CAPITULO I

LA FUGA

 

I

 

Su vestido, de sobria riqueza, tenia un aire rural, mientras ella esperaba, preparada para salir a la calle, en la habitación del hotel londinense la tarde del día 1 de julio de 1866, pero no había nada de provinciano en aquel bello rostro ni en aquel porte, a un tiempo tímido y altivo; y su anhelante corazón se elevaba por encima de las fronteras geográficas.

Era el Hotel Hatfield, en Salisbury Street, entre el Strand y el río. Calle y hotel han desaparecido en la actualidad, perdidos en los vastos cimientos del Savoy y el Cecil, pero el tipo de Hanfield se conserva, cada vez más decadente, en Jermyn Street. En 1866, con sus oscuros pasillos y retorcidas escaleras, sus velas, sus alfombras y tapicerías, que habían sobrevivido a sus modelos, su estrecho comedor donde un millar de atareadas moscas comen juntas en la única y larga mesa, su atmósfera acre y estancada y su molesta sensación de suciedad escondiéndose por todas partes, destacaba con justicia como un buen hotel moderno medio. La monotonía remendada y senil de la habitación componía un entorno que acentuaba la esplendorosa juventud de Sofía. En él, ella era lo único impoluto.

Se oyó llamar a la puerta, con aparente garbo y alegría. Pero ella pensó: «¡Está casi tan nervioso como yo!». Y en su nerviosismo tosió y trató de recuperar el pleno dominio de sí misma. Había llegado al final el momento que dividiría su vida como una batalla divide la historia de una nación. Su mente, en un instante, retrocedió para recorrer tres meses increíbles.

¡Los subterfugios para recibir y esconder las cartas de Gerald en la tienda y para contestarlas! ¡La duplicidad, mucho más complicada y peligrosa, que cultivó con su majestuosa tía en Axe! ¡Las visitas a la oficina de correos de Axe! ¡Los tres divinos encuentros con Gerald, por la mañana temprano, junto al afluente del canal, en los que le habló de su herencia y de la severidad de su tío Boldero y con un torrente de palabras le hizo ver la perspectiva de una eterna felicidad! ¡Las noches de temor! ¡La repentina y aturdida aquiescencia a su plan y la sensación de universal irrealidad que la obsesionaba! ¡La audaz marcha de casa de su tía, vertiendo sobre ella una cascada de tremendas mentiras! ¡Su consternación en la estación de Knype! ¡Su rubor al pedir un billete para Londres! ¡La mirada irónica y comprensiva del mozo que se hizo cargo de su equipaje! ¡Y luego el estrépito del tren que llegaba! ¡Su consternación de nuevo cuando se encontró con que estaba muy lleno y se metió distraídamente en un compartimento en el que ya había seis personas! Y cuando se abrió otra vez la puerta y llegó la escueta interpelación del revisor: «¿Adonde, por favor? ¿Adonde? ¿Adonde?». Hasta que le tocó el turno a ella: «¿Adonde, señorita?», y su débil y breve respuesta: «Euston». Y después el prolongado e incesante traqueteo del tren en los raíles, al ritmo de la voz que se dejaba oír en su seno y a la que era imposible responder: «¿Por qué estás aquí? ¿Por qué estás aquí?». ¡Y después Rugby, y la terrible prueba de reunirse con Gerald, su entrada en el compartimento, la redistribución de los asientos, y los intentos que hicieron de hablar de cosas intrascendentes delante de los ocupantes del compartimento! (Había tenido la impresión de que aquella parte de la empresa no había sido muy bien ideada por Gerald.) ¡Y por fin Londres; los millares de coches, las fabulosas calles, el fragor general, que superaba todos los sueños, intensificando hasta un grado extraordinario la obsesión de irrealidad, la ilusión de que no podía haber hecho realmente lo que había hecho, de que no estaba haciendo en realidad lo que estaba haciendo!

¡Y, de manera suprema y final, la deliciosa tortura del terror que oprimía su corazón mientras vivía junto a Gerald la imposible aventura! ¿Quién era aquella loca y arrebatada Sofía? ¡Ella no, desde luego!

La llamada a la puerta se repitió, impaciente.

—Adelante —dijo ella tímidamente.

