CAPÍTULO IV

UN CRIMEN

 

I

 

—Y ahora, señor Cyril —protestó Amy—, ¿quiere dejar ese fuego en paz? No es usted quien tiene que arreglar mis fuegos.

Un niño de nueve años, grande y corpulento para su edad, de cara redonda y cabello muy corto, se inclinaba sobre la humeante parrilla. Eran las ocho menos cinco de una fría mañana, después de Pascua. Amy, apresuradamente vestida con un traje azul y un basto delantal marrón encima, estaba poniendo la mesa del desayuno. El niño volvió la cabeza, todavía inclinado.

—Cállate, Ame —replicó sonriendo. Como la vida es corta, solía llamarla Ame cuando estaban solos—. Si no, te daré en el ojo con el atizador.

—Debería avergonzarse de sí mismo —dijo Amy—. Ya sabe que su mamá le dijo que se lavara los pies esta mañana y no lo ha hecho. La ropa bonita está muy bien, pero…

—¿Quién ha dicho que no me he lavado los pies? —preguntó Cyril con expresión culpable.

La alusión de Amy a la ropa bonita tenía que ver con el hecho de que aquella mañana el niño se había puesto su traje de los domingos en un día de semana por primera vez.

—Lo digo yo —respondió Amy.

Seguía teniendo el triple de años que él, pero siempre se habían tratado como iguales en lo intelectual.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Cyril, cansado del fuego.

—Porque lo sé —dijo Amy.

—¡Pues entonces no lo sabes! —dijo Cyril—¿Y tus pies qué? Me daría pena verte los pies, Ame.

Amy, justificablemente, se enfadó. Sacudió la cabeza.

—Mis pies están tan limpios como los suyos cualquier día —dijo— Y se lo diré a su mamá.

Pero él no quiso dejar sus pies tranquilos y siguió uno de esos monótonos e inacabables altercados sobre un tema único que tienen lugar con tanta frecuencia entre iguales intelectuales cuando el uno es el joven hijo de la casa y la otra una sirvienta establecida que lo adora. Las mentes refinadas habrían hallado repugnante la charla, pero el sentimiento de repugnancia era al parecer desconocido para los dos reñidores. Al final, cuando Amy, valiéndose de una táctica superior, lo había arrinconado, Cyril dijo de pronto:

—¡Oh, vete al diablo!

Amy dio un golpe con el cucharón de la salsa.

—Ahora sí que se lo voy a decir a su mamá. Fíjese lo que le digo, esta vez sí que se lo voy a decir.

Cyril pensó que en efecto había ido demasiado lejos. Estaba totalmente seguro de que Amy no se lo diría a su madre. Y no obstante, ¡si por algún fenómeno insólito de su naturaleza lo hiciera! Las consecuencias serían indescriptibles; serían algo más que acabar con su íntima gloria en el uso de tan briosa palabra. Así que se rió —fue una risa tonta, nerviosa —para tranquilizarse.

—No te atreverás —dijo.

—¿Que no? —dijo ella en tono adusto—. Ya lo verá. ¡No sé dónde lo aprende! ¡No lo puedo entender! Pero a Amy Bates no le dice palabrotas nadie. ¡En cuanto entre su mamá en esta habitación!

La puerta del pie de la escalera crujió y Constanza entró en la habitación. Llevaba un vestido de merino color magenta; una cadena de oro le bajaba desde el cuello, cruzando su abundante seno. Apenas se le notaban los cinco años que habían pasado. Sería una sorpresa que la hubiesen alterado mucho, pues los años habían pasado sobre su cabeza con una velocidad increíble. A ella le parecía que habían pasado sólo unos meses desde la primera y última fiesta de Cyril.

—¿Estás preparado ya, corazón? Deja que te vea —saludó Constanza al chico con su habitual energía, alegre y suave.

Cyril echó una mirada a Amy, que volvió la cabeza y se dedicó a meter cucharas en tres platos.

—Sí, mamá —replicó con una voz nueva.

—¿Hiciste lo que te dije?

—Sí, mamá —dijo sin más.

—Está bien.

Amy hizo un ligero ruido con los labios y se fue.

Estaba salvado una vez más. Se dijo que nunca más permitiría que su alma se viese perturbada por una amenaza de la vieja Ame.

Constanza se metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete duro envuelto en papel, con el que dio un golpecito en la cabeza de su hijo.

—¡Ay, mamá! —fingió que le había hecho daño; luego abrió el paquete. Contenía caramelos Congleton, un dulce que se tenía por inofensivo.

—¡Bien! —exclamó— ¡Bien! ¡Oh, gracias, mamá!

—Pero no empieces a comértelos ahora mismo.

—Sólo uno, mamá.

—¡No! ¡Y cuántas veces te he dicho que no pongas los pies en ese guardafuegos! Mira cómo está de doblado. Y no lo hace nadie más que tú.

—Lo siento.

—No sirve de nada decir que lo sientes si sigues haciéndolo.

—¡Ah, mamá, he tenido un sueño más divertido…!

Estuvieron charlando hasta que subió Amy con té y bacon. El fuego había pasado de negro a rojo vivo.

—Corre a decirle a papá que ya está el desayuno.

