CAPÍTULO VI
UNA ESCAPADA
I
La inquietud de la señora Baines creció y decreció en el transcurso de los tres meses siguientes, influida por el humor de Sofía. Había días en que era la antigua Sofía, la Sofía adusta, difícil, susceptible y poco considerada. Pero había otros en los que parecía extraer alegría, regocijo y benevolencia de alguna fuente secreta, de alguna fuente cuya naturaleza y origen nadie podía adivinar. Era en esos días cuando aumentaba la inquietud de la señora Baines. Tenía las sospechas más disparatadas; casi era capaz de acusar a Sofía de mantener una correspondencia clandestina; veía a Sofía y a Gerald Scales profunda y malvadamente enamorados; los veía rodeando cada uno con sus brazos el cuello del otro… ¡Y entonces se decía que era una tonta de mediana edad, que fundaba todo aquel andamiaje en un breve encuentro en la calle y en una idea, una fantasía, una curiosa e irracional ocurrencia! Sofía poseía una cierta veta de pura nobleza en aquel carácter suyo tan heterogéneo. Además, la señora Baines vigilaba el correo y vigilaba también a Sofía —no era el tipo de mujer que confiara en una veta de pura nobleza— y llegó a estar segura de que el pecado de Sofía, si es que existía, no era tan grave como para pesarlo en la balanza o hacerse con él furtivamente y ponérselo delante de pronto a la muchacha en una bandeja.
Sin embargo habría dado cualquier cosa por ver qué había dentro de la linda cabeza de Sofía. ¡Ah! ¡Si hubiera podido hacerlo, qué maravillas, causantes de insomnio, habría presenciado! ¡Qué brillantes lámparas ardiendo en las misteriosas grutas y cavernas de aquel cerebro habrían deslumbrado sus maduros ojos! Sofía vivió durante meses de la ardiente e inagotable vitalidad que había absorbido en dos mágicos minutos en Wedgwood Street. Vivía sobre todo del llameante fuego que había encendido en su alma el ver a Gerald Scales en el pórtico del Instituto Wedgwood cuando salía de la biblioteca pública con La experiencia de la vida dentro de su gran manguito de astracán. Se había quedado para verla, pues: ¡lo sabía! «¡Al fin y al cabo —dijo su corazón—, debo de ser muy hermosa, pues he atraído a la perla de los hombres!». Y recordaba su rostro en el espejo. El valor y el poder de la belleza se le habían puesto de manifiesto con enorme fuerza. ¡Él, el gran hombre de mundo, el hombre apuesto y elegante con mil extraños amigos y mil intereses muy alejados de ella, se había quedado en Bursley sólo para tener oportunidad de verla! Estaba orgullosa, pero su orgullo se ahogó en dicha. «Estaba mirando la inscripción sobre Gladstone». «¡Así que decidió salir como de costumbre!». «Y ¿puedo preguntarle qué libro ha elegido?». Éstas fueron las frases que oyó y a las cuales respondió con otras similares. Y entre tanto se había abierto un milagro de éxtasis, se había abierto como una flor. Recorrió Wedgwood Street a su lado, lentamente, por la irregular acera, en la que seguía habiendo marmóreos bulbos de nieve que habían desafiado a la pala. Los dos tenían exactamente la misma estatura; no dejaban de mirarse a la cara el uno al otro. Éste fue todo el milagro. ¡Salvo que ella no caminaba por la acera: caminaba por la intangible alfombra de césped del paraíso! ¡Salvo que las casas habían retrocedido y desaparecido y los transeúntes se habían vuelto sutiles hasta convertirse en fantasmas imperceptibles! ¡Salvo que su madre y Constanza se habían convertido en seres fantasmales que existían a una inmensa distancia!
¿Qué había sucedido? ¡Nada! ¡Lo más vulgar del mundo! La causa eterna había elegido a un viajante de comercio (podría haber sido un empleado o un clérigo, pero lo cierto es que fue un viajante de comercio), le había dotado de todos los gloriosos, únicos e increíbles atributos de un dios y lo había colocado ante Sofía para producir el eterno efecto. ¡Un milagro realizado especialmente en beneficio de Sofía! Nadie más en Wegdwood Street vio al dios andando a su lado. Nadie más vio otra cosa que un simple viajante de comercio. ¡Sí, lo más vulgar del mundo!
Naturalmente, en la esquina de la calle él tuvo que marcharse. «¡Hasta la próxima vez!», murmuró. Y de sus ojos salió un fuego que encendió en la linda cabeza de Sofía aquellas lámparas cuya visión, misericordiosamente, se le ahorraba a la señora Baines. Y él le estrechó la mano y la saludó con el sombrero. ¡Imagínense, un dios saludando con el sombrero! Y se fue andando con dos piernas, exactamente igual que un pequeño y osado viajante de comercio.
