CAPÍTULO VI
EL ASEDIO
I
Madame Foucault entró una tarde en la habitación de Sofía con una peculiar expresión de culpabilidad en su ancha cara; se apretaba el peignoir alrededor de su exuberante cuerpo haciéndole formar unos pliegues conscientemente majestuosos, como si se esforzara en probar a Sofía por su porte que, a despecho de sus cambiantes ojos, era la mujer más recta y sincera que jamás había existido.
Era sábado, el tercero de septiembre, un día muy hermoso. Sofía, aquejada de una recaída sin importancia, había permanecido en un estado de inactividad y apenas había salido. Aborrecía el piso, pero le faltaba la energía necesaria para salir de él cada día. No tenía ninguna finalidad suficientemente clara para salir. No podía ir a buscar salud como si fuera a buscar flores. De modo que se quedó en el piso, atisbando el permanente misterio de las vidas ocultas detrás de unas cortinas que se movían de vez en cuando. Y los muros de la casa, pintados de amarillo, y las paredes empapeladas de su habitación la oprimían y la aplastaban. Durante unos pocos días Chirac la había visitado diariamente, animado por la solicitud más adorable. Después dejó de hacerlo. Ella se había cansado de leer los periódicos, que se quedaban allí sin abrir. Las relaciones entre madame Foucault y ella, y su situación en el piso, de cuyo mobiliario era ahora la propietaria legal, eran cuestiones pendientes. Pero la de su alojamiento se arregló en unos términos según los cuales el coste de su alimentación y el servicio de madame Foucault se quedó en la mitad; de este modo sus gastos se reducían al mínimo posible, unos dieciocho francos a la semana. Una idea flotaba en el aire —como un descubrimiento científico justo antes de que varios investigadores independientes lo hicieran de forma simultánea—: que ella y madame Foucault colaboraran para alquilar habitaciones amuebladas con una buena rentabilidad. Sofía percibía la proximidad de aquella idea y deseaba que el pensamiento de cualquier asociación reconocida entre ella y madame Foucault le resultara escandalosa, pero no pudo.
—Aquí hay una señora y un caballero que quieren una habitación —empezó madame Foucault—, una habitación grande y agradable, amueblada.
—¡Oh! —exclamó Sofía—¿Quiénes son?
—Pagarán ciento treinta francos al mes por anticipado, por la habitación de en medio.
—¿Se la ha enseñado ya? —inquirió Sofía. Y su tono implicaba que de una u otra manera era consciente de su derecho a supervisar el negocio de madame Foucault.
—No —respondió ésta—. Me dije que primero le pediría a usted consejo.
—Entonces ¿van a pagar todo ese dinero por una habitación que no han visto?
—La cosa es —dijo madame Foucault tímidamente— que la señora había visto antes la habitación. Yo la conozco algo. Es una antigua inquilina. Vivió aquí unas semanas.
—¿En esa habitación?
—¡Oh, no! Entonces era bastante pobre.
—¿Dónde están?
—En el pasillo. Ella, la señora, está muy bien. Naturalmente, hay que vivir, y ella también, como todo el mundo, pero verdaderamente está muy bien. ¡Muy respetable! Nadie diría que… Luego estarían las comidas. Podríamos pedir un franco por el café au lait, dos y medio por el almuerzo y tres por la cena. Sin contar otras cosas. Eso haría más de quinientos francos al mes, por lo menos. ¿Y qué nos costaría a nosotras? ¡Casi nada! Por lo que parece, él es un plutócrata… Así podría yo devolverle el dinero muy pronto…
—¿Están casados?
—¡Ah! Ya sabe, no se puede pedir el certificado de matrimonio. —Madame Foucault indicó con un ademán que la Rue Bréda no era el paraíso de los santos.
—Cuando vino antes, esta señora, ¿estaba con el mismo hombre? —preguntó Sofía con frialdad.
—¡Ah, a fe mía, no! —exclamó madame Foucault, torciendo el gesto—¡Era de mala calaña, el otro, un…! Ah, no.
—¿Por qué me pide consejo? —la interrogó bruscamente Sofía con voz dura y hostil—, ¿Es que acaso me concierne?
Al instante asomaron lágrimas a los ojos de madame Foucault.
—No sea cruel conmigo —imploró.
—No soy cruel —dijo Sofía en el mismo tono.
—¿Se marchará si acepto esta oferta?
Hubo una pausa.
—Sí —dijo Sofía rotundamente. Trató de ser magnánima, generosa y comprensiva, pero no hubo signo alguno de estas cualidades en su manera de hablar.
—¡Y si se lleva los muebles, que son suyos..!
Sofía guardó silencio.
—¿Cómo voy a vivir? Dígamelo —le preguntó débilmente madame Foucault.
—¡Siendo respetable y tratando con gente respetable! —dijo Sofía, inflexible, en un tono acerado.
—¡Soy muy desdichada! —murmuró la mujer mayor—. Sin embargo, usted es más fuerte que yo.
Bruscamente se secó los ojos, dejó escapar un ligero sollozo y salió apresuradamente de la habitación. Sofía escuchó junto a la puerta y la oyó despedir a los aspirantes a inquilinos de la mejor habitación. Se sorprendió de tener tanto ascendiente moral sobre la mujer, ella, tan joven e ingenua. Pues, desde luego, no había tenido ninguna intención de llevarse los muebles. Oyó a madame Foucault sollozar calladamente en una de las otras habitaciones e hizo una mueca.
Antes de que acabara la tarde sucedió un acontecimiento verdaderamente sorprendente. Al darse cuenta de que madame Foucault no daba señas de moverse, Sofía, que era de buen natural en su fuero interno, aunque no en su lenguaje, acudió a ella y le dijo:
—¿Me ocupo yo misma de la cena?
Madame Foucault sollozó de forma más audible.
—Sería muy amable por su parte —consiguió por fin responder, de manera poco articulada.
Sofía se puso el sombrero y fue a la tienda de ultramarinos. El tendero, que llevaba un establecimiento muy concurrido en la esquina de la Rue Clausel, era un hombre adinerado de mediana edad. Había enviado a su joven esposa y a sus dos hijos a Normandía hasta que la victoria sobre los prusianos pareciese más segura; preguntó a Sofía si era cierto que se alquilaba una buena habitación en el piso en el que vivía. Su criada había caído enferma de viruela y él se sentía atacado por temores y ansiedades por todas partes; no quería entrar en su propio piso por miedo a una posible infección; le agradaba Sofía y madame Foucault era clienta suya, con intervalos, desde hacía veinte años. Al cabo de una hora había acordado alquilar la habitación por ochenta francos al mes y hacer sus comidas allí. Las condiciones eran modestas, pero la respetabilidad era prodigiosa. Toda la gloria de esta operación recayó sobre Sofía.
Madame Foucault estaba muy impresionada. Como era típico en ella, empezó inmediatamente a elaborar una teoría según la cual la joven no tenía más que salir a la calle para descubrir inquilinos ideales para las habitaciones. Además, consideraba la llegada del tendero como una recompensa de la Providencia por haberse negado aquélla a aceptar unas ganancias pecaminosas. Sofía se juzgaba personalmente responsable del bienestar del tendero, de modo que acometió ella misma la preparación del cuarto. Madame Foucault estaba asombrada de su dominio de las tareas de un ama de casa y de lo ingeniosas que eran sus ideas en cuanto a la disposición de los muebles. Se sentó a contemplarla con una admiración aduladora pero auténtica.
