III
—Señores —oí decir a Doc Savage tras de mí—, les presento a nuestro último miembro, el doctor John H. Watson, residente hasta hace poco de 221B Baker Street, en Londres, Inglaterra. Doctor Watson —continuó diciendo el gigante de bronce—, pase y siéntase como si estuviera en su casa. Ésta es nuestra biblioteca. Los millares de volúmenes que ve recubriendo las paredes de esta habitación contienen las biografías, públicas y secretas, de los hombres aquí reunidos. Incluso algunos de sus propios trabajos referentes a su anterior asociado han encontrado sitio en esta habitación, como ha tenido ocasión de comprobar su asociado en más de una ocasión.
—¿Holmes, aquí? —dije tragando saliva—. Pues nunca me dijo nada… Ni siquiera me insinuó que…
—¿No, Watson? —respondió el gigante de bronce—. ¿Nunca le contó nada de los años que pasó en el Tíbet? ¿Ni de aquellos transcurridos en los Estados Unidos bajo el nombre de Altamont?
—¡Claro! —dije golpeándome en la frente con la palma de la mano—. ¡Claro que sí! Y yo nunca…
—No sea demasiado duro consigo mismo, Watson. Ahora que ha llegado la hora de que usted entre en servicio, ha venido a la Fortaleza de Soledad, y tiene la oportunidad de hacerle un favor al mundo… y a determinados individuos que se encuentran dentro de este mundo. Pero primero, permítame presentarle a los demás miembros.
Me tomó por el codo y fui haciendo la ronda por las diferentes butacas, dando la mano a los hombres que previamente había observado. Cuando me acercaba a cada uno de ellos, se presentaba:
—Richard Benson, El Vengador —dijo el hombre de gris.
—Kent Allard, La Sombra —rió espantosamente el hombre de nariz aguileña.
—Gordon. De Yale, promoción del treinta y cuatro, mis amigos me llaman Flash.
—Curtís Newton, señor, algunas veces me llaman Capitán Futuro.
—John Cárter, capitán retirado de la caballería de los Confederados.
—David Innes, de Connecticut y el Imperio de Pellucidar.
—Richard Wentworth —dijo el segundo de los hombres ataviados de negro—, conocido por algunos como La Araña.
Incluso en ese momento, cuando me estaba dando la mano, detecté algo de sospecha y envidia entre él y el hombre que daba en llamarse La Sombra.
Y, finalmente, el hombre vestido con el traje clerical verde:
—Om —dijo, haciendo una señal con las manos antes de extenderme una según la costumbre occidental—. Jethro Dumont, de Park Avenue en Nueva York. También conocido como el doctor Charles Pali y El Lama Verde.
—Es un honor —conseguí pronunciar—. Nunca había soñado que fueran personas de verdad. Siempre pensé que eran quimeras de imaginaciones febriles.
—Se ha pensado a menudo lo mismo de su buen amigo y asociado de Baker Street. ¿No le parece, Watson? —dijo el gigante de bronce, Doc Savage.
Admití que ese era el caso.
—Estoy asediado por ambos lados —dije—. Por un lado están los que sostienen que mi buen amigo y asociado, cuyos casos he recogido lo mejor que he podido durante todos estos años, es un producto de mi imaginación y que no existe en el mundo real en absoluto. Mientras que por otro lado, el caballero que me sirve de agente literario, el doctor Arthur Conan Doyle, es acusado de escribir los relatos que yo le entrego y que él vende a las revistas de mi parte.
Miradas de comprensión y de simpatía me llegaban de todos los presentes. Pensé de nuevo en los volúmenes que recubrían las paredes de esta biblioteca. De entre todas mis amistades sólo las hazañas de mi asociado merecieron mis modestos esfuerzos como cronista.
—Con respecto a esta asamblea de aventureros… ¿Están todos los que son? —pregunté a la colectividad y acepté la cómoda butaca que me ofrecía Doc Savage.
