La frivolidad de las estadísticas
DOCTOR:
Hace años los médicos de una clínica psiquiátrica norteamericana separaron a sus pacientes en tres grupos al azar. Cada grupo fue tratado de diferente manera. Uno de los grupos recibió tratamiento psicoanalítico ortodoxo, el otro farmacológico y al tercero le dejaron tranquilo con el falso consuelo terapéutico de los placebos.
Pues bien, doctor, el informe de la experiencia fue sorprendente. A los dos años los tres grupos dieron los mismos índices de curaciones, de defunciones y de cronicidad, si así puede decirse. Los enfermos sanaron, murieron o siguieron como estaban sin que en ellos intervinieran las manipulaciones de sus cuidadores.
Naturalmente, doctor, yo no puedo aceptar los resultados de esa seudoexperiencia, nula desde sus primeros fundamentos.
Si los médicos hubieran tenido una curiosidad científica de grado superior, como era su obligación, deberían haber repetido la prueba cambiando el orden de los tratamientos y comprobar de nuevo dos años más tarde los resultados. Y a los dos años volver a hacer la misma prueba cambiando otra vez los tratamientos. Solo así podrían haber tenido una aproximación ligeramente acertada a sus estudios seudoestadísticos.
Naturalmente, la noticia me inquietó porque me hizo pensar:
—¿Habrán servido para algo las ciento treinta y siete medicinas que he tomado en los últimos años? ¿Qué me habría ocurrido si solo hubiera tomado una parte o si no hubiera tomado ninguna? ¿Estaría ahora como estaba cuando ustedes me las recetaron, estaría mejor, estaría peor o estaría ya incinerado? ¿Sabré alguna vez si esas medicinas que ustedes me recetaron fueron saludables, indiferentes o perniciosas para mí?
Sé que a usted le parecerán preguntas banales, preguntas de un hipocondriaco, pero no es así, doctor, porque esas preguntas nos lanzan a los brazos de nuevas dudas.
¿Qué hago, doctor? ¿Sigo tomando medicinas, sigo con la medicina tradicional que usted practica, huyo a la meditación trascendental, me hago vegetariano o elijo al azar una de esas medicinas que ahora llaman alternativas? ¿En cuál de ellas está el destino de mi vida?
Y de nuevo vuelvo a la clínica psiquiátrica norteamericana, aunque con un enfoque de mayor profundidad. ¿Llegaremos a saber algún día si morimos a la hora exacta señalada por nuestro destino, hora solo conocida por Dios Nuestro Señor; viviremos más tiempo del que nos correspondería si se hubiesen aplicado en nosotros las medicinas modernas, o moriremos prematuramente de macabras defunciones organizadas por los belicistas que andan siempre de moda?
Y un último reproche a los seudocientíficos americanos de la clínica citada. Qué infamia, qué desprecio hacia los pacientes que incluyeron en sus osadías. Yo no admito que a mí me incluyan en ningún treinta y tres, tres, tres, tres por ciento de ningún colectivo. A mí no me trata nadie como si yo fuera un decimal. Yo soy un hombre, como afirma nuestra reciente Constitución, un hombre, repito, libre, y me incluyo voluntariamente en los tantos por cientos que me de la gana. Yo no soy una partícula de un experimento, yo siempre fui, soy y seré una excepción, el único, el solo, el yo mismo aunque me huelan los pies, si la naturaleza o Dios así lo han querido.
Por cierto, doctor, ahora que me estoy adentrando en los grandes problemas de la vida voy a decirle una cosa a propósito del olor de los pies: le huele a usted el aliento, doctor. A veces puedo saber lo que ha comido usted antes de llegar a la consulta. Y lo peor, doctor, es que a su enfermera también le huele. Me refiero a la enfermera madura y gruñona que antes de que usted me dé los buenos días -ella ni siquiera los da-, antes, repito, ya me está pidiendo los volantes de la Asociación de la Prensa, como si yo fuera a huir sin pagarle con mi vale las pesetas que cobran ustedes por la consulta.
Pero de todo esto ya volveré a hablarle otro día con más detenimiento. Ahora tengo que dejarle porque son las siete y tengo que ponerme la lavativa preventiva que me he recetado, por lo que ya le contaré más despacio cuando vaya a visitarle dentro de unos días.
Un saludo.