Aquella noche, estando Sofía ya acostada, madame Foucault entró en la habitación, se dejó caer de hinojos junto al borde de la cama y rogó a Sofía que fuese su apoyo moral para siempre. Hizo una confesión general. Le explicó cómo había aborrecido siempre la negación de la respetabilidad, cómo la respetabilidad era lo único que había deseado con pasión toda su vida. Dijo que, si Sofía deseaba ser su soda para alquilar habitaciones amuebladas a personas respetables, la obedecería en todo. Le hizo una lista de todos los rasgos de carácter de la joven que ella admiraba. Pidió a Sofía que ejerciese su influencia sobre ella, que la respaldase. Insistió en que dormiría en el sexto piso, en el diminuto cuarto de la criada, y tuvo una visión de tres habitaciones alquiladas a prósperos comerciantes. Estaba en un éxtasis de arrepentimiento y buenas intenciones.
Sofía accedió a la proposición de negocios, ya que no tenía ninguna otra cosa en perspectiva, y compartió la optimista visión de madame Foucault acerca de la rentabilidad de las habitaciones. Con tres inquilinos en pensión completa, las dos podrían comer por nada ellas mismas y sin embargo obtener beneficios de las comidas, y los alquileres volverían a ser una ganancia neta.
Y sintió remordimientos por la avejentada e irresponsable madame Foucault, cuya sinceridad era evidente. La asociación entre ellas era sin duda extraña, hubiera sido imposible explicarla en la plaza de San Lucas… Y no obstante, si es que la virtud de la caridad cristiana significaba algo, ¿qué se podría aducir, en puridad, contra aquella asociación?
—¡Ah! —murmuró madame Focault, besando las manos de Sofía—; es hoy, pues, cuando vuelvo a empezar mi vida. ¡Ya verá; ya verá! ¡Me ha salvado usted!
Resultaba un extraño espectáculo aquella cortesana gastada por los años, desfigurada, medio postrada ante aquella criatura hermosa y joven, orgullosa por la fuerza instintiva de su carácter. Era casi un cuadro didáctico, repleto de lecciones para los depravados. Sofía era más feliz de lo que había sido durante años. Tenía un objetivo en la existencia; disponía de un alma de escasa consistencia que podía moldear a su voluntad según su sabiduría; y tanta compasión decía mucho en su mérito. La opinión pública no podría intimidarla, pues en su caso no existía; no conocía a nadie; nadie tenía derecho a poner en tela de juicio sus actos.
Al día siguiente, domingo, trabajaron mucho en las habitaciones desde temprana hora de la mañana. El tendero quedó instalado en la suya, y las otras dos se limpiaron como jamás se había hecho. A las cuatro el tiempo era más espléndido todavía y madame Foucault dijo:
—¿Y si diéramos un paseo por el bulevar?
Sofía reflexionó. Eran sodas.
—Muy bien —accedió.
El bulevar estaba atestado de muchedumbres alegres y risueñas. Todos los cafés estaban llenos. Nadie que no estuviera al tanto hubiera sospechado que las noticias de Sedán habían llegado hacía escasamente un día a la capital. Reinaba un delirante regocijo a la centelleante luz del sol. Mientras las dos mujeres paseaban, satisfechas de su ingenio y de su resolución, se toparon con un miembro de la Guardia Nacional que, subido a una escalera, raspaba la «N»[51] del rótulo oficial de un proveedor de la corte. Intercambiaba pullas con un círculo de bocas abiertas. Fue así como madame Foucault y Sofía se enteraron de que se había proclamado la república.
—Vive la République! —exclamó atropelladamente madame Foucault; luego pidió disculpas a Sofía por su arrebato.
Estuvieron un buen rato escuchando a un hombre que contaba extrañas historias sobre la emperatriz.
De improviso, Sofía reparó en que madame Foucault ya no estaba a su lado. Miró en torno suyo y la vio conversando en tono serio con un joven cuyo rostro le resultó familiar. Recordó que era el joven con el que madame Foucault se había peleado la noche en que Sofía la encontró de bruces en el corredor; era el último adorador que le quedaba a la cortesana.
La cara de la mujer estaba muy cambiada por efecto de la agitación. Sofía se apartó, ofendida. Estuvo unos momentos observando a la pareja desde lejos y después, enfurecida por la desilusión, huyó de la fiebre de los bulevares y regresó a casa. Madame Foucault no volvió. Al parecer, estaba sentenciada a ser juguete del destino. A los dos días, Sofía recibió una carta suya garabateada, en la que le informaba de que su amante le había pedido que lo acompañase a Bruselas, ya que París pronto sería peligroso. «Me sigue adorando. Es un muchacho de lo más encantador. Como he dicho siempre, es la gran pasión de mi vida. Soy feliz. No me permitiría volver con usted. Se ha gastado dos mil francos en ropa para mí, ya que, claro está, yo no tenía nada». Y continuaba en ese tenor. Ni una palabra de disculpa. Sofía, al leer la carta, dio por hecho que la verdad estaba un tanto exagerada y retorcida.
—¡Qué estupidez juvenil! ¡Qué estupidez! —estalló, airada. No se refería a sí misma; se refería al fatuo adorador de aquella horrible mujer en decadencia. Nunca volvió a verla. Sin duda, madame Foucault realizó su propia predicción en lo tocante a su destino final, pero en Bruselas.
II
Sofía contaba aún con unas cien libras; si hubiera decidido irse de París y de Francia, nada había que le impidiera hacerlo. Tal vez, si por casualidad hubiera visitado la estación de Saint Lazare o del Norte, la visión de decenas de miles de personas huyendo hacia el mar hubiera despertado en ella el deseo de escapar también del vago peligro que se avecinaba. Pero no hizo visita alguna a esas estaciones; estaba demasiado ocupada cuidando del señor Niepce, el tendero. Además, no abandonaría sus muebles, que le parecían una especie de roca. Con un piso lleno de muebles, consideraba que tenía que ser capaz de idear una forma de vida; la empresa de llegar a ser independiente ya había comenzado. Deseaba con ardor ser independiente, utilizar para sí misma las dotes de organización, previsión, sentido común y tenacidad que sabía que poseía y que habían permanecido ociosas. Y detestaba la idea de huir.
Chirac regresó tan inopinadamente como había desaparecido; el periódico lo había enviado fuera. De boquilla la exhortó a marcharse, pero sus ojos decían una cosa bien distinta. Una tarde estaba de un talante de sincera desesperación, como el que se hubiera atrevido a mostrar sólo a alguien con quien tuviera gran confianza.
—Vendrán a París —dijo—; no hay nada que los detenga. ¡Y entonces…! —Soltó una carcajada cínica. Pero, cuando la apremió a marcharse, dijo ella:
—¿Y mis muebles? Y he prometido al señor Niepce cuidar de él.
Entonces Chirac le hizo saber que no tenía alojamiento y que le gustaría alquilar una de sus habitaciones. Ella se mostró de acuerdo.
Poco después le presentó a un conocido de mediana edad llamado Carlier, el secretario general de su periódico, que quería alquilar un cuarto. Así, quiso la buena suerte que Sofía alquilara inmediatamente todas sus habitaciones y se asegurara más de doscientos francos al mes, aparte de los beneficios que le dejaban las comidas. Con ocasión de la llegada del último huésped, Chirac (y también su compañero) hizo gala de gran optimismo, reiterando su absoluta seguridad de que París jamás podría ser sitiado. En suma, Sofía no le creyó. Creía al Chirac sinceramente desesperado. No tenía ninguna información, ninguna teoría general, que justificasen su pesimismo; nada más que la convicción interna de que la raza capaz de comportarse como había visto en la plaza de la Concordia se vería abocada a la derrota. Amaba a la raza francesa, pero toda la práctica sagacidad teutona que había en ella deseaba cuidar de ella en sus dificultades y se sentía muy enojada con ella por ser tan inepta para cuidar de sí misma.