De nuevo se oyó el suave zumbido de discusiones mientras las figuras coloridamente ataviadas intercambiaban comentarios sobre mi pregunta. Luego, uno de ellos —creo que el hombre de Yale, Gordon— me contestó en el papel, tácitamente designado, de portavoz de todos ellos.
—Nosotros sólo somos los representantes actuales de un movimiento cuya lista de asociados es mucho mayor. Desde los días de nuestro fundador, cuyo retrato cuelga sobre la chimenea, hasta este momento, ha habido cientos como nosotros. Sus nombres están inscritos en el pergamino de honor que está al lado de la ventana.
Primero señaló hacia el cuadro al que había hecho referencia, y luego a una ventana estrecha y alta a través de cuyos cristales térmicamente aislantes se podía ver el principio de la larga noche ártica. Primero me desplacé hacia el fuego rugiente y miré hacia arriba al cuadro elegantemente ejecutado en un marco barroco. El pintor había realizado su trabajo en tonos pardos, ocre marrón y castaño. La cara que me miraba fijamente mostraba fortaleza e inteligencia, y un aire despreocupado. El traje era el de un caballero francés del siglo anterior. Bajo el lienzo había una placa pequeña con una sola palabra: D’Artagnan.
Tras un homenaje momentáneo y silencioso al sujeto del cuadro fui paseando sobre la espesa alfombra al pergamino previamente señalado por el americano Gordon. Su encabezamiento era una simple frase, donde las letras iniciales de cada palabra formaban a su vez una palabra de una sola sílaba, cuyo significado, tengo que admitir, se me escapaba. El encabezamiento del pergamino decía «Personajes Unidos en Liga de Protectores». Los nombres inscritos bajo esto eran, desde luego, muy numerosos, incluyendo no sólo a todas las personas que había en esta habitación (exceptuándome a mí, claro), sino los de muchos otros, de los cuales una selección al azar incluía nombres tan familiares como los de Jules de Gandon, Anthony Rogers, sir Dennis Nayland Smith, Jimmy Dale, Arséne Lupin, Kimball Kinnison, Nicholas Cárter, Tephen Costigan y muchas columnas más.
—¡Una compañía estupenda! —no pude dejar de exclamar cuando había completado mi lectura del pergamino adornado—. Si me permiten la pregunta, me gustaría saber cómo se financia este establecimiento. ¿Quién lo mantiene en funcionamiento? ¿Quién enciende los fuegos, hace las comidas y sirve las libaciones?
—Tenemos lacayos de sobra, doctor Watson —comentó el hombre del traje rojo de cremalleras. Le identifiqué en seguida como Curtís Newton—. Cada uno de nosotros contribuye con sus propios empleados a los servicios generales de la Liga. Entre los míos se encuentra Otho, el androide; Grag, el robot; y Simón Wright, el cerebro viviente.
—Y los míos —afirmó La Sombra con una risita siniestra— son el playboy Lamont Cranston, el chófer Moe Shrevnitz, el mago de las comunicaciones Burbank y el casi suicida Harry Vincent.
Cuando les llegaba el turno, cada uno nombraba un grupo de ayudantes exóticos, cada cual tan peculiar y excéntrico como su empleador.
—Cada uno de ellos —concluyó Doc Savage— sirve durante algún tiempo en la cocina, la armería, además de otros lugares de la Fortaleza y otras instalaciones lejanas de la Liga cuando les dejan tiempo las misiones personales de cada empleador.
—Comprendo —afirmé, tomando un sorbo de la bebida que había aparecido, sin haberme dado cuenta al lado de butaca. Olí, sorprendido, el contenido del vaso. Zarzaparrilla.
—Todavía hay algo que no acabo de entender —dije, dirigiéndome una vez más a mis anfitriones colectivamente. Quedaron todos mirándome con ojos inquisitivos—. ¿Por qué —pregunté yo— me han llamado a mí a este lugar? Está claro que todos son hombres muy competentes y capaces. No sé con qué rompecabezas se enfrentan, aparte de la cuestión del Dios del Unicornio Desnudo que ha sido robado. Estoy seguro que no necesitan de mi modesto talento para solucionar esto, que para ustedes debe ser pan comido.
