CAPITULO IV
FIN DE SOFÍA
I
Los peldaños de la cocina eran tan empinados, oscuros y difíciles como siempre. Por ellos subía Sofía Scales, nueve años mayor que cuando no consiguió convencer a Constanza para que abandonara la Plaza, llevando una gran cesta, cargada con todo el peso de Fossette. Sofía, a pesar de su edad, subió los peldaños violentamente e irrumpió con la misma violencia en la sala, donde depositó la cesta en el suelo, cerca de la chimenea vacía. Estaba triunfante y sin aliento. Miró a Constanza, que estaba en pie junto a la puerta en actitud de alguien que escuchara escandalizado.
—¡Ahí tienes! —exclamó Sofía—, ¿Has oído lo que ha dicho?
—Sí —dijo Constanza—¿Qué vas a hacer?
—Bien —repuso Sofía—, lo que me apeteció fue echarla de la casa ahora mismo. Pero luego pensé que no se daría por enterada. Se va dentro de tres semanas. Lo mejor es la indiferencia. Como vean una vez que te pueden alterar… Sin embargo, no iba a dejar a Fossette allá abajo a su merced ni un momento más. Lo que pasa es que no cuida de ella.
Sofía se arrodilló junto a la cesta y, apartando el pelo que cubría la cabeza del animal, examinó la piel. Fossette estaba enferma y se comportaba en consonancia. También Fossette tenía nueve años más y su senilidad era desagradable. Ya no era un objeto grato en ningún sentido.
—Mira —dijo Sofía.
Constanza se arrodilló también junto a la cesta.
—Y aquí —indicó Sofía—, Y aquí.
La perra dejó escapar un suspiro, el suspiro insincero y conmiserativo de un animal consentido. Fossette, neciamente, esperaba librarse con aquellas apelaciones del tratamiento prescrito por el veterinario.
Mientras las hermanas la mimaban, la protegían de sus propias garras y trataban de convencerla de que todo era por su bien, entró en la sala otro perro añoso: Mancha. Tenía muy pocos dientes y las patas rígidas. Sólo tenía un vicio, los celos. Temiendo que Fossette recibiera toda la atención de sus amas, había acudido a informarse de la situación. Cuando vio que sus más sombríos temores estaban justificados, husmeó a Constanza y no quiso ser postergado. En vano le dijo Constanza que estaba interfiriendo con el tratamiento. En vano le ordenó Sofía secamente que se marchara. No quiso atender a razones, enfurecido por los celos. Metió la pata en la cesta.
—¡Quita! —exclamó enfadada Sofía, dándole un capón en su vieja cabeza. Ladró, airado, y se retiró de nuevo a la cocina, desilusionado, cansado del mundo y lamiéndose la herida de su terrible agravio.
—De verdad creo —dijo Sofía— que ese perro está cada vez peor.
Constanza no dijo nada.
Cuando se hizo todo lo que se podía hacer por la vetusta doncella de la cesta, las hermanas se pusieron en pie, entumecidas, y empezaron a cuchichear sobre las posibilidades de conseguir una nueva criada. Discutieron también si podían tolerar tres semanas más las criminales excentricidades de la actual ocupante de la cueva. Evidentemente, estaban en medio de una crisis. A juzgar por la cara de Constanza, el destino había acumulado sobre sus cabezas todas las tribulaciones imaginables sin la menor consideración por su capacidad de resistencia. En los ojos de aquélla había una permanente mirada de preocupación y también una cierta expresión de autodefensa. Sofía tenía un aire belicoso, como si el ser de la cueva la hubiese desafiado francamente y estuviese decidida a aceptar el desafío. El tono de Sofía parecía insinuar una acusación contra Constanza. La tensión general era grande.
Después, de repente, los cuchicheos cesaron, la puerta se abrió y entró la criada a servir la cena. Llevaba la nariz levantada y su mirada era cruel, radiante y conquistadora. Era una linda y descarada muchacha de unos veintitrés años. Sabía que estaba torturando a sus viejas y débiles señoras. No le importaba. Lo hacía a propósito. Su lema era: “Haz la guerra a las patronas; sácales todo lo que puedas, pues ellas te sacarán a ti todo lo que puedan”. Por principio —el único principio que tenía—, no se quedaba en una casa más de seis meses. Le gustaba cambiar. Y a las patronas no les gustaba cambiar. Con los hombres era desvergonzada. No hacía caso de las órdenes acerca de lo que tenía que comer y lo que no tenía que comer. Estaba a la altura de los mayores recursos de sus patronas. Podía ser una dejada hasta el grado más extremo. O podía ser tan limpia como los chorros del oro, con un delantal que era símbolo de pureza y decoro, como aquella tarde. Podía pasarse un día haciendo el vago, acumulando platos sucios de la mañana a la noche. Por otra parte, podía, cuando quería, trabajar con asombrosa celeridad e incluso con esmero. En suma, había nacido para enfurecer a un ama como Sofía y para agotar a un ama como Constanza. Su mayor ventaja en la lucha era que le encantaban los altercados, se deleitaba en la gresca, hallaba tediosa la paz. Estaba perfectamente calculada para convencer a las hermanas de que eran peores tiempos y de que el mundo nunca volvería a ser el lugar hermoso y agradable que antaño había sido.
Al poner la mesa, sus gestos eran graciosos, dentro de un estilo descocado. Tiraba con desdén los tenedores en el lugar señalado para ellos; hacía un ruido un tanto excesivo; cuando se daba la vuelta maniobraba con las caderas como si fuese en provecho de un soldado con un bonito uniforme.
En la casa no había cambiado nada más que la criada. El armonio que el señor Povey tocaba de vez en cuando seguía estando detrás de la puerta, y encima la caja de té cuya llave llevaba la señora Baines en su manojo. En la esquina de la derecha de la chimenea estaba todavía el aparador en el que la señora Baines guardaba su farmacopea. El resto de los muebles estaban en la misma distribución que tenían cuando la muerte de la señora Baines hizo que todos los tesoros de la casa de Axe pasaran al señor y a la señora Povey. Y estaban tan bien como siempre, mejor que nunca. El doctor Stirling expresaba a menudo el deseo de poseer un aparador de esquina como el de la señora Baines. Se había añadido una pieza: la compota[57] «Peel» que había llamado la atención de Peel-Swynnerton en la Pensión Frensham. Esta pieza majestuosa, que Sofía se había reservado en la venta de la pensión, figuraba sola sobre un revistero en el salón. La había guardado, junto con otras bagatelas, en París; cuando hizo que se la enviaran y llegó la caja, Constanza y ella se dieron cuenta de que estaban unidas para el resto de su vida. Por lo que atañe a bienes terrenales, aparte de dinero, valores y ropa, aquella compota era casi todo lo que Sofía poseía. Por suerte era una pieza de primera categoría, que no avergonzaba la magnificencia antigua del salón.
Al ceder a la terrible inercia de Constanza, Sofía se había propuesto no obstante hacer su voluntad en el interior de la casa. Se había propuesto acosar a Constanza hasta que accediera a modernizar la morada. Acosó en efecto a Constanza, pero la casa la desafió. No se podía hacer nada en aquella casa. Si por lo menos hubiese tenido vestíbulo o recibidor habría sido posible una transformación completa. Pero no había otro acceso a la planta alta sino a través de la sala. Por tanto, no se podía convertir la sala en cocina y eliminar el sótano, y las señoras de la casa no podían hacer la vida totalmente en la planta alta. La disposición de las habitaciones tenía que seguir siendo exactamente la misma de siempre. Había la misma corriente por debajo de la puerta, la misma oscuridad en la escalera de la cocina, las mismas dificultades con los comerciantes del lejano patio trasero, el mismo eterno subir y bajar cubos. Una cocina económica, en vez del amplio y capaz fogón, era la única representación del siglo XX en los adminículos de la casa.
En la raíz de la relación entre las hermanas estaba enterrado el viejo agravio de Sofía contra Constanza por negarse a abandonar la Plaza. Sofía era leal. Conscientemente no daría con una mano y quitaría con la otra; al aceptar la decisión de Constanza, lo hizo con la sincera intención de cerrar los ojos a su estupidez. Pero no lo consiguió plenamente. No podía evitar el pensar que la angelical Constanza había sido extraña y monstruosamente egoísta al negarse a dejar la Plaza. Se maravillaba de que una mujer de la dulce y tranquila disposición de Constanza fuera capaz de un egoísmo tan enorme e inflexible. Constanza tenía que saber que Sofía no la iba a abandonar y que residir en la Plaza era para ella un constante fastidio. Constanza nunca había podido presentar un solo argumento a favor de permanecer en la Plaza. Y, sin embargo, no quería moverse de allí. Esto era extremadamente incongruente con la conducta de Sofía en general. ¡Había que ver a Sofía, sentada muy formal a la mesa, una mujer de casi sesenta años, con una inmensa experiencia escrita en la fina dureza de su gastado y distinguido rostro! Aunque su cabello no estaba aún totalmente gris ni su figura encorvada, uno pensaría que, en su paso por el mundo, habría aprendido algo más que a esperar que el carácter de una persona fuera congruente. ¡Pues no! ¡La incongruencia de Constanza la seguía decepcionando y ofendiendo! ¡Y había que ver a Constanza, gruesa y encorvada, aparentando más edad de la que tenía, con el cabello casi blanco y sus manos algo temblonas! Había que ver aquel rostro, marcado por la docilidad, el espíritu de conciliación, el deseo de paz… Nadie pensaría que su alma plácida pudiera encolerizarse contra el impuesto peso de la personalidad de Sofía, al tiempo que se sometía a él. «Como no quiero irme de mi casa para complacerla —se decía Constanza—, se imagina que tiene derecho a hacer lo que le dé la gana». No se rebelaba así con gran frecuencia, pero sí a veces. No llegaron a pelearse. Habrían considerado la separación como un desastre. Teniendo en cuenta lo diferentes que habían sido sus vidas, era sorprendente cómo coincidían en su manera de enjuiciar las cosas. Pero la soterrada cuestión de la residencia impedía que hubiese una completa unidad entre ellas. Y su efecto sutil fue influir en ambas para sacar lo peor, y no lo mejor, de los nimios percances que perturbaban su tranquilidad. Cuando estaba enojada, Sofía reflexionaba sobre el simple hecho de que vivían en la Plaza sin que hubiese ninguna razón para ello hasta que se le hacía increíblemente escandaloso. Al fin y al cabo, era difícil comprender por qué vivían en el mismo centro de una ciudad industrial fea y sucia simplemente porque Constanza, tercamente, se negaba a mudarse. Otra cosa que de vez en cuando exasperaba curiosamente a ambas era que, debido a la reaparición de sus antiguos mareos después de comer, se había prohibido estrictamente a Sofía tomar té, que le encantaba. A Sofía le irritaba aquella privación y Constanza gozaba menos de su placer porque tenía que tomarlo sola.
