Veintitres
Dos días después...
—¿Te das cuenta que así puedes llevar todo en orden en lo que respecta a cada uno de tus clientes, proveedores y acreedores sin que esta oficina parezca un bendito caos? —Formulé, mostrándole a Gaspar todo lo que había conseguido hacer en estos dos días, en los cuales me había abocado en mente, alma y corazón solo a trabajar obviando, por lo demás, las situaciones que había vivido con Emanuelle y David Garret.
—Eres buena. Realmente buena —admiró bastante sorprendido como su despacho parecía otro y no el desastre con el que continuamente tenía que lidiar cada día de su vida—. ¿Estás segura que todo se encuentra ahí? —Acotó no muy convencido entrecerrando la mirada e indicando las carpetas que se encontraban debidamente apiladas en orden sobre uno de los libreros que, al parecer, ni siquiera sabía que existía al interior de esa habitación.
—¿Con quién crees que estás hablando, Australopithecus?
—¿Con mi mano derecha y también la izquierda? —Sonrió gratamente complacido a la par que caminaba hacia el sofá en el cual yo me situaba, y en el que segundos después se sentó tras suspirar profundamente y añadir—: estupendo trabajo, peque. Estás contratada. Pero dime una cosa, todo esto... ¿siempre estuvo aquí?
—Sí, pero bajo tu desorden —confirmé—, y lo que no ves se encuentra respaldado en tu computadora.
—¡Vaya! —Demás está decir que este hombre parecía realmente desconcertado con la reorganización de su oficina que incluía también a su negocio. Porque no me había encargado solamente de archivar, guardar, registrar, limpiar, ¡no señor! Todo esto iba más allá de ello y él, poco a poco, se estaba dando cuenta de eso.
—¿Puedo decir algo a tu favor y, por ende, a mi favor?
Sonreí al escucharlo, asintiendo al instante.
—Olvídate de buscar otro trabajo porque tú aquí te quedas.
—¡Wow! Viniendo de ti hasta parece un halago. ¿Es también una declaración de amor, Gaspar Villablanca?
—Así es —quedamente una de sus extremidades me rodeó por completo—. ¿Dónde estuviste toda mi vida, corazón?
—Mmm... ¿metiendo la pata, cometiendo error tras error y viviendo situaciones desacertadas?
—Y creciendo —me abrazó mientras me atraía hacia él—. De eso se trata la vida, peque. Caerse es igual a ponerse de pie, pero con la diferencia unánime de que lo haces para avanzar con más fuerza y seguridad con la cual lo hiciste antes. ¿O qué? ¿Creíste que todo era fácil de conseguir?
Apoyé mi cabeza en su pecho para oír el latido de su corazón.
—No me estoy quejando. Solo estoy exponiendo los hechos. Sé que la vida no es fácil, Gaspar, y sé también que lo que uno siembra, finalmente, lo cosecha.
—¿Qué ocurrió? —Me brindó un cálido beso en mi coronilla—. ¿Tu móvil ya dejó de sonar?
No supe si debía reír o llorar frente a su sarcástico y cruel comentario.
—¡Cabrón!
Reímos como dos locos sin remedio al tiempo que un largo suspiro se me arrancaba del pecho.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro que puedes, pero antes quiero que sepas que no pagaré vacaciones en el Caribe o algo semejante. Ya El Gringo me puso al tanto de tu tan amena forma de tratar a los clientes.
Alcé la mirada hasta depositarla en la suya.
—Ese Gringo tiene la boca muy floja, ¿lo sabías?
—Lo siento, pero ya no puedo deshacerme de él. Es mi mejor mecánico, nena.
—Aún así sigue siendo un boca floja —confirmé, sintiendo como una de sus manos buscaba una de las mías para entrelazarla—. Pero está bien. Aprenderé a vivir con ello.
—Sé que lo harás al igual que con lo que te aqueja. ¿Te encuentras bien?
Sinceramente, me habría gustado responder a esa pregunta con suma facilidad.
—Lo estaré, solo necesito algo de tiempo. Creo que también debo aprender a convivir con mi bendita suerte antes de avanzar.
—No pienses más en ello. Lo que ocurrió ya ocurrió y para bien o para mal, quizás debía suceder de esa manera.
—Una que, por lo demás, aún no me es sencilla de comprender.
—Hay muchas cosas que jamás vamos a comprender y otras que son, y serán, siempre un completo misterio.
Suspiré mientras el recuerdo de David y Emanuelle invadían cada ínfimo recoveco de mi mente.
—Quizás tengas razón.
—O quizás no —insinuó alzando nuestras unidas manos para besarlas con ternura—. Con el condenado y puto amor, como le llemas tú de tan singular manera, nunca se sabe, Magda. A veces ganas, a veces pierdes...
—Y otras... te quedas sola.
