CAPITULO I
LA PENSIÓN FRENSHAM
I
Matthew Peel-Swynnerton estaba sentado en el largo comedor de la Pensión Frensham, Rue Lord Byron; parecía fuera de lugar allí. Era una estancia de unos diez metros de longitud y la anchura de dos ventanas, que iluminaban suficientemente la mitad de la mesa alargada, de extremos redondeados. Atenuaba la penumbra de la otra mitad un gran espejo con deslustrado marco dorado, que ocupaba buena parte de la pared de enfrente de las ventanas. Cerca del espejo había un alto biombo de cuatro hojas, y tras él se oía el ruido de una puerta que se abría y cerraba constantemente. En la larga pared a la izquierda de las ventanas había dos puertas, una oscura e importante, una puerta de ceremonia, por la cual pasaba dos veces al día una procesión de personas tímidas y solemnes, en una ocasión hambrientas y en otra saciadas; la otra puerta era más pequeña y acristalada; los cristales estaban pintados con guirnaldas de rosas. No era una puerta original de la casa, sino que se había abierto recientemente en la pared y daba la impresión de conducir a peligros y travesuras. El papel de la pared y las cortinas de la ventana eran ricos y adustos, de tonos oscuros y dibujo misterioso. Sobre la puerta de ceremonia había una cornamenta. Y a intervalos, tan altos que parecían desafiar toda inspección, algunos grabados y cuadros al óleo componían manchas rectangulares sobre la pared. Colgaban de enormes clavos con cabeza de porcelana y representaban al parecer los aspectos más majestuosos del hombre y la naturaleza. Un grabado que estaba sobre la chimenea y más cerca de la tierra que los demás mostraba de manera inconfundible a Luis Felipe y a su familia en actitudes virtuosas. Bajo este grupo real, un gran reloj dorado, flanqueado por candelabros de la misma época, daba la hora exacta: las siete y cuarto.
Ocupaba la estancia la gran mesa blanca, rodeada de cabezas inclinadas y respaldos de sillas. Había más de treinta personas a la mesa; el ruido singularmente amortiguado de sus tenedores y cuchillos en los platos era prueba de que se trataba de gente discreta y correcta. Su ropa —blusas, corpiños y chaquetas— no alegraba la pupila. Sólo dos o tres iban de etiqueta. Hablaban poco, y por lo general en un tono timorato, como si hubiera orden de guardar silencio. Alguno medio susurraba una observación; entonces su vecina, jugueteando distraídamente con su pan y alzando la mirada del plato al vacío, sopesaba concienzudamente la observación y medio susurraba en respuesta: «Supongo que sí». Pero unos pocos hablaban en voz alta y con volubilidad, y los demás, que los envidiaban, los tenían por gente de poca crianza.
La comida era la principal preocupación, como es natural. Los presentes comían como comen los que pagan un precio fijo al día por todo lo que puedan consumir siempre que observen las reglas del juego. Sin mover la cabeza atisbaban por el rabillo del ojo, vigilando las maniobras de las tres doncellas almidonadas que servían. No tenían otro concepto de la comida que en forma de porciones colocadas en filas, en grandes bandejas de plata; cuando una doncella se inclinaba reverente sobre ellos con la bandeja en equilibrio, evaluaban la ofrenda en un instante, y en un instante decidían cuánto podían tomar decorosamente y hasta qué punto podían llevar a la práctica la teórica libertad de elección. Y si los alimentos, por alguna razón, no les tentaban, o si no lograban coincidir ni de lejos con sus aspiraciones, se consideraban agraviados. Pues, de acuerdo con el juego, podían no pedir nada; tenían derecho a apoderarse de todo lo que se presentaba bajo su nariz, como amables tigres, y tenían derecho a rechazarlo: eso era todo. La comida era así una serie de crisis emocionales para los comensales, que sólo sabían que sin cesar salían bandejas llenas y platos limpios de la ruidosa puerta que se ocultaba tras el biombo, y que sin cesar desaparecían bandejas devastadas y platos sucios por la misma puerta. Todos comían alimentos semejantes al mismo tiempo; empezaban juntos y terminaban juntos. Las moscas que rondaban los manojos de papeles colgados de las lámparas, al nivel de los floreros, eran más libres. El único acontecimiento que interrumpía la exacta regularidad de la colación era la llegada fortuita de una botella de vino para uno de los huéspedes. El receptor de la botella de vino firmaba un papelito a cambio de ella y escribía en grandes caracteres un número en la etiqueta de la botella; después, mirando el número y temiendo que después de todo lo leyera mal una doncella estúpida o un compañero poco escrupuloso, lo volvía a escribir en otra parte de la etiqueta, en caracteres todavía más grandes.
Matthew Peel-Swynnerton, evidentemente, no pertenecía a ese mundo. Era un joven de unos veinticinco años, no apuesto pero sí elegante. Aunque no vestía de etiqueta, aunque de hecho llevaba un traje gris muy claro, totalmente inadecuado para una cena, era elegante. El traje, casi nuevo, era de un corte admirable, pero lo llevaba como si nunca hubiera llevado otra cosa. También su conducta, reservada pero no libre de timidez, su método para manejar el tenedor y el cuchillo, la delicadeza de su manera de trasladar la comida de las bandejas a su plato, todos estos detalles indicaban de modo infalible a los miembros del grupo que Matthew Peel-Swynnerton era superior a ellos. Algunos esperaban que resultara ser hijo de un lord, o incluso un lord. Se le había asignado un extremo de la mesa, de espaldas a una ventana, y quedaba una silla vacía a cada lado; esta situación favorecía las esperanzas relativas a su alto rango. En realidad era hijo, nieto y varias veces sobrino de fabricantes de loza. Reparó en que la gran «compota» (como se denominaba en su oficio) que marcaba el centro de la mesa era producto de su empresa. Ello le sorprendió, pues Peel, Swynnerton y Co., conocidos y venerados en las Cinco Ciudades como «los Peel», no servían a mercados baratos.
Causó cierto sobresalto en el comedor un huésped tardío, un hombre de mediana edad grueso y fofo, cuya nariz habría suscitado la hostilidad provisional de quienes se han convencido de que los judíos no son como los demás. Su nariz no lo catalogaba claramente como un usurero y asesino de Cristo, pero era sospechosa. Sus ropas colgaban sueltas y podían haber pertenecido a otra persona. Se acercó a la mesa con rápida seguridad, hizo una inclinación, un tanto demasiado efusiva, a varias personas y se sentó junto a Peel-Swynnerton. Una de las doncellas le trajo al momento un plato de sopa; él le dijo «gracias, Marie», sonriéndole. Era evidentemente uno de los habituales de la casa. Sus ojos, detrás de las gafas, transmitían la seguridad que da el conocer a las chicas por sus nombres. Se hallaba en grave desventaja en la carrera por la manutención, pues llevaba un retraso de dos platos y medio, pero se puso a la altura con gran celeridad y luego, una vez logrado esto, suspiró y su sociable mirada se dirigió claramente a Peel-Swynnerton.
—¡Ah! —exclamó—, ¡Es un fastidio esto de llegar tarde, señor!
Peel-Swynnerton asintió a regañadientes.
—¡No es un trastorno sólo para uno! ¡Lo es para la casa! ¡A las criadas no les gusta!
—No —murmuró Peel-Swynnerton—. Me imagino que no.
—Sin embargo, no es que yo llegue tarde muchas veces —prosiguió el hombre—. Algunas no puedo evitarlo. ¡Los negocios! Lo peor de estos hombres de negocios franceses es que no tienen noción del tiempo. ¡Citas …! ¡Dios me ampare!
—¿Viene usted aquí con frecuencia? —interrogó Peel-Swynnerton. Detestaba a aquel individuo de una manera totalmente injustificada, quizá porque se sujetaba la servilleta debajo de la barbilla, pero veía que era uno de esos conversadores decididos que siempre acaban ganando. Además, como estaba claro que no era un turista corriente en París, el tipo despertaba en él una cierta curiosidad.
—Vivo aquí —dijo el otro—. Es muy cómodo para un soltero, ya sabe. Ya hace años. Mi oficina está justo al lado. Tal vez conozca mi nombre: Lewis Mardon.
Peel-Swynnerton vaciló. Aquella vacilación lo acusaba de «no conocer su París» bien.
—Agente inmobiliario —añadió Lewis Mardon rápidamente.
—Oh, sí —dijo entonces Peel-Swynnerton, recordando vagamente haber visto aquel nombre entre los anuncios en los quioscos de prensa.
—Creo —continuó el señor Mardon— que mi nombre es tan conocido como el que más en París.
—Así lo pienso —afirmó Peel-Swynnerton.
La conversación languideció durante unos momentos.
—¿Se quedará aquí mucho tiempo? —preguntó el señor Mardon, que conceptuaba a Peel-Swynnerton como un hombre elegante y de medios y le desconcertaba su presencia en aquella mesa.
—No lo sé —respondió Peel-Swynnerton.
