CAPÍTULO II

Kelp conducía mirando con un ojo la calle desierta ante ellos y con el otro el retrovisor que reflejaba la calle desierta tras ellos. Estaba nervioso pero concentrado.

—Tendrías que habérmelo dicho antes —dijo.

—Lo intenté —respondió Dortmunder, con voz hosca y enfadada desde su rincón.

—Podíamos haber tenido problemas los dos.

El recuerdo de la sirena de la policía ponía a Kelp nervioso y, de rebote, estaba parlanchín.

Dortmunder permaneció silencioso. Kelp lo observó: miraba la guantera como si tuviera algo especial. Kelp volvió a centrar su atención en la carretera y el retrovisor.

—Con los antecedentes que tienes, ya sabes, si te pillan en lo que sea, lo menos que te cae es una cadena perpetua.

—¿De verdad? —dijo Dortmunder.

Estaba muy sarcástico, más que de costumbre.

Kelp cogió el volante con una mano mientras sacaba el paquete de Trues e introdujo un cigarrillo entre los labios. Le tendió el paquete a Dortmunder.

—¿Quieres?

—¿Qué marca es esa?

—Los nuevos cigarrillos que contienen menos alquitrán y nicotina. Prueba.

—Prefiero seguir con el Camel.

Por el rabillo del ojo, Kelp vio cómo sacaba del bolsillo de la chaqueta el paquete arrugado.

—Traes —murmuró Dortmunder— ¡Vaya un nombre para unos cigarrillos!

Kelp se picó.

—¿Y qué clase de nombre es Camel? Trues, al menos, significa algo ¿Qué significa Camel?

—Significa cigarrillos —dijo Dortmunder— Durante años y años ha significado cigarrillos. Cuando veo algo que se llama Trues, me imagino que es un timo.

—Te imaginas que todo es un timo porque acabas de intentar un timo.

—Eso es —dijo Dortmunder.

Kelp podía encajarlo todo, excepto que le dieran la razón. No sabiendo cómo continuar, dejó que la conversación muriese. Se dio cuenta de que tenía el paquete de cigarrillos en la mano y lo guardó.

—Además, creía que habías dejado de fumar —dijo Dortmunder.

Kelp se encogió de hombros.

—Ya no.

Cogió el volante con las dos manos para girar a la derecha en Merrick Avenue, una calle importante de mucha circulación.

—Creía que la publicidad anti-cáncer en la tele te había convencido.

—Es verdad. (Ahora estaban en una caravana de coches, pero ninguno era de policía). Pero ya no hay. Dejaron de poner anuncios de tabaco y contra el cáncer al mismo tiempo. Por eso volví a fumar.

Sin dejar de mirar a la calle, extendió el brazo para pulsar el botón del mechero del coche. Un chorro de detergente bañó el parabrisas y perdieron toda la visibilidad.

—¿Qué coño haces? —aulló Dortmunder.

—¡Mierda! —gritó Kelp. (Pisó el freno a tope) —¡Estos putos coches americanos!

Algo chocó tras ellos. Dortmunder dejó de prestar atención a la guantera y declaró:

—De todas formas es mejor que la cárcel de por vida.

Kelp había encontrado el botón del limpiaparabrisas que ya estaba barriendo aquella especie de moco jabonoso.

—Ahora todo va bien —dijo.

Alguien golpeó la ventanilla, cerca de su oreja izquierda. Volvió la cabeza; un tipo corpulento con abrigo estaba vociferando.

—¿Qué pasa? —preguntó Kelp.

Encontró el botón adecuado y el cristal empezó a bajar. Entonces oyó lo que el tipo corpulento estaba vociferando.

—¡Mire lo que le ha hecho a mi coche!

Kelp miró ante sí. Nada. Luego miró por el retrovisor y vio un coche empotrado en el suyo.

—¡Mire, mire! —chillaba el tipo corpulento—. ¡Venga a ver!

Kelp abrió la puerta y bajó. Un Pinto color bronce estaba encajado en la parte trasera del Coronado.

