La aventura del sabueso impostor

Poul Anderson y Gordon R. Dickson

Anderson y Dickson escribieron una serie de relatos sobre los hokas, en cada uno de ellos se ridiculizaba algún tipo de sociedad ficticia. En mi opinión, éste es el mejor de la serie…, y era una serie muy buena.

Whitecomb Geoffrey era el prototipo de un moderno operario cualificado. De mediana altura, macizo de musculatura, con ojos grises fríos en una cara esculpida y poco expresiva. Estaba discretamente vestido con pantalones morados y una túnica carmesí, debajo de la cual era patente el bulto de su lanzarrayos Holman. Su voz era limpia y dura.

—Bajo las leyes de la Liga de los Intereses, tiene la obligación de ayudar a cualquier agente de campo de la Oficina Interestelar de Investigación. Es decir, a mí.

Alexander Jones se acomodó detrás de la mesa del despacho. Su oficina parecía crispar los nervios de la personalidad dinámica de Geoffrey; estaba seguro de que el agente se estaba burlando por dentro del relajado desorden que reinaba en el despacho.

—Está bien —dijo—. ¿Pero qué le trae a Toka? Éste es un planeta muy retrógrado, como ya sabrá. No tiene mucho que ver con el tráfico espacial —en esos momentos le estaba dando un escalofrío al acordarse del episodio de la Patrulla Espacial, y cruzó los dedos.

—¡Eso es lo que usted se cree! —contestó Geoffrey—. Déjeme explicárselo.

—Claro, si así lo desea —dijo Alex suavemente.

—Gracias, así lo haré —dijo el otro hombre. Se sentó, y, mordiéndose el labio, se quedó mirándolo fijamente. Estaba claro que pensaba que Alex era demasiado joven, con mucho, para la exaltada posición de plenipotenciario que ocupaba. Y de hecho, la edad de Alex estaba muy por debajo de la edad media de un oficial de la CDS, aun después de llevar diez años metido en este trabajo.

Al cabo de un rato, Geoffrey siguió.

—El mayor problema con que se enfrenta la OII es el contrabando interestelar de droga, y la banda más peligrosa en este negocio está —o estaba— formada por un grupo de ppussjans renegados de Ximba. ¿Ha visto uno alguna vez, por lo menos en foto? Son pequeños, delgados, de tipo cyno-centauroide: cuatro piernas y dos brazos, y con la cara estirada con hocico como los perros. Una especie de clase A muy dotada, y extremadamente agresivos cuando salen malos. La OII lleva años intentando encontrar a esta banda de traficantes de sueños. Por fin localizamos su cuartel general y pillamos a la mayoría de los miembros. Fue en un planeta de la estrella de Yamatsu, aproximadamente a seis años-luz de aquí. Pero el líder, conocido como el Número 10…

—¿Por qué no el Número 1? —preguntó Alex.

—Los ppussjans cuentan la graduación desde abajo hacia arriba. El Número 10 se escapó, y desde entonces ha estado reconstruyendo el negocio. Tenemos que cogerlo o pronto estaremos donde habíamos empezado. Dando una pasada por esta zona con rayos buscadores pillamos una nave espacial con un ppussjan y un cargamento de hierba nixl. El ppussjan confesó lo que sabía, que no era mucho, aunque importante. El Número 10 está escondido solo aquí, en Toka. Escogió este planeta por ser atrasado y estar escasamente poblado. Está cultivando la hierba y la entrega a sus compinches, que aterrizan aquí clandestinamente por la noche. Cuando haya pasado esta búsqueda que estamos llevando a cabo abandonará Toka, y el espacio es tan grande que a lo mejor no volvemos a tener otra ocasión de cogerlo.

—Bien —dijo Alex—. ¿No les contó su prisionero dónde se esconde el Número 10?

—No. Nunca ha visto a su jefe. El sólo aterriza en un lugar desierto de una gran isla y recoge la mercancía, que previamente ha sido dejada allí con este propósito. El Número 10 puede estar en cualquier lugar del planeta. No tiene nave propia, así que no podemos buscarlo con detectores de metal; y es demasiado listo para acercarse a una nave espacial, por si vamos al punto de encuentro y lo esperamos.

—Ya veo —dijo Alex—. El nixl es bastante peligroso. ¿No? ¿Tiene las coordenadas del punto de encuentro?

Apretó un timbre y un sirviente hoka con bata blanca, un turbante y una faja entró; se inclinó y preguntó:

—¿Qué desea el sahib?

—Tráeme el mapa de Toka, Rajat Singh —dijo Alex.

—En seguida, sahib —el sirviente se inclinó de nuevo y desapareció. Geoffrey se quedó muy sorprendido.

—Es que últimamente ha estado leyendo a Kipling —dijo Alex en tono apologético, aunque esto no parecía disipar el asombro de su invitado.

Las coordenadas intersectaban en una gran isla que se hallaba próxima al continente principal.

—Hmmm —dijo Alex—, Inglaterra. Devonshire, para ser más preciso.

—¿Cómo? —Geoffrey cerró la boca con un chasquido de dientes. Un agente de la OII nunca se sorprende—. Usted y yo iremos allí en seguida —dijo con firmeza.

—Pero, mi esposa… —empezó a decir Alex.

—¡Recuerde sus obligaciones, Jones!

—Bueno, está bien. Iré. Pero comprenderá —añadió el joven tímidamente— que puede haber problemas con los hokas.

Esto parecía hacerle gracia a Geoffrey.

—Estamos acostumbrados a eso en la OII —dijo—. Estamos bien entrenados para no interferir en los asuntos internos de los nativos.

Alex tosió con vergüenza.

—No es eso exactamente —dijo tartamudeando—. Es que…, pues, verá usted, puede que el problema sea justo lo contrario.

Geoffrey frunció el ceño.

—¿Que pueden estorbar? —dijo—. Su función es mantener a los nativos en actitud no hostil hacia nosotros, Jones.

—No —dijo Alex infelizmente—. Lo que temo es que los hokas pueden intentar ayudarnos. Créame, Geoffrey, no tiene ni idea de lo que puede pasar si se les mete en la cabeza a los hokas que deben ayudarnos.

Geoffrey carraspeó. Obviamente estaba pensando si denunciar a Alex por incompetente.

—Está bien —dijo—. Dividiremos el trabajo. Dejaré que se encargue de los nativos y déjeme a mí todo lo referente a la detección.

—Está bien —dijo Alex, aunque todavía dudaba.

El paisaje verde se desplazaba por debajo de ellos a medida que volaban hacia Inglaterra en la nave del plenipotenciario. Geoffrey insistía con mala cara.

—Es urgente. Cuando la nave que capturamos no aparezca con su cargamento, la banda sabrá que algo va mal y enviarán una nave para recoger al Número 10. Al menos uno de ellos debe saber exactamente dónde se esconde en la isla. No tendrán ningún problema en pasarlo por cualquier control que pongamos —dio una calada nerviosamente a su cigarro—. Dígame, ¿por qué se llama Inglaterra este lugar?

—Bien… —dijo Alex con un suspiro profundo—, de aproximadamente un cuarto de millón de especies inteligentes conocidas, los hokas son únicos. Sólo en los últimos años hemos empezado a estudiar su psicología. Son altamente inteligentes y muy rápidos en el aprendizaje, curiosos por naturaleza… y entienden todo al pie de la letra hasta los últimos extremos. Tienen bastante dificultad a la hora de distinguir la realidad de la ficción, y como la ficción tiene más colorido, normalmente no se molestan en hacerlo. Mi sirviente en la oficina no cree conscientemente que es un misterioso indio oriental; pero subconscientemente ha exagerado el papel, y puede fácilmente racionalizar cualquier cosa que entra en conflicto con sus estrambóticas fantasías —Alex frunció el ceño, buscando las palabras adecuadas—. La mejor analogía que se me ocurre es que los hokas son en cierto modo como los niños pequeños humanos, además de tener las capacidades físicas e intelectuales de los humanos adultos. Es una combinación formidable.