Era una mentira, justificada en la opinión del que la decía como una manera de rechazar la vulgar curiosidad del señor Mardon, la curiosidad que podría haber esperado de un tipo que se remetía la servilleta bajo la barbilla. Peel-Swynnerton sabía con exactitud cuánto tiempo iba a estar allí. Iba a estar dos días más; no le quedaban más que unos cincuenta francos en el bolsillo. Había estado poniéndose en ridículo en otro barrio de París y había descendido hasta la Pensión Frensham por ser un lugar donde podía estar absolutamente seguro de no gastar más de doce francos diarios. La casa tenía buena fama y estaba a mano del Museo Galliera, donde estaba haciendo algunos dibujos que había venido a Francia expresamente a hacer y sin los cuales no podía volver dignamente a Inglaterra. Era capaz de cometer tonterías, pero también de ser prudente, y era difícil que presión alguna lo indujese a escribir a casa pidiendo dinero para suplir el gastado en ponerse en ridículo.
El señor Mardon fue consciente de que le ponían trabas. Pero, siendo de una disposición amoldable, probó de inmediato en otra dirección.
—¿Es buena la comida aquí, verdad? —sugirió.
—Mucho —replicó Peel-Swynnerton con sinceridad—. Yo estaba muy…
En aquel momento, una mujer alta y erguida, de edad incierta, abrió la puerta principal y permaneció un instante en el umbral. Peel-Swynnerton tuvo el tiempo justo para observar que era hermosa y pálida y que tenía el cabello negro, y después se marchó, seguida de un caniche de pelo recortado que la acompañaba. Había hecho seña, con un breve gesto, a una de las sirvientas, que se puso inmediatamente a encender las lámparas de gas que pendían sobre la mesa.
—¿Quién es? —preguntó Peel-Swynnerton, sin reflexionar en que ahora era él el que estaba haciendo avances hacia el tipo cuya servilleta cubría toda la pechera de su camisa.
—Es la patrona —dijo el señor Mardon en voz más baja y semiconfidencial.
—¡Oh! ¿La señora Frensham?
—Sí. Pero su verdadero apellido es Scales —dijo con orgullo el señor Mardon.
—Viuda, supongo.
—Sí.
—¿Y dirige ella todo el cotarro?
—Dirige todo el invento —repuso con solemnidad el señor Mardon—; ¡y no cometa usted ningún error! —Iba adoptando un tono de familiaridad.
Peel-Swynnerton lo rechazó una vez más, contemplando con estudiado e indiferente descuido los quemadores de gas, que explotaban uno detrás de otro con un ruidito al contacto con la vela que les aplicaba la doncella. La mesa blanca resplandecía más blanca que nunca bajo el gas llameante. Los que estaban al extremo del comedor, lejos de la ventana, sonrieron instintivamente, como si hubiera empezado a brillar el sol. El aspecto de la cena había cambiado para mejor; con la reiterada afirmación de que las tardes estaban acortando aunque todavía estaban en julio, la conversación se hizo casi general. En dos minutos, el señor Mardon estaba hablando cordialmente con toda la longitud de la mesa. La colación acabó en una atmósfera que se asemejaba a la camaradería.
Matthew Peel-Swynnerton no saldría a gozar de los deleites crepusculares de París. A menos que se mantuviera al resguardo de la Pensión, no podía pretender culminar con éxito su reconversión de la estupidez a la sabiduría. De modo que atravesó valientemente la pequeña puerta decorada con rosas, saliendo a un reducido patio, cubierto con una cristalera y equipado con palmeras, sillones de mimbre y dos mesitas; encendió una pipa y sacó de su bolsillo un ejemplar del Referee. Aquel retiro era denominado el salón; era la única parte de la Pensión en la que fumar no era un auténtico delito ni una transgresión de las buenas formas. Se sentía solo. Se dijo lúgubremente, de un tirón, que el placer no era más que paparruchas, y, a reglón seguido, preguntó al universo por qué el placer no podía durar para siempre y por qué él no era el señor Barney Bamato. Entraron en el retiro dos hombres de edad y encendieron cigarrillos con muchas precauciones. Después apareció el señor Mardon y, con osadía, se sentó cerca de Matthew, como si fuese un amigo privilegiado. Al fin y al cabo, el señor Mardon era mejor que no tener a nadie y Matthew decidió soportarlo, sobre todo cuando empezó, sin escaramuza preliminar alguna, a hablar de la vida en París. ¡Un tema irresistible! El señor Mardon dijo en tono mundano que era fácil hacer agradable la existencia de un soltero en París. Pero que, por supuesto, él…, bueno, él prefería, por regla general, algo del estilo de la Pensión Frensham; y para sus negocios era excelente. Sin embargo no podía…, ya sabía… Comparó las ventajas de lo que denominó «andar por ahí» en París con su equivalente en Londres. Su información sobre Londres estaba anticuada, y Peel-Swynnerton podría corregirle importantes detalles. Pero su información sobre París era infinitamente valiosa e interesante para el joven, que veía que hasta entonces había vivido extrañamente engañado.
—¿Le apetece un whisky? —preguntó de repente el señor Mardon—, Es muy bueno aquí —añadió.
—¡Gracias! —repuso Peel-Swynnerton arrastrando las vocales.
No había modo de resistir la tentación de escuchar al señor Mardon mientras éste quisiera hablar. Y luego, cuando los hombres de edad se habían marchado, estaban contándose cosas el uno al otro con toda franqueza, en la semipenumbra del retiro. Luego, cuando la reserva de historias llegó a su fin, el señor Mardon se pasó la lengua por los labios para recoger la última gota de whisky y exclamó «¡Sí!», como dando una confirmación general a todo lo que se había dicho.
—¡Tómese uno conmigo! —dijo cortésmente Matthew. Era lo menos que podía hacer.
La Marie del señor Mardon llevó al salón la segunda remesa de whiskies. Él le sonrió con familiaridad y observó que se imaginaba que se iría a dormir pronto, después de un duro día de trabajo. Ella, como respuesta, hizo una moue[54] y un movimiento impaciente y se marchó en medio del frufrú de sus faldas.
—Funciona bien, ¿verdad? —comentó el señor Mardon, como si Marie fuera una pieza de una exposición agrícola—. Hace diez años era muy lozana y linda, pero ni qué decir tiene que un sitio como éste les quita todo.
—Pero aun así —repuso Peel-Swynnerton—, tiene que gustarles, o no se quedarían…, es decir, a menos que las cosas sean muy distintas aquí de como son en Inglaterra.
La conversación parecía haberle acicateado a examinar la cuestión de la mujer en todos sus aspectos, con curiosidad filosófica.
—¡Oh! Claro que les gusta —le aseguró el señor Mardon, en el tono del que sabe bien lo que se dice—. Además, la señora Scales las trata bien. Lo sé de buena tinta. Me lo ha dicho ella. Es muy suya —miró a su alrededor como si las paredes oyeran—, y por Júpiter que hay que serlo, pero las trata bien. Le costaría a usted creer los salarios que ganan, y lo que sisan. Ahora bien, en el Hotel Moscú… ¿Conoce el Hotel Moscú?
Por suerte, Peel-Swynnerton lo conocía. Le habían aconsejado que lo evitase porque sólo admitía visitantes ingleses, pero en la Pensión Frensham había aceptado algo todavía más exclusivamente británico que el Hotel Moscú. El señor Mardon mostró gran alivio ante su respuesta afirmativa.
—El Hotel Moscú es ahora una sociedad limitada —dijo—, inglesa.
—¿De verdad?
—Sí. Yo la refloté. Fue idea mía. ¡Un gran éxito! Por eso lo sé todo acerca del Hotel Moscú. —Recorrió de nuevo las paredes con la mirada—. Quería hacer lo mismo aquí —murmuró, y Peel-Swynnerton tuvo que hacer ver que apreciaba aquella confidencia—, Pero no hay modo de que acceda. Lo he intentado por todos los medios. ¡No hay nada que hacer! Es una verdadera lástima.
—¿Es rentable, no?
—¿Esta casa? ¡Ya lo creo que sí! Y pienso que estoy en situación de juzgar, me parece a mí. La señora Scales es una de las mujeres más astutas con que se puede uno topar en su vida. Ha ganado mucho dinero aquí, mucho dinero. Y no hay razón para que una casa como ésta no pueda ser cinco veces mayor. Diez veces. Las posibilidades son ilimitadas, señor mío. Lo único que se necesita es capital. Pero lo que dice ella es que no quiere que sea mayor. Dice que ahora tiene el tamaño justo para que ella lo pueda manejar. No es así. Es una mujer que podría manejar cualquier cosa —es una administradora nata —pero, aunque así fuese, todo lo que tendría que hacer sería retirarse: dejamos la casa y el nombre. Es el nombre lo que cuenta. ¡Y ella ha hecho que el nombre de Frensham valga lo suyo, bien puedo decírselo!
—¿Recibió la casa de su marido? —inquirió Peel-Swynnerton. El apellido Scales le intrigaba.
El señor Mardon negó con la cabeza.
—Lo compró ella sola, cuando ya no estaba con su marido, por una bicoca, ¡una bicoca! Lo sé porque yo conocía a los Frensham originarios.
—Debe de llevar usted mucho tiempo en París —dijo Peel-Swynnerton.
El señor Mardon era incapaz de resistirse a una oportunidad de hablar de sí mismo. La suya era un historia asombrosa. Y Peel-Swynnerton, aunque despreciaba a aquel hombre por su fatuidad, se sintió impresionado. Y cuando aquello concluyó…
—¡Sí! —exclamó el señor Mardon tras una pausa, confirmando todo en general mediante un solo monosílabo.
Poco después se puso en pie, diciendo que sus hábitos eran regulares.
—¡Buenas noches! —saludó, con una sonrisa mecánica.
