CAPITULO II
LA NAVIDAD Y EL FUTURO
I
El señor Povey tocaba un himno en el armonio; se había decidido que no fuese nadie a la capilla. Constanza, de luto, con un delantal blanco encima del vestido, ocupaba un escabel delante de la chimenea; cerca de ella, en una mecedora, la señora Baines se balanceaba suavemente. Hacía mucho frío. La manos enmitonadas del señor Povey estaban amoratadas, pero, como muchos tenderos, se había vuelto al parecer casi insensible a los caprichos de la temperatura. Aunque el fuego era enorme y ardía con furia, su influencia, debido al hecho de que aquella chimenea medieval estaba concebida para calentar el tiro en vez de la habitación, parecía extinguirse en los bordes del guardafuegos. Constanza habría tenido que ser una salamandra para poder estar más cerca de él. La época de las buenas navidades anticuadas, tan gratamente pintorescas para los pobres, aún no había llegado a su fin.
Sí; Samuel Povey había ganado la batalla referente a la sede de la navidad familiar. Pero había tenido la ayuda de un aliado formidable, la muerte. Harriet Maddack había fallecido, tras una operación, dejando su casa y su dinero a su hermana. El solemne rito de su entierro había afectado profundamente a todas las personas respetables de la ciudad de Axe, donde la señora Maddack era todo un personaje; hasta se había cerrado la tienda de la Plaza de San Lucas durante todo un día. Fue el suyo un funeral que la propia tía Harriet habría aprobado, un ceremonial tremendo que dejó en el abatido espíritu una imborrable y compleja impresión de tela brillante, crespón, caballos con el cuello arqueado y largas crenchas, párrocos, pastel, oporto, suspiros y cristiana sumisión a los inescrutables designios de la Providencia. La señora Baines se había comportado con una calma poco natural hasta que el funeral hubo concluido; entonces Constanza se dio cuenta de que la madre que recordaba de su infancia ya no existía. Para la mayoría de las almas humanas habría sido más fácil querer a una montaña que a la tía Harriet, que sin duda alguna tenía menos de mujer que de institución. Pero la señora Baines la quería; era la única persona a la que la señora Baines acudía en busca de apoyo y guía. Cuando murió, la señora Baines le rindió homenaje de respeto con las últimas reservas de su orgullosa fortaleza y confesó llorosa que la invencible había sido vencida; la inagotable, agotada; y envejeció; sus cabellos encanecían.
Había insistido en su negativa a pasar la navidad en Bursley, pero Constanza y Samuel sabían que su resistencia era solamente formal. Pronto cedió. Cuando a la segunda nueva sirvienta de Constanza se le metió en la cabeza irse una semana antes de navidad, la señora Baines podría haber indicado que el dedo de la Providencia actuaba de nuevo, y aquella vez en su favor. ¡Pero no! Con asombrosa docilidad sugirió que se traería a una de sus propias criadas para «echar una mano» a Constanza. Fue recibida con todas las muestras posibles de amorosa solicitud; incluso se encontró con que su hija y su yerno habían desocupado el dormitorio principal para cedérselo. Profundamente halagada por esta atención (que había sido una magnánima idea del señor Povey), protestó no obstante con calor. Hasta dijo que «no quería ni hablar de ello».
—Pero mamá, no seas tonta —había dicho Constanza con firmeza— No querrás que nos pongamos a cambiarlo todo otra vez, ¿verdad? —Y la señora Baines se había rendido entre lágrimas.
Así llegó la navidad. Tal vez fue una suerte que, al no ser en modo alguno la sirvienta de Axe lo que se entiende normalmente por una sirvienta, sino una benefactora que está donde se necesita una benefactora, Constanza y su madre resolvieron ocuparse ellas mismas del trabajo de la casa, prescindiendo de la benefactora todo lo posible. Por eso llevaba Constanza un delantal blanco.
—¡Ahí está! —exclamó el señor Povey, aún tocando pero mirando a la calle.
Constanza se puso en pie de un salto, ansiosamente. Se oyó llamar a la puerta. Constanza abrió y una ráfaga de aire helado se coló en la habitación. En la escalera estaba el cartero, con su instrumento para llamar en una mano (una especie de palillo de tambor), un gran paquete de cartas en la otra y una bolsa abierta cruzándole el estómago.
—¡Feliz navidad, señora! —exclamó el cartero, tratando de entrar en calor a base de jovialidad.
Constanza tomó las cartas y respondió, mientras el señor Povey, sin dejar de tocar el armonio con la mano derecha sacaba media corona del bolsillo con la izquierda.
—¡Toma! —dijo alargándosela a Constanza, que se la dio al cartero.
Fan, que estaba en el sofá calentándose el morro con la punta de la cola, saltó al suelo para supervisar la transacción.
