CAPÍTULO VI
Dortmunder no había llegado todavía cuando May volvió de la tienda de Bohack. Desde la puerta de entrada gritó “¡Ehh!” dos veces sin obtener respuesta. Se encogió de hombros y atravesó el apartamento en dirección a la cocina con las dos bolsas llenas de provisiones. En tanto que empleada del supermercado disfrutaba de un descuento en algunos artículos y como, además, podía sisar otros sin problemas, las bolsas estaban repletas. Un día le había dicho a su amiga Betty, otra cajera de la tienda:
—Debería engordar con toda esta comida pero como tengo que acarrearlo hasta casa, conservo la línea.
—Deberías decirle a tu marido que viniera a buscarte —le había aconsejado Betty.
Todo el mundo pensaba, sin razón, que Dortmunder y ella estaban casados. Ella no había pretendido nunca hacerlo creer, pero tampoco lo había rectificado nunca.
—Me gusta estar delgada —había replicado para cerrar el tema.
Dejó las dos bolsas en la mesa de la cocina y se dio cuenta de que sus labios estaban calientes. Fumaba muchísimo y siempre tenía un cigarrillo en la comisura izquierda de la boca. Cuando notaba que le quemaba, sabía que era el momento de encender otro cigarrillo. Contra lo que suelen hacer la mayoría de los grandes fumadores, ella nunca encendía el nuevo con la colilla del otro: siempre estaba demasiado consumido. Se enfrentaba, pues, con un eterno problema de cerillas, similar al eterno problema de agua en algunos países árabes.
Pasó los cinco minutos siguientes abriendo cajones. Era un apartamento pequeño, con una salita pequeña, una habitación pequeña, un baño tan pequeño que tropezaban con todo y una cocina diminuta. Pero estaba lleno de cajones y durante los cinco minutos sólo se oyó el ruido de abrir y cerrar cajones. Acabó encontrando una caja de cerillas en el salón, en el cajón de la mesa del televisor. Era un bonito aparato en color que no les había costado caro. Dortmunder lo había conseguido por un amigo que había robado un camión lleno de ellos.
—Y lo más divertido —le había contado Dortmunder cuando trajo el aparato—, es que Harry pensaba que había robado un camión vacío.
May encendió un cigarrillo y dejó la cerilla en un cenicero cerca de la tele. Durante cinco minutos no había pensado más que en las cerillas. Pero una vez liberada de aquella preocupación, tomó conciencia de lo que le rodeaba y como el objeto más cercano era el televisor, lo encendió. Acababa de empezar una película. Era en blanco y negro y May prefería ver las cosas en color ya que era un televisor en color. Pero en la película salía Dick Powell, así que siguió mirando. Dick Powell hacía de un policía de Nueva York llamado John Kennedy que intentaba evitar un intento de asesinato contra Abrahan Lincoln. Iba en un tren y continuamente recibía telegramas que le llevaban los revisores corriendo por el pasillo mientras gritaban ¡John Kennedy, John Kennedy! A May le gustaba.
Naturalmente Dortmunder llegó en el momento más emocionante, acompañado por Kelp. Estaban en 1860 y Abrahan Lincoln se dirigía hacia su primera inauguración, que era donde querían asesinarlo. Adolph Menjou era el cerebro del complot, pero Dick Powell —John Kennedy— era más rápido que él. De todas formas no estaba claro cómo iba a acabar.
—No me fío de Víctor —dijo Dortmunder a Kelp— ¿Cómo vas, May?
—Desde esta mañana, a pie.
—No. Víctor es de fiar —dijo Kelp—. Buenos días May. ¿Qué tal tu espalda?
—Como siempre. Ahora me empezarán a doler las piernas. ¡Esas bolsas!
La vieron levantarse, con el cigarrillo en la boca, exhalando bocanadas de humo como una locomotora en miniatura.
—Se me olvidó guardar las provisiones —dijo precipitándose hacia la cocina donde los alimentos congelados empezaban a descongelarse mojando el resto de las cosas.
—Poned el sonido más alto —gritó.
Subieron el volumen, pero también se pusieron a hablar más alto. Se oyó una voz profunda, como si fuera Abrahan Lincoln, que dijo: “¿Alguna vez un Presidente vino a su primera inauguración como un ladrón nocturno?”
Las compras ya estaban guardadas y May volvió a la sala diciendo:
—¿Creéis que realmente dijo eso?
Dortmunder y Kelp habían estado hablando de alguien llamado Víctor y en ese momento se volvieron hacia ella y Dortmunder dijo:
—¿Quién?
—Él —dijo May y señaló hacia el televisor, pero cuando miraron hacia la pantalla había un hombre metido en el agua hasta la rodilla con una toalla gigante, que se echaba un líquido en la boca y hablaba de gérmenes.
—Él no —dijo May—. Abrahan Lincoln.
Los dos la miraron desconcertados. Y ella dijo:
—Olvidadlo —y apagó el televisor.
