Capítulo I

Herr Ralph von Wau Wau

En el año 1978 recibí mi diploma de doctor en medicina por la Universidad de Colonia y fui a Hamburgo para realizar un curso dirigido a cirujanos de la patrulla del Autobahn. Habiendo completado mis estudios allí, me destinaron a la sección quinta del Rhin-Norte, en Westfalia, como cirujano ayudante. La contienda contra la notoria banda de Rottenfrazer trajo condecoraciones y honores para muchos, pero para mí no supuso más que tragedia y desastre. En la fatal batalla de Emmerich, recibí un impacto de misil en el hombro que me hizo añicos el hueso. Estuve a punto de caer en las manos del malvado Rottenfrazer, a no ser por la devoción y la valentía de Morgen, mi asistente paramédico, quien me tiró encima de un Volkswagen y logró traspasar las líneas enemigas.

En el hospital de la base en Hamburgo, parecía estar recuperándome cuando me atacó una enfermedad extremadamente rara. Sólo he leído de un caso similar al mío. Había afectado, precisamente, a otro médico, aunque éste era británico y sufrió las heridas casi un siglo antes que yo y en otro continente. Mi caso fue publicado en todas las revistas médicas y luego en las revistas normales de todo el mundo. Esta enfermedad se conocía popularmente con el nombre de «el dolor peregrinante», aunque su nombre científico, el cual prefiero por razones comprensibles, fue el de «síndrome de Weisstein». El nombre popular hacía alusión a que el sufrimiento que me provocaba el dolor no se quedaba en el lugar de la herida. A veces, el dolor viajaba hacia abajo y se situaba en mi pierna. Esto fue una causa célebre, científicamente hablando, y no pudo resolverse el misterio hasta pasados algunos años (en La maravilla de la herida errante, no publicado aún).

Sin embargo, me recuperé rápidamente y había mejorado lo suficiente como para andar, o cojear, por el hospital, y hasta para salir a tostarme a la terraza cuando la niebla y la contaminación lo permitían. Entonces me golpeó el Weltschmerz, esa maldición de Europa Central. Afectó de manera importante a mis facultades mentales y cuando, por fin, volví a la normalidad, habían pasado seis meses. Con la salud todavía recuperable, y ya sin posibilidades de volver a coger un bisturí, un gobierno paternalista me retiró con permiso para pasar el resto de mi vida mejorándola (la salud, no la vida, quiero decir). No tenía parientes, ni amigos, ni hijos y, por lo tanto, era tan libre como el aire y, dada la pequeña pensión que me quedaba, parecía ser de lo que ellos esperaban que me alimentase. En pocos meses, el estado de mis finanzas se hizo tan alarmante que me vi obligado a alterar completamente mi estilo de vida. Decidí buscar un domicilio considerablemente menos pretencioso y caro que el Hilton de Hamburgo.

El mismo día que había llegado a esa conclusión estaba de pie en el bar Kennzeichen cuando alguien me dio en el hombro. Encogiéndome dolorosamente (pues era el hombro de la herida), me di la vuelta. Reconocí en seguida a la joven y rubia Stampfert, quien me había asistido como anestesista en el hospital de Neustadt. (He tenido una gran experiencia con mujeres en muchas naciones y en tres continentes, por lo que estaba contemplando la posibilidad de meterme en ginecología).

Stampfert tenía un cuerpo precioso, pero una personalidad algo aburrida. En cualquier caso, yo estaba triste y la saludé efusivamente. Ella parecía contenta de verme, supongo que para lucir su nuevo anillo de compromiso. Cuando quise darme cuenta, ya la había invitado a comer. Tomamos el autobús al Neu Bornholt, y de camino le comenté las aventuras del último año.

—¡Pobrecillo! —dijo ella—. ¿Y qué haces ahora?

—Estoy buscando un apartamento barato —dije—. Pero dudo que sea posible encontrar un sitio decente a un precio razonable. La escasez de viviendas y su compañera, la inflación, van a seguir con nosotros durante algún tiempo.

—Eso sí que es gracioso —dijo Stampfert—. Eres la segunda… persona… que me ha dicho lo mismo hoy.

—¿Y quién fue la primera?

—Alguien que acaba de empezar una nueva carrera profesional —dijo Stampfert—. Lo está pasando mal ahora. Está buscando alguien para compartir los gastos y que también quiera ser su socio. Alguien que tenga experiencia en trabajo policial. Tú pareces ser el candidato perfecto. La única pega es…

Se quedó pensando un momento y yo le dije:

—Si es una persona con la que sea fácil convivir, estaría encantado de compartir gastos con él. Y está muy claro que necesito un trabajo.

—No es tan fácil, aunque es una persona bastante adaptable y, además, es fácil llevarse bien con él. Es hasta cariñoso.

Dudó un rato más y dijo:

—¿Eres alérgico a los animales?

Yo me quedé mirándola:

—En absoluto. ¿Por qué? ¿Es que tiene algún animal doméstico?

—No exactamente —dijo Stampfert con una expresión extraña en la cara—. Hay un perro. Un perro policía que es muy inteligente.

—No me digas que es un ciego —dije—. No es que me importe mucho, claro.

—Es daltónico —dijo ella—. Se llama Ralph.

—Sigue —dije—. ¿Qué pasa con Herr Ralph?

—Ése es su nombre de pila —dijo Stampfert—. Su nombre completo es Ralph von Wau Wau.

—¿Cómo? —dije yo y estallé en una carcajada—. ¿Un hombre cuyo apellido es el ladrido de un perro? (en alemán «wau wau» —pronunciado «uau uau»— corresponde con lo que en castellano sería guau guau).

De repente me acordé de dónde había oído, o más bien leído, acerca de Von Wau Wau.

—Lo que me estás sugiriendo —dije lentamente— es que el perro es el tipo que quiere compartir el apartamento y el que está buscando un socio.

Stampfert asintió.