—Bu-buenas noches —respondió Peel-Swynnerton, tratando de forzarse a emplear un tono de camaradería, pero sin conseguirlo. La intimidad entre los dos, que había brotado como un champiñón, se deshizo repentinamente en polvo. El comentario no pronunciado de Peel-Swynnerton a espaldas del señor Mardon fue «¡borrico!». Sin embargo, lo que sabía se había incrementado indudablemente en el transcurso de la tarde. Y todavía era temprano. ¡Las diez y media! ¡El Folies-Marigny, con su bella arquitectura y sus innumerables sanitarios blancos, su espumear de champán y cerveza y sus músicos de ajustada chaqueta roja, estaba justo entonces empezando a tener vida, y a un tiro de piedra! Peel-Swynnerton imaginó el salón aterrazado y centelleante que había sido el origen primero de su extraordinaria estupidez. E imaginó todos los demás lugares de diversión, grandes y pequeños, enguirnaldados con blancas linternas, de los Campos Elíseos; y los oscuros laterales de los Campos Elíseos, por donde caminaban penosamente misteriosas figuras pálidas cobijadas por los árboles, mientras de los lugares de diversión y de los restaurantes salían fragmentos de disparatadas canciones o de absurda música para metales. Quería salir a gastar aquellos cincuenta francos que le quedaban en el bolsillo. Al fin y al cabo, ¿por qué no telegrafiar a Inglaterra pidiendo más dinero? «¡Oh, maldita sea!» se dijo, ferozmente; estiró los brazos y se puso en pie. El salón era muy pequeño, tenebroso y deprimente.
En el vestíbulo ardía una intensa luz incandescente, que iluminaba crudamente los sillones de mimbre, un baúl atado con cuerdas, con una etiqueta azul y roja pegada, un barómetro Fitzroy, un plano de París, un cartel en colores de la Compañía Transatlántica y el refugio de caoba de la portera. En aquel refugio se hallaba no sólo la portera —una mujer de edad que lucía un gorro blanco sobre su arrugado rostro sonrosado —sino también la dueña del establecimiento. Hablaban en murmullos; parecían muy bien dispuestas la una hacia la otra. La portera era respetuosa, pero también lo era la dueña. El vestíbulo, con su única luz, que ardía tranquilamente, estaba bañado en una honrada calma, la calma de un día de trabajo terminado, de la paulatina relajación de la tensión, de la creciente expectativa del descanso. En su sencillez afectó a Peel-Swynnerton como pudiera haberle afectado un tónico para los nervios. En aquel vestíbulo, aunque la vida nocturna del exterior estaba empezando a despertar a la actividad, parecía que la noche estaba ya avanzada y que solamente aquellas dos mujeres velaban en una mansión llena de durmientes. Y todos los relatos que habían intercambiado Peel-Swynnerton y el señor Mardon cayeron al nivel de un chismorreo bobo y lamentable. Peel-Swynnerton pensó que su deber hacia la casa era retirarse al lecho. Pensó también que no podía abandonar la casa sin decir que iba a salir, y que le faltaba valor para decir deliberadamente a las dos mujeres que iba a salir, ¡a aquellas horas de la noche! Se dejó caer en uno de los sillones e hizo un segundo intento de leer con detenimiento el Referee. ¡Inútil! O su mente estaba fuera, en los Campos Elíseos, o su mirada vagaba disimuladamente hasta la figura de la señora Scales. No podía distinguir bien su rostro porque se hallaba sumido en la sombra de la caoba.
Entonces la portera salió de su chiscón y, ligeramente encorvada, cruzó con celeridad el vestíbulo, sonriendo con simpatía al huésped al pasar por delante de él, y desapareció en la escalera. La dueña se quedó sola en el refugio. Peel-Swynnerton se puso en pie de un salto, bruscamente, dejando caer el periódico con un crujido, y se acercó a ella.
—Discúlpeme —le dijo en tono deferente—, ¿Ha venido alguna carta para mí esta noche?
Sabía que era imposible que le llegasen cartas, ya que nadie conocía su dirección.
—¿Qué nombre? —La pregunta era fríamente cortés y la interpelante le miraba a la cara directamente. Sin duda era una mujer hermosa. El cabello se le estaba volviendo gris en las sienes y su frente estaba marchita y cruzada por pequeñas arrugas. Pero era hermosa. Era una de esas mujeres de la última de las cuales que quede en la tierra dirá el extraño: «¡Cuando era joven debía de valer la pena mirarla!», sintiendo un leve y pasajero pesar porque las mujeres bellas no puedan permanecer jóvenes para siempre. Su voz era firme, sin alteraciones; su tono era dulce, y sin embargo moralmente áspero a causa del incesante tráfico con todas las variedades de la naturaleza humana. Sus ojos eran los ojos imparciales de quien está siempre juzgando. Y evidentemente era un ser orgulloso, incluso altivo, con su esmerada y controlada cortesía. Evidentemente se consideraba superior a cualquier huésped. Sus ojos proclamaban que había vivido y aprendido, que sabía más de la vida que cualquier persona con que se pudiera topar y que, habiendo triunfado en la vida de manera tan notable, tenía una enorme confianza en sí misma. La prueba de su éxito era la singular casa Frensham. También había en aquellos ojos una conciencia de la singularidad de la casa Frensham. Teóricamente, la actitud mental de Matthew Peel-Swynnerton hacia los patrones de casas de huéspedes era condescendiente, pero en este caso no era así. Tenía el respeto verdadero de un hombre que de momento, sea como fuere, está impresionado más allá de todo cálculo. Bajó los ojos al responder:
—Peel-Swynnerton. —Luego los volvió a alzar.
Lo dijo con desmaño, temerosamente, como si supiera que estaba jugando con fuego. Si aquella señora Scales era la tía de su amigo Cyril Povey, tenía que conocer esos dos apellidos, tan famosos en la región. ¿Se sobresaltó? ¿Dejó ver un signo de que se sentía perturbada? Al principio, él creyó captar un síntoma de emoción, pero al cabo de un instante estaba seguro de no haber captado tal cosa y de que era una tontería suponer que se hallaba en las puertas de algo novelesco. Entonces ella se volvió hacia el casillero, a cuyo lado se encontraba, y él vio su rostro de perfil. Tenía un repentino y asombroso parecido con el perfil de Cyril Povey, un parecido inconfundible y absolutamente decisivo. La nariz y la curva del labio superior eran totalmente los de Cyril. Matthew Peel-Swynnerton tenía una sensación muy extraña. Se sentía como un criminal en peligro de ser atrapado in fraganti y no podía entender por qué se sentía así. La patrona miró en el hueco de la P y en el de la S.
—No —dijo con toda tranquilidad—. No veo nada para usted.
Dominado por un acceso de temeraria audacia, él dijo:
—¿Ha tenido recientemente a alguien de apellido Povey?
—¿Povey?
—Sí. Cyril Povey, de Bursley, en las Cinco Ciudades.
Era muy impresionable, muy sensible aquel hombre. La voz le tembló al decir aquello. Pero la de ella tembló también al responder:
—¡No, que yo recuerde! ¡No! ¿Esperaba usted que estuviera aquí?
—Bueno, no tenía seguridad —balbuceó—, Gracias. Buenas noches.
—Buenas noches —deseó ella aparentemente de la manera mecánica de la patrona que da las buenas noches a docenas de extraños cada día.
Él subió a toda prisa la escalera y se cruzó con la portera, que bajaba. «¡Bien, bien!», pensó. «¡Qué cosa más rara…!». E hizo repetidos movimientos afirmativos con la cabeza. Por fin se había encontrado con algo realmente extraño en el espectáculo de la existencia. Le había correspondido a él descubrir a la mujer legendaria que había huido de Bursley antes de que él naciera y de la que nadie sabía nada. ¡Qué noticia para Cyril! ¡Qué pasmoso episodio! Apenas pudo dormir aquella noche. Se preguntaba si sería capaz de verse cara a cara con la señora Scales sin timidez por la mañana. Sin embargo, se ahorró la dura prueba de verse cara a cara con ella. No apareció en el transcurso de todo el día siguiente, ni la vio antes de marcharse. No pudo hallar un pretexto para preguntar por qué estaba invisible.
II
El coche de Matthew Peel-Swynnerton se detuvo ante el número 26 de Victoria Grove, Chelsea; su bolsa iba en el techo. El cochero llevaba una flor roja en el ojal. Matthew saltó del vehículo, sujetándose el sombrero de paja con una mano. Al llegar al suelo se refrenó instantáneamente y adoptó un aire de despreocupada tranquilidad. Junto a la puerta lateral del número 26 había otra figura con sombrero de paja y vestida de gris, que en aquel instante encendía un cigarrillo.
—¡Hola, Mat! —exclamó la segunda figura, con voz velada debido a que todavía estaba aplicando la cerilla al cigarrillo y soplando—. ¿Qué significa todo este barullo? Precisamente quería verte.
Tiró la cerilla con un movimiento del brazo y estrechó la mano de Matthew, soltando el humo por las fosas nasales.
—Yo también quería verte a ti —dijo Matthew—. Y sólo dispongo de un minuto. Iba a Euston; tengo que coger el tren de las doce y cinco.
Miró a su amigo y, con toda seguridad, no vio un rasgo suyo que no lo fuera también del rostro de la señora Scales. Y la mujer tenía la misma actitud corporal que el joven. Era completamente desconcertante.