Y, acompañada por el ambiguo Ángel de los Eclipses, ella dio la vuelta a la esquina de King Street, compuso su fisonomía y valerosamente se enfrentó con su madre. Ésta no había percibido en un principio ¿o inhabitual, pues las madres, pese a su fama en contrario, son en realidad los seres más ciegos que existen. ¡Sofía, la muy inocentona, se había imaginado que el que recorriera cien yardas de acera con un dios a su lado no iba a suscitar comentarios! ¡Qué engaño! Cierto es, sí, que nadie vio al dios directamente. Pero las mejillas de Sofía, sus ojos, la curva de su cuello al tenderse su alma anhelante hacia el alma del dios, aquellos fenómenos eran mucho más llamativos de lo que Sofía se figuraba. Una versión de ellos, en forma modificada por respeto a la conocida dignidad de la señora Baines, había curado a la madre de su ceguera y había dado lugar a aquella típica protesta suya: «Me gustaría que no te pasearas por las calles con jóvenes», etc.
Cuando llegó el momento de la reaparición del señor Scales, la señora Baines se trazó un plan; cuando llegó al buzón la circular que anunciaba la hora exacta de su visita, lo formuló en detalle. En primer lugar estaba resuelta a estar indispuesta y no visible, de modo que el señor Scales se viera frustrado en cualquier posible intento de reanudar las relaciones sociales en la sala. En segundo lugar, engatusó a Constanza con una simple indirecta —¡oh, vaga y breve en extremo! —y Constanza comprendió que no debía abandonar la tienda la mañana fijada. En tercer lugar, se inventó una manera de explicar al señor Povey que no había que mencionar la inminente llegada del señor Scales. Y en cuarto lugar, señaló deliberadamente cita para Sofía con dos clientas de sombrerería en el entresuelo a fin de que Sofía estuviese aprisionada en éste.
No habiendo pues dejado nada al azar, se dijo que era una estúpida y que no pensaba más que tonterías. Pero ello no impidió que apretase los labios con firmeza y decidiese que el señor Scales no iba a meter baza en su familia. Había recabado del abogado Pratt información acerca del señor Scales. Más aún, planteó la cuestión de una forma más general: ¿es que acaso hay que permitir que una muchacha se interese por un joven, sea el que fuere? La eterna finalidad había hecho uso de la señora Baines y la había abandonado y, como la mayoría de las personas en una situación similar, estaba muy a mal, de manera inconsciente y totalmente sincera, con la eterna finalidad.
II
El día de la visita del señor Scales a la tienda para tomar los pedidos y hacer los cobros en nombre de Birkinshaws, un suceso singular vino a dar al traste con las maquinaciones de la señora Baines. En el señor Scales, la puntualidad no era un hábito inveterado; raras veces se había visto que en el pasado cumpliera con exactitud la profecía del aviso referente a su llegada. Pero aquella mañana su prontitud no tuvo parangón. Entró en la tienda y casualmente estaba el señor Povey en la puerta colocando pantalones de franela inencogible. Los dos menudos jóvenes charlaron afablemente acerca de pantalones, perros y el vencimiento trimestral (que acababa de pasar) y después el señor Povey condujo al señor Scales a su pupitre, en el oscuro rincón detrás de la alta pila de piezas de sarga, y pagó la cuenta trimestral en billetes y oro, como siempre; luego el señor Scales ofreció a la inspección del señor Povey todo lo que Manchester había inventado recientemente para tentación de las tienda de moda y el señor Povey le hizo un encargo que, si no llegaba a ser temerario, estaba más cerca de lo «espléndido» que de lo «bueno». Durante el proceso el señor Scales tuvo que salir de la tienda dos o tres veces para traer de su carretilla, que había dejado junto al bordillo de la acera, ciertas pequeñas cajas negras con borde de latón. En ninguna de estas incursiones miró el señor Scales en torno suyo para satisfacer licenciosamente la concupiscencia de los ojos. Aun cuando se hubiera permitido esta libertad no habría visto nada más interesante que a tres jóvenes dependientas sentadas alrededor de la estufa cosiendo y pinchándose los dedos, de los cuales empezaban por fin los sabañones a decidirse a desaparecer. Cuando el señor Scales hubo acabado de tomar nota de los detalles del pedido con su pluma de marfil y volvió a empaquetar sus cajas, puso fin a la entrevista a la manera de un competente viajante de comercio, es decir, inculcó al señor Povey la idea de que éste era un hombre sabio, astuto y recto y que el mundo iría mucho mejor si hubiera más como él. Preguntó por la señora Baines y mostró profundo pesar al saber de su indisposición, hallando no obstante consuelo al ser enterado de que las señoritas Baines se encontraban bien. Estaba el señor Povey a punto de acompañar al modelo de los viajantes de comercio a la puerta cuando entraron a la vez dos clientas. Una se dirigió sin más hacia el señor Povey, con lo cual el señor Scales se retiró de inmediato, pues es una máxima universal en las tiendas que ni siquiera el más distinguido de los comerciantes debe obstaculizar las transacciones de ni siquiera el menos distinguido de los dientes. La otra clienta fue causa de que Constanza se asomara de su rincón claustral. Constanza llevaba allí todo el rato, pero, naturalmente, aunque oía la conocida voz, su pudor virginal no le permitía dejarse ver por el señor Scales.
