, en cualquier caso, una nueva aventura a añadir a su activo.
Susan miró a George y dijo:
—Ya sé. La gente como tú cogéis todo lo que podéis.
George parecía turbado y Linda dirigió a Susan una mirada de odio con los labios apretados. Pero ésta permaneció impasible. A Herman le agradó aquella actitud. Siempre le había agradado la gente dueña de sí misma.
Las diez personas presentes se habían, por decirlo de alguna manera, acostado las unas con las otras. Excepto los Lachine, pero parecían dispuestos a integrarse en el grupo rápidamente. Y excepto él y Rastus. ¿Cómo había permitido que eso tardara tanto en suceder? Herman contempló a Rastus y vio que susurraba algo indolentemente a Diana a la vez que estiraba sus largas piernas. Rastus Sharif. Había elegido el nombre él mismo, por supuesto, como representativo de sus antepasados: esclavos y africanos. Y al hacerlo se había convertido en un insulto andante para prácticamente toda la gente que lo conocía. Tanto negros como blancos tenían dificultades en llamarlo Rastus. Al mirarlo, Herman pensó que el retraso había sido causado por la admiración y envidia que sentía por Rastus. ¿Cómo podía irse a la cama con la única persona del mundo sobre la que no se sentía superior?
La sra. Olaffson hizo una brusca aparición en la puerta del salón.
—Teléfono, señor.
Se levantó del asiento.
—¿Mi llamada de la costa?
Se dio cuenta de que las conversaciones cesaban.
La sra. Olaffson se sabía el papel.
—Sí, señor.
—Voy (se levantó). Discúlpenme, amigos, puede que tarde un poco. Traten de divertirse sin mí.
Oyó algunos comentarios picantes como respuesta y salió de la habitación sonriendo. Había dicho que trabajaba en “comunicaciones” dejando entender, unas veces, que se trataba de ediciones, y otras, de cine. Impreciso y de buen tono. Y nadie le había preguntado nunca nada más.
La sra. Olaffson lo había precedido hasta la cocina.
—¿La puerta de mi despacho está cerrada?
—Sí, señor.
—Monte guardia.
Palmoteó su sonrosada mejilla, salió del apartamento por la puerta de servicio y bajó las escaleras de dos en dos.
Como de costumbre, el cronometraje de la sra. Olaffson era impecable. En el preciso momento en el que Herman ponía los pies en la acera de Central Park West, el Ford blanco y verde sucio se paró delante de la boca de incendios. Herman abrió la puerta trasera y se sentó al lado de Van. Phil, el chófer, arrancó inmediatamente.
—Toma, para ti —le dijo Van tendiéndole un antifaz y un revólver.
—Gracias.
Se lo puso todo en las rodillas mientras el Ford se dirigía hacia el centro.
Nadie hablaba en el coche, ni tan siquiera Jack, el cuarto, el nuevo. Era su segundo golpe. Herman, con los ojos fijos en la ventanilla, pensaba en su fiesta, en sus invitados, en quién elegiría para pasar la noche y en el menú de la cena.
Había elaborado el menú con gran esmero. Cócteles de Negronis, el poder de la ginebra oscurecido por la suavidad del vermouth y del campari, y caviar y aceitunas negras como aperitivo. Ya en la mesa, la comida empezaría con sopa de judías negras, seguiría lubina del Mar Negro regada con Schwartzekatz, luego solomillo a la mantequilla negra con trufas y arroz negro, acompañado por un buen Pinot negro. De postre, selva negra y café. Después pasarían a la sala a tomar los licores: una selección de bebidas rusas negras y licor de mora.
Phil aparcó al lado de la acera en la parte alta de la Séptima Avenida. Herman, Van y Jack bajaron y fueron hasta la esquina. Ante ellos los teatros de Broadway rivalizaban en publicidad.
