CAPÍTULO VII
Stan Murch, con una chaqueta azul tipo uniforme, estaba plantado en la acera de delante del Hilton y miraba los taxis que se paraban uno tras otro delante de la entrada principal. ¿Ya nadie usaba su propio coche? Por fin un Chrysler Imperial, matrícula de Michigan, subió titubeante la Sexta Avenida, torció a la izquierda en la entrada para coches del Hilton y se detuvo a la entrada. Mientras una mujer y varios niños salían por la derecha, el conductor bajó con esfuerzo por la izquierda. Era un tipo corpulento con un puro y un abrigo de pelo de camello.
Murch llegó hasta la puerta entreabierta y la abrió del todo.
—Puede dejar las llaves puestas, señor —dijo.
—De acuerdo —masculló el tipo gordo sin quitarse el puro de la boca.
Salió y se colocó el abrigo con una convulsión:
—Espere —dijo en el momento en el que Murch iba a sentarse al volante.
Murch lo miró.
—¿Señor..?
—Esto es para usted.
Sacó un billete de un dólar arrugado del bolsillo de su pantalón y se lo dio a Murch.
—Gracias, señor.
Saludó con el billete en la mano, se puso al volante y arrancó. Sonrió al torcer en la calle 53: no todos los días un tipo te da una propina por robarle el coche.
A pesar de la hora punta, consiguió llegar a Sheepshead Bay en tiempo record, se paró delante de la puerta metálica de un garaje practicada en un largo muro de ladrillo gris y tocó la bocina tres veces. Una pequeña puerta, cerca de la entrada del garaje, tenía un letrero que indicaba:
J&L Novedades —Envíos.
La puerta se abrió. Un negro flaco que llevaba una cinta alrededor de la cabeza se asomó afuera. Murch le hizo un gesto. El negro movió la cabeza, despareció y, un segundo después, la puerta de metal se levantó con un chirrido.
Murch entró en un enorme recinto de hormigón que parecía un parking, rodeado de pilares y soportes metálicos. Una docena de coches aparcados contra las paredes dejaban casi todo el espacio libre. Estaban repintándolos todos. Cerca de una columna, un viejo bidón de aceite estaba medio lleno de matrículas, generalmente de otros sitios. Una docena de hombres, la mayoría negros o portorriqueños, trabajaban en los coches. Evidentemente, el jefe era partidario de la igualdad de oportunidades.
El negro flaco de la cinta le indicó con un gesto a Murch que aparcara el Imperial contra la pared de la derecha. Antes de bajar, Murch revolvió la guantera, no encontró nada interesante y salió. El negro, que había cerrado la puerta del garaje, le sonrió:
—Traes montones de coches.
—Las calles están llenas. Dile al sr. Marconi que me vendría bien que me diera la pasta pronto, ¿vale?
—¿Qué haces con toda esa pasta?
—Tengo que mantener a mi madre.
—¿Todavía no volvió al taxi?
—Sigue teniendo que llevar el collarín. Podría conducir pero a la gente no le gusta que les lleve alguien con un collarín. Debe ser una superstición.
—¿Cuánto tiempo tiene que llevarlo?
—Hasta que nos arreglemos con el seguro. No te olvides de darle el recado al sr. Marconi, ¿de acuerdo?
—No te preocupes. Pero, por cierto, ya no se llama Sr. Marconi, ahora se llama March.
—¿Ah sí? ¿Y cómo ha sido eso?
—La liga de defensa de los italo-americanos le obligó a hacerlo.
—¡Vaya! —dijo Murch y repitió el nuevo nombre Salvatore March.
—No creo que a él le guste mucho —dijo el negro flaco, pero ¿qué va a hacer?
—Ya. Hasta pronto.
—Adiós.
Murch se fue y tuvo que caminar cuatrocientos metros antes de encontrar un taxi.
El chófer le dirigió una mirada lúgubre y, sin embargo, animada por una especie de frenesí.
—Dígame que va a Manhattan.
—Ya me gustaría —respondió Murch—. Pero mi madre vive en Canarsie.
—Canarsie. Peor imposible.
Se volvió hacia adelante y tomó la dirección a Brooklyn.
—Oiga —dijo Murch al cabo de un momento— ¿Me permite una sugerencia sobre el itinerario?
—Déjeme en paz —respondió el chófer con voz suave, doblado en dos, las manos crispadas sobre el volante.