Al marcharse éste la vio, con su agradable nariz respingona y sus ojos de mirada amable y sencilla. Estaba invitando a la segunda clienta a subir al entresuelo, donde estaba la señorita Sofía. El señor Scales vaciló un instante y en ese momento Constanza, cuya mirada se encontró con la suya, le sonrió y le saludó con la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Aunque tenía una vaga idea de que a su madre no le «caía bien» el señor Scales e incluso temía la posible influencia del joven sobre Sofía, no podía excluirlo de su benevolencia general hacia el universo. Además, le agradaba; le agradaba mucho y lo tenía por un magnífico ejemplar de hombre.
Él se apartó de la puerta y se acercó a ella. Se estrecharon la mano e inmediatamente se pusieron a conversar, pues Constanza, aun conservando toda su modestia, en la tienda había perdido toda su timidez y podía charlar con todo el mundo. Se deslizó hacia su rincón, exactamente como había hecho Sofía en otra ocasión, y el señor Scales puso la barbilla sobre la pantalla de cajas y continuó ansiosamente la conversación.
No había en el hecho mismo de la conversación nada en absoluto que pudiera ser motivo de alarma para una madre, nada que hiciese inútiles las precauciones de la señora Baines por la flor de la inocencia de Sofía. Y sin embargo tenía peligro para la señora Baines, inconsciente de todo en su sala. La señora Baines podía confiar enteramente en que Constanza no se dejaría extraviar por los encantos de dandy del señor Scales (sabía en qué dirección le soplaba el viento a Constanza); en sus planes no se había olvidado de nada, excepto del señor Povey; y hay que decir que no era posible que previera los efectos que tendría en la situación el carácter del señor Povey.
Éste, mientras atendía a la clienta, había reparado en la luminosa sonrisa de Constanza al viajante y a su corazón no le gustó. Y cuando vio los vivos gestos de un señor Scales aparentemente sumergido en íntimo coloquio con una Constanza escondida detrás de las cajas, su inquietud se convirtió en furia. Era un hombre capaz de ciegas y terribles furias. En apariencia insignificante, poseedor de una mente tan pequeña como su cuerpo y que se humillaba fácilmente, era con todo un joven muy susceptible, que a la mínima se sentía ofendido y era orgulloso, vanidoso y secretamente apasionado. Uno podía ofenderle sin darse cuenta y no descubrir el pecado hasta que el señor Povey hubiera hecho algo demasiado decisivo como consecuencia de ello.
La razón de su furia eran los celos. El señor Povey había progresado mucho desde la muerte de John Baines. Había consolidado su posición y era en todos los aspectos un personaje de primerísima importancia. Su desdicha era que no podía traducir su importancia, o su sentimiento de importancia, en términos de comportamiento externo. La mayoría de la gente, si le hubieran dicho que el señor Povey aspiraba seriamente a entrar en la familia Baines, se habría reído. Reírse del señor Povey era invariablemente una equivocación. Constanza era la única que sabía lo que había avanzado por lo que a ella se refería.
Se fue la clienta pero el señor Scales no lo hizo. El señor Povey, libre para reconocer el terreno, lo hizo. Desde la sombra de la caja registradora obtuvo vislumbres del rostro ruboroso y vivaz de Constanza. Estaba visiblemente absorta en el señor Scales. Ella y él mostraban una enorme intimidad. Y el murmullo de su charla continuaba. Aquella charla no era nada ni versaba sobre nada, pero el señor Povey se imaginó que estaban intercambiando eternos juramentos. Aguantó la odiosa libertad del señor Scales hasta que le resultó insoportable, hasta que le arrebató el dominio de sí mismo; entonces se retiró a su taller de cortar. Allí se puso a meditar en estado de demencia por espacio quizá de un minuto e ideó una estratagema. Volvió apresuradamente a la tienda y dijo con voz fuerte y tono cortante:
—Señorita Baines, su madre quiere que vaya inmediatamente. Estaba ya a mitad de la frase cuando vio que, durante su ausencia, Sofía había bajado del salón de exhibición y se había reunido con su hermana y el señor Scales. Vio que el peligro y el escándalo eran ahora menores, pero se alegró de hacer salir a Constanza, y no se hallaba en estado de apreciar las posibles consecuencias.
Los tres charlatanes, sobresaltados, miraron al señor Povey, que salió de la tienda bruscamente. Constanza pensó que no podía hacer nada más que acudir a la llamada.
Se encontró con él en la puerta del taller de cortar, en el pasillo que conducía a la sala.
—¿Dónde está mamá? ¿En la sala? —preguntó inocentemente Constanza.
Un intenso rubor apareció en el rostro del señor Povey.
—Si quiere saberlo —dijo con voz dura—, no ha preguntado por usted ni la ha llamado.
Le volvió la espalda y se replegó a su guarida.
—Entonces, ¿qué…? —empezó ella, desconcertada.
Él se le plantó delante.
—¿No ha estado bastante rato cuchicheando con ese petimetre? —le espetó. Tenía lágrimas en los ojos.
Constanza, aunque sin experiencia en aquellos asuntos, comprendió. Comprendió perfecta e inmediatamente. Tendría que haber puesto al señor Povey en su sitio. Tendría que haber protestado con firmeza y dignidad, de modo tajante, contra un ultraje tan ridículo y monstruoso como el cometido por el señor Povey. Éste tendría que haber quedado arruinado para siempre en su estimación y en su corazón. Pero vaciló.