Mientras la bonita y descarada criada, sonriendo misteriosamente para sí, dejaba caer comestibles y utensilios sobre la mesa, Constanza y Sofía intentaron conversar despreocupadamente acerca de temas sin importancia, como si no hubiese ocurrido aquel día nada que estropease la belleza de las relaciones ideales entre patronas y criada. La simulación fue ridícula. La joven arpía la caló al instante y su misteriosa sonrisa se convirtió casi en carcajada.
—Por favor, cierra la puerta cuando salgas, Maud —dijo Sofía cuando la muchacha recogió la bandeja vacía.
—Sí, señora —respondió Maud cortésmente.
Salió y dejó la puerta abierta.
Era un desafío, llevado a cabo por pura travesura juvenil y desvergonzada.
Las hermanas se miraron, con expresión profundamente confusa, horrorizadas, como si hubieran vislumbrado el fin de la sociedad civilizada, como si pensaran que habían vivido demasiado tiempo en una era decadente y abiertamente vergonzosa. El rostro de Constanza mostraba desesperación —igual que si estuviera a punto de ser arrojada al arroyo sin un amigo y sin un chelín—, pero en el de Sofía se vio el valor que el desastre engendra.
Se levantó de un salto y se acercó a la puerta.
—¡Maud! —llamó.
No hubo respuesta.
—Maud, ¿me oye?
La incertidumbre era espantosa.
Tampoco hubo respuesta.
Sofía miró a Constanza.
—¡O cierra esta puerta o se marcha de esta casa ahora mismo, aunque tenga que ir a buscar a un policía! —le dijo. Y desapareció por la escalera de la cocina. Constanza temblaba de dolorosa excitación. El horror de la existencia se cernía sobre ella. No podía imaginar nada más atroz que el apuro en que la había puesto el cambio moderno de las clases inferiores.
En la cocina, Sofía, consciente de que de aquel momento dependía el futuro de las tres semanas siguientes, hizo acopio de fuerzas.
—Maud —dijo—, ¿no ha oído que la llamaba?
Maud levantó la vista del libro que estaba leyendo, sin duda un libro perverso.
—No, señora.
«¡Qué embustera!», pensó Sofía. Y dijo:
—Le pedí que cerrara la puerta de la sala y le quedaré agradecida si lo hace.
En aquel momento, Maud habría dado el salario de una semana por tener la fuerza moral de desobedecer a Sofía. No había nada que la forzase a obedecer. Podría pisotear a la débil y frágil Sofía. Pero algo en la mirada de ésta la obligó a obedecer. Hizo aspavientos, torció el gesto, gruñó y molestó sin necesidad al venerable Mancha, pero obedeció. Sofía lo había arriesgado todo y había ganado algo.
—Y debería encender el gas en la cocina —dijo magnánimamente cuando Maud la siguió escalera arriba—. Tal vez su joven vista sea muy buena ahora, pero ésa no es manera de conservarla. Mi hermana y yo le hemos dicho muchas veces que no le escatimamos el gas.
Con aire señorial se reunió con Constanza y se sentó ante la cena fría. Y cuando Maud cerró la puerta las hermanas respiraron aliviadas. Preveían nuevas tribulaciones, pero por un breve instante quedaban apartadas.
Sin embargo, no pudieron comer. Ninguna de las dos fue capaz de tragar. El día había sido demasiado excitante, demasiado penoso. Estaban al cabo de sus recursos. La enfermedad de Fossette, por sí sola, habría sido más que suficiente para dar al traste con su sosiego, pero no era nada al lado de las ingeniosas travesuras de la sirvienta. Maud tenía la sensación de haber sido temporalmente derrotada y estaba planeando nuevas operaciones; pero en realidad era Maud quien había vencido. ¡Pobrecillas, estaban en un «estado» tal que no pudieron ni comer!
—¡No voy a dejar que crea que me ha quitado el apetito! —exclamó Sofía, intrépida. En verdad que el espíritu de aquella mujer era insaciable.
Cortó un par de tajadas del ave fría e hizo rodajas un tomate, revolvió la mantequilla, esparció migas de pan por el mantel, frotó trozos de ave en los platos y ensució cuchillos y tenedores. Después envolvió en un papel las tajadas del ave junto con pan y tomate; en silencio subió con el paquete y volvió a bajar un momento después con las manos vacías.
Tras un intervalo tocó la campanilla y encendió el gas.
—Hemos terminado, Maud. Puede recoger.
Constanza estaba deseando tomar una taza de té. Pensaba que una taza de té era lo único que podía realmente mantenerla viva. La anhelaba apasionadamente. Pero no quiso pedírsela a Maud. Ni siquiera quiso mencionárselo a Sofía, por temor a que ésta, exaltada por la victoria de la puerta, incurriera en nuevos riesgos. Se limitó a pasar sin ella. Con el estómago vacío, intentaron patéticamente ayudarse la una a la otra haciendo solitarios. Y cuando la risueña Maud pasó por la sala para ir a acostarse, vio a dos damas dignas y aparentemente tranquilas absortas en sus deleitosos juegos de cartas, al parecer sin una sola preocupación en el mundo. Dijeron: «Buenas noches, Maud», con jovialidad, cortesía y frialdad. Fue una escena heroica. Inmediatamente después, Sofía se llevó a Fossette a su habitación.
II
La tarde siguiente, las hermanas, que se hallaban en el salón, vieron el automóvil del doctor Stirling pasar a toda velocidad por la Plaza. El socio del médico, Harrop hijo, había muerto hacía unos años con más de setenta, y la consulta era mucho más grande que nunca, incluso que en la época de Harrop padre. En vez de dos o tres caballos, Stirling tenía un automóvil que era un permanente espectáculo en las calles de las ciudades de la región.
—Espero que nos haga una visita —dijo la señora Povey, suspirando.
Sofía sonrió con cierto desdén. Sabía que el deseo de Constanza de ver al doctor Stirling se debía simplemente a su necesidad de contar a alguien la gran calamidad que les había sucedido aquella mañana. Constanza estaba totalmente absorbida por ella, de la manera más provinciana. Sofía se había dicho, al comienzo de su estancia en Bursley y mucho después, que nunca se acostumbraría al exasperante provincianismo de la ciudad, ejemplificado en la pueril preocupación de sus habitantes por sus insignificantes asuntos. ,Ninguna característica de la vida en Bursley la irritaba más. Ninguna la había hecho anhelar, en un breve acceso de locura, la libertad de las grandes ciudades, semejante a la que se disfrutaría en un desierto. Pero se había acostumbrado. En realidad casi había dejado de percibirla. Sólo la acusaba de tiempo en tiempo, cuando sus nervios estaban más descompuestos de lo habitual.
Entró en la habitación de Constanza para ver si el coche del médico se detenía en King Street. En efecto, se detuvo allí.
—Aquí está —gritó a Constanza.
—Me gustaría que bajaras, Sofía —dijo Constanza—, No puedo fiarme de esa picara…
De modo que Sofía bajó a supervisar la apertura de la puerta por la picara.
El médico estaba radiante, como siempre.
—Se me ocurrió venir a ver qué tal iban esos mareos —dijo mientras subía la escalera.
—Me alegro de que haya venido —le dijo Sofía en tono confidencial. Desde que se conocían utilizaban un tono confidencial—. A mi hermana le hará bien verlo a usted hoy.
Justo cuando Maud estaba cerrando la puerta llegó un repartidor de telegramas con uno dirigido a la señora Scales. Sofía lo leyó y luego lo arrugó en la mano.
—¿Qué le pasa hoy a la señora Povey? —preguntó el médico cuando la criada se hubo retirado.
—Sólo quiere que le haga compañía un rato —respondió Sofía—. ¿Quiere subir? Ya conoce el camino al salón. Yo iré dentro de un momento.
En cuanto él se marchó, se sentó en el sofá, mirando por la ventana. Después se dijo, resoplando: «¡Bueno, de todas formas es inútil!», y subió tras el médico. Constanza había dado ya comienzo a su recital.
—Sí —estaba diciendo—. Y cuando bajé esta mañana a echar un vistazo al desayuno, me pareció que Mancha estaba muy silencioso… —hizo una pausa—. Estaba muerto en el cajón. Ella hizo como si no lo supiera, pero estoy segura de que lo mató. Nada me convencerá de que no envenenó a ese perro con el veneno para ratones que compramos el año pasado. Sería muy propio de ella. ¡No me lo diga! Ya lo sé. Debería haberla echado inmediatamente, pero Sofía pensó que era mejor no hacerlo. No podíamos probar nada, como dice Sofía. Y bien, ¿qué piensa usted, doctor?
