CAPITULO V
OTRO CRIMEN
I
Cierta noche —el mismo año, unos seis meses después de la tragedia del florín —despertaron a Samuel Povey una mano en su hombro y una voz que le susurraba:
—¡Papá!
El ladrón y embustero estaba en camisa de noche junto a la cama. Los ojos somnolientos de Samuel lograron apenas distinguirlo en la densa penumbra.
—¿Qué…, qué? —preguntó, recobrando poco a poco la consciencia—, ¿Qué estás haciendo ahí?
—No quería despertar a mamá —dijo el muchacho en voz muy baja—. Hay alguien tirando tierra o algo a las ventanas, y lleva mucho rato.
—¿Eh? ¿Cómo?
Samuel miró fijamente al embustero y ladrón. El chico era alto; ya no era ningún chiquillo; sin embargo en aquel momento a su padre le pareció un chiquillo, una criatura en camisa de noche, con gestos e inflexiones infantiles y una deliciosa y extraña preocupación infantil por no molestar a su madre, que últimamente había dormido poco a causa de una enfermedad de Amy que había requerido cuidados. Su padre no lo había visto así desde hacía años. En aquel instante la convicción de que Cyril era permanentemente inadecuado para la sociedad humana se desvaneció de forma definitiva de la mente paterna. El tiempo la había debilitado ya muy considerablemente. La decisión de que, fuera Cyril lo que fuera, debían irse de vacaciones en verano como siempre, había supuesto un terrible golpe para ella. Y sin embargo, aunque Samuel y Constanza se habían acostumbrado a la compañía de un delincuente de tal manera que con harta frecuencia se olvidaban de su culpa durante largos períodos de tiempo, en Samuel había persistido la convicción de aquella lepra suya hasta aquel preciso instante, en el cual desapareció de forma extrañamente repentina, para el consciente alivio de Samuel.
Se oyó una lluvia de bolitas en la ventana.
—¿Oyes eso? —preguntó Cyril en dramáticos susurros—. ¡Y en mi ventana igual!
Samuel se levantó.
—Vuelve a tu habitación —ordenó con iguales susurros dramáticos, pero no como un padre a su hijo sino como un conspirador a otro.
Constanza estaba dormida. Oían su respiración regular.
Descalza, la figura mayor en camisón siguió a la más joven; uno detrás de otro hicieron crujir los dos escalones que separaban la habitación de Cyril de la de sus padres.
—Cierra la puerta sin hacer ruido —dijo Samuel.
Cyril obedeció.
Y después, tras encender la luz de gas de Cyril, Samuel descorrió las cortinas, abrió el pestillo de la ventana y empezó a abrir ésta con grandes precauciones para no hacer ruido. Todas las ventanas de guillotina de la casa eran difíciles de manejar. Cyril estaba junto a su padre, temblando sin saber por qué temblaba, sólo sorprendido de que su padre no le hubiese dicho que se metiera en la cama inmediatamente. Era sin duda alguna el momento de mayor orgullo de la trayectoria de Cyril. Además de las misteriosas circunstancias de la noche, la situación poseía esa emoción que siempre se comunica a un padre y a un hijo cuando están metidos en un empeño que ni se imagina la mujer para la cual sus vidas no tienen ningún secreto.
Samuel sacó la cabeza por la ventana.
Había allí un hombre.
—¿Eres tú, Samuel? —se oyó decir en voz baja.
—Si —dijo Samuel cautelosamente—, ¿No eres el primo Daniel?
—Tengo que hablar contigo —dijo Daniel Povey, cortante.
Samuel hizo una pausa.
—Bajo en un minuto —respondió.
Cyril recibió por fin la orden de meterse en la cama inmediatamente.
—¿Qué pasa, papá? —inquirió gozosamente.
—No lo sé. Voy a echarme algo encima e iré a ver.
Cerró la ventana cortando el paso a las brisas que se estaban colando en la habitación.
—¡Ahora, deprisa, antes de que apague el gas! —advirtió con la mano en la llave.
—Me lo dirás por la mañana, ¿verdad, papá?
—Sí —dijo el señor Povey, dominando su impulso habitual de decir «no».
Regresó sigilosamente al dormitorio grande para buscar a tientas algo de ropa.
Cuando, tras bajar a la sala y encender el gas, abrió la puerta lateral para que entrase el primo Daniel, no había ni rastro de éste. Luego vio una figura en la esquina de la Plaza. Silbó —Samuel tenía una singular facultad silbadora, la envidia de su hijo— y Daniel le hizo una seña. Apagó casi el gas y salió corriendo sin sombrero. Iba casi totalmente vestido, con excepción del cuello de la camisa y la corbata, y se había subido el cuello del abrigo.
Daniel avanzó delante de él sin esperarle y entró en la pastelería, que se hallaba enfrente. Como formaba parte del edificio más moderno de la Plaza, el establecimiento de Daniel contaba con uno de esos cierres metálicos que se bajan, con los que se cierra una tienda con un movimiento parecido al de dar cuerda a un gran reloj, en vez de cerrar veinte postigos diferentes uno por uno como en el siglo dieciséis. La puertecita de la gran hoja de hierro estaba abierta y Daniel se había internado en las tinieblas que había detrás de ella. En el mismo momento apareció un policía de ronda, aislando al señor Povey de Daniel.
—Buenas noches, oficial. ¡Brrr! —dijo el señor Povey, revistiéndose de dignidad y conduciéndose como si formase parte de sus hábitos normales hacer ejercicio sin cuello y con la cabeza descubierta en la Plaza de San Lucas las frías noches de noviembre. Se comportó de aquel modo porque estaba claro que si Daniel hubiera deseado los servicios de un policía se hubiese dirigido a aquél.
—Buenas noches, señor —dijo el policía tras reconocerlo.
—¿Qué hora es? —preguntó Samuel con osadía.
—La una y cuarto, señor.
El policía, dejando a Samuel ante la puertecita abierta, siguió adelante y cruzó la Plaza iluminada; Samuel entró en la tienda de su primo.
Daniel Povey estaba detrás de la puerta; cuando entró Samuel la cerró con un alarmante movimiento repentino. Con la excepción de la titilante luz de gas, la tienda se hallaba sumida en la oscuridad. Tenía la apariencia desierta que una pastelería y panadería bien dirigida tiene siempre por la noche. La gran balanza de latón, junto a las latas de harina, lanzaba destellos; las repisas de cristal de los pasteles, en los que apenas había algunos, apresaban también el tenue fulgor del gas.
—¿Qué pasa, Daniel? ¿Ocurre algo? —preguntó Samuel, con la sensación de ser un crío que tenía siempre en presencia de Daniel.
Aquel hombre bien parecido de cabellos blancos le agarró por el hombro con una fuerza que dejó a Samuel convicto de fragilidad.
—Oye, Samuel —cuchicheó con su agradable voz, un tanto alterada por la excitación—, ¿Tú sabes que mi mujer bebe?
Miró a Samuel con expresión desafiante.
—N-no —respondió Samuel—, Es decir…, nadie ha dicho jamás…
Aquello era cierto. Él no sabía que la esposa de Daniel Povey, a los cincuenta años, se había dado claramente a la bebida. Había habido rumores de que se tomaba un vaso con demasiada delectación, pero «beber» significaba algo más que eso.
—Pues bebe —prosiguió Daniel Povey—. ¡Y lleva dos años haciéndolo!
—Lamento mucho lo que me dices —contestó Samuel, muy conmocionado por aquel brutal desgarramiento de la capa del decoro.
Todo el mundo había estado siempre fingiendo ante Daniel, al igual que Daniel ante todo el mundo, que su mujer era como las demás. Y ahora él mismo había hecho pedazos en un momento el velo tejido durante treinta años.
—¡Y si fuera eso lo peor! —murmuró reflexivamente Daniel, aflojando su apretón.
Samuel se sentía muy perturbado. Su primo estaba aludiendo a unos asuntos que él mismo, por lo menos, jamás había mencionado ni siquiera a Constanza, tan aborrecibles eran; unos asuntos inenarrables, que se cernían como nubes en la atmósfera social de la ciudad y de los cuales, muy de tarde en tarde, uno comunicaba su conocimiento no con palabras sirio con algo apenas perceptible en la mirada, en el tono de voz. No es frecuente que una ciudad como Bursley sea distinguida con una mujer como la esposa de Daniel Povey.
—Pero ¿qué ocurre? —preguntó Samuel tratando de mostrarse firme.
Y «¿qué ocurre?», se preguntó a sí mismo. «¿Qué significa todo esto, a la una y pico de la mañana?».
—Escucha, Samuel —empezó Daniel de nuevo, agarrándole por el hombro otra vez—. Hoy fui al Liverpool, al mercado del grano; perdí el último tren, de modo que vine en el correo desde Crewe. Y ¿qué es lo que me encuentro? Me encuentro a Dick sentado en las escaleras, a oscuras, casi desnudo.
—¿Sentado en las escaleras? ¿A Dick?
—¡Sí! ¡A esto vine a casa!
—Pero.:.
—¡Espera! Llevaba un par de días en cama con resfriado y fiebre, que había cogido por meterse en sábanas húmedas que su madre había olvidado airear. No le lleva nada de cenar esta noche. Él la llama. No hay respuesta. Entonces se levanta para ir abajo y ve lo que ha ocurrido, resbala en las escaleras y se rompe la rodilla o se la disloca. ¡Estuvo horas sentado allí, al parecer! No podía subir ni bajar.
—Y tu mujer… ¿estaba…?
—¡Borracha perdida en la sala, Samuel!
—Pero ¿y la criada?
—¡La criada! —rió Daniel Povey—. No podemos retener a nuestras criadas. No hay modo de que se queden. Tú ya lo sabes.
