La edad como síntoma

DOCTOR:

Gracias a mis enfermedades, día a día voy conociendo mejor mis órganos y sus funciones -y con mayor frecuencia sus disfunciones-, aunque sé que esos modestos conocimientos crecen en extensión pero no en profundidad.

Recuerdo que un psiquiatra amigo mío me explicaba cómo en todo enfermo mental hay un abismo que siempre conduce a otro abismo más profundo y a otro y a otro, y así hasta el último supuesto abismo que siempre se entreabre a nuevos abismos hasta el abismo definitivo de la nada.

Yo creo, doctor, con la modestia que exige mi ignorancia, que con la materia ocurre lo mismo que con las almas inaprensibles a que se refería mi amigo el psiquiatra de las profundidades.

También en el mundo físico los abismos ligeramente conocidos de la materia nos conducen a nuevos abismos ignorados, y así, abismo tras abismo, acabamos por tropezar con el muro impenetrable de la nada, que quizás oculte otros abismos ni siquiera imaginados.

Algún día, pienso, esos dos abismos, el del espíritu y el de la materia corruptible, se encontrarán y abrazados marcharán en busca de nuevos abismos comunes cada día más alejados del infinito y luminoso abismo de los Dioses.

Pero dejemos estas divagaciones seudometafísicas y volvamos a lo que se toca, se ve, se oye y se palpa.

Le digo todo esto, doctor, porque gracias a ustedes sé que la edad, ruta de los abismos de todos los abismos, es un síntoma, un importantísimo síntoma de todas las patologías humanas.

Verá, doctor. Todos los médicos que he visitado últimamente, después de escuchar con atención las descripciones que hago de mis dolores y de mis angustias, me preguntan:

—¿Qué edad tiene usted?

Y al oír mi respuesta, siempre me dicen lo mismo:

—No se preocupe. A su edad eso que tiene es normal.

Y, para consolarme, añaden:

—También lo tengo yo.

Palabras que me honran y me consuelan porque padecer lo que padece mi médico siempre es consolador. Sobre todo cuando se saca del bolsillo unas píldoras medio usadas y me las da diciendo que son muy buenas para "lo nuestro".

¡Se han adueñado de mí los años, doctor! Ya no padezco enfermedades, padezco simplemente años, meses, semanas, días, horas, minutos, segundos que me van empujando implacablemente hacia el abismo ese del que me hablaba mi amigo el psiquiatra, que fue psiquiatra solamente para curar a su madre que sucumbió en los abismos de la locura de la que no pudo salvarla porque él llegó antes que ella al definitivo abismo de la muerte.

Recuerdo que mi amigo solía decirme la intolerable simpleza que afirma que no hay enfermedades sino enfermos, como pudo haber dicho que no hay accidentes de coches sino excesos de velocidades cuando se dejó los sesos incrustados en los ladrillos de un muro próximo a una curva peligrosa.

Estoy seguro de que cuando llegó al Más Allá, alguien, un ángel, un policía de tráfico jubilado, un empleado de la compañía en que tenía asegurada su vida y la del coche, le dijo:

—No se preocupe. A su edad eso que le ha sucedido a usted es normal. Sobre todo cuando se conduce un deportivo a ciento sesenta por hora. Y ha tenido usted suerte, porque se ha librado de milagro de una multa de cien mil pesetas por exceso de velocidad. Un policía de tráfico le estaba esperando en la siguiente curva.

O sea, doctor, me callo porque, ¿qué podemos decir de nuestro destino y de sus abismos? ¡Nada!

A nuestra edad ya solo nos queda tranquilizar a los jóvenes con falsos consuelos:

—No os preocupéis, eso que tenéis a vuestra edad es normal. Ellos ya saben de qué les estamos hablando.

Ellos y los resultados de los análisis que les ordenen que se hagan cuando aparezcan los primeros síntomas sospechosos de que ya están siendo llamados por las voraces bocas de los abismos.

Un abrazo, doctor. Usted ya sabe de qué le estoy hablando.