Una vez más asumió las funciones de portavoz Clark Savage, Jr. Paseó por la habitación, parándose ante el fuego crepitante, de manera que las llamas danzantes tras la heroica figura lanzaban sombras monstruosas por toda la biblioteca de la Liga. Con los pies separados, sus manos cogidas a la espalda, su amplio pecho y su cabeza erguida orgullosamente, su enorme porte visto a contraluz ante las llamas, configuraban el más glorioso cuadro de potencia y elegancia masculina que nunca había visto.
—John Watson —entonó impresionantemente— la información que estoy a punto de revelarle es extremadamente delicada a la vez que tremendamente amenazante. Confío en su honor como asociado novel de los Personajes Unidos en Liga de Protectores de no revelarlo a nadie hasta que este asunto haya llegado a un final feliz. ¿Me da su palabra, John Watson?
—La tiene, señor —suspiré. Tenía un nudo en la garganta y los ojos extrañamente húmedos.
—¡Muy bien! —continuó Doc Savage—. Tengo que informarle que hay un archicriminal cuyas malévolas maquinaciones dejan muy atrás a los más infames malhechores de los anales de la Liga.
—¡Más negro que el cardenal Richelieu! —exclamó una voz.
—¡Más siniestro que el insidioso doctor Fu Manchu! —añadió otro.
—¡Más brillante que el revolucionario Ay-Artz del planeta Lenmis!
—¡Más traicionero que Hooja el astuto!
—¡Más peligroso que Blacky Duquesne!
—¡Más despiadado que el genio Ras Travas!
—¡Incluso más amenazante que el mismísimo Napoleón del Crimen! —añadió Doc Savage para concluir el listado de nombres.
—¿El Napoleón del Crimen? —repetí incrédulamente—. ¿Se refiere al torcido genio profesor James Moriarty? Pero yo pensaba que estaba muerto…, que murió en su caída en las cataratas de Reichenbach.
—A lo mejor murió… Pero a lo mejor escapó, como lo hizo su rival y oponente en la lucha épica que tuvo su culminación precisamente en Suiza. Hay muchos hombres que han desaparecido, pero ¿qué mejor escondite que la tumba, Watson?
Savage ahora caminaba ante de la chimenea de un lado a otro, su titánica sombra desplazándose por las vigas de madera y las lámparas de metal que colgaban sobre nuestras cabezas. Los demás hombres estaban sentados en silencio, expectantes, observando el intercambio entre el líder y yo. Yo prometía en silencio no fallar, para mantener el honor de mí asociado ausente.
—Al mencionar el nombre del Napoleón del Crimen —dije algo acalorado—, Doc Savage, sugiere de alguna manera que mi asociado ha fallado en su intento de librar al mundo de sus fechorías.
—Eso mismo —afirmó Doc Savage—. Su asociado, Sherlock Holmes, está en las manos de un criminal ante el que el profesor Moriarty se echaría a temblar.
Caminó hacia mí y mirándome desde su metro ochenta y tantos centímetros, dijo:
—Estoy aquí sólo porque la ayuda de mi prima Patricia me permitió escapar de las garras de ese archicriminal. Pude atravesar sus redes, pero dos compañeros con los que estaba intentando recuperar el Dios del Unicornio Desnudo fueron menos afortunados que yo, y en estos momentos son prisioneros del genio más macabro, cuyos esfuerzos aún pueden ser la causa de la total destrucción de la frágil estructura de nuestra civilización.
—¿Dos compañeros? —repetí—. ¿Dos? ¿Pero, quiénes pueden ser?