Lo sabía. Los métodos y peculiaridades domésticas de la señora Povey podían al menos discutirse libremente y así se hacía.
—¿Y qué has hecho?
—¿Hacer? Bueno, lo cogí en brazos y lo llevé arriba. ¡Y no sabes lo que me costó! ¡Ven! ¡Por aquí!
Daniel cruzó impulsivamente el local a grandes zancadas —la trampilla del mostrador estaba levantada— y abrió una puerta en la parte de atrás. Samuel le siguió. Nunca había penetrado tanto antes en los secretos de su primo. A la izquierda estaba la escalera, en tinieblas; a la derecha una puerta cerrada, y delante una puerta abierta que daba a un patio. En el extremo de éste pudo distinguir un edificio vagamente iluminado y unas figuras desnudas que se movían extrañamente en su interior.
—¿Qué es eso? ¿Quién está ahí? —preguntó de pronto.
—Es la tahona —replicó Daniel, como sorprendido por aquella pregunta—. Es una de las noches largas.
Jamás, en lo poco que le quedaba de vida, comió Samuel un bocado de pan corriente sin recordar aquella aparición a medianoche. Llevaba medio siglo de vida y hasta entonces había comido pan irreflexivamente, como si las hogazas crecieran ya hechas en los árboles.
—¡Escucha! —le ordenó Daniel.
Aguzó el oído y captó un débil gemido lastimero procedente de uno de los pisos altos.
—¡Es Dick! ¡Es él!
Parecía más la congoja de un niño que la de un audaz joven de veinticuatro años.
—Pero ¿le duele? ¿Has avisado al médico?
—Todavía no —respondió Daniel, con la mirada ausente.
Samuel lo observó de cerca durante un segundo. Daniel le pareció muy viejo, indefenso y patético, un hombre que no estaba a la altura de la situación en la que se encontraba, y sin embargo, a pesar de las dignas nieves de la edad, nostálgicamente muchachil. Samuel pensó rápidamente: «Esto ha sido demasiado para él. Está casi fuera de sus cabales. Ésa es la explicación. Alguien tiene que hacerse cargo, y debo ser yo». Y toda la valerosa resolución de su carácter se preparó para hacer frente a la crisis. El ir sin cuello y en zapatillas y llevar los tirantes sujetos de cualquier manera parecía formar parte de la crisis.
—Subo un momento a echarle un vistazo —dijo Samuel en tono práctico.
Daniel no replicó.
En lo alto de la escalera brillaba una luz trémula. Samuel subió, encontró el surtidor del gas y lo abrió del todo. Se reveló ante sus ojos un pasillo lúgubre, sucio y mugriento, verdadera antesala de la incomodidad. Guiado por los gemidos, Samuel entró en un dormitorio que se hallaba en unas condiciones vergonzosas de abandono e iluminado solamente por una vela casi acabada. ¿Era posible que un ama de casa pudiera perder el respeto a sí misma hasta aquel punto? Samuel pensó en su propia morada, meticulosa e impecablemente mantenida, y en su alma brotó un profundo encono contra la esposa de Daniel Povey.
—¿Es usted, doctor? —dijo una voz desde la cama; cesaron los gemidos.
Samuel levantó la vela.
Allí estaba tendido Dick, sudando y con la cara, en la que se veía una barba de varios días, contorsionada por el sufrimiento; su alborotado cabello castaño estaba empapado en sudor.
—¿Dónde demonios está el médico? —interrogó el joven con brusquedad. Era evidente que la presencia de Samuel no le inspiraba curiosidad alguna; lo único que le sorprendía era que no se tratara del médico.
—Ya viene, ya viene —dijo Samuel en tono tranquilizador.
—Pues si no viene pronto me va a encontrar muerto —dijo Dick, con débil ira rencorosa—. Puedes estar seguro.
Samuel dejó la vela y bajó corriendo.
—Oye, Daniel —dijo, excitado y acalorado—, esto es ridículo, de verdad. ¿Por qué demonios no fuiste a buscar al médico mientras me esperabas? ¿Dónde está tu mujer?
Daniel Povey estaba echando con lentitud granos de maíz, que sacaba del bolsillo de su chaqueta, en uno de los grandes receptáculos que había detrás del mostrador, en la parte del local dedicado a panadería. Se había aprovisionado con maíz como munición para lanzar a la ventana del dormitorio de Samuel; ahora estaba devolviendo el excedente.
—¿Vas a ir a buscar a Harrop? —preguntó vacilante.
—¡Pues claro! —exclamó Samuel—¿Dónde está tu mujer?
—Será mejor que vayas a echarle un vistazo —dijo Daniel Povey—. Está en la sala.
Precedió a Samuel hacia la puerta cerrada de la derecha. Cuando la abrió apareció la sala, totalmente iluminada.
—¡Aquí! ¡Entra! —dijo Daniel.
Samuel entró, atemorizado. En la estancia, tan desordenada y sucia como el dormitorio, yacía la señora Povey tendida de mala manera en un sofá de crin, con la cabeza echada hacia atrás, el rostro descolorido, los ojos saliéndosele de las órbitas, la boca húmeda y abierta; era un espectáculo terriblemente desagradable. Samuel estaba asustado; se sintió dominado por el temor y la repugnancia. La luz de gas caía implacable sobre aquella espantosa figura. ¡Una esposa y madre! ¡La señora de una casa! ¡El centro del orden! ¡La fuente de la curación! ¡El bálsamo de la inquietud y el refugio de la aflicción! Era repugnante. Su escaso cabello, de un gris amarillento, estaba sucio; su cuello era todo mugre; sus manos, abominables; su vestido negro se caía a pedazos. Era la deshonra de su sexo, de su posición y de su edad. Era algo más asqueroso de lo que el inexperto Samuel hubiese podido imaginar jamás. ¡Y junto a la puerta se hallaba su marido, pulcro, impecable, casi majestuoso, el hombre que durante treinta años había recurrido a todo su inmenso orgullo para soportar a aquella mujer, el hombre jovial que se reía a las duras y a las maduras! Samuel se acordó de cuando se casaron. Y se acordó de cuando, años después de su boda, ella seguía siendo tan bonita, afectada, coqueta e inflexible en sus caprichos como una joven ramera con un estúpido a sus pies. El tiempo y la lenta ira de Dios la habían transformado.
Conservó el dominio de sí mismo y se aproximó a ella; después se detuvo.
—Pero… —balbuceó.
—¡Sí, Sam, muchacho! —dijo el viejo desde la puerta—, ¡Me temo que la he matado! ¡Me temo que la he matado! La agarré y la zarandeé. La cogí por el cuello. Y antes de darme cuenta de dónde estaba, lo había hecho. Nunca volverá a beber coñac. ¡Eso es lo que ha pasado!
Se alejó.
Samuel sintió un hormigueo en todo el cuerpo cuando una intensa ola de emoción atravesó su ser. Fue como si alguien le hubiese dado un golpe de una violencia inconcebible. Su corazón tembló como tiembla un barco en un choque de olas descomunales. Se sentía entumecido. Sintió deseos de llorar, de vomitar, de morirse, de desaparecer. Pero una voz susurró en su interior: «Tendrás que pasar por esto. Tienes que encargarte tú». Pensó en su mujer y en su hijo, que dormían inocentemente en la limpia pureza de su hogar. Y notó la aspereza del cuello de la chaqueta en la piel y la inseguridad de sus pantalones. Salió de la habitación, cerrando la puerta. Y al cruzar el patio tuvo una momentánea vislumbre de aquellas desnudas formas nocturnas que se movían, inconscientes, en la tahona. Abajo oyó las protestas de Dick, a quien el dolor hacía proferir monótonamente una tonta blasfemia.
—Voy a buscar a Harrop —dijo en tono melancólico a su primo.
La casa del médico se hallaba a menos de cincuenta yardas; había una campanilla nocturna a la que seguía respondiendo con prontitud, aunque estaba mucho más envejecido que su padre a su edad. ¡No hacía falta bombardear la casa del médico con maíz! Mientras Samuel parlamentaba con él por una ventana, cruzaba sin cesar por su pensamiento la pregunta: «¿Y si se lo digo a la policía?».
Pero cuando, anticipándose al viejo Harrop, regresó a la tienda de Daniel, hete aquí que el policía con el que se había topado anteriormente había vuelto, haciendo su ronda, y Daniel estaba hablando con él junto a la puertecita. No había nadie más en las inmediaciones. King Street abajo, por Wedgwood Street, en la Plaza, hacia Brougham Street, nada más que los faroles de gas ardiendo con su eterna paciencia y las ciegas fachadas de las tiendas. Sólo en el segundo piso del edificio del banco, en lo alto de la Plaza, una luz se dejaba entrever misteriosamente a través de una persiana. ¡Había algún enfermo!
El policía se hallaba en estado de gran excitación nerviosa. Aquello nunca le había ocurrido antes. De los sesenta policías de Bursley, precisamente él había sido elegido por los hados para cumplir lo dispuesto por el destino. Estaba sobresaltado.
—¿Qué es esto?, ¿qué es esto, señor Povey? —se volvió precipitadamente a Samuel—, ¿Qué es lo que me está diciendo el señor concejal Povey?
—Entre, sargento —dijo Daniel.
—Si entro —dijo a Samuel el policía—, tiene usted que ir por Wedgwood Street, señor Povey, a avisar a mi compañero. Tiene que estar en el Alto del Pato, sin duda.
Fue asombroso, una vez la piedra empezó a rodar, lo deprisa que siguió rodando. En media hora, Samuel se había separado de Daniel en la comisaría, detrás del Matadero, y corría a despertar a su mujer para que cuidara de Dick Povey hasta que fuera posible llevarlo al Hospital de Pirehill, como el viejo Harrop había decretado después de verlo.