Al cabo de poco rato entró desde la tienda un hombre de cincuenta años con gafas, bajo y rechoncho, con el pelo gris y una barbita medio gris, medio negra. A Samuel se le notaban mucho los años, sobre todo en los gestos, que sin embargo seguían siendo rápidos. Se sentó inmediatamente —su mujer y su hijo estaban ya sentados— y sirvió el bacon con la veloz seguridad de quien no necesita preguntar acerca de gustos y apetitos. No se dijo una palabra, con excepción de una breve observación humorística de Samuel. Pero no había circunspección alguna. Samuel tenía una expresión blanda y benévola. Los ojos de Constanza eran una fuente de jovialidad. El muchacho estaba entre ellos, comiendo sin parar.

¡Una criatura misteriosa, aquel niño que crecía y crecía misteriosamente en la casa! Para su madre era una deliciosa alegría en todo momento salvo cuando desobedecía a su padre. Pero ahora llevaban mucho tiempo sin que hubiese tenido lugar un choque grave. El chico parecía estar ganando en virtud y en sentido común. Y lo cierto es que era encantador. Tan grandón (todo el mundo reparaba en ello) y sin embargo gracioso, ágil, con una sonrisa fascinadora. Sin hacer de menos a Samuel en su fiel corazón, Constanza veía claramente las singulares diferencias entre Samuel y el chico. Salvo en que era moreno y que de vez en cuando aparecía en aquellos ojos infantiles la «mirada peligrosa» de su padre, Cyril apenas se parecía ya de manera visible a éste. Era un Baines. Esto, naturalmente, aumentaba el orgullo familiar de Constanza. Sí; era misterioso para ella, aunque quizá no más que cualquier otro niño para cualquier otro progenitor. Era igualmente misterioso para Samuel, pero por lo demás el señor Povey había aprendido a verlo como si fuera un paquete que siempre estuviera tratando de envolver con un papel imperceptiblemente demasiado pequeño. Cuando conseguía envolver una esquina se salía por otra, y esto seguía sucediendo constantemente y nunca lograba atar la cuerda. No obstante, la confianza del señor Povey en su habilidad como empaquetador se mantenía incólume. El muchacho era extrañamente sutil unas veces, pero otras era asombrosamente ingenuo y sus artimañas no engañarían ni al más lerdo. El señor Povey sabía que su hijo no podía competir con él; estaba orgulloso de él porque consideraba que no era un chico corriente; daba por sentado que su hijo no podía ser un chico corriente. Nunca o muy rara vez elogiaba a Cyril. Cyril tenía a su padre por un hombre que, en respuesta a cualquier petición, empezaba siempre contestando con un serio y pensativo «No, me temo que no».

—¡Ya veo que no has perdido el apetito! —comentó su madre.

Cyril sonrió.

—¿Pensabas que lo iba a perder, mamá?

—Déjame ver —dijo Samuel como recordando vagamente un hecho sin importancia—. Es hoy cuando empiezas a ir al colegio, ¿no?

«¡Ojalá no fuera papá tan borrico!», reflexionó Cyril. Y, teniendo en cuenta que este comienzo del colegio (del colegio de verdad, no de un colegio de niñas, como antes) había constituido el tema principal en la casa durante días y semanas; teniendo en cuenta que ocupaba y llenaba todos los corazones, la reflexión de Cyril era justificable.

—Y bien, hijo mío, hay algo que debes recordar siempre —dijo el señor Povey—. La puntualidad. Nunca llegues tarde ni al ir al colegio ni al volver a casa. Y, para que no tengas ninguna excusa —el señor Povey acentuó la palabra «excusa», como si condenase a Cyril anticipadamente—, aquí hay algo para ti —dijo las últimas palabras con celeridad, con una suerte de modesta vergüenza.

Era un reloj de plata con su cadena.

Cyril se quedó estupefacto. Constanza también, pues el señor Povey sabía matarlas callando. De tarde en tarde daba pruebas, así, de ser un alma grande, capaz de acciones sublimes. El reloj era una eflorescencia única del profundo aunque áspero afecto del señor Povey. Allí estaba, sobre la mesa, como un milagro. Aquél fue un gran día, un día de lo más emocionante de la historia de Cyril y no menos de la de sus padres.

El reloj le quitó el apetito a su dueño.

Aquella mañana se dejó de lado la rutina. El padre no volvió a la tienda. Al final llegó el momento en que se puso el abrigo y el sombrero para llevar a Cyril y al reloj y la cartera de Cyril al colegio, que tenía su sede en el Instituto Wedgwood, cerca de allí. ¡Fue una partida solemne, y Cyril no pudo fingir con su comportamiento que no lo era! Constanza quería darle un beso, pero se contuvo. A él no le habría gustado. Los contempló desde la ventana. Cyril era casi tan alto como su padre, es decir, no era casi tan alto como él, pero le iba llegando al hombro. Pensó que los ojos de la ciudad estaban sin duda fijos en la pareja. Se sentía muy feliz y nerviosa.

A la hora de comer parecía probable el triunfo; a la hora del té, cuando llegó Cyril a casa debajo de un birrete y con la cartera llena de libros nuevos y la cabeza llena de ideas nuevas, el triunfo se logró clara y verdaderamente. Lo habían puesto en tercer curso y anunció que pronto sería el primero. Estaba encantado con la vida en el colegio; le agradaban los demás chicos y al parecer él también agradaba a los demás. La cosa era que, con un reloj de plata nuevo y un paquete de dulces, había empezado su nueva carrera en las circunstancias más ventajosas. Además, poseía cualidades que le aseguraban el éxito en el colegio. Era grande y de trato fácil, tenía una sonrisa cautivadora y una señalada aptitud para aprender las cosas que los chavales insisten en enseñar a sus nuevos compañeros. Tenía músculos, comportamiento valeroso y ningún engreimiento.

