CAPÍTULO II
LA MUELA
I
Las dos muchachas subieron la oscura escalera de piedra que conducía desde la cueva de Maggie hasta la puerta de la sala. Sofía, que iba delante, portaba una gran bandeja y Constanza otra pequeña. Constanza, que sólo llevaba en su bandeja una tetera, un cuenco de mejillones y berberechos humeantes y olorosos y un plato de pan tostado con mantequilla, entró directamente en la sala, a su derecha. Sofía cargaba con todos los materiales y el aparato de una merienda cena para dos, incluyendo huevos, jamón y pan tostado (cubierto por el recipiente para echar los posos del té, boca abajo), pero sin mejillones ni berberechos. Giró a la derecha, recorrió el pasillo por el taller de corte, subió dos peldaños, entrando en la penumbra de la tienda cerrada, con los postigos echados y sábanas cubriéndolo todo, subió la escalera del entresuelo, atravesó éste y de allí pasó al corredor de los dormitorios. La experiencia había demostrado que era más sencillo dar este largo rodeo que pasar por la difícil esquina de la escalera de la sala cuando se llevaba una gran bandeja llena. Sofía llamó con el borde de la bandeja a la puerta del dormitorio principal. Cesó el amortiguado sonido oratorio que procedía del interior y abrió la puerta un hombre muy alto, muy delgado y con barba negra, que miró a Sofía como preguntando qué se proponía interrumpiendo de aquella manera.
—Les traigo el té, señor Critchlow —dijo Sofía.
Y el señor Critchlow tomó cuidadosamente la bandeja.
—¿Es mi pequeña Sofía? —preguntó una voz débil desde las profundidades de la habitación.
—Sí, padre —respondió Sofía.
Pero no intentó entrar en la habitación. El señor Critchlow dejó la bandeja en una cómoda cubierta con una tela blanca, cerca de la puerta, y cerró ésta sin ceremonia. El señor Critchlow era el amigo más antiguo e íntimo del señor Baines, aunque bastante más joven que el mercero. A menudo «se dejaba caer» para tener una charla con el inválido, pero la tarde del jueves era su tarde especial, que había consagrado al servicio del enfermo. Desde las dos en punto hasta las ocho en punto se hacía cargo de John Baines y reinaba autocráticamente en su habitación. Se sabía que no toleraba invasiones, ni siquiera visitas de embajador. ¡No! Dedicaba este tiempo semanal al negocio de la amistad y había que dejarle dirigir dicho negocio a su manera. Hasta la señora Baines evitaba perturbar las atenciones del señor Critchlow a su esposo. Le alegraba hacerlo, pues no se podía dejar solo al señor Baines en ninguna circunstancia, y la conveniencia de poder confiar en la presencia de un formal miembro de la Sociedad Farmacéutica seis horas de un determinado día cada semana superaba con mucho la pequeña afrenta a sus prerrogativas de esposa y ama de casa. El señor Critchlow era un hombre muy peculiar, pero cuando estaba en la habitación ella podía salir de casa tranquila. Además, John Baines disfrutaba mucho de aquellas tardes de los jueves. Para él no había «nadie como el señor Critchlow». Los dos viejas amigas experimentaban una especie de adusta y seca felicidad, encerrados en el cuarto, a salvo de mujeres y de necios en general. Cómo pasaban el tiempo era algo que no se sabía con certeza, pero la impresión era que hablaban de política. Sin duda, el señor Critchlow era un hombre muy peculiar. Era un hombre de costumbres. Con el té siempre tenía que tomar lo mismo. Mermelada de grosella negra, por ejemplo (la denominaba «conserva»). La idea de ofrecer al señor Critchlow un té que no comprendiera mermelada de grosella negra era inconcebible para la inteligencia de la Plaza de San Lucas. Así, en la época de las conservas de fruta, cuando toda la casa y toda la tienda se llenaban del apetitoso olor de la fruta cociéndose en azúcar, la señora Baines hacía llenar un número adicional de frascos de mermelada de grosella, «porque otra el señor Crichtlow ni la tocaría».
