CAPITULO VII

CAL Y CANTO

 

I

 

El verano de aquel año, la aparición de una blanca erupción de carteles en numerosas vallas y en algunas casas y tiendas fue síntoma de un cambio orgánico en la ciudad. Los carteles repetían un misterioso anuncio y una citación, que empezaban con las augustas palabras: «Por orden de los fideicomisarios del difunto Sr. D. William Clews Mericarp». Mericarp poseía considerables propiedades en Bursley. Tras una prolongada residencia en Southport, había muerto a los ochenta y dos años dejando todas sus propiedades. Durante sesenta años había sido un nombre, no un personaje; la noticia de su muerte, que era sin duda un acontecimiento, incitó a los burgueses al cotilleo, pues habían llegado a tenerlo por uno de los inmortales invisibles. Constanza se sintió conmocionada, aunque nunca había visto a Mericarp. («¡Hoy en día todo el mundo se muere!», pensó). Era propietario de la tienda Baines-Povey y también del establecimiento del señor Critchlow. Constanza no sabía cuántas veces habían renovado su padre y luego su difunto esposo el arriendo de aquel edificio que ahora era suyo, pero tenía el vago recuerdo de haber oído desde que tenía uso de razón a su padre hablando con su madre de la «renta de Mericarp», que era y había sido siempre de cien al año. Mericarp se había granjeado la fama de ser «un buen casero». Constanza dijo con tristeza: «¡Nunca tendremos otro tan bueno!». Cuando recibió la visita del empleado de un abogado, que le pidió permiso para poner un cartel en cada uno de sus escaparates, tuvo recelos por el futuro; se sintió preocupada y decidió rescindir el arriendo al año siguiente, para mayor seguridad, pero inmediatamente después decidió que no podía decidir nada.

Los carteles continuaban: «Se venderá en pública subasta en el Hotel del Tigre a las seis y media para las siete, hora exacta». Qué tienen que ver las seis y media con las siete, hora exacta, nadie lo sabía. Después, tras declarar el nombre y referencias del subastador, los carteles llegaban por fin a los objetos en venta: «Todas estas fincas y tiendas en plena propiedad y posesiones en arriendo, a saber». En Bursley nunca se habían vendido casas en subasta. En los momentos de subasta se recordaba a los burgueses que los edificios en los que vivían no eran casas, como equivocadamente habían imaginado, sino fincas. Tras llegar hasta «a saber», los carteles trazaban una línea y recomenzaban: «Lote 1. Toda la amplia y espaciosa tienda y finca con oficinas y dependencias a ella pertenecientes situada y formando el nº 4 de la Plaza de San Lucas en la parroquia de Bursley, condado de Stafford, y en la actualidad ocupada por doña Constanza Povey, viuda, en arriendo que expira en septiembre de 1889». Declarando así palmariamente que toda la tienda de Constanza estaba en venta, en su totalidad y no solamente una fracción o tajada de ella, los carteles proseguían: «Lote nº 2. Toda la amplia y espaciosa tienda y finca con las oficinas y dependencias a ella pertenecientes situada y formando el nº 3 de la Plaza de San Lucas en la parroquia de Bursley, condado de Stafford, y en la actualidad ocupada por Charles Critchlow, farmacéutico, por contrato de arriendo anual». El catálogo contenía catorce lotes. Los carteles, no fuera a ser que alguien se imaginara estúpidamente que un intelecto no legal pudiera alcanzar semejante claridad de juicio explícita y general, estaban firmados por un poderoso bufete de abogados de Hanbridge. Afortunadamente, en las Cinco Ciudades no había ningún metafísico; de otro modo lo mismo se habría esperado que el bufete explicara, con los «ulteriores pormenores y condiciones» que los carteles prometían, cómo incluso una finca podía «ser» la cosa en la cual estaba «situada».

A las pocas horas del brote de la erupción, el señor Critchlow se presentó de improviso ante Constanza en el mostrador de sombrerería, agitando un cartel.

—¡Bueno! —exclamó sombríamente—¿Adonde vamos a ir a parar, eh?

—¡Sí, ya lo creo! —respondió Constanza.

—¿Piensa usted comprar? —preguntó. Todas las dependientas, incluyendo a la señorita Insull, estaban delante, pero él hizo caso omiso de su presencia.

—¡Comprar! —repitió Constanza—. ¡Qué va! Ya tengo bastante casa tal como es.