—¡Brrr! —vibró el señor Povey cuando Constanza cerró la puerta.
—¡Hala, vosotros! —exclamó Constanza, corriendo hacia la chimenea—¡Ven, mamá! ¡Ven, Sam!
La muchacha había recuperado la posesión del cuerpo de la mujer.
Aunque la familia Baines tenía pocos amigos (pues en aquellos tiempos se practicaba poco la hospitalidad continuada), tenían, naturalmente, muchos conocidos y, como otras familias, contaban sus felicitaciones navideñas como los indios cuentan las cabelleras. El recuento fue satisfactorio. Había entre veinte y treinta misivas. Constanza sacó rápidamente las tarjetas, leyó en voz alta su contenido y después los colocó sobre la repisa de la chimenea. La señora Baines la ayudó. Fan se ocupó de los sobres, en el suelo. El señor Povey, para dejar bien claro que su alma estaba por encima de juguetes y chucherías, siguió tocando el armonio.
—¡Oh, mamá! —murmuró Constanza con voz sobresaltada y vacilante y con un sobre en la mano.
—¿Qué pasa, hija mía?
—Es…
El sobre estaba dirigido a «Sra. y Srta. Baines» en grandes caracteres perpendiculares y elegantes que Constanza reconoció inmediatamente como la letra de Sofía. Los sellos eran desconocidos y el matasellos decía «París». La señora Baines se inclinó hacia delante y lo miró.
—Ábrelo, niña —dijo.
El sobre contenía una tarjeta navideña inglesa de tipo corriente, una rama de acebo con expresiones de felicitación, y en ella se leía: «Espero que os llegue la mañana de navidad. Muchos besos». No llevaba firma ni remite.
La señora Baines la cogió con mano temblorosa y se ajustó las gafas. La contempló largo rato.
—¡Y ha llegado! —exclamó, echándose a llorar.
Intentó hablar otra vez, pero como no podía dominarse tendió la felicitación a Constanza y movió la cabeza en dirección al señor Povey. Constanza se levantó y puso la tarjeta en el teclado del armonio.
—¡Sofía! —susurró.
El señor Povey dejó de tocar.
—¡Dios mío, Dios mío! —musitó.
Fan, al ver que nadie se interesaba por sus proezas, se quedó súbitamente inmóvil.
La señora Baines intentó hablar una vez más pero no pudo. Después, con los rizos temblándole debajo de la banda de luto, consiguió ponerse en pie, se acercó al armonio y, con un movimiento casi convulsivo, arrebató la tarjeta al señor Povey y regresó a su asiento.
El señor Povey salió bruscamente de la habitación, seguido por Fan. Las dos mujeres lloraban y él se sintió enormemente sorprendido al descubrir un peligroso nudo en su propia garganta. ¡La bella e imperiosa imagen de Sofía, de Sofía cuando los abandonó, inocente, caprichosa, se había perfilado de inmediato ante él y lo había convertido en mujer incluso a él! Sin embargo, Sofía nunca le había agradado. La terrible y secreta herida infligida al orgullo familiar se le reveló como nunca con anterioridad y sintió intensamente la tragedia de la madre, que ésta llevaba en su seno como la tía Harriet había llevado un cáncer.
A la hora de comer dijo de pronto a la señora Baines, que seguía llorando:
—Ahora, madre, tiene que animarse, ya sabe.
—Sí, es verdad —dijo rápidamente. Y lo hizo.
Ni Samuel ni Constanza volvieron a ver la tarjeta navideña. Se habló poco. No había nada que decir. Dado que Sofía no había puesto remite, no cabía duda de que seguía estando avergonzada por su situación. Pero había pensado en su madre y en su hermana. Ella…, ella ni siquiera sabía que Constanza se había casado… ¿Cómo sería París? Para Bursley, París no era más que la sede de una gran exposición recientemente clausurada.
Por medio de la influencia de la señora Baines se encontró una nueva sirvienta para Constanza en un pueblo cerca de Axe, una muchacha bonita e inexperta que no había estado nunca en «una casa». Y por medio del correo se acordó que aquella inocente acudiese a la cueva el treinta y uno de diciembre. Obedeciendo a la norma según la cual nunca debía permitirse a los criados que se reuniesen para cambiar impresiones, la señora Baines decidió partir el treinta con su criada. No hubo manera de convencerla de que se quedara a pasar el Año Nuevo en la Plaza. El veintinueve murió de repente la pobre tía María en su casita de Brougham Street. Todo el mundo lo sintió como debía; especialmente la actitud afligida de la señora Baines dejó ver el no va más de la corrección. Pero dio a entender que no se quedaría para el funeral. Sus nervios no estarían a la altura de la dura prueba; además, ni su sirvienta debía estar allí para corromper a la chica nueva ni la señora Baines podía pensar en mandarla por delante a Axe para que pasara varios días en ociosos chismorreos con su compañera.
