La aventura del viajero global

Anne Lear

Al lado de Holmes y Watson, el personaje más notable es el profesor James Moriarty, tan vil como Holmes es héroe. Sólo aparece en una historia, pero es suficiente, y cualquier historia que trate de él es candidata para esta antología.

Yo sólo quería averiguar quién era el verdadero tercer asesino de Macbeth. Pues ahora lo sé. También sé la identidad secreta y el destino de un famoso personaje, sé que la muerte de otro ocurrió muchos años antes de que fuera denunciada, así como una anécdota desconocida hasta ahora de la carrera de actor de William Shakespeare.

Todo esto viene a demostrar lo maravilloso que es para investigar la Folger Shakespeare Library, en Washington D. C. En los abarrotados estantes y cámaras blindadas de ese gran almacén hay tesoros en tal número y variedad que incluso su apasionado y devoto bibliotecario no los conoce todos.

Empecé mi búsqueda del tercer asesino en un lugar lógico. Miré en el catálogo bajo la «A» de Asesino. No encontré el que yo buscaba, pero encontré muchos otros, y siendo tan macabra como soy, me conformé rápidamente con las alternativas que se me ofrecían.

Aquí había suficiente sangre para saciar al mayor de los macabros: asesinatos de aprendices por sus maestros, de maestros por sus aprendices, de maridos por sus esposas, de esposas por sus maridos, de niños por ambos. ¡Fue una época muy ajetreada la Isabelina! Había mamotretos y panfletos a cual más jugoso.

Lo mejor de todo eran los títulos. El periodismo amarillo de ahora es un juego de niños comparado con esto. Considérese, por ejemplo:

Una historia real. Narra la maldita vida y muerte de Stubbe Peeter, un hechicero malvado, quien a modo de lobo salvaje cometió muchos asesinatos… Quien por todo esto fue encerrado y ejecutado…

O esta otra:

Noticias de Perin en Cornualles:

Sobre el más sangriento y espantoso asesinato, cometido muy recientemente por un padre con su propio hijo… Instigado por su cruel madrastra…

O la realmente espectacular:

Noticias de Alemania. Una maravillosa narración real de un asesino cruel, quien ha matado en su vida a novecientas treinta y tantas personas, de las cuales seis eran sus propios hijos, nacidos de una mujer y que mantuvo encerrada en una cueva durante siete años… (Según consta, este asesino en particular tenía la clara intención de asesinar a exactamente un millar de personas antes de retirarse).

Más tarde me sorprendí pidiendo:

El más horrible crimen y trágico asesinato del muy honorable, virtuoso y valeroso caballero John Lord Bourgh, varón de Caftell Connell, cometido por Arnold Cosby, el 14 de enero. Junto con los penosos suspiros de su triste alma, sobre su funeral: escrito por W, R., un sirviente del arriba mencionado Lord Bourgh.

Me subieron rápidamente el panfleto a la insonorizada sala de lectura Tudor, donde lo había encargado, y lo llevé a una de las enormes mesas de caoba que están dispersas por la sala.

A medida que avanzaba por sus páginas pude saber que el prometedor título era en realidad un señuelo falso. Resultó ser una historia mediocre acerca de un arribista mediocre y cobarde que provocó un duelo y que, no pudiendo evitar su celebración, apuñaló a su oponente por la espalda. ¡Bah! Estaba a punto de devolverlo, cuando noté unas hojas más anchas. Unas cuantas páginas más adelante de donde había dejado de leer (al principio de los penosos suspiros) el panfleto parecía más grueso por los bordes.

—Supongo que serán los apuntes de algún otro lector —murmuré.

Eso mismo parecían cuando me decidí a hojearlo. Había cuatro finas hojas de papel lo suficientemente pequeñas para caber en el panfleto dejando unos centímetros en cada margen. El papel era de buena calidad, mucho más fuerte que la pulpa que lo escondía.

No tenía ni idea de cuánto tiempo podían llevar allí. A lo mejor habían pasado desapercibidos durante años, pues los bibliotecarios y usuarios de la Folger no son muy dados a temas como el asesinato para recrearse, ni siquiera a los horribles y trágicos asesinatos de los muy virtuosos y valerosos, y por esto solicitaban esta pulpa sangrienta con poca frecuencia.