Murch se encogió de hombros.
—Usted manda.
De todas formas llegaron. Murch le dejó una propina del quince por ciento en honor a su madre y entró en casa. Encontró a su madre sin el collarín.
—¡Eh! ¿Y si fuera un inspector del seguro?
—Habrías llamado a la puerta —contestó ella.
—O mirado por la ventana.
—Stan, no me des la lata. Me estoy volviendo loca encerrada en casa.
—¿Por qué no sales a dar una vuelta?
—La última vez que salí con este collarín todos los chavales del barrio vinieron a preguntarme si estaba haciendo propaganda de la película “El planeta de los simios”.
—¡Cabronzuelos!
—No digas palabrotas.
—¿Sabes una cosa?, mañana me tomo el día libre y nos vamos a dar un paseo en coche.
Ella se animó un poco.
—¿Adónde?
—A Montauk. Trae los mapas, vamos a escoger un itinerario.
—Stan, eres un buen chico.
Poco después, con las cabezas juntas, consultaban los mapas extendidos en la mesa del comedor. Y sonó el timbre.
—¡Oh, no! —dijo ella.
—Yo voy, ponte el collarín.
—Lo estoy usando.
Murch miró para ella pero no lo llevaba puesto.
—¿Cómo que lo estás usando?
—Está en el fregadero. Es fantástico para tender los calcetines.
—Pero mamá... No te lo tomas en serio. (El timbre sonó otra vez). ¿Qué pensará el del seguro si encuentra los calcetines encima del collarín?
—Vale, vale. Ya me lo pongo.
Se fue a la cocina y Murch se dirigió lentamente hacia la puerta de entrada.
Era Kelp el que llamaba. Murch abrió la puerta de par en par. —¡Hombre! Entra, entra. Cuánto tiempo sin verte...
—Pensé que...
—¡Mami!, ¡déjalo!
Kelp parecía sorprendido.
—Perdona, le digo que ya no tiene que preocuparse por el collarín.
Kelp, todavía sorprendido, esbozó una sonrisa.
—Claro. Pensé que...
Mamá Murch apareció con su collarín.
—¿Me llamabas?
—¡Pero señora Murch!, ¿qué le ha pasado?
—Te estaba diciendo que lo dejaras.
—No entendía lo que... (se interrumpió y miró a Kelp) ¿Kelp?
—¿Le pasa algo en el cuello?
—¿Y es por usted por quien me he puesto esto? —dijo con desagrado.
—Por eso te llamaba —dijo Murch.
Ella dio la vuelta moviendo la cabeza todo lo posible a pesar del collarín.
—Este chisme está frío y mojado.
—¿Se lo ha puesto por mí? —preguntó Kelp.
—No es de extrañar que esté frío y mojado si lo usas para tender calcetines —replicó Murch.
—Un momento —dijo Kelp.
—De todas formas no podría soportar esto por mucho tiempo —respondió ella saliendo de la habitación.
—Escucha —dijo Kelp—, voy a dar una vuelta a la manzana y vuelvo, ¿vale?
Murch lo miró sorprendido.
—¿Por qué? ¿No te encuentras bien?
Kelp echó una mirada a su alrededor.
—Sí, sí, estoy bien, pero debo de haber interrumpido una conversación, ¿no?
—Algo así.
—Ya me parecía.
—Vamos, entra.
Kelp ya había entrado. Miró a Murch en silencio.
—Ah, sí —dijo Murch (cerró la puerta)—, estábamos en el comedor.
—¿Estabais cenando? Escucha, puedo...
—No, estábamos mirando mapas. Entra.
Murch y Kelp pasaron al comedor justo cuando entraba mamá Murch por la otra puerta dándose golpes en los hombros.
—Es mi jersey de cachemira y está empapado —dijo.
—¿No será que estás preparando un golpe, verdad? —preguntó Murch a Kelp.
—Exactamente. ¿Puedes venir mañana a echar un vistazo?
—Ya está —dijo la madre de Murch—. Nuestro paseo a Long Island se fue al traste.
—¿Long Island? —gritó Kelp— ¡Estupendo! ¡Mejor imposible! (se acercó a la mesa cubierta de mapas) ¿Es un mapa de Long Island? Espera, voy a señalarte el sitio exacto.
—Os dejo charlar —dijo mamá Murch—. Tengo que quitarme este jersey antes de pillar una tortícolis.