Esta decisión dejó sin su plato fuerte al funeral de la tía María, que fue el colmo de la modestia: una carroza fúnebre y un coche de un solo caballo. El señor Povey estaba contento, pues coincidió con días muy atareados para él. Una hora antes de la marcha de su suegra entró en la sala con la prueba de un cartel.
—¿Qué es eso, Samuel? —preguntó la señora Baines, sin imaginarse el golpe que la esperaba.
—Es para mis primeras rebajas anuales —respondió el señor Povey con fingida tranquilidad.
La señora Baines se limitó a sacudir la cabeza. Constanza, afortunadamente para ella, no estaba presente en aquella derrota final del antiguo orden. De haber estado allí, podemos tener por seguro que no habría sabido a dónde mirar.
II
—¡El año que viene, cuarenta! —exclamó un día el señor Povey, con una expresión y un tono que eran al mismo tiempo de seriedad y de parodia de la seriedad. Era el día que cumplía treinta y nueve años.
Constanza se sobresaltó. Naturalmente, se daba cuenta de que se iban haciendo mayores, pero nunca había parado mientes en dicho fenómeno. Aunque los clientes observaban de vez en cuando que el señor Povey estaba más grueso; aunque cuando le ayudaba a medirse para hacerse un traje nuevo la cinta métrica daba prueba de ello, para ella no había cambiado. Sabía que ella también había engordado un poco, pero para ella seguía siendo exactamente la misma. Sólo rememorando fechas y mediante cálculos pudo realmente comprender que se había casado hacía poco más de seis años más poco menos de seis meses. Tuvo que admitir que, si Samuel iba a cumplir los cuarenta en su siguiente cumpleaños, ella iba a cumplir veintisiete. Pero no serían veintisiete de verdad, ni los de Samuel serían cuarenta de verdad, como los veintisiete y los cuarenta de los demás. No hacía mucho tiempo, un hombre de cuarenta le parecía un viejales, casi con un pie en la tumba.
Reflexionó, y cuanto más reflexionaba más claramente veía que, después de todo, los almanaques no mentían. ¡Fijaos en Fan! Sí; ya habrían pasado cinco años desde la memorable mañana en que, por primera vez, a Samuel y a Sofía se les pasaron dudas por la cabeza en cuanto a los principios morales de Fan. El entusiasmo de Samuel por los perros era igualado por su desconocimiento de los peligros a los cuales puede estar expuesta una hembra joven de temperamento, y se sintió muy perturbado cuando la duda se convirtió en certidumbre. Fan fue en realidad la única que no se sintió conmocionada ni abrigó temores en cuanto a las consecuencias. El animal, que tenía una mente pura, carecía de pudor. ¡Diversas enormidades había cometido, pero ninguna como ésta! Las consecuencias fueron cuatro cuadrúpedos reconocibles como fox-terriers. El señor Povey respiró de nuevo. Fan había tenido más suerte de la que merecía, pues las consecuencias podrían haber sido cualquier cosa. Sus dueños la perdonaron y luego la casaron legalmente con un marido de tan alta posición que podía pedir dote. Y ahora Fan era abuela y por la ciudad había varios nietos suyos diseminados. Fan era una perra tranquila y desilusionada. Conocía el mundo tal como era y al aprenderlo había enseñado mucho a sus dueños.
Luego estaba Maggie Hollins. Constanza aún recordaba con claridad la timidez con que en cierta ocasión había recibido a Maggie y al heredero de los Hollins, pero había pasado mucho tiempo. Después de sorprender a media ciudad con la producción de aquel niño (de la cual casi se muere), Maggie permitió que los ángeles se lo llevaran al cielo; todo el mundo dijo que debería estar muy agradecida, a su edad. Las viejas desenterraron de su memoria olvidadas historias de las excentricidades de la diosa Lucina. La señora Baines, curiosamente, mostró gran interés; hablaba de ello con toda libertad a Constanza, quien principió a darse cuenta de lo increíble que había sido siempre Bursley, ¡y ella sin imaginárselo! Maggie tenía ahora otros hijos; era la arrastrada y renqueante señora de un hogar beodo y aparentaba sesenta años. A pesar de su profecía, su marido había conservado sus «costumbres». Los Povey comían todo el pescado que podían y varias veces más del que les hubiera gustado comer, porque, cuando estaba sobrio Hollins, iniciaba invariablemente su ronda por la tienda y Constanza tenía que comprar por Maggie. Lo peor del indigno esposo era que raras veces dejaba de mostrarse risueño y cortés. Nunca olvidaba preguntar por la salud de la señora Baines. Y cuando Constanza respondía que su madre estaba «bastante bien, después de todo», pero que no volvería a Bursley hasta que se inaugurase el ferrocarril de Axe, pues no podía soportar el viaje en carricoche, sacudía la canosa cabeza y se ponía compasivamente melancólico por un momento.
