Los bichos que se veían y se tocaban
DOCTOR:
Cuando yo era niño, las enfermedades "se cogían", como decíamos entonces, por bichos que se veían y se tocaban. Lo de las bacterias y los virus vino mucho más tarde, aunque nos estuvieran matando como ahora, pero en el anonimato.
Yo recuerdo una historia en la que una profesora pregunta a sus alumnos cuál es el animal más pequeño que conocen. Ninguno de ellos ha visto un animal más pequeño que las pulgas, hasta que el pérfido Jaimito, levantando su no menos pérfido dedo índice, grita:
—Yo sé cual es el animal más pequeño del mundo.
¿Y cuál es? -pregunta la profesora.
¡Los garrunchos! Los garrunchos son los animales más pequeños que existen, señorita.
—¿Y que son los garrunchos?
—Pues los garrunchos -explica Jaimito lleno de orgullo- son una especie de piojitos que tienen las ladillas en los cojones.
Y perdonen ustedes, doctor, editor y lector esta ordinariez, pero la ciencia es la ciencia, y a veces los científicos nos vemos obligados a decir estas barbaridades.
Yo, doctor, jamás tuve garrunchos, pero a mi alrededor pulularon miríadas de pulgas, de chinches, de piojos, de liendres, de arañas, de moscas y de cucarachas que nos hacían la vida imposible.
Todos se han extinguido, al menos en nuestra civilización cristiana y democrática, gracias a los desinfectantes y a la higiene personal. Los niños ya no jugamos a decapitar moscas y a cortarles las alas y la cabeza para verles agitar las patitas en el aire como el insecto en que se transformó Kafka en "La metamorfosis".
Ya no clavamos mariposas con alfileres, ya no aplastamos pulgas con la uña del dedo pulgar como cuando las atrapábamos entre las sábanas de nuestras camas y de nuestras cunas.
Ya nuestras madres no nos despellejan el cuero cabelludo con las lendreras para su diario infanticidio de querubines de piojos. Ya no hay liendres, doctor, y si las hay deben de estar en los museos de ciencias naturales.
En aquellos tiempos llenos de insectos estábamos también llenos de orzuelos, de mocos que nos resbalaban hasta la boca, de legañas que imitábamos perfectamente con las semillas de no sé qué hierbas que cogíamos en el campo.
Entonces todo se veía. Las heridas enconadas de las rodillas cubiertas por costras arrugadas y volcánicas, que nosotros llamábamos postillas, también han desaparecido.
Teníamos verrugas en las rodillas, en los codos, en los labios y en los dedos alrededor de las uñas.
Aquello, doctor, era vivir con la naturaleza o en la naturaleza, si le parece más apropiado. Ahora es distinto. Ahora los insectos producen alarma social. En cuanto aparece uno vivo, al menos en las ciudades, llegan los fumigadores municipales y en un par de soplos destruyen varias dinastías de insectos. No sé por qué no se ocupan de esto las ONG salvadoras de los animales para proteger unas especies que también fueron creadas por Dios.
Yo, doctor, se lo confieso con el corazón en la mano, prefiero la amenaza de los animalitos que se pueden ver, estrangular, matar a martillazos y guillotinar como cuando éramos niños, a las amenazas de los medio seres que nos están aniquilando, aunque, lo confieso, todavía no lo suficiente.
De los insectos nos defendíamos en nobles luchas de hombre a hombre. Con los nuevos bichos, con los virus, que no tienen ni siquiera código genético para maldecir a sus madres, no podemos luchar como en nuestros tiempos cuando pegábamos fuego a las cucarachas que aplastábamos sádicamente sorprendidos de que no tuvieran sangre, de que estuvieran llenas de besamel.
La lucha contra los virus corre ahora a cargo de los leucocitos, que no siempre salen victoriosos en sus batallas. Son peleas anónimas como las guerras contemporáneas, en que se destruyen ejércitos enteros sin haber sido presentados. Para vencer y exterminar, ahora basta que un presidente apriete el botón de los misiles mientras su amante le va quitando uno a uno los garrunchos con las pinzas de depilarse.
Supongo que las cosas no son exactamente como se las estoy diciendo, doctor. Usted que es un científico, un salvador de cuerpos, quizás sepa lo que está ocurriendo, pero yo, educado en el cuerpo a cuerpo contra los insectos, sufro porque no se pueda ver, oler, tocar y aplastar a nuestros enemigos. Ya, doctor, no podemos ni maldecir a las madres de los virus, porque, según me han dicho, los virus no tienen madre. Tienen que robarlas.
En fin, una pena, doctor. Así es la vida, así es el progreso.
Un abrazo, como siempre.