«—¡Ah! —reflexionó en la agitación de su alma—¡De Dios no hay quien se burle!». Daniel era un buen tipo, honorable, brillante; un personaje mundano. Pero ¿y su lengua licenciosa? ¿Y su afición a las tabernas? (¿Cómo había perdido el tren de Liverpool? ¿Cómo?). Durante muchos años él, Samuel, había visto en Daniel una refutación viviente de la autenticidad de las antiguas amenazas hebreas. ¡Pero se había equivocado, después de todo! ¡De Dios no hay quien se burle! Y Samuel sintió dentro de sí un rechazo a aquella devoción estrictamente codificada de la cual, en su pensamiento, tal vez se había estado apartando.
Y al tiempo que todo esto, se sintió también oficiosamente importante cuando despertó a Constanza e intentó darle la noticia con calma y tacto. Había asistido al acontecimiento más abrumador jamás visto en la historia de la ciudad.
II
—Tu bufanda… Voy por ella —dijo Constanza— Cyril, sube corriendo y trae la bufanda de tu padre. Ya sabes en qué cajón está.
Cyril echó a correr. Era deber de todos, aquella mañana, actuar con prontitud y eficiencia.
—No necesito bufanda, gracias —dijo Samuel, tosiendo y ahogando la tos.
—¡Oh! Pero, Sam…, —protestó Constanza.
—¡Por favor, no me agobies! —dijo Samuel con fría determinación—, ¡Ya tengo bastante…! —no terminó.
Constanza suspiró al salir su marido a la calle, nervioso y presuntuoso, por la puerta lateral. Era temprano, no eran las ocho aún, y la tienda estaba todavía cerrada.
—Tu padre no podía esperar —dijo Constanza a Cyril cuando éste bajó ruidosamente con sus gruesas botas de colegial—. ¡Dámela! —fue a dejar otra vez la bufanda en su sitio.
¡Toda la casa estaba trastornada y Amy estaba todavía inválida! La existencia estaba perturbada; tenía la vaga impresión de que había mil cosas nuevas que hacer, y no obstante no se le ocurría nada que tuviese que hacer en ese momento, de modo que se ocupó de la bufanda. Antes de que reapareciera ya Cyril se había ido al colegio, él, que habitualmente se rezagaba. La verdad era que no pudo contener los deseos de contar lo sucedido aquella noche, y en especial el hecho de que había sido él el primero en oír las llamadas del asesino en los cristales de la ventana. Había que dar a todo el mundo aquella urgente noticia, como preliminar a la conmoción que aguardaba a toda la escuela; Cyril había salido, apenas cinco minutos después que su padre, en busca de un confidente digno y que supiera apreciarlo.
En la Plaza de San Lucas había una muchedumbre de lo menos doscientas personas, de pie e inmóviles en el barro novembrino. El cuerpo de la señora de Daniel Povey había sido trasladado ya al Hotel del Tigre; el joven Dick Povey iba de camino, en un carricoche cubierto, al Hospital de Pirehill, al otro lado de Knype. La tienda del crimen estaba cerrada, así como los postigos de las ventanas altas de la casa. No se veía nada en absoluto, ni siquiera un policía. No obstante, la multitud contemplaba con obstinada atención el fatídico edificio de Bulton Terrace. Hipnotizada por aquel rostro de cal y canto, había olvidado al parecer todos los lazos terrenales y, sin pensar en el desayuno y en la subsistencia, estaba decidida a contemplar fijamente la casa hasta que se cayera o entregara su secreto. La mayor parte de los individuos que la componían no llevaban abrigo ni sombrero, pero mantenían el calor con una bufanda al cuello y a fuerza de meter los dedos en el último rincón de los bolsillos. Luego levantaban lentamente una pierna después de la otra. Algunos mirones de endeble determinación se destacaban de cuando en cuando de la masa y se alejaban furtivamente, avergonzados de su inconstancia. Pero llegaban refuerzos continuamente. Y a estos recién llegados había que repetirles una y otra vez todo lo que ya sabían por las habladurías: las mismas preguntas, las mismas respuestas, las mismas exclamaciones, la misma proverbial filosofía, las mismas profecías reaparecían en todas partes en la Plaza con asombrosa insistencia. Había hombres bien vestidos conversando con simples holgazanes profesionales: pues aquella sensación gloriosa y sin precedentes, cuya singularidad se tornaba a cada momento más imponente, ponía de manifiesto la fraternidad esencial de la humanidad. Todos tenían la impresión de que no era ni domingo ni día laborable sino una especie de octavo día de la semana. Sin embargo, en el vecino mercado cubierto de San Lucas, los vendedores estaban preparando sus tenderetes igual que si fuese sábado, igual que si un concejal de la villa no hubiese asesinado a su mujer… ¡por fin! Se aseveró y se volvió a aseverar hasta el infinito que de la panadería de Povey se había hecho cargo Brindley, el segundo mejor panadero y repostero, que tenía un puesto en el mercado. Y se afirmó, cual una verdad filosófica, y se volvió a afirmar hasta el infinito que no tenía ningún sentido echar a perder alimentos de calidad.
La aparición de Samuel agitó a la multitud. Pero Samuel continuó plaza arriba con expresión absorta; tal vez se creía, sumido en la extrema gravedad de sus preocupaciones, que estaba atravesando una plaza desierta. Apresuradamente dejó atrás el banco y bajó Turnhill Road, hasta la residencia privada de «Lawton el Joven», hijo del difunto «Abogado Lawton». Lawton el Joven seguía la profesión de su padre; era, como había sido su padre, el abogado de más éxito de la ciudad (aunque entre sus distinguidos rivales tenía fama de estúpido), pero la costumbre de llamar a los hombres por sus ocupaciones se había extinguido con los tranvías a tracción animal. Samuel encontró al joven Lawton desayunando y luego lo llevó en la calesa de Lawton a la comisaría, donde la llegada de ambos electrificó a una muchedumbre casi tan grande como la de la Plaza de San Lucas. Después fueron juntos a Hanbridge para dar instrucciones informales al abogado que iba a actuar ante el tribunal; y Samuel, a quien no se permitió estar presente en la primera parte de la entrevista entre el defensor y dicho abogado, se vio humillado ante la pomposidad de la etiqueta legal.
A Samuel le pareció un juego. Todo el barullo de la policía, las celdas y las formalidades le parecía insincero. El caso de su primo no era como cualquier otro caso, y, si bien las formalidades eran quizá necesarias, era notablemente absurdo fingir que era como cualquier otro caso. En qué sentido era diferente de los demás casos es algo que Samuel no entró a indagar críticamente. Pensaba que, en el coloquio entre ambos, el joven Lawton era un engreído y Daniel demasiado humilde, y se esforzó en indicar, con la dignidad de su propia conducta, que en su opinión no se habían marcado como es debido las relativas pautas. No podía entender la actitud de Daniel, pues le faltaba imaginación para hacerse cargo de lo que éste había pasado. Al fin y al cabo, Daniel no era un asesino; la muerte de su mujer se había debido a un accidente, había sido un simple percance.
Pero en la atestada y apestosa sala del ayuntamiento Samuel empezó a sentir escrúpulos. Sucedió que el juez de paz tenía sesión aquella mañana en Bursley. Estaba solo, ya que ninguno de los jueces del distrito estuvo dispuesto a ocupar el banco estando un concejal de la villa en el banquillo de los acusados. El juez de paz, nombrado hacía poco, era un joven del sur del condado, y para él un concejal de Bursley no era más de lo que es un pequeño comerciante para un hombre a la moda. Poseía un entusiasmo juvenil por la majestad y la imparcialidad de la justicia inglesa y se comportaba como si toda la responsabilidad por la seguridad de ese vasto edificio descansara sobre sus hombros. Él y el defensor de Hanbridge habían tenido en Cambridge una pelea histórica y la conducta de cada uno para con el otro fue para los vulgares una lección del arte de la cortesía fría y consumada. El joven Lawton, que había ido a Oxford, despreciaba secretamente a ambos, pero, como llevaba la defensa, no podía, por supuesto, aumentar la elocuencia, cosa que le causaba pesadumbre. Los tres constituían la aristocracia de la sala; lo sabían; Samuel Povey lo sabía; todo el mundo lo sabía y lo percibía. El defensor puso un inocuo celo en el cumplimiento de sus obligaciones; aludió en términos adecuados a la buena fama de Daniel y a su elevada posición en la ciudad, pero nada pudo ocultar el hecho de que también para él su cliente era un pequeño comerciante acusado de simple asesinato. Naturalmente, el juez de paz estaba obligado a demostrar que ante la ley todos los hombres son iguales, el concejal de la villa y el vulgar borrachín, y lo consiguió. El policía presentó su testimonio; el inspector juró lo que había dicho Daniel Povey cuando fue acusado. La vista se desarrolló tan rápidamente y sin tropiezos que no pareció ser sino un rito vacío, con Daniel como un maniquí. El juez de paz creó maravillosamente la ilusión de que para él un asesinato cometido por un concejal de la Plaza de San Lucas era un asunto totalmente cotidiano. La libertad bajo fianza era inconcebible y, al ser incapaz el defensor de indicar ninguna razón para que el juez de paz la concediese —en realidad no había razón alguna—, se dictó auto de procesamiento en el Tribunal Superior de Staffordhsire contra Daniel Povey. El juez de paz pasó de inmediato a considerar un supuesto delito contra las Leyes de Fábricas cometido por una gran empresa local de alfareros. El joven juez de paz había equivocado su vocación. Con su calma acerada, su imperturbable distanciamiento de la débil humanidad, debería haber sido general de la orden de los jesuitas.
