CAPÍTULO IV
—¡Que nadie se mueva! —ladró Víctor—. Esto es un atraco.
Pulsó el botón de stop de su magnetófono, rebobinó y volvió a escuchar la cinta.
—¡Que nadie se mueva! —ladró el cassette—. Esto es un atraco.
Víctor sonrió, luego dejó el magnetófono encima de la mesa de trabajo y cogió otros dos magnetófonos. Los tres eran pequeños, del tamaño de una típica cámara de fotos de turista. En uno de ellos dijo en tono agudo “No puedes hacer eso”, luego lo grabó en el segundo a la vez que lanzaba un grito en falsete. Él grito y la frase en tono agudo fueron grabados en el tercer magnetófono mientras decía con voz profunda “Cuidado chicos, están armados”. Gradualmente, pasando de un magnetófono a otro, elaboró la respuesta de una multitud agitada ante el anuncio de un atraco. Una vez que quedó satisfecho, lo grabó todo en el primer magnetófono.
La habitación de Víctor había empezado siendo un garaje, luego había dado un giro. Actualmente era una especie de término medio entre un cuchitril y un taller de reparación de radios. La mesa de trabajo de Víctor, llena de magnetófonos, de viejas revistas y de objetos diversos, estaba contra la pared del fondo que, a su vez, estaba tapizada con tapas de viejas novelas de aventuras, primero pegadas, luego barnizadas. Una pantalla de cine enrollada adornaba la parte alta de la pared. Víctor podía bajarla y engancharla detrás de la mesa.
La pared a la izquierda de Víctor estaba enteramente cubierta por estanterías llenas de revistas baratas, libros de bolsillo, comics y viejos libros infantiles. La pared de la derecha también estaba cubierta con estanterías que contenían repuestos de aparatos estereofónicos y discos, la mayor parte de ellos de programas de radio como “El Llanero Solitario” o “Terry y los piratas”. En un pequeño estante, abajo del todo, había una hilera de cassettes nuevas cuyos títulos, escritos con tinta roja, eran del estilo de “El vengador escarlata contra el hombre lince”. La última pared, donde habían estado las puertas del garaje, estaba dedicada al cine. Había dos proyectores, uno de 8 mm. y otro de 16 mm., y los estantes llenos de latas de películas. Los pocos espacios libres que quedaban en las paredes estaban cubiertos con posters de viejas películas, como “Flash Gordon conquista el universo”. No se veían ni puertas ni ventanas. La mayor parte del suelo estaba ocupado por quince viejas sillas de cine, en tres filas de cinco, todas frente a la pared del fondo, a la pantalla enrollada, a la abarrotada mesa de trabajo y a Víctor.
Víctor tendría treinta años recién cumplidos. Todavía no había nacido cuando se había producido la mayor parte del material que tenía en la habitación. Había descubierto ese tipo de literatura barata por casualidad, cuando estudiaba en el instituto, y había empezado a coleccionarla, abarcando gradualmente todo tipo de novelas de aventuras de las décadas anteriores a la segunda guerra mundial. Además de un hobby era historia, aunque no sentía nostalgia de la época. Quizá era ese hobby lo que lo mantenía joven. Fuese lo que fuese, lo cierto es que no aparentaba su edad. Aparentaba como máximo veinte años, pero la gente generalmente lo confundía con un adolescente y en los bares, a veces, le pedían la documentación. Esto siempre le había molestado, sobre todo cuando estaba en el F.B.I. y tenía que pasar su carnet de agente por las narices de algún rojo y el rojo se partía de risa. Su aspecto había sido un obstáculo para sus actividades en el F.B.I. Por ejemplo, no podía infiltrarse en los campus universitarios porque parecía que no tenía edad suficiente para ir a la Universidad, ni podía dejarse crecer la barba, porque lo único que le crecía eran cuatro pelos descabalados y parecía sufrir de alguna enfermedad producto de las radiaciones. Y cuando se dejaba el pelo largo, a lo que más se parecía era a la mascota de los Tres Mosqueteros.
En una ocasión, estando destinado en la oficina de Omaha, había oído que el jefe Flanagan le decía al agente Goodwin: “queremos que nuestros hombres lleven el pelo corto y que están bien afeitados, pero ése es ridículo” y se había dado cuenta de que estaban hablando de él.
A veces se decía que el F.B.I. lo había echado tanto por su físico como por la historia del apretón de manos.
De todas formas el F.B.I. lo había decepcionado. No era sitio para él. No tenía nada que ver con “El F.B.I. en la guerra y en la paz” o con “Hombres G” o con el resto de la literatura sobre el tema. Ni tan siquiera se llamaban Hombres G, se llamaban agentes. Cuando lo llamaban agente, Víctor se imaginaba a sí mismo como un espía humanoide de otro planeta, miembro de una avanzadilla enviada para esclavizar a la humanidad y someter la tierra al dominio del Planeta Alfa Centauri II. Había sido una insistente fantasía que llegó a perturbarlo y acabó con sus técnicas de interrogatorio. También había que tener en cuenta que Víctor había estado veintitrés meses en el F.B.I. y ni siquiera había cogido una metralleta. Ni la había visto. Nunca había roto una puerta. Nunca le habían dado la oportunidad de hablar por un megáfono, “Ríndete Muggy, la casa está rodeada” No, lo más estimulante de su trabajo había consistido en llamar por teléfono a los padres de los desertores del ejército y preguntarles si habían visto a su hijo hacía poco. Y el archivo, sí, enormes masas de papel para archivar.