Como todos los dueños de una propiedad, adoptaba habitualmente hacia ella una actitud que implicaba que estaría dispuesta a pagar porque se la quitaran de encima.

—¿Y usted? —añadió, con la misma brusquedad del señor Critchlow.

—¡Yo! ¡Comprar una propiedad en la Plaza de San Lucas! —exclamó desdeñosamente el señor Critchlow. Y luego salió de la tienda tan repentinamente como había entrado.

El desdén por la Plaza de San Lucas era su expresión característica de una opinión que se había ido formando poco a poco en el transcurso de algunos años. La Plaza ya no era lo que había sido, aunque los negocios concretos acaso fuesen tan bien como siempre. Había dos tiendas que llevaban casi doce meses ofrecidas en alquiler. Y en una ocasión la quiebra había manchado sus anales. Los comerciantes, como es natural, habían buscado la causa en todas las direcciones salvo en la correcta, la evidente, y, como es natural, habían encontrado una causa. Según los comerciantes, la causa era «eso del fútbol». El Club de Fútbol de Bursley había crecido recientemente hasta convertirse en un auténtico rival de la antigua supremacía del célebre Club de Knype. Se había transformado en una sociedad de responsabilidad limitada; había alquilado un terreno por la carretera de Moorthorne y había construido un gran pabellón. El C. F. Bursley había empatado con el C. F. Knype en el campo de Knype: ¡una hazaña prodigiosa, una hazaña que ocupó una columna en el Noticiario Atlético un lunes por la mañana! Pero ¿se sintieron los comerciantes cívicamente orgullosos de esta gloria? ¡No! Dijeron que «eso del fútbol» hacía salir de la ciudad a la gente los sábados por la tarde, con la consecuencia de la completa abolición de las compras. Dijeron también que la gente no pensaba en otra cosa que en «eso del fútbol» y, casi sin recobrar el aliento, que sólo los gamberros y los inútiles podrían interesarse por tan bárbaro juego. Y hablaron de recaudación, apuestas y profesionalización, y del fin de todo verdadero deporte en Inglaterra. En suma, algo nuevo se había puesto en primer plano y estaba sufriendo la dura prueba de las maldiciones.

La venta del patrimonio de Mericarp tenía especial interés para las personas respetables que tenían inversiones en la ciudad. Indicaría en qué medida, de ser así, estaba arruinando a Bursley «eso del fútbol».

Constanza mencionó a Cyril que quizá le apeteciera ir a la subasta; como estaba fijada para una de las tardes libres del muchacho, éste dijo que quizá le apeteciera a él también. Así pues, fueron los dos; Samuel acostumbraba a asistir a las ventas de propiedades, pero nunca había llevado a su mujer. Constanza y Cyril llegaron al Hotel del Tigre algo pasadas las siete y fueron conducidos a una habitación amueblada y dispuesta como para una pequeña reunión pública de filántropos. Estaban ya presentes algunos caballeros, pero no los fideicomisarios, abogados y subastadores instigadores. Al parecer, «las seis y media para las siete» significaba las siete y cuarto. Constanza ocupó una silla Windsor en el rincón más cercano a la puerta e indicó a Cyril la siguiente; no se atrevían a hablar, andaban de puntillas; Cyril, sin darse cuenta, arrastró su silla por el suelo produciendo un chirrido; se ruborizó como si hubiese cometido un sacrilegio y su madre hizo un gesto de horror. Los componentes del grupo echaron una rápida mirada hacia el rincón, al parecer dolidos por aquel descuido. Algunos de ellos saludaron a Constanza, pero tímidamente, como avergonzados; tal vez fuera que se hubiesen reunido allí para cometer un crimen nefando. Por fortuna, la viudez de Constanza había perdido ya su enternecedor carácter de novedad, de manera que los saludos, aunque tímidos, estuvieron por lo menos libres de insoportable conmiseración y no resultaron embarazosos.

Cuando llegó el mundo oficial, ajetreado y quisquilloso, portando documentos y un martillo, se intensificó el sentimiento general de vergüenza culpable. ¡Era inútil que el subastador tratase de disipar la melancolía por medio de alegres gestos y de rápidas y animadas observaciones dirigidas a sus partidarios! Cyril tenía la idea de que la reunión se iniciaría con un himno, hasta que la aparición de un escanciador con vino le demostró que estaba en un error. El subastador encareció con gran empeño al escanciador que nadie se quedase con sed, y él cumplió su cometido con gran energía. Empezó por Constanza. Al rehusar el vino, ésta enrojeció; después el tipo ofreció un vaso a Cyril, que se puso de color escarlata y murmuró «no» con un nudo en la garganta; cuando el escanciador volvió la espalda sonrió tímidamente a su madre. La mayor parte de los presentes lo aceptaron y se lo bebieron. El subastador bebió, se pasó ruidosamente la lengua por los labios y exclamó:

—¡Ah!