—Y hace nada, el domingo pasado… por la tarde —balbuceó el señor Povey.
(No es que hubiera ocurrido o se hubiera dicho nada claramente entre ellos el domingo anterior por la tarde. Pero habían estado solos y cada uno de ellos había visto cosas extrañas y perturbadoras en los ojos del otro.)
Brotaron repentinamente lágrimas de los ojos de Constanza.
—Debería estar avergonzado —tartamudeó.
A ella se le seguían saltando las lágrimas y a él también. Lo que el uno o la otra dijeron, por lo tanto, era de importancia secundaria.
La señora Baines, que venía de la cocina y oyó hablar a Constanza, irrumpió en la escena, que la redujo al silencio. A veces los padres se ven reducidos al silencio. Encontró a Sofía y al señor Scales en la tienda.
III
Aquella tarde, Sofía, demasiado ocupada con sus propios asuntos para notar algo anormal en las relaciones entre su madre y Constanza y totalmente ignorante de que hubiera habido un fracasado complot contra ella, fue a visitar a la señorita Chetwynd, de quien seguía siendo muy amiga: consideraba que ella y la señorita Chetwynd formaban una aristocracia intelectual y la familia lo admitía tácitamente. No hizo ningún secreto de su salida de la tienda; se limitó a vestirse y se fue, preparada en cualquier momento para decirle a su madre, si ésta la pillaba y preguntaba, que iba a ver a la señorita Chetwynd. Y efectivamente fue a ver a la señorita Chetwynd; llegó a la casa-escuela, que estaba entre árboles, junto al camino de Tumhill, justo pasada la barrera de peaje, exactamente a las cuatro y cuarto. Como las alumnas de la señorita Chetwynd salían a las cuatro y la señorita Chetwynd daba invariablemente un paseo después, Sofía pudo contener su sorpresa al ser informada de que la señorita Chetwynd no estaba en casa. Ella no pretendía que la señorita Chetwynd estuviera en casa.
Torció a la derecha saliendo al camino lateral, que empezaba en la barrera de peaje e iba hacia Moorthorne y Red Cow, dos aldeas mineras. Su corazón latía de temor cuando empezó a andar por aquel camino, pues había emprendido una terrible aventura. Lo que más la atemorizaba era quizá su propia y asombrosa audacia. La alarmaba algo en su interior que parecía no formar parte de ella y le producía curiosas, desconcertantes y pasajeras impresiones de irrealidad.
Por la mañana había oído la voz del señor Scales desde el entresuelo; aquella voz cuyo murmullo, aun lejano, le hizo sentir escalofríos en la espalda. Y se había situado en el mostrador delante de la ventana para poder mirar hacia la Plaza perpendicularmente; al hacerlo vio la parte de arriba de su equipaje en una carretilla y por un momento de la copa de su sombrero cuando salió de la tienda para tentar al señor Povey. Podía haber bajado a la tienda; no había razón alguna para que no lo hiciera; habían pasado tres meses desde que se mencionara el nombre del señor Scales y era evidente que su madre había olvidado el nimio incidente del día de año nuevo… ¡pero era incapaz de bajar la escalera! Fue a lo alto de ella y atisbo por entre la balaustrada; no pudo ir más lejos. Durante casi cien días habían ardido luminosamente en su cabeza aquellas extraordinarias lámparas; ahora había vuelto el que le daba la luz y sus pies no querían ir a su encuentro; ahora había llegado el único momento para el cual vivía ¡y no podía atraparlo al pasar! «¿Por qué no bajo? —se preguntó—, ¿Es que tengo miedo de encontrarme con él?».
La clienta enviada por Constanza había ocupado la superficie de su vida durante diez minutos probándose sombreros; ella había pasado aquel tiempo rezando como una loca para que el señor Scales no se marchara y diciéndose que era imposible que se fuera sin preguntar al menos por ella. ¿No había estado contando los días en espera de aquél? Cuando la clienta se fue, Sofía la siguió escaleras abajo y vio al señor Scales charlando con Constanza. Recuperó al instante todo su dominio de sí misma y se unió a ellos con una sonrisa notablemente burlona. Después de que la llamada del señor Povey hubiera hecho que Constanza se retirara del rincón, el tono del señor Scales había cambiado; la había encantado. «¡Usted es usted —dijo—; está usted… y el resto del universo!». Entonces ¡no la había olvidado; ella vivía en su corazón; no había sido víctima de sus propias fantasías durante tres meses!… Vio que ponía un papel blanco doblado en lo alto de la pantalla de cajas y se lo echaba. Enrojeció violentamente mientras lo contemplaba encima del mostrador, donde había caído. Él no dijo nada y ella no podía hablar… ¡Así pues, tenía preparado ese papel de antemano, por si podía dárselo! Este pensamiento era exquisito pero la llenaba de terror. «¡Ahora tengo que irme!», había dicho él, sin convicción y con voz emocionada, y se había ido ¡así! Y ella se había guardado el papel en el bolsillo del delantal y de había marchado apresuradamente. Ni siquiera vio a su madre en pie junto a la caja registradora, aquel sitio que era la torre de mando de toda la tienda. Corrió y corrió sin aliento a su habitación…
«¡Soy una chica mala! —se dijo con toda franqueza cuando acudía a la cita—. Es un sueño verlo otra vez. No puede ser verdad. Aún estoy a tiempo de volver. Si vuelvo estoy salvada. Simplemente he venido a visitar a la señorita Chetwynd y no estaba; nadie puede decir una palabra. Pero si sigo…, ¡si me ven! ¡Qué estúpida seré si sigo!».