—Tú no estás sola —me repitió como tantas otras veces lo había hecho—, y jamás lo estarás. Creo que no lo recuerdas en este momento, pero... —sonrió antes de brindarme un leve apretoncito en uno de mis hombros—: te lo comenté hace algo de tiempo; una noche, para ser exactos. Y solo porque eres tú, mi nena favorita, te lo repetiré otra vez.
Clavé mis vista en la suya oyendo aquellas palabras que, sin duda alguna, calaron con fuerza dentro de mi, por ahora, alicaído y confundido corazón.
—El mundo es redondo, ¿lo sabías? Y cualquier lugar que hoy pueda parecer el fin, tal vez mañana pueda significar tan solo el principio. Por lo tanto, si decides avanzar asegúrate de hacerlo a paso firme y sin que nada ni nadie te detenga. De lo contrario, si vas a mirar hacia atrás, que solo sea para tomar impulso, Magdalena. ¿No es tan difícil o sí?
—No. No es tan difícil de conseguir.
—Entonces, ven aquí —manifestó tras ponerse de pie y alzar hacia mí una de sus extremidades—. Nunca es tarde para empezar desde cero.
Y yo lo sabía muy bien, porque no era la primera vez que lo estaba haciendo.
***
Renato Villablanca permanecía sentado sobre uno de los sofás de la enorme sala de espera del bufete de abogados para el cual trabajaba su ex esposa. Mientras observaba su reloj de pulsera con antención, su impaciencia crecía a raudales con el paso de los minutos. ¿Por qué? Nada menos que porque con ella hoy había decidido lidiar sin dilatar más el tiempo y las eventuales posibilidades que se suscitarían a partir de las que ya barajaba en su cabeza con algo más que precisión y detenimiento.
Con la mirada perdida en algún punto equidistante, y con los boletos de avión que sostenía en su mano derecha, se preparó física, psicológica y moralmente para lo que iba a acontecer. Porque sabía de sobra que hablar con Amanda jamás sería una tarea sencilla de llevar a cabo, menos al poner en el tapete la situación que los involucraba a ambos como padres y a Magdalena como el único fruto de su relación.
Suspiró profundamente y sonrió a medias al mismo tiempo que la puerta del despacho de su ex esposa se abría de par en par oyendo, desde el interior, como su voz rasposa se colaba con ligereza hacia sus oídos. Y pensó, mientras se ponía de pie en un acto reflejo, en las mejores palabras con las cuales empezar a hablar, porque conociéndola como la conocía evidenciaba —por no decir que intuía—, que entre los dos todo no iba a ser tan ameno ni tan cordial vislumbrando, además, que una posible discusión terminaría exaltándolos, como había sucedido la mayoría de las veces en cada uno de sus anteriores encuentros.
Renato, algo nervioso, volvió a suspirar pensando únicamente en Magdalena y en lo que posteriormente le propondría a su regreso al taller. Y de la misma manera, deslizó una de sus manos por su castaño y largo cabello que le caía sobre los hombros al tiempo que prestaba mayor atención a lo que Amanda no dejaba de manifestar a viva voz:
—Sí, no se preocupen por nada que yo me encargo de redactar los documentos. Apenas todo esté en regla se los hago llegar para que los analicen y podamos darle curso al advenimiento lo antes posible, por favor.
Decidida, metódica y muy capaz... tal y como la recordaba.
—Ha sido un placer, caballeros. Estamos en contacto. Hasta pronto —finalizó tras despedir a sus clientes sin siquiera percatarse de quien se encontraba ahí, admirándola a la distancia. Y la verdad, ¿cómo iba a hacerlo? Si hace muchos años y por voluntad propia había decidido apartar a ese hombre de su vida, de sus pensamientos y también de su corazón.
Renato la oyó suspirar, la vio sonreír y también notó que lo hacía desde la boca hacia afuera. ¿El por qué? Todavía le era tan simple de comprender a pesar de los años que habían transcurrido tras su abrupta separación y posterior divorcio. Amanda estaba cansada de tener que lidiar con los problemas de otras personas cuando ni ella misma podía darle solución a los suyos. Y eso lo constató una vez más cuando la oyó formular “¿hay algo más para mí? ¿Mi esposo ha llamado? ¿Magdalena o, tal vez, Piedad?”, sin claramente obtener nada más que a él a cambio.
—Solo el señor que la espera, abogada —le comunicó la recepcionista, indicándole donde se encontraba aquella persona.
—¿Qué señor? —Inquirió de vuelta, girando el rostro hacia quien la dejó completamente perpleja, sorprendida, boquiabierta y hasta paralizada de la impresión que le ocasionó reconocer a su ex marido luciendo una sexy pinta de capitán de barco noruego más que la de un científico y botánico reconocido y premiado por sus pares que trabajaba para la National Geographic y vivía en el extranjero—. ¿Renato? —Formuló su nombre como una fugaz interrogante—. Pero... ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo llegaste?