A la derecha, un nuevo musical de rock: “¡Justicia!”. Había sido criticada en turné y se esperaba un desastre. El espectáculo había sido estrenado la víspera y los mejores críticos de Nueva York lo habían aclamado. La gente había hecho cola durante todo el día para sacar entradas. Los productores no estaban preparados para semejante afluencia y la recaudación tendría que pasar la noche en la caja fuerte del teatro. O, por lo menos, parte de la noche. Uno de los coristas, afiliado al Movimiento, había dado el chivatazo y el Movimiento había encargado la misión a Herman, Phil, Van y Jack. Se habían visto por la tarde, habían estudiado el plano del teatro que les habían pasado los hermanos del Movimiento y habían establecido los pasos a seguir: ahora estaban en la fase de ejecución.
Un portero, bajito y regordete, estaba a la entrada. Llevaba un uniforme azul oscuro. Miró altaneramente a Herman, Van y Jack que avanzaban hacia él.
—¿Puedo ayudarlos en algo?
—Puedes darte la vuelta —dijo Van mostrándole su pistola—. O te salto la tapa de los sesos.
—¡Dios mío! —dijo el portero franqueando la puerta marcha atrás. Se llevó la mano a la boca y palideció.
—Esto es lo que yo llamo un Blanco —dijo Herman.
No había sacado el revólver del bolsillo pero estaba poniéndose el antifaz. Era un simple antifaz negro, parecido al del Llanero Solitario.
—Date la vuelta —repitió Van.
—Lo mejor es que obedezcas —insistió Herman—. Yo soy amable, pero él es un bruto.
El portero se dio la vuelta.
—¿Qué quieren?, ¿mi cartera? No me peguen. Haré...
—No tengas miedo —dijo Van—. Vamos a entrar todos, torcer a la izquierda y subir la escalera. Pasa tú primero. Y no te hagas el listo porque vamos detrás de ti.
—No haré nada. No quiero que...
—Camina.
Van desprendía tal aura de profesionalidad que sus víctimas hacían casi siempre esfuerzos inauditos para obedecerle. Por temor a parecer unos aficionados, sin duda...
El portero avanzó. Van guardó su revólver y se puso el antifaz. Jack y Herman ya se lo habían puesto, pero un espectador inadvertido que los hubiera visto atravesar el oscuro teatro tras el portero no se hubiera fijado en que no llevaban la cara descubierta.
En el escenario, un grupo de jóvenes gritaban una canción:
“La libertad es: tengo derecho a vivir, tengo derecho a vivir, tengo derecho a vivir. La libertad es: tienes derecho a vivir, tienes derecho a vivir, tienes derecho a vivir...”
La escalera, con una alfombra rojo oscuro, torcía a la derecha. Los palcos estaban al final. Van mandó al portero que torciera a la derecha, detrás de las butacas, luego franquearon otra puerta y llegaron a una escalera estrecha sin alfombra.
Había seis personas en la habitación. Dos mujeres y un hombre que, sentados en una mesa, contaban el dinero con calculadoras y tres hombres que llevaban el uniforme y las armas de un servicio de protección privado. En el momento de entrar, Van le puso la zancadilla al portero que lanzó un grito y cayó cuan largo era. Todo el mundo se distrajo el tiempo suficiente como para que Van, Jack y Herman bloquearan la puerta, revólver en mano y antifaz en la cara, y afirmaran así su toma de poder.
—Arriba las manos —dijo Van—. Tú también, abuelo. Desde hace tres años no he tenido que disparar contra ningún viejo. No me obligues a romper mi marca.
A Herman le parecía que, a veces, Van provocaba a la gente como buscando una excusa para disparar. Pero luego se daba cuenta de que lo que hacía Van era jugar, adoptando el papel de asesino. El resultado era que sus víctimas estaban siempre como un flan. Herman no conocía toda la historia de Van pero sabía que nunca había habido ningún tiroteo en los golpes que habían dado juntos. Esta vez tampoco lo habría.