—¡Dios mío, Dios mío! —exclamó Kelp.

—¡Mire lo que le ha hecho a mi coche!

Kelp fue hasta la parte trasera del Toronado y examinó los desperfectos. Cristales rotos, parachoques torcido y un pequeño charco verde. Líquido del radiador sin duda.

—¡Venga! —bramó el tipo corpulento—. ¡Vea con sus propios ojos lo que ha hecho a mi coche!

Kelp movió la cabeza.

—Ni hablar. Es usted el que ha chocado conmigo. Yo no he hecho nada para...

—¡Frenó usted en seco! Cómo quiere que yo...

—Cualquier compañía de seguros le dirá que es el coche de atrás el que...

—Frenó usted en seco... Ya veremos lo que dice la policía.

—¿La policía?

Kelp esbozó una despreocupada sonrisa y se puso a caminar alrededor del Pinto, como inspeccionando los daños. A la derecha había varios almacenes y ya se había fijado en un pasadizo. Mientras daba la vuelta echó un vistazo al interior del coche y vio que la parte de atrás estaba llena de cajas de cartón abiertas. Contenían libros de bolsillo. Docenas de ejemplares de cinco o seis títulos. Uno era “Muñeca apasionada”, otro “Hombres hambrientos”, otro “Extraño asunto”. Las tapas estaban ilustradas con mujeres desnudas. Los mejores títulos eran “Llámame pecadora” y “Aprendiz de virgen”. El tipo corpulento había ido detrás de él despotricando, gritando y moviendo los bazos de tal modo que hacía ondear el abrigo. Era inimaginable que alguien llevara abrigo en un día como aquél. Cuando Kelp se paró, él también lo hizo, bajó la voz y en un tono casi normal dijo:

—Entonces ¿qué?

Kelp mantuvo la mirada fija en los libros y dijo:

—¿Hablaba de la policía?

En ese momento ya varios coches habían tenido que dar un rodeo porque taponaban la calle. Una mujer en un Cádillac les gritó “¿Por qué no se quitan de ahí?”

—Hablo de la policía de tráfico.

—No importa de lo que hable, usted quiere llamar a la policía. Le advierto que van a prestar más atención a lo que hay en el coche que al accidente.

—El Juzgado.

—No sé por qué el Juzgado iba a desplazarse por un simple accidente. En mi opinión se tendrá que conformar con la policía local.

—Mi abogado se ocupará de todo —dijo el tipo corpulento que ya no parecía tan seguro de sí.

—Y además ha sido usted el que me ha dado. No lo olvide.

El tipo corpulento echó una mirada a su alrededor, como buscando una salida, y después consultó el reloj.

—Ya llego tarde a una cita.

—Yo también —respondió Kelp—. Escuche, tenemos los mismos desperfectos cada uno. Yo pago los míos y usted los suyos. Si reclamamos algo a la compañía de seguros lo único que vamos a conseguir es que nos cobren más cara la próxima póliza.

—O que no nos la quieran renovar. Ya me pasó una vez. Si no hubiera sido porque intervino un amigo de mi cuñado, ahora estaría sin póliza.

—No me diga nada...

—Estos cabrones te quitan hasta la camisa y luego un buen día ¡paf! te dejan tirado.

—Es mucho mejor no tener nada que ver con ellos.

—Eso mismo pienso yo —dijo el tipo corpulento.

—Bueno, pues hasta otro día.

—Adiós —respondió mecánicamente el tipo corpulento.

Pero no había acabado de hablar cuando una expresión de desconcierto apareció en su cara, como si empezara a sospechar que lo habían engañado.

Dortmunder ya no estaba en el coche. Kelp movió la cabeza y puso en marcha el Toronado.

—¡Hombre de poca fe! —murmuró para sí. Y arrancó con un chirrido metálico.

Doscientos metros más adelante, después de un semáforo, oyó un estrépito. El parachoques delantero del Pinto, que había arrastrado hasta allí, se soltó y quedó en medio de la calzada.