Dejaba hablar a los hombres y, con un indiferente desdén por sus discusiones y sus certezas, se ocupaba de sus preparativos. En esta época, sobrecargada de trabajo y acosada por nuevas responsabilidades y riesgos, era más feliz durante días seguidos de lo que había sido nunca, simplemente porque tenía un propósito en la vida y dependía de sí misma. Su desconocimiento de la situación militar y política era completo; la situación no le interesaba. Lo que le interesaba era que tenía tres hombres a los que dar de comer total o parcialmente, según subía el precio de los comestibles. Compraba comestibles. Compraba cincuenta picotines de patatas a un franco el picotín y otros cincuenta a franco y cuarto el picotín, el doble del precio normal; diez jamones a dos francos y medio la libra; gran cantidad de verduras y frutas en conserva, un saco de harina, arroz, galletas, café, salchicha de Lyon, ciruelas pasas, higos pasos y mucha madera y carbón. Pero la principal de sus compras era el queso, pues decía su madre que pan, queso y agua componen una dieta completa. Muchos de estos artículos los obtenía del tendero. Todos, excepto la harina y las galletas, los almacenaba en el sótano perteneciente al piso; tras una demora de varios días, pues los obreros parisienses estaban demasiado eufóricos por el advenimiento de la república como para rebajarse a trabajar, hizo que se pusiera una cerradura nueva en la puerta del sótano. Sus actividades eran la sensación de la casa. Todo el mundo la admiraba, pero nadie la imitaba.
Una mañana, cuando iba a la compra, encontró un aviso pegado a los postigos de las ventanas de su lechería, que estaba en la Rue Notre Dame de Lorette: «Cerrado por falta de leche». El sitio había empezado. Fue el cierre de la lechería lo que dio forma al asedio en su mente, y los huevos a cinco sous la unidad. Fue a otro sitio a por la leche y la pagó a un franco el litro. Aquella tarde dijo a sus inquilinos que el precio de las comidas se duplicaría y que si cualquiera de los caballeros pensaba que podía obtener comidas igual de buenas en otra parte estaba en libertad de ir a comer donde quisiera. Reforzó su postura la aparición de otro candidato a una habitación, un amigo de Niepce. Al momento le ofreció su propio cuarto a ciento cincuenta francos mensuales.
—Ya ve —dijo—, hay un piano.
—Pero yo no toco el piano —protestó el hombre, escandalizado por el precio.
—Eso no es culpa mía.
Accedió a pagar el precio pedido por la habitación por la oportunidad de tener buena comida mucho más barata que en los restaurantes. Al igual que el señor Niepce, era un «viudo de asedio»; tenía a su mujer refugiada en Bretaña. Sofía se trasladó al cuarto de la criada, en la sexta planta. Medía nueve pies por siete y no tenía ventana, sólo un tragaluz; pero Sofía estaba en camino de sacar un beneficio de cuatro libras semanales por lo menos, una vez pagado todo.
Por la noche, cuando se instaló en aquella cámara, en medio de una población de domésticos y gente pobre, estuvo trabajando hasta muy tarde; los destellos de sus velas brillaban de forma intermitente a través del tragaluz en el cielo negro; a intervalos iba y venía por la escalera con una vela. Sin que se diera cuenta, se había ido formando una multitud en la calle, frente a la casa; hacia la una de la madrugada, una fila de soldados despertó al portero e invadió el patio, y todas las ventanas se vieron repentinamente pobladas de cabezas. Sofía fue convocada para probar que no era una espía que estaba haciendo señas a los prusianos. Pasaron tres cuartos de hora antes de que su inocencia quedase establecida y las escaleras libres de uniformes y de curiosos despeinados. La sinrazón, infantil e imposible, de la sospecha contra ella culminó en la mente de Sofía la ruina de la reputación de los franceses como raza sensata. Al día siguiente estuvo extremadamente cáustica con sus huéspedes. Salvo por este episodio, la frecuencia de los uniformes militares por las calles, el precio de los alimentos y el hecho de que al menos en una casa de cada cuatro ondeaba la bandera sanitaria o la de una embajada extranjera (en una absurda esperanza de inmunidad respecto del inminente bombardeo), el sitio no existía para Sofía. Los hombres hablaban a menudo de sus funciones de centinela y se iban por uno o dos días a las murallas, pero ella estaba demasiado ocupada para escucharles. No pensaba en otra cosa que en su empeño, que absorbía todas sus capacidades. Se levantaba a las seis de la mañana, en plena oscuridad; a las siete y media el señor Niepce y su amigo tenían el desayuno servido y ya había mucho trabajo general hecho. A las ocho salía al mercado. Cuando alguien le preguntaba por qué seguía comprando, a alto precio, artículos de los que tenía todo un almacén, respondía: «Estoy guardando todo eso para cuando las cosas sean mucho más caras». Esto se consideraba de una asombrosa astucia.
El quince de octubre pagó la renta trimestral del piso, cuatrocientos francos, y fue aceptada como arrendataria. Sus oídos pronto se acostumbraron al ruido de los cañones; se sentía como si siempre hubiera sido ciudadana de París y como si París siempre hubiera sido una ciudad sitiada. No se hacía cábalas sobre el final del asedio; vivía al día. De vez en cuando tenía un asomo de miedo, cuando el cañoneo, por unos momentos, se tornaba más ruidoso, o cuando oía que se habían librado batallas en tal o cual suburbio. Pero luego se decía que era absurdo atemorizarse cuando uno estaba con un par de millones de personas, todas en el mismo apuro que uno. Se reconcilió con todo. Incluso empezó a gustarle su diminuto dormitorio, en parte porque era fácil mantenerlo caldeado (el problema del calor artificial estaba adquiriendo gravedad en París), y en parte porque le garantizaba la intimidad. Abajo, en el piso, todo cuanto se hiciera o dijera en una habitación podía oírse más o menos en todas las demás, al haber tantas puertas.
Su existencia, en la primera mitad de noviembre, se había vuelto regular, con una monotonía casi absoluta. Sólo el número de las comidas servidas a sus huéspedes cambiaba un poco de un día a otro. Todas las colaciones, salvo alguna por la tarde, de vez en cuando, las llevaba la asistenta a las habitaciones. Sofía no se dejaba ver mucho, excepto a primera hora de la tarde. Aunque seguía subiendo el precio y ahora estaba vendiendo sus reservas con enormes ganancias, ni siquiera se acercaba a lo que se pagaba entonces fuera. Estaba muy indignada por la manera en que París estaba siendo explotada por sus tenderos, que tenían grandes reservas de forraje y estaban atesorando para cuando subiera. Pero el ejemplo que daban era demasiado poderoso para que no hiciera ningún caso de él; se contentaba con la mitad de lo que ganaban ellos. Sólo al señor Niepce cobraba más que a los demás, porque era tendero. Los cuatro apreciaban el paraíso en el que vivían. En ellos se desarrolló esa grata sensación de seguridad que los hombres solos hallan bajo el techo de una casera que es al mismo tiempo puntual, honrada y devota de la limpieza. Sofía colgó una pizarra junto a la puerta del piso y en ella apuntaban sus peticiones en cuanto a comidas, horas de llamada, lavado de ropa, etc. Sofía jamás cometía un error ni olvidaba nada. La perfección de la máquina doméstica asombraba a aquellos hombres, que estaban acostumbrados a algo muy distinto y todos los días oían las desgarradoras historias de incomodidades y estafas que contaban sus conocidos. Incluso admiraban a Sofía por hacerles pagar, si no demasiado, bastante. Les parecía maravilloso que les dijera el precio de las cosas de antemano y que hasta les enseñara cómo evitar gastos, sobre todo en materia de calefacción. Les proporcionó alfombrillas a todos, de modo que podían estar cómodamente en sus habitaciones sin más que una pequeña estufa de carbón para las manos. Fue cosa natural que llegaran a tenerla por el parangón y milagro de las mujeres. Le atribuían toda suerte de buenas cualidades. Según ellos, nunca en la historia de la humanidad había habido una mujer como aquélla, ¡era imposible! Adquirió un carácter legendario entre los amigos de sus huéspedes: ¡una criatura joven y elegante, extremadamente bella, orgullosa, regia, asombrosa administradora, excelente cocinera y artífice de extraños platos ingleses, totalmente digna de confianza, de una puntualidad absoluta y de costumbres ordenadas… Les encantaba el ligero acento inglés que daba un toque exótico a su francés, muy correcto y que hacía libre uso de los modismos. En suma, Sofía era para ellos perfecta, una mujer imposible. Hiciera lo que hiciera, estaba bien.