—¿Te fue bien el día? —le preguntó a Dortmunder.
—Así, así. Perdí los catálogos. Voy a tener que conseguir otros.
—Una mujer llamó a la policía —explicó Kelp.
May lo miró a través del humo de su cigarrillo.
—¿Intentaste violarla o algo así?
—Vamos, May, me conoces de sobra para pensar eso.
—Todos sois iguales.
Se habían conocido hacía casi un año, cuando ella había pillado a Dortmunder robando en la tienda. El caso es que él ni siquiera había intentado convencerla, no había pedido su complicidad, pero la había convencido. Se había quedado allí, de pie, moviendo la cabeza, y las latas de jamón cocido y los paquetes de queso americano se le caían de la chaqueta. Y ella no se había sentido capaz de denunciarlo.
—De todas formas —dijo Kelp—, nadie tendrá que preocuparse de trabajar durante bastante tiempo.
—Eso habrá que verlo —dijo Dortmunder.
—No estás acostumbrado a Víctor, ése es el único problema.
—Espero no acostumbrarme nunca a Víctor.
May se tiró en el sofá. Se sentaba siempre como si acabara de sufrir un ataque.
—¿De qué se trata? —preguntó.
—Un atraco a un banco —respondió Kelp.
—Sí y no —rectificó Dortmunder—. Es algo más que un atraco a un banco.
—Es un atraco a un banco —afirmó Kelp.
Dortmunder miró a May como esperando encontrar en ella equilibrio y sentido común.
—Por increíble que pueda parecerte, estamos pensando robar el banco entero.
—Es una caravana —añadió Kelp— ¿Te das cuenta?, una de esas casas móviles. Han trasladado allí el banco hasta que esté terminado el nuevo edificio.
—Y la idea —prosiguió Dortmunder—, es remolcar el banco con un camión y llevárnoslo.
—¿Adónde? —preguntó May.
—Ése es uno de los temas a discutir —dijo Kelp.
—Me parece que tenéis un montón de cosas que discutir— replicó May.
—Y además está Víctor —dijo Dortmunder.
—Mi sobrino —explicó Kelp.
May movió la cabeza.
—Nunca conocí a ningún sobrino que valiera la pena.
—Todo el mundo es sobrino de alguien —observó Kelp.
—Yo no —dijo May.
—Todos los hombres.
—Víctor está chiflado —dijo Dortmunder.
—Pero tiene buenas ideas.
—Como el apretón de manos secreto.
—No tiene por qué participar en el trabajo —dijo Kelp—. Nos dio la idea, eso es todo.
—Y es todo lo que se le pide.
—Tiene toda esa experiencia del F.B.I.
May puso cara de susto.
—¿Lo busca el F.B.I.?
—No, estuvo en el F.B.I. (Kelp indicó con un gesto que no quería insistir en el tema). Es una larga historia.
—No sé —dijo Dortmunder y se sentó en el sofá al lado de May—. Lo que me gustaría es un atraco sencillo. Te pones un pañuelo en la cara, entras, enseñas un arma, coges el dinero y te vas. Sencillo, directo y honrado.
—Se está poniendo difícil últimamente —dijo Kelp—. Nadie usa dinero. No hay nóminas en metálico, todo el mundo paga con cheque, las tiendas cobran con tarjetas de crédito.
—Sí —dijo Dortmunder—. Es todo muy deprimente.
—¿Y si fueras a buscar una cerveza? —propuso May a Kelp.
—Vale. ¿Quieres tú?
—Claro.
—¿Y tú, Dortmunder?
Dortmunder asintió con la cabeza. Miraba como enfurruñado el televisor apagado.
Kelp se fue a la cocina.
—Sinceramente ¿qué piensas? —preguntó May.
—Que es la primera ocasión que se presenta desde hace un año.
—Pero ¿te gusta?
—Ya sabes, a mí lo que me gusta es entrar en una fábrica de zapatos con otros cuatro tipos, forzar la caja y largarme con la pasta. Pero todo el mundo paga con cheque hoy en día.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—Podemos ponernos en contacto con Murch y contárselo —gritó Kelp desde la cocina—. Sería el chófer.
Oyeron cómo abría las botellas de cerveza.
—Hay que adaptarse a lo que se presente —dijo Dortmunder encogiéndose de hombros. (Movió la cabeza)—. Pero a decir verdad, todo este asunto no me inspira ninguna confianza. Soy como un cow-boy profesional que sólo se luce en el rodeo.
—No tienes más que pensarlo y ver si te conviene. Nadie te obliga a meterte en ello inmediatamente.
Dortmunder le dirigió una sonrisa de medio lado.
—No me dejes hacer estupideces.
Ésa era su intención. No contestó nada y le devolvió la sonrisa. Se estaba quitando una colilla de la boca cuando entró Kelp con las cervezas.
—Es una buena idea ¿verdad? —dijo repartiendo las botellas—. ¿Llamo a Murch?
Dortmunder se encogió de hombros.
—Vale.