Los ojos de Constanza se llenaron repentinamente de lágrimas.
—¿Hace mucho tiempo que tenía a Mancha, verdad? —preguntó él, en tono comprensivo.
Ella asintió con la cabeza.
—Cuando me casé —dijo —lo primero que hizo mi marido fue comprar un foxterrier, y desde entonces siempre tuvimos un foxterrier en casa. —Aquello no era cierto, pero Constanza estaba firmemente convencida de que lo era.
—Se pasa muy mal —dijo el médico— Cuando murió mi airedale, le dije a mi mujer que jamás tendría otro perro, a menos que ella pudiera encontrarme uno que viviera eternamente. ¿Se acuerda usted de mi airedale?
—¡Oh, perfectamente!
—Bueno, pues mi mujer dijo que era seguro que acabaría teniendo otro más tarde o más temprano, y que cuanto antes mejor. Se fue derecha a Oldcastle y me compró un cachorro de spaniel; dio tanto trabajo adiestrarlo que no tuvimos mucho tiempo para pensar en Gaitero.
A Constanza este procedimiento le pareció un poco insensible y así lo dijo con acritud. Luego volvió a relatar la muerte de Mancha desde el principio y llegó hasta el entierro, efectuado a primera hora de aquella tarde, en el patio, por el ayudante del señor Critchlow. Había sido preciso quitar algunas losas y volverlas a colocar.
—Desde luego —intervino el señor Stirling—, diez años son mucho tiempo. Era un perro viejo. Bueno, todavía tienen a la célebre Fossette. —Se volvió a Sofía.
—Oh, sí —dijo Constanza como por cumplir—, Fossette está enferma. El hecho es que, si Fossette no hubiera estado enferma, tal vez Mancha estuviese ahora vivo.
En su tono había una nota de agravio. No podía olvidar que Sofía, con aspereza, había expulsado a Mancha a la cocina, enviándolo en la práctica a la muerte. Le parecía muy duro que Fossette, cuya vida en cierta ocasión se había perdido la esperanza de salvar, continuara existiendo, mientras que Mancha, siempre sano, había muerto desatendido y a traición. Por lo demás, a ella nunca le había gustado Fossette. Poniéndose de parte de Mancha, siempre había tenido celos de Fossette.
—¡Tal vez estuviese ahora vivo! —repitió, con un acento peculiar.
Observando que Sofía guardaba un extraño silencio, el doctor Stirling sospechó una ligera tensión en las relaciones de las hermanas y cambió de tema. Una de sus grandes cualidades era que se abstenía de cambiar un tema iniciado por uno de sus pacientes a menos que hubiese una razón profesional para ello.
—Acabo de encontrarme con Richard Povey en la ciudad —dijo—. Me pidió que las avisara de que se pasará por aquí dentro de media hora o así para llevarlas a dar una vuelta. Llevaba un coche nuevo e hizo cuanto pudo para vendérmelo, pero no lo consiguió.
—Es muy amable por parte de Dick —repuso Constanza—, Pero la verdad es que esta tarde no…
—Le agradeceré que lo tome como una receta, pues —replicó el médico—. Le dije a Dick que me ocuparía de que fueran. Hace un espléndido tiempo de junio. No hay polvo después de tanta lluvia. Les vendrá mejor que nada en el mundo. Tengo que ejercer mi autoridad. La verdad es que he ido perdiendo poco a poco toda la autoridad que tenía sobre ustedes. Hacen lo que les parece.
—¡Oh, doctor, qué cosas dice! —murmuró Constanza, no muy complacida aquel día con su tono.
Después de la escena que había tenido lugar entre ella y Sofía en Buxton, Constanza siempre se ensañaba un poco con él, según decía el propio médico. Sofía, pues, le había traicionado en cierto modo. Constanza y el médico hablaron del asunto con franqueza; él la acusó humorísticamente de ser «dura» con él. No obstante, la nubecilla que había entre ellos era real y las circunstancias se cifraban a menudo en un afán de crítica por parte de Constanza al juzgar la conducta del galeno.
—¡Dick tiene una sorpresa para ustedes! —añadió éste.
Dick Povey, tras la muerte de su padre y su parcial recuperación, se había instalado en Hanbridge como representante de bicicletas. Se quedó cojo de manera permanente y andaba a saltitos con un grueso bastón. Tuvo éxito con las bicicletas y lo estaba teniendo con los automóviles. La gente se sorprendió al principio de que se anunciara en las Cinco Ciudades. El vago sentimiento general era que, porque su madre había sido una borracha y su padre un asesino, Dick Povey no tenía derecho a existir. Sin embargo, cuando se recuperó de la conmoción de ver en la Señal el anuncio de gangas de Dick Povey, la región decidió, con más sensatez, que no había razón alguna para que Dick Povey no vendiera bicicletas como un hombre con unos progenitores normales. A la sazón se suponía que se estaba haciendo rico con gran celeridad. Se decía que era un conductor maravilloso, a un tiempo osado y prudente. Cierto día, varios años antes, había adelantado a las hermanas en el barrio rural de Sneyd, donde habían ido a hacer una excursión vespertina. Constanza le había presentado a Sofía y él había insistido en llevar a las señoras a casa. Les habían impresionado mucho sus atenciones con ellas; el natural prejuicio que abrigaban contra una cosa tan nueva como un automóvil había quedado superado al instante. Con posterioridad a aquello, las llevaba de paseo de vez en cuando. Sentía por Constanza una gran admiración, fundada en su gratitud a Samuel Povey; en cuanto a Sofía, siempre le decía que era un ornamento para cualquier automóvil.
—¿No se han enterado de su última ocurrencia, verdad? —inquirió el médico, sonriendo.
—¿Qué? —dijo Sofía mecánicamente.
—Quiere subir en globo. Al parecer ya lo ha hecho una vez.
Constanza dejó escapar un sonido desaprobador.
—Sin embargo, no es ésa su sorpresa —continuó el médico, sonriendo de nuevo con la vista clavada en el suelo. Estaba sentado en el taburete del armonio y se decía, detrás de su máscara de refulgente afabilidad: «Cada vez cuesta más animar a estas dos mujeres. Probaré con la Federación».
La Federación era el nombre que se daba al plan de fusionar las Cinco Ciudades en una sola ciudad, que sería la duodécima ciudad más grande del país. Suscitó furia en Bursley, que no veía en la sugerencia otra cosa que la extinción de su antigua gloria en aras del engrandecimiento de Hanbridge. Hanbridge, con la ayuda de los coches eléctricos que pasaban como balas cada cinco minutos, ya había despojado a Bursley de dos tercios de su comercio minorista —como atestiguaba la constante decadencia de la Plaza—, y Bursley no tenía ningún deseo de tragarse el insulto y convertirse en un simple pupilo de Hanbridge. Bursley moriría luchando. Constanza y Sofía eran enemigas acérrimas de la Federación. Habrían sido capaces de someter a tortura a los federacionistas. Sobre todo Sofía, aunque ausente de su ciudad natal durante tanto tiempo, había adoptado su causa con la energía que la caracterizaba. Y cuando el doctor Stirling quería practicar su tratamiento curativo consistente en «sacar de sí mismas» a las hermanas, no tenía más que soltar la liebre de la Federación y la caza comenzaba de inmediato. Pero aquella tarde no tuvo éxito con Sofía, y sólo de manera parcial con Constanza. Cuando afirmó que iba a haber una reunión pública aquella misma noche y que Constanza, como contribuyente, debía asistir a ella y votar, si sus convicciones eran genuinas, recibió sus chanzas con un simple murmullo que daba a entender que no se consideraba obligada a ir. ¿Es que no se acordaba de que Mancha había muerto? Al cabo se puso serio y las interrogó a las dos acerca de sus achaques; asintió con la cabeza y adoptó una expresión ausente mientras meditaba sobre cada uno de los casos. Y luego, tras preguntarles dónde pensaban pasar las vacaciones de verano, se marchó.
—¿No vas a acompañarlo? —susurró Constanza a Sofía, que le había estrechado la mano en la puerta del salón. Era Sofía la que se movía por la casa, debido al estado del nervio ciático de Constanza. Lo cierto era que Constanza se había vuelto extremadamente inerte y lo dejaba todo en manos de Sofía.
—¡Mira esto! —dijo.
Su rostro asustó a Constanza, que estaba siempre esperando nuevos problemas y preocupaciones. Alisó el papel con dificultad y leyó:
«El señor Gerald Scales está aquí gravemente enfermo. Boldero, Deansgate, 49, Manchester».
Todo el tiempo que duró la visita del doctor Stirling, indeciblemente tediosa y totalmente innecesaria —¿por qué había tenido que ir precisamente entonces? Ninguna de las dos estaba enferma—, Sofía había conservado aquel telegrama escondido en la mano y aquella información escondida en el corazón. Había mantenido la cabeza alta, presentando al mundo una frente serena. No había dado indicio alguno de la terrible explosión, pues una explosión era. Constanza se asombró del dominio de sí misma que tenía su hermana, el cual superaba del todo su comprensión. Pensó que las inquietudes nunca iban a acabar; antes bien, se seguirían multiplicando hasta que la muerte terminara con todo. Primero había sido la horrible preocupación de la criada; luego la muerte y el entierro de Mancha, tan penosos, ¡y ahora Gerald Scales, que volvía a aparecer! ¡Con qué violencia cambiaban ahora de dirección los pensamientos de las dos mujeres! La perversidad de las doncellas era una insignificancia; la muerte de los animales domésticos era una insignificancia. ¡Pero la reaparición de Gerald Scales!… Aquello tendría tal vez unas consecuencias que no se podían ni mencionar, tan angustiosa era la simple posibilidad de que se produjeran. Constanza se quedó sin habla y vio que Sofía también estaba sin habla.