¡Tantos cambios en seis años! Los calendarios tenían razón.
Pero a ella no le había ocurrido nada. Poco a poco había llegado a ejercer un firme ascendiente sobre su madre, aunque sin procurarlo, simplemente como resultado de la influencia del tiempo sobre ella y sobre su madre respectivamente. Poco a poco había obtenido habilidad y costumbre en la dirección de la casa y de su parte de la tienda, de modo que aquellas máquinas funcionaban eficazmente y sobre ruedas y un repentino contratiempo ya no la asustaba. Poco a poco se había ido haciendo un mapa de la personalidad de Samuel, con los arrecifes sumergidos y las corrientes peligrosas señalados con precisión, de modo que ahora podía viajar por aquellos mares sin alarmas. Pero no sucedía nada. ¡A menos que se pudiera llamar «sucesos» a sus visitas a Buxton! Decididamente, la visita a Buxton era la única montañita que sobresalía en la lisa llanura del año. Habían adoptado la costumbre de ir a pasar diez días en Buxton cada año. Solían decir: «Sí, siempre vamos a Buxton. Fuimos allí de viaje de novios, ¿sabe?». Habían llegado a ser unos empedernidos buxtonenses, con opiniones sobre la Terraza de Santa Ana, el Paseo Ancho y la Caverna de Peel. Ni en sueños podían abandonar su Buxton. Era el único lugar de vacaciones que existía. ¿Acaso no era la ciudad más alta de Inglaterra? ¡Pues entonces! Siempre se alojaban en el mismo sitio y acabaron por ser los huéspedes favoritos de la dueña, que contaba en susurros a todos los demás que habían estado en su casa en viaje de novios, que no faltaban ningún año y que eran personas muy situadas y respetables propietarias de un importante negocio. Todos los años salían a pie de la estación de Buxton detrás de su equipaje, que iba en un baúl, llenos de alegría y orgullo porque conocían todos los monumentos y sabían dónde estaban todas las calles y cuáles eran las mejores tiendas.
Al principio, la idea de dejar la tienda a una custodia mercenaria les había parecido casi una fantasía y los preparativos para la ausencia fueron muy complicados. Fue entonces cuando la señorita Insull se distinguió de las otras dependientas como una persona en la que se podía confiar totalmente. La señorita Insull era mayor que Constanza; tenía mala tez y no era inteligente, pero era de esas personas de las que se puede uno fiar. Aquellos seis años habían sido testigos de la lenta e incesante ascensión de la señorita Insull. Sus empleadas decían «señorita Insull» con un tono totalmente distinto del que utilizaban para decir «señorita Hawkins» o «señorita Dadd». «Señorita Insull» equivalía al final de una discusión. «Mejor dígaselo a la señorita Insull», «la señorita Insull se ocupará de eso», «preguntaré a la señorita Insull». La señorita Insull dormía en la casa diez noches al año. La señorita Insull había sido llamada a consultas cuando se decidió contratar a una cuarta persona en forma de aprendiza.
El comercio había mejorado hasta llegar a ser excelente. Ahora se admitía que iba bien, ¡un raro honor para el comercio! El auge de la minería del carbón estaba en su punto máximo; los mineros, además de emborracharse, compraban órganos americanos y costosos perros bullterrier. Con frecuencia acudían a la tienda a comprar paño para hacer mantitas a sus perros. Y querían buen paño. Al señor Povey esto no le gustaba. Un día, un minero eligió para su perro el mejor paño que había en la tienda del señor Povey, a doce chelines la yarda. «¿La hará usted? Tengo las medidas», le preguntó el minero. «¡No, no quiero hacerla!», respondió acalorado el señor Povey. «Y, lo que es más, tampoco quiero venderle la tela! ¡Vamos, un paño de doce chelines la yarda en el lomo de un perro! ¡Le agradeceré que salga de mi tienda!». El incidente hizo historia en la Plaza. Dejó definitivamente bien sentado que el señor Povey era un digno yerno y un hombre firme y de éxito. Confirmaba la antigua preeminencia de «Casa Baines». Se expresó cierta sorpresa por el hecho de que el señor Povey no manifestase deseo de entrar en la vida pública de la ciudad ni inclinación a ello. Pero nunca lo hizo, aunque en privado era un agudo crítico satírico de la junta local. Y en la capilla siguió siendo un feligrés privado, rechazando toda clase de cargos administrativos.
