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Casi todos somos alérgicos a los errores. Cuando cometemos uno, nuestro instinto nos empuja a mirar hacia otro lado, a ignorarlo, a fingir que no ha ocurrido. Y eso no es bueno porque, como ya hemos visto, los errores son los hitos de nuestra mejora. Se han realizado estudios de monitorización cerebral que revelan un instante vital, 0,25 segundos después de cometido el fallo, en que la gente hace una de estas dos cosas: o bien se fija atentamente en él, o bien lo ignora. Las personas que prestan una gran atención a su error aprenden significativamente más que aquellas otras personas que lo ignoran.

Así pues, adquiere el hábito de prestar atención a los errores de entrada. No te arredres, no cierres los ojos. Míralos directamente a la cara y fíjate en qué es lo que en realidad ha ocurrido; a continuación, pregúntate qué puedes hacer para mejorar. Tómate los errores en serio, aunque nunca como algo personal.