Gerald Scales entró. Sí, debajo de aquel aire de viajante de comercio que ha estado en todas partes y ha visto de todo, estaba muy nervioso. Era la intimidad de Sofía lo que, con el consentimiento de ella, había invadido. Había reservado aquella habitación sólo con el propósito de utilizarla como retiro para Sofía hasta la tarde, en que habían de reanudar sus viajes. No tenía por qué tener un significado perturbador. Pero el simple desorden del lavabo, una toalla tirada sobre una de las sillas de mimbre, le hizo sentir que estaba ofendiendo su decoro, aumentando su nerviosismo. El momento fue penoso, tan difícil que superaba su habilidad para llevarlo con naturalidad.

Acercándose a ella con fingida desenvoltura, la besó a través del velo, que ella se levantó entonces con un movimiento impulsivo, y la volvió a besar más ardientemente, dándose cuenta de que el ardor de Sofía era mayor que el suyo.

Era la primera vez que estaban a solas desde la fuga de Axe. ¡Y sin embargo, con toda su experiencia mundana, era lo bastante ingenuo como para sorprenderse de no poder poner en su beso todo el calor de la pasión, y se preguntaba por qué el contacto con ella no le estremecía! Con todo, la vigorosa presión de sus labios sobresaltó de alguna manera sus sentidos y también le deleitó con su callada promesa. Percibía el aroma de su velo, de la seda de su corpiño, y, como si ambos estuvieran envueltos en aquellos aromas igual que el cuerpo de Sofía estaba envuelto en sus ropas, el tenue perfume carnal del propio cuerpo de ella. Su rostro, que contemplaba tan cerca de sí que veía la pelusilla casi imperceptible de aquellas mejillas frutales, era asombrosamente bello; los oscuros ojos estaban exquisitamente empañados, y Gerald sentía la secreta lealtad de aquella alma que ascendía hacia él. Era un poco más alta que su amante, pero en cierto modo estaba colgada de él, con el cuerpo echado hacia atrás y el pecho apretado contra el suyo, de modo que él, en vez de alzar los ojos hacia los suyos, los bajaba. Él lo prefería así; aunque estaba perfectamente proporcionado, era muy susceptible en cuanto a su estatura. Al despertarse, sus sentidos le dieron ánimos. Sus temores se desvanecieron y empezó a sentirse muy satisfecho consigo mismo. Había heredado doce mil libras y había conseguido a aquel ser único. Era su presa; la retuvo junto a sí, escudriñando las minucias de su piel y arrugando sus finas sedas con su aquiescencia. Algo en él la había obligado a dejar su pudor en el altar de su deseo. Y el sol brilló, luminoso. Así pues, la besó con mayor ardor y con un ligerísimo adarme de la condescendencia propia de un vencedor; la ardiente respuesta de la joven le devolvió sobradamente la seguridad en sí mismo que le faltaba.

—Ahora no tengo a nadie más que a ti —musitó Sofía con voz enternecida.

En su ignorancia se imaginó que a él le complacería el que expresara aquel sentimiento. No se daba cuenta de que a un hombre lo que le suele suceder es que se enfría, pues le prueba que en lo que piensa la otra persona es en sus responsabilidades y no en sus privilegios. Indudablemente tranquilizó a Gerald, sin hacerle partícipe del sentido que ella tenía de sus responsabilidades. Sonrió vagamente. Para Sofía, su sonrisa era un milagro continuamente renovado, mezclaba un gallardo regocijo con un toque de súplica nostálgica de una manera que nunca dejaba de hechizar a Sofía. Una muchacha menos inocente que Sofía tal vez hubiera adivinado por aquella adorable sonrisa semifemenina que con Gerald Scales podía hacer cualquier cosa menos confiar en él. Pero Sofía tenía mucho que aprender.

—¿Estás ya? —le preguntó él, poniéndole las manos sobre los hombros y mirándola a aquella distancia.

—Sí —respondió, armándose de valor. Sus caras seguían estando muy juntas.

—Bien, ¿te gustaría ir a ver los grabados de Doré?