A Daniel lo sacaron de la sala: no salió él, lo sacaron dos agentes con la cabeza descubierta. Samuel quería hablar con él pero no pudo. Después, Samuel esperó en el porche del ayuntamiento y Daniel salió por un pasillo, aún guardado por los dos policías, ahora con sus cascos. Al pie del ancho tramo de escalones, por donde subían quienes iban a los bailes de abono, había una densa muchedumbre, contenida por otros policías; más allá de la multitud, otro carromato negro. Y a Daniel —para su primo una especie de Cristo entre los ladrones— lo hicieron pasar con toda rapidez ante los privilegiados haraganes del pasillo y bajar los anchos peldaños. Una oleada de rumor agitó a la multitud. Algunos desaliñados vagos e inútiles vestidos de pana saltaron como tigres y los policías los hicieron retroceder con furia. Y Daniel y sus guardianes pasaron como balas por aquel pequeño callejón viviente. ¡Deprisa! ¡Deprisa! Pues un cautivo es más sagrado que un mesías. ¡La ley lo tiene bajo su responsabilidad! Y, como en una hazaña de prestidigitación, Daniel desapareció en la negrura del carromato. Se cerró una puerta con un fuerte golpe triunfal y chasqueó un látigo. Se había logrado eludir a la multitud. Fue como si la multitud hubiese pedido la sangre de Daniel y los fieles agentes lo hubieran salvado de su concupiscencia.
Sí, Samuel tenía escrúpulos. Tenía el estómago revuelto.
Pasó junto a él el superintendente de policía, hombre de edad, acompañado del párroco, también hombre de edad. El párroco era amigo de Daniel. Nunca había hablado con Samuel, que no pertenecía a la iglesia anglicana, pero entonces se dirigió a él; le estrechó la mano.
—¡Ah, señor Povey! —exclamó afligido.
—Temo…, temo que es grave —tartamudeó Samuel. Detestaba admitir que era grave, pero las palabras le salieron solas.
Miró al superintendente de policía, esperando que éste le asegurara que no era grave, pero el superintendente se limitó a levantar el mentón, adornado con barba blanca, sin decir nada. El párroco movió la cabeza y se secó una lágrima senil.
Después de otra conversación con el joven Lawton, Samuel, en nombre de Daniel, abandonó su actitud de hombre recto al que le ha ocurrido un simple percance y que está decidido, con el altivo orgullo de la inocencia, a ceder a todos los caprichos de la ley, a ser más papista que el papa. Cayó en la cuenta de que con la ley hay que luchar con sus propias armas, de que no hay que renunciar a ninguna ventaja y hay que aprovechar todas las posibles. Estaba verdaderamente sorprendido de que hubiera podido adoptar semejante actitud. Ahora tenía los ojos abiertos y veía las cosas tal cual eran.
Volvió a casa cruzando una Plaza que estaba más interesada que nunca en la fachada de la casa de su primo. Empezaba a venir gente de Hanbridge, Knype, Longshaw, Turnhill y pueblos como Moorthorne para contemplar aquella fachada. Y se estaba pregonando la cuarta edición de la Señal, que contenía un informe completo de lo que se habían comunicado el juez de paz y el defensor.
En su tienda halló a los clientes tan absorbidos en las trivialidades de sus compras como si nada hubiera sucedido. Se sintió escandalizado y le molestó su insensibilidad.
—Estoy demasiado ocupado ahora —dijo en tono cortante a alguien que lo abordó.
—¡Sam! —lo llamó su esposa en voz baja. Estaba detrás de la caja.
—¿Qué pasa? —estaba dispuesto a aplastar, sobre todo a aplastar el parloteo indiscreto en la tienda. Pensó que Constanza iba a dar rienda suelta de inmediato a su curiosidad mujeril.
—El señor Huntback te está esperando en la sala —dijo Constanza.
—¿El señor Huntback?
—Sí, de Longshaw —susurró—. Es un primo de la señora Povey. Ha venido a ocuparse del funeral y lo demás, la…, la investigación, me imagino.
Samuel hizo una pausa.
—¡Oh, ha venido! —dijo en tono desafiante— Bien; iré a verlo. Si quiere verme, iré a verlo.
Aquella tarde Constanza conoció todo el encono que anidaba en el corazón de Samuel contra la memoria de la muerta, cuyos defectos habían llevado a Daniel Povey a la cárcel de Stafford y a Dick al hospital de Pirehill. Una y otra vez, los días siguientes, aludió a las condiciones de inmunda incomodidad que había descubierto en la casa de Daniel. Alimentaba un sentimiento de hostilidad contra todos los parientes de ella; cuando, después de la investigación, en la cual él dio un testimonio lleno de resentimiento, fue enterrada, dejó escapar un suspiro de alivio y dijo: «¡Bueno, ya nos la hemos quitado de en medio!». De allí en adelante tenía la misión, religiosa en su solemne intensidad, de defender y salvar a Daniel. Tomó sobre sí dicha empresa, entregándose por completo a ella, descuidando el negocio y su salud. Vivía únicamente para el juicio de Daniel, gastando el dinero a manos llenas en su preparación. No pensaba en otra cosa ni hablaba de otra cosa. Aquel asunto era su única preocupación. Y conforme pasaban las semanas estaba más seguro del éxito, más seguro de que volvería triunfante a Bursley con Daniel después del juicio. Estaba convencido de que era imposible que a Daniel «le sucediera algo»; las circunstancias eran demasiado claras y abrumadoras en favor de Daniel para ello.
Cuando Brindley, el segundo panadero y confitero, hizo una oferta por el establecimiento de Daniel como negocio en marcha, se indignó en un principio. Después, Constanza, el abogado y Daniel (a quien veía en todas las ocasiones que se le permitía) lo persuadieron de que si no se llegaba a un acuerdo, y pronto, el negocio perdería todo su valor, y consintió en nombre de Daniel en un arreglo temporal conforme al cual Brindley reabriría la tienda y la llevaría en determinadas condiciones hasta que Daniel recobrara la libertad hacia fines de enero. No quiso escuchar la quejumbrosa insistencia de Daniel, que decía que no quería volver a ser visto en Bursley. La rechazaba con desdén. Protestaba furiosamente diciendo que la ciudad rebosaba simpatía por Daniel, y era cierto. Se convirtió en el ángel de la guarda de Daniel, rescatándolo de la debilidad y la apatía del propio Daniel. De hecho se convirtió en Daniel.
Una mañana se levantó el cierre metálico de la tienda y Brindley, henchido de importancia por dirigir dos establecimientos, entraba y salía muy ufano bajo la muestra de Daniel. Y el comercio de pan, pasteles y harina se reanudó. Aparentemente, el mar del tiempo había cubierto a Daniel y todo lo que fuera suyo: su mujer estaba bajo tierra, Dick permanecía en Pirehill, incapaz de estar de pie, y Daniel estaba encerrado. Aparentemente, en el correr de la vida en la Plaza, Daniel había sido olvidado. ¡Pero no lo estaba en el corazón de Samuel! Allí, ante el altar erigido al mártir, ardía perenne la sagrada llama de una nueva fe. Samuel, en su mediana edad de cabello encaneciente, había heredado la eterna juventud de un apóstol.
III
La oscura mañana de invierno que Samuel partió para asistir al juicio en el tribunal superior, Constanza no le preguntó su opinión en cuanto a cómo debía protegerse de las inclemencias del tiempo. Alineó en silencio diversas prendas interiores y, junto al fuego, que Constanza había mantenido bien vivo durante días en el dormitorio, Samuel se puso en silencio aquellas prendas especiales. Encima, con un cuidado singularmente minucioso, vistió su mejor traje. No se pronunció una palabra. Constanza y él no estaban distanciados, pero las relaciones entre ellos se hallaban en un estado de nerviosismo febril. Samuel llevaba semanas con un catarro en su plano pecho y nada que Constanza hubiera podido inventar había conseguido expulsarlo. Unos pocos días en cama o, por lo menos, una misma habitación a temperatura constante seguramente habrían logrado la curación. No hubo manera, sin embargo, de que Samuel se quedase en una habitación, ni en casa, ni siquiera en Bursley. Se llevaba su lacerante tos a Stafford en gélidos trenes. No quería atenerse a razones; sencillamente, no escuchaba; vivía en un sueño. Después de Navidad acaeció una crisis. Constanza se desesperó. Era una batalla entre su voluntad y la de él que se libró cierta noche que Constanza, haciendo acopio de fuerzas, insistió de improviso en que no debía salir más hasta que se hubiese curado. En la lucha, Constanza era casi imposible de reconocer. Cedió deliberadamente a la histeria, dejó de ser blanda y gentil; le dijo cosas duras, lanzadas como si fuesen vitriolo; gritó como una arpía vulgar. Parecía casi increíble que Constanza hubiese llegado tan lejos, pero así fue. Le acusó entre sollozos de poner a su primo por encima de su mujer y de su hijo, sin importarle si se quedaba viuda como consecuencia de aquella obstinación. Y acabó clamando con pasión que era como hablar a un poste. Igual le hubiera dado hablar a un poste. Samuel respondió fría y calmosamente. Le dijo que su consternación no servía de nada, ya que él estaba haciendo lo que creía conveniente. Fue una escena extraordinaria y totalmente única en los anales de la pareja. Constanza fue vencida. Aceptó la derrota, dominando poco a poco los sollozos y cambiando su tono por el de los vencidos. Le besó, inclinando la cerviz. Y él la besó a ella con expresión grave.