Durante el té, la sala empezó a acostumbrarse a un nuevo vocabulario, que contenía palabras como «los tipos», «castigado», «escribir cien veces», «chorrada», «recreo», «de miedo». Los padres, en especial el señor Povey, se sintieron inclinados a desaprobar algunas de estas palabras, pero no pudieron hacerlo, pues por alguna razón no encontraron al parecer ocasión de hacerlo; fueron arrastrados por la corriente y, al fin y al cabo, el entusiasmo y el placer que sentían por la novedad, tan romántica, eran tan intensos y casi tan ingenuos como los de su hijo.

Demostró que a menos que le dejaran quedarse levantado hasta más tarde que antes no podría hacer los deberes y en consecuencia no podría mantener el puesto al que su talento le daba derecho. El señor Povey sugirió, aunque sin mucha convicción, que podía levantarse más temprano por la mañana. La propuesta fue rechazada de plano. Todos sabían y admitían que nada más que los escorpiones de la necesidad absoluta o una ocasión tremenda, como la de aquella mañana concreta, sacarían a Cyril de la cama antes de que le llegase de la cocina el olor del bacon. La mesa de la sala se consagró a sus lecciones. Se hizo de todos sabido que «Cyril estaba estudiando sus lecciones». Su padre examinó los nuevos libros de texto mientras Cyril, condescendientemente, le explicaba que todos los demás estaban superados y no valían. Su padre logró mantener una apariencia de conservar su equilibrio mental, pero no así su madre, que renunció, ella, que hasta aquel día, bajo la dirección del padre, le había enseñado casi todo lo que sabía; Cyril pasó por encima de ella entrando en regiones de conocimiento donde ella no tenía pretensión alguna de poder seguirlo.

Después de que los deberes estuvieran terminados, Cyril se limpiara los dedos con trozos de papel secante y su padre expresara su cualificada aprobación y se fuera a la tienda, Cyril dijo a su madre con la seductora vacilación que lo dominaba a veces:

—Mamá.

—¿Qué, cariño?

—Quiero pedirte un favor.

—Bien, ¿qué es?

—No; tienes que prometérmelo.

—Lo haré si puedo.

—Pero sí que puedes. No se trata de hacer. Se trata de no hacer.

—Venga, Cyril, suéltalo ya.

—No quiero que vengas más a verme cuando estoy dormido.

—Pero, grandísimo tonto, ¿qué diferencia hay porque estés dormido?

—No quiero que lo hagas. Es como si fuera un bebé. Algún día tendrás que dejar de hacerlo, conque igual te da que sea ahora.

Fue así como se propuso volver la espalda a su juventud.

Constanza sonrió. Era incomprensiblemente feliz. Continuó sonriendo.

—Entonces me lo prometes, ¿verdad, mamá?

Le dio unos golpecitos cariñosos en la cabeza con el dedal. Él lo entendió como un gesto de asentimiento.

—Eres un bebé —murmuró ella.

—Bueno, confío en ti —dijo él, sin hacer caso— Di «palabra de honor».

—Palabra de honor.

¡Con qué larga caricia lo siguieron sus ojos mientras subía a su habitación con sus grandes y desmañadas piernas! Sentía gratitud porque el colegio no hubiera contaminado a aquel adorable inocente. Si ella hubiera podido ser Ame durante veinticuatro horas, tal vez no hubiera vacilado en meterle mantequilla en la boca sin temor a que se fundiera.

El señor Povey y Constanza estuvieron hasta tarde hablando en voz baja aquella noche. Ninguno de los dos podía dormir; sentían pocos deseos de dormir. El rostro de Constanza decía a su marido: «Siempre he defendido a ese chico, a pesar de tus severidades; ¡ya ves cuánta razón tenía!». Y el rostro del señor Povey decía: «Ya ves el brillante éxito de mi sistema. Ya ves cómo se justifican mis teorías educativas. Nunca había ido al colegio, excepto a esa espantosa escuela de niñas, y va casi derecho al primer puesto del tercer curso, ¡a los nueve años!». Discutieron su futuro. Puede que no fuera una locura discutir su futuro hasta cierto punto, pero los dos pensaban que discutir la carrera definitiva de un niño de nueve años no era propio de un progenitor sensato, sólo los estúpidos tendrían semejante pasión. No obstante, los dos se morían por discutir su carrera definitiva. Constanza cedió antes a la tentación. El señor Povey se burló de ella y luego, para seguirle la corriente, cedió también. La cuestión estuvo enseguida sobre el tapete. Constanza se sintió también aliviada al ver que el señor Povey no había pensado en modo alguno en poner a Cyril en la tienda. No; el señor Povey 110 deseaba cortar madera con una hoja de afeitar. Su hijo debía ascender y ascendería. ¡Médico! ¡Notario! ¡Abogado! Abogado no; era una fantasía. Cuando llevaban media hora discutiendo, el señor Povey insinuó repentinamente que la conversación era indigna del práctico sentido común de ambos y se durmió.