¡Una pregunta muy sencilla! ¡Una propuesta afortunada! Doré se estaba haciendo célebre incluso en las Cinco Ciudades, desde luego no por sus ilustraciones para los Cuentos Droláticos de Balzac sino por sus escalofriantes extravagancias bíblicas. En los círculos piadosos, Doré estaba salvando al arte del reproche de trivialidad y frivolidad. Era sin duda por parte de Gerald una idea de buen gusto el llevar a su amor aquella tarde estival a contemplar los originales de las estampas que tanto habían impresionado a las Cinco Ciudades. Era una idea que santificaba la profana aventura.

Sin embargo, Sofía daba muestras de aflicción. El color se le iba y se le venía; tragaba saliva con fuerza y tenía todo el cuerpo contraído. Se apartó de él, pero sin dejar de mirarle; tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Pero ¿qué hay de…, de la boda? —dijo en voz casi inaudible.

Aquella frase pareció costarle todo su orgullo, pero estaba obligada a formularla y a pagar por ello.

—¡Oh! —exclamó él con ligereza y celeridad, como si acabara de recordarle un detalle que pudiera habérsele olvidado—. Ahora mismo iba a decírtelo. No se puede celebrar aquí. Ha habido un cambio en las normas. No lo supe con certeza hasta anoche, a última hora. Pero he confirmado que será como coser y cantar ante el cónsul inglés en París, y como he sacado los billetes para partir esta noche, como convinimos… —se detuvo.

Sofía se sentó en la silla en la que estaba la toalla, estupefacta. Creyó lo que le decía. No sospechó que estaba utilizando la clásica estratagema del seductor. ¿Había sido realmente su intención salir de paseo y hacer la observación, como si se le ocurriera en el último momento: «Por cierto, no podemos casarnos como te había dicho a las dos y media»? A pesar de su extrema ignorancia e inocencia, Sofía tenía una elevada opinión de su sentido común y de su capacidad para cuidar de sí misma; casi no podía creer que él pretendiera que se fuese París, y de noche, sin estar casada. Parecía lastimosamente juvenil, virginal, inmadura, ingenua; indefensa en medio de espantosos peligros. ¡No obstante, su mente estaba llena de perplejo asombro de ver que la había tomado por una boba confiada! La única explicación posible era que Gerald, en algunas cuestiones, fuese también un bobo confiado. No había reflexionado. No se había dado cuenta lo suficiente del inmenso sacrificio que había hecho al escaparse con él, aun sólo hasta Londres. Lo sintió por él. Tuvo la primera vislumbre de mujer de que era necesario acomodar de alguna manera la perspectiva como preliminar esencial para una felicidad sin interrupciones.

—¡Todo irá bien! —continuó Gerald, en tono persuasivo.

La miró, ya que ella no lo miraba a él. Tenía diecinueve años. Pero le pareció sobremanera madura y misteriosa. Su rostro le desconcertaba; su espíritu era un país extranjero. Puede que en cierto sentido estuviera indefensa, pero era en ella y no en él en quien estaba contenido el destino; el futuro se hallaba en el secreto y caprichoso funcionamiento de aquel espíritu.

—¡Oh, no! —exclamó bruscamente—. ¡Oh, no!

—Oh, no ¿qué?

—No podemos irnos así —dijo ella.

—Pero ¿no te digo que todo irá bien? —protestó él—. ¡Si nos quedamos aquí y vienen siguiéndote…! Además, tengo los billetes y todo.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? —inquirió Sofía.

—Pero ¿cómo iba a decírtelo? —rezongó Gerald—, ¿Es que hemos estado un minuto a solas?

Esto era casi cierto. No podían ponerse a discutir las formalidades del matrimonio en el tren atestado de gente, ni durante el precipitado almuerzo con una docena de oídos aguzados en la misma mesa. Se vio allí en terreno seguro.

—Entonces, ¿podemos o no? —la apremió.

—¡Y hablas de ir a ver grabados! —fue su respuesta.

No hay duda de que aquello había sido una gran falta de tacto. Reconoció que había sido una estupidez. Y se sintió molesto por ello, como si fuera ella quien la hubiera cometido y no él.

—Querida mía —dijo, ofendido—, he hecho las cosas lo mejor que he podido. No es culpa mía si se cambian las normas y los funcionarios son idiotas.