De allí en adelante conoció de una manera práctica el espantoso y humillante suplicio que lo inevitable puede contener cuando es preciso vivir con ello. Su marido estaba arriesgando su vida; estaba absolutamente convencida de ello y no podía hacer nada; había llegado a los cimientos del carácter de Samuel. Pensaba que en aquellos momentos tenía en casa un loco al que no se podía tratar con arreglo a los principios habituales. La tensión constante la envejeció. Su único alivio era hablar con Cyril. Le hablaba sin reserva; las palabras «tu padre» estaban siempre en su quejosa boca. Sí; había cambiado mucho. Con frecuencia lloraba cuando estaba sola.
No obstante, muchas veces olvidaba que estaba derrotada. No sabía nada de guerra honorable. Estaba siempre empezando de nuevo, luchando bajo bandera de tregua, con lo que constituía un enemigo muy inoportuno. Samuel se veía obligado, al tiempo que reforzaba el punto principal, a transigir en cuestiones menores. Ella también podía ser formidable; cuando ponía los labios de cierta manera y sus ojos fulguraban se habría puesto cuarenta bufandas si se lo hubiese mandado. Así pues, fue ella la que dispuso todos los detalles del viaje supremo a Stafford. Samuel iría en coche hasta Knype para evitar los rigores de la línea circular de Bursley y la espera en fríos andenes. En Knype tomaría el expreso y viajaría en primera.
Después de vestirse aquella mañana a la luz de gas, tuvo conocimiento, paso a paso, de hasta dónde llegaban sus elaborados preparativos. El desayuno era especial y había de comérselo todo. Luego vino el coche y vio que Amy metía en él ladrillos calientes. La propia Constanza puso chanclos sobre sus botas, no porque hubiese humedad sino porque el caucho mantiene los pies calientes. La propia Constanza le puso la bufanda al cuello, le desabrochó el chaleco y colocó una pieza adicional de franela debajo de la pechera. La propia Constanza calentó los guantes de lana y lo envolvió en el abrigo más amplio que tenía Samuel.
Luego, Samuel vio que Cyril se preparaba para salir.
—¿Dónde vas? —le preguntó.
—Va contigo hasta Knype —dijo Constanza resueltamente—. Te acompañará al tren y luego volverá en el coche.
Le soltó de golpe aquella indignidad. Su mirada era desafiante. Cyril los contempló alternativamente con aire de tímida bravuconería. Samuel hubo de ceder.
De este modo, en medio de la oscuridad invernal —pues aún no había amanecido—, partió Samuel para el juicio, acompañado por su hijo. El eco de su tos atroz, desde el coche, fue lo último que oyó Constanza.
Constanza pasó gran parte del día sentada en el «rincón de la señorita Insull», en la tienda. Veinte años antes aquel rincón era suyo. Pero ahora, en vez de por grandes cajas de sombreros envueltas en papel marrón, estaba aislado del resto del mostrador por un rico biombo de caoba y cristal esmerilado, y dentro de aquel espacio cerrado se había dispuesto todo lo necesario para la actividad de la señorita Insull. Sin embargo seguía siendo la parte más fría de toda la tienda, como testimoniaban los dedos de la señorita Insull. Constanza se instaló allí más por un deseo de hacer algo, de inmiscuirse en algo, que por una necesidad de supervisar la tienda, aunque le había dicho a Samuel que estaría pendiente de ella. La señorita Insull, cuyo trono fue usurpado, tuvo que sentarse junto a la estufa con otros seres menos importantes; aquello no le agradó y sus subalternas pagaron las consecuencias.
Fue un día muy largo. Hacia la hora del té, justo antes de que volviera Cyril del colegio, apareció inesperadamente el señor Critchlow. Es decir, su llegada fue menos sorprendente para la señorita Insull y el resto del personal que para Constanza, pues últimamente había adquirido la costumbre de asomarse por allí a la hora del té a charlar con la señorita Insull. El señor Critchlow seguía desafiando al paso del tiempo. Conservaba perfectamente erguida su figura larga y delgada. Sus rasgos no se habían alterado. Su cabello y su barba no podían ser más blancos que en años anteriores. Llevaba su largo delantal blanco y encima un grueso chaquetón marinero. En sus largos y nudosos dedos llevaba un ejemplar de la Señal.
Era evidente que no esperaba encontrar el rincón ocupado por Constanza. Ésta se hallaba cosiendo.
—¡Así que es usted! —dijo con su voz desagradable y rasposa, sin echar siquiera una mirada a la señorita Insull. Se había ganado la reputación de ser el viejo más descortés de Bursley. Pero su conducta habitual expresaba más bien falta de deferencia que descortesía. Eran unos modales que decían: «Tienen ustedes que aceptarme como soy. Seré egoísta, duro, mezquino, pero al que no le guste, que se aguante. Me es indiferente».
Puso un codo encima del bombo y le enseñó la Señal.
—¡Señor Critchlow! —exclamó Constanza con cortedad; Samuel le había contagiado su desagrado.
—¡Ya ha empezado! —observó él con misterioso regocijo.
—¿Sí? —inquirió Constanza ansiosamente—, ¿Está ya en el periódico?
Estaba mucho más preocupada por la salud de su marido que por el juicio de Daniel Povey por asesinato, pero su interés en el juicio era por supuesto muy grande. Y la noticia de que ya había comenzado la hizo estremecer.
—¡Sí! —respondió el señor Critchlow—, ¿No ha oído al chico de la Señal vociferando por toda la Plaza hace un momento?
—No —respondió Constanza. Para ella no existían los periódicos. Jamás se le había ocurrido abrir uno, jamás había sentido una curiosidad que no pudiera satisfacer, si es que era posible satisfacerla, sin la poderosa ayuda de la Prensa. Y ni siquiera aquel día se le había pasado por la cabeza que valiera la pena abrir la Señal.
—Sí —repitió el señor Critchlow—. Según parece empezó a las dos o así—. Prestó atención por un momento a un ruidoso surtidor de gas y lo bajó cuidadosamente.
—¿Qué dice?
—¡Todavía nada! —dijo el señor Critchlow. Leyeron unas pocas frases cortas, debajo de los grandes titulares, en las cuales se describía el inicio formal del juicio de Daniel Povey por el asesinato de su esposa—. ¡Hay quien dice que el gran jurado modificaría la acusación, o algo así! —dejó escapar una risa forzada de condescendencia con aquel extremado absurdo—, ¡Ah! —añadió pensativamente, volviendo la cabeza a ver si las dependientas estaban escuchando. Así era. Habría sido demasiado, en un día como aquél, esperar una estricta observancia de la etiqueta de la tienda.
Constanza había oído hablar mucho de los grandes jurados recientemente, pero no entendía nada ni trataba de entender.
—Me alegro de que haya empezado tan pronto —dijo—. ¡En cierto modo me alegro! Temía que Sam tuviera que pasar días en Stafford. ¿Cree usted que durará mucho?
—¡Qué va! —dijo concluyentemente el señor Critchlow—. No hay nada que obligue a alargarlo.
Después se produjo un silencio interrumpido por los sonidos de la costura.
En realidad, Constanza habría preferido no conversar con el anciano, pero el deseo de tranquilizarse, de calmar sus propios temores, la forzaba a hablar, aunque sabía bien que el señor Critchlow era precisamente la última persona de la ciudad que prestaría ayuda moral si pensara que se necesitaba.
—¡Espero que todo vaya bien! —murmuró.
—¡Todo irá bien! —dijo él alegremente— Todo irá bien. Sólo que para Daniel irá mal.
—¿Qué quiere decir, señor Critchlow? —protestó Constanza. Pensó que no había nada que pudiera despertar la piedad en aquel corazón, ni siquiera una tragedia como la de Daniel. Se mordió los labios, disgustada por haber hablado.
—Bueno —dijo en voz alta, dirigiéndose sin rebozo a las muchachas que estaban alrededor de la estufa tanto como a Constanza—, ¡Con menudos razonamientos me he topado este año nuevo, vaya que sí! Hay quien dice que Dan no pretendía hacerlo. Puede ser. Pero si eso es una razón para no colgar a una persona, se acabó la pena de muerte en este país. «¡Que no pretendía!» ¡Pues no hay pocos que «no pretendían»! Luego me dicen que era una mujer aficionada a callejear y no cuidaba de su casa, y que estaba tanto tiempo borracha como serena. No hace ninguna falta que me digan eso. Si el estrangulamiento es un castigo justo para una esposa que se pasa el tiempo bebiendo coñac en vez de barrer suelos y airear sábanas, entonces Dan está salvado. Pero no me imagino al juez Lindley diciéndole al jurado semejante cosa. ¡Yo he sido miembro de un jurado con el juez Lindley —más de una vez— y no me lo imagino, la verdad! —hizo una pausa con la boca abierta—. En cuanto a todos esos señorones —prosiguió—, incluyendo al párroco, que han ido a Stafford a jurar sobre la Biblia que la reputación de Dan es inmejorable…, si pudieran jurar que Dan no estuvo en su casa en toda aquella noche; si pudieran jurar que estaba en Jericó, habría tenido algún sentido que fueran. Pero tal como están las cosas, mejor hubieran hecho en quedarse en casa y ocuparse de sus asuntos. ¡Válgame Dios! ¡Sam quería que fuera yo!
Se volvió a reír en la cara de las horrorizadas y airadas mujeres.
—¡Me sorprende usted, señor Critchlow! ¡De verdad que me sorprende! —exclamó Constanza.
Y las dependientas la apoyaron con vagos sonidos inarticulados. La señorita Insull se levantó y hurgó en la estufa. Todas las almas del establecimiento estaban lealmente convencidas de que Daniel Povey sería absuelto; albergar dudas acerca de esta certeza era un crimen odioso. La convicción no entraba en el dominio de la razón, era un acto de fe; los argumentos en contra se limitaban a inquietarla sin disminuirla en lo más mínimo.