 

 

 

II

 

Nadie pensaba realmente que aquel ideal estado de cosas durase mucho: una empresa iniciada con tal gloria está sin duda abocada a atravesar períodos de dificultad e incluso de desastre temporal. Mas ¡no! Cyril parecía estar especialmente hecho para el colegio. Antes de que el señor Povey y Constanza se hubiesen acostumbrado del todo a ser los padres de «un gran chico», antes de que Cyril hubiera roto el cristal de su milagroso reloj más de una vez, el trimestre de verano había terminado y llegó la excitación de la entrega de premios, como se denominaba; en aquella época los colegios más pequeños no habían tenido la desfachatez de llamar «día de entrega de premios» a la ceremonia de finalización de las clases. Dicha entrega proporcionó una alegría especial al señor y a la señora Povey. Aunque los premios eran notablemente escasos en número —en parte para aumentar su importancia, en parte para reducir su coste (la fundación era pobre)—, Cyril obtuvo un premio, una caja de instrumentos geométricos de precisión; también llegó al primer puesto de su clase y fue ascendido al formidable cuarto curso. Samuel y Constanza fueron recibidos una tarde estival en el gran salón del Instituto Wedgwood y vieron a toda la Junta de Gobierno en un estrado y, en medio, lo que él definió con su aristocrático acento londinense como «una mísera colección de recompensas», al anciano y famoso sir Thomas Wilbraham, ex diputado y el último respetable miembro de su antiguo linaje. Y sir Thomas entregó a Cyril la caja de instrumentos y le estrechó la mano. Y todo el mundo iba muy bien vestido. Samuel, que nunca había ido más que a una escuela nacional, recordaba los sencillos rigores de su propia infancia y se inflaba; ciertamente figuraba entre los más ricos de los padres presentes. Cuando, en la informal promiscuidad que siguió a la entrega de premios, Cyril se reunió con su padre y con su madre, hicieron tímidamente todo lo posible, como es debido, para restar importancia a los logros de su hijo y no lo consiguieron. Las paredes del salón estaban cubiertas de productos de la habilidad de los alumnos; se observó que el director llamaba la atención de los notables hacia un mapa de Irlanda hecho por Cyril. Estaba claro que era un mapa de Irlanda, pues Irlanda era el mapa que elige todo colegial que se ponga a dibujar un mapa cuando tiene libertad para elegir. Para un chico de tercer año se consideró una obra maestra. En el sombreado de montañas Cyril era ya un prodigio. Nunca había indicado un miembro de la escuela los Montes Macgillicuddy —se dijo— con un sutil refinamiento más sorprendente que el joven Povey. Por un justo orgullo de sí mismos, por temor a ser secretamente acusados de ostentación por otros padres, Samuel y Constanza no se acercaron a aquel mapa. Por lo demás, habían vivido semanas con él y Samuel (que al fin y al cabo estaba decidido a no quedarse a la altura del betún con su hijo) le había raspado una mancha de una manera tan perfecta que desafiaba el examen más inquisitivo.

La fama de aquel mapa, añadida a la caja de compases y al propio deseo de Cyril, señalaban una carrera artística. Cyril dibujaba y pintarrajeaba desde siempre; el maestro de dibujo del colegio, que era también profesor de la Escuela de Arte, había sugerido que acudiese a ésta una tarde a la semana. Samuel, sin embargo, no quiso ni oír hablar de ello: Cyril era demasiado pequeño. Es cierto que Cyril era demasiado pequeño, pero la verdadera objeción de Samuel era que Cyril saliera solo tan tarde. En esto se mostró inflexible.

Los miembros de la Junta habían descubierto recientemente que en un buen colegio hacía falta una sección de deportes y habían alquilado allá en Bleakridge un campo para cricket, fútbol y otros juegos, una innovación que demostraba que la ciudad avanzaba con los veloces tiempos. En junio se abrió el campo después de las horas de clase hasta las ocho de la tarde y los sábados. El propietario se enteró de que Cyril tenía talento para el cricket; el muchacho quería practicarlo por las tardes y estaba totalmente dispuesto a obligarse con juramentos bíblicos a levantarse por la mañana a la hora que fuera para estudiar. No tenía muchas esperanzas de que su padre dijera «sí», ya que su padre nunca decía «sí», pero de todas formas se lo pidió. Samuel lo dejó perplejo diciéndole que las tardes que hiciese buen tiempo, cuando pudiera dejar la tienda, iría a Bleakridge con su hijo. A Cyril no le gustó ni lo más mínimo. Con todo, se podía intentar. Fueron una tarde en el nuevo tren que había sustituido a los viejos tranvías de caballos y que hacía todo el trayecto hasta Longshaw, un lugar que Cyril sólo conocía de oídas. Samuel hablaba de los juegos que se practicaban en las Cinco Ciudades en su juventud, del titánico deporte de las barras, cuando el equipo de una «orilla» acudía al desafío de la otra «orilla» precedido de una banda de tambores y pífanos y cuando, en el acaloramiento de la persecución, un hombre podía incluso saltar al canal para escapar de su perseguidor; Samuel no había jugado nunca al cricket.

Samuel, con un nieto muy joven de Fan (que había fallecido), se sentó con dignidad en la hierba y observó a su jugador por espacio de una hora (mientras Constanza no perdía de vista la tienda y supervisaba su cierre). Después, Samuel llevó de nuevo a casa a Cyril. Al cabo de dos días el padre se ofreció motu proprio a repetir la experiencia. Cyril se negó. En el ínterin se le habían hecho insinuaciones en el colegio de que era un crío en mantillas.