—Deberías habérmelo dicho antes —insistió ella hoscamente.

—Pero ¿cómo podía hacerlo?

Gerald casi creía en aquel momento que verdaderamente pretendía casarse con ella y que la ineptitud de la burocracia le había impedido realizar su honorable propósito. No obstante, no había hecho nada en absoluto para efectuar el matrimonio.

—¡Oh, no; oh, no! —repetía ella con la cara larga y los ojos húmedos—¡Oh, no!

Él dedujo que rechazaba su sugerencia de ir a París.

Despacio y muy nervioso se acercó a ella. Sofía no se movió ni levantó la vista, que tenía clavada en el lavabo. Él se inclinó y murmuró:

—Vamos, vamos. Todo irá bien Viajarás en el departamento de señoras del barco.

No se movió. Él se inclinó más y le rozó la nuca con los labios. Y ella se puso en pie de un salto, airada y sollozando. Precisamente porque estaba loca por él lo odiaba ferozmente. Toda ternura había desaparecido.

—¡Te agradeceré que no me toques! —dijo furiosa. Le había dejado besarle los labios un momento antes, pero ahora un roce en la nunca era una ofensa.

Él sonrió con cortedad.

—Sofía, de verdad, tienes que ser razonable —argumentó—. ¿Qué es lo que he hecho?

—¡Es lo que no has hecho, me parece a mí! —gritó ella—. ¿Por qué no me lo dijiste cuando estábamos en el coche?

—No quería que empezaras a preocuparte tan pronto —respondió, lo cual era totalmente cierto.

Lo que había sucedido era que, desde luego, había eludido decirle que no habría boda aquel día. Al no ser un seductor profesional de muchachas, carecía de habilidad para hacer con facilidad una cosa difícil.

—Vamos, escucha, pequeña —prosiguió con un poquitín de impaciencia—. Salgamos y divirtámonos. Te aseguro que todo irá bien en París.

—Eso fue lo que dijiste de Londres —replicó ella sarcásticamente, entre sollozos—. ¡Y mira!

¿Acaso se había imaginado un solo instante que habría ido a Londres con él sino en el entendimiento de que se iban a casar nada más llegar? Aquella actitud indignadamente inquisitiva no podía reconciliarse con su creencia de que sus excusas eran sinceras. Pero ella no reparó en la discrepancia.

Su sarcasmo hirió la vanidad de Gerald.

—¡Oh, muy bien! —murmuró—¡Si prefieres no creer lo que te digo! —Se encogió de hombros.

Ella no dijo nada, pero de vez en cuando su cuerpo era sacudido por un sollozo.

Al ver vacilación en su rostro, él lo intentó de nuevo.

—Vamos, chiquilla. Y sécate los ojos —y se acercó a ella.

—¡No, no! —lo rechazó con pasión. La había valorado en muy poco. Y no le gustaba que la llamaran «chiquilla».

—Entonces ¿qué vas a hacer? —inquirió, en un tono que respiraba a la vez burla e intimidación. Le estaba poniendo en ridículo.

—Puedo decirte lo que no voy a hacer —dijo ella— No voy a ir a París. —Sus sollozos eran menos frecuentes.

—No es eso lo que pregunto —dijo él fríamente— Quiero saber lo que vas a hacer.

Ninguno de los dos trató ya de fingir afecto. A juzgar por su actitud podía creerse que se tuvieran odio recíproco desde la infancia.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo? —inquirió Sofía.

—Tiene todo que ver conmigo —dijo él.

—¡Bien, pues vete a averiguarlo! —repuso ella.

Aquello era pueril; era una niñería, poco acorde con los cánones para llevar a cabo una ruptura definitiva, pero no por ello poseía menos trágica seriedad. En realidad, el espectáculo de aquella muchacha comportándose ridículamente como si estuviese en una grave crisis aumentaba lo trágico de la situación aunque no la hiciese más elevada. La idea que se le pasó a Gerald por la cabeza fue lo absurdo y estúpido que era tener que ver con jovencitas. Era totalmente ciego a sus encantos.

—¿Que me vaya? —repitió—. ¿Es eso lo que quieres?

—Por supuesto que eso es lo que quiero —respondió ella con celeridad.