—Toma un cigarrillo —respondió Cyril Povey, imperturbable. Era dos años más joven que Matthew, del que había adquirido la mayor parte de su amplio e intrincado conocimiento de la vida y el arte, junto con algunas principales nociones de comportamiento, y del que era en realidad discípulo en todas las materias que interesan a los jóvenes. Pero ya había superado a su profesor. Podía hacerse pasar por mayor de lo que era con mucho más éxito que Matthew.
El cochero contempló con aprobación cómo encendían el segundo cigarrillo; luego sacó un cigarro y dejó ver sus dientes grandes y blancos al arrancar el extremo. La aparición y modales de su cliente, la calidad de la bolsa y los primeros gestos de la entrevista entre los dos jóvenes le habían infundido un talante optimista. No esperaba de él una conducta miserable y poco caballerosa a la llegada a Euston. Conocía el lenguaje de la inclinación de un sombrero de paja. Y en Londres hacía un día espléndido. El grupo de las dos elegancias, dominado por la perfección del cochero, ofrecía un llamativo cuadro de masculinidad triunfante, satisfecha de sí misma y sin carencia alguna.
Matthew tomó el brazo de Cyril y lo condujo calle abajo, más allá de la puerta que llevaba al estudio (oculto detrás de una casa) que Cyril tenía alquilado.
—Escucha, muchacho —empezó—: he encontrado a tu tía.
—Bueno, es muy amable por tu parte —repuso Cyril solemnemente—. Es un acto de amistad. ¿Puedo preguntar a qué tía?
—A la señora Scales —dijo Matthew—, ya sabes…
—¿No será…? —El rostro de Cyril cambió.
—¡Sí, exactamente! —exclamó Matthew, pensando que no se iba a ver privado del legítimo gozo de ver que causaba sensación. Era indudable que había causado sensación en Victoria Grove.
Cuando hubo contado toda la historia a Cyril, éste dijo.
—Entonces, ¿no sabe quién eres?
—Creo que no. No; estoy seguro de que no. A lo mejor se lo imagina.
—Pero ¿cómo puedes estar seguro de que no estás equivocado? Puede que…
—Escucha, muchacho —le interrumpió Matthew—, No estoy equivocado.
—Pero no tienes ninguna prueba.
—¡Al diablo las pruebas! —dijo Matthew con irritación.
—¡Oh! ¡Está bien! ¡Está bien! Lo que me tiene más perplejo es qué demonios hacías tú en un sitio como ése. Según tu descripción, debe de ser una…
—Fui allí porque estaba sin blanca —explicó Matthew.
—¿Juergas?
Matthew asintió.
—¡Qué mala pata! —comentó Cyril cuando Matthew le narró el prólogo a la pensión Frensham.
—¡Bueno, ella juró que nunca aceptaba más de doscientos francos! ¡Y esa impresión daba, además! ¡Y bien que lo valía! Me lo pasé mejor que en toda mi vida con esa mujer. Una cosa te puedo decir: no quiero más inglesas. Es que ni cuentan.
—¿Cuántos años tenía?
Matthew reflexionó judicialmente.
—¡Yo diría que treinta! —Fue contemplado con admiración y envidia. Tuvo el legítimo gozo de causar una nueva sensación—. Ya te contaré más cuando vuelva —añadió—. Puedo abrirte los ojos, hijo mío.
Cyril sonrió tímidamente.
—¿Por qué no puedes quedarte ahora? —preguntó—. Voy a hacer el vaciado del brazo de esa chica de Verrall esta tarde y sé que no puedo hacerlo solo. Y Robson no me sirve. Es justo a ti a quien necesito.
—¡No puedo! —dijo Matthew.
—Pues entra un minuto en el estudio, por lo menos.
—No tengo tiempo; perderé el tren.
—Me da igual si pierdes cuarenta trenes. Es preciso que entres. Tienes que ver esa fuente —insistió Cyril, contrariado.
Matthew cedió. Cuando salieron de nuevo a la calle, después de seis minutos de desaforado interés de Cyril por su propia obra, Matthew se acordó de la señora Scales.
—Me imagino que escribirás a tu madre —dijo.
—Sí —repuso Cyril—; le escribiré, pero, si por casualidad la ves, podrías decírselo tú.
—Lo haré —afirmó Matthew—, ¿Vas a ir a París?
—¡Qué! ¿A ver a la tía? —Sonrió—, No sé. Depende. Si mi madre afloja para los gastos… es una idea —dijo con ligereza, y luego, sin cambiar de tono—: Desde luego, si vas a estar perdiendo el tiempo toda la mañana no es probable que cojas el de las doce y cinco.
Matthew subió al coche, mientras el cochero, con la colilla de un cigarro entre sus dientes al descubierto, se agachaba para apartar las riendas al paso del sombrero de paja inclinado.
—Por cierto, préstame algún dinero —pidió Matthew—. Menos mal que tengo billete de vuelta. Me he quedado más pelado que en toda mi vida.
Cyril sacó ocho chelines de plata. Con la seguridad que le confirió la posesión de esta riqueza, Matthew interpeló al cochero:
—¡A Euston, como alma que lleva el diablo!
—Sí, señor —repuso el cochero tranquilamente.
—¿No vas por mi camino, supongo? —se le ocurrió de repente a Matthew, justo cuando el coche empezaba a moverse.
—No; voy al barbero —gritó Cyril en respuesta, agitando la mano.
El caballo entró en Fulham Road, haciendo traquetear el coche.
III
Tres días después, iba Matthew Peel-Swynnerton por la plaza del mercado de Bursley cuando, justo enfrente del ayuntamiento, se encontró con una dama de mediana edad, baja y gruesa y vestida de negro, con un abrigo negro bordado, un gorrito atado con cintas negras y adornado con frutas de azabache y hojas de crespón. En su lenta y cautelosa manera de andar tenía el aspecto digno e importante de una mujer provinciana que ha estado acostumbrada a ser tratada con deferencia en su ciudad natal y cuyos ingresos son lo bastante cuantiosos para arrancar la obsequiosidad a las personas vulgares de todas las categorías. Pero nada más ver a Matthew su rostro cambió. Se convirtió en una mujer sencilla e ingenua. Se ruborizó levemente, sonriendo con tímido placer. Para ella, Matthew pertenecía a una raza superior. Su familia se había distinguido en la región durante generaciones. «¡Peel!». Uno podría pronunciar este nombre junto con el de «Wedgwood» sin que resultara impropio. Y «Swynnerton» no se hallaba mucho más bajo. Ni el amor propio de la dama, que era grande, ni su sentido común, que superaba con mucho a la media, podían permitirle hacer extensiva a los Peel la teoría de que un hombre vale tanto como otro. Los Peel nunca compraban en la Plaza de San Lucas. Ni siquiera en sus mejores días pudo esperar la Plaza semejante condescendencia. Los Peel compraban en Londres o en Stafford; como mucho, en Oldcastle. Eso era distinción para la rechoncha y avejentada señora de negro. ¡Pero si, al cabo de seis años, aún no se había recuperado de la sorpresa de que su hijo y Matthew se trataran con modales toscos, como amigos! Ella y Matthew no se veían mucho, pero se caían bien. La involuntaria mansedumbre de la dama halagaba a Matthew. Y la elaborada cortesía con que éste la trataba la halagaba a ella. Él admiraba su bondad innata, y los rapapolvos que de vez en cuando le echaba a Cyril parecían sumirlo en un éxtasis de gozo.
—Bien, señora Povey —la saludó, mirándola desde arriba con el sombrero levantado. (Era una moda que había adquirido en París)—. Aquí estoy: ya lo ve.
—Es usted todo un extraño, señor Matthew. No necesito preguntarle cómo está. ¿Ha visto a mi hijo últimamente?
—Desde el miércoles no —respondió Matthew—, Le habrá escrito, me imagino.
—No puedo decir «claro que sí» —rió con desmayo—. Recibí una breve carta suya el miércoles por la mañana. Decía que estaba usted en París.
—Pero desde entonces… ¿no le ha escrito?
—¡Santo cielo, tendré suerte si tengo noticias suyas el sábado! —dijo Constanza con tristeza—. No será de escribir cartas de lo que se muera Cyril.
—Pero ¿quiere decir que no le ha…?
—¿Qué sucede? —inquirió Constanza.
Matthew no sabía qué hacer ni qué decir.
—¡Oh, nada!
—Bien, señor Matthew, por favor… —El tono de Constanza había cambiado de repente. Se había tornado firme, imperioso y profundamente receloso. Para ella, la conversación había dejado de ser una charla intranscendente.
Matthew vio cuán nerviosa y frágil era. Nunca se había dado cuenta antes de lo sensible que era a las nimiedades, aunque estaba claro que nadie podía hablar con ella de Cyril en plan de broma. Le asombraba verdaderamente la despreocupación, la vergonzosa despreocupación del joven. Matthew sabía bien que la actitud de Cyril hacia su madre se caracterizaba por una cierta negligencia benévola, pero que no le hubiese escrito dándole la importante noticia referente a la señora Scales era totalmente inexcusable; Matthew decidió que así se lo diría a Cyril. Sintió honda pena por la señora Povey. Le parecía patética, allí plantada, ignorante de un hecho trascendente que debiera conocer. Se alegró de no haber dicho nada de la señora Scales a nadie salvo a su propia madre, que prudentemente le había conminado a guardar silencio, diciendo que su única obligación, una vez que se lo había dicho a Cyril, era mantener la boca cerrada hasta que los Povey hablaran. De no haber sido por el consejo de su madre, no hay duda de que habría difundido la sorprendente historia y la señora Povey se habría enterado de ella por boca de un extraño, lo cual habría sido en extremo cruel para ella.