—Está bien —dijo Geoffrey.

—Pero todavía no estamos seguros de cuál es el mejor punto de partida para el desarrollo de la civilización entre los hokas. ¿Cuán grande puede ser el paso que pidamos que den los hokas en esta generación? Más aún, ¿qué formas socioeconómicas son las que mejor se adaptan a sus temperamentos? Entre otros experimentos, hace aproximadamente diez años, la misión cultural decidió probar un montaje Victoriano y escogió esta isla como escenario. Nuestras factorías robotizadas rápidamente produjeron locomotoras a vapor, herramientas mecánicas y otras cosas para ellos…, claro que omitimos los aspectos más brutales del mundo Victoriano. Los hokas continuaron rápidamente desde ese punto de partida que nosotros les dejamos. Consumieron montañas de literatura victoriana…

—Entiendo —asintió Geoffrey.

—La cosa se complica aún más. Cuando un hoka empieza a imitar algo, no hace las cosas a medias. Por ejemplo, el primer lugar al que iremos para organizar la búsqueda se llama Londres, y la oficina con que contactaremos se llama Scotland Yard y…, pues, espero que entienda un acento inglés del siglo XIX, porque eso es lo único que va a oír.

Geoffrey silbó para expresar su sorpresa.

—¿Así que se lo toman tan en serio?

—Más todavía —dijo Alex—. Por lo que yo sé, este tipo de sociedad ha tenido un éxito increíble, aunque he estado ocupado con otros asuntos y no he tenido oportunidad de seguirles muy de cerca. No tengo ni idea de cómo la lógica hoka habrá transformado los conceptos originales a estas alturas. Le confieso francamente que estoy asustado.

Geoffrey se le quedó mirando curiosamente y se preguntaba si el plenipotenciario no estaría un poco desequilibrado.

Desde el aire, Londres era un conjunto de edificios con tejados de dos vertientes, partido por tortuosas calles adoquinadas, en el estuario de un ancho río que sólo podía ser el Támesis. Alex notó que estaba siendo remodelado para adaptarse mejor a los patrones Victorianos. El Palacio de Buckingham, el Parlamento y la Torre de Londres ya habían sido erigidos y la Catedral de San Pablo estaba a medio concluir. Una niebla muy apropósito oscurecía las calles, de manera que las lámparas de gas tuvieron que ser encendidas. Encontró Scotland Yard en su mapa y aterrizó en el patio interior, entre enormes edificios de piedra.

Cuando bajaban de la nave, un bobby hoka, ataviado con su uniforme azul y un ostentoso casco, se cuadró con gran deferencia.

—¡Humanos! —exclamó—. Imagino, señor, que este caso debe ser un caso de gran importancia, ¿no? ¿Están trabajando directamente bajo las órdenes de su majestad la reina? Si es que puedo hacer una pregunta tan atrevida.

—Pues, no exactamente —dijo Alex. Sólo intentar imaginarse una reina Victoria hoka era espantoso—. Queremos ver al inspector jefe.

—¡Sí, señor! —dijo el bobby—. El despacho del inspector Lestrade está por ese corredor, la primera puerta a la izquierda.

—Lestrade —murmuró Geoffrey—. ¿Dónde he oído ese nombre antes?

Subieron por la escalera y entraron en un oscuro corredor iluminado con lámparas de gas. La puerta en cuestión tenía un letrero que decía: «PRIMER CHAPUCERO».

—¡Oh, no! —dijo Alex en voz baja.

Abrió la puerta. Un pequeño hoka con traje de solapas grandes y unas ridículas gafas enormes de asta se levantó de detrás de su mesa.

—¡El plenipotenciario! —exclamó con agrado—. ¡Y otro humano! ¿Qué ha ocurrido, señores? ¿Se ha… —miró alrededor del despacho nerviosamente y bajó el volumen de su voz hasta un suspiro—, se ha escapado de nuevo el profesor Moriarty?

Alex presentó a Geoffrey. Se sentaron y explicó la situación. Geoffrey acabó diciendo:

—Así que quiero que organice a su DIC (supongo que lo llamaran así) y que me ayuden a cazar a este fugitivo.

Lestrade agitó la cabeza tristemente.

—Lo siento, señores —dijo—, no podemos hacerlo.

—¿Qué no pueden? —dijo Alex asombrado—. ¿Por qué no?

—No valdría de nada —dijo Lestrade tristemente—. No encontraríamos nada. No, señor, en un caso tan importante como éste sólo hay un hombre que podría echar el guante a un archicriminal de tales características. Me estoy refiriendo, por supuesto, al señor Sherlock Holmes.

—¡¡Oh, no!! —dijo Alex.

—¿Cómo dice? —preguntó Lestrade.

—Nada —dijo Alex, secándose febrilmente la frente—. Mire usted, Lestrade, el señor Geoffrey es un representante de la fuerza de policía más eficiente de la galaxia. El…

—Vamos, vamos… —dijo Lestrade con una sonrisa compasiva—. No pretenderá compararlo con Sherlock Holmes. ¡Pero bueno…!

Geoffrey carraspeó enojadamente, pero Alex le dio una patada por debajo de la mesa. Era una falta grave interferir con el patrón cultural establecido, a no ser por medios más sutiles que la discusión. Geoffrey se dio por enterado y asintió como si le doliese.

—Por supuesto —dijo con una voz atragantada—. Yo sería el último en compararme con el señor Holmes.

—Estupendo —dijo Lestrade frotándose sus manos rechonchas—, estupendo. Les llevaré a su apartamento y podremos exponerle el problema. Estoy seguro que lo encontrará interesante.

—Yo también —dijo Alex en tono poco convencido.

Un simón bajaba trotando por la calle neblinosa y Lestrade lo paró. Se subieron, aunque Geoffrey dudó si hacerlo después de ver el reptil dinosauriano de pico largo que los hokas llamaban caballo, y bajaron rápidamente por las calles tortuosas. Los hokas paseaban a pie, los hombres ataviados con levitas y sombreros de copa y llevando paraguas bien enrollados, las mujeres llevaban vestidos largos. De vez en cuando se divisaba un bobby, un soldado con uniforme encarnado o un miembro del regimiento de las tierras altas de Escocia con falda.

Alex estaba empezando a situarse. Naturalmente, la literatura que se dio a estos «británicos» incluía con seguridad las obras de A. Conan Doyle, y podía entender cómo los hokas habían dado rienda suelta a su romántica imaginación después de leer las aventuras de Sherlock Holmes. Tenían que interpretar todo literalmente. ¿Pero a quién habían escogido para hacer el papel de Holmes?

—No es fácil estar en la DIC —dijo Lestrade—. No tenemos mucho prestigio por aquí. Claro que el señor Holmes siempre nos cede el mérito, pero la gente se acaba enterando —una lágrima se deslizaba sobre su peluda mejilla.

Se pararon delante de un edificio de apartamentos en Baker Street y entraron en la portería. Una señora gorda y mayor les abrió.

—Buenas tardes, señora Hudson —dijo Lestrade—. ¿Está el señor Holmes?

—Desde luego que sí —dijo la señora Hudson—. Suba directamente.

Su reverente mirada se fijó sobre los humanos mientras subía por la escalera.

Salió un gemido espantoso de la puerta 221 B. Alex se quedó paralizado y se le erizaron los pelos y Geoffrey echó mano de su lanzarrayos. El grito subió aún más de volumen, hasta una escala increíble, volvió a bajar, y se desvaneció en un ahogado trémulo. Geoffrey se lanzó a través de la puerta, se paró y rápidamente escrutó a su alrededor.