Es más, la información escrita en el sobre no decía nada acerca de las hojas, como sería de esperar si perteneciesen a alguna colección.

Dudé por un momento. La gente tiende a ser picajosa acerca de sus apuntes, los académicos los que más, dado que el plagio recorre las universidades mucho más vigorosamente de lo que muchos querrían admitir. En cualquier caso, la letra era un garabato pequeño difícil de leer. Había sido escrita con pluma de acero, y la ortografía y el estilo eran en su mayor parte los de Inglaterra de fin de siglo, sazonados con inesperadas usanzas jacobinas. El papel era claramente muy antiguo, oscurecido uniformemente por la protección a la que había estado sometido, de un probable color blanco a un amarillo, y la tinta tampoco podía ser reciente, habiéndose decoloreado a un marrón claro.

Después de todo, mis propósitos eran académicos. Y en cualquier caso, ¿a quién estaba engañando?

En esta última noche tormentosa del año tomo mi pluma, mi anacrónica pluma de acero, que valoro tanto entre las pocas reliquias que me quedan de mi vida pasada —¿o futura?— para dejar un escrito que tiene muy pocas posibilidades de ser alguna vez visto por alguien con capacidad para comprenderlo.

La situación política está empezando a ser peligrosa incluso para mí, y por eso estoy disponiendo todo para beneficiarme de mi preconocimiento de las cosas que van a ocurrir, así como de las oportunidades que ofrece la confusión civil a aquellos que saben aprovecharlas. Sin embargo, la preciencia no se extiende de esta ni de ninguna otra manera a mi propio destino, y estaría encantado de dejar alguna traza de mi persona para aquellos que fueron mis amigos e incluso para aquellos que fueron mis enemigos. O que lo serán.

Para poner fin a esta confusión de una vez, aquellos sucesos que son mi pasado son el futuro lejano para todos los que me rodean. No sé lo que serán para ti que lees esto, ya que no puedo adivinar en qué fecha verá la luz este mensaje. En cualquier caso, me referiré a mi presente como a el presente y a mi pasado como el pasado, independientemente de las fechas reales.

Empezando por el principio, diré que me vi obligado, en la primavera de 1891, a abandonar un boyante negocio. Era la cabeza de la mayor parte de las actividades criminales en Gran Bretaña (mi archienemigo, el señor Sherlock Holmes, una vez me halagó con el título de «Napoleón del crimen»).

En estos instantes, ya no podía quitar la vista de los papeles. Me hacían chiribitas los ojos. Intenté salir de mi incredulidad y volver al mundo real. Mi mano temblaba mientras guardaba de nuevo el panfleto en el sobre y los papeles descuidadamente entre mis propios apuntes. Después de un par de carraspeos experimentales, decidí que mi voz funcionaba bien y procedí a devolver el panfleto y a darle las gracias al bibliotecario. Luego fui al bar cercano en busca de un lugar tranquilo y de una cerveza para eliminar la sequedad del asombro y del polvo de siglos de mi garganta.

La tarde era cálida, un anticipo del verano en una tarde gris de marzo, y del interior del Hawk and Dove, la taberna de Capital Hill, la penumbra invitaba a entrar. Por otro lado, estaba prácticamente vacío, lo cual era tranquilizador para mis nervios electrificados. Hablé vagamente a la camarera, y para cuando me había sentado en uno de los bancos de madera, abrillantados por los innumerables traseros, se había materializado ante mí una jarra de cerveza fría y dorada.

La camarera ni siquiera se había marchado de mi mesa cuando ya tenía fuera de mi maletín las pequeñas páginas y me inclinaba a la izquierda para captar el polvoriento rayo de luz que entraba a través de la ventana, que era una imitación barata de estilo.

… tenía riqueza y poder en abundancia. Sin embargo, Holmes me atacaba más eficientemente de lo que yo había anticipado, y me vi obligado a marchar al Continente de improviso. Ya había dispuesto las cosas en el extranjero para esta eventualidad, y con la ayuda del coronel Moran, el más capacitado de mis lugartenientes, pude llevar a Holmes hasta una trampa en las cataratas de Reichenbach.