Y cada noche subía a su habitación físicamente extenuada, pero con la cabeza lo bastante clara como para cuadrar las cuentas y revisar el dinero del que disponía. Lo hacía en la cama, con unos gruesos guantes. Si muchas veces no dormía bien, no era por los distantes cañonazos, sino por su constante preocupación por las cuestiones financieras. Estaba ganando dinero y quería ganar más. Estaba siempre inventando maneras de hacer economías. Era tal su ansia por lograr la independencia, que estaba siempre pensando en el dinero. Empezó a amar el oro y el hecho de atesorarlo, y a odiar el gastarlo.
Una mañana, su asistenta, que por fortuna era casi tan exacta como la propia Sofía, no se presentó. Cuando llegó el momento de servir el desayuno al señor Niepce, Sofía vaciló y luego decidió ocuparse personalmente del anciano. Llamó a su puerta y entró osadamente, portando la bandeja y la vela. Él se sorprendió al verla; llevaba un delantal azul, como la criada, pero era imposible confundirla con ésta. Niepce parecía más viejo en la cama que cuando estaba vestido. Tenía un aspecto ridículo y poco digno, corriente en los hombres de edad antes del arreglo matinal; el gorro de dormir no lo mejoraba. Su rotunda panza levantaba la ropa de la cama, sobre la cual, para obtener un poco más de calor, había extendido unas prendas poco majestuosas. Sofía sonrió para sí; pero un pensamiento suavizó el desdén que contenía aquella secreta sonrisa: «¡Pobre viejo!». Le dijo en pocas palabras que suponía que la criada estaba enferma. Él tosió y se removió con nerviosismo. Su rostro sencillo y benévolo resplandeció sobre ella con expresión paternal cuando Sofía colocó la bandeja junto a la cama.
—Tengo que abrir la ventana un momentito —dijo, y así lo hizo—. El frío aire de la calle se coló por los postigos cerrados y el anciano hizo un ruido como si tiritara. Sofía empujó los postigos y cerró la ventana, y luego hizo lo propio con las otras dos ventanas. Era casi de día en la habitación.
—Ya no le hará falta la vela —dijo, volviendo al lado de la cama para apagarla.
El hombre bondadoso y paternal le pasó el brazo por la cintura. Tonificada por el aire puro y con la idea del aspecto ridículo del hombre todavía en la mente, el gesto la dejó estupefacta por un instante. Nunca había pensado en el temperamento del viejo tendero, esposo de una mujer joven. No siempre podía tener presente de forma imaginativa el efecto de su propia irradiación en aquellas circunstancias. Pero pasado un momento entró en acción su precoz cinismo, que estaba latente. «¡Claro! ¡Ya me lo podía haber esperado!», pensó con irritado desprecio.
—¡Quite esa mano! —dijo con aspereza al dócil y viejo tonto. No se movió.
Él obedeció con mansedumbre.
—¿Quiere seguir en mi casa? —le preguntó Sofía; como no obtuvo una pronta respuesta, dijo en tono extremadamente imperioso—: ¡Responda!
—Sí —dijo él débilmente.
—Bien, pues compórtese como es debido.
Se dirigió a la puerta.
—Yo sólo quería… —balbuceó el hombre.
—No deseo saber lo que quería —atajó ella.
Posteriormente se preguntó si alguien habría oído algo del incidente. Los demás desayunos los dejó fuera de las respectivas habitaciones, junto a la puerta; y a partir de entonces hizo lo mismo con el de Niepce.
La sirvienta no volvió más. Había atrapado la viruela y murió, perdiendo así una buena colocación. Por extraño que resulte, Sofía no la reemplazó; la tentación de ahorrarse sus salarios y su alimentación fue demasiado fuerte. Sin embargo, no podía pasarse horas esperando ante la puerta del panadero oficial y del carnicero oficial, haciendo cola con multitud de mujeres heladas, para conseguir las raciones diarias de pan y las raciones trisemanales de carne. Empleó para ello al chico del portero, a dos sous la hora. A veces venía con las manos tan frías y amoratadas que apenas podía sostener las preciadas tarjetas que daban derecho a las raciones y que costaban a Chirac una o dos horas de espera en las oficinas del alcalde cada semana. Sofía podía alimentar a su rebaño sin recurrir a las raciones oficiales, pero no quería sacrificar la economía que representaban. Pidió ropa de abrigo para el chico del portero y recibió botas de Chirac, guantes de Carlier y un gran abrigo de Niepce. El tiempo se tornó más severo y las provisiones más caras. Un día vendió a la mujer de un farmacéutico que vivía en el primer piso, por ciento diez francos, un jamón por el que había pagado menos de treinta. Sintió un estremecimiento de gozo al recibir un hermoso billete y una moneda de oro a cambio de un simple jamón. Para entonces, el total de sus recursos en efectivo ascendían a casi cinco mil francos. Era asombroso. Y las reservas del sótano eran todavía considerables, y el saco de harina que estorbaba en la cocina no iba aún por la mitad. La muerte de la fiel sirvienta, cuando se enteró de ella, no causó sino poco efecto en Sofía, tan sobrecargada de trabajo que sus nervios no tenían energía sobrante para pesares sentimentales. La criada, a cuyo lado había pasado con regularidad muchas horas en la cocina, de manera que conocía cada arruga de su rostro y cada pliegue de su vestido, se desvaneció de la memoria de Sofía.
Sofía limpiaba y arreglaba dos de las habitaciones por la mañana y otras dos a primera hora de la tarde. Había estado en hoteles en los que estaban a cargo de una sola doncella quince habitaciones y, pensaba, ¡cómo no iba a poder gobernárselas ella con cuatro en los intervalos de la cocina y otras tareas! Esto se dijo a modo de excusa por no tomar otra criada. Una tarde estaba frotando los pomos de bronce de las numerosas puertas de la habitación que ocupaba el señor Niepce cuando de improviso entró el tendero.
Ella le dirigió una mirada severa; la de los ojos del hombre era tímida. Había entrado en el piso sin hacer ruido. Sofía recordó haberle dicho, contestando a una pregunta suya, que ahora arreglaba su habitación por la tarde. ¿Por qué había dejado la tienda? Colgó el sombrero detrás de la puerta con el meticuloso esmero de un anciano. Después se quitó el abrigo y se frotó las manos.
—Hace bien en llevar guantes, madame —dijo—. Hace un tiempo de perros.
—No los llevo por el frío —contestó ella—, sino para no estropearme las manos.
—¡Ah, es verdad! ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¿Puedo pedirle un poco de leña? ¿Dónde puedo encontrarla? No quiero molestarla.
Ella rechazó su ayuda y trajo leña de la cocina, contando los troncos en voz audible delante de él.
—¿Enciendo ya el fuego? —le preguntó.
—Yo lo encenderé —repuso él.
—Deme una cerilla, por favor.
