Los doctores monosilábicos
DOCTOR:
La comunicación entre los médicos y los enfermos es una comunicación verbal. Es su primer encuentro. Luego vendrá el diálogo solitario de los médicos con los análisis, las radiografías, los escáneres y toda la apoteosis de las nuevas técnicas para observar a los enfermos por dentro.
En esos diálogos apenas participa el ignorante paciente que suele ser incapaz de describir con claridad dónde y cómo le duele.
Los enfermos no sabemos de geografías anatómicas. Somos como esos alpinistas aficionados que se pierden por las cordilleras a los que luego hay que ir a buscarlos entre nieblas y brumas.
Por eso, doctor, ustedes deben escucharnos con paciencia, aunque describamos mal nuestros dolores y nuestros temores.
Y ustedes deben también hablarnos con la misma paciencia, nunca con monosílabos, sino con palabras y oraciones enteras bien pronunciadas porque las van a oír oídos sandios.
Ustedes tienen la obligación de aprender el metalenguaje del pavor con que hablamos los enfermos.
Recuerdo que hace años yo insistía en decir que me dolía en un lado del abdomen. Al parecer, ese dolor era biológicamente incorrecto. Ese dolor debía manifestarse en el otro lado.
Irónicamente se me dijo lo de "conócete a ti mismo", pero yo seguí sin conocerme y seguí diciendo que me dolía donde yo señalaba con el dedo.
Por fin, ante mi insistencia, aceptaron que quizás fuera cierto que me dolía en el lado que yo decía, pero me aclararon que aquel dolor era un dolor reflejo de algo que debía dolerme donde ellos decían.
El enfrentamiento dialéctico que le digo, doctor, acabó en el quirófano. Yo de rajado y los doctores de rajadores.
El bisturí nos ayudó a descubrir la verdad: me dolía donde yo decía que me dolía.
Los médicos insistieron en sus certezas. Mi abdomen, me dijeron, era un laberinto que mentía sus dolores. Se había salvado el honor de todos y mi vida. Mi vida por los pelos, como suele decirse, porque llegué casi al límite en que podía haber dicho con razón:
—Doctor, me estoy muriendo por el dolor que siento en este lado del abdomen.
Los doctores, gracias a ellos mismos, no tuvieron la ocasión de haber dicho:
—Usted ha muerto del dolor que debía haber sentido donde nosotros decíamos que tenía que dolerle.
La historia es verdadera, doctor, aunque quizás el relato sea un poco retórico.
Además, los encuentros entre los médicos y sus pacientes afortunadamente casi siempre concluyen en un intercambio de papeles. Nosotros les damos el volante del seguro y ustedes las recetas.
Escuche, doctor, se lo ruego. A nosotros los enfermos muchas veces nos curan más sus palabras que sus medicinas. Piense que fuera de su consulta nos esperan impacientes nuestros seres queridos, o lo que sean, para que les contemos qué es lo que ustedes nos han dicho. Y es muy triste decirles que no nos han dicho nada, que solamente nos han dado un papel para el farmacéutico.
Por eso muchas veces he pensado que las consultas de los médicos deberían celebrarse en confesionarios. Los curas sí que saben escuchar, aunque estén dormidos mientras nos escuchan. De vez en cuando murmuran algo que no comprendemos, pero nos consuela que nos hablen. Por eso van al cielo. Y nosotros les acompañamos agradecidos.
No sé si me he explicado bien, doctor. Si no me ha comprendido, es que soy un mal médico.
Un abrazo.