Estaba todo manga por hombro. Por la luz que desprendía el fuego de la chimenea se podía ver un montón de papeles que llegaba al techo, una daga clavada en la repisa, una rejilla con tubos de ensayo y botellas, y una Reina Victoria pegada en la pared a balazos. Era difícil saber qué era peor, si el hedor a producto químico o a humo de tabaco. Un hoka en bata y zapatillas dejó su violín y les miró con sorpresa. Luego sonrió y se acercó para darles la mano.

—¡Señor Jones! —dijo él—. Esto es un verdadero placer. Pasen.

—E… Ese ruido… —dijo Geoffrey mirando nerviosamente a su alrededor.

—Ah, eso —dijo el hoka modestamente—. Estaba ensayando una pequeña pieza que compuse yo mismo. Concierto en mi menor para violín y platillos. Es algo experimental, si sabe lo que quiero decir.

Alex observó al gran detective. Holmes era como cualquier otro hoka, quizá algo más delgado, aunque aceptable según los criterios humanos.

—¡Ah! Lestrade —dijo—, y Watson… ¿Le importa si le llamo Watson, señor Jones? Queda mucho más natural.

—Oh, en absoluto —dijo Alex con la boca pequeña.

Estaba pensando que el verdadero Watson —¡no, la versión hoka de Watson, maldita sea!— estaría ocupado en cualquier otro menester; y como estos hokas son tan cabezotas…

—Pero no le estamos haciendo caso a nuestro invitado, quien supongo pertenece al mismo sindicato que el señor Lestrade —dijo Holmes, dejando su violín y cogiendo su gran pipa.

Los hombres de la OII tienen un gran control sobre sus acciones, pero Geoffrey esta vez apenas pudo aguantarse. No era su intención pasar de incógnito, pero a ningún oficial de la ley le gusta tener la impresión de que lleva un cartel anunciando su profesión.

—¿Y eso cómo lo sabe usted? —exigió saber.

La nariz negra de Holmes se meneó.

—Muy sencillo, mi buen señor —dijo—. Los humanos son raros aquí en Londres. Por lo tanto, cuando llega uno en compañía de mi estimado amigo Lestrade, la conclusión es que el problema está relacionado con la policía y que usted, mi querido señor, está de algún modo conectado con la detección de criminales. Al menos, ésa es una conclusión probable. Estoy pensando en escribir otra pequeña monografía… Pero siéntense, caballeros, siéntense y explíquenme de qué se trata.

Después de recuperar su dignidad en la medida de lo posible, Alex y Geoffrey se sentaron en las sillas que les fueron indicadas, Holmes se dejó caer en una butaca que estaba tan rellena que casi desapareció en sus entrañas. Los dos humanos se encontraron ante un par de piernas cortas, más allá de las cuales se encontraba una nariz brillante del tamaño de un botón y una pipa que echaba humo.

—En primer lugar —dijo Alex en un intento de recobrar la compostura—, permítame presentar al señor…

—Vamos, Watson —dijo Holmes—. No es necesario. Ya conozco la excelente reputación del estimable señor Gregson, aunque no he tenido el gusto de conocerle personalmente.

—¡Geoffrey, maldita sea! —gritó el hombre de la OII.

Holmes sonrió levemente.

—Bien, si desea usar un seudónimo, no creo que cause mal a nadie. Pero entre nosotros no hace falta tener esas precauciones. ¿No le parece?

—¿C… c… cómo sabe usted —tartamudeó Alex— que se llama Gregson?

—Mi querido Watson —dijo Holmes—, como es un agente de policía y ya conozco sobradamente a Lestrade, ¿quién más podría ser? He oído cosas excelentes de usted, señor Gregson. Si sigue usted aplicando mis métodos, llegará lejos.

—Muchas gracias —gruñó Geoffrey.

Holmes conjuntó dedo con dedo de ambas manos delante suya.

—Bien, Gregson, cuénteme su problema. Y usted, Watson, sin duda querrá tomar nota de algunos detalles. Encontrará lápiz y papel en la repisa de la chimenea.

Rechinando los dientes, Alex fue a cogerlos mientras Geoffrey empezaba a narrar la historia, interrumpido de vez en cuando por los «¿Ha tomado nota de eso, Watson?» de Holmes, o en ocasiones cuando el gran detective se paraba a repetir lentamente algo de su propia cosecha para que Alex pudiera copiarlo palabra por palabra.

Cuando Geoffrey hubo terminado, Holmes se quedó pensativo durante un rato, sorbiendo humo a través de su pipa.

—Debo admitir —dijo finalmente— que este caso tiene algunos aspectos interesantes. Confieso que estoy confuso por el curioso asunto del sabueso.

—Pero yo no dije nada de un sabueso —dijo Geoffrey sorprendido.

—Eso es precisamente lo curioso —contestó Holmes—. La zona donde piensan que se esconde el criminal es territorio de Baskerville, y no mencionó el sabueso ni una sola vez.

Suspiró y se dirigió al hoka de Scotland Yard.

—Bien, Lestrade, supongo que será mejor que vayamos a Devonshire y usted puede disponer todo para la búsqueda que desea Gregson. Creo que podemos tomar el tren de las 8.05 desde la estación de Paddington mañana por la mañana.

—Oh, no —dijo Geoffrey, saliendo de su asombro—. Podemos bajar volando esta misma noche.

Lestrade no podía creer lo que oía.

—¡Pero bueno! —exclamó—. Nosotros jamás haríamos semejante cosa.

—Tonterías, Lestrade —dijo Holmes.

—Sí, señor Holmes —dijo Lestrade en voz baja.

La aldea de St. Vitus-Where-He-Danced era una aglomeración de una docena de casas con tejados de paja, tiendas, una iglesia y una taberna, en la mitad de la inmensa llanura verde-grisácea. A poca distancia, Alex podía ver una arboleda que, según le habían contado, rodeaba la mansión de Baskerville. La posada tenía un gran cartel que anunciaba The George and Dragón, con un dibujo de un hoka vestido con armadura y clavando su lanza en algún monstruo oscuro. Al entrar en el bodegón de techo bajo, el grupo de Alex fue recibido por un posadero más que servicial, quien les llevó a sus tranquilas habitaciones que presentaban la única desventaja de poseer camas construidas para hokas, que medían aproximadamente un metro de altura.

Para entonces ya era de noche. Holmes había salido a charlar y entrevistar a los vecinos de la aldea, y Lestrade se había ido directamente a la cama; pero Alex y Geoffrey volvieron al piso de abajo, al bodegón. Estaba lleno de gente ruidosa, granjeros hokas y comerciantes, unos charlando con sus voces chillonas, otros jugando a los dardos y otros aglutinados alrededor de los dos humanos. Un nativo viejo se presentó a sí mismo como Farmer Toowey y se sentó con ellos en su mesa.

—Ah, muchacho, es terrible lo que se ve en la llanura por la noche —dijo enterrando la nariz en una jarra que debería contener cerveza, pero que para seguir fiel a la vieja tradición, contenía un fiero licor que esta raza había bebido desde tiempos inmemoriales. Alex, prevenido por experiencias anteriores, fue cauteloso, pero Geoffrey ya había bebido media jarra y tenía un cierto aire salvaje en los ojos.

—¿Me está hablando del sabueso? —preguntó Alex.

—Eso mismo —dijo Farmer Toowey—. Es negro y más grande que un ternero. ¡Y vaya dientes! Un mordisco suyo y es el fin.

—¿Fue eso lo que le ocurrió a sir Henry Baskerville? —inquirió Alex—. Nadie sabe dónde está desde hace mucho tiempo.

—Le tragó entero —dijo Toowey tristemente, mientras terminaba su jarra y encargaba otra—. ¡Pobre sir Henry! Era un buen hombre. Sí que lo era. Cuando estábamos repartiendo los nuevos nombres, como nos enseñó el libro humano, no hacía más que gritar y protestar, pues ya sabía la maldición que pendía sobre la cabeza de los Baskerville, pero…

—No estás hablando con acento británico —le dijo otro hoka.