Con todo, en otros aspectos Cyril resultaba a veces sorprendentemente victorioso. Por ejemplo, un día llegó a casa con la información de que un perro que no es un bullterrier no es digno de llamarse perro. Al nieto de Fan se lo había llevado un hueso de pollo que le perforó las entrañas y Cyril consiguió convencer a su padre de que comprase un fox terrier. El animal era de una fealdad superlativa, pero padre e hijo rivalizaban en los elogios de su extraordinaria belleza y Constanza, por su buen natural, se unió a la ficción. Lo llamaron León; la tienda, tras uno o dos episodios indecorosos, le fue absolutamente prohibida.

Pero el más asombroso de los éxitos de Cyril tuvo que ver con la cuestión de las vacaciones anuales. Empezó a hablar del mar a poco de convertirse en un colegial. Al parecer, su completo desconocimiento del mar le resultaba perjudicial en el colegio. Además, siempre le había entusiasmado el mar; había dibujado cientos de barcos de tres palos con las bonetas desplegadas y sabía qué diferencia hay entre un bergantín y una goleta. La primera vez que dijo: «Oye, mamá, ¿por qué no vamos este año a Llandudno en vez de a Buxton?», su madre pensó que se había vuelto loco, pues la idea de ir a cualquier sitio que no fuese Buxton era inconcebible. ¿No habían ido siempre a Buxton? ¿Qué diría su casera? ¿Cómo podrían volver a mirarla a la cara? Además…, ¡bueno…! Fueron a Llandudno, bastante asustados y sin saber el cambio que había acontecido. Pero fueron. Y fue la fuerza de la voluntad de Cyril, en teoría un cero a la izquierda, la que los llevó.

 

 

 

III

 

El traslado del colegio a unos locales más espaciosos en Shawport Hall, una antigua mansión con cincuenta habitaciones y cinco hectáreas de terreno alrededor, no fue un cambio muy del agrado de Samuel y Constanza Reconocían sus ventajas en punto a higiene, pero Shawport Hall se hallaba a tres cuartos de milla de la Plaza de San Lucas, en la hondonada que separa Bursley de su suburbio de Hillport, mientras que el Instituto Wedgwood estaba a un minuto escaso. Fue como si Cyril, la mañana que partió para Shawport Hall, saliese de su esfera de influencia. Estaba a leguas de distancia, haciendo Dios sabía qué. Además, su tiempo para la comida se acortó a causa del tiempo extra requerido para el viaje de ida y vuelta y llegaba tarde al té; se puede decir que a menudo llegaba muy tarde al té; toda la maquinaria de éste resultó perturbada. A Samuel y Constanza aquellas cosas les parecían enormemente importantes, como si amenazaran los cimientos mismos de la existencia. Luego se fueron acostumbrando al nuevo orden y a veces, cuando pasaban por delante del Instituto Wedgwood y el insalubre patio, antaño único terreno de juego de los chicos, se asombraban de que el colegio pudiera habérselas «apañado» en los estrechos dominios que en tiempos le fueran asignados.

Cyril, aunque obtenía constantes éxitos en el colegio, iba hacia arriba, traía a casa infaliblemente buenos informes y recibía premios con regularidad, fue resultando cada vez menos satisfactorio en casa. De vez en cuando se quedaba castigado; aunque su padre fingía opinar que quedarse castigado era un baldón en el honor de una familia intachable, Cyril seguía quedándose castigado: un pecador empedernido que había perdido la vergüenza. Pero no era esto lo peor. Lo peor era, sin duda alguna, que Cyril se estaba volviendo «grosero». No se podía formular contra él ninguna acusación concreta; el delito era general, vago, permanente; estaba en todo lo que hacía y decía, en todos sus gestos y movimientos. Gritaba, silbaba, cantaba, golpeaba el suelo con los pies, tropezaba, embestía. Omitía ritos vacíos como decir «sí» o «por favor» y limpiarse la nariz. Contestaba con aspereza e indiferencia a preguntas corteses o no contestaba hasta que se le repetía la pregunta, y aun entonces con un aire «absorto» que no era auténtico. Daba pena ver los cordones de sus zapatos; sus uñas no estaban como para que las viera una mujer decorosa; su pelo era tan desastrado como su conducta; casi hacía falta amenazarlo con una pistola para que se pusiese aceite capilar. En suma, ya no era el pulcro muchachito de antes. Se había deteriorado sin lugar a dudas. ¡Qué doloroso! Pero ¿qué se puede esperar cuando el chico de uno se ve obligado, mes tras mes y año tras año, a asociarse con otros chicos? Al fin y al cabo era un buen chico, se decía Constanza, a menudo a sí misma y de vez en cuando a Samuel. Para Constanza, su encanto se renovaba eternamente. Su sonrisa, sus frecuentes ingenuidades, su gracioso gesto de timidez cuando quería «engatusarla»; no perdía aquellas características, y tampoco su puro corazón; ella podía leerlo en sus ojos. Samuel era hostil a su gusto por los deportes y a sus triunfos en ellos, pero para Constanza eran un orgullo. Le gustaba tocarlo y mirarlo, y percibir aquel ligero olor a sudor que se adhería a su ropa.