III
¿Era feliz Constanza? Desde luego, siempre tenía algo en la cabeza, algo de lo que tenía que ocuparse, en la tienda o en la casa, algo que requería toda la destreza y experiencia que había obtenido. En su vida había mucho tedio laborioso, tedio inacabable y monótono. Y tanto ella como Samuel trabajaban por lo tanto mucho, levantándose temprano, «empujando», como se decía, y yéndose a dormir temprano de puro cansancio; una semana tras otra, un mes tras otro, mientras una estación dejaba paso imperceptiblemente a otra. En junio y julio se retiraban algunas veces antes de que desapareciera del cielo el postrer tinte plateado del crepúsculo. Se echaban en la cama y hablaban plácidamente de sus asuntos cotidianos. Llegaba un ruido de la calle, allá abajo. «¡Ya cierran las Bodegas!», decía Samuel, y bostezaba. «Sí; es muy tarde», decía Constanza. Y el reloj suizo daba velozmente las once en su muelle sonoro. Y después, justo antes de quedarse dormida, Constanza reflexionaba acerca de su destino, como hacen hasta las mujeres más ocupadas y sin complicaciones, y decidía que era un destino amable. La gradual decadencia y la solitaria vida de su madre en Axe la entristecían. Las tarjetas que mandaba ahora Sofía de tiempo en tiempo, a intervalos muy largos, habían sido motivo más de pesar que de alegría. Los ingenuos éxtasis de su adolescencia habían desaparecido hacía mucho: era el precio de la experiencia y de la serenidad, y de la verdadera visión de las cosas. La vasta melancolía inherente a todo el universo no hacía una excepción con ella. Pero a punto de dormirse era consciente de un vago contento. Este contento tenía su base en el hecho de que ella y Samuel se comprendían y estimaban mutuamente y contaban el uno con el otro. Sus caracteres habían sido puestos a prueba y la habían superado. El afecto, el amor, no era para ellos un fenómeno destacado en sus relaciones. La costumbre había empañado inevitablemente su brillo. Era como un sabor que apenas se recuerda; pero si no existiera, ¡cómo habrían rechazado aquel plato!
Samuel nunca o casi nunca se ponía a meditar sobre el problema de si la vida había estado o no a la altura de sus expectativas. Pero a veces tenía extrañas sensaciones que no entraba a analizar y que se acercaban más al éxtasis que a un sentimiento como los de Constanza. Así, cuando le sobrevenía uno de sus ataques de sombría furia, fundida por dentro y negra por fuera, el pensar de pronto en la calma benévola e inalterable de su mujer podía infundirle una frialdad asombrosa. A sus ojos, ella era increíblemente femenina. Ponía unas flores en la repisa de la chimenea y luego, al cabo de unas horas, mientras comían, le preguntaba inesperadamente qué le parecía su «jardín»; él fue adivinando poco a poco que una respuesta sólo por cumplir la dejaría insatisfecha; quería una opinión sincera, eso era lo que importaba para ella. ¡Hay que ver, llamar «jardín» a unas flores sobre la repisa de la chimenea! ¡Qué encantador, qué pueril! Y tenía la costumbre, los domingos por la mañana, cuando bajaba a la sala, ya preparada para ir a la capilla, de cerrar la puerta al pie de la escalera con un ligero portazo, estremecerse y darse la vuelta con celeridad como para ofrecerse a su inspección, como si dijera «Bueno, ¿qué tal? ¿Voy bien así?». Un fenómeno que él siempre asociaba con el olor de los guantes de cabritilla. Ella le consultaba invariablemente acerca del color y el corte de sus vestidos. ¿Preferiría éste o aquél? No fue capaz de tomarse en serio aquellas cuestiones hasta que un día le hizo casualmente una indicación, una simple indicación, de que no le entusiasmaba determinado traje nuevo suyo, el primero después de abandonar definitivamente el luto. Nunca volvió a ponérselo. Al principio le pareció que no iba en serio y la reconvino por llevar la broma demasiado lejos. Ella dijo: «No sirve de nada lo que digas. Ya no me lo voy a poner más». Y entonces se hizo cargo de que iba en serio, y hasta tal punto que evitó, por discreción, cualquier comentario. El incidente le tuvo preocupado varios días. Le halagaba, le emocionaba, pero le dejaba perplejo. ¡Qué extraño que una mujer sujeta a tales caprichos fuera tan sagaz, competente y absolutamente responsable como Constanza! Su lado práctico y su sentido común suscitaban permanentemente su admiración. La primerísima muestra que dio de estas cualidades —su insistencia en que la ausencia de los dos a la vez de la tienda durante media hora o una hora dos veces al día no iba a acarrear el inmediato hundimiento del negocio— había permanecido grabada en su memoria. Si no hubiera sido tan obstinada —a su manera benévola— en su oposición a la vieja superstición que él había adquirido de sus patronos, se habrían pasado la vida comiendo cada uno por su lado. Por otra parte, consideraba que la forma en que había llevado a su madre los meses del asedio de París, durante los cuales la señora Baines estuvo convencida de que su pecadora hija estaba en constante peligro de muerte, había sido muy sutil. Y lo que vino después, una tarjeta con ocasión del cumpleaños de Constanza, justificó plenamente su actitud.