—Lo siento —dijo Toowey—. Soy viejo y a veces se me olvida.

Alex se preguntaba cómo debía ser el verdadero Devonshire.

Sherlock Holmes entró alegremente y se sentó con ellos. Sus pequeños ojos negros brillaban.

—La partida está en marcha, Watson —dijo—. El sabueso ha estado haciendo de las suyas. Se han visto cosas extrañas en la llanura por la noche… Me atrevo a decir que es nuestro criminal y pronto le echaremos el guante.

—¡Ridículo! —farfulló Geoffrey—. No existe ese chucho. Nosotros estamos tras la pista de un traficante de drogas, no de un hijo de… ¡Ay! —le pasó un dardo rozando una oreja.

—¿Tuviste que hacer eso? —preguntó.

—Fue Williams —rió Toowey—. No se le da demasiado bien jugar a los dardos.

Pasó otro dardo rozando la cabeza de Geoffrey y se clavó en la pared. El hombre de la OII tragó saliva y se escondió debajo de la mesa; Alex dudaba si lo había hecho para protegerse o para dormir.

—Mañana —dijo Holmes— mediré esta taberna. Siempre mido —añadió como explicación—. Incluso cuando no parece tener ninguna relevancia.

La voz del tabernero se oía por encima del resto del ruido.

—Hora de cerrar, caballeros. Ya es hora de cerrar.

En ese momento se abrió la puerta tan fuertemente que golpeó en la pared. Había un hoka de pie en el umbral. Era manifiestamente gordo y vestía un largo abrigo negro; su cara parecía carecer de cualquier expresividad, aunque su voz estaba encendida de pánico.

—¡Sir Henry! —gritó el tabernero—. ¡Ha vuelto!

—¡El sabueso! —gimió sir Henry—. ¡Me persigue el sabueso!

—No tiene por qué tener miedo ahora, sir Henry —dijo Farmer Toowey—. Ha venido el mismísimo Sherlock Holmes para cazar a esa bestia.

Baskerville retrocedió hasta la pared.

—¿Holmes? —susurró.

—Y un hombre de la OII —dijo Alex—. Pero en realidad estamos buscando a un criminal que se esconde en la llanura…

Geoffrey levantó la cabeza despeinada y dijo:

—No estamos buscando a un sabueso. Yo estoy buscando a un asqueroso ppussjan. No hay ningún perro…

Baskerville dio un salto.

—¡Está en la puerta! —gritó salvajemente. Y cruzó la habitación corriendo y atravesó la ventana rompiendo los cristales.

—¡Rápido, Watson! —Holmes se levantó de un salto, sacando su anacrónico revólver—. Veremos si es verdad o no que está el sabueso.

Pasó a empujones entre la muchedumbre llena de pánico y abrió la puerta.

Lo que se podía ver por la tenue luz que destilaba el fuego de la chimenea era una ambigua silueta negra, con una temible cabeza de la que goteaba fuego helado y que gruñía en tonos graves. Empezó a dar pasos hacia delante.

—¡Venga, chucho! —se adelantó el tabernero, demasiado enfadado para tener miedo—. ¡No puedes entrar! ¡Es la hora de cerrar! —echó al perro hacia atrás de una patada y cerró la puerta.

—¡Tras él, Watson! —gritó Holmes—. ¡Rápido, Gregson!

—Aaaaay —dijo Geoffrey.

«Debe estar demasiado borracho para mover un dedo», pensó Alex. Alex había consumido lo suficiente para salir disparado tras Holmes sin pensarlo mucho. Se quedaron en el umbral, mirando hacia la oscuridad que había fuera.

—Se ha marchado —dijo el humano.

—Le pillaremos —Holmes se paró un momento para encender su lámpara, abrochar su abrigo y para asegurar su gorro de cazador—. Sígame.

Nadie más se levantó mientras Holmes y Alex salieron en la noche. La noche era completamente negra. Los hokas gozaban de mejor visibilidad nocturna que los humanos y la mano peluda de Holmes se cerró sobre la de Alex para guiarle.

—Malditos adoquines —dijo el detective—. No queda ni una sola huella. Venga, vamos.

—¿A dónde vamos? —preguntó Alex.

—Al camino que conduce a la mansión de los Baskerville —contestó Holmes fríamente—. Parece el lugar más sensato de encontrar el sabueso. ¿No le parece, Watson?

Tras este incidente, Alex decidió permanecer en silencio, que no tuvo el valor de romper hasta que tras un rato interminable se detuvieron en el camino.

—¿Dónde estamos ahora? —preguntó.

—Aproximadamente a mitad de camino entre la aldea y la mansión —contestó la voz de Holmes, desde una altura cercana a la cintura de Alex—. Tranquilícese y espere mientras examino el terreno en busca de pistas.

Alex sintió como le soltaba la mano y el ruido de Holmes alejándose.

—¡Ajá!

—¿Encontró algo? —preguntó el humano, mirando nerviosamente a su alrededor.

—Desde luego que sí, Watson —contestó Holmes—. Un hombre de la mar, pelirrojo y con pata de palo ha pasado recientemente por aquí de camino al río para ahogar un saco lleno de gatitos.

—¡¿Qué?! —dijo Alex.

—Un hombre de la mar, peli… —empezó a repetir Holmes pacientemente.

—Pero… —balbuceó Alex—. ¿Cómo lo sabe?

—Infantilmente sencillo, mi querido Watson —dijo Holmes, alumbrando el suelo con su lámpara—. ¿Ve este trocito de madera?

—Sí. Supongo que sí.

—Por el corte y el tipo de desgaste se ve obviamente que es un trozo roto de una pata de palo. La mancha de alquitrán demuestra que pertenece a un marinero. ¿Y qué puede estar haciendo un marinero a estas horas de la noche en la llanura?

—Eso es lo que me gustaría saber a mí —dijo Alex.

—Podemos suponer —continuó diciendo Holmes— que sólo un motivo inusual le haya obligado a salir por la llanura oscura, el sabueso esta rondando esta zona. Pero cuando tomamos en cuenta que es pelirrojo, con un genio terrible, y un saco lleno de gatitos a los que no está dispuesto a aguantar ni un minuto más, se hace obvio que tomó la decisión, en un ataque de exasperación, de ahogarlos.

El cerebro de Alex, que daba vueltas por el efecto del licor hoka, se aferró a esta explicación, en un intento de ver la lógica. Pero se le escapaba entre los dedos.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con el sabueso o el criminal que estamos buscando? —preguntó suavemente.

—Nada, Watson —reprobó Holmes duramente—. ¿Por qué habría de tenerlo?

Completamente desbordado, Alex se rindió.

Holmes pasó unos cuantos minutos más husmeando y luego siguió hablando.

—Si el sabueso es verdaderamente peligroso debe estar merodeando por aquí para cogernos por sorpresa en la oscuridad. No tardará mucho. ¡Ah! —dijo frotándose las manos—. ¡Excelente!

—Supongo que sí —dijo Alex con la boca pequeña.

—Quédese aquí, Watson —dijo Holmes—. Yo bajaré un trecho el camino. Si ve al bicho, silbe.

Se apagó su lámpara y el ruido de sus pisadas se desvaneció.

El tiempo se hacía interminable. Alex estaba allí solo en la oscuridad, con el frío de la llanura que empezaba a penetrar en sus huesos a medida que moría el efecto del licor que había bebido, y se estaba preguntando por qué se había metido en este lío desde el principio. ¿Qué diría Tanni? ¿De qué valdría su presencia en ese lugar, aunque apareciese el sabueso? Con su pésima visión nocturna podía pasar el perro a menos de un metro suyo sin ser visto… Claro que podría oírlo…

Pensándolo bien, ¿qué tipo de sonido haría un monstruo de ésos cuando anda? ¿Será un pompom o un chuf-chuf como ese sonido que estaba oyendo en esos momentos a su izquierda?