Así llegó a los trece años. Y sus padres que, a pesar de la idea que tenían de sí mismos como unos despabilados progenitores, eran una pareja sencilla, nunca sospecharon que su corazón, que imaginaban todavía puro, se había convertido en una horrible masa de corrupción.

Cierto día se personó el director en la tienda. Ahora bien, ver al director de un colegio paseándose por la ciudad en horas de clase es un espectáculo que sobresalta y puede producir la misma extraña impresión que tiene uno cuando, a solas en una habitación, cree ver moverse algo que no debería moverse. El señor Povey se sobresaltó. Al señor Povey le latía con fuerza el corazón cuando condujo al director al rincón apartado en el que se encontraba su pupitre. «¿Qué se le ofrece?», estuvo a punto de decir al director. Pero no lo dijo. Estaba claro que el horno no estaba para bollos. El director estuvo cosa de un cuarto de hora hablando al señor Povey en voz cautelosamente baja y después dio por terminada la entrevista. El señor Povey lo acompañó cruzando la tienda y el director dijo en voz normal:

—Por supuesto, no es nada. Pero mi experiencia es que más vale asegurarse, y pensé decírselo. Hombre prevenido vale por dos. Tengo que ver a otros padres.

Se estrecharon la mano en la puerta. Después el señor Povey salió a la calle y, delante de toda la Plaza, detuvo otro minuto al reacio director.

Estaba muy sonrojado cuando volvió a entrar en la tienda. Las dependientas se encorvaron más sobre su trabajo. No corrió a la sala al momento a hablar con Constanza. Había adquirido la costumbre de llevar a cabo muchas operaciones con su sola inteligencia. La confianza que tenía en su propia capacidad había aumentado con el paso de los años. Además, en su fuero interno se había formado una imagen del señor Povey como la sede del gobierno y otra de Constanza y de Cyril como una especie de oposición permanente. No hubiera reconocido tener tal visión, pues era absolutamente leal a su esposa, pero allí estaba. Esta visión no confesada era una de las diversas causas que habían contribuido a intensificar su inherente tendencia hacia el maquiavelismo y el secreto. No dijo nada a Constanza ni tampoco a Cyril, pero, al encontrarse casualmente con Amy en el entresuelo, le vino la idea de interrogarla con severidad. El resultado fue que bajaron juntos al sótano, Amy llorando. A ésta se le ordenó estarse callada. Y como tenía un miedo cerval al señor Povey, se estuvo callada.

Durante varios días no ocurrió nada. Entonces, una mañana —era el cumpleaños de Constanza: los niños tienen casi siempre una suerte espantosa en la elección de días para pecar—, el señor Povey, que había realizado unos movimientos misteriosos en la tienda tras la marcha de Cyril al colegio, se encasquetó el sombrero y salió en persecución de Cyril, al que alcanzó en la esquina de Oldcastle Street y Acre Passage en compañía de otros dos muchachos.

Cyril se quedó como si se hubiese convertido en una estatua de sal.

—¡Vuelve a casa! —dijo severamente el señor Povey, y luego, por los otros chicos—: Disculpad.

—Pero voy a llegar tarde al colegio, papá —le apremió débilmente Cyril.

—No importa.

Cruzaron juntos la tienda, suscitando una tremenda emoción reprimida, y asustaron a Constanza al presentarse en la sala. Constanza estaba cortando paja y cintas para hacer un marco para un dibujo a la acuarela de una rosa de musgo que su hijo de puro corazón le había regalado para su cumpleaños.

—¿Qué…?, ¿cómo…? —exclamó. No dijo más en el momento porque estaba segura, por las caras de los dos, de que se avecinaban terribles acontecimientos.

—Deja la cartera —ordenó fríamente el señor Povey—. Y quítate la gorra —añadió con una entonación peculiar, como si se alegrara de probar con ello que Cyril era uno de esos chicos groseros a los que hay que decir que se quiten el sombrero dentro de una habitación.

—¿Qué es lo que pasa? —murmuró Constanza cuando Cyril obedeció la orden—, ¿Qué es lo que pasa?

El señor Povey no dio una respuesta inmediata. Estaba a cargo de aquellos procederes y deseaba fervientemente llevarlos a cabo con dignidad y total eficacia. Él, un hombrecillo grueso de más de cincuenta años, de rostro marchito y cabello y barba grises, estaba tan nervioso como un jovenzuelo. Y Constanza, corpulenta matrona que pasaba de los cuarenta, estaba tan nerviosa como una muchachita. Cyril se había puesto muy pálido. Los tres se estaban poniendo malos.

—¿Qué dinero llevas en los bolsillos? —preguntó el señor Povey a modo de inicio.

Cyril, que no había tenido oportunidad de preparar su defensa, no contestó nada.

—Ya has oído lo que he dicho —tronó el señor Povey.

—Llevo tres medios peniques —murmuró Cyril con desánimo, mirando al suelo. Su labio inferior parecía colgar precariamente separándose de la encía.

—¿De dónde los has sacado?

—Son parte de lo que me dio mamá —dijo el chico.

—Yo le di tres peniques la semana pasada —terció Constanza con aire culpable—. Hacía mucho que no tenía dinero.

—Si se lo diste tú, no hay más que decir —dijo rápidamente el señor Povey; luego, al muchacho—: ¿Es eso todo lo que llevas?