—¡Oh! —Matthew trató de sonreír alegre y maliciosamente—. Seguro que tiene noticias suyas mañana.
Quería convencerla de que le estaba ocultando simplemente alguna deliciosa sorpresa. Pero no lo consiguió. Con toda su experiencia del mundo y de las mujeres, no fue lo bastante listo para engañar a aquella sencilla mujer.
—Estoy esperando, señor Matthew —dijo, en un tono que hizo desaparecer la sonrisa del rostro cordial de Matthew. Era implacable. Lo cierto era que en un instante se había persuadido de que Cyril había conocido a alguna muchacha y estaba comprometido para casarse. No podía pensar otra cosa.
—¿Qué ha hecho Cyril? —interrogó.
—No tiene nada que ver con Cyril.
—Entonces ¿qué es?
—Se trata de…, de la señora Scales —murmuró, casi temblando. Como ella no replicó, limitándose a mirar a su alrededor de una manera peculiar, le dijo—: ¿Caminamos un poco? —Y se volvió en la dirección en la que iba ella. Constanza obedeció la indicación.
—¿Qué ha dicho usted? —le preguntó. El nombre de Scales, durante un momento, no le dijo nada. Pero cuando lo comprendió tuvo miedo, de manera que dijo abstraída, como si quisiera retrasar una conmoción—: ¿Qué ha dicho usted?
—Dije que se trata de la señora Scales. ¿Sabe? La co-conocí en París —Y se estaba diciendo a sí mismo: «No debería decírselo a esta pobre mujer aquí, en la calle. Pero ¿qué puedo hacer?».
—¡No, no! —musitó ella.
Se detuvo y lo miró con expresión preocupada. Luego, él observó que la mano en la que llevaba el bolsito describía extrañas curvas sin objeto en el aire y que su rostro sonrosado se había vuelto amarillento, como si lo hubiera pintado de una pincelada un invisible pincel. Matthew estaba perplejo.
—¿No sería mejor que…? —empezó.
—Eh… —dijo ella—. Necesito sentarme. —Se le cayó el bolso.
Matthew la sostuvo hasta la puerta de la tienda de Allman, el ferretero. Por desgracia había que subir dos peldaños para entrar en la tienda y ella no pudo. Se derrumbó como un saco de harina en el primero. El joven Edward Allman corrió a la puerta. Llevaba un delantal negro y jugueteaba con él en su nerviosismo.
—¡No la levante; no trate de levantarla, señor Peel-Swynnerton! —exclamó cuando Matthew, instintivamente, empezó a hacer lo que no debía.
Matthew se detuvo, con aire estúpido y sintiéndose como tal, y él y el joven Allman se contemplaron impotentes durante un segundo por encima del cuerpo de Constanza Povey. Una parte de la plaza del mercado percibió entonces que estaba sucediendo algo inusual. Fue el señor Shawcross, el farmacéutico de al lado de la tienda de Allman, el que hizo frente a la situación como es debido. Lo había visto todo mientras estaba vendiendo una fotografía kodak a una joven y acudió corriendo con un frasco de sales. Constanza se recuperó con gran rapidez. No se había desmayado del todo. Exhaló un prolongado suspiro y susurró débilmente que estaba bien. Los tres hombres la ayudaron a entrar en la oscura tienda de altos techos, que olía a clavos y a lustre de cocinas, y la acomodaron en una desvencijada silla.
—¡De verdad —exclamó el joven Allman con su vozarrón, cuando ella pudo sonreír y el rosa iba volviendo, renuente, a sus mejillas—, no debe damos esos sustos, señora Povey!
Matthew no dijo nada. Por lo menos había producido una auténtica sensación. Una vez más se sintió como un criminal y no pudo entender por qué.
Constanza anunció que regresaría a casa andando despacio, por el patio de Cock y Wedgwood Street. Pero cuando, al mirar en tomo suyo con recobradas fuerzas, vio el friso de caras que había en la puerta, convino con el señor Shawcross en que sería mejor que tomase un coche. El joven Allman se acercó a la puerta y silbó para llamar al único que estaba perpetuamente en la entrada principal del ayuntamiento.
—El señor Matthew vendrá conmigo —dijo Constanza.
—Claro que sí; será un placer —respondió Matthew.
Y la mujer atravesó la pequeña muchedumbre de curiosos del brazo del señor Shawcross.
—Cuídese, señora —le dijo el señor Shawcross por la ventanilla del coche—. El tiempo está opresivo, y ya no somos unos jovenzuelos, creo yo.
Ella asintió con un gesto.
—Lamento muchísimo haberla perturbado, señora Povey —le dijo Matthew cuando el coche arrancó.
Ella movió la cabeza, rechazando sus disculpas por innecesarias. Tenía los ojos llenos de lágrimas. En menos de un minuto el vehículo se detuvo ante la puerta de veteado claro de Constanza. Pidió su bolsito a Matthew, que lo llevaba desde que se le había caído. Quería pagar al cochero. Nunca antes había permitido Matthew que una mujer pagara un coche en el que él hubiera viajado, pero con Constanza no se podía discutir. Constanza era peligrosa.
Amy Bates, que seguía viviendo en la cueva, había visto las ruedas del coche por la reja de su ventana y había subido jadeando la escalera de la cocina para abrir la puerta antes de que Constanza hubiese llegado a lo alto de los escalones. Amy, que con toda seguridad tenía más de cuarenta años, era una mujer de autoridad. Quiso saber qué pasaba y Constanza tuvo que decirle que se había sentido «indispuesta». Amy tomó el sombrero y el abrigo y se fue a hacer té. Cuando estuvieron solos, Constanza dijo a Matthew:
—Y bien, Matthew, ¿quiere contármelo todo?
—No es más que esto —empezó.
Y se lo contó, en pocas palabras; realmente parecía no ser «más que eso». Y, sin embargo su voz temblaba, por simpatía con la emoción, dominada pero visible, de la avejentada mujer. Le parecía que el ridículo saloncito debería estar lleno de alegría, pero el estado de ánimo que lo presidía no tenía nombre; desde luego no era la alegría. Él mismo se sentía muy triste, desolado. Hubiera dado mucho dinero por evitarse aquella experiencia. Sólo sabía que en el recuerdo de aquella rechoncha, cómica y afable mujer de la mecedora había removido cosas antiguas, muy antiguas; que la había despertado de sueños que podrían haber sido eternos. No sabía que estaba sentado en el mismo sitio donde antaño estuvo el sofá en el que yacía Samuel Povey cuando una bella y desvergonzada chiquilla de quince años le sacó la muela. No sabía que Constanza estaba sentada en la misma mecedora que ocupaba la señora Baines en aquel inútil conflicto con la misma indomable muchacha. No sabía diez mil cosas que se agitaban violentamente en el inmenso corazón de Constanza.
Ésta lo sometió a un interrogatorio detallado. Pero no le hizo las preguntas que él, en su inocencia, esperaba, como si su hermana estaba muy envejecida, si tenía el cabello gris, si estaba gorda o delgada. Y hasta que Amy, engañada y molesta, hubo servido el té en una pequeña bandeja de plata, se mantuvo relativamente serena. Fue al tragar un sorbo de té cuando se derrumbó y Matthew tuvo que cogerle la taza.
—No sabe cuánto se lo agradezco, señor Matthew —lloró—. No podría expresarle cuánto se lo agradezco.
—Pero no he hecho nada —protestó él.
Ella movió la cabeza.
—Nunca esperé esto. ¡Nunca lo esperé! —prosiguió. Me hace muy feliz… en cierto modo. No debe usted hacerme caso. Soy una tonta. Si es tan amable de apuntarme esa dirección… Y tengo que escribir a Cyril ahora mismo. Y tengo que ver al señor Critchlow.
—La verdad, es muy raro que no le haya escrito a usted Cyril —dijo Matthew.
—Cyril no ha sido un buen hijo —replicó ella con una repentina y solemne frialdad—. ¡Pensar que se ha podido guardar que…! —Se echó a llorar de nuevo.
Finalmente, Matthew vio la posibilidad de marcharse. Sintió que la mano tibia, blanda y arrugada de Constanza rodeaba sus dedos.
—Se ha portado usted muy bien en este asunto —le dijo—, Y con mucha inteligencia. En todo, tanto allí como aquí. Nadie podría haber mostrado mejores sentimientos. Es un gran consuelo para mí saber que mi hijo tiene un amigo como usted.
Cuando él pensó en sus escapadas y en el conocimiento, inexpresable en Bursley, fantásticamente imposible en Bursley, que había transmitido al hijo de Constanza, se maravilló de que el instinto maternal se viera engañado de aquel modo. Sin embargo, pensó que aquellos elogios eran merecidos.
Una vez fuera dejó escapar un «¡uf!» de alivio. Sonrió en el más mundano de sus estilos. Pero la sonrisa era fingida. ¡Una farsa para sí mismo! ¡Un pueril intento de ocultarse cuán profundamente le había conmovido una escena natural!
IV
La noche en que Matthew Peel-Swynnerton habló con la señora Scales, no fue él la única persona de la Pensión Frensham que no pudo conciliar el sueño. Al bajar de su recado, la anciana portera observó que la dueña salía del chiscón de caoba.