Mientras ella estaba colocando la leña y el papel, el hombre le dijo:
—Madame, ¿quiere escucharme?
—¿Qué hay?
—No se enfade —prosiguió él—¿No le he probado que soy capaz de respetarla? Sigo firme en ese respeto. Y es con todo ese respeto como le digo que la amo, madame… ¡No; tenga calma, madame, se lo ruego! —La cosa era que Sofía no mostraba señal alguna de no tener calma—. Es cierto que tengo esposa. Pero ¿qué quiere usted…? Ella está lejos. La amo a usted con locura —siguió diciendo, con digno respeto—. Ya sé que soy viejo; pero soy rico. Comprendo su carácter. Es usted una dama; es decidida, directa, sincera y una mujer de negocios. Siento por usted el mayor respeto. Se puede hablar con usted como no se podría con ninguna otra mujer. Prefiere la claridad y la sinceridad. Madame, le daré dos mil francos al mes y todo lo que quiera de mi tienda si es amable conmigo. Estoy muy solo; necesito la compañía de un ser encantador que me muestre cordialidad. Dos mil francos al mes. Es mi dinero.
Se secó la brillante calva con la mano.
Sofía estaba inclinada sobre el fuego. Volvió la cabeza hacia él.
—¿Ha terminado? —dijo con todo sosiego.
—Puede contar con mi discreción —añadió él en voz baja—. Aprecio sus escrúpulos. Iría, muy tarde, a su habitación del sexto piso. Se podría arreglar… Ya ve, soy directo, como usted.
Ella tuvo un impulso de ordenarle tempestuosamente que abandonara el piso, pero no era un impulso auténtico. Era un viejo tonto. ¿Por qué no tratarlo como tal? Tomarlo en serio sería absurdo. Además, era un huésped muy rentable.
—¡No sea estúpido! —dijo con cruel tranquilidad— No sea un viejo bobo.
Y el benévolo pero fatuo libidinoso de mediana edad contempló cómo la encantadora visión de Sofía, con su coqueto delantal y sus graciosos guantes, se esfumaba de la habitación. El comerciante salió de la casa y el costoso fuego caldeó una habitación vacía.
Sofía estaba enfadada con él. Era evidente que tenía planeada la proposición. Aunque era capaz de ser respetuoso, lo era también de idear argucias. Pero ella supuso que aquellos franceses eran todos iguales: repugnantes, y decidió que sería inútil preocuparse por un hecho universal. Lo que pasaba era que no tenían vergüenza; había sido muy prudente al instalarse bien lejos, en la sexta planta. Esperaba que ninguno de los otros inquilinos hubiese oído la insultante insolencia de Niepce. No estaba segura de que Chirac no se hallara en su habitación, escribiendo.
Aquella noche no se oyó ningún cañonazo en la lejanía; Sofía no pudo conciliar el sueño durante un tiempo. Se despertó con un sobresalto después de echar una cabezada y encendió una cerilla para mirar el reloj. Se había olvidado de darle cuerda, omisión que indicaba que el tendero la había perturbado más de lo que creía. No podía estar segura de cuánto había dormido. Lo mismo podían ser las dos que las seis. ¡Imposible descansar! Se levantó y se vistió (por si era tan tarde como ella temía) y bajó sigilosamente la interminable y crujiente escalera con la vela. Conforme bajaba estaba más convencida de que estaba en mitad de la noche y pisaba con más suavidad. No había ruido alguno salvo el de sus pisadas. Con su llave abrió cautelosamente la puerta del piso y entró. Entonces oyó el ruidoso tictac del pequeño reloj barato de la cocina. En aquel preciso instante crujió otra puerta y Chirac, con el pelo alborotado pero totalmente vestido, apareció en el corredor.
—¡Así que ha decidido venderse a él! —susurró.
Ella se apartó instintivamente y notó que se sonrojaba. No supo qué decir. Vio que Chirac estaba encolerizado y enormemente conmovido. Se acercó lentamente a ella, medio agazapado. Sofía no había visto nunca nada tan teatral como aquel movimiento y la agitación que se revelaba en su rostro. Le pareció que también ella tenía que ponerse teatral, que tenía que desdeñar noblemente su infame sugerencia, su ataque injustificado. Aun suponiendo que hubiera decidido venderse al viejo pachá, ¿a él qué le importaba? Un digno silencio, una mirada aniquiladora, eso era todo lo que se merecía. Pero no fue capaz de tan heroica conducta.
—¿Qué hora es? —añadió débilmente.
—Las tres —respondió él con sorna.
—Se me olvidó dar cuerda al reloj —dijo Sofía—. Y he bajado a ver.
—¡En efecto! —Utilizaba un tono sarcástico, como si dijera «la estaba esperando, y aquí está».
Ella se dijo que no le debía nada, pero no dejaba de pensar que eran los únicos jóvenes que había en el piso y que sí le debía la prueba de que estaba libre de culpa en cuanto al supremo deshonor de la juventud. Hizo acopio de fuerzas y lo miró.
—Debería estar avergonzado —le dijo— Va a despertar a los demás.
—¿Y el señor Niepce? ¿Le hará falta que lo despierten?
—El señor Niepce no está aquí —dijo ella.
La puerta de Niepce no estaba cerrada con llave. Sofía la abrió y entró en la habitación, que estaba vacía y no daba señal alguna de haber sido utilizada.
—¡Entre y convénzase! —insistió la joven.
Chirac entró y puso cara larga.
Sofía sacó su reloj del bolsillo.
—Y ahora dé cuerda a mi reloj y póngalo en hora, por favor.
Vio que estaba sufriendo una agonía. No pudo coger el reloj. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Después ocultó el rostro y se marchó precipitadamente. Ella oyó un murmullo, dificultado por los sollozos, en que le pareció que decía «¡perdóneme!» y una puerta que se cerraba de golpe. Y en el silencio distinguió los ronquidos regulares del señor Carlier. Sofía se echó a llorar también. Una neblina le impedía ver con claridad; entró en la cocina tropezando y agarró el reloj, que se llevó arriba, temblando en el intenso frío de la noche. Estuvo largo rato llorando sin ruido. «¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!», se decía. Sin embargo, no echaba toda la culpa a Chirac. La helada la obligó a meterse en la cama, pero no pudo dormir. Seguía llorando. Al amanecer tenía los ojos hinchados. Bajó de nuevo a la cocina. Él se había dejado el sombrero. En la pizarra se leía: «No comeré aquí hoy».
III
Sus relaciones cambiaron de modo permanente. Durante varios días no se vieron ni una sola vez; cuando, al final de la semana, Chirac se vio por fin obligado a enfrentarse a Sofía para pagar su cuenta, su expresión era grave en extremo. Era evidente que se consideraba un criminal sin ninguna defensa para su delito. No parecía hacer intento alguno de ocultar su estado de ánimo. Pero no decía nada. En cuanto a Sofía, conservaba un semblante de afable alegría. Se esforzaba en convencerlo con su actitud de que no abrigaba ningún resentimiento, que estaba decidida a olvidar el incidente, que, en suma, era el ángel de perdón de sus sueños. Sin embargo, no conseguía mostrarse totalmente natural. ¡Viendo lo desdichado que era, le habría sido imposible ser totalmente natural y al mismo tiempo totalmente alegre!