—Sí, papá —dijo él.

—¿Estás seguro?

—Sí, papá.

Cyril estaba jugando a un juego peligroso y arriesgando mucho, y con gran desventaja; actuó como pudo. Protegió sus intereses lo mejor que pudo.

El señor Povey se sintió obligado a correr un grave riesgo.

—Vacíate los bolsillos, pues.

Cyril, dándose cuenta de que había perdido aquella partida concreta, se vació los bolsillos.

—Cyril —dijo Constanza—, ¿cuántas veces te he dicho que cambies el pañuelo con más frecuencia? ¡Fíjate en ése!

¡Asombrosa criatura! ¡Estaba en el séptimo infierno de la aprensión y aun con todo dijo aquello!

Después del pañuelo apareció el habitual surtido de artículos que llevan los colegiales, útiles y mágicos, y finalmente ¡un florín[34] de plata!

El señor Povey se sintió aliviado.

—¡Oh, Cyril! —lloriqueó Constanza.

—Dáselo a tu madre —dijo el señor Povey.

El chico se adelantó torpemente y Constanza, llorando, tomó la moneda.

—Por favor, mírala, Constanza —le dijo su marido—. Y dime si lleva una cruz marcada.

Las lágrimas de Constanza no le permitían verla claramente. Tuvo que secarse los ojos.

—Sí —musitó débilmente—. Lleva algo.

—Eso pensé —dijo el señor Povey—, ¿De dónde la robaste? —interrogó.

—De la caja —respondió Cyril.

—¿Has robado algo de la caja antes?

—Sí.

—¿Sí, qué?

—Sí, papá.

—Sácate las manos de los bolsillos y ponte derecho, si no te importa. ¿Cuántas veces?

—No… no sé, papá.

—La culpa es mía —dijo con franqueza el señor Povey—, La culpa es mía. La caja tenía que estar siempre cerrada con llave. Todas las cajas tenían que estar siempre cerradas con llave. Pero pensábamos que podíamos confiar en las dependientas. ¡Si alguien me llega a decir que sería mi propio hijo el ladrón, habría…, bueno, no sé lo que habría dicho!

El señor Povey tenía motivos para culparse a sí mismo. El hecho era que el funcionamiento de aquella caja era una reliquia patriarcal que debía haber cambiado, pero jamás se le había ocurrido hacerlo, tan acostumbrado estaba a ella. En tiempos de John Baines, la caja, con sus tres compartimentos, dos para la plata y uno para el cobre (el oro no se metía nunca en ella), estaba invariablemente cerrada con llave. La persona a cargo de la tienda sacaba de ella el cambio para las dependientas o autorizaba temporalmente a una de ellas. El oro se guardaba en una bolsita de tela y ésta a su vez en un cajón del pupitre, cerrado con llave. El contenido de la caja no se comprobaba nunca mediante un sistema de teneduría de libros, ya que no lo había; cuando todas las transacciones, ya sean de pago ya de cobro, se hacen en efectivo —los Baines nunca tuvieron un penique fuera de las cuentas generales trimestrales, que eran liquidadas instantáneamente con los viajantes— no es indispensable un sistema de teneduría de libros. La caja estaba situada justo a la entrada de la tienda desde la casa; se hallaba en la parte más oscura de la tienda y el desdichado Cyril tenía que pasar todos los días por delante cuando se iba al colegio. Todo era perfecto para fabricar delincuentes juveniles.

—¿Y cómo te has estado gastando ese dinero? —inquirió el señor Povey.

Las manos de Cyril se deslizaron de nuevo en los bolsillos. Luego, dándose cuenta del descuido, las sacó.

—En dulces —dijo.

—¿Algo más?

—Dulces y cosas.

—¡Oh! —exclamó el señor Povey— Bien; ahora puedes bajar al sótano de la ceniza y traer todas las cosas que están en esa cajita del rincón. ¡Anda para allá!

Y para allá fue Cyril. Tuvo que pasar con aire fanfarrón por la cocina.

—¿Qué le dije, señor Cyril? —le preguntó Amy imprudentemente—, Bien se la ha cargado esta vez.

«Cargársela» era una palabra que había aprendido de Cyril.

—¡Tú sigue, vieja bruja! —gruñó Cyril.

Cuando volvió del sótano le dijo Amy, enfadada:

—Le dije que se lo diría a su padre la próxima vez que me llamara eso, y se lo voy a decir. Fíjese lo que le digo.

—¡Acusica! ¡Acusica! —replicó él—. ¿Te crees que no sé quién ha largado? ¡Acusica! ¡Acusica!

Arriba, en la sala, Samuel estaba explicando el asunto a su mujer. Había habido una auténtica epidemia de fumeteo en el colegio. El director lo había descubierto y, según esperaba, había acabado con ella. Lo que le había preocupado, mucho más que el que se fumase, fue que se había encontrado que unos cuantos chicos poseían pipas y boquillas caras. El director, astutamente, no confiscó aquellos artículos y se limitó a informar a los padres. En su opinión, aquellos artículos tenían un único origen, un ladrón generoso; dejaba a los progenitores la tarea de averiguar cuáles de ellos habían traído al mundo un ladrón.

