Capítulo III
La exposición del caso
Un optimista es una persona que ignora u olvida la experiencia. Yo soy un optimista. Lo cual es otra manera de decir que me enamoré de Lisa Escarlatina en seguida. Mientras miraba a aquella mujer, con su rizado pelo castaño y sus grandes y lustrosos ojos marrones, me olvidé completamente de que estaba agarrado a dos pesadas maletas. No fue hasta después de que nos presentaran y de que ella mirase riéndose hacia abajo, cuando me di cuenta de la pinta de tonto que debía tener. Con la cara enrojecida, las puse suavemente en el suelo y tomé su delicada mano en la mía. Cuando la besé, pude oler la delicada fragancia de un perfume encantador y debo confesar que bastante afrodisíaco.
—Sin duda habrá leído o visto en la tele las noticias sobre el esposo desaparecido de la señora Escarlatina —dijo mi socio—. Aunque no sepa nada de su desaparición, sí que habrá oído hablar de un artista tan famoso.
—Mis conocimientos de arte no son nulos —dije fríamente. El tono de mi voz reflejaba mi frialdad interior, la llama del encanto encendido cuando la vi, apagándose. ¡Así que estaba casada! Debí haberme dado cuenta al ver su anillo.
Alfred Escarlatina, como seguramente sabrá mi lector, era un pintor rico que se había hecho muy famoso en la última década. Personalmente, yo considero que los trabajos de la llamada escuela fauve mauve son una gran tontería, una burla al sentido común. Preferiría tener los originales del comic del Katzenjammer Kids colgados en el museo que cualquiera de las creaciones maniáticas de Escarlatina y los de su calaña. Pero, cualquiera que fuera su gusto artístico, desde luego que tenía un buen ojo para las mujeres. Se había casado con la preciosa Lisa María Mohrstein hacía tan sólo tres años. Y ahora se especulaba con la idea de que podía ser una viuda.
Al pensar esto, volví a albergar alguna esperanza.
Según recuerdo, A. Escarlatina salió a dar un paseo una mañana de mayo hace unos dos meses y no regresó a casa. Al principio se le creía secuestrado. Pero cuando no se pidió rescate, fue descartada esta teoría.
Le conté a Ralph lo que sabía del caso.
—Anoche surgieron nuevas noticias referentes al caso —dijo—. Y la señora Escarlatina ha venido a verme porque está muy insatisfecha con el progreso, más bien la falta de progreso, que ha tenido la policía. Señora Escarlatina, cuéntele al doctor Weisstein lo que me ha contado a mí.
Fijó sus profundos ojos castaños sobre mí y con una voz tan bella como sus ojos —y no diré nada acerca de su figura—, me narró lo que había ocurrido el día anterior. Noté que Ralph estaba sentado con la cabeza erguida y las orejas tiesas. No lo sabía entonces, pero luego averigüé que le hizo repetir la historia porque quería escuchar su suave voz de nuevo. Podía detectar delicadas tonalidades que escaparían al más sensible de los oídos humanos. Como él frecuentemente decía:
—No sólo puedo oler las emociones ocultas, mi querido Weisstein, sino que también puedo oírlas.
—Aproximadamente, a las siete de la tarde de ayer, mientras me estaba preparando para salir… —dijo ella.
«¿Con quién?», pensé yo, sintiendo que los celos me quemaban por dentro, aun sabiendo que no tenía derecho a tal sensación.
—… el teniente Strasse de la Policía Metropolitana de Hamburgo me telefoneó. Me dijo que tenía algo importante que enseñarme y me preguntó si podía acercarme a la Comisaría. Le dije que sí, por supuesto, y tomé un taxi hasta allí. Una vez allí, el sargento me llevó a una habitación y me mostró un cuadro. Me quedé asombrada. Nunca lo había visto antes, pero supe en seguida que era uno de los trabajos de mi marido. No necesitaba ver su firma, normalmente ubicada en la esquina superior derecha, para saber que era suyo. Eso fue lo que le dije al sargento y luego dije: «Esto debe querer decir que Alfred está todavía vivo. Pero ¿dónde lo consiguió?». Me contestó que lo había hallado la policía esa misma mañana. Un comerciante rico, Herr Lausitz, había muerto hacía una semana. El abogado que se encargaba del inventario de sus bienes encontró el cuadro bajo llave en la mansión de Lausitz. Era uno de los muchos objetos valiosos de arte robados que se hallaron allí. Nadie sospechaba que Lausitz los hubiera robado, sino que los hubiera adquirido de ladrones o hubiera encargado su robo. La colección fue valorada en varios millones de marcos. El abogado lo notificó a la policía, quienes identificaron el cuadro como uno de los de mi marido por la firma.