Y siguió, impulsada, entre otras cosas, por una inmensa e ingenua curiosidad y por la vanidad que la misma nota había suscitado en ella. En aquella época se estaba construyendo el ferrocarril y en la zanja había cientos de peones trabajando entre Bursley y Turnhill. Cuando llegó al puente nuevo sobre el desmonte, él estaba allí, como decía en la nota.
Estaban muy nerviosos; se saludaron con rigidez, como si se hubieran conocido aquel día. No se habló de la nota ni de cómo había reaccionado Sofía a ella. Ambos se comportaron como si el que ella estuviera allí fuese un hecho básico de la situación que no debían perturbar con comentarios. Sofía no podía ocultar su vergüenza, pero ésta no hizo sino acentuar el punzante encanto de su belleza. Llevaba un sombrero rígido de amazona con un velo recogido, lo último en la moda de primavera en las Cinco Ciudades; su rostro, acariciado por la fresca brisa, mostraba un color sonrosado; sus ojos centelleaban bajo el oscuro sombrero, y los intensos colores del vestido Victoriano —verde y carmesí —no lograban anular el de aquellas mejillas. Si bajaba la mirada al suelo, con el ceño fruncido, estaba todavía más adorable. Él había descendido por la pendiente arcillosa, desde el rojo puente inacabado, para ir a su encuentro; cuando concluyeron los saludos se quedaron callados, él aparentemente contemplando el horizonte y ella la marga amarilla que bordeaba sus botas. El encuentro estuvo tan lejos del ideal que se había forjado Sofía como Venecia de Manchester.
—¡Así que éste es el nuevo ferrocarril! —dijo ella.
—Sí —dijo él—. Éste es su nuevo ferrocarril. Se ve mejor desde el puente.
—Pero hay mucho barro ahí arriba —objetó ella haciendo un mohín.
—Un poco más allá está totalmente seco —la tranquilizó él.
Desde el puente tuvieron de repente la panorámica de un profundo tajo en la tierra; se arrastraban por él centenares de hombres afanándose en menudas operaciones, como moscas en una enorme herida. Había un continuo ruido de picos que asemejaba un tamborileo amortiguado de granizo; en la distancia, una locomotora diminuta conducía una procesión de vagones diminutos.
—¡Y ésos son los peones! —murmuró Sofía.
Las cosas indescriptibles que hacían los peones en las Cinco Ciudades habían llegado incluso hasta ella: ¡que estaban los domingos todo el día bebiendo y jurando, que sus casas y cabañas eran antros de la más horrenda infamia, que eran la maldición de una región respetable y temerosa de Dios! Ella y Gerald Scales contemplaron a aquellos peligrosos animales de presa con sus pantalones de pana amarilla y sus camisas abiertas que dejaban ver el velludo pecho. Sin duda ambos pensaron en lo inconveniente que es que los ferrocarriles no se puedan crear sin la ayuda de tan repugnantes y canallescas bestias. Las contemplaron desde la altura de su pulcro decoro y sintieron la poderosa atracción de los modales superiores. Los modales de los peones eran tales que ni Sofía podía verlos ni Gerald permitir que ella los viese sin rubor.
Unidos en el rubor se apartaron, subiendo la pendiente. Sofía ya no sabía lo que hacía. Durante unos minutos estuvo tan indefensa como si estuviese en un globo con él.
—Acabé pronto el trabajo —dijo él, añadiendo con complacencia—: Lo cierto es que he tenido un día estupendo.
Sofía se tranquilizó al saber que él no estaba descuidando sus obligaciones. Andar coqueteando con un viajante de comercio que ha concluido un buen día de trabajo parecía menos escandaloso que los devaneos con alguien que descuida el negocio; incluso, en comparación, parecía respetable.
—Debe de ser muy interesante —dijo cortésmente.
—¿El qué, mi oficio?
—Sí. Estar siempre viendo sitios nuevos y todo eso.
—En cierto modo lo es —admitió él juiciosamente—. Pero puedo decirle que era mucho más agradable estar en París.
—¡Oh! ¿Ha estado en París?
—Viví allí casi dos años —dijo como sin darle importancia. Después, mirándola—: ¿No se dio cuenta de que estuve mucho tiempo sin venir?
—No sabía que estuviera en París —respondió ella, evasiva.
—Fui a empezar una especie de agencia de Birkinshaws —explicó él.
—Me imagino que hablará francés perfectamente.