—¡Sí, es posible! —coincidió el señor Critchlow alegremente. Estaba muy contento.
Justo al darse la vuelta arrastrando los pies para salir de la tienda entró Cyril.
—Buenas tardes, señor Critchlow —dijo con tímida cortesía.
El señor Critchlow le dirigió una dura mirada y dio varios rápidos cabezazos, como diciendo: «¡Aquí hay otro tonto en ciernes! ¡Así es como una generación sucede a otra!». No respondió al saludo y se marchó.
Cyril corrió hacia el rincón en que estaba su madre, soltando la bolsa en la escalera del entresuelo al pasar junto a ella. Se quitó la gorra, dio un beso a Constanza y ésta le desabrochó el abrigo con sus frías manos.
—¿Qué quería el viejo Matusalén?
—¡Calla! —le regañó Constanza con suavidad—. Vino a decirme que el juicio había empezado.
—¡Ah, yo ya lo sabía! Un chico compró el periódico y lo vi. Oye, mamá, ¿saldrá papá en el periódico? —Y luego, en un tono diferente—: Oye, mamá, ¿qué hay para merendar?
Cuando su estómago se hubo enterado con exactitud de lo que había para merendar, el muchacho empezó a mostrar una enorme y locuaz curiosidad por el juicio. No hubo manera de que se pusiera a hacer los deberes.
—No sirve de nada, mamá —dijo— No puedo.
Volvieron juntos a la tienda; Cyril se acercaba a la puerta a cada momento por si se oía a algún vendedor de periódicos. Luego se le ocurrió que lo mismo estaban pregonando la edición especial de la Señal en la plaza del mercado, delante del ayuntamiento, descuidando la Plaza de San Lucas. Y no se quedó satisfecho más que yendo a ver. Salió sin abrigo, prometiendo volver enseguida. La tienda esperaba sumida en una extraña ansiedad. Cyril, moviéndose de acá para allá, había creado una atmósfera de tensa expectación. Parecía ahora como si toda la ciudad estuviese con el corazón palpitante, temiendo las noticias y sin embargo ardiendo por recibirlas. Constanza se imaginaba Stafford, donde no había estado nunca, y un tribunal, que no había visto nunca, y a su marido y a Daniel allí. Y aguardaba.
Entró Cyril corriendo.
—¡No! —anunció sin aliento—. Todavía nada.
—No te enfríes, ahora que estás acalorado —le aconsejó Constanza.
Pero él se quedó junto a la puerta. Al poco, volvió a salir corriendo.
Y unos quince segundos después de salir él se oyó a lo lejos el grito estridente de un rapaz de la Señal, débil e indistinto al principio, después más fuerte y claro.
—¡Hay periódico! —dijo la aprendiza.
—¡Sssh! —siseó Constanza, escuchando.
—¡Sssh! —siseó la señorita Insull como un eco.
—¡Sí que hay! —dijo Constanza—. Señorita Insull, salga a traerlo. Aquí tiene medio penique.
El medio penique pasó rápidamente de una mano con dedal a otra. La señorita Insull salió a toda prisa.
Volvió triunfante con el pliego, que cogió Constanza, temblorosa. Al principio no pudo encontrar el reportaje. La señorita Insull se lo señaló y ella leyó:
—«¡Conclusiones!» ¡Más abajo, más abajo! «Tras una ausencia de treinta y cinco minutos el jurado halló al preso culpable de asesinato, con recomendación de misericordia. El juez se puso el gorro negro y pronunció sentencia de muerte, diciendo que remitiría la recomendación a la jurisdicción adecuada».
Volvió Cyril.
—¡Todavía no! —estaba diciendo, cuando vio el periódico sobre el mostrador. Se quedó cabizbajo.
Mucho después de que la tienda hubiese cerrado, Constanza y Cyril esperaban en la sala la llegada del amo de la casa. Constanza estaba hundida en la mayor desesperación. No veía más que la muerte en torno suyo. Pensaba que las desgracias nunca vienen solas. ¿Por qué no llegaba Samuel? Tenía todo preparado para él, todo lo que su imaginación podía sugerirle, cosas como alimento, remedios, formas de entrar en calor. No se permitió a Amy irse a dormir por si la necesitaban. Constanza ni siquiera insinuó que Cyril se fuese a la cama. El paso de los negros y espantosos minutos se iba marcando en la repisa de la chimenea hasta que faltaban cinco para que Constanza no supiera ya qué hacer. Eran las once y veinticinco. Si a la media Samuel no había aparecido, ya no podría llegar aquella noche, a menos que el último tren de Stafford llevase un retraso inconcebible.
¡El ruido de un carruaje! Se detuvo en la puerta. Madre e hijo se pusieron en pie de un salto.
¡Sí, era Samuel! Constanza lo contempló una vez más. Y la visión de su estado físico y moral la aterró. Su hijo, grande y robusto, y Amy le ayudaron a subir la escalera. «¿Volverá a bajar esta escalera?». Aquel pensamiento atravesó el corazón de Constanza. El dolor vino y se fue en un momento, pero había sorprendido a su sereno sentido común, que era por naturaleza contrario a los temores histéricos y los despreciaba con discreción. En tanto subía jadeando la escalera, aquel lisonjero optimismo le costó un inmenso esfuerzo de voluntad. Estaba profundamente atribulada; le parecía que por todas partes se acercaban lentamente a ella grandes desastres.
¿Debía avisar al médico? No. Hacerlo no sería más que una concesión al instinto del pánico. Sabía exactamente lo que le pasaba a Samuel: una mala tos persistentemente descuidada, nada más. Como tantas veces había dicho a quienes preguntaban: «Nunca ha estado lo que se dice enfermo». No obstante, cuando lo metió en la cama y lo arropó, ¡cuán débil y frágil parecía! Y estaba tan agotado que ni siquiera quiso hablar del juicio.
—¡Si no está mejor mañana sí que avisaré al médico! —se dijo. En cuanto a que se levantara, juró que le haría quedarse en cama por la fuerza si era necesario.
IV
A la mañana siguiente se sintió contenta y orgullosa de no haber cedido a un susto, pues él estaba extraña y visiblemente mejor. Había dormido profundamente; ella había podido dormir un poco. ¡Era cierto que Daniel había sido condenado a muerte! Abandonando a Daniel a su destino, ella era consciente de la alegría que saltaba en su corazón. ¡Qué absurdo fue preguntarse si volvería a bajar aquella escalera!
De la tienda, que había olvidado por completo, llegó en el transcurso de la mañana el mensaje de que había venido el señor Lawton a ver al señor Povey. Ya Samuel había querido levantarse, pero Constanza se lo prohibió en el tono de una mujer peligrosa y Samuel había sido muy razonable. Entonces dijo que había que invitar a subir al señor Lawton. Ella recorrió la habitación con la mirada. Estaba «hecha»; era impecable como habitación de un enfermo. Accedió a que entrase en ella aquel hombre de otra esfera; tras un minuto preliminar los dejó solos. La visita del joven Lawton era una prueba espectacular de la importancia de Samuel y de la importancia del asunto. La augusta ocasión exigía etiqueta, y la etiqueta decía que una esposa debe separarse de su marido cuando tiene que ocuparse de asuntos que están fuera de la comprensión de una esposa.
En aquella entrevista tomó forma la idea de una petición al ministro del Interior; antes de terminar el día ya se había difundido por la ciudad y por las Cinco Ciudades y aparecido en la Señal. La Señal se refería a Daniel Povey como «el condenado». Y esta expresión despertó en toda la región una indignada agitación en favor del indulto. La región cayó en la cuenta de que un concejal, un personaje, un honrado comerciante de intachable reputación, estaba encerrado solo en una pequeña celda en Stafford, aguardando ser colgado por el cuello hasta que muriese. La región determinó que aquello no debía ni podía suceder. «¡Cómo! Daniel Povey había sido presidente de la Sociedad Bursleyana para la Represión de la Delincuencia, una sociedad que se reunía todos los años a comer y beber y cuyos miembros se llamaban humorísticamente unos a otros «delincuentes»! ¡Imposible, monstruoso, que un ex presidente de los «Delincuentes» fuera un criminal sentenciado!
Sin embargo, no había nada que temer. Ningún ministro del Interior se atrevería a ir contra la recomendación del jurado y el deseo expreso de toda la región. Además, el sobrino del ministro del Interior era diputado por la circunscripción de Knype. Desde luego, el veredicto de culpabilidad había sido inevitable. A la sazón todo el mundo lo reconocía. Hasta Samuel y los más ardientes partidarios de Daniel Povey lo reconocían. Hablaban como si siempre lo hubiesen previsto, en palmaria contradicción con lo que habían dicho el mismo día anterior. Sin sensación alguna de incongruencia ni vergüenza adoptaron una postura enteramente nueva. La estructura de la fe ciega se había deshecho una vez más ante el asalto de las realidades; unas verdades insanas y poco patrióticas, afirmar las cuales habría supuesto el ostracismo veinticuatro horas antes, se convirtieron de repente en lugares comunes en la Plaza y en el mercado.