Estaba claro que aquello tenía que suceder. Las personas no se desvanecen sin que se vuelva a saber jamás de ellas. No hay duda de que llega un momento en el que se revela el secreto. Y Sofía se dijo que ese momento había llegado.
Siempre se había negado a pensar en una posible reaparición de Gerald. Había expulsado de sí aquella idea, decidida a convencerse de que había terminado con él definitivamente y para siempre. Lo había olvidado. Hacia años que había dejado de inquietar sus pensamientos, muchos años. «Seguro que ha muerto», se había persuadido. «Es inconcebible que esté vivo y no se haya cruzado en mi camino. Si estuviera vivo y se hubiese enterado de que he hecho dinero, no hay duda de que hubiera venido a verme. ¡No; seguro que ha muerto!».
¡Y no había muerto! El breve telegrama le produjo una conmoción abrumadora. Su vida había sido sosegada, regular, monótona.
Y ahora la veía sumida en una confusión indescriptible por obra de cinco palabras contenidas en un telegrama, repentinamente, sin aviso alguno. Sofía tenía derecho a decirse: «¡Yo ya he tenido suficientes tribulaciones, y más que suficientes!». El final de su vida prometía ser tan terrible como el principio. La mera existencia de Gerald Scales era una amenaza para ella. Pero fue el simple impacto del golpe lo que la afectó de aquella extraordinaria manera, más que lo que pudiera suceder después. Hubiera sido posible imaginar al destino como una bestia cobarde que descargase en pleno rostro a aquella mujer envejecida un golpe de gracia que, sin embargo, no la hubiera derribado. Titubeó pero resistió en pie. Parecía bochornoso —una de esas cosas bochornosas, groseras y espectaculares, que hacen que hierva la sangre— que aquel ser valeroso e indefenso fuese de tal modo maltratado por aquel matón, el destino.
—¡Oh, Sofía! ¿Qué va a pasar ahora?
Los labios de Sofía se curvaron con un gesto de indignación bajo el cual ocultaba su sufrimiento. No lo había visto en treinta y seis años. Ahora tendría más de setenta y había vuelto como la falsa moneda; era desde luego una desgracia. ¿Qué habría estado haciendo durante aquellos treinta y seis años? ¡Ahora era un hombre viejo y debilitado! ¡Vaya una facha que tendría! ¡Y estaba en Manchester, a menos de dos horas!
Sean cuales fueren los sentimientos que abrigara el corazón de Sofía, la ternura no se contaba entre ellos. Mientras se recuperaba del golpe, era consciente sobre todo de un sentimiento de temor. Retrocedía ante el futuro.
—¿Qué vas a hacer? —inquirió Constanza, llorando.
Sofía daba golpecitos con el pie en el suelo, mirando por la ventana.
—¿Vas a ir a verlo? —prosiguió Constanza.
—¡Por supuesto! —respondió Sofía—. ¡Tengo que ir!
Aborrecía la idea de ir a verlo. Se resistía a ella. No pensaba que tuviera obligación moral alguna de ir. ¿Por qué tenía que ir? Gerald no era nada para ella ni tenía derechos de ninguna clase sobre ella. Esto era lo que sinceramente creía. Y, sin embargo, sabía que tenía que acudir a su lado. Sabía que era imposible no ir.
—¿Ahora? —preguntó Constanza.
Sofía hizo un gesto afirmativo.
—¿Y los trenes?… ¡Oh, pobrecita mía! —La simple idea de un viaje a Manchester espantaba a Constanza; se le antojaba una empresa de una complejidad y dificultad sin parangón.
—¿Quieres que vaya contigo?
—¡Oh, no! Debo ir sola.
Constanza se sintió aliviada. No podían dejar a la criada sola en la casa, y la idea de cerrar ésta sin aviso ni preparación le resultaba demasiado fantástica.
Por un común instinto, las dos se encaminaron a la sala.
—Bien…, hará falta un horario de trenes, ¿no? —balbuceó Constanza en la escalera. Se secó los ojos con resolución—. Me pregunto qué es lo que ha podido acabar llevándolo a casa de ese señor Boldero en Deansgate —preguntó a las paredes.
En el momento en que llegaban a la sala se detenía ante la puerta un gran automóvil; cuando se extinguieron las palpitaciones del motor, Dick Povey bajó renqueando del asiento del conductor a la acera. En un instante estaba aporreando la puerta a su manera vivaz. No había manera de librarse de él. Había que abrir la puerta. La abrió Sofía. Dick Povey tenía más de cuarenta años, pero aparentaba bastantes menos. A pesar de su cojera y del hecho de que ésta tendía a ser causa de corpulencia, tenía un aspecto gallardo y su rostro, adornado con un bigote corto y poco espeso, era el de un muchacho. Parecía estar siempre a punto de embarcarse en alguna divertida aventura.
—Bueno, tiítas —saludó a las hermanas, al ver a Constanza detrás de Sofía; muchas veces se dirigía a ellas de esta forma—. ¿Os ha avisado el doctor Stirling de que iba a venir? ¿Por qué no estáis preparadas?
Sofía vio que en el coche había una joven.
—Sí —dijo él, siguiendo su mirada—; podéis mirar. Baje, señorita. Baja, Lily. No hay más remedio. —La joven, delicadamente confusa y ruborizándose, obedeció—. Es la señorita Lily Holl —continuó él. No sé si la recordaréis. No creo. No viene mucho a la Plaza. Pero desde luego os conoce de vista. ¡Es la nieta de vuestro vecino Alderman Holl! Estamos prometidos en matrimonio, ¿qué os parece?
Constanza y Sofía no podían desahogar decorosamente su consternación habiendo aquellas noticias. Los novios tenían que entrar y recibir las felicitaciones por su ingreso en el extenso mundo del amor mutuo. Pero las hermanas, incluso en su penoso dilema, no pudieron dejar de reparar en lo agradable, sosegada y fina que era Lily Holl. Su único defecto parecía ser que era demasiado callada. Dick Povey no era hombre que perdiera el tiempo en formalidades y pronto las apremió a partir.
—Por desgracia, no podemos ir —dijo Sofía—, Tengo que irme a Manchester ahora mismo. Tenemos un grave problema.
—Sí, un grave problema —repitió débilmente Constanza.
El rostro de Dick se nubló, en solidaridad con ellas. Y los novios empezaron a darse cuenta de lo que el egoísmo de su felicidad no les había dejado ver. Pensaron que habían pasado muchos, muchos años desde que aquellas envejecidas damas habían experimentado los deleites que ellos sentían.
—¿Problemas? ¡Cuánto lo siento! —exclamó Dick.
—¿Puedes decirme qué horario tienen los trenes a Manchester? —inquirió Sofía.
—No —repuso Dick con prontitud—. Pero puedo llevarte más deprisa que ningún tren, si es urgente. ¿Dónde quieres ir?
—A Deansgate —dijo Sofía con voz entrecortada.
—Escucha —dijo Dick—; son las tres y media. Ponte en mis manos; te garantizo que estarás en Deansgate antes de las cinco y media. Yo cuidaré de ti.
—Pero…
—No hay pero que valga. Tengo toda la tarde libre.
Al principio la sugerencia les pareció absurda, sobre todo a Constanza. Pero ciertamente era demasiado tentadora como para rechazarla. Mientras Sofía se preparaba para el viaje, Dick, Lily Holl y Constanza conversaban en voz baja y solemne. La pareja esperaba una explicación acerca de la naturaleza del problema; sin embargo, Constanza no se la dio. ¿Cómo les iba a decir «Sofía tiene un marido al que no ha visto desde hace treinta y seis años; está gravemente enfermo y le han telegrafiado para que vaya»? Constanza no podía hacerlo. Ni siquiera se le ocurrió mandar que les trajesen una taza de té.
III
Dick Povey cumplió su palabra. A las cinco y cuarto se detuvo ante el número 49 de Deansgate, en Martchester.
—¡Ahí lo tienes! —exclamó, no sin orgullo—. Bien; nosotros volveremos dentro de un par de horas o así para que nos des tus órdenes, sean las que fueren. —Era muy reconfortante para Sofía el poder contar con su apoyo seguro.
Sin decir mucho más, Sofía entró directamente en la tienda. Al parecer, era una joyería y se dedicaba a gangas en general. Sólo el rótulo convencional que se veía sobre una entrada lateral revelaba que era el establecimiento de un prestamista. El señor Till Boldero hacía buenos negocios en las Cinco Ciudades y en otros centros próximos a Manchester vendiendo objetos de plata, de segunda mano o nominalmente como tales, a personas que deseaban hacer regalos a otras personas o a sí mismas. Enviaba cualquier cosa por correo a prueba. De vez en cuando iba a las Cinco Ciudades y en cierta ocasión, varios años antes, conoció a Constanza. Hablaron. Era hijo de un primo del gran Boldero, muy rico y ya difunto, socio capitalista de los Birkinshaw y tío de Gerald. Fue a través de Constanza como supo del regreso de Sofía a Bursley. Constanza había hecho notar a Sofía muchas veces qué hombre superior era el señor Till Boldero.