Poco después, la atmósfera social del piso empezó a tomarse quejumbrosa, discutidora y perversa. Todos tenían los nervios muy tensos. Lo mismo ocurría en toda la ciudad. A las fuertes heladas siguieron días de intensas lluvias; la ciudad estaba, por así decirlo, empapada de congoja. Se cerraron las puertas. Y aunque nueve décimas partes de los habitantes nunca las traspasaban, su cierre definitivo y absoluto desmoralizó a todos los corazones. Ya no se suministraba gas. Ratas, gatos y caballos de pura raza eran comidos, y se decía «no está mal». El asedio había dejado de ser una novedad. Los amigos ya no se invitaban unos a otros a una «comida de asedio» como a un picnic. Sofía, fatigada por el excesivo trabajo habitual, se acabó cansando de la situación. Estaba enojada con los prusianos por su tardanza y con los franceses por su inacción, y volcaba su spleen inglés sobre sus huéspedes. Éstos se decían unos a otros en secreto que la patronne se estaba volviendo formidable. Ante todo, guardaba rencor a los tenderos; en cierta ocasión en que, a consecuencia de los rumores de paz, los escaparates florecieron repentinamente con prodigiosas cantidades de toda clase de comestibles a los precios más elevados, probando así que la hambruna era provocada artificialmente, Sofía se puso furiosa. El señor Niepce en particular, aunque le vendía artículos con un descuento especial, padecía indignidades. Unos días después, aquel hombre bondadoso y paternal cometió un error lamentable al intentar introducir en su habitación a una linda muchacha que sabía ser cordial. Sofía, por una casualidad desgraciada para el comerciante, los pilló en el pasillo. Se puso fuera de sí, pero los únicos síntomas externos fueron una cara pálida y una voz fría y acerada que chirrió como una escofina en la susceptibilidad de los adeptos a Afrodita. ¡En esa época, Sofía se había convertido ciertamente en una tarasca, sin saberlo!
Ahora insistía a menudo en hablar del asedio y en oír todo lo que pudieran contarle los hombres. Sus comentarios, que hacía sin la menor consideración por la justificable delicadeza de los sentimientos de aquéllos como franceses, condujeron en ocasiones a acalorados intercambios. Cuando todo Montmartre y el Quartier Bréda se agitaron con la entrada del Treinta y Dos Batallón, se puso del lado del populacho y no quiso dar crédito a la solemne declaración de los periodistas, probada por documentos, de que aquellos maltratados soldados no eran cobardes en fuga. Apoyó a las mujeres que habían escupido a la cara a los del Treinta y Dos. Incluso dijo que, de haberlos visto, también ella les habría escupido. En realidad, estaba convencida de la inocencia del Treinta y Dos, pero algo le impedía admitirlo. La disputa concluyó con palabras duras entre Chirac y ella.
Al día siguiente, Chirac llegó a casa a una hora inhabitual, llamó a la puerta de la cocina y le dijo:
—Tengo que avisarla de que me marcho.
—¿Por qué? —preguntó con sequedad.
Estaba amasando harina y agua para hacer un pastel de patata. Sus pasteles de patata eran la alegría de la casa.
—¡Mi periódico ha cerrado! —respondió Chirac.
—¡Ah! —añadió ella, pensativa, pero sin mirarlo—. Ésa no es razón para que se marche.
—Sí —replicó él—. Esta casa está más allá de mis medios. No necesito decirle que, al dejar de aparecer, el periódico ha dejado sin pagar sus deudas. La casa me debe el salario de un mes. Así que tengo que marcharme.
—¡No! —exclamó Sofía— Puede pagarme cuando tenga dinero.
Él movió la cabeza.
—No tengo ninguna intención de aceptar su amabilidad.
—¿No tiene dinero? —inquirió ella bruscamente.
—Ni un céntimo —repuso Chirac—, Es el desastre: así de sencillo.
—Entonces tendrá que endeudarse de un modo u otro.
—¡Sí, pero no aquí! ¡No con usted!
—¡Verdaderamente, Chirac —exclamó Sofía, con voz zalamera—, no es usted razonable!
—¡Sin embargo, así es! —dijo él con determinación.
—¡Pues bien! —se volvió a él en actitud amenazadora—. ¡No será así! ¿Me entiende? Se quedará. Y me pagará cuando pueda. Si no, nos pelearemos. ¿Se imagina que voy a tolerar sus niñerías? Sólo porque se enfadara anoche…
—No es eso —protestó él—. Debería saber que no es por eso —ella lo sabía—. Es únicamente que no puedo permitirme…
—¡Basta! —exclamó en tono perentorio, deteniéndolo. Y después, más sosegadamente—: ¿Y Carlier? ¿Está también en las últimas?
—¡Ah! ¡Él tiene dinero! —suspiró Chirac, con triste envidia.
—Usted también lo tendrá algún día —concluyó ella—. Quédese por lo menos hasta Navidad o nos peleamos. ¿De acuerdo? —Su acento se había ablandado.
—¡Es usted demasiado buena! —cedió él—. No puedo pelearme con usted. Pero me duele aceptar…
—¡Oh! —le interrumpió la joven, cayendo en un modismo vulgar—, ya me está cargando con su estúpido orgullo. ¿Es eso lo que usted llama amistad? Ahora váyase. ¿Cómo quiere que me salga bien este pastel si se queda ahí plantado distrayéndome?
IV
Pero al cabo de tres días Chirac, con una suerte asombrosa, pasó a estar en otra situación, contratado por el Journal des Débats. Fueron los prusianos los que le encontraron un sitio. El célebre Payenneville, el segundo mayor chroniqueur de su época, se había resfriado mientras cumplía con sus deberes como guardia nacional y había muerto de neumonía. El tiempo había vuelto a empeorar; en Aubervilliers estaban muriendo soldados de congelación. El puesto de Payenneville fue ocupado por otro periodista, cuyo puesto ofrecieron a Chirac. Le habló a Sofía de su buena fortuna con indisimulada vanidad.
—¡Usted y su sonrisa! —exclamó ella impaciente—¡No se le puede negar nada!
Se comportaba como si Chirac le diese asco. Lo humillaba. Pero con los demás huéspedes, sus aires de importancia como miembro de la redacción de los Débats eran cómicos de puro ingenuos. Aquel mismísimo día, Carlier dio aviso a Sofía de su marcha. Era relativamente rico, pero los hábitos que le permitían disfrutar de independencia en la incierta profesión del periodismo no le permitirían, mientras no ganaba nada, gastar un sou más de lo absolutamente necesario. Había decidido hacer causa común con una hermana viuda, que estaba acostumbrada a la frugalidad tal como se entiende ésta en Francia y vivía de las patatas y el vino que había acaparado.
—¿No te digo? ¡Me ha hecho perder un inquilino! —exclamó Sofía. E insistía, medio en broma medio en serio, en que Carlier se había ido porque no podía soportar el infantil engreimiento de Chirac. El piso estaba lleno de palabras cáusticas.
La mañana de Navidad, Chirac se quedó en la cama hasta muy tarde; aquel día no había periódicos. París parecía sumido en una especie de estupor. Hacia las once acudió a la puerta de la cocina.
—Tengo que hablar con usted —dijo. Su tono impresionó a Sofía.
—Entre —le conminó.
Él entró y cerró la puerta con aire de conspirador.
—Tenemos que tener una pequeña fête[52]. Usted y yo.
—¡Una jete! —repitió Sofía—, ¡Vaya una idea! ¿Cómo voy a salir?
Si la idea no hubiera resultado atractiva para los secretos de su corazón, removiendo deseos o recuerdos sobre los que el paso del tiempo había dejado una espesa capa de polvo, no habría empezado a sugerir dificultades; habría empezado por negarse en redondo.
—¡No importa! —dijo él enérgicamente—. Es Navidad y es preciso que tenga una charla con usted. No podemos hablar aquí. No he tenido una verdadera charla con usted desde que estuvo enferma. Vendrá conmigo a almorzar a un restaurante.
Ella se rió.
—¿Y el almuerzo de mis huéspedes?