El cobarde que había en él le impulsaba a aprovecharse del orgullo ignorante e impotente de la muchacha y a dejarla tomándole la palabra. Recordó la escena que le había hecho en el pozo y se dijo que su encanto no compensaba su mal genio y que era un estúpido por haber podido siquiera imaginar lo contrario, y que sería doblemente estúpido si no aprovechaba ahora la oportunidad para retirarse de una empresa descabellada.

—¿Me voy, entonces? —dijo con sorna.

Ella hizo un gesto de asentimiento.

—Desde luego, si me ordenas que te deje tendré que hacerlo. ¿Puedo hacer algo por ti?

Ella hizo un ademán negativo.

—¿Nada? ¿Estás segura?

Sofía frunció el ceño.

—Bien; entonces, adiós. —Se volvió hacia la puerta.

—Me imagino que irás a dejarme sin dinero ni nada —dijo ella con voz fría y cortante. Y su sorna era mucho más destructiva que la de Gerald. Destruyó en él el último resto de compasión por ella.

—¡Oh, te ruego me perdones! —exclamó, y con aire fanfarrón sacó cinco soberanos del cajón de una cómoda.

Sofía se precipitó hacia ellos.

—¿Te crees que voy a coger tu odioso dinero? —gruñó, recogiendo las monedas en su mano enguantada.

Su primer impulso fue tirárselas a la cara, pero se detuvo y luego las arrojó a un rincón de la habitación.

—¡Recógelas! —le ordenó.

—No, gracias —dijo él lacónicamente, y se fue cerrando la puerta.

¡Sólo unos momentos antes estaban enamorados, rebosando ternura en cada gesto, como un perfume! ¡Sólo unos momentos antes ella había decidido telegrafiar condescendientemente a su madre para comunicarle que estaba «muy bien»! Y ahora el sueño estaba totalmente destruido. Y la voz del duro sentido común que hablaba a Sofía en sus humores más disparatados aseveraba con fuerza que aquella empresa nunca podría haber parado en nada bueno, que era desde sus inicios una empresa imposible no atenuada por la menor justificación. ¡Una enorme tontería! ¡Sí; una fuga, pero no como una fuga de verdad, sino irreal! Siempre había sabido que no era más que una imitación de fuga y que tenía que acabar en una terrible desilusión. En realidad nunca había deseado escaparse, pero algo en su interior la aguijoneaba a pesar de sus protestas. Las estrictas ideas de sus parientes de edad eran correctas, al fin y al cabo. Era ella la que estaba equivocada. Y era ella la que tendría que pagar.

«He sido una chica mala», se dijo sombríamente en medio de sus ruinas.

Se enfrentó a los hechos. Pero no se arrepentiría; eso ni pensarlo. No cambiaría los restos de su orgullo por el medio de escapar de la peor desgracia que la vida pudiera traerle. En cuanto a aquello se conocía bien a sí misma. Y se puso manos a la obra para reparar y renovar su orgullo.

Pasara lo que pasara no podía volver a las Cinco Ciudades. No podía, porque había robado dinero a su tía Harriet. Había birlado a su tía una cantidad equivalente a la que le había tirado a la cara a Gerald Scales, pero en la forma de un billete. Un prudente y misterioso instinto la había impulsado a tomar aquella precaución.

Y ahora se alegraba. No hubiera podido lanzar a Gerald aquel desdén si realmente hubiera necesitado dinero. De modo que se regocijó de su delito, aunque, puesto que la tía Harriet descubriría inmediatamente la falta del dinero, dicho delito le impediría para siempre volver con su familia. Jamás, jamás miraría a su madre con los ojos de una ladrona!

(En realidad, la tía Harriet descubrió efectivamente la desaparición del dinero y, lo que dice mucho en su favor, no la reveló a nadie. El saberlo habría sido una nueva puñalada en el corazón de la madre.)

Sofía se alegraba también de haberse negado a proseguir viaje a París. El recuerdo de su firmeza en la negativa halagaba su vanidad, convenciéndose de que era capaz de cuidar de sí misma. Ir a París sin haberse casado habría sido una locura inimaginable. Sólo pensar en aquella barbaridad hería su susceptibilidad moral. ¡No; Gerald la había tomado por otra clase de chica, por ejemplo, una dependienta o una moza de taberna!