El ruido… ¡Aaay!

La noche estalló de repente en mil pedazos. Una enormidad negra saltó contra él con la solidez y el impacto de un muro de ladrillo. Cayó inconsciente.

Cuando abrió los ojos entraba la luz del sol a través de la ventana de su habitación. Tenía un dolor de cabeza palpitante y se acordó de la fantástica pesadilla en la que… ¡Ah!

De repente sintió alivio y volvió a hundirse en la cama. Claro, ahora se lo explicaba todo. Había cogido una borrachera brutal anoche y había soñado todo el asunto. No aguantaba el dolor de cabeza. Se llevó las manos a la cabeza y tocó un enorme vendaje.

Se incorporó en la cama como si hubiera cuerdas tirando de él. Las dos sillas que habían sido dispuestas para extender su cama se cayeron al suelo armando un gran escándalo.

—¡Holmes! —gritó—. ¡Geoffrey!

Se abrió su puerta y los individuos en cuestión aparecieron, seguidos de Farmer Toowey. Holmes estaba completamente vestido, fumando ansiosamente su pipa; Geoffrey tenía los ojos irritados y parecía derrengado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Alex, agitadamente.

—Que usted no silbó —reprochó Holmes.

—Eso, eso. No silbó —añadió Farmer Toowey—. Cuando le trajeron tenía la cara tan blanca como una sábana. Un aspecto horrible.

—Entonces no fue un sueño —dijo Alex con un escalofrío.

—Yo… Yo le vi salir tras el monstruo —dijo Geoffrey con tono culpable—. Iba a salir después que ustedes, pero por alguna razón no conseguí ponerme en marcha —se tocó cautelosamente su propia cabeza.

—Vi una silueta negra que le atacaba, Watson —añadió Holmes—. Creo que fue el sabueso, aunque no logré distinguir su cara luminosa. Le disparé, pero fallé, y huyó por la llanura. No podía dejarle allí tendido en el suelo para perseguirlo, así que le traje a cuestas. Ya es por la tarde… ¡Durmió usted bien, Watson!

—Seguro que fue el ppussjan —dijo Geoffrey en su tono habitual—. Vamos a registrar toda la llanura en su busca.

—No, Gregson —dijo Holmes—. Estoy convencido de que fue el sabueso.

—¡Bah! —dijo Alex—. Lo de anoche fue solamente…, fue solamente…, pues no fue un ppussjan. Sin duda fue un animal de estos alrededores.

—Eso, eso —asintió Farmer Toowey—, fue el sabueso.

—¡No, el sabueso no! El ppussjan. ¿Es que no se entera? Lo del sabueso es pura superstición. No existe tal animal.

Holmes agitó el dedo.

—Tiene que controlar ese genio, Gregson.

—¡Y deje de llamarme Gregson! —Geoffrey se echó las manos a las sienes—. ¡Oh, mi cabeza…!

—Mi querido jovencito —dijo Holmes pacientemente—, acabará ganando si estudia mis métodos y, además, conseguirá salir adelante en su profesión. Mientras usted y Lestrade estaban organizando el fútil grupo de búsqueda, yo estaba estudiando el terreno, buscando pistas. Una pista es el mejor amigo de un detective, Gregson. Tengo quinientas mediciones, seis moldes en yeso de huellas, varios hilos rotos del abrigo de sir Henry que se engancharon en una astilla anoche e innumerables objetos que no mencionaré. En una estimación aproximada habré juntado unos tres kilos de pistas.

—Escuche —dijo Geoffrey con una temible precisión—, estamos aquí para atrapar a un traficante de drogas. Un criminal desesperado. No tenemos ningún interés en las supersticiones del lugar.

—Yo sí que lo tengo —dijo Holmes.

Con un gruñido inarticulado, Geoffrey dio media vuelta y salió de la habitación. Estaba temblando. Holmes se quedó mirando hacia la puerta haciendo un gesto de desaprobación. Luego se volvió y dijo:

—Bien, Watson. ¿Cómo se siente ahora?

Alex se bajó lentamente de la cama.

—No demasiado mal —admitió—. Tengo un dolor de cabeza palpitante, pero lo solucionaré con una pastilla de athretina.

—Oh, eso me recuerda una cosa.

Mientras Alex se vestía, Holmes sacó un estuche plano de su bolsillo. Cuando miró Alex, Holmes estaba inyectándose con una aguja hipodérmica.

—¡Eh! —gritó el humano—. ¿Qué es eso?

—Morfina, Watson —dijo Holmes—. Una solución al siete por ciento. Encuentro que estimula la mente.

—¡¿Morfina?! —gritó Alex—. Hay un hombre aquí de la OII precisamente con el fin de echar el guante a un traficante de narcóticos y uno de los hokas acaba de sacar un… ¡Oh, no!

Holmes se inclinó ruborizado y le susurró al oído:

—Lo cierto, Watson, es que tiene razón. En realidad es solamente agua destilada. He encargado morfina varias veces, pero nunca me la envían. Pero…, para aparentar tengo que hacer este tipo de cosas.

—Ah, bueno —Alex se secó la frente—. Claro, ya entiendo.

Mientras Alex se metía una buena comida entre pecho y espalda, Holmes subió al tejado y bajó por la chimenea en busca de posibles pistas. Salió completamente negro, pero feliz.

—Nada, Watson. Pero es necesario ser meticuloso —luego dijo con fervor—: Vamos, hay muchas cosas por hacer.

—¿Dónde vamos? —preguntó Alex—. ¿Con el grupo de búsqueda?

—Oh, no. Lo único que van a conseguir ellos es asustar a los pequeños animalitos del campo, me temo. Nosotros vamos a explorar en otro lugar. Farmer Toowey va a ayudarnos.

Cuando salieron al exterior, Alex vio el grupo de búsqueda. Un centenar aproximadamente de palurdos del lugar se habían reunido bajo el mando de Lestrade con bastones, horcas y mayales para golpear los matorrales en busca del sabueso… o del ppussjan. Uno de los más entusiastas montaba en una enorme cosechadora tirada por un «caballo». Geoffrey corría hacia delante y hacia atrás gritando para intentar poner algo de orden en todo el asunto. Alex sentía pena por él.

Partieron por el camino que atravesaba la llanura.

—Primero iremos a la mansión de Baskerville —dijo Holmes—. Algo raro ocurre con sir Henry Baskerville. Desaparece durante varias semanas, luego apareció anoche, aterrorizado por la ancestral maldición, para luego salir a la llanura donde se halla el animal. ¿Dónde estuvo durante ese tiempo, Watson? ¿Dónde está ahora?

—Hmmm, sí —asintió Alex—. ¿Cree usted que puede haber alguna conexión entre el asunto del sabueso y el ppussjan?

—Nunca se debe razonar antes de conocer todos lo hechos, Watson —dijo Holmes—. Ése es precisamente el pecado cardinal que cometen todos los policías jóvenes como nuestro impetuoso amigo Gregson.

Alex no podía remediar estar de acuerdo con él. Geoffrey estaba tan obsesionado por el objetivo que no se paraba a considerar el entorno; para él, este planeta era solamente el telón de fondo para su búsqueda. Estaba claro que debía ser una persona tranquila en la vida ordinaria, pero Holmes era capaz de sacar a cualquiera de sus casillas.

Alex se acordó de que iba desarmado. Geoffrey tenía el lanzarrayos, pero este grupo sólo tenía el revólver de Holmes y un palo que llevaba Farmer Toowey. Tragó saliva e intentó eliminar los malos recuerdos que le quedaban de la noche anterior.

—Un día estupendo —comentó a Holmes.