—Ayer —No iba a entrar en detalles. No estaba aquí para eso—. Necesitamos hablar, Amanda, ¿tienes algo de tiempo?
Ella entrecerró la mirada en el acto antes de decir:
—¿Es importante?
—¿Crees que habría viajado miles de kilómetros desde otro continente para expresamente estar hoy aquí si no lo fuera? —Mantuvo en estado “neutro” su grandísima impaciencia.
—La última vez...
—Fue la última vez —la interrumpió de golpe—. Por mi parte ya no existen motivos para enrostrarte lo que con nosotros sucedió. Hace mucho tiempo cada uno tomó sus propias decisiones y un rumbo diferente.
—Entonces, ¿debido a qué estás aquí?
Renato sonrió a medias tras enarcar una de sus claras cejas.
—Por Magdalena, nuestra hija —enfatizó.
—¿Qué ocurre con ella? —Quiso saber al instante, acercándose más hacia él.
—Pues verás, este no es el lugar apropiado para hablar de ello. ¿Tendrías la amabilidad de invitarme a entrar en tu despacho, por favor?
—¿Qué ocurre con mi hija? —Sentenció eufóricamente sacándolo de sus casillas.
—Si no lo sabes tú que estás tan cerca de ella, ¿por qué razón crees que debería saberlo yo?
—Porque solo en ti confía. ¿Te parece esa una buena razón? —Aseveró, revelando un cierto grado de descilución en su semblante.
¿Qué podía añadir Renato en su defensa? Nada más que aceptar que eso era del todo real.
—Por favor —pretendió calmarse—, si quieres que hablemos de ello lo haremos en otro sitio, pero no aquí enfrente de todo el mundo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —fijó a la par la mirada expectante en los boletos de avión que él sostenía en una de sus manos—. Marisa —volteó rápidamente la vista hacia la recepcionista—, no me pases ninguna llamada hasta que yo te lo indique. No quiero interrupciones de ninguna índole, por favor. El señor y yo debemos charlar en paz y a solas —puntualizó, decisivamente.
¿Paz? No era precisamente eso lo que ambos tendrían cuando Renato se aprestara a abrir la boca.
—Ahora tú —dirigió nuevamente la mirada hacia la de quien no cesaba de observarla—, hablarás entregándome hasta el último detalle sobre lo que sucede con Magdalena.
—Así lo haré.
—Pero antes dime una cosa... eso... —los indicó con su dedo índice—, ¿es lo que creo que es? —Fulminó los boletos de avión una vez más, pero ahora con la vista entrecerrada.
—Sí, lo son. Y directo a Ámsterdam —le contestó al tiempo que comenzaba a caminar consiguiendo que ella lo siguiera de cerca.
***
—¿Dónde está mi padre? —Pregunté mientras trabajaba incansablemente, desde la laptop, reorganizando las cuentas bancarias del taller con respecto a algunos cobros y pagos.
—Solo sé que tomó el Corvette y partió de aquí con rumbo desconocido —respondió Fitz a la par que salía y entraba, de la oficina de Gaspar, con mucha regularidad y cargando un par de documentos en sus manos.
—¿Y Gaspar?
—Charlando por teléfono con un cliente. Hoy es día de entregas —me informó—. El Cadillac y el Maserati ya están listos.
Al segundo aparté la vista de la pantalla al relacionar al Maserati con Emanuelle elucubrando, como toda una experta en teorías conspirativas y no precisamente del FBI, que eso signficaba claramente que él vendría hasta este sitio para llevárselo.
—¿Ambos los entregarán hoy? —Inquiri realmente entusiasmada percibiendo como mi corazón latía desbocado.
—Así es, pero después de las pruebas de rigor.
—¿Qué pruebas de rigor?
Se detuvo dejando de hacer lo que hacía para verme a los ojos y decir:
—Las que hacemos en terreno con los vehículos ya terminados. Depende del coche, llevamos al cliente a dar una vueltecita por ahí para que certifique, tanto dentro como por fuera, todo nuestro trabajo.
—Maserati —especifiqué.
—A la pista para sacarle algunas millas. ¿Por qué?
Sonreí encantada pensando en la posbilidad fortuita de...
—¿Quién hará la entrega del Cadillac?
—Este servidor.
Asentí notando como Fitz no cesaba de observarme realmente interesado en la sonrisa bobalicona que no dejaba de dibujar en mi linda carita de desquiciada.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por nada o... tal vez sí. Eso quiere decir que necesitarán otro chofer, ¿verdad?
—¿What? —Inquirió al instante—. ¿Qué otro chofer?
—La que tienes enfrente de ti, por ejemplo.
—¿Tú? —Preguntó socarronamente al no ver a nadie más que a mí—. No me jodas, ¿quieres? Un Maserati no es precisamente un citicar, Magdalena.