Con este catálogo de satisfacciones concluyó. No tenía ni idea de lo que debía o podía hacer. La mera perspectiva de aventurarse a salir de la habitación la intimidaba. ¿Habría dejado Gerald el baúl de ella en el vestíbulo? Seguro que si. ¡Vaya pregunta! Pero ¿qué le ocurriría a ella? Londres…, Londres la había aturdido. No podía hacer nada sola. Estaba tan indefensa como un conejo en Londres. Descorrió la cortina y echó una mirada hacia el río. Era inevitable que pensara en el suicidio, pues no podía imaginar que hubiera habido jamás una muchacha en una situación más desesperada que la suya. «Podría salir esta noche sin que nadie me viera y ahogarme —pensó seriamente—. ¡Le estaría muy bien empleado a Gerald!».

Después la abrumó la soledad como una tenebrosa medianoche, agotando rápidamente sus fuerzas, desintegrando su orgullo en su espantosa avalancha. Miró en torno suyo como buscando ayuda, como una mujer que estando en la calle siente que está a punto de desmayarse, y fue ciegamente hacia la cama, dejando caer en ella la mitad superior de su cuerpo en una actitud de abandono. Lloró, pero sin sollozos.

 

 

 

II

 

Gerald Scales caminaba por el Strand, contemplando sus casas altas y estrechas, apretadas unas contra otras como si las hubiera metido allí alguien que no pensara en otra cosa que en ahorrar espacio. Con la excepción de Somerset House, el King’s College y uno o dos teatros y bancos, la monotonía de las mezquinas tiendas, con varios pisos desigualmente encaramados unos sobre otros, era ininterrumpida. Después llegó a Exeter Hall y examinó su prominente fachada con ojos provincianos, pues a pesar de sus viajes no conocía Londres muy bien. Exeter Hall, naturalmente, le hizo acordarse de su tío Boldero, aquel gran disidente ardoroso, y de su propia juventud devota. Era ridículo cavilar acerca de lo que diría y pensaría su tío si el anciano supiera que su sobrino se había fugado con una muchacha pretendiendo seducirla en París. ¡Era enormemente divertido!

Sin embargo, había terminado con todo aquello. Estaba totalmente fuera del asunto. Ella le había dicho que se marchara y se había marchado. Tenía dinero para llegar a casa; no tenía más que pedir lo que necesitara. Lo demás era asunto suyo. Él se iría solo a París y encontraría otras diversiones. Era absurdo haber imaginado que Sofía fuera apropiada para él. En una familia como los Baines no era razonable esperar descubrir una amante ideal. ¡No!; había sido un error. Todo aquel empeño era una equivocación. Ella casi lo había puesto en ridículo. Pero él no era hombre que se dejase poner en ridículo. Había conservado intacta su dignidad.

Eso se dijo. Sin embargo, su dignidad y también su orgullo no dejaban de sangrar, goteando sangre sin cesar por las aceras del Strand.

Estaba otra vez en Salisbury Street. Imaginó a Sofía en su habitación. ¡La muy estúpida! La deseaba. La deseaba con un ardor excesivo. Aborrecía la idea de verse burlado. Aborrecía la idea de que ella quedara inmaculada. Y continuó imaginándola en la excitante intimidad de aquella maldita habitación.

Luego bajó Salisbury Street. No deseaba hacer tal cosa, pero lo hizo.

—¡Oh, diablos! —murmuró— Está claro que tengo que pasar por ello.

Se sentía desesperado. Estaba dispuesto a pagar cualquier precio por poder decirse a sí mismo que había conseguido aquello en lo que había puesto su empeño.

—Mi esposa no ha salido, ¿verdad? —preguntó al portero.

—No estoy seguro, señor; creo que no —respondió aquél.

El temor de que Sofía ya se hubiese marchado lo llenaba de rabia. Cuando vio que su baúl estaba todavía allí recobró las esperanzas y corrió escaleras arriba.