La celeridad era necesaria en el asunto de la petición, ya que el condenado sólo tenía tres domingos. Pero hubo retraso en el comienzo porque ni el joven Lawton ni ninguno de sus colegas conocía la fórmula adecuada para solicitar al ministro del Interior la absolución de un criminal condenado a muerte. Que se recordara, en la región no se había presentado ninguna solicitud de este tipo. Y al principio el joven Lawton no consiguió ver ni copiar una petición de este tipo en las Cinco Ciudades ni fuera de ellas. Por supuesto tenía que existir una fórmula adecuada; por supuesto no se podía emplear ninguna otra. Nadie tuvo la osadía de sugerir que el joven Lawton iniciase la solicitud: «Al muy noble marqués de Welwyn, Consejero del Rey, ¿tendría a bien Su Señoría…?», y la terminase «Y sus solicitantes le profesarán eterna gratitud», e insertase entre estas frases una sencilla súplica de absolución, con una exposición de motivos. ¡No! Había que encontrar la fórmula consagrada por la tradición. Y se encontró cuando Daniel estaba día y medio más cerca de la muerte. Un abogado de Alnwick tenía el borrador de una petición que había conseguido para un asesino de Northumberland veinte años de trabajos forzados en lugar de una muerte repentina; a solicitud del joven Lawton, se la envió. Los promotores fundamentales de la petición pensaron que era como si Daniel estuviese salvado. Se imprimieron cientos de formularios para firmar y se pusieron dichos formularios, junto con copias de la petición, en los mostradores de todas las tiendas principales, no solamente en Bursley sino también en las otras villas. Se encontraban también en las oficinas de la Señal, en las salas de espera de las estaciones y en las diversas salas de lectura; el segundo de los tres domingos de Daniel se expusieron en los pórticos de las iglesias y capillas. Los cuidadores de las capillas y los sacristanes acudían a Samuel a preguntarle, con pesada inercia de su estupidez: «¿Y las plumas y la tinta, señor?». Aquellos empleados tenían un aire de estar perturbando audazmente una sacrosanta rutina de siglos para otorgar un favor.
Samuel seguía mejorando. La tos le sacudía menos y tenía más apetito. Constanza le permitió establecerse en el salón, que estaba cerca del dormitorio y cuyo guardafuegos era especialmente eficiente. Desde allí, con un abrigo viejo, dirigió el vasto asunto de la petición, que crecía diariamente hasta alcanzar proporciones aún más vastas. Samuel soñaba con obtener veinte mil firmas. Cada hoja contenía veinte; varias veces al día contaba las hojas. Una vez se les acabaron las hojas y la propia Constanza tuvo que ir corriendo a la imprenta a encargar más. Samuel se puso fuera de sí por el descuido de los impresores. Ofreció a Cyril seis peniques por cada hoja de firmas que consiguiera. Al principio, Cyril era demasiado tímido para solicitar votos, pero su padre le hizo sonrojarse y en pocas horas hacía campaña con entusiasmo. Un día entero faltó al colegio para dedicarse a ella. En conjunto ganaba más de quince chelines, de forma totalmente honrada salvo en que tenía un compañero para falsificar un par de firmas con direcciones que faltasen al final de una última hoja, recompensándolo generosamente con seis peniques, el valor de la hoja entera.
Cuando Samuel hubo recibido mil hojas con veinte mil firmas se propuso llegar a las veinticinco mil. Y anunció también su firme intención de acompañar al joven Lawton a Londres a presentar la solicitud. Ésta se había convertido en una de las más notables de los tiempos modernos. Así lo dijo la Señal. La Señal ofrecía diaria información sobre su progreso, que era asombroso. Había calles en las que habían firmado todos los residentes. Las primeras hojas se habían reservado para firmas de diputados, ministros de la religión, dignatarios cívicos, jueces de paz, etc. Dichas hojas se llenaron noblemente. El anciano párroco de Bursley firmó el primero; después de él, el alcalde de Bursley, como correspondía; luego varios diputados.
Samuel salió del salón. Fue a la sala y después a la tienda; no hubo ninguna mala consecuencia. Su tos estaba casi curada, aunque no del todo. El tiempo era extraordinariamente benigno para la estación. Repetía que tenía que ir a Londres acompañando a la petición, y fue; Constanza no pudo oponerse legítimamente al viaje. También ella estaba un poco embriagada con el asunto de la petición. Ésta pesaba mucho, más de cincuenta kilos. La firma que la coronó, la del diputado por Knype, se obtuvo como es debido en Londres; la única decepción de Samuel fue que sus esperanzas de llegar a las veinticinco mil firmas no se vieron cumplidas por muy poco. Las que faltaban se habrían podido conseguir si no hubiera habido tanta premura de tiempo. Volvió de Londres hecho un hombre notable, lleno de seguridad en sí mismo, pero la tos había vuelto a empeorar.
Su confianza en el poder de la opinión pública y en la virtud intrínseca de la justicia habría resultado acertada de no ser porque el ministro del Interior era uno de esos funcionarios humanos. El marqués de Welwyn era famoso en todos los estratos de las clases gobernantes por sus instintos humanos, que estaban siempre luchando con su sentido del deber. Desgraciadamente, su sentido del deber, que había heredado de varios siglos de antepasados, hacía estragos entre sus instintos humanos en casi todas las ocasiones de conflicto. Se decía que padecía horriblemente a causa de ello. Otros también padecían, pues nunca se supo que aconsejara la remisión de una sentencia de flagelación. Algunas penas de muerte había conmutado, pero no conmutó la de Daniel Povey. No podía permitirse que le influyera una oleada de sentimiento popular, ni mucho menos la firma de su propio sobrino. Concedió al caso el paciente e implacable examen que concedía a todos los casos. Se pasó una noche sin dormir tratando de descubrir una razón para ceder a sus instintos humanos, pero sin éxito. Como observaba el juez Lindley en su informe confidencial, los únicos argumentos en favor de Daniel eran la provocación y su excelente reputación anterior, y no eran argumentos de ninguna clase. La provocación era totalmente inadecuada y lo de la excelente reputación anterior era absurdo, pues no tenía nada que ver con el asunto. Así pues, una vez más, los instintos humanos del marqués fueron derrotados y él padeció horriblemente.
V
La mañana del domingo posterior al día en el que la Señal había publicado el menú del último desayuno de Daniel Povey y la longitud exacta del «salto» que el verdugo le había administrado, Constanza y Cyril estaban junto a la ventana del dormitorio grande. El muchacho llevaba puesto su mejor traje, pero el atavío de Constanza no dejaba traslucir que fuera fiesta. Llevaba un gran delantal y un vestido viejo que le estaba estrecho. Estaba pálida y parecía enferma.
—¡Oh, mamá! —exclamó de improviso Cyril—, ¡Escucha! ¡Creo que oigo a la banda!
Ella le hizo callar con un mudo movimiento de los labios y los dos echaron una mirada preocupada al silencioso lecho; Cyril hizo un gesto como disculpándose de haber olvidado que no había que hacer ruido.
Los sones de la banda venían de King Street, en la dirección de la iglesia de San Lucas. La música parecía flotar largo rato a lo lejos y luego se acercaba y crecía en intensidad, y la Banda de Metales de Bursley pasó bajo la ventana al solemne ritmo de la Marcha Fúnebre de Haendel. El efecto de aquel réquiem, cargado de su intrínseca belleza y del peso de la tradición, fue hacer que a Constanza se le saltaran las lágrimas, que le caían en el seno, cubierto con el delantal; Constanza se hundió en un sillón. Y aunque los trompetistas inflaban las mejillas y el tambor tenía que sacar el estómago y arquear la espina dorsal hacia atrás para no caerse encima de su instrumento, había majestad en el paso de la banda. El redoble del tambor, que sonaba lúgubremente en las interrupciones de la melodía, oprimía el corazón, pero con una aflicción altiva; el canto fúnebre parecía tejer un palio púrpura que cubría toda mezquindad.
Los músicos no iban totalmente de negro, pero todos llevaban un crespón en la manga y en sus instrumentos iba otro crespón anudado. En el sombrero llevaban una tarjeta con orla de luto. Cyril tenía en la mano una de aquellas tarjetas, que decía así:
CONSAGRADO A LA MEMORIA DE
DANIEL POVEY
CONCEJAL DE ESTA VILLA
ASESINADO JUDICIALMENTE A LAS 8 DE LA MAÑANA
DEL 8 DE FEBRERO DE 1888
«FUE MÁS OFENDIDO QUE OFENSOR»
Detrás de la banda venía el anciano párroco, con la cabeza descubierta y una sobrepelliz encima del abrigo; desordenaba sus escasos cabellos blancos la brisa que jugueteaba en la fría luz del sol; en sus manos juntas llevaba un libro de cantos dorados. Seguían un coadjutor, sacristanes y ayudantes. Y después de éstos, marchando por el oscuro fango en una procesión que parecía no tener fin, serpenteaba la muchedumbre oficial masculina, casi todos de luto y todos, con excepción de los más aristocráticos, portando el recordatorio en el sombrero. Los haraganes, las mujeres y los niños se habían reunido en las aceras, que se iban secando; justo enfrente de Constanza había una ventana ornamentada con toda la familia del propietario de la Bodega del Sol. En la gran barra de la Bodega, un camarero se asomaba por encima de la mampara de pino que garantizaba la intimidad de los bebedores. La procesión continuó sin pausa, subiendo eternamente el arcén del «alto» de King Street y desapareciendo eternamente por la esquina de la Plaza de San Lucas; a intervalos la interrumpía un clérigo, un ministro de una iglesia no anglicana, un pregonero municipal o unos pocos miembros de los Fusileros Voluntarios. La multitud de espectadores aumentaba conforme se hacía más larga la procesión. Luego se oyó otra banda, que tocaba también la marcha de Saúl. La primera banda había llegado ya a la parte alta de la Plaza y apenas se la oía desde King Street. El reiterado destello de los recordatorios de los sombreros al sol producía la ilusión de una imposible serpiente blancuzca que se fuera extendiendo por la ciudad. Pasaron tres cuartos de hora antes de que se llegara a ver la cola de la serpiente; la cerraba una chusma de rapaces desaliñados que llenaba la calle.
—Voy a la ventana del salón, mamá —dijo Cyril.