De modo que Sofía, al verse ante la puerta cerrada del dormitorio, bajó a la sala por el camino más corto. Sabía que cuando volviera a subir, después del té, encontraría la devastada bandeja en la alfombrilla de la habitación.
Constanza estaba sirviendo mejillones y berberechos al señor Povey. Éste llevaba puesto todavía uno de los tapetes. Sin duda se había adherido a sus hombros cuando se levantó del sofá de un salto, pues los tapetes de lana son unos objetos notoriamente parasitarios. Sofía se sentó con cierta timidez. También la seria Constanza estaba turbada. El señor Povey no acostumbraba a tomar el té en la casa los jueves por la tarde, siendo su hábito el de salir al inmenso y misterioso mundo. Era la primera vez que compartía una comida con las muchachas a solas. La situación era indudablemente inesperada, imprevista; era también picante, y contribuía a ello el hecho de que Constanza y Sofía eran en cierto modo responsables del señor Povey. Se sentían responsables de él. Le habían brindado la simpatía práctica de dos jóvenes inteligentes y bien adiestradas, enfermeras innatas por razón de su sexo, y el señor Povey la había aceptado; ahora estaba en sus manos. La artera y monstruosa operación practicada por Sofía en la boca del señor Povey no les causaba mucha alarma a ninguna de las dos, y al parecer Constanza se había recuperado de la conmoción que le produjo al principio. Lo habían discutido en la cocina mientras preparaban el té; el tono condenatorio de Constanza, extraordinariamente severo y dictatorial, había producido cierto acaloramiento. Pero el éxito de la insolente moza la justificaba a pesar de todo argumento irrefutable en contrario. El señor Povey ya estaba mejor y era evidente que seguía ignorando su pérdida.
—¿Quieres? —preguntó Constanza a Sofía con el cucharón en el aire, encima del cuenco de moluscos.
—Sí, por favor —dijo Sofía con decisión.
Constanza sabía perfectamente que quería y sólo se lo había preguntado por puro nerviosismo.
—Pásame el plato, pues.
Cuando todos tuvieron mejillones, berberechos, té y pan tostado y hubieron convencido al señor Povey de que le quitara la corteza a su pan, y Constanza, sin ninguna necesidad, hubo prevenido a Sofía acerca de la mortal sustancia verde de los mejillones, y Constanza hubo indicado que las tardes se iban alargando y el señor Povey hubo manifestado su acuerdo en que así era, no quedaba nada que decir. Sobre todos ellos cayó un irritante silencio y nadie pudo levantarlo. Los ligeros ruidos de las conchas y la vajilla sonaban con la terrible claridad de los ruidos que se oyen por la noche. Cada uno evitaba la mirada de los demás. Constanza y Sofía estaban continuamente enderezando el cuerpo y expandiendo el tórax, y después miraban el plato; de vez en cuando se oía una tosecilla remilgada. Era un triste ejemplo de la diferencia entre los sueños de brillo social que abrigan las jóvenes y la realidad de la vida. Aquellas muchachas se volvían cada vez más infantiles hasta que, tras verse convertidas en mujeres por la administración del láudano, retrocedían a los ocho años —unas chiquillas— en la mesa del té.
Alivió la tensión el señor Povey.
—¡Dios mío! —musitó, movido por un descubrimiento sorprendente a este impío y desdichado juramento (¡él, ejemplar y modélico… y encima en presencia de unas inocentes muchachas!)—. ¡Me la he tragado!
—¿Que se ha tragado qué, señor Povey? —inquirió Constanza.
La punta de la lengua del señor Povey hizo un concienzudo viaje de inspección por todo el lado derecho de su boca.
—¡Oh, sí! —exclamó, como si aceptase solemnemente lo inevitable—, ¡Me la he tragado!
La cara de Sofía adquirió una tonalidad escarlata; parecía estar buscando un sitio para esconderla. A Constanza no se le ocurría nada que decir.
—Esa muela llevaba dos años suelta —explicó el señor Povey— y ahora me la he tragado con un mejillón.
—¡Oh, señor Povey! —exclamó Constanza confusa, y añadió—: Eso está bien; ahora ya no podrá dolerle más.