—¡Está durmiendo tranquilamente, la pobre! —dijo la portera en cumplimiento de su encargo, que consistía en ver cómo estaba la perra de aquélla, Fossette. Al decirlo, su temblorosa voz de anciana estaba llena de simpatía por el animal enfermo. Semejaba una figura sacada de una casa de beneficencia, con su piel sonrosada, de aspecto quebradizo, su estrecho vestido negro y su gorro blanco con volantes. Solía estar encorvada y siempre caminaba velozmente, con la cabeza unos centímetros por delante de los pies. Su pelo gris era ralo. Era vieja; quizá nadie sabía con exactitud cuánto. Sofía la había tomado con la pensión, hacía más de un cuarto de siglo, porque era vieja y no podría haber encontrado fácilmente otro lugar. Aunque la clientela era casi exclusivamente inglesa, no hablaba más que francés y se entendía con los británicos por medio de benévolas sonrisas.
—Creo que me iré a dormir, Jacqueline —dijo el ama en respuesta.
Una extraña respuesta, pensó Jacqueline. La inalterable costumbre de Jacqueline era retirarse a medianoche y levantarse a las cinco y media. Su señora se retiraba también alrededor de medianoche, y a última hora las dos se veían mucho. Y considerando que Jacqueline acababa de ser enviada a la propia habitación de la señora a echar un vistazo a Fossette y que el boletín era satisfactorio, y que madame y Jacqueline tenían, como de costumbre, varios asuntos cotidianos que tratar, resultaba raro que madame se fuera de inmediato a dormir. Sin embargo, Jacqueline no dijo nada más que:
—Muy bien, madame. ¿Y el número 32?
—Arrégleselas usted como pueda —dijo la patrona, cortante.
—Está bien, madame. Buenas noches, madame, y que duerma bien.
Jacqueline, sola en el vestíbulo, regresó a su chiscón y emprendió una de las inacabables y misteriosas tareas en que se ocupaba cuando no estaba corriendo de acá para allá o silbando por los tubos.
Sofía, casi sin molestarse en echar siquiera una ojeada a la cesta redonda de Fossette, se desvistió, apagó la luz y se metió en la cama. Se sentía extremada e inexplicablemente lúgubre. No quería reflexionar; tenía poderosos deseos de no reflexionar, pero su mente insistía en la reflexión: una reflexión monótona, vana y penosa. ¡Povey! ¡Povey! ¿Podría tratarse del Povey de Constanza Povey, el único Samuel Povey? Es decir, no él sino su hijo, el hijo de Constanza. ¿Tenía Constanza un hijo adulto? ¡Constanza tenía que tener ya más de cincuenta años; quizá era abuela! ¿De verdad se había casado con Samuel Povey? Tal vez hubiese muerto. Desde luego, su madre habría muerto, y tía Harriet, y el señor Critchlow. Si viviera, su madre tenía que tener lo menos ochenta años.
El efecto acumulado del simple hecho de permanecer inactivo cuando uno debería estar activo era terrible. Era indudable que debería haberse comunicado con su familia. Era una tontería no haberlo hecho. Al fin y al cabo, aunque hubiera robado, siendo una niña, una insignificante cantidad de dinero a su acaudalada tía, ¿qué hubiera importado? Había sido orgullosa. Era criminalmente orgullosa. Ése era su vicio. Lo admitía con franqueza. Pero no podía cambiar su orgullo. Todo el mundo tiene algún punto débil. Su fama de sagacidad, de sentido común, era enorme, bien lo sabía; cuando hablaba con alguien siempre tenía la sensación de que la consideraban una mujer de una sensatez poco corriente. Y, no obstante, había sido culpable de la mayúscula locura de aislarse de su familia. Se iba haciendo mayor y estaba sola en el mundo. Se estaba haciendo rica; tenía la pensión más perfectamente dirigida y más respetable del mundo (así lo creía sinceramente) y estaba sola en el mundo. Conocidos tenía —franceses que nunca ofrecían ni aceptaban otra hospitalidad que té o vino, y uno o dos miembros de la colonia comercial inglesa—, pero su única amiga era Fossette, que tenía tres años. Era la persona más solitaria del mundo. No había tenido noticias de Gerald ni de nadie. Nadie en absoluto podía tener verdadero interés por su suerte. Eso era lo que había sacado en limpio después de un cuarto de siglo de incesantes trabajos y preocupaciones, tiempo durante el cual no se había alejado ni una sola vez de la Rue Lord Byron más de treinta horas seguidas. Era atroz, el paso de los años, pero aún lo sería más. ¿Dónde estaría al cabo de diez años? Se imaginó muriéndose. ¡Qué espanto!
Por supuesto, no había nada que la impidiera regresar a Bursley y reparar el gran error de su juventud. ¡No, nada salvo el hecho de que toda su alma retrocedía ante la simple idea de tal empresa! Ella era un elemento de la Rue Lord Byron. Formaba parte de la calle. Sabía todo lo que pasaba o podía pasar allí. Estaba unida a ella por las pesadas cadenas de la costumbre. A la fría manera del prolongado hábito, la amaba. ¡Aquella calle! Habían apagado, como cada noche, el incandescente quemador de gas del farol, en el exterior. Si es posible amar ese fenómeno, ella lo amaba. Aquel fenómeno era parte de su vida, querido para ella.
¡Un joven agradable, aquel Peel-Swynnerton! Así pues, estaba claro que, después de su marcha de Bursley, había habido algún matrimonio o asunto testamentario entre los Peel y los Swynnerton, socios en el negocio. ¿Sospechaba quién era ella? Tenía una expresión tímida y culpable. ¡No! No podía haber sospechado quién era. La idea era ridícula. Probablemente ni siquiera sabía que su apellido era Scales. Y aunque lo supiera, lo más probable era que jamás hubiera oído hablar de Gerald Scales ni conociera la historia de su fuga. ¡Si ni siquiera habría nacido cuando ella se marchó de Bursley! Además, los Peel estuvieron siempre muy apartados de la vida social corriente de la ciudad. ¡No! No podía haber sospechado su identidad. Era infantil pensar semejante cosa.
Y sin embargo —prosiguió inconscientemente en la maraña de su afligido espíritu—, ¿y si lo hubiera sospechado? ¿Y si, por alguna extraña casualidad, hubiera oído hablar de su olvidada historia y hubiera atado cabos? ¿Y si simplemente mencionaba en las Cinco Ciudades que la Pensión Frensham la dirigía una tal señora Scales? «¿Scales? ¿Scales?», repetiría quizá la gente. «Oye, ¿qué me recuerda eso?». ¡Y la pelota rodaría y rodaría hasta que Constanza o alguien la recogiera! Y entonces…
Además —un detalle en cuya importancia al principio no había reparado, inexplicablemente—, aquel Peel-Swynnerton era amigo del señor Povey por el que había preguntado… En ese caso no podía ser el mismo señor Povey. ¡Era imposible que los Peel mantuviesen relaciones de amistad con Samuel Povey o con sus parientes! Pero ¿y si después de todo así fuese? ¿Y si en las Cinco Ciudades hubiera sucedido algo imprevisto y revolucionario?
Se sentía inquieta, insegura. Preveía que se harían investigaciones acerca de ella. Preveía un enorme alboroto familiar, una serie interminable de payasadas, la alteración de su existencia, la destrucción de su tranquilidad. Y aquella perspectiva la hundió en el desánimo. No podía afrontarla. No quería afrontarla. «¡No! —gritó con pasión dentro de su alma—. He vivido sola y me quedaré como estoy. No puedo cambiar a estas alturas de mi vida». Y su actitud hacia una posible invasión de su soledad se tomó en resentimiento. «¡No lo consentiré! ¡No lo consentiré! Quiero que me dejen en paz. ¡Constanza! ¿Qué puede significar Constanza para mí, o yo para ella, ya?». La visión de un cambio cualquiera en su existencia le resultaba en extremo dolorosa. ¡Y no solamente dolorosa! La atemorizaba. La hacía acobardarse. Pero no podía desecharla… No podía liberarse de ella mediante el razonamiento. La aparición de Matthew Peel-Swynnerton había alterado el fondo mismo de su ser.
Y alrededor de la tormenta que bullía en el centro de su cerebro surgían diez mil temores acerca de la administración de la pensión. Todo era negro, sin esperanzas. La pensión podría haber sido el mayor fracaso comercial que una grave negligencia y la incapacidad hayan provocado jamás. ¿No era cierto que tenía que supervisarlo todo por sí misma, que no podía depender de nadie? Si se ausentara, aunque no fuese más que un día, toda la estructura se hundiría inevitablemente. En vez de trabajar menos, trabajaba más. ¿Y quién le garantizaba que sus inversiones estaban seguras?
Cuando el alba se anunció, descubriendo lentamente cada objeto de la estancia, Sofía estaba enferma. Le parecía que la fiebre hacía estragos en su cabeza. Tenía extrañas sensaciones en la boca. Fossette se agitaba en su cesta, junto al largo pupitre, sobre el que había variopintas carpetas y papeles, ordenados con minucioso cuidado.