La tienda era estrecha y de techos altos. Parecía un zoológico de objetos de plata capturados. En las vitrinas de cristal, que llegaban hasta el oscuro techo, se hallaban confinadas vasijas e instrumentos de plata de toda especie. La parte superior del mostrador era una cárcel de cristal que contenía docenas de relojes de oro junto con cajas de rapé, esmaltes y otras antigüedades. La parte delantera del mostrador estaba también acristalada, dejando ver jarrones y grandes cacharros de porcelana. Aquí y allá colgaban algunos cuadros con pesados marcos dorados. Había una vitrina de paraguas de elaborados puños y ricas borlas. Había un par de estatuillas. El mostrador, por el lado de los clientes, acababa en una mampara de vidrio en la que se leían las palabras «Oficina privada». Por el lado del vendedor obstruía la perspectiva una amplia caja fuerte. Un joven alto buscaba a tientas en aquella caja. Había dos mujeres sentadas en las sillas dispuestas para los clientes; se apoyaban en el mostrador de cristal. El joven fue hacia ellas llevando una bandeja.
—¿Cuánto cuesta esta jarra? —preguntó una de las mujeres, levantando peligrosamente su sombrilla en medio de toda aquella fragilidad y señalando un objeto que se encontraba entre muchos otros en una vitrina alta.
—¿Ésa, señora?
—Sí.
—Treinta y cinco libras.
El joven colocó su bandeja sobre el mostrador. Estaba repleta de más relojes de oro, que aumentaban el extraordinario brillo y centelleo de la tienda. Escogió un pequeño reloj de aquel batallón.
—Bien; puedo recomendarle éste —dijo—. Está hecho por Cuthbert Buder, de Birmingham. Puedo garantizárselo por cinco años. —Hablaba como si fuese el representante acreditado del Banco de Inglaterra, con una tranquila y absoluta seguridad.
Aquello tuvo el misterioso efecto de sosegar a Sofía. Pensó que estaba entre hombres honrados. El joven levantó la cabeza hacia ella en un deferente gesto de interrogación.
—¿Puedo ver al señor Boldero? —preguntó—. Soy la señora Scales.
El rostro del joven mostró de inmediato una expresión comprensiva.
—Sí, señora. Voy a buscarlo ahora mismo —dijo, y desapareció detrás de la caja fuerte. Las dos clientas siguieron examinando el reloj. Después se abrió la puerta de la mampara de cristal y apareció un hombre corpulento, de mediana edad. Vestía de paño azul; llevaba cuello vuelto y una pequeña corbata negra. Su chaleco dejaba ver una cadena de reloj sencilla pero gruesa, y sus gemelos eran de oro liso. Llevaba gafas con montura de oro. Tenía el cabello, la barba y el bigote grises, pero en el dorso de sus manos crecía un ligero vello marrón. Su apariencia era extrañamente afable y digna e inspiraba confianza. Lo cierto es que era uno de los comerciantes más respetados de Manchester.
Dirigió ante sí una mirada escrutadora por encima de los anteojos, que luego se quitó, sosteniéndolos en el aire por el corto mango. Sofía se aproximó a él.
—¿Señora Scales? —dijo él en voz muy baja y benévola. Sofía hizo un gesto de asentimiento—. Por favor, venga por aquí. —Tomó su mano, oprimiéndola con sentido ademán, y la condujo al sanctasanctórum—. No la esperaba tan pronto —prosiguió—. Miré los trenes y pensé que no podría llegar antes de las seis.
Sofía se lo explicó.
Él continuó más allá, atravesando la oficina privada hasta entrar en una especie de salón, y le rogó que tomase asiento. Y también se sentó. Sofía aguardó, por así decirlo, como si fuese un pretendiente.
—Me temo que tengo malas noticias para usted, señora Scales —dijo, siempre con su voz afable y benévola.
—¿Ha muerto?—preguntó Sofía.
El señor Boldero asintió con la cabeza.
—Ha muerto. Puedo decirle que falleció antes de que yo la telegrafiase. Todo sucedió muy repentinamente. —Se detuvo—. ¡Muy, muy repentinamente!
—Sí —respondió Sofía, débilmente. Era consciente de una profunda tristeza que no era pesar, aunque se asemejaba al pesar. Y sentía también que era responsable ante el señor Till Boldero de cualquier adversidad que pudiera haberle ocurrido por causa de Gerald.
—Sí —prosiguió el señor Boldero despaciosa y suavemente—. Vino anoche, justo cuando estábamos cerrando. Llovía mucho. No sé si donde usted vive también. Estaba mojado, en un estado espantoso, sencillamente espantoso. Desde luego, no lo reconocí. No lo había visto antes, hasta donde puedo recordar. Me preguntó si era hijo del señor Till Boldero que tenía esta tienda en 1866. Dije que sí. «Bien —dijo—; es usted el único pariente que tengo. Mi nombre es Gerald Scales. Mi madre era prima del padre de usted. ¿Puede usted hacer algo por mí?». Me di cuenta de que estaba enfermo. Lo alojé aquí. Cuando vi que no podía comer ni beber pensé que era mejor llamar al médico. El médico le ordenó que se acostara. Falleció a la una de esta tarde. Sentí mucho que no estuviera mi mujer para ocuparse de todo un poco mejor. Pero está en Southport; no se encuentra nada bien.
—¿Qué fue? —inquirió sucintamente Sofía.
El señor Boldero entendió la enigmática pregunta.
—Agotamiento, me figuro —respondió.
—¿Está aquí? —preguntó Sofía, levantando la vista en dirección a las posibles habitaciones.
—Sí —repuso el señor Boldero—, Me imagino que querrá verlo.
—Sí —dijo Sofía.
—Su hermana me dijo que hacía mucho que no lo había visto —murmuró el señor Boldero en tono compasivo.
—Desde el año setenta —contestó Sofía.
—¡Oh, Dios mío, Dios mío! —exclamó el señor Boldero— Me temo que todo esto ha sido muy triste para usted, señora Scales. ¡Desde el año setenta! —suspiró—. Debe sobrellevarlo lo mejor que pueda. No soy hombre de muchas palabras, pero tiene usted toda mi comprensión. ¡Ya lo creo que la tiene! Ojalá hubiera estado aquí mi mujer para recibirla.
Asomaron lágrimas a los ojos de Sofía.
—¡No, no! —dijo él—, ¡Ahora tiene que ser valiente!
—Es usted quien me hace llorar —dijo Sofía, con gratitud—. Fue usted muy bueno por alojarlo. Debe de haber sido muy duro para usted.
—¡Oh! —protestó él— No debe hablar así. ¡Yo no podría dejar a un Boldero en la calle, y además a un anciano…! ¡Oh, y pensar que si hubiera conseguido complacer a su tío podría haber sido uno de los hombres más ricos de Lancashire…! ¡Pero entonces no habría un Instituto Boldero en Strangeways! —añadió.
Ambos permanecieron en silencio un momento.
—¿Quiere ir ahora? ¿O prefiere esperar un poco? —le preguntó amablemente el señor Boldero—, Como quiera. ¡Cuánto lamento que no esté mi esposa!
—Iré ahora —dijo Sofía con firmeza. Pero se sentía abrumada.
Él la condujo por un tramo de escalera corto y oscuro que daba a un pasillo; al final de éste había una puerta entreabierta. El señor Boldero la abrió del todo.
—La dejaré un momento —dijo, siempre en el mismo tono contenido—. Me encontrará abajo, si me necesita. —Y se fue andando despacio y sin ruido.
Sofía entró en la habitación, cuya blanca persiana estaba echada. Apreció la consideración que había tenido el señor Boldero al dejarla sola. Estaba temblando. Pero cuando vio, en la pálida semipenumbra, el rostro de un anciano asomando de una sábana blanca, sobre un colchón desnudo, retrocedió, sin temblar ya más, antes bien paralizada por una absoluta rigidez. La que experimentó no fue una conmoción convencional, esperada. Fue una conmoción auténticamente imprevista, la más violenta que había sufrido jamás. En su fuero interno no se había imaginado a Gerald como un hombre muy viejo. Sabía que era viejo; se había dicho que debía de ser muy viejo, que tendría más de setenta años. Pero no se lo había imaginado. El rostro que había sobre el lecho suscitaba lástima y compasión por su vejez. ¡Un rostro marchito, con la lustrosa piel llena de arrugas! La estirada piel de debajo del mentón era como la de una gallina desplumada. Los pómulos se elevaban, y debajo de ellos había unos huecos profundos, casi como hueveras. Una barba blanca, corta y rala, cubría la parte inferior del rostro. El cabello era escaso, irregular y totalmente blanco; de las orejas salía un poco de pelo blanco. La cerrada boca ocultaba evidentemente unas encías desdentadas, pues los labios estaban retraídos. Los párpados parecían estar pegados sobre los ojos; se ajustaban a ellos como la cabritilla. Toda la piel estaba extremadamente pálida; tenía aspecto quebradizo. El cuerpo, cuyos perfiles se veían claramente bajo la sábana, era muy pequeño, delgado; daba pena, como la cara. Y en ésta había una expresión general de fatiga última, de trágico y agudo agotamiento, que hizo que Sofía se alegrara de que el reposo hubiera aliviado aquella fatiga y agotamiento, al tiempo que no dejaba de pensar con horror: «¡Oh! ¡Qué cansado debía de estar!».