Entró el señor Critchlow.

Y el subastador volvió a exclamar:

—¡Ah! Siempre me alegra que vengan los arrendatarios. Siempre es buena señal.

Echó una mirada en torno suyo buscando aprobación para este sentimiento. Pero todo el mundo parecía estar demasiado rígido para moverse. Hasta el subastador parecía sentirse violento.

—¡Camarero! ¡Ofrezca vino al señor Critchlow! —exclamó en tono intimidatorio, como diciendo «¡Hombre! ¿En qué demonios está usted pensando, que se olvida del señor Critchlow?».

—Sí, señor; sí, señor —dijo el camarero, que estaba sirviendo el vino con toda la celeridad posible en un camarero.

Comenzó la subasta.

Agarrando el martillo, el subastador trazó una breve biografía de William Clews Mericarp y, una vez cumplido este piadoso deber, conminó a un abogado a que leyera las condiciones de la venta. El abogado obedeció e hizo una penosa exhibición de cortedad. Las condiciones de la venta eran muy extensas y al parecer estaban redactadas en una lengua extranjera; el público escuchó aquella elocución simulando estoicamente un interés pasmoso.

Después, el subastador ofreció toda la amplia y espaciosa tienda y finca situada y formando el nº 4 de la Plaza de San Lucas. Constanza y Cyril se removieron furtivamente, como si al final hubieran sido descubiertos. El subastador aludió a John Baines y a Samuel Povey como si fueran pérdidas personales suyas y luego expresó su placer por la presencia de «las señoras»; quería decir de Constanza, que una vez más hubo de sonrojarse.

—Ahora, caballeros —dijo el subastador—, ¿qué ofrecen ustedes por este famoso establecimiento? Creo que no exagero si utilizo la palabra «famoso».

Alguien dijo mil libras, con la voz aterrorizada de un delincuente.

—Mil libras —repitió el subastador; hizo una pausa, bebió y se relamió.

—Guineas[35] —dijo otra voz que se acusaba de iniquidad.

—Mil cincuenta —dijo el subastador.

Después hubo un largo intervalo, un intervalo que puso en tensión los nervios de la asamblea.

—Vamos, señoras y señores… —imploró el subastador.

La primera voz dijo malhumorada:

—Mil cien.

Y así fue subiendo la puja a mil quinientas, elevada poco a poco, por así decirlo, por la fuerza magnética de la personalidad del subastador. El hombre se erguía ahora dominante. Se inclinó hacia la cabeza del abogado; hablaron en susurros.

—Señores —dijo el subastador—, me complace informarles de que la venta está ahora abierta. —Su tono expresó mejor que sus palabras su tranquila beatitud profesional. De improviso, con voz airada, siseó al camarero:

—Camarero, ¿por qué no sirve a estos caballeros?

—Sí, señor; sí, señor.

El subastador se sentó y bebió despaciosamente, charlando con su empleado, con el abogado y con el empleado del abogado.

Cuando se puso en pie era un conquistador.

—Señores, ofrecen mil quinientas libras. Vamos, señor Critchlow.

El señor Critchlow meneó la cabeza. El subastador echó una mirada cortés a Constanza, que la evitó.

Después de muchas súplicas, levantó el martillo de mala gana y varias veces fingió dejarlo caer y se detuvo.

Y entonces el señor Critchlow dijo:

—Y cincuenta más.

—Se ofrecen mil quinientas cincuenta —informó el subastador a los circunstantes, electrificando una vez más al camarero. Y después de beber dijo con afectada tristeza:

—Vamos, señores, ¡no querrán dejar escapar este magnífico lote por mil quinientas cincuenta libras!

Pero sí que querían.

Cayó el martillo; el empleado del subastador y el del abogado se llevaron a un lado al señor Critchlow y todos escribieron.

A nadie le sorprendió que el señor Critchlow comprara el Lote nº 2, su propia tienda.