—¡Fossette! —trató de llamar, pero no salió ningún sonido de sus labios. No podía mover la lengua. Trató de sacarla y no pudo. Durante horas había sido consciente de que tenía jaqueca. Se le cayó el alma a los pies. Estaba enferma de pánico. Su recuerdo voló a su padre y al ataque por él sufrido. ¡Ella era hija suya! ¡Parálisis! «Ça serait le comble![55]», pensó en francés, horrorizada. ¡Su miedo se tornó abyecto! «¿Puedo mover algo?», pensó, y sacudió la cabeza con fuerza. Sí, podía moverla un poco sobre la almohada y podía estirar el brazo derecho, los dos brazos. ¡Qué absurda cobardía! ¡Claro que no era un ataque! Se tranquilizó. Sin embargo, no podía sacar la lengua. De repente le acometió el hipo y no pudo dominarlo. Alargó la mano hacia la campanilla, cuyo sonido haría acudir al hombre que dormía en una dependencia que daba al vestíbulo, y repentinamente el hipo cesó. Dejó caer la mano. Se sentía mejor. Además, ¿de qué servía llamar a un hombre si no iba a poder hablarle a través de la puerta? Tenía que esperar a Jacqueline. Todas las mañanas a las seis, en verano y en invierno, Jacqueline entraba en la habitación de su señora para dejar salir a la perra a tomar el aire un momento bajo su supervisión. El reloj que había en la repisa de la chimenea marcaba las tres y cinco. Tenía que aguardar tres horas. Fossette correteó por la habitación, saltó a la cama y se acurrucó. Sofía no le hizo caso, pero a Fossette, que estaba ella también malucha y aletargada, no pareció importarle.
Jacqueline se retrasaba. En el cuarto de hora que medió entre las seis y las seis y cuarto, Sofía sufrió las mayores angustias de la desesperación y estuvo al borde de la demencia. Le parecía que le iba a estallar el cráneo por la presión interna. Luego, la puerta se abrió silenciosamente, unos centímetros. Generalmente, Jacqueline entraba en la habitación, pero a veces se quedaba detrás de la puerta y llamaba con su voz débil y temblona «¡Fossette! ¡Fossette!».
Y aquella mañana no entró en la habitación. La perrita no respondió enseguida. Sofía padecía horriblemente. Reunió toda su voluntad, todo su dominio de sí misma y sus fuerzas, para gritar:
—¡Jacqueline!
Salió de ella, un nacimiento espantosamente horrible y deforme, pero salió. Se quedó exhausta.
—Sí, madame —Jacqueline entró.
En cuanto vio a Sofía, se echó las manos a la cabeza. Sofía la miraba fijamente, muda.
—¡Voy a buscar al médico yo misma! —musitó Jacqueline, y huyó.
—¡Jacqueline! —La mujer se detuvo. Entonces Sofía se forzó a hablar y obligó a sus músculos a hacer un esfuerzo inaudito.
—No digas nada a los demás. —No podía soportar que toda la casa supiera de su enfermedad. Jacqueline hizo un gesto de asentimiento y desapareció, seguida de la perra. Jacqueline lo comprendió. Vivía en la casa con su ama como si fuesen dos conspiradoras.
Sofía empezaba a sentirse mejor. Consiguió sentarse en la cama, aunque el movimiento la mareó. Haciendo por bajar hacia los pies de la cama logró mirarse en el espejo del armario. Vio que tenía la parte inferior de la cara retorcida y fuera de su sitio.
El médico, que la conocía y ganaba mucho dinero en su casa, le dijo con franqueza lo que tenía. «Parálisis glosolabiolaríngea», fue la expresión que utilizó. Ella lo comprendió. Un ataque muy leve, debido al exceso de trabajo y a las preocupaciones. Le ordenó reposo absoluto y tranquilidad.
—¡Imposible! —exclamó ella, auténticamente convencida de que era indispensable.
—¡El reposo más absoluto! —repitió el médico.
Sofía se maravillaba de que unas cuantas palabras con un hombre que casualmente se llamaba Peel-Swynnerton pudieran haber traído como consecuencia semejante desastre y obtuvo una curiosa satisfacción de aquella terrible muestra de un temperamento extremadamente nervioso. Pero ni siquiera entonces se dio cuenta de cuán llena de inquietud estaba.
V
«Mi querida Sofía…»
El milagro inevitable había sucedido. ¡Sus sospechas acerca de aquel señor Peel-Swynnerton eran fundadas después de todo! ¡Allí tenía una carta de Constanza! La letra del sobre no era la de Constanza, pero incluso antes de examinarla tuvo una peculiar aprensión. Recibía cartas de Inglaterra casi todos los días preguntando por las habitaciones y los precios (y en muchas de ellas tenía que pagar tres peniques de suplemento porque los remitentes, descuidados o demasiado cuidadosos, se olvidaban de que un sello de un penique no era suficiente); no había nada que diferenciara aquel sobre, pero nada más echarle un vistazo se sobresaltó; cuando, al descifrar el emborronado matasellos, vio la palabra «Bursley», tuvo la sensación de que el corazón literalmente se le paraba y abrió la carta temblando violentamente, pensando para sí: «El médico diría que esto es muy malo para mí». Seis días habían pasado desde su ataque y había mejorado asombrosamente; la deformación de la cara casi había desaparecido. Pero el médico se ponía serio; no le prescribió medicina alguna, solamente un tónico, e insistía monótonamente en el «reposo más absoluto», en una completa tranquilidad mental. Decía poco más, dejando a Sofía juzgar por sus silencios la gravedad de su estado. ¡Sí; el recibir aquella carta era sin duda malo para ella!
Se dominó mientras la leía, tendida en la cama, envuelta en su bata y apoyada en varias almohadas; no se le empañaron los ojos, ni sollozó, ni reveló físicamente que no estaba leyendo una reserva de dos habitaciones durante una semana. Pero el gasto de fuerza nerviosa necesario para aquel dominio de sí misma fue terrible.
La letra de Constanza había cambiado; era, sin embargo, fácilmente reconocible como la evolución de la pulcra caligrafía de la muchacha que sabía hacer etiquetas para el escaparate. ¡La S de Sofía se formaba de la misma manera que en la última carta que había recibido de ella en Axe!
Mi querida Sofía:
No puedo decirte lo que me ha alegrado saber que después de todos estos años estabas viva y bien y que además te va tan bien. Estoy deseando verte, mi querida hermana. Fue Peel-Swynnerton quien me lo dijo. Es amigo de Cyril. Cyril es mi hijo. Me casé con Samuel en 1867. Cyril nació en 1874, en Navidad. Ahora tiene veintidós años y le va muy bien en Londres; está estudiando escultura, aunque es muy joven. Le dieron una Beca Nacional. Sólo hay ocho en toda Inglaterra y le dieron una a él. Samuel murió en 1888. Si lees los periódicos, sin duda te enteraste del caso Povey. Me refiero, por supuesto, a Daniel Povey, repostero. Aquello fue lo que mató al pobre Samuel. Nuestra pobre madre murió en 1875. Parece que fue ayer. La tía Harriet y la tía María han muerto las dos. El viejo doctor Harrop murió y su hijo está casi retirado. Tiene un socio, un escocés. El señor Critchlow se casó con la señorita Insull. ¿Has visto cosa igual? Se quedaron con la tienda y yo vivo en la parte de vivienda; la otra se tapió. Los negocios en la Plaza ya no son lo que eran. Los clientes se van a Hanbridge en los trenes de vapor, y se dice que van a poner trenes eléctricos, pero me imagino que no son más que rumores. Tengo una criada muy buena. Lleva mucho tiempo conmigo, pero las criadas ya no son como antes. Yo estoy muy bien, salvo la ciática y las palpitaciones. Desde que Cyril se fue a Londres he estado muy sola. Pero trato de animarme y dar gracias por lo que tengo. Estoy segura de que tengo mucho que agradecer. ¡Y ahora, tener noticias tuyas! Por favor, escríbeme una carta larga y cuéntame todo acerca de ti. París está muy lejos. Pero estoy segura de que, ahora que sabes que sigo estando aquí, vendrás a hacerme una visita, por lo menos. Todo el mundo estaría encantado de verte. Y yo estaría muy orgullosa y muy contenta. Como te digo, estoy muy sola. El señor Critchlow dice que hay mucho dinero esperándote. ¿Sabes?, es el fideicomisario. Está la mitad de mamá y la de la tía Harriet, que se han ido acumulando. Por cierto, han abierto una suscripción para la señorita Chetwynd, pobrecilla. Su hermana ha muerto y ella ha quedado en la miseria. Yo he aportado veinte libras. Bueno, por favor, querida hermana, escríbeme enseguida. Ya ves que sigo teniendo la antigua dirección. Recibe, mi querida Sofía, todo mi cariño. Tu hermana que te quiere,
Constanza Povey
PS. —Tendría que haber escrito ayer, pero no estaba en condiciones. Cada vez que me sentaba a escribir me echaba a llorar.
—¡Por supuesto —dijo Sofía a Fossette—, espera que vaya yo a verla en vez de venir ella a verme a mí! Y, sin embargo, ¿quién es la que está más ocupada?