—¡Oh! —exclamó el señor Povey—, No era esa muela la que me dolía. Es un viejo trozo de atrás el que me ha martirizado estos días. Ojalá hubiera sido ésa.
Sofía acercó la taza a su roja cara. Al oír aquellas palabras del señor Povey sus mejillas se hincharon como si estuvieran llenas de gordas manzanas. Dejó de un golpe la taza en el plato, derramando el té, y luego salió corriendo de la habitación entre ahogados resoplidos.
—¡Sofía! —protestó Constanza.
—¡Es que…! —masculló incoherentemente Sofía en la puerta—. No pasa nada. No…
Constanza, que se había levantado, se volvió a sentar.
II
Sofía huyó por el pasillo que llevaba a la tienda y se refugió en el taller de cortar, un cuarto que el sorprendente arquitecto había ideado en lo que habría sido el patio trasero de una de las tres casas originarias. La luz le venía del tejado; sólo un tabique de madera de ocho pies de altura lo separaba del pasillo. Allí Sofía dio rienda suelta a sus sentimientos; rió y lloró al mismo tiempo, empapando de abundantes lágrimas su pañuelo y soltando risitas nerviosas en una histeria que no podía dominar. El espectáculo del señor Povey lamentándose por una muela que creía haberse tragado, pero que en realidad tenía ella en su bolsillo mientras tanto, le parecía como para morirse de risa y lo más ridículo que había sucedido o podía suceder jamás en la Tierra. No podía más. Y cuando se imaginaba que ya estaba agotada y que había superado la extrema sensación de ridículo que le producía, dicha sensación se apoderaba de nuevo de ella y la enviaba otra vez a un abismo de locas carcajadas.
Poco a poco se fue tranquilizando. Oyó que se abría la puerta de la sala y que Constanza bajaba los escalones de la cocina con la bandeja del servicio del té. ¡El té, pues, había terminado sin ella! Constanza no se quedó en la cocina, porque las tazas y platos se dejaban para que los fregara Maggie como adecuada coda para el día mensual de asueto de ésta. La puerta de la sala se cerró. Y la visión del señor Povey con su tapete provocó en Sofía otra convulsión de risa y llanto. En aquel momento la puerta de la sala se volvió a abrir y Sofía hizo esfuerzos por guardar silencio mientras Constanza recorría apresuradamente el pasillo. Al cabo de un minuto regresó con su labor de lana, que había recogido del entresuelo, y la sala la acogió. ¡No tenía Constanza menos curiosidad por saber qué había sido de Sofía!
Al fin Sofía, con una débil sonrisa meditativa como único rastro de la tempestad que había tenido lugar en ella, subió lentamente al entresuelo por la tienda. ¡Allí no había nada interesante! Desde allí se dirigió hacia el salón y encontró la bandeja del señor Critchlow en la alfombrilla. La recogió y la bajó, pasando por el entresuelo y la tienda a la cocina, donde se puso a mordisquear distraídamente dos tostadas que se habían enfriado adquiriendo la consistencia del cuero. Subió los peldaños de piedra y escuchó junto a la puerta de la sala. ¡No se oía nada! Aquel encierro del señor Povey y Constanza era verdaderamente muy raro. Dio la vuelta a la casa, descendió sigilosamente la escalera retorcida y aplicó el oído con atención a la otra puerta de la sala. Captó un tenue ronquido regular. ¡El señor Povey, víctima del láudano y los mejillones, estaba durmiendo mientras Constanza trabajaba en su pantalla de chimenea! ¡Ahora sí que resultaba raro el encierro del señor Povey y Constanza, más que cualquier cosa que Sofía hubiese experimentado! Quería entrar en la sala, pero no se decidió a hacerlo. Se marchó con igual sigilo, desamparada y desconcertada, y a continuación se halló en el dormitorio que compartía con Constanza en lo alto de la casa; en la penumbra, se tendió en la cama y empezó a leer La vida de Bruce, pero leía sólo con los ojos.
Luego oyó movimiento en la escalera y el familiar crujido quejumbroso de la puerta al pie de aquélla. Se deslizó velozmente hasta la del dormitorio.