Sofía experimentó después una emoción puramente primitiva, no teñida de ningún matiz moral ni religioso. No sintió que Gerald hubiese malgastado su vida, ni que hubiese sido una vergüenza para sí mismo y para ella. Cómo había vivido era algo que no tenía importancia. Lo que le afectó fue que había sido joven y que había envejecido y ahora estaba muerto. La juventud y el vigor habían venido a parar en aquello. La juventud y el vigor siempre venían a parar en aquello. La había tratado mal; la había abandonado; había sido un taimado granuja, pero ¡cuán triviales parecían aquellas acusaciones! Todos sus enormes y amargos agravios contra él se hicieron pedazos y se desmoronaron. Lo vio joven, orgulloso y fuerte, como cuando la había besado tendida en la cama en aquel hotel de Londres —había olvidado su nombre— en 1866; y ahora era viejo, estaba acabado, horrible y muerto. Era el enigma de la vida lo que la desconcertaba y la estaba matando. Por el rabillo del ojo vislumbró, reflejada en el espejo de un armario que había junto a la cama, a una mujer alta y desamparada, que antaño fuera joven y ahora era vieja; que antaño se había regocijado en su sobrada energía y había desafiado orgullosamente a las circunstancias y ahora era vieja. Él y ella se habían amado antaño; habían ardido y se habían peleado con la rutilante y desdeñosa arrogancia de la juventud. Pero el tiempo había acabado con ellos. «¡Un poco de tiempo más —pensó— y yo también yaceré así sobre una cama! Y ¿para qué he vivido? ¿Qué sentido tiene?». El enigma de la misma vida la mataba; sentía como si se estuviese ahogando en un mar de indecible tristeza.
Su memoria vagó con desesperanza por aquellos años pasados. Vio a Chirac con su sonrisa nostálgica. Lo vio arrastrado por el viento sobre el tejado de la Estación del Norte, en el extremo de un globo. Vio al viejo Niepce. Sintió su brazo lascivo en tomo a ella. Ahora era tan vieja como era entonces Niepce. ¿Podía despertar lascivia ahora? ¡Ah! ¡Qué pregunta tan irónica! Ser joven y seductora; poder atraer las miradas de un hombre: aquello le parecía lo único deseable. ¡Antaño había sido así!… Niepce, sin duda, habría muerto hacía años. ¡Niepce, el testarudo y optimista vividor, ya no era más que un montón de huesos en un ataúd!
En aquellos momentos supo lo que era la aflicción. Todo lo que había sufrido con anterioridad quedó reducido a la insignificancia al lado de aquel sufrimiento.
Se volvió hacia la velada ventana, levantó la persiana y miró al exterior. Enormes automóviles rojos y amarillos pasaban con estruendo por Deansgate; traqueteaban camiones ruidosamente; las gentes de Manchester caminaban a toda prisa por las aceras, aparentemente inconscientes de que cuanto hacían era inútil. ¡El día anterior también él había estado en Deansgate, sediento de vida, aborreciendo la idea de la muerte! ¡Qué aspecto debía de tener! Su corazón se deshizo en piedad por él. Dejó caer la persiana.
«¡Mi vida ha sido demasiado terrible! —pensó—. Ojalá estuviera muerta. He sufrido demasiado. Es monstruoso y no puedo soportarlo. No quiero morir, pero me gustaría estar muerta».
Llamaron discretamente a la puerta.
—Adelante —dijo en tono tranquilo, resignado y animoso. El sonido la había hecho despertar, con la celeridad de un milagro, a la indomable dignidad del orgullo humano.
Entró el señor Boldero.
—Me gustaría que bajara a tomar una taza de té —dijo. Era una maravilla de tacto y buen natural—. Por desgracia, mi esposa no está y la casa está un poco manga por hombro, pero he mandado que traigan té.
Ella lo siguió por la escalera hasta el salón. Él le sirvió té.
—Se me había olvidado —dijo Sofía— Tengo prohibido el té. No debo tomarlo.
Miró la taza, enormemente tentada. Ansiaba tomar té. Una transgresión ocasional no podía hacerle daño. Pero ¡no! No lo tomaría.
—Entonces ¿qué puedo traerle?
—Si pudiera tomar sólo leche y agua… —respondió ella tímidamente.
El señor Boldero vació la taza en el recipiente de los posos y empezó a llenarla de nuevo.
—¿Le dijo algo? —preguntó Sofía, después de un considerable silencio.
—Nada —contestó el señor Boldero con su voz baja y tranquilizadora—, Nada excepto que venía de Londres. A juzgar por su calzado, yo diría que había hecho buena parte del camino a pie.
—¡A su edad! —murmuró Sofía, conmovida.
—Sí —suspiró el señor Boldero—. Ha debido de verse en grandes apuros. ¿Sabe? Casi no podía ni hablar. Por cierto, aquí está su ropa. La he guardado.
Sofía vio un montoncito de ropa sobre una silla. Examinó el traje, que todavía estaba mojado, y su aspecto raído y deplorable le causó dolor. El cuello de la camisa estaba casi negro, con el gemelo de pechera de hueso. En cuanto a las botas, las había visto similares en los pies de los vagabundos. Entonces se echó a llorar. Aquélla era la ropa de un hombre que otrora había sido un dandy y se gastaba cincuenta libras a la semana.
—No llevaba equipaje o algo, me imagino —murmuró.
—No —repuso el señor Boldero— En los bolsillos no llevaba más que esto.
Se acercó a la chimenea y cogió un estuche para cartas barato y agrietado, que Sofía abrió. En él había una tarjeta de visita —«Señorita Clemencia Borja»—y una factura del hotel Espíritu Santo, Concepción del Uruguay, en cuyo dorso había multitud de números garabateados.
—Se podría deducir —dijo el señor Boldero— que venía de América del Sur.
—¿Nada más?
—Nada.
El alma de Gerald no se había visto forzada a abandonar gran cosa en las prisas de su huida.
Una criada anunció que los amigos de la señora Scales la esperaban fuera, en el automóvil. Sofía miró al señor Boldero con expresión de exacerbada ansiedad.
—¡No esperarán que vuelva con ellos esta noche! —exclamó—¡Mire todo lo que hay que hacer!
La amabilidad del señor Boldero se redobló entonces.
—Ya no puede hacer nada por él —dijo—. Dígame cuáles son sus deseos por lo que se refiere al funeral. Yo me ocuparé de todo. Vuelva junto a su hermana esta noche. Estará preocupada por usted. Y venga mañana o pasado… ¡No! ¡No hay ningún problema, se lo aseguro!
Sofía cedió.
Así, hacia las ocho, después de comer alguna cosa bajo la supervisión del señor Boldero y ya cerrado el establecimiento de préstamos, el automóvil partió de nuevo para Bursley, con Lily Holl sentada junto a su novio y Sofía sola en el asiento de atrás. No les había dicho nada de la naturaleza de su misión. Vieron que se hallaba en un estado de grave perturbación mental. Al amparo del ruido del coche, Lily dijo a Dick que tenía la seguridad de que la señora Scales estaba enferma; Dick apretó los labios y replicó que pretendía estar en King Street todo lo más a las nueve y media. De vez en cuando Lily miraba disimuladamente a Sofía —una mirada de aprensiva inspección— o le sonreía en silencio, y Sofía respondía vagamente a la sonrisa.
A la media hora habían salido de la circunvalación de Manchester y se hallaban en las carreteras rurales de Cheshire, lustrosas, lisas, sinuosas. Era la estación del año en la que no hay noche; sólo día y crepúsculo, en la que la última plata del anochecer sigue siendo obstinadamente visible durante horas. Y en campo abierto, bajo el arco melancólico de la tarde, la tristeza de la tierra parecía embargar de nuevo a Sofía. Sólo entonces se dio cuenta de la intensidad de la dura prueba por la que estaba pasando.
Al sur de Congleton uno de los neumáticos se aflojó, inmediatamente después de que Dick hubiese encendido los faros. Detuvo el automóvil y bajó. Estaban a dos millas de Ashbury, el pueblo más cercano. Acababa de coger la bolsa de herramientas, con la resignación de la experiencia, cuando Lily exclamó:
—¿Está dormida o qué le ocurre? —Sofía no estaba dormida pero sí, al parecer, inconsciente.
Era una situación difícil y extrema para dos enamorados. Sus voces cambiaron al momento, adoptando un tono de alarma y consternación, y luego recobraron la firmeza. Sofía daba signos de vida pero no de razón. Lily sintió latir el corazón de la pobre anciana.
—¡Bien; no hay más remedio! —dijo Dick cuando todos sus esfuerzos por reanimarla fracasaron.
—¿Qué…, qué vas a hacer?
—Ir a casa todo lo rápido que pueda con tres neumáticos. La colocaremos de este costado y tú la sostendrás. Así quitaremos el peso del otro costado.
Volvió a dejar la bolsa de herramientas en su caja. Lily admiró su decisión.
Fue de esta manera, ya no bajo el hechizo de la cambiante belleza de los paisajes nocturnos, como concluyeron el viaje. Constanza abrió la puerta antes de que el auto se detuviera en la oscuridad de King Street. Los jóvenes pensaron que encajó bien el golpe, si bien el entrar en casa el cuerpo inerte y tembloroso de Sofía, con el sombrero torcido con abandono, fue un espectáculo como para angustiar a un alma más robusta que la de Constanza.
Hecho esto, Dick dijo lacónicamente:
—Me voy. Vosotras quedaos aquí, claro.
—¿Dónde vas? —le preguntó Lily.
—¡Por el médico! —repuso bruscamente Dick, cojeando a toda prisa escalones abajo.
IV
La extraordinaria violencia de aquel giro en los acontecimientos fue lo que más conmocionó a Constanza, aunque no la abrumó. Menos de doce horas antes —qué va, seis horas escasas— ella y Sofía llevaban su plácida y monótona existencia, no perturbada por nada peor que la enfermedad y la muerte de unos perros o la perversidad de una sirvienta. Y ahora, tras haber reaparecido el amenazador Gerald Scales, el cuerpo de Sofía yacía, misterioso y atemorizador, en el sofá, y ella y Lily Holl, una muchacha a la que no había conocido sino aquel mismo día, clavaban los ojos en ella una al lado de la otra, compartiendo íntimamente la misma alarma. Constanza se puso a la altura de la crisis. Ya no podía apoyarse en la energía y la capacidad decisoria de Sofía, y la Baines que había en ella había despertado. Todas sus preocupaciones cotidianas quedaron reducidas a la dimensión de insignificancia que les era propia. Ni la joven ni la mujer de edad sabían qué hacer. Podían aflojarle la ropa, acercar inútiles reconstituyentes a aquella boca atormentada: eso era todo. Sofía no estaba inconsciente, como se podía deducir de sus ojos, pero no podía hablar ni hacer señas; su cuerpo sufría frecuentes convulsiones. Así pues, las mujeres aguardaron y la sirvienta aguardó, algo apartada. La visión de Sofía había obrado una asombrosa transformación en Maud. Maud era una muchacha diferente. Constanza no podía reconocer en su ansioso y deferente afán por ser útil el pizpireto descaro de la desvergonzada. Había cambiado como lo habría hecho un libertino de la Edad Media por obra de una milagrosa aparición. ¡Acaso fuera el paso decisivo en la trayectoria de Maud!