—Se lo servirá un poco más temprano. Saldremos inmediatamente después y volveremos a tiempo para que prepare la cena. Es muy sencillo.
Ella movió la cabeza.
—Está usted loco —dijo, enojada.
—Es preciso que la invite —prosiguió él, frunciendo el ceño—. ¿Me comprende? Quiero que coma hoy conmigo. Lo exijo, y usted no va a negármelo.
Estaba muy cerca de ella en la pequeña cocina y hablaba con ferocidad, en tono intimidatorio, exactamente de la misma manera en que le había hablado ella cuando insistió en que debía vivir a crédito con ella durante un tiempo.
—Es usted muy descortés —eludió ella.
—Si soy descortés, me da lo mismo —resistió Chirac, inflexible—. Comerá conmigo; insisto en ello.
—¡No tengo ropa adecuada! —protestó la joven.
—Eso no me concierne. Resuélvalo como pueda.
Era la invitación a una comida navideña más curiosa que cabe imaginar.
A las doce y cuarto se lanzaron uno al lado del otro, muy abrigados, a las calles, sumidas en una profunda tristeza. El cielo, de color pizarra, presagiaba nieve. El aire era muy frío, y sin embargo húmedo. No había fiacres en la placita de tres esquinas que forma la entrada de la Rue Clausel. En la Rue Notre Dame de Lorette, un solo ómnibus vacío subía a duras penas la empinada y resbaladiza cuesta, en la que los caballos patinaban y se recuperaban en respuesta al chasquido del látigo, que resonaba en las calles como en una bóveda vacía. Más arriba, en la Rue Fontaine, una de las pocas tiendas que estaban abiertas exhibía éste anuncio: Gran selección de quesos para los regalos de Año Nuevo. Se rieron.
—El año pasado, en estos momentos —dijo Chirac—, yo no pensaba más que en una cosa: el baile de máscaras de la Ópera. No pude dormir después. Este año no están abiertas ni las iglesias. ¿Y usted?
Sofía apretó los labios.
—No me lo pregunte —contestó.
Continuaron en silencio.
—¡Nosotros —dijo Chirac— estamos tristes, pero los prusianos, en sus trincheras, no pueden estar muy contentos tampoco! Sin duda echan de menos a sus familias y sus árboles de Navidad. ¡Riámonos!
La plaza Blanche y el bulevar de Clichy no estaban más animados que las calles y plazas menos importantes. No había vida en ninguna parte, apenas un sonido; ni siquiera el de los cañones. Nadie sabía nada; la Navidad había puesto a la ciudad en un lúgubre estado de desesperanza. Chirac tomó el brazo de Sofía al cruzar la plaza Blanche; pocos metros antes de la Rue Lepic se detuvo ante un pequeño restaurante, famoso entre los iniciados y conocido como «El Pequeño Louis». Entraron, bajando dos escalones, en un interior reducido y sombríamente pintoresco.
Sofía vio que los esperaban. Chirac había hecho sin duda una visita previa al restaurante por la mañana. Varias mesas desordenadas dejaban ver que ya había habido gente almorzando y se había marchado; pero en el rincón había una mesa para dos, recién puesta al mejor estilo de aquellos restaurantes, es decir, con un mantel a cuadros rojos y blancos y otras dos telas rojas y blancas, casi tan grandes como el mantel, plegadas a modo de servilletas y colocadas planas sobre dos gruesos platos, en medio de unos sólidos cubiertos de acero; un salero, del que se sacaba sal gema moliéndola con una manivela; un espolvoreador de pimienta, dos soportes para cubiertos y dos vasos corrientes. Los fenómenos que diferenciaban aquella mesa de una mesa vulgar eran una botella de champán y dos copas. El champán era uno de las pocos artículos que no habían aumentado de precio en el transcurso del sitio.
El dueño y su mujer estaban comiendo en otro rincón; era una pareja gorda y de aspecto abandonado a la que ninguna de las privaciones de un asedio podría haber consumido. El dueño se puso en pie. Vestía como un chef, todo de blanco, con el sagrado gorro, pero de un blanco lleno de manchas. Todo en aquel lugar carecía de pulcritud y arreglo y estaba más o menos sucio, excepto la mesa en la cual aguardaba el champán. Y, con todo, el restaurante era agradable, tranquilizador. El dueño saludaba a sus clientes como a unos amigos honrados. Su rostro grasiento era honrado, al igual que el de su mujer, pálido, cansado y humorístico. Chirac la saludó.
—Mire —le dijo ella desde la otra esquina, indicando un hueso que había en su plato—. ¡Es Diana!
—¡Ah! ¡Pobre animal! —exclamó Chirac.
—¿Qué quiere usted? —dijo la dueña del establecimiento —Costaba demasiado darle de comer. ¡Y era tan mignonne[53]! ¡No se podía soportar verla quedarse tan flaca!
—Estaba diciendo a mi mujer —terció el dueño —lo que le habría gustado ese hueso… ¡a Diana! —soltó una sonora carcajada.
Sofía y la dueña cambiaron una sonrisa curiosamente triste al oír aquel jocoso comentario, redescubierto por el dueño quizá por milésima vez desde el comienzo del asedio, pero que evidentemente consideraba del todo nuevo y original.
—¡Pues bien! —siguió diciendo confidencialmente a Chirac—. He encontrado algo muy bueno para usted: medio pato. —Y en voz todavía más baja—: Y no le costará demasiado.
Jamás se hacía en aquel restaurante ningún intento de obtener sino un modesto beneficio. Tenía una clientela habitual que conocía el valor del poco dinero que poseía y que también sabía apreciar una cocina franca y cabal. El dueño era el chef y como tal se refería siempre a él todo el mundo, hasta su mujer.
—¿Cómo lo ha conseguido? —preguntó Chirac.
—¡Ah! —repuso misteriosamente el dueño—. Tengo un amigo que es de Villeneuve St. Georges; un refugiado, ya sabe. En fin… —un gesto de sus gruesas manos sugirió que Chirac no debía preguntar demasiado.
—¡En efecto! —comentó Chirac—¡Pero es muy chic, eso!
—¡Ya lo creo que es chic! —añadió la dueña con energía.
—¡Es encantador! —murmuró Sofía cortésmente.
—¡Y luego, una ensaladita! —dijo el dueño.
—¡Pero eso…, eso todavía es más sorprendente! —intervino Chirac.
El dueño guiñó el ojo. Era bien sabido que existía un comercio gracias al cual había verduras frescas en el centro de una ciudad sitiada.
—¡Y luego, un quesito! —dijo Sofía imitando un poco el tono del dueño, sacando del interior de su abrigo un pequeño paquete redondo. Contenía un queso de Brie en muy buenas condiciones. Valía lo menos cincuenta francos y no le había costado ni dos. La dueña se unió a su marido en la inspección de aquella maravillosa joya. Sofía tomó un cuchillo y cortó un trozo para la mesa de la dueña.
—¡Madame es demasiado buena! —dijo ésta, confundida por aquella noble generosidad, y se llevó el regalo a su mesa como un foxterrier que buscara apresuradamente la soledad portando un suntuoso bocado. El dueño estaba radiante. Era como si en la acogedora atmósfera, íntima y natural, de aquel interior, la vasta y estupefacta melancolía de la ciudad pudiera quedar olvidada, perder su dominio.
Después, el dueño trajo un ladrillo caliente para los pies de madame. Era más por reconocimiento por el trozo de queso que por necesidad, pues el restaurante estaba bien caldeado; la diminuta cocina daba directamente a él y la puerta entre los dos estaba abierta; no había ventilación alguna.
—Es un amigo mío —explicó el dueño orgullosamente, dándose al cotilleo, mientras les servía una sopa difícil de describir—, un carnicero del Faubourg St Honoré, el que ha comprado los tres elefantes del Jardín des Plantes por veintisiete mil francos.