Los tres vigilantes se miraron avergonzados y levantaron los brazos. Jack les quitó las armas. Van sacó dos bolsas de su chaqueta sin quitarles el ojo a los civiles de la habitación. (El portero se había levantado y se tapaba la nariz con las manos, pero no sangraba) Herman y Jack amontonaron el dinero en las bolsas y luego lo taparon con papeles arrugados. Herman se comía con los ojos la caja fuerte que estaba en un rincón de la habitación. Conocía bien las cajas fuertes. Su especialidad era abrirlas y en eso era mejor incluso que Jimmy Valentine. Pero aquella caja fuerte ya estaba abierta y no tenía nada. Nada de valor, en todo caso. Y además esta vez había venido como un simple atracador, como un miembro del equipo.
En fin, todo sea por la causa. Pero de todas formas hubiera estado bien tener alguna caja fuerte que abrir.
Las siete víctimas fueron atadas rápidamente con sus propias corbatas, calcetines, cordones de zapatos y cinturones, y cuidadosamente colocadas en el suelo. Luego Jack desatornilló el enchufe del teléfono.
—¿Qué coño haces? —preguntó Van—. No tienes más que arrancar el cable. ¿Nunca lo has visto hacer en las películas?
—Necesito otro aparato en mi habitación —dijo Jack.
Metió el teléfono en una de las bolsas, encima de los papeles arrugados.
Van hizo un gesto con la cabeza pero se abstuvo de hacer comentarios.
Salieron, cerraron la puerta tras ellos, bajaron la escalera y se pararon un instante detrás de la puerta. Se oía el coro masacrando otra canción.
“Odio a los beatos ¡Compréndelo, compréndelo!”
—El dúo que esperamos —dijo Van— es “Amaos los unos a los otros, bastardos”
Herman asintió con la cabeza y los tres pegaron la oreja. Cuando se oyó aquella frase abrieron la puerta, torcieron a la izquierda y se dirigieron hacia la escalera.
El cronometraje era perfecto. Cuando llegaron al final de la escalera, el telón cayó dando por finalizado el primer acto y la gente empezó a salir para fumar un cigarrillo. Los tres hombres se quitaron los antifaces y franquearon las puertas del vestíbulo justo delante de los primeros espectadores. Atravesaron el vestíbulo y llegaron a la calle. Cincuenta metros más lejos, a la izquierda, el Ford avanzaba al ralentí detrás de un taxi en busca de clientes.
—¡Hostia! —blasfemó Van —¿Qué cojones hace Phil?
—Seguramente tuvo que parar en algún semáforo.
El Ford adelantó al taxi y se paró a su altura. Subieron. Tras ellos la calle se había llenado de fumadores. Phil arrancó y se alejó lento pero seguro.
Las dos bolsas estaban en la parte de atrás con Herman y Jack (Van esta vez se había sentado delante) y a cada bache el teléfono tintineaba. Herman se estaba empezando a poner nervioso. También por la cuestión del dinero. Estaba satisfecho de aportar su experiencia al Movimiento, de ayudar al Movimiento a cubrir gastos al modo del IRA, pero a veces sentía como un cosquilleo en las manos de ganas de disfrutar de algo del dinero que conseguía. Como les había dicho a sus invitados, tenía gustos de lujo. No estaría mal que diera algún golpe privado. Ya hacía más de una año que no estaba en un atraco no político y el dinero del último golpe estaba acabándose. Tenía que encontrar algo o tendría que comer el pan negro sin caviar.
Se dirigían hacia Central Park West cuando Phil preguntó:
—¿Es un teléfono lo que se oye? Me parece oír un teléfono.
—Jack lo robó allí —dijo Van.
Herman vio a Phil fruncir el ceño.
—¿Lo robó? ¿Por qué? ¿Por joder?
—Necesito un teléfono para mi habitación —explicó Jack—. Voy a ver si puedo conseguir que deje de sonar.
Sacó el teléfono de la bolsa y se lo puso en las rodillas. El tintineo se atenuó.