—Buenas noches, señor Povey. Espero que haya podido dormir.
¡La voz de Constanza!
—Es probable que me vuelva otra vez.
¡La voz del señor Povey, pesimista!
Después, un ruido de puertas que se cerraban. Casi había anochecido. Volvió a la cama, esperando la visita de Constanza. Pero un reloj dio las ocho y todos los diversos fenómenos relacionados con la partida del señor Critchlow sucedieron uno tras otro. Al mismo tiempo regresó Maggie del país de lo novelesco. ¡Luego, un largo silencio! Constanza estaba ahora enclaustrada con su padre, pues era su «turno» para cuidar de él; Maggie estaba fregando en su cueva y el señor Povey había desaparecido en su dormitorio. Entonces Sofía oyó a su madre llamar a la puerta de King Street a su manera viva e imperiosa. En la habitación, la penumbra había dejado paso definitivamente a la oscuridad nocturna. Sofía se adormeció y soñó. Cuando se despertó oyó llamar a una puerta. Se levantó de un salto, salió de puntillas al descansillo y se asomó por la balaustrada, desde donde se divisaba todo el pasillo del primer piso. Habían encendido el gas; por la abertura redonda del globo de porcelana veía la llama ondulante. Era su madre, aún con el sombrero puesto, la que estaba llamando a la puerta de la habitación del señor Povey. Constanza se hallaba en la puerta de la habitación de su padre. La señora Baines llamó dos veces con un intervalo y después dijo a Constanza en un sonoro susurro que vibró por el pasillo:
—Parece estar profundamente dormido. Será mejor que no lo moleste.
—Pero ¿y si necesita algo por la noche?
—Bueno, niña, ya lo oiría yo moverse. Lo que más le conviene es dormir.
La señora Baines abandonó al señor Povey a los efectos del láudano y se marchó por el corredor. Era una mujer robusta, toda tela negra y cadena de oro, y su falda llenaba de sobras la anchura del pasillo. Sofía observó su gesto habitual al subir con esfuerzo los dos peldaños que dotaban de variedad al pasillo. Se detuvo junto al surtidor del gas y, poniendo la mano en la llave, dirigió la vista dentro del globo.
—¿Dónde está Sofía? —preguntó, con los ojos fijos en el gas mientras bajaba la llama.
—Debe de estar en la cama, madre —dijo Constanza con aire despreocupado.
Luego Constanza y su madre desaparecieron en el dormitorio y la puerta se cerró con un golpe suave y decisivo que dio a la silenciosa observadora del piso de arriba la impresión de crear una intimidad especial y excluyente entre las figuras de Constanza y su padre y su madre. La observadora se preguntó, no sin sentir el aguijón de los celos, de qué podrían estar hablando en el gran dormitorio; imaginó la larga barba de su padre meneándose débilmente y sus largos brazos sobre el cubrecama, a Constanza apoyada en un poste del pie de la cama y a su madre yendo de acá para allá, dejando su broche de camafeo en el tocador o estirando las arrugas de sus guantes. Era indudable que, de alguna sutil manera, Constanza tenía con sus padres una relación de mayor confianza que Sofía.
III
Cuando Constanza se fue a dormir, media hora después, Sofía estaba ya en la cama. La habitación era considerablemente espaciosa. Era el retiro y la fortaleza de las muchachas desde sus primeros años. Sus características eran para ellas tan naturales e inalterables como las de una cueva para un cavernícola. Se había vuelto a empapelar dos veces en vida de ellas y cada papel se destacaba en su memoria como una época; la tercera época se debía a la sustitución de una estera de lana por una resplandeciente alfombra vieja degradada del salón. Había una sola cama; los postes eran de hierro pintado; en aquella cama nunca se molestaban la una a la otra, pues dormían tan alejadas como si estuvieran en lados contrarios de la Plaza de San Lucas; sin embargo, si Constanza se hubiera acostado una noche en el lado de la ventana en vez de en el lado de la puerta sería como si se hubiese alterado la naturaleza secreta del universo. La pequeña chimenea estaba llena de una masa de recortes de papel de plata; ahora, las escasas enfermedades que habían padecido eran recordadas sobre todo como unas épocas en que se embutía el papel de plata en una gran caja de zapatillas que estaba colgada junto a la chimenea y en las que un fuego de brasas reinaba antinaturalmente en su sitio; el papel de plata formaba parte del orden del mundo. La ventana de guillotina no funcionaba del todo bien a causa de un leve rehundimiento de la pared, e incluso cuando estaba cerrada había siempre una estrecha rendija a la izquierda, entre la ventana y el marco; por esta rendija entraban corrientes, de modo que se recordaban escarchas muy acerbas por las noches, cuando el señor Baines hacía forzar la ventana y sujetarla totalmente subida por medio de cuñas; la rendija por la que entraba la intemperie formaba parte del orden del mundo.