Constanza susurró entonces a Cyril que deseaba marcharse. Se fueron con unas precauciones poco naturales, pero una vez en la oscura calle volvieron a conducirse con normalidad.

—¡Nunca me lo hubiera figurado! ¡Nunca me lo hubiera figurado! —murmuró Constanza, sorprendida y perturbada.

Aborrecía la perspectiva de tener de casero al señor Critchlow.

Y sin embargo no podía ni pensar en dejar la casa, a pesar de las decisiones tomadas.

La venta demostró que el fútbol no había debilitado del todo la base comercial de la sociedad de Bursley; sólo dos lotes hubieron de ser retirados.

 

 

 

II

 

La tarde del martes de aquella misma semana, el joven que Constanza había acabado contratando para la manipulación de los postigos y otros trabajos no aptos para frágiles mujeres estaba cerrando la tienda. Habían dado las dos. Todos los cierres estaban echados excepto el último, en medio de la entrada. La señorita Insull y su patrona andaban por el interior en penumbra, cubriendo con fundas los artículos expuestos; las otras dependientas acababan de irse. El bullterrier había entrado en la tienda, como hacía casi invariablemente a la hora de cerrar —pues dormía allí en calidad de eficaz guardián—, y se había echado junto a la estufa a medio apagar; aunque no era venerable, la edad lo iba anquilosando.

—Ya puede cerrar —dijo la señorita Insull al chico.

Pero cuando el último cierre estaba llegando a su sitio apareció en la acera el señor Critchlow.

—¡Espere, joven! —ordenó el señor Critchlow, y pasó con lentitud sobre el cierre horizontal sobre el que se apoyaban los verticales en la entrada.

—¿Va a tardar mucho, señor Critchlow? —preguntó el joven, colocando el postigo—. ¿O cierro?

—Cierra, chico —dijo sumariamente el señor Critchlow.

—¡Está aquí el señor Critchlow! —llamó la señorita Insull a Constanza con un tono de voz peculiar. Y un rubor apenas perceptible se difundió muy despacio por su moreno rostro. A la media luz de la tienda, iluminada sólo por unos pocos agujeros en forma de estrella en los cierres y por la pequeña ventana lateral, ni la vista más aguda podría haber captado aquel rubor.

—¡Señor Critchlow! —exclamó Constanza en un murmullo. Le disgustaba que se convirtiera en dueño de su tienda. Pensaba que venía a dárselas de propietario y resolvió hacerle ver que ella tenía un talante libre e independiente y que tanto le daba ceder el negocio como conservarlo. Sobre todo se propuso acusarlo de haberla engañado a propósito, en su visita anterior, en lo tocante a sus intenciones.

—¡Bien, señora! —la saludó el anciano—. Ya lo tenemos todo arreglado. Puede que algunos piensen que nos ha llevado tiempo, pero no creo que sea asunto suyo.

Sus ojillos parpadeantes estaban circundados de rojo. La piel de su cara pequeña y pálida tenía millones de diminutas arrugas. Sus brazos y piernas eran fabulosamente delgados y angulosos. Los ángulos de sus labios de color de heliotropo se volvían hacia abajo, como de costumbre, haciendo un misterioso comentario sobre el mundo, y su sonrisa, al ponerse delante de Constanza con su excesiva estatura, coronaba el misterio.

Constanza se le quedó mirando desconcertada. ¡Indudablemente no podía ser verdad al final todo aquello, la esencia de los rumores que habían flotado como vapores por la Plaza durante ocho años o más!

—¿Qué…? —empezó.

—¡Ella y yo! —sacudió la cabeza en dirección a la señorita Insull.

El perro se había acercado pausadamente a inspeccionar los bajos de los pantalones del novio. La señorita Insull llamó al animal chascando los dedos y luego se inclinó y lo acarició. ¡Un extraño que probaba la validez del descubrimiento de Charles Critchlow de que en María Insull estaba enterrado un ser humano!