Pero esta observación no era seria. No era más que una nadería, un bordado afectuoso y malicioso que Sofía colocó en el borde de su honda satisfacción. El espíritu mismo del amor sencillo parecía emanar del papel en el que Constanza había escrito. Y este espíritu despertó repentina y totalmente el amor de Sofía por Constanza. ¡Constanza! En aquel momento no había para Sofía en el mundo un ser como Constanza. Constanza personificaba para ella las cualidades de la familia Baines. La carta de Constanza era una gran carta, una carta perfecta, perfecta en su falta de artificio; la expresión natural del carácter de los Baines en sus mejores aspectos. ¡Ni una alusión torpe en toda ella! ¡Ninguna expresión de sorpresa por nada de lo que ella, Sofía, hubiese hecho o dejado de hacer! ¡Ni una referencia a Gerald! ¡Sólo una sublime aceptación de la situación tal como era y la seguridad de un amor no disminuido. ¿Tacto? ¡No; era algo mejor que eso! El tacto era consciente, hábil. Sofía estaba segura de que la idea del tacto no había entrado en la cabeza de Constanza. La carta, sencillamente, le había salido del corazón. Y eso era lo que hacía que fuese tan magnífica. Sofía estaba convencida de que nadie sino una Baines podría haber escrito una carta semejante.
Pensó que tenía que ponerse a la altura de aquella carta, que también ella tenía que mostrar la sangre de los Baines. Y se dirigió a su pupitre y se puso a escribir (en su papel privado) con aquella letra suya, grande y autoritaria, tan diferente de la de Constanza. Empezó la carta en tono formal, pero después de unas líneas su alma generosa y apasionada respondía libremente al llamamiento de Constanza. Le pidió que el señor Critchlow pagara veinte libras en su nombre al fondo para la señorita Chetwynd. Le habló de su pensión y de París, y de su alegría al recibir la carta de Constanza. Pero no le dijo nada de Gerald ni de la posibilidad de una visita a las Cinco Ciudades. Terminó la carta con un derroche de cariño y pasó de ella, como de un sueño, a la estéril banalidad de la vida cotidiana de la Pensión Frensham, pensando que, en comparación con el afecto de Constanza, nada tenía ningún valor.
Pero no quiso considerar el proyecto de ir a Bursley. Jamás, jamás iría a Bursley. Si Constanza decidiera ir a París a verla, estaría encantada, pero ella no se movería. La simple idea de un cambio cualquiera en su existencia la intimidaba. Y en cuanto a volver a Bursley…, ¡no, no!
Sin embargo, en la Pensión Frensham el futuro no podía ser como el pasado. La salud de Sofía lo impedía. Ella sabía que el médico estaba en lo cierto. Cada vez que hacía un esfuerzo sabía íntimamente y de inmediato que el médico estaba en lo cierto. Sólo su fuerza de voluntad estaba intacta; la maquinaria a través de la cual la fuerza de voluntad se convierte en acción estaba misteriosamente dañada. Era consciente de ese hecho. Pero aún no podía enfrentarse a él. Tendría que pasar tiempo para que fuera capaz de enfrentarse a él. Se estaba haciendo mayor. Ya no podía recurrir a las reservas. No obstante, insistía a todo el mundo en que estaba totalmente recuperada y en que se abstenía de su acostumbrado trabajo simplemente por exceso de prudencia. Cierto era que su rostro se había recuperado. Y la pensión, que era una máquina cuyas partes estaban en buen orden, al parecer seguía funcionando sin tropiezo como siempre. Es verdad que el excelente jefe de cocina empezó a sisar, pero su cocina no se resintió de ello; las consecuencias no se dejaron ver durante un largo período. Todo el personal y muchos de los huéspedes sabían que Sofía había estado indispuesta, y no sabían más.
Cuando por azar Sofía observaba un defecto en la marcha diaria de la casa, su primer impulso era ir a la raíz y remediarlo; el segundo era dejarlo estar o paliarlo con algún remedio superficial. Insospechada y sin embargo vagamente sospechada por diversas personas, se había iniciado la decadencia de la Pensión Frensham. La marea, tras haber subido hasta su punto más alto, estaba retrocediendo, pero tan poco que nadie podía estar seguro de que había cambiado. De vez en cuando subía de nuevo y bañaba la piedra más alejada.
Sofía y Constanza intercambiaron varias cartas. Sofía dijo repetidas veces que no podía salir de París. Al final pidió sin más a Constanza que fuese a hacerle una visita. Hizo la sugerencia con temor —pues la posibilidad de ver de verdad a su querida Constanza la alarmaba—, pero no pudo por menos de hacerla. Y a los pocos días tuvo una respuesta en la que Constanza le comunicaba que habría ido, al cuidado de Cyril, pero que su ciática había empeorado mucho de pronto y se veía obligada a echarse todos los días después de comer para descansar las piernas. Viajar le resultaba imposible. Los hados se conjuraban contra los propósitos de Sofía.
Y entonces Sofía empezó a interrogarse acerca de sus obligaciones para con Constanza. La verdad era que estaba tanteando a su alrededor buscando una excusa para revocar su decisión. Tenía miedo de revocarla; sin embargo, le resultaba tentadora. Deseaba hacer algo que desaprobaba. Era como el deseo de arrojarse desde un alto balcón. Tiraba de ella, tiraba de ella, y ella tiraba en sentido contrario. Ahora la pensión le causaba tedio. La aburría demasiado incluso para fingir que era la jefa supervisora. En toda la casa, la disciplina se había relajado.
Se preguntaba cuándo renovaría el señor Mardon su propuesta de transformar su empresa en una sociedad limitada. A pesar de sí misma, se hacía la encontradiza con él y le daba oportunidades para volver sobre el viejo tema. Él nunca la había dejado tanto tiempo en paz antes. Era indudable que, la última vez que la abordó, ella lo había convencido absolutamente de que sus esfuerzos no tenían la menor posibilidad de éxito y que había decidido cesar en ellos. Con una sola palabra, ella podía haberle dado cuerda de nuevo. La mínima indirecta, un día que fuese a pagar la cuenta, y estaría suplicándole. Pero Sofía no era capaz de pronunciar esa palabra.
Entonces empezó a decir abiertamente que no se encontraba bien, que la casa era demasiado para ella y que el médico le había ordenado imperiosamente descanso. Dijo esto a todo el mundo excepto a Mardon. Y todo el mundo, de una u otra forma, persistió en no decírselo a Mardon. Como el médico le había aconsejado que pasara más tiempo al aire libre, a primera hora de la tarde salía de paseo al Bosque con Fossette. Era el mes de octubre. Pero el señor Mardon, al parecer, no tenía ni idea de estos paseos.
Una mañana se la encontró en la calle, cerca de la casa.
—Siento oír que no está usted bien —le dijo en tono confidencial, después de hablar de la salud de Fossette.
—¡Que no estoy bien! —exclamó ella, como si le molestara la aseveración—. ¿Quién le ha dicho que no estoy bien?
—Jacqueline. Me dijo que usted comentaba a menudo que necesitaba un cambio total. Y, según parece, lo mismo dice el médico.
—¡Oh! ¡Los médicos! —murmuró ella, sin negar no obstante la verdad de la aserción de Jacqueline. Vio esperanza en los ojos de Mardon.
—Por supuesto, ya sabe —dijo, más confidencialmente aún— que si por casualidad cambiara de idea, siempre estoy dispuesto a formar un pequeño sindicato para quitarle esto de encima —hizo un gesto discreto en dirección a la pensión.
Ella movió la cabeza violentamente, lo cual era extraño, considerando que llevaba semanas deseando oír esas palabras al señor Mardon.
—No es necesario que renuncie usted totalmente —prosiguió él—. Podría conservar el mando. La haríamos directora, con un salario y una parte en los beneficios. Sería el ama igual que lo es ahora.
—¡Oh! —dijo ella despreocupadamente—. Si renunciara, lo haría del todo. No me gustan las medias tintas.
Con esta frase tocó a su fin la historia de la casa Frensham como empresa privada. Sofía lo sabía. El señor Mardon lo sabía. Al señor Mardon le dio un vuelco el corazón. Vio en su imaginación la formación del sindicato preliminar, encabezado por él, y después la reventa por el sindicato a una sociedad limitada, con beneficios. Vio un pequeño y grato beneficio de unos mil para su persona privada, obtenido en un momento. Aquella planta, su esperanza, que había creído muerta, floreció de una manera milagrosamente repentina.
—Bien —repuso—. ¡Renuncie del todo, pues! Tómese unas vacaciones para el resto de su vida. Lo tiene bien merecido, señora Scales.
Ella movió otra vez la cabeza.
—Piénseselo —la exhortó él.
—Ya le di mi respuesta hace años —dijo ella con obstinación, mientras temía que Mardon se lo tomara literalmente.
—Hágame el favor de pensarlo con detenimiento —insistió él—. Se lo recordaré dentro de unos días.
—Será inútil —respondió.
Él se despidió y se fue calle abajo, andando patosamente en su flotante vestimenta, consciente de su fama como Lewis Mardon, el gran agente inmobiliario de los Campos Elíseos, conocido en toda Europa y América.
A los pocos días se lo recordó.
—Sólo hay una cosa que me hace soñar con ello aunque sea por un momento —dijo Sofía—, y es la salud de mi hermana.
—¡Su hermana! —exclamó él. No sabía que tuviera una hermana. Nunca me había hablado de su familia.
—Sí. Sus cartas están empezando a preocuparme.
—¿Vive en París?
—No. En Staffordshire. Nunca ha salido de allí.
Y, con el fin de conservar intacto su orgullo, hizo creer al señor Mardon que Constanza estaba extremadamente grave, aunque lo cierto era que Constanza no tenía nada peor que su ciática e incluso ésta iba algo mejor.
Así fue como cedió.