Había obtenido más información de Amy; no quedaba duda de que Cyril había estado proporcionando a sus compinches utensilios de fumar, los medios para los cuales suministraba la caja. Había dicho a Amy que las cosas que escondía en el sótano eran regalos de hermanos de sangre. Pero el señor Povey no se lo creía. De todos modos había marcado todas las monedas de plata de la caja por tres noches consecutivas y había vigilado la caja por la mañana desde detrás de la pila de piezas de merino; el florín que estaba sobre la mesa de la sala revelaba su éxito como detective.

Constanza se sentía culpable por Cyril. Mientras el señor Povey exponía el caso, ella no podía librarse de una sensación completamente irracional de pecado, por lo menos de especial responsabilidad. Le parecía como si Cyril fuera hijo suyo y no de Samuel. Evitaba la mirada de su esposo. Aquello era muy raro.

Entonces volvió Cyril y sus padres compusieron su expresión; el muchacho depositó junto al florín una pipa de espuma de mar de imitación en un estuche, una petaca, un cigarro que tenía una punta carbonizada pero la otra sin cortar y un paquete de cigarrillos medio vacío, sin etiqueta.

Nada pudo ocultarse al señor Povey. Los detalles eran penosos.

—¡Así que Cyril es un mentiroso y un ladrón, dejando a un lado que fuma! —concluyó el señor Povey.

Hablaba como si Cyril hubiera inventado extraños y monstruosos pecados. Pero en el fondo de su corazón una vocecita le decía que, por lo que respecta a fumar, él había dado ejemplo. El señor Baines no fumaba. El señor Critchlow no fumaba. Sólo hombres como Daniel fumaban.

Hasta entonces, el señor Povey había llevado las cosas a su satisfacción. Había probado el delito. Había hecho confesar a Cyril. Se había desvelado todo el asunto. Bien, ¿y ahora, qué? Cyril tendría que haberse deshecho en arrepentimiento; tendría que haber ocurrido algo dramático. Pero Cyril se limitaba a estar allí con la cabeza baja y aspecto enfurruñado y daba señales de los sentimientos apropiados.

El señor Povey consideró que, hasta que sucediese algo, tenía que remachar el clavo.

—¡Resulta que el comercio va cada día peor —dijo (era verdad)—y tú robas a tus padres para convertirte en un bruto y corromper a tus compañeros! ¡Me pregunto si tu madre no notó nunca el olor!

—¡Yo nunca me imaginé una cosa así! —dijo Constanza con aflicción.

Además, un joven lo bastante inteligente como para robar una caja suele ser lo bastante inteligente como para averiguar que el secreto de la seguridad cuando se fuma es usar pastillas refrescantes y no guardar el tabaco en los bolsillos un minuto más de lo imprescindible.

—No hay modo de saber cuánto dinero has robado —dijo el señor Povey—, ¡Un ladrón!

Si Cyril hubiera robado pasteles, mermelada, cuerda, cigarrillos, el señor Povey nunca hubiera dicho «ladrón» como lo dijo. ¡Pero dinero! El dinero era diferente. Y una caja no era una alacena o una despensa. Una caja era una caja. Cyril había atentado contra la base misma de la sociedad.

—¡Y en el cumpleaños de tu madre! —dijo también el señor Povey—. ¡Sólo puedo hacer una cosa! —continuó— Puedo quemar todo esto. ¡Fundado en mentiras! ¿Cómo te has atrevido?

Y arrojó al fuego… no el cuerpo del delito sino el dibujo a la acuarela de la rosa y la paja y la cinta azul para las ramas de las esquinas.

—¿Cómo te has atrevido? —repitió.

—Nunca me das dinero —murmuró Cyril.

Consideraba que marcar monedas era un truco mezquino; sacar a colación la mala marcha del negocio y el cumpleaños de su madre despertaba un demonio familiar que por lo general dormía tranquilamente en su seno.

—¿Qué es lo que dices? —casi gritó el señor Povey.

—Que nunca me das dinero —repitió el diablo en un tono más alto del que había empleado Cyril.

(Era verdad. Pero Cyril «no tenía más que pedir» y se le hubiera dado todo lo que fuera bueno para él.)

El señor Povey se levantó de un salto. El señor Povey también tenía un demonio. Los dos demonios se miraron fijamente un instante; después, reparando en que la cabeza de Cyril estaba por encima de la del señor Povey, el demonio mayor se dominó. El señor Povey tuvo de repente todo el drama que quería.

—¡Vete a la cama! —dijo con dignidad.

Cyril se fue en actitud desafiante.

—No tomará más que pan y agua, Constanza —concluyó el señor Povey. En conjunto estaba complacido consigo mismo.

Más tarde Constanza informó llorosa de que había subido a ver a Cyril y que éste había estado llorando, lo cual hablaba en su favor. Pero todos pensaban que la vida ya no volvería a ser igual. Durante el resto de sus vidas, aquel horror indescriptible se interpondría entre ellos de un modo odioso. Constanza no había sido nunca tan desgraciada. Algunas veces, cuando estaba sola, se rebelaba por unos instantes de la manera en que uno se rebela contra una pantomima que se ve obligado a tratar en serio. «Al fin y al cabo —susurraba para sí—, ¡y si ha cogido unos cuantos chelines de la caja, qué! ¿Qué pasa? ¿Qué importancia tiene?». Pero aquel estado de ánimo de insurrección moral contra la sociedad y el señor Povey eran muy pasajeros. Venían y se iban en un abrir y cerrar de ojos.