La señorita Insull estaba tan cerca de los cuarenta como se pueda uno imaginar. Llevaba veinticinco años trabajando en la tienda, pasando cosa de doce horas diarias en ella, asistiendo con regularidad a la capilla wesleyana y a la escuela dominical y durmiendo en casa de su madre, a la que mantenía. Nunca había ganado más de treinta chelines a la semana y sin embargo su situación era considerada excepcionalmente buena. En la eterna penumbra de la tienda había ido perdiendo las características y encantos propios de su sexo que una vez poseyera. Era tan delgada y lisa como el propio Charles Critchlow. Era como si su seno hubiera sufrido una permanente sequía en una vulnerable época de desarrollo y nunca se hubiese recuperado. La única prueba de que corría sangre por sus venas era la calidad granulosa de su arruinado cutis; los granos de aquella superficie de color de ladrillo ponían de manifiesto que la sangre era floja y mala. Sus pies y sus manos eran grandes y desmañados; la piel de los dedos se había vuelto basta por el áspero contacto con la textura del papel de lija. Seis días a la semana vestía de negro; el séptimo una especie de discreto alivio de luto. Era honrada, capaz e industriosa; más allá de los límites de sus ocupaciones no tenía curiosidad alguna, ni inteligencia, ni ideas. Las supersticiones y los prejuicios, profundos y arrebatados, ocupaban en ella el lugar de las ideas, pero era incomparable vendiendo sedas, gorritos, tirantes y hule; en anchuras, longitudes y precios jamás se equivocaba; nunca irritaba a un cliente ni prometía estúpidamente lo que no era posible hacer, ni era impuntual, descuidada ni irrespetuosa. Nadie sabía nada de ella, pues no había nada que saber. Si se restaba de ella a la dependienta no quedaba nada. Ignorante y espiritualmente muerta, sólo existía por hábito.

Pero para Charles Critchlow era una ilusión. Le había echado una mirada y había visto juventud, inocencia, virginidad. Durante ocho años, la polilla Charles había revoloteado en torno a su lámpara luminosa y ahora se había chamuscado y no tenía escapatoria. Podía tratarla con el aire de indiferencia que quisiera; podía no hacerle ni caso en público; podía hablar brutalmente de las mujeres; podía tenerla meses seguidos preguntándose qué quería decir, pero del conjunto de su conducta se deducía indiscutiblemente el hecho de que la quería. La deseaba; ella lo tenía encantado: era un ornamento y un lujo por el que estaba dispuesto a pagar… y a hacer locuras. Era viudo desde antes de que ella naciera; para él era una chiquilla. Todo es relativo en este mundo. En cuanto a ella, era demasiado indolente para rechazarlo. ¿Por qué iba a rechazarlo? Las ostras no rechazan.

—Por supuesto, les felicito a los dos —musitó Constanza, dándose cuenta de la trascendencia de las lacónicas palabras del señor Critchlow—, Por supuesto, espero que sean felices.

—Todo irá bien —dijo el señor Critchlow.

—Gracias, señora Povey —añadió María Insull.

Al parecer nadie sabía qué más decir. «Es muy repentino», fueron las palabras que tuvo Constanza en la punta de la lengua, pero no llegó a pronunciarlas porque eran visiblemente absurdas.

—¡Ah! —exclamó el señor Critchlow, como considerando de nuevo la situación él mismo.

La señorita Insull dio una última palmadita al perro.

—Así pues, todo está arreglado —dijo el señor Critchlow—, Y bien, señora, usted quiere dejar la tienda, ¿verdad?

—No estoy muy segura de eso —respondió Constanza con inquietud.

—¡No me diga! —protestó él— Claro que quiere dejarla.

—He vivido aquí toda mi vida —dijo Constanza.

—No ha vivido en la tienda toda la vida. Dije la tienda. ¡Escuche! —prosiguió—. Voy a hacerle una proposición. Puede conservar la casa y yo me quedaré con la tienda. ¿Y bien? —La miró inquisitivamente.

A Constanza la desconcertó la brusquedad de la propuesta, que además no comprendía.

—Pero ¿cómo…? —balbuceó.

—Venga —dijo con impaciencia el señor Critchlow, acercándose a la puerta de la casa, detrás de la caja.

—Que vaya ¿adonde? ¿Qué quiere? —interrogó Constanza.

—¡Aquí! —dijo el señor Critchlow cada vez más impaciente—. Sígame ¿quiere?

Constanza obedeció. La señorita Insull siguió sigilosamente a Constanza y el perro a la señorita Insull. El señor Critchlow entró por la puerta y fue pasillo adelante hasta después del taller de cortar, a su derecha. El pasillo torcía después en ángulo recto a la izquierda y terminaba en la puerta de la sala; a la izquierda estaba la escalera de la cocina.

El señor Critchlow se detuvo justo antes de llegar a ella y extendió los brazos, tocando las paredes a ambos lados.