—Desde luego, es necesario saber francés —dijo él—. Lo aprendí de niño con una gobernanta —mi tío me obligó a ello —pero lo olvidé casi por completo en el colegio, y en la universidad nunca se aprende nada…, ¡muy poco, en todo caso! ¡Desde luego, francés no!
Sofía estaba muy impresionada. Era un personaje mucho más sensacional de lo que suponía. Nunca se le hubiera ocurrido que los viajantes de comercio tuvieran que ir a la universidad a terminar su compleja educación. ¡Y luego, París! París no significaba para ella otra cosa que lo novelesco en estado puro, imposible, inalcanzable. ¡Y él había estado allí! Nubes de gloria lo circundaban. Era un héroe, era deslumbrante. Había acudido a ella desde otro mundo. Era su milagro. Era casi demasiado milagroso para ser verdad.
¡Ella pasando su monótona vida en la tienda! ¡Y él, elegante, brillante, viviendo en lejanas ciudades! ¡Los dos juntos, uno al lado del otro, paseando por el camino, hacia la loma de Moorthorne! No había nada semejante en los relatos de la señorita Sewell.
—¿Su tío…? —interrogó ella vagamente.
—Sí, el señor Boldero. Es socio de Birkinshaws.
—¡Ah!
—¿Ha oído hablar de él? Es un gran wesleyano.
—Oh, sí —repuso ella—. Cuando tuvimos la Conferencia Wesleyana aquí, él…
—Está muy bien siempre en las conferencias —dijo Gerald Scales.
—No sabía que tuviera relación con Birkinshaws.
—No es un socio trabajador, claro —aclaró el señor Scales— Pero quiere que yo lo sea. Tengo que aprender el negocio desde abajo. Ahora comprenderá usted por qué soy viajante.
—Ya veo —contestó ella, todavía más impresionada.
—Soy huérfano —dijo Gerald—. Y el tío Boldero se ocupó de mí cuando yo tenía tres años.
—¡Ya veo! —repitió ella.
Le parecía raro que el señor Scales fuera wesleyano, igual que ella. Hubiera asegurado que pertenecía a «la Iglesia». Sus ideas sobre el wesleyanismo, al igual que sus ideas sobre otras varias cosas, se modificaron profundamente.
—Ahora hábleme de usted —sugirió el señor Scales.
—¡Oh! ¡Yo no soy nada! —estalló Sofía.
La exclamación era totalmente sincera. Las revelaciones del señor Scales acerca de sí mismo le resultaban apasionantes pero al mismo tiempo desalentadoras.
—Es usted la muchacha más refinada que he conocido en mi vida —dijo el señor Scales con énfasis galante, y clavó el bastón en la blanda tierra.
Ella se ruborizó y no respondió.
Siguieron andando en silencio, cada uno preguntándose con aprensión que pasaría después.
De improviso el señor Scales se detuvo junto a un ruinoso muro bajo de ladrillo, construido en círculo, que se alzaba en las proximidades del camino.
—Creo que es un pozo antiguo —dijo.
—Sí, creo que sí.
Él cogió una piedra bastante grande y se acercó al muro.
—¡Tenga cuidado! —le encareció Sofía.
—¡Oh, no pasa nada! —dijo él despreocupadamente—. Escuchemos. Acérquese y escuche.
Ella obedeció de mala gana y él tiró la piedra sobre el sucio y ruinoso muro, que le llegaba a la altura del sombrero. Durante dos o tres segundos no se oyó nada. Después sonó una débil reverberación desde las profundidades del pozo. Y en la mente de Sofía surgieron espantosas imágenes de fantasmas de mineros vagando para siempre por los pasadizos subterráneos, muy abajo. El ruido de la piedra al caer había despertado en ella los secretos terrores de la tierra. Apenas podía mirar siquiera el muro sin un espasmo de temor.
—¡Qué raro —observó el señor Scales, con algo de miedo en la voz también— que dejen eso ahí de esa manera! Debe de ser muy profundo.
—Algunos lo son —tembló ella.
—Tengo que echar un vistazo —dijo él, poniendo las manos en lo alto del muro.
—¡Quítese de ahí! —exclamó Sofía.
—¡Oh, no pasa nada! —volvió a decir él en tono tranquilizador—, El muro es tan firme como una roca. —Y dio un ágil salto, asomándose.
Ella profirió un fuerte grito. Lo vio en el fondo del pozo, destrozado, ahogándose. Le pareció que la tierra temblaba bajo sus pies. Se sintió horriblemente mal. Y volvió a gritar. Nunca se había imaginado que en la existencia pudiese haber tanto sufrimiento.
Él bajó del muro deslizándose y se acercó a ella.
—¡No se ve el fondo! —dijo. Luego, observando su alterado rostro, se acercó más, con una sonrisa de superioridad masculina.
—¡Qué tontita! —dijo afectuosa y persuasivamente, poniendo en juego todo su poder de fascinación.
Percibió al instante que había calculado mal los efectos de su acción. La alarma de Sofía se transformó rápidamente en airado resentimiento. Retrocedió con gesto altivo, como si él hubiese intentado tocarla. ¿Se creía que porque daba la casualidad de que iba de paseo con él tenía derecho a dirigirse a ella con tanta familiaridad, a burlarse de ella, a llamarla «tontita» y a acercar su cara a la de ella? Con rápida y apasionada indignación dejó ver que le molestaban aquellas libertades.