—Así es. Sin embargo —dijo Holmes—, algunos de los crímenes más sangrientos se han cometido en días tan estupendos como éste. Recuerdo ahora El caso del obispo desmembrado. No recuerdo habérselo contado nunca, Watson. ¿Tiene un bloc de notas a mano?

—Pues no —contestó Alex un poco asustado.

—Es una pena —dijo Holmes—. Podía hablarle no sólo sobre El caso del obispo desmembrado, sino acerca del de La oruga saltarina, El extraño caso del casco de whisky, El gran caso espantoso…, todos referentes a temas muy interesantes. ¿Qué tal es su memoria? —preguntó repentinamente.

—Pues supongo que buena —dijo Alex.

—Entonces contaré El caso de la oruga saltarina, que es el más corto de todos —empezó Holmes—. Fue mucho antes de su época, Watson. Estaba empezando a entretenerme con mi trabajo cuando un día llamaron en mi puerta y entró el más extraño de los…

—Ya estamos en la mansión de Baskerville —dijo Farmer Toowey.

Una imponente edificación tudoresca se hallaba tras una cortina de árboles. Fueron hasta la puerta y llamaron. Se abrió y un mayordomo hoka vestido de negro les echó una fría mirada.

—La entrada de servicio es por atrás —dijo.

—¡Oiga! —gritó Alex.

El mayordomo se dio cuenta de la humaneza y se volvió inmediatamente respetuoso.

—Lo siento, señor, soy un poco miope y… Lo siento, señor, pero sir Henry no está en casa.

—¿Dónde está entonces? —preguntó Holmes.

—En su tumba, señor —dijo el mayordomo sepulcralmente.

—¿Cómo dice? —preguntó Alex.

—¿Su tumba? —gritó Holmes—. ¡Sí que es un hombre rápido! ¿Dónde está enterrado?

—En la tripa del sabueso, señor. Si me perdona la expresión.

—Eso, eso —asintió Farmer Toowey—, ese sabueso siempre tiene hambre.

Con unas cuantas preguntas averiguaron que sir Henry, un soltero, había desaparecido un día, hacía varias semanas, mientras paseaba por la llanura, y no se sabía nada de él desde entonces. El mayordomo estaba sorprendido de que se le hubiera visto anoche y se alegró visiblemente.

—Espero que vuelva pronto, señor —dijo—. Tengo que decirle que estoy decidido a marcharme de esta casa. Desde luego que admiro mucho a sir Henry, pero no puedo estar trabajando para alguien que en cualquier momento se deja devorar por un monstruo.

—Pues venga —dijo Holmes sacando una cinta métrica—, a trabajar, Watson.

—¡Ah, no! ¡Desde luego que no! —Alex se mostró firme. Ya se estaba viendo allí esperando toda la noche mientras Holmes medía esa enormidad de mansión—. Tenemos que pillar a ese ppussjan. ¿No se acuerda?

—Déjeme medir sólo un poquitín —suplicó Holmes.

—¡No!

—¿Ni siquiera un poco?

Holmes sonrió y habilidosamente midió al mayordomo.

—Debo decir que algunas veces se porta como un tirano conmigo, Watson —dijo Holmes—. Aun así, ¿dónde estaría sin mi Boswell?

Tras decir esto, Holmes partió con un alegre trote, sus piernas peludas brillaban en la luz del atardecer. Alex y Toowey tuvieron que apresurarse para alcanzarlo.

Estaban bien adentrados en la llanura cuando el detective se detuvo y con gran interés se inclinó para ver una rama rota que colgaba de un matorral.

—¿Qué es eso? —preguntó Alex.

—Una rama rota, Watson —dijo Holmes irónicamente—. Hasta usted podrá darse cuenta de eso.

—Ya lo sé, pero ¿qué tiene de especial?

—Vamos, Watson —dijo Holmes con cierta dureza—. ¿Es que esta rama rota no le comunica un mensaje? Usted conoce mis métodos. Aplíquelos.

De repente, Alex empezó a sentir algo de compasión por el verdadero Watson. Hasta ahora no se había dado cuenta de la diabólica crueldad que conllevaba aplicar los métodos holmesianos. Aplicarlos, sí, pero ¿cómo? Alex se quedó mirando fijamente al matorral y este último insistía en ignorarle, pudiendo concluir solamente que: a) era un matorral, y b) que estaba roto.

—¿Que ha habido un viento fuerte? —preguntó con miedo.

—Eso es ridículo, Watson —replicó Holmes—. La rama rota todavía está verde; sin duda fue rota por alguna cosa enorme que pasó por aquí con mucha prisa. Sí, Watson. Esto confirma mis sospechas. El sabueso pasó por aquí camino de su guarida, y la rama nos señala la dirección correcta.

—Entonces está en la ciénaga de Grimpen —dijo Farmer Toowey—. Eso es imposible.

—Obviamente no es imposible si el sabueso está allí —dijo Holmes—. Dondequiera que vaya, nosotros podemos seguirle. ¡Venga, Watson! —y con esto salió trotando con el cuerpo vibrante de emoción.

Pasaron a través de una zona de matorral espeso durante un rato hasta que llegaron a una amplia zona cenagosa moteada de pequeños montículos con hierba, donde había un gran cartel que decía:

CIÉNAGA DE GRIMPEN

7 km2

¡¡¡¡Peligro!!!!

—Los ojos bien abiertos, Watson —dijo Holmes—. La bestia esa obviamente ha saltado de montículo en montículo. Seguiremos su pista, buscando hierba aplastada y ramitas rotas. ¡Adelante, pues!

Dejando el cartel atrás, Holmes aterrizó en el primer montículo de césped, desde el cual inmediatamente saltó por los aires al siguiente.

Alex dudó por un momento, tragó saliva y partió tras él. No era fácil avanzar a base de saltos de un metro o más, y Holmes, botando de montículo en montículo, pronto se alejó. Farmer Toowey juraba y gemía detrás de Alex.

—¡Aaaahh! Mis viejos huesos ya no están para estos saltos… No aguantan —dijo cuando pararon a descansar—. Si llegamos a saber que este barrizal nos iba a causar tantos problemas, no lo hubiéramos construido, por mucho que dijera el libro.

—¿Lo construyeron ustedes? —preguntó Alex—. ¿Es artificial?

—Eso mismo. En el libro se llamaba la ciénaga de Grimpen y ha tragado a muchos hombres. Muchos corazones valientes duermen en el fondo del cenagal —luego añadió en tono apologético—. El nuestro no es tan terrible, aunque lo intentamos. En el nuestro lo peor que puede pasar es que uno se manche los pies de barro. Y por eso nos mantenemos bien alejados.

Alex suspiró.

El sol ya casi se había puesto detrás de las colinas y unas sombras alargadas barrían la llanura. Alex miró atrás, pero no veía ni rastro de la mansión ni de la aldea ni del grupo de búsqueda. Un lugar solitario, no precisamente el mejor sitio para encontrarse con un sabueso endemoniado, ni siquiera con un ppussjan. Mirando hacia delante, tampoco podía divisar a Holmes, por lo que decidió acelerar su paso.

Una isla —más exactamente una gran colina— se levantaba sobre el barro agrietado. Alex y Toowey llegaron a ella después de un último salto. Atravesaron una zona de árboles y de matorrales que ocultaba la cresta rocosa. Había un campo espesamente cultivado con flores moradas. Alex se detuvo y se le escapó un juramento. Ya había visto esas flores, y con bastante frecuencia, en los artículos informativos.

—Hierba nixl —dijo—. ¡Así que éste es el escondite del ppussjan!

Se hacía cada vez más oscuro a medida que desaparecía el sol. Alex recordó de nuevo que estaba desarmado y en gran desventaja por la oscuridad.

—¡Holmes! —llamó—. ¡Holmes! ¿Dónde se ha metido? —chasqueó los dedos y soltó un juramento—. ¡Maldita sea! ¡Ahora sí que lo estoy haciendo bien!