Al sacar el teléfono, Jack había desplazado los papeles arrugados y Herman vio los billetes. Unos cien dólares, pensó. Para mis pequeños gastos. Pero no serviría de nada. Una gota de agua en la inmensidad del océano.
Lo dejaron enfrente de su apartamento. Luego se marcharon y Herman entró. Subió en el ascensor de servicio y luego lo mandó al entresuelo. Entró en la cocina.
—Todo va bien —anunció la sra. Olaffson.
—Bueno.
—Empiezan a estar borrachos.
—Perfecto. Puede servir la cena cuando quiera.
—Bien, señor.
Atravesó el apartamento y entró en la sala. Notó que en su ausencia se habían producido algunos cambios, fundamentalmente con respecto a George y a Linda. George y Susan estaban ahora sentados juntos, George con una sonrisa bastante fatua. Linda estaba de pie, en el otro extremo de la habitación, haciendo como que admiraba la litografía de W.C.Fileds. Rastus y Diana todavía estaban juntos y Rastus apoyaba su mano en la pierna de Diana. El repiqueteo del teléfono y el recuerdo de sus problemas monetarios lo habían puesto de mal humor y no se sentía capaz de enfrentarse con las complejidades que Rastus podía ofrecerle. Así que optaría por la vía heterosexual. ¿Por qué no?
El grupo lo recibió con algunos comentarios acerca de su larga ausencia.
—Ya conocen a esta gente —dijo haciendo con la mano un gesto de cansancio—. No saben hacer nada solos. Nada.
—¿Problemas? —preguntó Foster.
—No pueden decidir nada solos —respondió con una sonrisa encantadora mientras rodeaba la mesa para acercarse a Linda.
Pero no le dio tiempo a llegar. La sra. Olaffson volvió a aparecer: repetición de la misma escena.
—Teléfono, señor.
Herman miró para ella, demasiado sorprendido para hablar. Ya no podía decir “¿Mi llamada de la costa?”... Estuvo a punto de decir “Ya hemos dado el golpe”, pero se contuvo a tiempo.
—¿Quién es? —acabó por decir para salir del paso.
—Sólo dijo “un amigo”, señor.
—Pero bueno —croó Rastus con el acento arrastrado del sur que le gustaba usar cuando estaba enfadado—, ¿es que no vamos a comer nunca?
—Bueno, esta vez será rápido —prometió sonriendo.
Salió de la habitación a toda prisa, atravesó el pasillo, giró la manilla de la puerta de su despacho sin dejar de correr y se dio de narices violenta y dolorosamente. La puerta todavía estaba cerrada con llave.
—¡Hostia! —gritó con los ojos llenos de lágrimas y la nariz caliente.
Se tapó la nariz con las manos (se acordó del portero), dio media vuelta y entró en el despacho por la cocina. Se dejó caer en su sillón de director y descolgó el aparato.
—¿Sííí...?
—¿Herman?
—Sí. ¿Quién es?
—Kelp.
La moral de Herman subió de repente.
—Hola, hola, hace un siglo...
—¿Estás acatarrado?
—No, acabo de darme un golpe en la nariz.
—¿Cómo?
—Nada, deja, ¿algo nuevo?
—Depende, ¿estás libre?
—Sin problemas.
—Todavía no hay nada seguro.
—Algo es mejor que nada.
—En efecto —dijo Kelp sorprendido como si nunca hubiera pensado nada parecido —¿Conoces el “O.J. Bar”?
—Claro.
—Mañana a las ocho y media de la tarde.
Herman frunció el ceño. Estaba invitado a una proyección... No. Como había dicho a sus invitados tenía gustos de lujo y como le había dicho a Kelp algo es mejor que nada.
—Allí estaré.
—Hasta mañana.
Herman colgó y cogió un kleenex. Sonriendo se secó los ojos llenos de lágrimas, abrió cuidadosamente la puerta del despacho y salió al pasillo, donde la sra. Olaffson le anunció:
—La cena está lista, señor.
—Yo también —respondió.