Se inclinó, acercando sus ojos metálicos a los míos y me apunto con un dedo:
—En estos mismos momentos se encuentran en las garras de ese inteligente maníaco Sherlock Holmes y sir John Clayton, lord Greystoke, el hombre conocido en el mundo como… ¡Tarzán de los Monos!
—¿Holmes y Greystoke? ¿A la vez? ¿Y casi le capturan a usted, Doc Savage? —exclamé—. ¿Quién puede ser ese diablo y cómo puedo ayudar a rescatar a los dos asociados de sus garras?
—Wentworth, usted es nuestro intelectual supremo —dijo Doc Savage al personaje ataviado con telas de araña—. Explíquele al doctor Watson cuál es nuestra estrategia, yo me retiro brevemente para extraer unas cuantas raíces cuadradas y cúbicas.
Doc Savage se retiró a su asiento y La Araña empezó a hablar en una voz baja e insinuante que parecía destinada a hipnotizar al interlocutor.
—Este archicriminal es incuestionablemente el más brillante y el que cuenta con más recursos de todos los oponentes a los que nos hemos enfrentado —afirmó—. Sin embargo, Watson, como saben todos los que luchan contra el crimen y la anarquía en el fondo de su ser, nunca ha habido un malhechor cuyo torcido cerebro no le haya obligado a cometer un error fatal que le condujera ante la justicia y el castigo, más tarde o más temprano.
—Estaba previsto que el secuestro de Tarzán, Holmes y Doc Savage tuviera lugar en la brillante Exposición de Progreso Europeo, donde estaba expuesto el Dios del Unicornio Desnudo —me contaba Richard Henry Benson, El Vengador. Estaba manoseando distraídamente una daga de extraño aspecto y una pistola aún más rara mientras hablaba—. El original fue sustituido por una brillante réplica, una sustitución que pasaría inadvertida al mejor de los gemólogos, pero que fue descubierta por una simple mujer.
—Sí, una simple mujer —reafirmó el capitán John Cárter—. Una mujer de naturaleza enérgica cuyos admiradores la han identificado como la Princesa Dejah Thoris de Helium; como Joan Randall, hija del comisario de la policía interplanetaria; como Margo Lane, amiga fiel y compañera de La Sombra; como Jane Porter Clayton, lady Greystoke, y como la señorita Evangl Stewart, del barrio bohemio de Nueva York, Greenwich Village, entre otros.
—Esta mujer —intervino Jethro Dumont suavemente—. La Mujer si me permite, detectó esta sustitución y lo notificó a Sherlock Holmes, lord Greystoke y Doc Savage. Había alertado a Greystoke y Holmes y estaba hablando con Doc Savage cuando los dos primeros miembros de la Liga, sin saber de la presencia de Doc, trabajaban por descubrir el fraude y cayeron en la trampa de ese archicriminal.
—Intenté rescatarles —concluyó Savage—, pero el malhechor estaba preparado. Usó al Dios del Unicornio Desnudo para atrapar a Holmes y Tarzán, y usándolo como cebo casi me echó el guante a mí también. Escapé con poco más que la vida. Holmes y Tarzán fueron raptados, junto con el Dios del Unicornio Desnudo.
—Entonces la amenaza de la que la señorita… La Mujer me habló —tartamudeé—. La amenaza de exhibir el Dios del Unicornio Desnudo en la plaza de San Wrycyxlwv, ¿fue meramente un pretexto, un engaño?
—No, doctor Watson —interrumpió La Sombra—, es una amenaza real, demasiado real. Pero mucho mayor es la amenaza al orden y la seguridad que pretende ese maníaco que mantiene como prisioneros a Sherlock Holmes y Tarzán de los Monos en estos momentos.
—Ya veo, ya veo —murmuré semicoherentemente—. ¿Pero… qué papel han elegido para mí en este drama? ¿Qué puede hacer un modesto médico y biógrafo de personajes en todo esto?
—Usted —dijo Doc Savage con voz autoritaria— debe resolver el crimen, rescatar a las víctimas y salvar el orden del mundo civilizado, doctor Watson.