—No me van los citicar, Gringo, te lo aseguro —le otorgué un guiño mientras me levantaba desde la silla en la cual me encontraba sentada junto a la mesa de trabajo—. Mi última marca personal en esa pista de velocidad fue de doscientos cuarenta y cinco kilómetros por hora en el Corvette de Tony “La Cobra”. ¿Qué tal, dulzura? ¿Cómo la ves?
—¡No me jodas! —Reiteró nada más que boquiabierto debido a la impresión que se llevó al haberme escuchado—. ¿Are you fucking kidding me?
Me arrancó algo más que un par de carcajadas con su maravillosa y tan directa acotación.
—No. No estoy jodidamente bromeando contigo. Sé de lo que hablo y Gaspar también porque aún no lo ha olvidado. Por lo tanto, si no me crees, pregúntaselo. Ah, y haz lo que tengas que hacer con el Cadillac que yo me ocupo del Maserati y su prueba de rigor.
—Ya. ¿Y eso significa que te vas a ocupar también de su dueño? —Ansió saber, sonriendo a medias.
—Sí —afirmé envalentonada—, y de su dueño también porque él y yo tenemos algo pendiente.
***
Tomar la decisión de regresar a la mansión de Loretta, después de todo lo que había ocurrido, no fue nada de fácil para Silvina. Pero aquí estaba otra vez, lidiando contra cada uno de sus sentimientos encontrados y, a la par, con el mayordomo, quien no deseaba dar su brazo a torcer frente a lo que le solicitaba con suma compostura. Una que, por lo demás, sabía que perdería en cualquier instante si éste, finalmente, se negaba a ir por Emanuelle.
—Le estoy diciendo por las buenas que no me moveré de aquí sin antes hablar con él.
—Y yo le estoy diciendo también por las buenas que el señor Emanuelle, en este momento, no puede atenderla porque está ocupado, señorita.
—Entonces no se preocupe por mí porque tengo todo el tiempo del mundo disponible para esperarlo. Así que... —sonrió con perversidad mientras se sentaba en uno de los grandes y finos sofás de esa sala de estar que la cobijaba—, haga lo que tenga que hacer y olvídese de mí cuanto antes.
El mayordomo, al oírla, enarcó una de sus oscuras cejas en clara señal de que no llevaría a cabo lo que ella le pedía con tanto entusiasmo.
—Por favor, comprenda, señorita. No puedo hacer nada más por usted y...
—Sí, sí puede, pero no quiere. ¡Asúmalo! —Vociferó, tomándolo por sorpresa—. Y es tan fácil de entender, ¿sabe? Solo tiene que ir hasta donde tenga que ir y decirle al señor Santoro que Silvina Montt está aquí y que le urge hablar con él en este preciso momento.
—Señorita...
—¿Hablo en chino o en japonés por amor de Dios? —Nuevamente alzó la voz un tanto eufórica, desconcertándolo con ella—. ¡Es importante que hable con él! Ni siquiera se ha movido de su sitio desde que pisé esta casa, ¿y me está afirmando que “el señor Emanuelle” —subrayó—, está ocupado? ¡No me vea la cara de bruta que hoy no la he traído conmigo, por favor! Así que... —tomó aire repetidas veces antes de volver a expresar—: se lo diré detenidamente por si aún no lo ha entendido. Vaya donde tenga que ir y dígale al señor Santoro que...
—No hace falta —pronunció Emanuelle con la respiración un tanto agitada, apareciendo de golpe por un pasillo aledaño a la sala y sudado hasta rabiar como si hubiera vuelto de correr la maratón de la gran manzana—. Ya estoy aquí. Tu singular y tan dulce cadencia llamó mi atención mientras hacía ejercicio y me dio a entender que habías vuelto a esta casa. Ahora mi pregunta es, ¿debido a qué?
—La tercera es la vencida —comentó Silvina poniéndose de pie como si fuera un resorte—, y una situación en especial que me rompió el corazón y que tiene que ver directamente contigo y con Magda.
Emanuelle suspiró un tanto resignado, tal y como si se estuviera adelantando a cada uno de los hechos que iban a acontecer.
—Tú dirás. Soy todo oídos.
Antes de hablar, Silvina admiró de reojo al mayordomo que aún se encontraba en ese sitio, junto a ambos.
—Preferiría hacerlo sin público, por favor —sonrió con descaro—. No me lo tome a mal, pero no es nada contra usted.
El mayordomo bufó con ansias consiguiendo que Emanuelle riera ante el significativo gesto que realizó.
—Gracias, Conrado. Yo me ocuparé de la señorita.
—¿Está seguro, señor?
—Muy seguro —se limpió el sudor perlado de su frente con una de sus extremidades al mismo tiempo que advertía como él hacía abandono del lugar dejándolos, finalmente, a solas.
—Tú tampoco me lo tomes a mal, Emanuelle, pero... ¿Quién mierda se puede llamar Conrado?
—Él —le contestó al instante—. Pero no creo que estés aquí para debatir acerca del nombre del mayordomo de mi madre, ¿o sí?