Desgraciadamente, la trampa no funcionó. Mediante un truco de lucha japonesa, que me vi obligado a admirar, a pesar de que lo utilizó para lanzarme sobre el borde de las cataratas, Holmes logró escapar en el último momento. Él creyó haberme visto caer hasta la muerte, pero esta vez fue él quien subestimó a su oponente.

Una red previamente colocada sobre el agua, disimulada por las cataratas y controlada por Moran, estaba preparada para cogerme si me caía. Si hubiera caído Holmes en mi lugar, Moran la habría retraído para permitir su caída hasta el vórtice que se hallaba en el pie del precipicio. Un maniquí fue soltado de la parte inferior de la red por el impacto de mi peso, para de esta manera completar la representación.

Volví a Inglaterra disfrazado de matemático experimental, un personaje que había desempeñado durante algunos años, ya que en mi residencia de Richmond había ejercido la investigación matemática como primera vocación. Allí resulté ser una persona entretenida para varios académicos, científicos y literatos, y mí reputación de erudito y de persona generosa estaba bien establecida. Era un disfraz ideal que funcionó todo el año siguiente, mientras mis agentes, dirigidos por el formidable coronel, vigilaban al señor Holmes en sus viajes, y yo empecé a reconstruir mi imperio en la sombra.

Durante este tiempo engañé el aburrimiento con intensa investigación sobre la naturaleza del tiempo y varios temas relacionados. Mi trabajo me llevó a construir una máquina que me permitiría viajar al pasado y al futuro.

No pude resistir la tentación de mostrar la máquina del tiempo a los pocos amigos que tenía, aunque la mayoría de ellos creían que era un fraude. Uno de los más imaginativos, un escritor llamado Wells, parecía pensar que a lo mejor había algo de verdad en ello, pero ni siquiera él estaba plenamente convencido. No importa. Tenían razón en dudar de los disparates que les contaba acerca de lo que vi en mis viajes. Debía sonarles muy noble, por no decir tremendamente romántico —¡qué imaginación la mía!—, aunque de hecho algo de verdad había en lo que les conté.

Obviamente, el mayor uso de la máquina estaba dedicado, en la semana que transcurrió desde que lo completé hasta mi viaje final, a profundizar en mis intereses profesionales. Era especialmente apto para observar e introducir desperfectos en la construcción de cajas fuertes de bancos y para reunir material utilizable para el chantaje. Desde luego que usé «mi» tiempo muy aprovechadamente y compilé un fichero bastante extenso para su futura conversión en oro.

Como siempre podía volver al mismo tiempo que había abandonado, o para el caso a cualquier otro, el único límite a tales viajes era mi propia resistencia, y siempre he aguantado mucho, desde luego.

Mi gran error fue no darme cuenta del desgaste que este uso estaba produciendo en mi máquina del tiempo. Ni siquiera hoy sé qué parte de su delicado mecanismo falló, pero el resultado final no fue bueno que digamos.

Por fin voy a contar la naturaleza de mi llegada a este lugar y a esta fecha. Advertí en seguida los peligros que conllevaba no poder desplazar la máquina del tiempo, de modo que añadí a su estructura unas ruedas y una cadena enganchada a unos pedales que en principio habían sido diseñados solamente para posar los pies. En resumen, lo convertí en una bicicleta del tiempo.

Fue necesaria mucha cautela para evitar ser visto pedaleando en este extraño vehículo por las calles de Londres durante mis visitas de negocios, pero no había ningún inconveniente en pedalear a mis anchas en un pasado muy remoto, contando con que dejara bien señalado el lugar exacto de llegada.

Descansaba de mis labores paseando en ocasiones por los primeros días de esta isla centrada antes de que tuviera cetro. Era tremendamente interesante, aunque algo vacío para una persona como yo, que siempre está tramando algo.

Fue entonces, mientras paseaba en mi máquina hace muchísimo tiempo a lo largo de un río y se me hacía muy difícil creer por su contorno desconocido que algún día sería el Támesis, cuando la bicicleta chocó con una raíz oculta y perdí el equilibrio. Saqué una mano para estabilizarme y, al hacer esto, descuidé los mandos y fui enviado rápidamente hacia adelante en el tiempo.

