CAPÍTULO XVII
A aquella hora, el jueves por la noche, tres policías estaban de servicio en la comisaría. Estaban sentados en una larga mesa continua, cada uno con tres teléfonos y una radio frente a un gran panel cuadrado luminoso colgado de la pared de enfrente. El panel, enmarcado en madera, de metro veinte de lado, parecía un chisme de esos que se exponen en el Museo de Arte Moderno. Sobre fondo negro y plata sobresalían siete hileras de dieciséis bombillas rojas mates, provista cada una de un número pintado en blanco. De momento estaban todas apagadas y la obra podría tener como título “Pilotos en reposo”
A la una treinta y siete de la madrugada uno de los pilotos se iluminó. El número cincuenta y dos. En el mismo momento, una sirena estridente empezó a sonar, parecía un despertador.
Para evitar cualquier confusión, cada policía de la central tenía su tarea asignada. La alarma correspondía al hombre de la izquierda. Pulsó un botón y dijo:
—Para mí.
Y la sirena se calló. Luego, con la mano izquierda, descolgó un teléfono y con la mano derecha pulsó el botón “emisión” del aparato de radio. Echó un rápido vistazo a una lista escrita a máquina que tenía ante sí bajo un cristal y vio que el número cincuenta y dos correspondía al centro provisional del Banco de Capitalistas e Inmigrantes.
—Coche nueve —dijo mientras con la mano izquierda, que seguía sosteniendo el teléfono, marcaba el número siete, es decir el despacho del jefe, actualmente ocupado por el oficial de servicio, el teniente Hepplewhite.
El coche nueve era el que patrullaba regularmente por el barrio del banco y los hombres de servicio aquella noche eran Bolt y Echer. Bolt conducía muy lentamente y acababa de pasar por delante del banco apenas hacía cinco minutos.
Echer, el copiloto, cogió la llamada. Descolgó el micro del tablero de mandos, pulsó un botón y anunció:
—Aquí coche nueve.
—Alerta en el B.C.I.. Eloral Avenue y Tenzing Street.
—¿Cuál?
—En la esquina de las dos calles.
—¿Pero qué banco?
—¡Ah! El provisional, el nuevo.
—Ya.
Yendo normalmente habrían necesitado cinco minutos para llegar al banco desde donde estaban. A toda pastilla, sirena e intermitente rojo en funcionamiento, llegaron en dos minutos. Entretanto, el teniente Hepplewhite había sido avisado y había avisado a su vez a los hombres de servicio que jugaban al póker en la planta baja.
Otros dos coches patrulla que hacían la ronda un poco más lejos también habían sido alertados y se dirigían hacia el banco (los agentes de la comisaría no se habían movilizado todavía pero habían abandonado la partida y se habían puesto las guerreras y las cartucheras. Estaban listos para intervenir). El policía de la central esperaba noticias del coche nueve.
—¿Central? —dijo la radio.
—¿Coche nueve?
—Sí. No hay nada.
Por un instante el policía de la central fue presa de pánico ¿No había nada? Miró de nuevo la luz roja, que seguía encendida a pesar de que la sirena ya se había callado: cincuenta y dos correspondía sin duda al banco provisional.
—Pues era aquí —dijo.
—Sí, ya sé que era allí donde estaba, lo he visto hace cinco minutos pero ya no hay nada.
Ahora el policía de la central no entendía nada de nada.
—¿Lo ha visto hace cinco minutos?
—La última vez que pasamos.
—Espere un poco —su voz estaba subiendo de tono y los otros dos policías lo miraron sorprendidos. Se supone que un policía de guardia debe conservar siempre la calma—. Espere un poco —repitió—. ¿Estaba al corriente de que sucedía algo anormal hace cinco minutos y no lo ha comunicado?
—No, no, no es eso —dijo el coche nueve. Luego otra voz dijo: “pásame eso. Central, aquí el agente Bolt. Estamos en el lugar y el banco ha desaparecido”.
Largo silencio de la central. En el lugar, el agente Bolt estaba al lado del coche patrulla. Él y Echer miraban fijamente el emplazamiento del banco. Echer con la mirada vidriosa, Bolt con expresión de desesperación e incredulidad.
Los cimientos de hormigón seguían allí, pero encima no había nada. El viento soplaba donde había estado el banco. Entrecerrando los ojos casi se podía ver la caravana, como si se hubiera hecho invisible pero todavía estuviera presente. A izquierda y derecha colgaban los cables de la luz y del teléfono como una melena. Los escalones de madera llegaban hasta los cimientos y después sólo había vacío.
Luego, el policía de la central, con una voz tan lejana como lejano estaría el banco en aquel momento, dijo por fin:
—¿El banco ha desaparecido?
—Exactamente —respondió el agente Bolt moviendo la cabeza con irritación (a lo lejos se oían sirenas acercándose)—. Unos cabrones han robado el banco.