Constanza hizo un gesto de asentimiento. Cyril salió del dormitorio sigilosamente.
La Plaza de San Lucas era un mar de sombreros y recordatorios. La mayoría de los residentes de la Plaza había puesto banderas a media asta y en el ayuntamiento, a lo lejos, ondeaba otra. En todas las ventanas había espectadores. Las dos bandas se habían reunido en lo alto de la Plaza; tras ellas, en un vagón del Ferrocarril de Staffordshire Norte, se hallaban en pie el párroco con su sobrepelliz blanca y varias figuras vestidas de negro. El párroco estaba hablando, pero sólo quienes estaban cerca del vagón oían la débil voz atiplada.
Tal fue la protesta masiva de Bursley contra lo que Bursley consideraba una flagrante injusticia. La ejecución de Daniel Povey había suscitado la sincera indignación de la ciudad. Aquella ejecución no era sólo una injusticia; era un insulto, un desaire humillante. Y lo peor era que el resto del país no había mostrado ciertamente ningún comprensivo interés por el asunto. Algunos periódicos de Londres, incluso, al comentar de pasada la ejecución, se habían referido injuriosamente a la moral y los modales de las Cinco Ciudades, afectando considerar la región notoriamente ajena al ámbito de los Diez Mandamientos. Aquello había contribuido a enfurecer a los ciudadanos. Aquello, tanto como cualquier otra cosa, había animado el espontáneo estallido de sentimiento que había culminado en una Plaza de San Lucas llena de gente con recordatorios en el sombrero. La manifestación apenas había sido organizada; de una u otra manera se había organizado sola, valiéndose de los lugares de culto y de unos pocos clubs como centros de reunión. Y resultó ser un enorme éxito. Había siete u ocho mil personas en la Plaza; la lástima fue que no pudiera toda Inglaterra tener una vislumbre de semejante espectáculo. Desde la ejecución del elefante, nada había agitado tan profundamente a Bursley.
Constanza, que salió un momento de la habitación para acudir al salón, pensó que la muerte y el sepelio del honorable abuelo de Cyril, aun habiendo sido un acontecimiento de gran eco, no había causado ni la décima parte de la conmoción que estaba contemplando. Pero es que John Baines no había matado a nadie.
El párroco llevaba demasiado rato hablando; todos tenían esa impresión. Pero por fin terminó. Las bandas interpretaron el Gloria y las enormes multitudes empezaron a dispersarse por las ocho calles que irradian desde la Plaza. En aquel momento dio la una y abrieron las tabernas con su acostumbrada y admirable puntualidad. Las personas respetables, naturalmente, hicieron caso omiso de ellas y se apresuraron a marchar a sus casas para el almuerzo, que iba retrasado. Pero en una ciudad de más de treinta mil habitantes hay suficiente escoria para llenar todas las tabernas en una ocasión de excitación ceremonial. Constanza vio la barra de la Bodega atestada de individuos cuyo sentido del decoro oportuno dejaba mucho que desear. El camarero y el propietario y los principales miembros de la familia de éste se las vieron y se las desearon para apagar aquella sed fúnebre. Constanza, que tomó una ligera colación en el dormitorio, no fue testigo de la orgía. Destacaba en el mostrador un músico con su instrumento plateado. A las tres menos cinco la Bodega vomitó un chorro de juerguistas que andaban por la acera como si estuvieran en la cuerda floja; entre ellos estaba el músico, con su instrumento plateado sólo medio envuelto en su bolsa de sarga verde. Buscó el equilibrio sobre el arroyo. No habría sido tan grave si no fuera un músico. El camarero y el propietario echaron a empujones a la calle al último borrachín y cerraron la puerta (hasta las seis) en el mismo momento en que pasaba un policía, el primero del día. Se supo que escenas similares se estaban desarrollando en los umbrales de las demás tabernas. Y las personas juiciosas se entristecieron.
VI
Cuando el altercado entre el policía y el músico en el arroyo estaba en su apogeo, Samuel Povey se sintió inquieto, pero como apenas se había agitado mientras las bandas tocaban, no es probable que fueran los gritos del borracho los que le pusieron nervioso.
Había mostrado muy poco interés por los preliminares de la gran manifestación. La llama de su pasión por el caso de Daniel Povey parecía haber llegado al máximo el día antes de la ejecución y luego haberse extinguido. Aquel día fue a Stafford a ver a su primo por última vez, con permiso del director de la cárcel. Su estado, indudablemente, no se hallaba entonces muy lejos de la monomanía. «Trastornado» era la expresión convencional que a menudo le venía a la cabeza a Constanza para describir el estado mental de su marido, pero la reprimía, no quería aceptarla; era demasiado cruda, con las asociaciones que evocaba. Sólo admitía que el caso había sacado su mente «de quicio». Una prueba sorprendente de ello era que había sugerido que Cyril fuese con él a visitar al condenado. Quería que Cyril viese a Daniel; dijo gravemente que pensaba que Cyril debía verlo. La proposición era monstruosa, inexplicable —o explicable sólo dando por supuesto que su mente, aunque no estuviera trastornada, había perdido temporalmente el equilibrio. Constanza se negó rotundamente; como Samuel estaba muy debilitado en todos los aspectos, venció ella. En cuanto a Cyril, estaba dividido entre el miedo y la curiosidad. En conjunto, quizá, lamentaba no poder decir en el colegio que había hablado con el homicida más célebre del momento el día antes de su ejecución.
Samuel regresó histérico de Stafford. Su relato de la escena, que hizo en voz muy alta, fue extremadamente absurdo y sin embargo patético, evidentemente distorsionado en su memoria. Cuando llegó, en el momento de la entrada de Dick Povey, que estaba aún en el hospital y a quien habían traído especialmente a Stafford y llevado a la prisión, ya no pudo contenerse y se echó a llorar. Su histeria daba mucha lástima.
Se fue a la cama por decisión propia, pues la tos había mejorado de nuevo. Y al día siguiente, el día de la ejecución, se quedó en la cama hasta primera hora de la tarde; avanzada ésta el párroco mandó a buscarlo para hablar de la manifestación que se había pensado hacer. Al otro día, sábado, dijo que no se levantaría. Gélidos chaparrones azotaban la ciudad y su tos estaba peor tras la visita vespertina al párroco. Constanza no sintió ninguna aprensión por él. La parte más peligrosa del invierno había pasado y ahora no había nada que lo empujase a cometer imprudencias. Se dijo con tranquilidad que debía quedarse en cama todo el tiempo que quisiera, que el reposo nunca sería excesivo después de las fatigas físicas y espirituales que había sufrido. Tenía una tos seca, pero no tan molesta como en el pasado; su rostro estaba enrojecido y permanentemente melancólico; tenía algo de fiebre y el pulso y la respiración acelerados: los síntomas de un catarro renovado. Se pasó la noche en vela, durmiendo breves ratos y hablando en sueños. Al amanecer tomó algún alimento caliente, preguntó que día era, frunció el ceño y pareció amodorrarse enseguida. A las once rechazó la comida. Y durante la manifestación y su orgiástica secuela dormitó de manera intermitente.
Constanza tenía la comida preparada para cuando se despertara; se acercó a la cama y se inclinó sobre él. La fiebre había aumentado un poco, la respiración era más rápida y tenía los labios cubiertos de diminutos granos rojos. Al mencionar ella la comida sacudió la cabeza con expresión de repugnancia. Fue esta obstinada negativa a comer lo que la alarmó primero. Le acometió una leve e incómoda sospecha: ¿no le pasará nada, verdad?
Algo —no podría decir qué —hizo que se inclinara todavía más sobre él y aplicara el oído a su pecho. Dentro de aquella misteriosa caja oyó una rápida sucesión de sonidos tenues y secos, como crujidos, unos sonidos como los que uno produciría al frotarse los cabellos entre los dedos cerca del oído. Cesó la crepitación, luego volvió a empezar; Constanza se dio cuenta de que coincidía con la inhalación de aire. Tosió; los sonidos se hicieron más intensos; pasó por su rostro un espasmo de dolor y se puso la húmeda mano en el costado.
—¡Me duele el costado! —musitó con dificultad.
Constanza fue al salón, donde estaba Cyril dibujando junto a la chimenea.
—Cyril —dijo—, ve a decirle al doctor Harrop que venga inmediatamente. Y si no está él, se lo dices a su nuevo socio.
—¿Es papá?
—Sí.
—¿Qué pasa?
—Haz lo que te digo, por favor —dijo Constanza con sequedad, añadiendo—: No sé lo que pasa. Quizá no sea nada. Pero no estoy tranquila.
El venerable Harrop pronunció la palabra «pulmonía». Era pulmonía doble aguda lo que tenía Samuel. Durante los tres peores meses del año había escapado a los fatales peligros que aguardan a un hombre de pecho plano y tos crónica que desconoce su estado y desafía al mal tiempo. Pero un trayecto de quinientas yardas a la rectoría había sido la gota que rebosa el vaso. La rectoría estaba tan cerca de la tienda que no había tenido la precaución de abrigarse como para una excursión a Stafford. Sobrevivió a la crisis de la enfermedad y después murió de toxemia, causada por un corazón que no quiso realizar su función con la sangre. ¡Una muerte accidental, en la que apenas se reparó después de la gran manifestación febril! Además, Samuel Povey nunca pudo imponerse a los burgueses. Le faltaba personalidad. Era poquita cosa. Muchas veces me he reído de Samuel Povey. Pero me agradaba y lo respetaba. Fue un hombre muy honrado. Siempre me ha alegrado pensar que, al final de su vida, el destino se apoderó de él y puso de manifiesto ante el espectador la vena de grandeza que hay en todas las almas sin excepción. Él abrazó una causa, la perdió y murió por ella.