—No —aseveró fuerte y claro—. Lo que me trajo hasta aquí es una razón en particular que no me tomará mucho tiempo explicártela.
—¿Y cuál es esa razón en particular, Silvina?
—Pedirte disculpas y liberarte de la condición que te exigí que llevaras a cabo con respecto a Magdalena.
Emanuelle no habló. Ni siquiera un solo sonido deseó emitir ante lo que con tanto interés ella había expresado.
—Fui muy egoísta al exigirte que la dejaras en paz cuando sabía de sobra que no tenía ningún derecho a imponerte o a reclamarte nada. Por un segundo pensé que hacía lo correcto, pero después de ver lo que vi reaccioné, y me di cuenta de que estaba equivocada.
—Agradezco tus palabras, pero equivocada o no ya tomé mi decisión, la cual pretendo cumplir como tal por el bienestar y la seguridad de Magdalena.
—No tienes que cumplir nada. ¿Qué no oíste lo que acabo de decir?
—Te oí perfectamente, Silvina, pero soy un hombre de palabra.
—Pues a mí me parece que para ser un hombre de palabra no estás comprendiendo nada —replicó—. ¿Qué no viste su rostro aquel día cuando estuvimos aquí? ¿Qué no notaste descilución en su mirada? ¿Qué no advertiste lo que yo a todas luces vi y que fue demasiado enfático para cualquiera?
Silencio. Solo un sepulcral silencio los envolvió, el que fue reemplazado en cuestión de segundos por el sonido y la vibración del móvil que Emanuelle tenía alojado al interior del bolsillo del pantalón de deporte que llevaba puesto. Y el que cogió en el acto, dándose cuenta de donde provenía esa llamada que de tan afanosa manera anheló contestar.
—Disculpa, Silvina, pero debo...
—¡Haz lo que quieras! —Le manifestó muy molesta asesinándolo con la mirada—, pero si tienes tiempo de razonar piensa en lo que acabo de decirte. Créeme, no te tomará mucho tiempo hacerlo. Si no, por mí puedes irte a la mismísima mierda. Que tengas un buen día. Yo me largo —finalizó, dando sus primeros pasos hacia la entrada de la sala—. ¡Ah! Me olvidaba de algo sumamente importante —dijo a la distancia tras detener su apresurado andar—. Si ella después no desea verte o hablarte no digas que no te lo advertí —. Y así, desapareció de su vista dejando alojada en él una extraña sensación al igual que una completa incertidumbre que, en algo más que un par de segundos, resolvió al contestar la llamada, diciendo:
—Buenos días. Sí, soy yo. Perfecto. ¿Dentro de una hora en el taller? Claro que sí. Muchas gracias por avisarme.
***
—Te quedarás a cargo, nena.
Observé a Gaspar algo intrigada desde donde me encontraba trabajando, sin comprender a qué se refería expresamente con eso de “te quedarás a cargo, nena”.
—El cliente del Maserati en una hora estará aquí —añadió mientras revisaba un sin fin de bolestas y documentos.
—¿Y se supone que tú irás con él a la prueba de rigor en la pista? —Pregunté.
—Supones bien. El Gringo acaba de entregar el Cadillac a su dueño e irá a la ciudad por algunos repuestos e insumos que necesitamos. Quien más que...
—Yo —pronuncié al instante—. Yo puedo llevar al dueño de ese coche a que realice la prueba de rigor.
Gaspar me observó algo aturdido tras mi efusivo comentario.
—¿Qué? ¿Tú?
—Sí —le corroboré muy segura de mis palabras—. Sería como mi prueba de fuego, ¿no crees? Ya estoy metida en el negocio y bueno, debo adquirir experiencia en el trato con los clientes. Tú me lo dijiste y yo lo acepté como tal. Además, quiero ganarme mis vacaciones en el Caribe, Australopithecus.
Gaspar sonrió en el acto.
—¿Estás segura?
Recité de memoria y de principio a fin, y sin tomar un poco de aire, el informe que Fitz había elaborado sobre el trabajo que se le había hecho al Maserati para restaurarlo.
—¿Qué te parece? Por lo demás es solo un auto y una prueba de velocidad. ¿Qué podría ocurrir? Y lo prometo, me morderé la lengua antes de expresar cualquier tontería que pueda arruinar el prestigio de tu negocio.
—Más te vale.
¿Eso había sido un rotundo sí de su parte?
—Pero quiero que vuelvas a leer ese informe —me advirtió, centrando la vista en los documentos que revisaba con sumo afán en su mesa de trabajo—, y coloques mucha atención en cada detalle técnico del vehículo, por favor.
—Sí, señor —sonreí a mis anchas.
—Y remítete solo a lo más importante con el cliente —añadió.
Eso ya lo sabía de sobra.
—No quiero sorpresas, Magda.
—No las tendrás. Puedes confiar en mí, te lo aseguro.
—En ti confío, pero no en él.