Poseían sólo una cama, un lavabo y un tocador, pero en otros aspectos eran unas muchachas muy afortunadas, pues tenían dos armarios de caoba; esta mutua independencia en lo tocante a armarios se debía en parte al profundo sentido común de la señora Baines y en parte a la tendencia de su padre a mimarlas un poco. Tenían además una cómoda de frente curvado, estructura de la cual Constanza ocupaba dos cajones cortos y uno largo y Sofía dos largos. Sobre ella había dos costureros de fantasía, en los cuales cada una de las hermanas guardaba joyas, una libreta de ahorros y otros tesoros; estos costureros eran absolutamente sagrados para las respectivas propietarias. Eran distintos, pero ninguno más magnífico que el otro. Antes bien, era la norma de la habitación una rígida igualdad, cuya única excepción era que detrás de la puerta había tres ganchos, de los cuales Constanza mandaba sobre dos.
—Bueno —empezó Sofía—; ¿cómo está nuestro querido señor Povey? —Estaba tendida de espaldas y sonreía a sus dos manos, que levantaba delante de sí.
—Durmiendo —dijo Constanza—. Al menos eso cree mamá. Dice que lo que más le conviene es dormir.
—Es probable que le vuelva otra vez —dijo Sofía.
—¿Qué dices? —inquirió Constanza, que se estaba desnudando.
—Que es probable que le vuelva otra vez.
Aquellas palabras eran cita de las pronunciadas por el querido señor Povey en la escalera, y Sofía las dijo imitando con exactitud el manierismo vocal del señor Povey.
—Sofía —dijo Constanza con firmeza, acercándose a la cama—, ¡ojalá no fueras tan boba! —Con benevolencia, había pasado por alto la nota satírica que había en la primera observación de Sofía, pero un poderoso instinto se alzó en ella y se opuso a nuevas burlas—, ¡Desde luego, ya has hecho bastante para un solo día! —añadió.
Como respuesta, Sofía estalló en violentas carcajadas que ni intentó reprimir. Se rió demasiado tiempo y demasiado libremente, mientras Constanza la miraba fijamente.
—¡No me explico qué es lo que te ha pasado! —exclamó Constanza.
—¡Es que no puedo mirarla sin que me dé un ataque! —jadeó Sofía. Y mostró un diminuto objeto que tenía en la mano izquierda.
Constanza se sobresaltó, ruborizándose.
—¡No querrás decir que te la has guardado! —protestó con seriedad—. ¡Eres horrible, Sofía! Dámela ahora mismo para tirarla. Nunca he sabido de nadie que haya hecho nada parecido. ¡Dámela ahora mismo!
—¡No! —se negó Sofía, riendo aún—. No me separaría de ella por nada del mundo. ¡Es monísima!
Riéndose había desechado todo su secreto resentimiento contra Constanza por no haberle hecho caso en toda la tarde y por tener tanta intimidad con sus padres. Y estaba dispuesta a estar sinceramente jovial con Constanza.
—¡Dámela! —dijo Constanza con obstinación.
Sofía escondió la mano bajo sus ropas. —Quédate con ese otro viejo trozo, cuando aparezca, si quieres. Pero no con éste. ¡Qué lástima que sea el que no era!
—¡Sofía, me avergüenzo de ti! Dámela.