Le mostró su orgullosa espalda, su cabeza inclinada y sus embravecidas faldas y echó a andar con prisa, casi corriendo. En cuanto a él, tal fue su sorpresa por aquellos inesperados fenómenos que por un momento se quedó sin hacer nada, simplemente miraba a Sofía y se sentía como un imbécil.
Luego ella oyó que la seguía. Era demasiado orgullosa para detenerse e incluso para reducir su velocidad.
—No pretendía… —murmuró detrás de ella.
No hubo respuesta alguna.
—Creo que debo disculparme —dijo él.
—¡Eso me parece a mí! —respondió ella, furiosa.
—¡Bien, pues me disculpo! —dijo él—. Deténgase un minuto.
—Le agradeceré que no me siga, señor Scales. —Se detuvo y lo abrasó con su desagrado. Después continuó. Y su corazón se atormentaba porque no podía convencerla de quedarse con él, sonreír y perdonarle y ganarse su sonrisa.
—Le escribiré —gritó desde lo alto de la pendiente.
Ella siguió andando, ridícula chicuela. Pero la agonía que había padecido cuando él se agarró al frágil muro no era ridícula, ni la tenebrosa visión de la mina, ni su enorme indignación cuando, tras desobedecerla, olvidó que ella era una reina. Para ella la escena era de una trágica sublimidad. Poco después había cruzado de nuevo el puente, pero no era la misma. ¡Éste fue el final de tan increíble aventura!
Cuando llegó a la barrera de peaje pensó en su madre y en Constanza. Se había olvidado por completo de ellas; durante aquel espacio de tiempo habían dejado de existir enteramente para ella.
IV
—¿Has salido, Sofía? —le preguntó la señora Baines en la sala, en tono inquisitivo. Sofía se había quitado el abrigo y el sombrero apresuradamente en el taller de cortar, pues había peligro de que llegase tarde a tomar el té, pero su rostro y su cabello mostraban huellas de la brisa de marzo. La señora Baines, cuya corpulencia parecía ir en aumento, estaba en la mecedora con un número de El domingo en casa en la mano. El servicio de té estaba en la mesa.
—Sí, mamá. Fui a ver a la señorita Chetwynd.
—Me gustaría que me lo dijeras cuando vayas a salir.
—Te estuve buscando antes de irme.
—Eso no es verdad, porque no me he movido de esta habitación desde las cuatro… No deberías decir esas cosas —añadió la señora Baines con más suavidad.
La señora Baines lo había pasado muy mal aquel día. Sabía que se hallaba en un estado irritable y nervioso y por lo tanto se decía, en su calidad de mujer prudente: «Debo vigilarme. No debo perder los estribos». Y pensaba cuán razonable era. No se imaginaba que todos sus gestos la traicionaban; no se le ocurrió que hay pocas cosas más mortificantes que ver a una persona, impulsada por elevados motivos, tratando visiblemente de ser amable y paciente bajo lo que considera una provocación extrema.
Maggie subió la escalera dando tumbos con la tetera y las tostadas calientes; así Sofía tuvo una excusa para callar. También Sofía lo había pasado muy mal, horrorosamente mal; en aquel momento llevaba toda una tragedia en su alma juvenil, poco acostumbrada a tales cargas. Su actitud hacia su madre era en parte temerosa y en parte desafiante; se podría resumir en la frase que se había repetido una y otra vez de camino a casa: «¡Bueno, mamá no puede matarme!».
La señora Baines dejó la revista de cubierta azul, y giró su mecedora hacia la mesa.
—Ya puedes servir el té —dijo la señora Baines.
—¿Dónde está Constanza?
—No se encuentra bien. Está acostada.
—¿Le pasa algo?
—No.
Esto no era exacto. A Constanza le pasaba casi todo; nunca había sido menos ella misma que en el transcurso de aquella tarde. Pero la señora Baines no tenía ninguna intención de discutir los asuntos amorosos de Constanza con Sofía. ¡Cuanto menos se hablara de amor a Sofía, mejor! ¡Ya era bastante nerviosa!
Se sentaron una frente a otra, a ambos lados de la chimenea, la monumental matrona cuyo negro corpiño dominaba la mesa con su corpulencia y cuya gran cara redonda estaba arrugada y marchita por lo que parecían ser innumerables años de alegría y de desilusión, y la joven delgada, tan fresca y virginal, tan ignorante, con todo el patetismo de una desprevenida víctima a punto de ser sacrificada al minotauro del Tiempo. Las dos se comieron las tostadas calientes con descuidada prisa, en silencio, ensimismadas, preocupadas y exteriormente indiferentes.
—¿Y qué te ha contado la señorita Chetwynd? —inquirió la señora Baines.
—No estaba en casa.
Aquello fue un golpe para la señora Baines, cuyas sospechas sobre Sofía, ahuyentadas por sus certidumbres sobre Constanza, regresaron súbitamente a su pensamiento y rondaron por él como una manada de tigres.
Con todo, la señora Baines estaba decidida a conservar la calma y a andarse con tiento.