¿Qué había dicho? ¿De qué rayos hablaba Gaspar tan honestamente?
Lo observé, lo observé y lo observé. ¡Maldición! ¡Por qué no podía dejar de observarlo!
—No me mires como si estuvieras contemplando y a la vez hablando con un idiota —vaticinó—. Y responde lo que quiero saber, ¿cuántos Santoro existen en la ciudad, Magdalena?
Abrí mis ojos como platos y tragué saliva con suma dificultad comprendiendo, de buenas a primeras, lo que pretendía decir con aquello.
—¿Y cuántos pueden ser hijos de la tal Loretta? —Acotó, pero esta vez mirándome por el rabillo de uno de sus ojos.
«¡Válgame Dios! ¿Solo uno?».
—Haz lo que tengas que hacer —alzó la vista para depositarla finalmente sobre la mía—, estás en todo tu derecho, pero esta vez procura hacerlo bien.
Asentí como una autómata con mi rostro enrojecido por completo.
—Te lo repito, no quiero sorpresas y eso incluye también a tu corazón.
Intenté balbucear, más no conseguí hacerlo.
—O el tipo sabrá de lo que soy capaz. ¿Me oíste?
¿Oírlo? ¿Cómo podía responder a eso? Ya sé: fuerte, claro y con todas sus letras.
—Puedo parecer un idiota —sonrió malévolamente mientras me lo reiteraba una vez más—, pero créeme, jamás lo seré del todo.
Y yo... me estaba dando cuenta de ello.
“En boca cerrada no entran moscas”. Dicho y hecho, porque desde que habíamos salido del taller con destino hacia la pista, Emanuelle se había negado a hablar obviando mi presencia todo el maldito camino. ¡Fenómenal! De paso, ¿qué quería conseguir con ello? ¿Volverme loca? ¿Sacarme de mis casillas, quizás? ¡Ja! No si yo conseguía hacerlo primero.
—Innovador, pero fiel a la tradición —recordé a cabalidad lo que había leído en la página web de la empresa de dicha marca de vehículos—. Todo un deportivo de raza —. Mutismo. Solo un indescifrable e incomprensible mutismo obtuve de su parte. ¡Maldición, Emanuelle! ¿Por qué no abres tu maldita boca?—. Me gusta su silueta por la natural fluidez de su volumen y el largo de su capó que está surcado por las clásicas hendiduras en forma de “V” que el restaurador corrigió en su totalidad para que no se vea dañada su imagen dinámica y agresiva —añadí, preguntándome: ¿Aló? ¿Hay alguien en casa?—. Siete mil cien vueltas por minuto en sus cambios de marcha... no está nada mal para su motor V8 de 4,2 litros de capacidad y la excepcional transmisión hidráulica que posee —mantuve mi serenidad tras morderme el labio inferior cuando vislumbraba la pista de velocidad que se mostraba en todo su esplendor a la distancia—. No como mi Mustang del ‘67, claro está, pero para unas cuantas vueltecitas creo que podría llegar a gustarme. ¿Qué opinas? ¿Llevas puesto el cinturón de seguridad?
Un solo y rápido vistazo me otorgó al notar como hacía ingreso a la pista sin siquiera deshacelerar un poco.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Sonreí al escuchar de nuevo el fiero sonido de su voz. Lo había conseguido. ¡Lotería!
—Conducir y certificar en gran medida que los mecánicos de nuestro taller han hecho un gran trabajo. De eso se trata la prueba de rigor, ¿o no?
—No, no lo harás —me advirtió, posando enseguida sus enigmáticos ojos en el velocímetro que, poco a poco, ascendía y ascendía—. Puede resultar peligroso si no estás segura de...
—¿Hacerlo? —Le otorgué un guiño al instante—. No te preocupes por mí, intentaré no llegar a los doscientos ochenta y cinco kilómetros por hora. Esa es su velocidad máxima, ¿verdad?
—Magdalena, estoy hablando en serio.
—De cero a cien kilómetros en 5,2 segundos. ¡Muy bien!
—¡MAGDALENA!
—Ya me cansaste, Emanuelle. Así que por ahora, hazme un favor, ¿quieres?
—¿Qué favor? —Inquirió sorprendido, interesado y preocupado.
—Vuelve a mantener tu boca bien cerrada y solo asegúrate de disfrutar del paisaje y mi conducción, que ya tengo enfrente la primera curva —enfaticé, concentrándome en tomar con fuerza lo que para mí era nada menos que un maravilloso deleite, tanto al tacto como a la vista.
Decir que estaba feliz volando como un ave en casi plena libertad era quedarme corta. Me refiero a “casi plena libertad”, porque Emanuelle, tenso en su asiento, no daba crédito a lo que veía, comprobaba, y trataba de entender mientras me veía alcanzar con suma facilidad los ciento ochenta kilómetros por hora sin siquiera chistar o volverme loca.
—¿Dónde aprendiste a conducir así?