Se oyó un gran rugido de más allá de la cima. Jones dio un salto hacia atrás. La rama afilada de un árbol le pinchó. Dio rápidamente la vuelta, tiró un golpe a su supuesto oponente y gritó: «¡Ay! ¡Madre mía!», aunque no precisamente con estas palabras.

El rugido sonó de nuevo. Un bramido grave que parecía un gruñido de un animal salvaje. Alex se agarró a la camisa de Farmer Toowey.

—¿Qué fue eso? —preguntó espantado—. ¿Qué le está ocurriendo a Holmes?

—A lo mejor lo ha pillado el sabueso —dijo Farmer Toowey impasiblemente—. Parece como si alguien estuviera comiendo.

Alex negó esta sangrienta y macabra idea con un gesto desesperado.

—No diga ridiculeces.

—A lo mejor es una ridiculez —dijo Toowey tozudamente—, pero sé con seguridad que ese sabueso siempre está hambriento.

Los oídos de Alex, atiborrados de miedo, captaron un nuevo sonido: se oían pisadas que se acercaban desde el otro lado de la colina.

—Viene hacia nosotros —dijo con voz susurrante.

Toowey murmuró algo parecido a «postre».

Apretando los dientes, Alex se adelantó. Llegó a la cima y saltó, dando con sus huesos en el suelo.

—¡Desde luego, Watson! —dijo Holmes con un tono seco y enojado—. Así no se pueden hacer las cosas. He dicho ya más de cien veces que la impetuosidad es el más común y el peor de los fallos que puede tener un joven agente de policía.

—¡Holmes! —Alex se levantó respirando agitadamente—. ¡Dios mío, Holmes, está vivo! ¿Y todo ese ruido? ¿El bramido?

—Eso —dijo Holmes— fue sir Henry Baskerville cuando le quité la mordaza. Ahora quiero que vengan a ver lo que he encontrado.

Alex y Toowey lo siguieron a través de la plantación de nixl y bajaron por una pequeña pendiente rocosa que había más allá. Holmes retiró un matorral, dejando al descubierto un agujero negro en la roca.

—Supuse que el sabueso se escondía en una madriguera —dijo— y supuse que intentaría ocultar su entrada. Así que decidí comprobar todos los matorrales. Entre, Watson, y cálmese.

Alex entró a gatas tras Holmes. El túnel se ensanchó en una cueva artificial de aproximadamente dos metros de altura y tres metros cuadrados de base, recubierta de plástica. Con la escasa luz de la lámpara de Holmes, Alex pudo ver un pequeño catre, una cocina, un transmisor y unos cuantos artículos de lujo. Entre éstos había un hoka de mediana edad ataviado con los restos de lo que en su día debió ser un estupendo traje de lana. Había sido una persona gorda, por la piel sobrante que le colgaba, pero ahora estaba penosamente delgado y sucio. Esto, sin embargo, no le había afectado para nada a la voz. Estaba jurando y perjurando de una manera sorprendente para su especie, mientras se libraba de las últimas ataduras que lo mantenían prisionero.

—Maldita impertinencia —decía—. Uno no está seguro ni en su propio terreno. Y el maldito canalla tuvo hasta el valor de apoderarse de la leyenda familiar, la ancestral maldición. ¡Maldita sea!

—Cálmese, sir Henry —dijo Holmes—. Ya está a salvo.

—Voy a escribir a mi miembro en el Parlamento —murmuró el verdadero Baskerville—. Le voy a decir un par de cosas. ¡Tendrá que hacer algunas preguntas en la Cámara de los Comunes!

Alex se sentó en el catre y se quedó mirando a través de la penumbra.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó.

—El maldito monstruo me pilló en mi propio terreno —dijo el hoka indignado—. Me sacó un arma y me obligó a meterme en este asqueroso agujero. Tuvo la suficiente desfachatez como para hacer una máscara de mi cara. Desde entonces me ha tenido aquí a base de pan y agua. Ni siquiera pan fresco. ¡Por todos los santos! ¡No es…, no es británico! Llevo varias semanas atado en este agujero. El único ejercicio que hago es cuando toca cosechar su estúpida hierba. Cuando se marcha, me ata y me amordaza —sir Henry tomó aire profunda y disgustadamente—. Hasta se atrevió a amordazarme con la corbata del uniforme de mi colegio.

—Lo mantuvo como un esclavo y posiblemente como un rehén —comentó Holmes—. Nos estamos enfrentando a un sujeto que está desesperado. Pero Watson, venga aquí. Tengo algo que enseñarle —metió la mano en una caja y sacó un pequeño objeto negro con aire triunfante—. ¿Qué le parece esto, Watson?

Alex lo estiró y resultó ser una máscara de plástico de un monstruo con grandes colmillos, que sonreía como si estuviera haciendo un anuncio de dentífrico. Cuando lo miraba fuera de la luz podían verse zonas luminosas. ¡Era la cabeza del sabueso!

—¡Holmes! El sabueso es el…, el…

—Ppussjan —terminó Holmes.

—¿Cómo estáis? —dijo una nueva voz educadamente.

En una rápida vuelta, Holmes, Alex Toowey y sir Henry lograron hacerse un nudo. Cuando por fin se desenredaron pudieron ver el cañón de un lanzarrayos que les apuntaba. Detrás se hallaba la enorme silueta de un gran abrigo negro, pero con la cabeza de sir Henry.

—El Número 10 —gritó Alex.

—Exacto —dijo el ppussjan. Su voz era tan aguda como la de los hokas, pero hablaba en tono frío—. Afortunadamente volví de mi exploración antes de que pudierais tenderme una emboscada. Realmente daba pena ver al grupo de búsqueda. La última vez que los vi se dirigían hacia Northumberland.

—Te encontrarán —dijo Alex en un tono seco—. Ni te atrevas a hacernos daño.

—¿Que no? —dijo el ppussjan alegremente.

—Supongo que sí, si quiere —dijo Toowey.

Alex se dio cuenta de que si el escondite del ppussjan había sido bueno hasta ahora, bien podría seguir siéndolo hasta que su banda viniese a rescatarlo. En cualquier caso, él, Alexander Braithwaite Jones, no estaría para verlo.

Pero eso era imposible. Esas cosas no le podían pasar. Era el plenipotenciario de la Liga de Toka, no un personaje de un melodrama improbable esperando que alguien le fulminase con un lanzarrayos. El…

De repente se le ocurrió una idea genial:

—Mira, Número 10, si intentas matarnos aquí vas a chamuscar todo lo que tienes aquí dentro.

Tuvo que probar de nuevo, pues no obtuvo respuesta la primera vez.

—Pues muchas gracias —dijo el ppussjan—. Pondré el rayo más estrecho.

El cañón no se desvió de ellos mientras ajustaba el mando de enfoque.

—Bien —dijo—. ¿Tenéis alguna oración que queráis rezar?

—Yo —Toowey se mojaba los labios—. ¿Me dejará decir un poema entero? Me ha consolado y reconfortado durante toda mi vida.

—Adelante con ello.

—En las orillas del viejo Támesis…

Alex se arrodilló también, y una de sus largas piernas humanas se estiró y aplastó la lámpara de Holmes. Su propio cuerpo cayó y abrazó el suelo mientras la oscuridad total llenaba la cueva. Un rayo pasó rozando por encima suyo, pero al ser tan estrecho fue a dar contra la pared que había más allá.

—¡A por él! —gritó sir Henry, lanzándose contra el invisible ppussjan. Se tropezó con Alex y cayó al suelo. Alex pudo salir de debajo suyo, echó mano de algo contundente y le dio un golpe duro. El otro respondió con otro golpe.

—¡Toma! —gritó Alex—. ¡Toma!