El doctor Stirling llegó antes de que hubiesen pasado diez minutos. Dick Povey tuvo el tino de irlo a buscar a la reunión de la Federación en el ayuntamiento. Y la llegada del médico y de Dick, ruidosamente y a toda velocidad en el automóvil, constituyó una segunda sensación. El médico preguntó inmediatamente qué había sucedido. Nadie pudo decirle nada. Constanza había confiado ya a Lily Holl el motivo de la visita a Manchester, pero eso era cuanto sabía. Ni una sola persona en Bursley, excepto Sofía, sabía lo que había ocurrido en Manchester. Pero Constanza infirió que Gerald Scales había muerto; de lo contrario, Sofía no habría vuelto tan pronto. Entonces el médico sugirió que, por el contrario, tal vez estuviera fuera de peligro. Y todos imaginaron a aquel fastidioso Gerald Scales, aquel oscuro y siniestro marido que había causado tan violento trastorno.
Entretanto, el médico se puso a trabajar. Envió a Dick Povey a casa de Critchlow, si la farmacia estaba cerrada, por un medicamento. Luego, al cabo de un rato, levantó a Sofía tal como estaba, se la echó al hombro como un fardo y la subió él solo al segundo piso. Había dado recientemente un curso a los entusiastas de la Asociación de Ambulancia Saint John, de Bursley. La hazaña pareció cosa de un superhombre. En la memoria de Constanza quedó impresa sobre todo la imagen del corpulento médico ascendiendo cauta y delicadamente por la sinuosa y crujiente escalera, con cuidado de preservar a Sofía de todo contacto brusco; su traspié en los dos peldaños de en medio del pasillo; la cabeza de Sofía y su cabello suelto, y después el médico poniéndola con suavidad en la cama, dejando escapar un largo suspiro y agitando su gran pañuelo, y todo ello bajo las crudas luces y sombras de las lámparas de gas. El médico estaba desconcertado. Constanza le hizo un nuevo relato del primer ataque de Sofía en París, más o menos como se lo había oído contar a Sofía. Él dijo al instante que no podía tratarse de lo que había dicho el médico francés. Constanza se encogió de hombros. No le sorprendía. Para ella, un médico francés era necesariamente una especie de charlatán. Dijo que sólo sabía lo que le había contado Sofía. Pasado un tiempo, el doctor Stirling decidió probar con la electricidad y Dick Povey lo llevó a la consulta por el equipo. Las mujeres se quedaron solas de nuevo. Constanza estaba muy impresionada por la actitud sensata y solidaria de Lily Holl. «¡No sé lo que habría hecho sin la señorita Lily!», exclamaba después. Hasta Maud era merecedora de toda alabanza. Parecía que estaban en mitad de la noche cuando regresó el doctor Stirling, pero apenas eran las once y la gente empezaba a volver del teatro y del music hall de Hanbridge. El uso del equipo eléctrico fue un espectáculo espantoso. Era angustioso ver a Sofía inerte a pesar de su acción. Esperaron el resultado conteniendo el aliento. Y no hubo resultado. Ni las inyecciones ni la electricidad lograron influir en la parálisis de la boca y la garganta de Sofía. Todo había fracasado.
—¡Sólo queda esperar! —dijo el médico en voz baja. Todos aguardaron en la habitación. Sofía parecía haber entrado en una especie de coma. La distorsión de su hermoso rostro se hacía más marcada conforme pasaba el tiempo. El médico hablaba de vez en cuando en susurros. Dijo que el ataque había sido causado en última instancia por el frío producido por el rápido movimiento del automóvil. Dick Povey musitó que tenía que ir a Hanbridge a comunicar a los padres de Lily que no se alarmaran por ella y que volvería enseguida. Les tenía mucho afecto. En el rellano vecino a la habitación, el médico le murmuró: «U.P[58]». Y Dick hizo un gesto de asentimiento. Eran grandes amigos.
De vez en cuando, el médico, que nunca sabía cuándo estaba vencido, probó nuevos métodos para tratar el caso de Sofía. Siguieron nuevos síntomas. Eran las doce y media cuando, tras contemplar con especial intensidad a la paciente y tras haberle examinado la boca y el corazón, se enderezó lentamente y miró a Constanza.
—¿Todo ha terminado? —dijo ésta.
Y él movió ligeramente la cabeza.
—Vamos abajo, por favor —la conminó en la pausa que se produjo. Constanza mostró un valor sorprendente. El médico estuvo muy solemne y amable; Constanza no lo había visto nunca en tan heroica actitud. La condujo fuera de la habitación con infinita gentileza. No había ningún motivo para permanecer allí; Sofía había muerto. Constanza quiso quedarse junto a su cuerpo, pero la norma era que había que alejar a los dolientes; el médico observó esta estricta norma y Constanza pensó que tenía razón y que debía obedecer. Lily Holl la siguió. La sirvienta, que supo la verdad merced a la intuición que se reconoce a las naturalezas primitivas, estalló en ruidosos sollozos, clamando que Sofía había sido el ama más excelente que jamás hubiera tenido una criada. El médico le dijo enojado que no se quedara allí gimoteando y que se fuera a la cocina y cerrara la puerta si no se podía dominar. Descargó como un trueno toda su agitación nerviosa acumulada sobre Maud. Constanza siguió comportándose maravillosamente. Era la admiración del médico y de Lily Holl. Entonces volvió Dick Povey. Se acordó que Lily pasara la noche con Constanza. Al final el médico y Dick se marcharon juntos; el primero se hizo cargo de las disposiciones funerarias. Se obligó a Maud a acostarse.
Constanza se levantó muy temprano de su propia cama. Eran las cinco y ya se había hecho de día más de dos horas antes. Se movió sin hacer ruido y miró al sofá por encima de los pies de la cama. Allí estaba Lily tranquilamente dormida, con la suave respiración de un niño. Lily habría juzgado que ella era una mujer muy madura que había visto mucho en la vida. Pero para Constanza su rostro y su actitud tenían la calidad exquisita de la infancia. No era exactamente una muchacha bonita, pero sus rasgos, la cándida expresión de su disposición producían un efecto afín al de la belleza. Su abandono era total. Había salido indemne de aquella noche y ahora se estaba renovando en un sueño sosegado y ajeno a todo. Se dejaba ver entonces su ingenuo aire de niña. Parecía como si toda su conducta prudente y amable de la tarde anterior no fuera otra cosa que gestos imitativos. Parecía imposible que un ser tan joven y fresco hubiera experimentado realmente el estado de ánimo del cual eran expresión sus gestos. Su enérgica sencillez virginal hizo que Constanza se sintiera vagamente triste por ella.
Constanza salió sigilosamente de la habitación y subió al segundo piso; entró en su vestidor y después en la otra cámara. Se sentía obligada a ver otra vez el cadáver de Sofía. ¡Qué increíble rapidez la de la calamidad! ¿Quién podría haberlo previsto? Constanza estaba menos desolada que paralizada. Aún no había hecho más que rozar los bordes de su pesar. No había empezado a pensar en sí misma. Contemplando el cuerpo de Sofía, se sentía inundada de compasión no por sí misma sino por el inmenso desastre de la vida de su hermana. Entonces percibió plenamente por primera vez la enormidad de aquel desastre. El encanto y la belleza de Sofía, ¿de qué le servían ahora a su propietaria? Vio imágenes de la trayectoria de Sofía, imágenes distorsionadas y grotescas que se habían formado en su poco viajada mente a partir de los escasos y resumidos relatos de su hermana. ¡Qué historia! ¡Una breve pasión, y luego casi treinta años en una casa de huéspedes! Y Sofía no había tenido un hijo; no había conocido la alegría ni el dolor de la maternidad. Ni siquiera había tenido un verdadero hogar hasta que, en todo su estéril esplendor, llegó a Bursley. ¡Y había terminado así! Ése era el lamentable e ignominioso fin de los extraordinarios dones de cuerpo y alma de Sofía. La suya no había sido vida. ¿Y por qué? ¡Es extraño cómo el destino se empeña en justificar las duras generalizaciones de la moral puritana, de la moral en la que habían educado a Constanza sus estrictos padres! Sofía había pecado. Era por tanto inevitable que pagara por ello. Una aventura como la que, con su orgullo perverso y caprichoso, había emprendido con Gerald Scales no podía acabar de otra manera. No podría haber acarreado nada más que mal. No había modo de escapar a estas verdades, pensó Constanza. Y había que disculparla por creer que todo el progreso y el ingenio modernos no son nada y que el mundo se vería obligado a volver sobre sus pasos y a empezar de nuevo por el camino que había abandonado.