Entonces fue cuando Sofía se dio cuenta de lo seria que estaba Constanza. Se sintió asombrada y un poco intimidada por ello. Pues la expresión de Constanza, habitualmente tan benigna y serena, era dura, casi feroz. Sin embargo, Sofía tenía mucho de lo que se denomina «espíritu» y ni siquiera la ferocidad en el rostro de la blanda Constanza podía intimidarla más que unos pocos segundos. Su alegría se apagó y dejó de reír.
—No he dicho nada a mamá… —prosiguió Constanza.
—Espero que así sea —dijo Sofía lacónicamente.
—Pero de verdad que se lo diré si no tiras eso —acabó Constanza.
—Puedes decirle lo que quieras —replicó Sofía, añadiendo despectivamente un término oprobioso que estaba pasado de moda desde hacía mucho tiempo—. ¡Acusica!
—¿Vas a dármela o no?
—¡No!
Súbitamente se inició una batalla en la habitación. La atmósfera se alteró totalmente, como por arte de magia. La belleza de Sofía, la ternura angelical de Constanza y el encanto juvenil e inocente de las dos se transformaron en algo siniestro y cruel. Sofía se recostó en la almohada rodeada de su oscuro cabello y clavó la vista con expresión de implacable desafío en los airados ojos de Constanza, que se erguía amenazante junto a la cama. Oían el silbido del gas sobre el tocador; sus corazones enviaban la sangre a las venas en desenfrenadas palpitaciones. Dejaron de ser jóvenes sin hacerse viejas; lo eterno había salido bruscamente de su sueño en ellas.
Constanza se dirigió al tocador, se soltó el pelo y empezó a cepillárselo, echando la cabeza hacia atrás, sacudiéndola e inclinándose hacia delante en los invariables gestos de ese rito. Estaba tan perturbada que sin darse cuenta había invertido el orden habitual de su toilette. Al momento Sofía se deslizó de la cama y, acercándose descalza a la cómoda, abrió su costurero y depositó el fragmento del señor Povey en su interior; dejó caer la tapa con un golpe intransigente, como si dijera: «¡A ver si a mí se me pisotea, señorita!». Sus ojos se encontraron en el espejo. Luego Sofía se volvió a la cama.
Pasados cinco minutos, cuando hubo terminado con su cabello, Constanza se arrodilló y rezó sus oraciones. Después de rezar, fue derecha al costurero de Sofía, lo abrió, cogió el fragmento del señor Povey, corrió a la ventana y lo tiró con frenesí a la Plaza metiéndolo por la rendija.
—¡Allá va! —exclamó con nerviosismo.
Ejecutó aquella inconcebible transgresión del código del honor, que superaba toda fechoría, antes de que Sofía pudiera recuperarse de la estupefacción de ver su sagrada caja insolentemente violada. En un solo instante, uno de los grandes ideales de Sofía quedó totalmente destruido, y encima por obra del ser más dulce y gentil que jamás conociera. Fue una reveladora experiencia para Sofía… y también para Constanza. Y les espantó a las dos por igual. Sofía, con la mirada fija en el texto que decía «Dios, tú me ves», enmarcado en paja y sobre la cómoda, no se movió. Estaba derrotada y se sentía tan profundamente conmovida en su derrota que ni siquiera reflexionaba acerca de la evidente ineficacia de los textos ilustrados para disuadir a los malhechores. ¡Tampoco es que le importara un bledo el fragmento del señor Povey! Era el aspecto moral del asunto y el sorprendente e inexplicable cambio sufrido por el carácter de Constanza lo que la dejó estupefacta, obligándola a aceptar en silencio lo inevitable.
Constanza, temblando, se esforzó en concluir de desnudarse con digna parsimonia. La conducta de Sofía al recibir el golpe parecía demasiado buena para ser verdad, pero le dio valor. Al cabo de un buen rato cerró el gas y se acostó junto a Sofía. Y se removió un poco y luego hubo silencio por un tiempo.
—Y, por si te interesa —dijo Constanza en un tono que mezclaba la cordialidad con la rectitud—, mamá ha decidido con la tía Harriet que las dos dejemos el colegio el próximo curso.