Los días y las noches pasaron en veloz sucesión, con el mareo concomitante y la náusea a los que me había acostumbrado, pero de los que no disfrutaba. En estos momentos no tenía ningún control sobre mi velocidad. Sentí más amargamente que nunca la falta de indicadores que me dijeran algo sobre la progresión temporal. Nunca fui capaz de resolver el problema de su diseño; y ahora, viajando de esta manera, no tenía ni la más remota idea de cuándo estaría.

Sólo podía desear fervientemente no encontrarme con ningún objeto sólido de frente —o ningún ser viviente— en el lugar de mi llegada en el tiempo. Aterrizar en un meandro del Támesis sería infinitamente más deseable.

La rápida marcha de las estaciones del año fueron perdiendo velocidad a medida que volvía la palanca a su sitio, y pronto pude percibir las fases de la luna, luego la alternancia entre luz y oscuridad de la progresión diurna del sol.

Entonces, de repente, la pieza sometida a desgaste cedió. La máquina se desintegró bajo mi cuerpo, estalló desapareciendo por completo, y yo aterricé sin hacer ruido y sin demasiado equilibrio sobre un suelo de madera.

Un rápido vistazo a mí alrededor me hizo darme cuenta de mi fin. Dondequiera que estuviese, no era una edad de las máquinas ni de las herramientas delicadas que necesitaría para escapar.

Mientras estaba recapacitando sobre lo horroroso de mi situación, alguien me empujó firmemente en las costillas. Una voz potente y limpia me preguntaba en voz muy alta: «¿Quién te ha invitado a unirte a nosotros?».

Era un hombre alto y guapo de mediana edad, con ojos grandes y oscuros, cejas frondosas y con una frente casi tan desarrollada como la mía, un bigote elegante y una pequeña pero bien cuidada barba. Estaba ataviado con una capa oscura con capucha, y su única oreja visible estaba adornada con un aro de oro. Me quedé allí sentado como un idiota pensando y me dio otro empujón, y yo miré más allá de él para aclararme algo más de la situación.

El suelo de madera era una tarima, un escenario. Por debajo, en un lado y por arriba en los otros tres, había una muchedumbre de personas vestidas en un estilo que reconocí como de principio del siglo XVII.

Otro empujón, más agresivo e impaciente: «¿Quién te ha invitado a unirte a nosotros?».

Esa frase me sonaba familiar, de una obra de teatro que conocía bien. El lugar, este escenario de madera rodeado de gente… ¿Es posible que sea el Globe? Si fuera así, la obra… la obra tenía que ser… ¡Macbeth!, grité del susto que me llevé al darme cuenta de mi situación.

El hombre que había a mi lado soltó un suspiro de alivio. Un segundo hombre, que hasta ahora había pasado desapercibido para mí, habló rápidamente desde el lado opuesto. «No tenemos motivo para desconfiar de él, ya que nos explica nuestro cometido y lo que hemos de hacer».

«Está bien, quédate con nosotros», dijo el primer hombre, que hacía el papel de Primer asesino. Estaba empezando a sospechar que fuera del escenario debía dedicarse a algo parecido, aunque esto fuera improbable. Se nos cuenta que el bardo sólo representó dos papeles en sus propias obras: el viejo Adam en A vuestro gusto y el fantasma del rey Hamlet. Estaba seguro de que… Pero mis reflexiones pronto se vieron interrumpidas cuando sentí cómo el Segundo asesino me daba la vuelta disimuladamente para que mirara al público.

La intervención del Primer asesino se había terminado y me tocaba a mí intervenir. Ya lo sabía, pues había sido un ferviente lector de Shakespeare en mis años universitarios. Claro que la mayoría de las intervenciones que estábamos haciendo eran espontáneas. «Suenan las herraduras de los caballos», dije yo.

Banquo pidió una luz de «dentro», donde «dentro» era un hueco que había en el parte trasera del escenario. El Segundo asesino consultó una lista que llevaba y afirmó que debía ser Banquo a quien oíamos, ya que todos los demás invitados esperados ya habían entrado en la Corte. El Primer asesino me profirió algo con preocupación acerca de los caballos que marchaban, y yo le aseguré que estaban siendo llevados por los sirvientes a los establos, de manera que Banquo y Fleance pudieran entrar andando el poco camino que quedaba. «Él, como los demás, se encamina a pie a palacio».