Todos mostraron sorpresa. El hombre descorchó el champán.
Al beber el primer sorbo (hacía mucho que había perdido su antigua aversión al vino), Sofía tuvo una vislumbre de sí misma en un espejo inclinado que estaba colgado, bastante alto, en la pared de enfrente. Hacía varios meses que no se había ataviado con ceremonia. Le agradó la repentina e inesperada visión de su elegancia y de su pálida belleza. Y el instantáneo efecto del champán fue renovar en su recuerdo una idea olvidada de las cosas buenas de la vida y los goces que durante tanto tiempo había echado de menos.
V
A las dos y media estaban solos en el saloncito del restaurante; vagamente, en sus espíritus soñadores y febriles, demasiado preocupados por dominar sin resquicio sus cuerpos tibios y relajados, flotaba la ilusión de que el restaurante les pertenecía y que estaban en casa. Ya no era un restaurante, sino un retiro donde cobijarse de una vida dura. El chef y su esposa dormitaban en un cuarto interior. El champán se había terminado; el rico queso también, y estaban bebiendo Marc de Borgoña. Estaban sentados en ángulo recto uno respecto al otro, con la mente meciéndose de acá para allá, poseídos de una buena disposición y una rápida cordialidad, y la carne satisfecha y sin embargo expectante. En una pausa de la conversación (que, enteramente banal y fragmentaria, había parecido llegar al colmo de lo agradable), Chirac puso la mano sobre la de Sofía, que descansaba lacia en la mesa, cubierta de restos. De modo casual, la mirada de Sofía se encontró con la de él, sin pretenderlo. Los dos se tornaron tímidos. El rostro delgado y barbado de Chirac tenía más que nunca aquella expresión nostálgica que siempre la inducía a suavizar para con él la inflexibilidad de su carácter. Tenía el aspecto de un niño. Para ella, Gerald había mostrado en ocasiones aquel mismo aspecto. Pero sin duda ella era ahora una de esas mujeres para las cuales todos los hombres, y sobre todo los que adoptan un talante de ternura, están investidos de una cierta e incurable cualidad infantil… No había retirado la mano de inmediato, de forma que ya no podía retirarla.
Él la miró con tímida audacia. Los ojos de la joven estaban húmedos.
—¿En qué está pensando? —preguntó a Chirac.
—Me estaba preguntando qué debería haber hecho si se hubiera negado a venir.
—Y ¿qué debería haber hecho?
—Sin duda, algo terriblemente inconveniente —replicó él, dándose mucha importancia como un hombre que se mueve en el ámbito de la pura suposición. Se inclinó hacia ella.
—Queridísima amiga… —empezó en una voz diferente, tornándose más osado.
A ella le resultaba infinitamente dulce, voluptuosamente dulce, deleitarse de aquella manera en el calor de la tentación. Desde luego le pareció, entonces, el único placer auténtico que había en el mundo. Su cuerpo podría haber dicho a esto «¡mira cuán dispuesto estoy!». Su cuerpo podría haber dicho a esto «mira dentro de mi espíritu. Pues no tienes ningún pudor. Mira, y ve cuanto hay allí». Era como si el velo del convencionalismo hubiese sido desgarrado. Su mutua actitud era casi la de dos amantes entre los cuales una simple mirada puede estar cargada de secretos del pasado y promesas para el porvenir. Moralmente, ella era su amante en aquel momento.
Él le soltó la mano y le pasó el brazo alrededor de la cintura.
—Te amo —musitó, con gran emoción.
El rostro de Sofía cambió y se endureció.
—No debe hacer eso —le dijo con frialdad, aspereza e irritación. Frunció el ceño. No quiso borrar ni una arruga de su frente por la súplica de la sorprendida mirada de Chirac. Sin embargo, no quería rechazarlo. El instinto que la hacía rechazarlo no estaba bajo su dominio. Igual que un hambriento que rechaza obstinadamente una invitación que está anhelante por aceptar, ella, aunque no por timidez, se sentía obligada a rechazar a Chirac. Tal vez si sus deseos no se hubieran visto forzados a permanecer latentes por un exceso de esfuerzo físico y de tensión nerviosa, las consecuencias hubieran sido diferentes.
Chirac, como la mayoría de los hombres que han hallado débil una vez a una mujer, se imaginaba que entendía a fondo a las mujeres. Pensaba en las mujeres como los occidentales piensan en los chinos, como una raza aparte, misteriosa pero susceptible de ser comprendida de una manera infalible mediante la aplicación de unos cuantos principios rectores de psicología. Además, hablaba en serio y con franqueza. Prosiguió, obedeciendo respetuosamente y retirando el brazo:
—Queridísima amiga —la exhortó con impertérrita confianza—, sin duda sabe que la amo.
Ella movió la cabeza con impaciencia, sin dejar de preguntarse qué era lo que la impedía arrojarse en sus brazos. Sabía que lo estaba tratando mal con aquel brusco cambio de frente; pero no podía evitarlo. Entonces empezó a sentir pena por él.
—Hemos sido muy buenos amigos —dijo él—. Siempre la he admirado enormemente. No creía que fuera a atreverme a amarla hasta aquel día en que oí cómo ese viejo villano de Niepce hacía sus avances. Entonces, cuando me di cuenta de lo celoso que estaba, supe que la amaba. Desde entonces no he pensado más que en usted. ¡Le juro que, si no me pertenece, todo habrá terminado para mí! ¡Todo! ¡Nunca he visto a una mujer como usted! ¡Tan fuerte, tan orgullosa, tan amable y tan bella! ¡Es usted asombrosa, sí, asombrosa! Ninguna otra mujer podría haber salido de una situación imposible como ha hecho usted desde la desaparición de su esposo. Para mí es usted una mujer única. Soy muy sincero. Además, ya lo sabe… ¡Querida amiga!
Ella negó con la cabeza apasionadamente. No le amaba. Pero estaba conmovida. Y deseaba amarle. Deseaba ceder a él, aunque sólo le agradara, y amarle después. Pero ese obstinado instinto la frenaba.
—No digo ahora —continuó Chirac—, Déjeme tener esperanza.
La teatralidad latina de sus gestos y su tono acentuó la pena que inspiraba a Sofía.
—¡Mi pobre Chirac! —murmuró en tono de lástima, y empezó a ponerse los guantes.
—¡Esperaré! —persistía él.
Sofía frunció los labios. Él la agarró arrebatadamente por la cintura. Ella apartó el rostro del suyo, con firmeza. Ahora no mostraba dureza ni enojo. Desconcertado por su compasión, la soltó.
—¡Mi pobre Chirac! —repitió ella— No debería haber venido. Tengo que irme. Es completamente inútil. Créame.
—¡No, no! —susurró él con violencia.
Ella se puso en pie y el brusco movimiento empujó la mesa, que se deslizó chirriando por el suelo. El palpitante hechizo de la carne se rompió y la escena llegó a su fin. El dueño, despertado de su duermevela, entró dando traspiés. Chirac no tuvo otra cosa que la cuenta como recompensa por sus sufrimientos. Estaba desconcertado.
Salieron del restaurante, en silencio, con aire estúpido.
En las fúnebres calles estaba oscureciendo; los faroleros encendían las míseras lámparas de aceite que habían reemplazado al gas. No había nadie en la calle más que ellos, los faroleros y el ómnibus. La penumbra era sobrecogedora, desoladora. El silencio general semejaba el silencio de la desesperación. Acongojada, Sofía pensó en el problema irresoluble de la existencia. ¡Pues le parecía que ella y Chirac habían creado aquella congoja de la nada y sin embargo era una congoja incurable!