En ocasiones un estúpido metepatas les decía jovialmente: —¿Qué hay de ese bebé?
O una mujer observaba en voz baja:
—Muchas veces me da pena que no tengan ustedes hijos.
Y ellos contestaban que en realidad no sabrían qué hacer con un bebé. ¡Entre la tienda, y esto y lo otro…! Y eran totalmente sinceros.
IV
Es de notar cómo una menudencia puede hacer que hasta las personas más serias y metódicas se salgan de sus más inveterados hábitos. Una mañana, en marzo, un velocípedo, nada más que dos ruedas de madera unidas por una barra de hierro, en medio de las cuales iba un sillín de madera, perturbó la gravedad de la Plaza de San Lucas. Cierto que era quizá el primer velocípedo que jamás hubiera atentado contra la gravedad de la Plaza de San Lucas. Salió de la tienda de Daniel Povey, el repostero y panadero y famoso primo de Samuel, en Boulton Terrace. Dicha calle formaba casi un ángulo recto con el local de los Baines y en la esquina de ese ángulo empezaban Wedgwood Street y King Street. Conducía el artilugio Dick Povey, hijo único de Daniel y a la sazón de once años, bajo la supervisión de su padre; la Plaza pronto se dio cuenta de que Dick poseía un talento natural para domar un velocípedo sin amaestrar. Después de unos cuantos intentos pudo mantenerse en la parte trasera de la máquina al menos diez yardas; sus proezas tuvieron como efecto el dotar a la Plaza de San Lucas del atractivo de un circo. Samuel Povey lo contemplaba con sincero interés emboscado en su puerta, mientras las infortunadas dependientas, aun sabiendo el espectáculo que se veía en la calle, no se atrevían a moverse de la estufa. Samuel se sentía enormemente tentado a hacer una osada salida y charlar con su primo acerca de aquel juguete; tenía sin duda más derecho a hacerlo que cualquier otro comerciante de la Plaza, ya que era de la familia, pero su timidez se lo impidió. Al poco rato, Daniel Povey y Dick se dirigieron con la máquina al extremo de la Plaza, se detuvieron frente a la tienda de Holl, y Dick, bien instalado en el sillín, intentó bajar las suaves pendientes adoquinadas de la Plaza. Fracasó una y otra vez; la máquina tenía la sorprendente manía de darse la vuelta, deslizarse cuesta arriba y luego tumbarse tranquilamente de costado. En aquel pasaje de la biografía de Dick todas las puertas de las tiendas estaban llenas de gente. Por fin el velocípedo se mostró más dispuesto a obedecer y hete aquí que en un momento iba Dick plaza abajo y los espectadores contuvieron el aliento como si fuera Blondin cruzando el Niágara. Parecía que fuera a caerse en cualquier momento, pero se las arregló para mantenerse derecho. Ya había recorrido veinte yardas…, ¡treinta yardas! ¡Era un milagro lo que estaba haciendo! La carrera continuó; parecía durar horas. Y entonces brotó en el seno de los espectadores la débil esperanza de que el prodigio llegase a lo más bajo de la Plaza. Iba cada vez más deprisa con su artilugio. Pero la Plaza era enorme, interminable. Samuel Povey miraba fijamente al fenómeno, que se iba acercando, como un pájaro a una serpiente, con los ojos saliéndose de las órbitas. La velocidad del pequeño se hacía cada vez mayor y su camino cada vez más estrecho. ¡Sí; llegaría, lo lograría! Samuel Povey, en su tensión nerviosa, levantó involuntariamente la pierna. Ahora su esperanza de que llegara se convirtió en temor, ya que la carrera se aceleraba más y más. Todo el mundo levantó una pierna y abrió la boca. Y el intrépido niño llegó y, finalmente victorioso, se estrelló en la acera delante de Samuel a una velocidad lo menos de seis millas por hora.
Samuel lo ayudó a ponerse en pie, ileso. Y de alguna manera aquel acto de ayudar a Dick a ponerse en pie revistió de importancia a Samuel, le dio parte en la gloria de la hazaña.
Acudió corriendo Daniel Povey, muy alegre.
—¿No está mal para empezar, eh? —exclamó el gran Daniel. Aunque no era en modo alguno un hombre cándido, lo orgulloso que estaba de su vástago le hacía ser un poco ingenuo.