No, no era lugar para él. Pero, aparte del garaje ¿cuál era su lugar? Había estudiado derecho pero no había hecho el examen de licenciatura; además no tenía ninguna gana de ejercer. Aquella temporada vivía de la compra-venta de libros y revistas viejas por correo. Pero no era una vida muy satisfactoria... Quizá ese trabajillo con Tío Kelp podía llegar a algo. Ya veríamos...
—¡No tenéis escapatoria! —gritó con voz varonil en el cassette. (Luego, con tono chillón y estridente) —¡No, no lo hagáis! (dejó el micro, abrió uno de los cajones de su mesa y sacó una automática calibre 25 Internacional. Comprobó el cargador. Seguía teniendo cinco balas de fogueo. Volvió a coger el micro, disparó dos veces seguidas, luego una tercera mientras gritaba:) —¡Toma, toma y toma!
—Ejemm... —dijo una voz.
Víctor se sobresaltó y volvió la cabeza. Una parte de la biblioteca de la pared de la izquierda estaba corrida hacia el interior y Kelp estaba en el umbral con aire de desconcierto. Tras él se veía un trozo del soleado patio trasero y la pared de tablones blancos del garaje vecino.
—Yo, ejemmm... —dijo Kelp gesticulando.
—Buenos días —respondió Víctor calurosamente (movió el revólver en un gesto amistoso) —Entra, entra.
Kelp señaló con el índice el revólver.
—Esto., ejemm...
—Está cargado con balas de fogueo —respondió Víctor tranquilamente.
Paró el magnetófono, guardó la automática en el cajón y se levantó.
—Entra.
Kelp entró y cerró la biblioteca.
—Me has puesto los pelos de punta.
—Lo siento —respondió Víctor con aspecto nervioso.
—Hay que decir que los pelos se me ponen fácilmente de punta. Un revólver, un puñal, bobadas de esas y pierdo la cabeza.
—Lo tendré en cuenta —dijo gravemente Víctor.
—Déjalo. Encontré al tipo del que te había hablado.
—¿El cerebro? —preguntó Víctor con interés—. ¿Dortmunder?
—El mismo. No sabía muy bien si te iba a molestar que lo trajera aquí. Ya sé que quieres intimidad.
—Perfecto. ¿Dónde está?
—En la acera, un poco más allá.
Víctor se precipitó hacia el rincón de la habitación en el que se amontonaban rollos de película y proyectores. Una pequeña foto enmarcada de George Raft en “La llave de cristal” ocupaba, a la altura de los ojos, un trozo de pared libre. Víctor la levantó y pegó la nariz a un pequeño trozo rectangular de sucio cristal.
Vio un hombre en la acera. Paseaba lentamente de un lado a otro, echando rápidas caladas a un cigarrillo que protegía con la mano. Víctor movió la cabeza satisfecho. Dortmunder era alto, delgado y parecía cansado. Tenía la mirada hastiada de Humphrey Bogart en “La gran evasión”. Víctor torció la boca a lo Bogart, retrocedió y volvió a poner la foto en su lugar.
—Sorprendente. Vamos a buscarlo.
—Vale.
Víctor abrió la biblioteca y empujó a Kelp delante de él. Por el otro lado, la biblioteca no era más que una simple puerta con un cristal sucio tapado con una cortina persa. Víctor cerró la puerta. Los dos hombres rodearon el garaje y avanzaron al encuentro de Dortmunder. Víctor no pudo evitar mirar para atrás cuando se encontraba a mitad de camino y admirar su obra. Desde fuera parecía un garaje normal, con la salvedad de que era más anticuado que la mayoría de ellos. Cualquiera que llegara hasta la puerta y mirase por la sucia ventana, no vería más que oscuridad. Había puesto un panel pintado de negro a seis pulgadas del cristal, pero nadie lo notaría, lo único que verían sería oscuridad. Víctor había intentado colocar una fotografía de un Ford de 1933 a tamaño natural, pero no había podido conseguir la perspectiva correcta. Por eso se había conformado con la oscuridad. Miró hacia adelante sonriendo y caminó junto a Kelp hasta que se encontraron con Dortmunder. Este último se paró, les dirigió una mirada amarga y se desembarazó de un papirotazo de la colilla.
Kelp hizo las presentaciones.
—Dortmunder, te presento a Víctor.
—Salud —dijo Dortmunder.
—Buenos días señor Dortmunder —respondió Víctor con entusiasmo tendiéndole la mano—. He oído hablar mucho de usted —añadió con tono de admiración.
Dortmunder miró la mano, luego a Víctor y finalmente se la estrechó.
—¿Le han hablado mucho de mí?
—Mi tío —dijo con orgullo Víctor.
Dortmunder lanzó a Kelp una mirada difícil de definir.
—¿Es verdad?
—Bueno, sí, hablé de ti en general, ya sabes, sólo eso.
—¿De esto y de lo de más allá? —sugirió Dortmunder.
—Más o menos sí.
Víctor sonrió a los dos hombres. Dortmunder era simplemente perfecto. El físico, la voz, la actitud, todo le gustaba. Después de la decepción del F.B.I. no había sabido con exactitud a qué atenerse. Pero de momento Dortmunder colmaba todas sus esperanzas.
Se frotó las manos de placer.
—Pues bueno —dijo alegremente. ¿Y si fuéramos a echar un vistazo?