—¡No! —dijo Sherlock Holmes en la oscuridad—. ¡No meta la pata de nuevo, Watson!

Se dieron la vuelta, colisionando entre sí, y corrieron hacia donde se oía pelear. Alex se agarró a un brazo y gritó:

—¿Amigo o ppussjan?

Su respuesta fue un estallido del lanzarrayos que pasó a milímetros. Se tiró al suelo, intentando echar mano de las delgadas piernas del ppussjan. Holmes pasó por encima suyo para atacar a su enemigo. El ppussjan disparó de nuevo, desesperadamente, luego Holmes consiguió agarrar la mano que manejaba el lanzarrayos. Farmer Toowey soltó un grito de guerra de los hokas, hizo girar su bastón por encima de la cabeza y tumbó de un garrotazo a sir Henry.

Holmes consiguió soltar el lanzarrayos de la mano del ppussjan, y cayó al suelo, mientras éste se retorcía para soltar su pierna de las manos de Alex, quien se quedó con su abrigo en la mano. El ppussjan se lanzó al suelo para coger su arma. Alex se quedó luchando durante un rato con el abrigo hasta darse cuenta de que carecía de contenido.

Holmes llegó al arma a la vez que el Número 10, justo a tiempo para desplazar el lanzarrayos del alcance del ppussjan; éste, en su desesperación, echó mano de un objeto sólido que había caído del bolsillo de Holmes, y gritó triunfante. Retrocediendo chocó con Alex.

—¡Uy! Lo siento —dijo Alex, quien siguió palpando el suelo.

El ppussjan encontró el interruptor de la luz y lo accionó. La iluminación mostró un enredo de tres hokas y un humano. Les apuntó con su arma.

—¡Muy bien! —gritó—. ¡Ahora sí que os tengo!

—¡Devuelve eso ahora mismo! —gritó Holmes indignado mientras sacaba su revólver.

El ppussjan miró lo que tenía en la mano. Estaba agarrado a la pipa de Sherlock Holmes.

Whitcomb Geoffrey entró tambaleándose en el George and Dragón, apoyándose en las paredes para no caerse. Estaba flaco y sin afeitar. Sus ropas estaban hechas trizas. Tenía el pelo lleno de erizos. Los zapatos llenos de barro. Organizar durante una noche y medio día a un grupo de búsqueda hoka es demasiado para cualquiera, incluso para un hombre de la OII.

Alexander Jones, Sherlock Holmes, Farmer Toowey y sir Henry Baskerville lo miraron con compasión mientras el tabernero les servía el té. El ppussjan lo miró también, aunque con menos amabilidad. Su vulpina cara mostraba un ojo morado y su cuerpo de cuatro patas estaba atado a una silla con la corbata del uniforme colegial de sir Henry. Sus muñecas estaban atadas con los colores del regimiento de sir Henry.

—Hombre, Gregson, se ha librado de la peor parte de este asunto, ¿eh? Venga a tomar una tacita de té.

—¿Dónde está el grupo de búsqueda, muchacho? —dijo Farmer Toowey.

—Cuando los dejé —dijo Geoffrey— estaban resistiéndose a ser detenidos en el castillo de Potteringham. Querían vaciar el estanque de los patos y el dueño del castillo no quería.

—Bien, bien, muchacho, pronto estarán de vuelta —dijo Toowey suavemente.

Los ojos irritados de Geoffrey cayeron sobre el Número 10. Estaba demasiado cansado para hablar mucho y sólo dijo:

—Así que lo cogieron.

—Sí —dijo Alex—. ¿Quiere llevárselo de vuelta al Cuartel General?

Con la primera muestra de alegría desde que había llegado, Geoffrey suspiró.

—¿Llevarlo de vuelta? ¿De verdad que me puedo marchar de este planeta?

Cayó agotado en una silla. Sherlock Holmes llenó su pipa y echó su cuerpo peludo hacia atrás cómodamente.

—Este pequeño caso ha sido bastante interesante —dijo—. En algunos aspectos me recuerda La aventura de los dos huevos fritos, y creo, mi querido Watson, que puede ser de algún valor para sus pequeñas crónicas. ¿Tiene listo el cuaderno de anotaciones? Bien, para que usted pueda beneficiarse, Gregson, voy a explicar algunas de las deducciones, pues es usted un hombre que promete y sabrá beneficiarse de estas lecciones.

Los labios de Geoffrey empezaron a moverse de nuevo.

—Ya le he explicado las discrepancias de la aparición de sir Henry en la taberna —continuó Holmes implacablemente—. Por otro lado, pensé que la reciente vuelta a la actividad del sabueso, que encajaba tan bien con la llegada del ppussjan, bien pudiera estar relacionada con nuestro criminal. Probablemente escogió este escondite por existir esta leyenda. Si los nativos estaban atemorizados por el sabueso, sería poco probable que se aventuraran a interferir en las actividades del Número 10; y cualquier cosa rara que notasen se atribuiría al sabueso y sería desechado por los forasteros que no toman en serio la superstición. La desaparición de sir Henry fue parte del plan para atemorizar a la población; pero, por otro lado, el ppussjan necesitaba la cara de un humano. Tenía que aparecer de vez en cuando por las aldeas locales para conseguir comida y averiguar si estaba siendo buscado por la OII, Gregson. Watson ha sido lo suficientemente amable como para explicarme el procedimiento mediante el cual su civilización puede hacer una máscara de plástico. El abrigo del ppussjan es de lo más ingenioso, una prenda de lo más adaptativa. Mediante un ajuste rápido puede parecerse al cuerpo de un monstruo o, si anda sobre las patas traseras, toma la apariencia de un hoka bastante fornido. Por lo tanto, el hoka podía ser sir Henry Baskerville o el sabueso de los Baskerville según le conviniese.

—Un tipo listo —murmuró sir Henry—, aunque muy imprudente. Esas cosas no deben hacerse. Eso no es manera de participar en un juego.

—El ppussjan debió enterarse de nuestro aterrizaje —continuó Holmes—. Una nave causa bastante sensación en estos alrededores. Tenía que investigar para averiguar si los visitantes venían por él, y en ese caso, averiguar cuánto sabían ya. Irrumpió en la taberna con su disfraz de sir Henry, averiguó lo suficiente y salió por la ventana. Luego volvió a aparecer como el sabueso. Esto fue un intento de desviar nuestra atención hacia la persecución de un sabueso ficticio, como de hecho hizo el grupo de búsqueda de Lestrade, según las últimas noticias que tenemos de él. Cuando le perseguimos aquella noche intentó acabar con el bueno de Watson, pero afortunadamente pude espantarle. Desde ese momento se dedicó a espiar al grupo de búsqueda, hasta que por fin regresó a su guarida. Pero yo ya estaba allí, esperando para atraparlo.

Eso —pensó Alex— era dar una versión bastante rosada de los hechos. Holmes levantó su negra nariz y expulsó una enorme nube de humo.

—Y de esta manera —dijo alegremente— termina la aventura del sabueso impostor.

Alex se quedó mirándole. Maldita sea, lo que más rabia le daba era que Holmes tenía razón. Había tenido razón todo el tiempo. En su propio estilo hoka había llevado a cabo un magnífico trabajo de detección. La honestidad dejó boquiabierto a Alex y siguió hablando sin pensar.

—Holmes, por todos los santos —dijo Alex—, usted es…, es un genio.

En cuanto habían salido estas palabras de su boca se dio cuenta de lo que había hecho. Pero ya era demasiado tarde…, demasiado tarde para evitar la respuesta inevitable. Alex apretó las manos y se preparó resignadamente para aguantar hasta el final como un hombre. Sherlock Holmes sonrió, sacó la pipa de entre los dientes y abrió la boca. A través de una niebla estridente, Alexander Jones oyó LAS PALABRAS.

—En absoluto. Elemental, mi querido Watson.