Padre e hijo explicaron a Samuel cómo funcionaba la máquina; Dick repetía sin cesar la verdad, tan extraña, de que si uno nota que se está cayendo a la derecha tiene que girar a la derecha y viceversa. Samuel se vio repentinamente admitido, por así decirlo, a la hermandad privada del velocípedo y elevado por encima del resto de la Plaza. En otra aventura sucedieron acontecimientos aún más emocionantes. El rubio Dick era uno de esos locuelos peligrosos y frenéticos que nacen sin sentido del miedo. El secreto de la máquina se le había revelado en su reciente carrera y estaba calladamente decidido a superarse a sí mismo. En precario equilibrio volvió a bajar la Plaza con el ceño fruncido y los dientes apretados, y consiguió doblar la esquina de King Street. Constanza, que estaba en la sala, vio una incomprensible cosa con alas que pasaba volando por delante de la ventana. Los gritos de los primos Povey expresaron alarma y protesta; ambos echaron a correr en su seguimiento, pues la pendiente de King Street es abrupta en el estricto sentido de la palabra. A mitad de la calle había alcanzado una velocidad de veinte millas por hora y se encaminaba directamente hacia la iglesia, como si se hubiera propuesto derribarla y perecer. La puerta principal del cementerio estaba abierta; el terrible chiquillo, con la suerte de los lunáticos, cruzó los pórticos como una exhalación y entró indemne en el terreno sagrado. Los primos Povey lo descubrieron tendido en una tumba herbosa, rebosante de orgullo. Sus primeras palabras fueron:
—Papá ¿has recogido mi gorra?
El simbolismo del asombroso viaje no escapó a la Plaza; incluso se habló mucho de él.
Aquel incidente condujo a que los dos primos entablasen amistad. Adquirieron la costumbre de reunirse en la Plaza para charlar. Aquellos encuentros fueron muy comentados, pues las relaciones de Samuel con Daniel, mayor que él, habían sido siempre muy distantes. Todos tenían entendido que a Samuel le desagradaba la esposa de Daniel Povey todavía más que a la mayoría de la gente. La mujer de Daniel, sin embargo, no estaba en la ciudad; de no haber sido así probablemente Samuel no habría llegado al extremo de reunirse con Daniel ni siquiera en el terreno neutral de la Plaza. Pero una vez roto el hielo Samuel se alegraba de tener una relación de creciente intimidad con su primo. Aquella amistad era halagadora para él, pues Daniel, a pesar de su mujer, era un personaje en un mundo más amplio que el de Samuel; además consagraba su posición de igualdad con cualquier comerciante (aunque había sido aprendiz) y apreciaba y admiraba sinceramente a Daniel, para su propia sorpresa.
Daniel Povey agradaba a todo el mundo; era un favorito en todas las categorías. Primer repostero, miembro de la junta local y ayudante del coadjutor de San Lucas, tenía y había tenido durante veinticinco años un papel muy destacado en la ciudad. Era un hombre alto y apuesto, de barba recortada y grisácea, sonrisa jovial y oscuros ojos centelleantes. Su buen humor era al parecer permanente. Poseía dignidad sin la menor rigidez; era bien recibido por sus iguales y sinceramente adorado por sus inferiores. Tendría que ser jefe de alguaciles, pues era lo bastante rico, pero se interpuso un misterioso obstáculo entre Daniel Povey y aquel supremo honor, un impedimento apenas tangible que no se podía establecer con claridad. Era un hombre capaz, honrado, ingenioso, próspero y un excelente orador, y, si no pertenecía al sector más austero de la sociedad, sí, por ejemplo, se dejaba caer como si tal cosa por el «Tigre» a tomar una cerveza, o profería algún juramento, o contaba un chiste guasón…, bueno, en una ciudad de treinta mil habitantes y mentalidad abierta esas proclividades no impiden en absoluto que una persona goce de gran estima. Pero, ¿cómo se podría expresar sin hacer injusticia a Daniel Povey? Era un hombre de moral intachable; sus opiniones eran inocuas. La verdad es que, para las clases dominantes de Bursley, Daniel Povey rendía culto al dios Pan con un poquitín de fanatismo. Era uno de los vestigios que mantenían viva la gran tradición de Pan desde los tiempos de la Regencia y durante la vasta y árida época victoriana. El carácter frívolo de su esposa era considerado por muchos como un castigo de Dios por la robusta naturaleza rabelesiana de su conversación más privada, por su franco interés y su eterna preocupación por aspectos de la vida y de la actividad humana que, aunque esenciales para el propósito divino, no eran palmariamente reconocidos como tales… ni siquiera por los Danieles Poveys. No se trataba de su conducta, sino de su mentalidad. Si no explicaba su amistad con el rector de San Lucas, sí explicaba su alejamiento del vínculo metodista primitivo, al cual había pertenecido la familia Povey desde la creación del metodismo primitivo en Turnhill en 1807.