—En los autitos chocadores —bromeé en clara alusión a las ferias itinerantes de juegos de entretenimientos que visitaba cuando llegaban a la ciudad cada cierto tiempo.
—Hablo en serio, graciosita.
—Es parte de la cultura de mi familia paterna —le di a entender cuando ya rebasaba con creces la primera curva—. Te lo contaré en otra oportunidad. Ahora me urge saber otra cosa.
—¿Cómo conseguir que mi coche frene sin que terminemos volcándonos, por ejemplo?
—Cobarde. Todos los hombres son una tropa de cobardes cuando ven conducir a una mujer.
Rió como si le hubiera contado el mejor de los chistes. Al menos, eso me dio a entender que se estaba relajando. Punto positivo para mí.
—Aparca.
¿Había oído bien?
—Lo siento, pero estamos desarrollando la prueba de rigor y...
—Estaciónate junto a los “Pits” —me señaló con evidente tono de exigencia—. Tú y yo debemos hablar. Te lo debo.
Y ante esa frase que manifestó muy seguro de sí mismo, deshaceleré y terminé aparcándome donde me había dicho que lo hiciera.
Unos minutos después, escuché con mucha atención la historia de su niñez y evidencié el vacío que había dejado Loretta en su vida al momento de dejarlo al cuidado de su propio padre, a quien hasta el día de hoy Emanuelle también lo consideraba el suyo.
—Mi madre tenía una vida hecha y un “trabajo” —subrayó—, que no estaba dispuesta a dejar de lado por un pequeño niño, aunque ese niño fuera su único hijo. Por lo tanto, decidió vivir una vida sin mí, obligándome a tener que vivir mi vida sin ella.
—Lo siento muchísimo, Emanuelle.
Suspiró al escucharme, volteando instantáneamente la cabeza hacia un costado para que no contemplara el cierto grado de descilución que aún reflejaba su semblante.
—Gracias, pero cada quien toma sus propias decisiones, Magdalena, y cada quien sabe de sobra lo que debe y no debe hacer. A pesar de todo lo que ha sido y lo que ha hecho en su vida es y seguirá siendo mi madre y si decidió dejarme al cuidado de mi abuelo para que él velara por mí siento que no soy nadie para juzgarla. Y en cierta medida, agradezco que todo haya sucedido de esa forma, de lo contrario, no sé que habría sido de mí bajo el cuidado de Loretta.
—Y... ¿tu padre? —Ansié saber notando como rodaba sus ojos hasta posicionarlos en los míos.
—No lo sé —lo dijo como si en realidad no le importara lo más mínimo la presencia de ese hombre en su vida—, y aunque suene algo frío o egoísta de mi parte, no me interesa saber quien es o quien un día fue. Mi abuelo fue quien se preocupó por mí, fue quien me educó y me entregó lo necesario con lo cual salí adelante. A él le debo todo lo que soy —esta vez dejó caer la vista en el carísimo reloj de pulsera que llevaba puesto en una de sus muñecas y el que yo había visto con anterioridad—. De él conservo los mejores y más hermosos recuerdos y estoy seguro que no quiero ni necesito tener otros con alguien más—. Y no tenía que decírmelo dos veces para que yo lo diera por sabido.
—Tal vez fue solo esperma —deduje, suspirando.
—Sí, tal vez fue solo esperma y algo de suerte —repitió.
Nos observamos un instante guardando ambos un debido silencio. Un mutismo que a todas luces nos decía que algo se había roto entre los dos.
—Entonces...
—Deberíamos regresar —manifestó, desconcertándome. ¿Quería alejarse de mí? Sí, lo quería. No había que ser muy inteligente para dilucidarlo y comprenderlo. ¿Se había cansado de mí? Eso era más que evidente a los ojos de cualquiera.
—De acuerdo —sonreí a medias—. Ya veo que es una terrible tortura para ti estar hoy aquí conmigo.
—Sí, lo es.
Oír eso dolió como un demonio, porque si quería llegar a ser el hombre más cruel y despiadado del planeta lo estaba consiguiendo y nada menos que a raudales.
—Valoro tu honestidad después de todo lo que ha ocurrido —bajé inesperadamente de su coche—. ¡Es... admirable! ¿Podrías conducir, por favor? De pronto se me han quitado las ganas de seguir haciéndolo.
Emanuelle no dijo nada. En cambio, solo se limitó a realizar el mismo movimiento que segundos antes había hecho yo, bajando del vehículo y rodeándolo para posteriormente ocupar mi sitio.
—¿Lo valoras porque a pesar de todo digo lo que siento?
No conseguí mirarlo a los ojos por más que lo intenté mientras subía al coche.
—¿Lo valoras aún cuando querrías que dijera algo diferente? ¿Algo que solo tú desearías oír?
Moví mi cabeza de lado a lado negándome a responder cada una de sus interrogantes al tiempo que cerraba la puerta.