La vio medio encima y medio fuera de la cama, un fragmento de humanidad arrugado y sinuoso que se perfilaba contra la colcha blanca y azulada; su sombrero estaba en el suelo, con el moteado velo arrastrando. Aquel espectáculo le pareció lo más conmovedor que había visto en su vida, aunque la cara de la joven no se veía. Lo olvidó todo salvo la extraña y profunda emoción que se apoderó de él. Se acercó a la cama. Ella no se movió.

Al oír que entraba alguien y sabiendo que tenía que tratarse de Gerald, Sofía se había forzado a permanecer inmóvil. Una esperanza disparatada y espléndida surgió en ella. Obligada por toda la fuerza de su voluntad a no moverse, no pudo evitar un sollozo que se ocultaba emboscado en su garganta.

El ruido de aquel sollozo hizo que a Gerald se le saltasen las lágrimas.

—¡Sofía! —la llamó.

Pero no se movió. Otro sollozo la sacudió.

—Muy bien, pues —dijo Gerald—. Nos quedaremos en Londres hasta que podamos casarnos. Yo lo arreglaré. Buscaré para ti una casa de huéspedes agradable y diré que eres mi prima. Yo me quedaré en este hotel e iré a verte todos los días.

Silencio.

—¡Gracias! —balbuceó—¡Gracias!

Él vio que su pequeña mano enguantada se alargaba hacia él, como una antena; la cogió, se arrodilló y la enlazó torpemente por la cintura. Por alguna razón no se atrevió a besarla.

Un inmenso alivio los invadió poco a poco.

—Yo…, yo…, de verdad… —Ella empezó a decir algo, pero los sollozos no le dejaron continuar.

—¿Qué? ¿Qué dices, queridísima mía? —preguntó él ansiosamente.

Y ella hizo otro esfuerzo.

—De verdad que no podría haber ido a París contigo sin estar casada —consiguió decir por fin—. De verdad que no podía.

—¡No, no! —la tranquilizó él— Por supuesto que no podías. Era yo el que estaba equivocado. Pero no sabes cómo me sentí… Sofía, ahora está todo bien, ¿no?

Ella se sentó y le besó.

Fue tan maravilloso y conmovedor que él rompió a llorar sin rebozo. Sofía vio en la fácil intensidad de su emoción una garantía de la futura felicidad de ambos. E igual que él la había tranquilizado, ahora ella lo tranquilizó a él. Se apretaron el uno contra el otro, igualmente sorprendidos de la melancolía dulce, exquisita y dichosa que los impregnaba por completo. Era el remordimiento por haberse peleado, por haberles faltado la fe en el supremo acierto de la gran aventura. Todo estaba bien y así seguiría siendo; se habían portado de una forma criminalmente absurda. Era remordimiento, pero también pura dicha, ¡compensaba por la pelea! ¡Gerald recuperó sus perfecciones a los ojos de Sofía! ¡Era el espíritu de la bondad y el honor! Y, para él, ella volvía a ser la amante ideal, que sin embargo sería también una esposa. Y mientras su pensamiento recorría rápidamente los pasos necesarios para el matrimonio, no dejaba de decirse, muy lejos, en alguna remota cueva del cerebro: «¡La tendré! ¡La tendré!». No reflexionó en que aquel frágil esqueje del tronco Baines, que se nutría inconscientemente de la fuerza acumulada durante generaciones de vida honrada, le había infligido una derrota.

Después de tomar el té, Gerald, muy contento con el universo, fue fiel a su palabra y encontró una irreprochable casa de huéspedes para Sofía en Westminster, cerca de la abadía. Ella se quedó asombrada de las mentiras que él dijo a la dueña sobre ella y sobre sus circunstancias en general. Encontró también una iglesia y un párroco en las inmediaciones; en media hora se iniciaron las formalidades preliminares a la celebración de una boda. Explicó a Sofía que como ahora era residente en Londres sería más sencillo volver a empezar desde el principio. Ella, sagazmente, estuvo de acuerdo. ¡Como en modo alguno deseaba sentirse ofendida otra vez, no hizo indagaciones acerca de las demás formalidades que antes, debido a la burocracia, se habían visto tan inesperadamente frustradas! Sabía que iba a casarse y eso bastaba. Al día siguiente llevó a efecto su filial idea de telegrafiar a su madre.