Entraron Banquo y Fleance. El Segundo asesino les vio entrando por la luz que llevaba, y yo identifiqué a Banquo, ayudé en el asesinato —cuidadosamente, por temor a que la costumbre me hiciera golpear demasiado fuerte—, y me quejé porque la luz había sido volcada y por nuestro fracaso en matar a Fleance.

Ya fuera del escenario tuve que enfrentarme a mis nuevos amigos. El Segundo asesino no fue motivo de preocupación, pues era un personaje secundario en la Compañía. El Primer asesino fue, sin embargo, un caso muy distinto y mis conjeturas se hicieron realidad, y me vi cara a cara con William Shakespeare.

Soy un mentiroso profesional y no me costó nada convencerles de que era un hombre fugado y que me había escondido de mis perseguidores en el hueco del escenario, y que por esa razón aparecí allí inesperadamente. El que Shakespeare hubiera sido lo bastante ágil y ocurrente como para salvar su obra de la desgracia, no sorprendió; que el joven actor se hubiera adaptado a los cambios fue motivo de felicitaciones por parte de sus compañeros; que yo hubiera acertado con las palabras adecuadas fue asombroso para todos. Yo les expliqué que había andado por los escenarios en una época anterior de mi vida, y para contestar a sus preguntas acerca de la extraña vestimenta que llevaba, murmuré algo acerca de haber pasado algún tiempo con el polaco en trineo, lo cual supuse que seria lo suficientemente misterioso y provocó la sonrisa del dramaturgo.

En cuanto a la causa de mi persecución, sólo tuve que asegurar a mis nuevos amigos que mis problemas eran de faldas y así gané su más sincera simpatía. Ellos no podían permitirse el lujo de dar cobijo a un fugitivo de la justicia, aunque los actores de la época, como los de casi siempre, tendían a estar en el lado sombrío de la ley, y éstos me hubieran ayudado sin titubeos con tal de no ponerse a sí mismos en claro peligro. Como acababa de llegar al país después de mis viajes por el extranjero carecía de empleo, y como podía actuar, me ofrecieron un puesto en la Compañía, lo cual acepté encantado.

No necesitaba el dinero, ya que había tomado la precaución habitual de llevar una faja cuyo forro estaba lleno de joyas, el dinero universal. Sin embargo, el teatro me ofreció un lugar desde el cual empezar a hacer los contactos que desde entonces me han establecido en mi vieja posición como «Napoleón del crimen», título ridículo un siglo antes de que Napoleón hubiera nacido.

En cuanto a la forma en que mis líneas entraron a formar parte del texto de la obra, Will los insertó justo como los dijimos aquel día. De pura casualidad, él había estado sustituyendo al Primer asesino esa tarde, pues el actor habitual estaba enfermo, y encontró enormemente gracioso añadir un personaje no explicado para así levantar misterio en la audiencia. No tuvo ninguna consideración hacia las audiencias y lectores futuros, y desde luego que ninguna hacia los académicos. Su única intención era la de entretener a aquellos para quienes él escribió: los asistentes a los teatros Globe y Blackfriars y los grandes personajes de la Corte.

Ahora soy un viejecito, y en vista del desorden civil que pronto va a estallar por todo el país, quizá no llegue a más viejo. Sin embargo, tengo esperanzas. Saber de antemano el resultado es de gran ayuda, y ya he tenido la precaución de cultivar las amistades convenientes. Tengo que decir que los cabezas peladas adquieren tantos vicios como los partidarios del rey, pero lo hacen en secreto y con los bolsos más agarrados.

Dejaré este relato parcial, en espera de tener libertad de escribir uno más completo. Si tú que lees esto lo haces durante los últimos ocho años del siglo XIX o incluso unos años más tarde, te suplico que me hagas el gran favor de llevar estas páginas al señor Sherlock Holmes, en 221B Baker Street, Londres.

Esperando que pueda leerlo, envío mis recuerdos y la siguiente adivinanza:

La primera vez que las palabras del Tercer asesino fueron pronunciadas, lo fueron de memoria.

Adivine, señor Holmes, quién las escribió.

Moriarty.

Londres.

31 de diciembre, 1640.