Hasta pocos días antes de su muerte, la gente acostumbraba a observar que la señora Scales parecía tan joven como siempre y que estaba tan vital y vigorosa como siempre. Y verdaderamente, mirándola a cierta distancia —aquel hermoso óvalo, aquel porte erguido del esbelto cuerpo, aquella mirada desafiante— nadie habría dicho que tenía sesenta años. Pero ¡miradla ahora, con el rostro retorcido, las pupilas sin vista, la piel gastada; no parecía tener sesenta, sino setenta! ¡Parecía una cosa usada, agotada y arrojada a un lado! Sí; a Constanza se le deshizo el corazón de angustiada piedad por aquel ser tempestuoso. Y mezclado con la piedad había un severo reconocimiento de la actuación de la justicia divina. Acudió a los labios de Constanza la misma frase que había acudido a los de Samuel Povey en una ocasión muy diferente: «¡De Dios no hay quien se burle!». Las ideas de sus padres y sus abuelos habían permanecido intactas en Constanza. Es cierto que su padre se hubiera estremecido en el Cielo si hubiera visto a Constanza haciendo solitarios por la noche. Pero a pesar de las cartas, y de un hijo que nunca iba a la iglesia, Constanza, sometida a las diversas influencias del destino, había seguido siendo en lo esencial lo mismo que su padre. No se dejaba ver en ella la fuerza de la evolución. Hay miles de personas así.
Lily, que se había despertado y vestido con el semblante irreal de una mujer adulta y comprensiva, entró en la habitación sin hacer ruido, buscando a la pobre anciana. Había venido el amortajador.
En el primer correo llegó una carta del señor Till Boldero dirigida a Sofía. De su contenido se deducía claramente la muerte de Gerald Scales. Entonces, según parecía, a Constanza ya no le quedaba nada que hacer. Se había hecho por ella cuanto se podía hacer. Y voluntades más fuertes que la suya la metieron en cama. Telegrafiaron a Cyril. Acudió de visita el señor Critchlow, seguido de la señora Critchlow: una molesta carga, pero útil en determinados asuntos. No se permitió al señor Critchlow ver a Constanza. Ella oyó su chirriante voz en el pasillo. Tenía que estar allí acostada y tranquila, y el repentino sosiego resultaba extraño después de la febril violencia de la noche. ¡Sólo veinticuatro horas antes estaba preocupada por la muerte de un perro! Su cuerpo estaba anhelante de sueño; se durmió, y los pensamientos sobre el misterio de la vida se fundieron con las incoherencias de los sueños.
La noticia se difundió por la Plaza antes de las nueve. Algunas personas habían presenciado la llegada del automóvil y el traslado de Sofía a la casa. Se habían extendido falsos rumores sobre la muerte de Gerald Scales. Según algunos, se había suicidado. Pero la ciudad, aunque excitada, no se conmovió como se habría conmovido por un acontecimiento similar veinte años antes, o incluso diez. Los tiempos habían cambiado en Bursley. Bursley era más sofisticada que en los días de antaño.
Constanza temía que Cyril, a pesar de la gravedad de la ocasión, se retrasara como tenía por costumbre. Había aprendido hacía mucho a no confiar en él. Pero llegó aquella misma tarde. Su comportamiento fue perfecto en todos los sentidos. Mostró una aflicción serena pero sincera por la muerte de su tía. Además, se hizo cargo inmediatamente de todas las disposiciones, tanto con respecto a Sofía como a su marido. Constanza estaba sorprendida de la facilidad que mostró en la dirección de cuestiones prácticas y la seguridad con que daba órdenes. Nunca lo había visto dirigir algo. Él incluso dijo que nunca había dirigido nada, pero que le parecía que no tenía ninguna dificultad, en tanto que Constanza se había, imaginado una fastidiosa serie de variadas complicaciones. En cuanto al entierro de Sofía, Cyril se manifestó enérgicamente a favor de un funeral absolutamente privado, es decir, al cual no asistiera nadie más que él. Parecía desaprobar con pasión todo género de exhibiciones. Constanza estaba de acuerdo con él, pero dijo que sería imposible no invitar al señor Critchlow, el fideicomisario de Sofía, y que si se invitaba al señor Critchlow habría que invitar a otros. Cyril preguntó:
—¿Por qué imposible?
Constanza dijo:
—Porque sería imposible. Porque el señor Critchlow se sentiría ofendido.
Y Cyril replicó:
—¿Qué más da que se sienta ofendido? —e indicó que el señor Critchlow se recuperaría del daño. Constanza se puso más seria. La discusión amenazaba acalorarse. Repentinamente Cyril cedió.
—¡Está bien, señora Plover, está bien! Será exactamente como usted diga —dijo, en tono suavemente humorístico. Hacía años que no la llamaba «señora Plover». Ella pensó que no era un momento muy oportuno para jocosidades verbales, pero el joven fue tan amable que ella no se quejó. Así pues, hubo seis personas en el funeral de Sofía, incluyendo al señor Critchlow. No se ofrecieron refrigerios. Los dolientes se separaron en la iglesia. Cuando los dos funerales concluyeron, Cyril se sentó al armonio y tocó suavemente; dijo que el instrumento estaba bien afinado. La presencia del joven resultó extraordinariamente tranquilizadora.
Tenía a la sazón treinta y tres años. Sus hábitos eran tan diligentes como siempre y su preocupación por su arte igual de entusiasta. Pero no había logrado fama ni éxito. No tenía ganancias y vivía con toda comodidad de la asignación de su madre. Rara vez hablaba de sus planes y nunca de sus esperanzas. De hecho se había adaptado a ser un diletante, habiendo aprendido a despreciar los triunfos que no tenía fuerzas para conquistar. Se imaginaba que la diligencia y una vida regular eran suficiente justificación en sí mismas para la vida de cualquier hombre. Constanza había perdido la costumbre de esperar que asombrase al mundo. Los modales de Cyril eran graves y precisos, corteses y tibios, con un toque de condescendencia hacia su entorno, como si estuviese constantemente permitiendo a los perspicaces darse cuenta de que no le quedaba nada por aprender…, ¡si se supiera la verdad! Su humor había asumido una forma diferente. A menudo sonreía para sí. Era anodino.
El día siguiente del funeral de Sofía se puso a trabajar para diseñar una sencilla piedra para la tumba de su tía. Dijo que no soportaría una lápida corriente, que siempre le daba la impresión de que el viento podría derribarla, negando así la idea de la solidez. Su madre no entendió nada de lo que dijo. Pensó que la inscripción de su lápida era afectada y recargada, pero la dejó pasar sin comentario, secretamente halagada ya sólo porque se hubiera dignado diseñar una lápida.
Sofía había dejado todo su dinero a Cyril y lo había nombrado su único albacea testamentario. Esta disposición había sido acordada con Constanza. Las hermanas pensaron que era el mejor plan. Cyril no tuvo en cuenta para nada al señor Critchlow y acudió a un joven abogado de Hanbridge, amigo suyo y de Matthew Peel-Swynnerton. El señor Critchlow, de edad avanzada y poco acostumbrado a interferencias, tuvo que rendir cuentas de su fideicomiso a aquel joven y se sintió indignado. El patrimonio resultó ser de un valor de más de treinta y cinco mil libras. En conjunto, Sofía había sido prudente, incluso mezquina. A menudo decía a Constanza que debía gastar con mucha más libertad; ella había tenido unos pocos arranques de extravagancia. Pero el hábito de la severa frugalidad, iniciado en 1870 y practicado sin interrupción hasta que llegó a Inglaterra en 1897, había sido demasiado fuerte para sus teorías. El despilfarro de dinero la hacía sufrir. Y a su edad no podía inventarse gustos caros.
Cyril no dejó traslucir emoción alguna al saberse heredero de treinta y cinco mil libras. No pareció que le importara. Hablaba de aquella cantidad como podría hacerlo un millonario. En justicia hay que decir que la riqueza no le importaba nada, excepto en la medida en que pudiera complacer a su vista y a su oído, educados en la voluptuosidad artística. Pero, por su madre y por Bursley, podría haber afectado alguna satisfacción. Su madre se sentía en cierto modo ofendida. La conducta del joven la inducía a volver una y otra vez a la meditación sobre la inutilidad de la trayectoria de Sofía y el desperdicio de sus atributos. Había envejecido y se había endurecido en años sin alegría para amasar aquel dinero, que Cyril se gastaría fríamente y con ingratitud, sin pesar jamás en el inmenso esfuerzo e infinito sacrificio que había costado reunirlo. Se lo gastaría con tanta despreocupación como si se lo hubiera encontrado en la calle. Conforme pasaban los días y Constanza se daba cuenta de su propio dolor, también se fue dando cada vez más cuenta de la absoluta tragedia de la vida de Sofía. La testaruda Sofía había engañado a su madre, y había pagado el engaño con treinta años de melancolía y toda la frustración de su destino.
Después de estar quince días dando vueltas por Bursley elegantemente vestido de negro, Cyril, sin previo aviso, dijo una noche:
—Tengo que irme pasado mañana, madre. —Y le habló de un viaje a Hungría planeado en firme desde hacía mucho tiempo con Matthew Peel-Swynnerton y que no se podía aplazar, ya que comprendía «negocios». Hasta entonces no había dicho una palabra de aquello. Era tan reservado como siempre. En cuanto a las vacaciones de su madre, sugirió que podía irse con los Holl y Dick Povey. Veía con buenos ojos a Lily Holl y a Dick Povey. De Dick Povey dijo:
—Es uno de los tipos más notables de las Cinco Ciudades. —Y tenía el aspecto de haber construido la reputación de Dick. Constanza, sabiendo que no había apelación, aceptó la sentencia de soledad. Su salud era singularmente buena.
Cuando su hijo se hubo marchado, se dijo: «¡Hace apenas dos semanas Sofía estaba sentada a esta mesa!». De vez en cuando recordaba, con una ligera conmoción, que la pobre Sofía, orgullosa y dominante, había muerto.