—¿Algo con lo cual he tenido que lidiar cada vez que estoy contigo? —Cerró la suya de un solo y fuerte golpe que me hizo estremecer—. ¿Algo que no me deja ser quién soy? ¿Algo que me priva de mi paz y mi soledad a pesar de que solo ansío mantenerte al margen de mi vida?
—Solo deja de hablar y ya vámonos, ¿quieres?
—¿Deseas marcharte? ¿Estás segura?
—Sí, solo quiero largarme de aquí y cuanto antes lo haga mejor.
—¿Mejor para quién? ¿Para ti?
—Indudablemente. Soy yo quien se siente demasiado extraña estando junto a ti.
Emanuelle tensó su cuerpo mientras sus manos se apoderaban del volante el cual, por un segundo, creí que terminaría arrancando de cuajo.
—No deberías sentirte así, Magdalena, y yo... tampoco.
Tragué saliva repetidas veces tratando de no pensar más allá de lo que ya lo hacía al notar como él, quedamente, apartaba una de sus extremidades del volante hasta dejarla caer temerosamente sobre una de las mías, añadiendo:
—No sería justo para ti ni para mí.
¡Qué la vida no podía ser más cruel! Porque esas mismas palabras las había escuchado con anterioridad, pero nada menos que de los labios de David Garret.
—¿Por qué no? —Clavé la mirada en nuestras manos que, poco a poco, comenzaron a entrelazarse como si ambas tuvieran vida propia.
—Porque no soy un buen hombre para ti. Y porque mereces, sin duda alguna, a alguien muchísimo mejor y honesto a tu lado.
—Nadie es completamente honesto en esta vida, Emanuelle. Y con respecto a que aparezca “un buen hombre para mí”, eso nadie sabe si ocurrirá con certeza.
—Yo sí lo sé —aseveró realmente convencido de ello.
—¿Lo sabes? ¿Me darás la razón? ¿Me dirás el porqué?
—No. Preferiría darte un abrazo.
Sus palabras solo consiguieron que intespestivamente alzara la mirada para dejarla caer en la suya y así decir:
—¿Por qué todo esto me huele a despedida?
—Porque lo es. Y porque, sinceramente, no deseaba marcharme sin antes haberme despedido de ti.
Suspiré, percibiendo como mis ojos automáticamente se enguajaban en lágrimas y mi pecho... ¡Rayos! ¡Maldita opresión que volvía para torturarme!
—¿Marcharte?
—Sí, marcharme.
—¿No dirás nada más? ¿Cómo explicarme debido a qué lo haces o adónde vas, por ejemplo?
—No, lo siento.
—De acuerdo —balbuceé en tan solo un hilo de voz al tiempo que me acercaba a él para finalmente abrazarlo—. Sabes que no debes irte, ¿verdad? —Sollocé en su oído.
—Y también sé que no debo quedarme.
Me aferré a él con fuerza percibiendo como sus poderosas extremidades me estrechaban a su cuerpo de la misma manera. Y lloré. Lloré entre sus brazos como una niña pequeña, pero en completo silencio sin dilucidar el por qué lo hacía mientras oía:
—Te pido perdón por haber esperado demasiado y por no haber hecho las cosas de la mejor manera. Te pido perdón por haber mentido y engañado. Pero por sobretodo, te pido perdón por haber hecho que creyeras en quien jamás resulté ser, cuando pude haberte dicho desde el principio que era el hijo de Loretta.
—No tienes que hacer esto, Emanuelle...
—Sí, debo hacerlo —me corrigió al separarse de mí para que pudiéramos, el uno al otro, reflejarnos en cada una de nuestras cristalinas y radiantes miradas—. Y quiero hacerlo. Lo necesito —acentuó—. ¿Sabes el por qué, Magdalena Villablanca?
Un enorme suspiro se me arrancó desde la profundidad de mi garganta impidiéndome responder.
—Por si algún día te vuelvo a ver. Y por si algún día, sin mentiras, sin engaños, tengo la fortuna de volver a cruzarme en tu camino.
Sin que lo advirtiera, terminé deslizando una de mis manos por la dura y cuadrada línea de su mandíbula, añadiendo:
—¿Tal y como lo hiciste aquel día en el muelle cuando me atropellaste con tu bicicleta?
Sonrió de bella manera, recordándolo, sin siquiera decir nada al respecto mientras se limitaba a delinear el fino contorno de mi boca con uno de sus tibios dedos.
—Porque eso suena muy bien para mí, Emanuelle Santoro. Sin mentiras y sin engaños de por medio eso para mí suena... realmente muy bien.
—Y para mí —finalizó, sellando nuestra despedida con algo más que un cálido y delicado beso que me otorgó en mis labios, logrando con ello que evocara lo que me había dicho con anterioridad... “Cada quien toma sus propias decisiones, Magdalena, y cada quien sabe de sobra lo que debe y no debe hacer.”