—¡Aquí! —dijo, dando golpecitos en las paredes con sus huesudos nudillos—. ¡Aquí! Imagine que le tapiamos esto y lo mismo la escalera entre el entresuelo y el pasillo del dormitorio, y ya tiene su casa para usted. Dice que ha vivido aquí toda la vida. Bueno, ¿qué le va a impedir terminar aquí? No se trata —añadió —más que de volver a convertir en dos casas lo que en tiempos fueron dos casas, antes de que usted naciera, señora.

—¿Y la tienda? —exclamó Constanza.

—Puede vendernos las existencias conforme a tasación.

Constanza comprendió de golpe el plan. El señor Critchlow seguiría siendo farmacéutico, mientras la señora Critchlow se convertía en jefa del primer negocio de modas de la ciudad. Sin duda practicarían un agujero en el muro de separación del otro lado, para compensar que se tapiase aquél. Seguramente lo tenían todo pensado al detalle. Constanza se rebeló.

—¡Ya! —dijo, un tanto desdeñosamente—. ¿Y mi buena voluntad? ¿La tomará también conforme a tasación?

El señor Critchlow miró al ser por el cual estaba dispuesto a gastar miles de libras. Podría haber sido una Friné y él un estúpido encaprichado. La miró como si dijera «Lo esperábamos, y es hasta aquí donde acordamos que había que llegar».

—¡Sí! —dijo a Constanza—. Muéstreme su buena voluntad. Envuélvala en papel y la tomaré conforme a tasación. ¡Pero no antes, señora! ¡No antes! Le estoy haciendo una oferta muy buena. Veinte libras al año y le dejo la casa. Y me quedo con las existencias conforme a tasación. Piénselo, muchacha.

Una vez dicho lo que tenía que decir, Charles Critchlow se marchó, según su costumbre. Desapareció sin ceremonia por la puerta lateral y, con el delantal ondeando al viento, volvió la esquina de King Street y entró en la Plaza y en su tienda, que no guardaba la media vacación del jueves. La señorita Insull salió poco después.

 

 

 

III

 

El orgullo de Constanza la apremiaba a rechazar la oferta. Pero lo cierto era que su única objeción consistía en que el plan no había sido idea suya. Por lo demás, dicho plan reconciliaba su deseo de permanecer en la casa con su deseo de librarse de la tienda.

—¡Haré que me abra una ventana nueva en la sala…, una ventana que se pueda abrir! —dijo decididamente a Cyril, que aceptó la propuesta del señor Critchlow con indiferencia fatalista.

Tras llegar a un acuerdo sobre la nueva ventana, cerró el trato. Después vino el inventario, que llevó semanas. Y luego fue el carpintero y tomó las medidas para la ventana. Y fueron un constructor y un albañil e inspeccionaron las entradas, y Constanza tuvo la sensación de que había llegado el fin. Quitó la alfombra de la sala y protegió los muebles con fundas. Ella y Cyril vivieron veinte días entre tablas y fundas; ni el carpintero ni el albañil volvieron a aparecer. Después, un día, por sorpresa, dos obreros del carpintero quitaron la ventana vieja; a media tarde el carpintero trajo la nueva y los tres estuvieron trabajando hasta las diez de la noche colocándola. Cyril llevaba la gorra puesta y se fue a la cama con ella puesta; Constanza llevaba un chal Paisley. Un pintor se comprometió, más allá de toda posibilidad de fracaso, a pintar la ventana por la mañana. Tenía que empezar a las seis; el despertador de Amy fue modificado de manera que pudiera estar levantada y vestida para franquearle la entrada. Fue una semana después, dio una capa de pintura y desapareció otros diez días.

Después aparecieron de repente dos albañiles con pesadas herramientas y se quedaron horrorizados al ver que no estaba todo preparado para ellos. (Después de tres semanas sin alfombra, Constanza había vuelto a ponerla.) Arrancaron el papel de la pared, lanzaron cascadas de yeso por la escalera de la cocina, quitaron a capricho hiladas de ladrillos de las paredes y, ahítos de destrucción, se apresuraron a marcharse. Al cabo de cuatro días empezaron a llegar nuevos ladrillos rojos, acarreados por un peón totalmente inocente que no había visitado la casa con anterioridad. Al peón le cayó toda la tempestad de la ira de Constanza. No era una ira feroz sino por el contrario bienhumorada, pero el peón se quedó impresionado.