—¡Oh! ¿A qué hora fuiste?
—No sé. Hacia las cuatro y media —Sofía se acabó el té rápidamente y se puso en pie—, ¿Le digo al señor Povey que puede venir?
(El señor Povey tomaba el té después de las señoras de la casa.)
—Sí, si te quedas en la tienda hasta que vaya yo. Enciéndeme el gas antes de irte.
Sofía tomó una vela de cera de un jarrón que había en la repisa de la chimenea, la prendió en el fuego y encendió el gas, que se dejó sentir en su prisión de cristal con un leve estallido.
—¿Qué es esa arcilla que llevas en las botas, niña? —preguntó la señora Baines.
—¿Arcilla? —repitió Sofía, mirando estúpidamente sus botas.
—Sí —insistió la señora Baines—, ¡Parece marga! ¿Dónde demonios has estado?
Interrogaba a su hija levantando hacia ella una mirada fría e inconscientemente hostil a través de sus gafas con montura de oro.
—Debe de habérseme pegado en los caminos —dijo Sofía, avanzando con celeridad hacia la puerta.
—¡Sofía!
—Sí, mamá.
—Cierra la puerta.
Sofía cerró a regañadientes la puerta, que tenía a medio abrir.
—Ven aquí.
Sofía obedeció; le temblaba el labio inferior.
—Me estás engañando, Sofía —dijo la señora Baines con una solemnidad feroz—. ¿Dónde has estado esta tarde?
El pie de Sofía se movía inquieto sobre la alfombra, detrás de la mesa.
—No he estado en ninguna parte —murmuró cabizbaja.
—¿Has visto al joven Scales?
—Sí —dijo Sofía en tono adusto, dirigiendo una mirada audaz a su madre. («No puede matarme. No puede matarme», musitaba su corazón. Y tenía a su favor la juventud y la belleza, mientras que su madre no era más que una mujer gorda y de mediana edad. «No puede matarme», decía su corazón con la cruel insolencia de una niña halagada por el espejo.)
—¿Cómo te encontraste con él?
No hubo respuesta.
—¡Sofía, ya me has oído lo que te he preguntado!
Tampoco hubo respuesta. Sofía tenía la mirada fija en la mesa.
(«No puede matarme».)
—Si te vas a poner huraña, tendré que suponer lo peor —dijo la señora Baines.
Sofía guardó silencio.
—Desde luego —continuó la señora Baines—, si decides ser mala, ni tu madre ni nadie pueden impedírtelo. Hay ciertas cosas que puedo hacer y las haré… Déjame que te advierta que el joven Scales es verdaderamente una mala persona. Lo sé todo sobre él. Ha llevado una vida desenfrenada en el extranjero, y de no haber sido porque su tío es socio de Birkinshaws nunca lo habrían vuelto a aceptar —una pausa—. Yo espero que un día seas una esposa feliz, pero eres demasiado joven para andar viéndote con jóvenes, y no hay nada que me pudiera inducir a tener algo que ver con ese Scales. No pienso tolerarlo. En lo sucesivo no saldrás sola. ¿Me entiendes?
Sofía guardó silencio.
—Espero que mañana estés de mejor talante. Te lo digo de verdad. Pero si no fuese así, tendré que tomar medidas muy severas. Te crees que puedes desafiarme. Pero en tu vida has estado más equivocada. Ahora no quiero verte más. Vete a avisar al señor Povey y dile a Maggie que traiga otro té. Casi haces que me alegre de que tu padre muriera entonces. Por lo menos se ha evitado esto.
Las palabras «muriera entonces» lograron intimidar a Sofía. Parecían indicar que la señora Baines, si bien, magnánimamente, nunca había mencionado el tema a Sofía, sabía exactamente cómo había muerto su marido. Sofía huyó de la habitación atemorizada y acobardada. No obstante, lo que pensaba era: «No me ha matado. Decidí que no hablaría y no he hablado».
Por la tarde, mientras estaba en la tienda cosiendo sombreros, formal y severa —mientras su madre lloraba secretamente en el primer piso y Constanza permanecía oculta en el segundo—, Sofía revivió la escena del antiguo pozo, pero de manera diferente, admitiendo que se había equivocado, sospechando instintivamente que había mostrado una estúpida desconfianza del amor. Allí sentada adoptó la actitud que debía y dijo las cosas que debía. En vez de ser una chiquilla boba fue una mujer cabal y deslumbrante. Cuando entraban clientes y las jóvenes dependientas subían discretamente el gas, conforme a las normas de la tienda, era verdaderamente extraordinario que no pudieran leer en el corazón de la hermosa Sofía las palabras que ardían en él: «Es usted la muchacha más refinada que he conocido en mi vida» y «le escribiré». Las dependientas tenían sus ideas acerca de Constanza y de Sofía, pero la verdad, al menos por cuanto atañe a Sofía, estaba fuera del alcance de su imaginación. Cuando sonaron las ocho y dio la orden formal de poner las fundas, ya vacía la tienda, lo que menos se imaginaban era que estuviera soñando con el correo y tramando cómo apoderarse de las cartas de la mañana antes que el señor Povey.