CAPÍTULO XIII

Dortmunder y Kelp recorrían hasta los últimos recovecos de Long Island como un pájaro de presa que ha perdido su presa. Aquel día el coche era un Datsun color naranja 24 O.Z. con el habitual distintivo de médico. Iban bajo un cielo que amenazaba lluvia pero que no se decidía a abrir las compuertas. Al cabo de un momento Dortmunder empezó a echar pestes.

—Mientras estamos en esto, no gano un duro.

—Tienes a May.

—No me gusta que me mantenga una mujer. No es mi estilo.

—¿Que te mantenga? No es una puta, es una cajera.

—El principio es el mismo.

—Pero el interés no. ¿Qué hay allí?

—Parece una granja.

—¿Abandonada?

—¿Cómo quieres que lo sepa?

—Vamos a echar un vistazo.

Aquel día pudieron ver siete granjas, ninguna de las cuales estaba abandonada.

También vieron una nave prefabricada que había sido una fábrica de accesorios informáticos que había quebrado. Pero el interior era una maraña de mesas, máquinas, accesorios y chatarra demasiado sucio y atestado de trastos como para ser útil.

Encontraron un hangar de aviones que había pertenecido a una escuela de vuelo y que ahora estaba abandonado, pero ocupado por una comuna de hippies. Los hippies creyeron que eran de la policía y se pusieron a gritar consignas sobre los derechos de los “squatters” y no pararon hasta que Dortmunder y Kelp se metieron en el coche y se largaron.

Esto sucedió el tercer día, los dos anteriores habían sido similares.

Víctor iba al volante de una limousine Packard 1938. Herman, sentado a su lado, miraba el campo por la ventana. —No es lógico —dijo—. Tiene que haber un lugar donde se pueda esconder una caravana. —¿Qué periódicos prefiere, Herman? —preguntó Víctor con tono indiferente.

Dortmunder entró en el apartamento, se sentó en el sofá y miró de mal humor el televisor apagado. May, con el cigarrillo entre los labios, salió de la cocina.

—¿Nada nuevo?

—Con las enciclopedias —dijo Dortmunder contemplando la tele—, habría podido sacar hoy setenta dólares. Puede que incluso cien. Voy a buscarte una cerveza. —Y volvió a la cocina.

Mamá Murch fusilaba las fotos con la mirada.

—Nunca en la vida me vi más ridícula.

Daba golpes a la foto en la que estaba decapitada.

—En ésta, al menos, no se me reconoce.

Su hijo, inclinado sobre las tres fotos en color extendidas sobre la mesa del comedor, estaba haciendo cálculos. Los agujeros de los cordones de las botas y las rayas del vestido le servían de regla. Murch contó, sumó, comparó y obtuvo un total diferente en cada una de las fotos.

—Siete metros y medio —acabó diciendo.

—¿Estás seguro?

—Afirmativo. Siete metros y medio de alto.

—¿Puedo quemarlas ahora?

—Claro.

Ella cogió las fotos y salió de la habitación a toda prisa.

—¿Te deshiciste del vestido? —le gritó Murch.

—¡No te quepa duda! —canturreó ella casi alegremente.

—Desde mi punto de vista —dijo Herman que, desde el coche de Víctor escrutaba el paisaje en busca de grandes edificios abandonados—, lo que tenemos que resolver son trescientos años de esclavitud.

—Personalmente —dijo Víctor llevando lentamente el Packard hacia Montauk Point—, nunca he hecho política.

—Has sido del F.B.I.

—Pero no por razones políticas. Siempre pensé que había nacido para la aventura. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Herman le dirigió una mirada burlona y luego una sonrisa se dibujó lentamente en sus labios.

—Sí, sí... comprendo.

—Y para mí la aventura significaba el F.B.I.

—Sí, tienes razón. Para mí, ¿ves?, era el Movimiento.

—Claro, claro —dijo Víctor.

—Naturalmente —dijo Herman.

—No me gusta ese ruido —dijo Murch.

Sentado al volante, con la cabeza inclinada para escuchar el motor, parecía una ardilla.

—Se supone que estás buscando edificios abandonados —respondió su madre que giraba lentamente la cabeza a derecha e izquierda como un capitán de barco que cuenta los supervivientes del naufragio.

—¿Lo oyes? Tin, tin, tin. ¿Lo oyes?

—¿Qué hay allí?

—¿Qué?

—He dicho que qué hay allí.

—Parece como una especie de iglesia.

—Vamos a ver.

Murch giró en aquella dirección.

—Cuando veas un garaje, avísame —le dijo.

Se pararon delante de la iglesia. El césped estaba lleno de hierbajos, las paredes de madera reclamaban una nueva capa de pintura a grito pelado y varios cristales estaban rotos.

—Entremos —dijo mamá Murch.

Murch apagó el motor y escuchó atentamente el silencio durante unos segundos, como si así pudiera descubrir alguna cosa. Luego asintió.

—Vale.

Bajaron los dos del coche.

Estaba muy oscuro en el interior de la iglesia, lo que no impidió que el cura, que estaba barriendo la nave, se fijara en ellos inmediatamente y se dirigiera hacia donde estaban presentando armas con la escoba.

—¿Sí?, ¿Puedo ayudarlos en algo?

—No —respondió Murch, dando media vuelta.

—Nos preguntábamos si esta iglesia estaría abandonada explicó su madre.

El cura asintió con la cabeza.

—Casi (miró a su alrededor). Casi.

—Creo que tengo una idea —dijo May.

—Disculpe, señorita —dijo Kelp—.Quería abrir una cuenta.

La joven, que encima de la cabeza llevaba un peinado abombado, estaba inclinada sobre la máquina de escribir y no dejó de hacerlo. —Siéntese. Vienen ahora.

—Gracias.

Kelp se sentó y paseó la mirada por el interior del banco como un hombre que se aburre esperando. La caja fuerte se encontraba del lado de la tienda Krege. Era más impresionante que lo que Víctor había sugerido. De hecho, ocupaba casi todo lo ancho de la caravana. La puerta, entreabierta en aquel momento, era increíblemente ancha y gruesa.

Kelp se fijó atentamente en los lugares, registró todos los detalles, luego se levantó y leyó los folletos de préstamos y de tarjetas de crédito. Echó una última mirada circular al banco para asegurarse de que se acordaba de todo, y así era. Cuando había llegado tenía de verdad la intención de abrir una cuenta, pero ahora le parecía superfluo.

—Volveré por la tarde —le dijo a la empleada.

Peinado abombado asintió sin dejar de escribir.

—Increíble. Por fuera —dijo Herman—, parece un garaje cualquiera.

Víctor, sonriendo, asintió con la cabeza.

—Sabía que te gustaría.

Dortmunder salió de la habitación. Llevaba alpargatas negras, pantalones negros y una camisa de manga larga negra, en la mano un gorro negro y en el brazo una cazadora de cuero negro. May, que estaba haciendo el dobladillo a los visillos, miró para él.

—¿Sales?

—Vuelvo ahora.

—Esperémoslo.

Y May volvió a la costura.