Daniel Povey tenía la costumbre de dar por sentado que todo varón rebosaba de interés por el sagrado culto de Pan. Esta idea, aunque en ocasiones causaba inconvenientes en un principio, acababa venciendo merced a la verdad que contenía. Así ocurrió con Samuel. Éste no había sospechado que Pan tuviera cordones de seda con los que atraerlo. Siempre había apartado los ojos de este dios, es decir, dentro de lo razonable. No obstante, ahora, Daniel, quizá un par de mañanas de buen tiempo a la semana, en medio de la Plaza, con Fan sentada detrás en las frías piedras y el señor Critchlow con expresión irónica a la puerta de su farmacia, ataviado con su largo delantal blanco, distraía a Samuel durante media hora contándole las tradiciones más íntimas de Pan, y Samuel ni se inmutaba. Por el contrario, resistía el tirón y fingía con todas sus fuerzas ser en potencia un perfecto archisacerdote del dios. Daniel le enseñaba mucho; volvía ante él la página de la vida, por así decirlo, y, mostrándole el reverso, le decía: «Mira todo lo que te estabas perdiendo». Samuel levantaba la vista hacia la larga y noble nariz y los gruesos labios de su primo, de más edad y tan experimentado, tan agradable, tan famoso, tan estimado, tan filosófico, y admitía para su capote que había llegado a los cuarenta años hecho un bobo. Y luego volvía a bajarla a la ligera mancha de harina de la pierna derecha de Daniel y pensaba que la vida es y tiene que ser eso, la vida.
Una tarde, no muchas semanas después de su iniciación en el culto, le sobresaltó el rostro preocupado de Constanza. Ahora bien, un marido a quien tras seis años de matrimonio no le ha acontecido ser padre no se sobresalta fácilmente por una expresión como la de Constanza. Años antes sí se sobresaltaba con frecuencia y pasaba unos días en suspenso. Pero ya hacía mucho que se había tornado inmune a aquellas alarmas. Y ahora se había vuelto a sobresaltar, pero como se puede sobresaltar un hombre que no se sorprende lo más mínimo porque lo sobresalten. Y pasaron siete días interminables, y Samuel y Constanza se miraban como un par de culpables cuyo secreto se niega a ser guardado. Pasaron tres días más, y luego otros tres. Entonces observó Samuel en tono firme, masculino, afrontando los hechos:
—¡Oh, no hay duda!
Y se miraron como conspiradores que hubiesen encendido una mecha y no pudieran refugiarse en la huida. Sus ojos no paraban de decir, con una deliciosa y encantadora mezcla de ingenua modestia y terrible alegría:
—¡Bueno, pues lo hemos conseguido!
¡Y allí estaba, el futuro increíble, incomprensible, ante ellos! Samuel nunca se imaginó cómo iba a acabar anunciándose. Se había imaginado, en su ingenuidad primera, que un día Constanza, ruborizándose, acercaría los labios a su oído para susurrarle… algo positivo. Algo así no se le había ocurrido en su vida. Pero las cosas son obstinada e incurablemente poco sentimentales.
—Creo que tendríamos que ir el domingo a decírselo a mamá —dijo Constanza.
El impulso de él fue replicar a su manera grandiosa y brusca: «Oh, será suficiente con escribir». Pero se contuvo y dijo, con esmerada deferencia:
—¿Crees que será mejor que escribir?
Todo había cambiado. Preparó todo su ser para hacer frente al destino y para ayudar a Constanza a hacerle frente.
El domingo salió mal día. Fue a Axe sin Constanza. Lo llevó su primo en una carretela y él dijo que volvería andando, ya que el ejercicio le sentaba bien. Durante el viaje, Daniel, a quien no había dicho nada, iba charlando como de costumbre, y Samuel fingió escuchar con la actitud de costumbre, pero secretamente despreciaba a Daniel por ser un hombre que tenía en la cabeza algo que no era de suprema importancia. Su punto de vista era más auténtico que el de Daniel.
Volvió a casa andando, como había decidido, por el ondulado páramo que sueña en el corazón de Inglaterra. Se le hizo de noche por el camino y estaba cansado. Pero la tierra, mientras giraba por el desnudo espacio, hizo girar también la luna ante sus ojos, y él apresuró el paso. Un viento de Arabia le refrescó el rostro. Y por fin, desde la cima de Toft End, vio de repente las Cinco Ciudades titilando en sus pequeñas colinas, en el amplio anfiteatro. Y una de aquellas lámparas era la de Constanza; una de ellas, en alguna parte. Estaba vivo, pues. Se adentró en la sombra de la naturaleza. Los misterios lo volvieron solemne. ¡Caramba! ¡Un velocípedo, su primo, y ahora aquello!
«¡Vaya! ¡Con mil demonios! ¡Con mil demonios!», no paraba de repetir, él que jamás soltaba un juramento.