—Hace un mes que no se puede vivir en esta casa —dijo para terminar—. Si mañana no están esos tabiques, los de arriba y los de abajo, ¡mañana, fíjese bien!, que no se atreva ninguno de ustedes a dejarse ver por aquí porque no pienso dejarles entrar. Muy bien, ha traído esos ladrillos. ¡Ahora lárguese y dígale a su jefe lo que le he dicho!

Fue efectivo. Al día siguiente despertaron a la casa unos obreros sometidos y convincentes llamando a la puerta exactamente a las seis y media y las dos puertas fueron tapiadas poco a poco. Lo curioso fue que, cuando la barrera se alzaba ya a un pie en el piso bajo, Constanza se acordó de algunas pequeñas posesiones que no había sacado del taller de corte. Recogiéndose las faldas pasó por encima, entró en unas regiones que ya no eran suyas y regresó con las cosas. Llevaba un pañuelo en la cabeza para proteger el cabello del polvo. Estaba muy ocupada, muy pendiente de naderías. No tenía tiempo para sentimentalismos. Sin embargo, cuando los hombres llegaron a la hilada más alta y quedaron finalmente ocultos tras su propia construcción y ya no pudo ver más que cal y canto, se sintió desconcertantemente dominada por una ceguera neblinosa y no pudo ver ni siquiera cal y canto. Cyril se la encontró, con su absurdo pañuelo en la cabeza, llorando en una mecedora cubierta con una funda en la sagrada sala. Silbó con inquietud y observó:

—Oye, mamá, ¿y el té? —y después, oyendo las pesadas voces de los obreros, que estaban arriba, corrió allí con alivio. El té se había servido en el salón; se alegró al saberlo por Amy, que le informó también de que ella «nunca se acostumbraría a las paredes nuevas esas», en toda su vida.

Aquella tarde se fue a la Escuela de Arte. Constanza, sola, no sabía qué hacer. Antes deseaba que se levantaran los tabiques y se levantaron; pero tendrían que pasar días hasta que se enlucieran, y después del enlucido más días aún hasta que se empapelaran. Tal vez faltara todavía un mes para que su casa quedara libre de obreros y preparada para sus propios trabajos. No podía hacer otra cosa que sentarse en cualquier montón de polvo, contemplar los estragos del cambio y aguantarse las lágrimas todo lo que pudiera. Las transacciones legales estaban casi concluidas; en los mostradores de la tienda había, a disposición de los clientes, cartelitos que anunciaban el traspaso del negocio. Al cabo de dos días Charles Critchlow pagaría el precio de un deseo realizado. Se cubrió de pintura la muestra y se trazaron con tiza nuevas letras encima. En el futuro, Constanza se vería obligada, si quería entrar en la tienda, a hacerlo como clienta y desde el frente. Sí; veía que, aunque la casa siguiera siendo suya, la raíz de su vida había sido arrancada.

¡Y qué revoltijo! ¡Parecía inconcebible que se pudiera poner orden en aquel revoltijo material!

Sin embargo, antes de que los campos del condado empezaran a cubrirse de nieve aquel invierno ya sólo quedaba una señal de aquella devastadora revolución: un trozo de papel de pared que se había encolado demasiado pronto y no se pegaba. María Insull era María Critchlow. Constanza había salido a la Plaza a ver la muestra modificada y el gusto de la señora Critchlow en cuanto a cortinas, y había visto también —lo más impresionante de todo— que la mugrienta ventana de la habitación abandonada de lo alto de la escalera abandonada, junto a su dormitorio de niña y adolescente, estaba limpia y le habían puesto una tabla delante. Sabía que aquel cuarto, en el que ella misma no había entrado nunca, iba a ser utilizado como almacén, pero la prueba visible de su conversión la afectó de un modo tan extraño que no se sintió capaz de entrar con osadía en la tienda, como había pensado, y hacer algunas compras en plan amistoso. «¡Soy una tonta!», murmuró. Después se aventuró a entrar en la tienda, con tímida brusquedad, y fue recibida con la adecuada ceremonia por la señora Critchlow (tan reseca como siempre), quien insistió en hacerle el descuento comercial especial. Y se llevó sus pequeñas compras amistosas, dando la vuelta para entrar por su puerta, la de King Street. ¡Un acontecimiento en verdad trivial! Constanza, sin saber si reír o llorar, hizo las dos cosas. Se acusó de estar desarrollando una facilidad histérica para llorar y luchó sabiamente contra ella.