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En todos los semilleros de talento del mundo, desde Moscú hasta Dallas, desde Brasil hasta Nueva York, siempre he visto la misma expresión facial: ojos entrecerrados, mandíbula apretada, nariz dilatada, el rostro de alguien que persigue algo con gran intensidad, que no lo alcanza por poco y vuelve a intentarlo. No se trata de ninguna coincidencia puesto que la práctica intensa ofrece una emoción reconocible, una sensación que puede resumirse en una palabra: «lucha».

La mayoría de nosotros evita la lucha de manera instintiva porque resulta desagradable. Parece un fracaso. Sin embargo, cuando de lo que se trata es de desarrollar el talento, la lucha no es una opción sino una necesidad biológica. Puede sonar raro, pero así es como funciona la evolución. La lucha y la frustración que sentimos al forzar los límites de nuestras habilidades —esa quemazón incómoda del «casi, casi»— es la sensación que nace de construir nuevas conexiones neuronales, un fenómeno que el psicólogo de la UCLA Robert Bjork denomina «dificultad deseable». El cerebro trabaja igual que los músculos: sin dolor no hay logros.