—Puede estar seguro que Strasse nunca habría sido capaz de identificar un Escarlatina sólo por su estilo —dijo Ralph sarcásticamente.
Sus delicadas cejas se arquearon:
—El teniente no lo tomó demasiado bien cuando le dije que estaba considerando la posibilidad de venir a verle. Pero eso fue más tarde. En cualquier caso, le dije a Strasse que esto era evidencia de que Alfred estaba todavía vivo. O al menos que lo había estado hasta hace muy poco. Yo sabía que mi marido habría tardado al menos un mes y medio en pintarlo, si estaba bajo presión. Strasse dijo que podía ser, por un lado, una falsificación; o por otro, que Alfred lo hubiera pintado antes de desaparecer. Le dije que no era una falsificación; lo supe con sólo mirarlo. ¿Y qué quería decir con eso de que podía haberlo pintado antes de desaparecer? Yo sabía exactamente, día a día, en qué trabajaba mi marido.
Dejó de hablar un momento y me miró, algo ruborizada.
—Eso no es del todo verdad. Mi marido visitaba a una amante al menos tres veces por semana. No supe nada de ella hasta que él desapareció y la policía me dijo que llevaba al menos dos años visitándola…, a Hilda Speck… Sin embargo, según la policía, Alfred no había pintado nada en su apartamento. Claro que ella pudo haberse deshecho de toda evidencia, aunque Strasse me dijo que nunca habría podido eliminar todas las trazas de pigmentos y pelos de los pinceles.
«¡Qué bestia era este Escarlatina! —pensaba yo—. ¿Cómo era posible que una persona casada con esta maravilla de mujer pudiera prestar atención a otra?».
—He averiguado algo acerca de Hilda Speck —dijo Ralph—. En primer lugar, tiene un alibi excelente. Estaba visitando a unos amigos en Bremen dos días antes de que Escarlatina desapareciera. No regresó a Hamburgo hasta dos días más tarde. En cuanto a su historial, trabajaba de mecanógrafa en una empresa dedicada a la exportación hasta hace unos dos años, cuando Escarlatina empezó a mantenerla. No tiene antecedentes penales, pero su hermano ha sido detenido varias veces por asalto a mano armada y extorsión. Logró, en todas las ocasiones, evitar ser inculpado. Es un hombre enormemente obeso y tan feo como su hermana es guapa. Su apodo, que le va muy bien, es Flusspferd (hipopótamo; literalmente: caballo de río). Está en paradero desconocido desde hace varios meses.
Ralph se quedó un rato en silencio, y luego se acercó al teléfono. Estaba en el suelo, y al lado había un instrumento curiosísimo. Me di cuenta de su funcionalidad en cuanto vi a Ralph sujetarlo por el extremo largo y delgado con una pata mientras introducía la otra en una especie de embudo, en el otro extremo. Con el extremo delgado, apretó los botones para marcar un número de teléfono.
Un oficial de policía contestó por un altavoz. Ralph preguntó por el teniente Strasse. El oficial le contestó que no estaba en la Comisaría. Ralph dejó un recado, pero cuando apagó el teléfono, dijo:
—Strasse tardará en contestar, pero con el tiempo no le dejará vivir la curiosidad.
Es difícil saber cuándo está sonriendo un perro, pero juraría que Ralph estaba haciendo algo más que enseñar los dientes. Y sus ojos parecían brillar. De repente, levantó una pata y dijo suavemente:
—Silencio, por favor.
Nos quedamos mirándole. Nosotros no habíamos oído nada, pero era evidente que él sí. Dio un salto hacia el panel de mandos que había en el suelo y apretó un botón. Luego salió corriendo hacia la puerta, que abrió hacia dentro. Había un hombre con estetoscopio que nos miraba con cara de tonto. Al ver que Ralph saltaba hacia él, gritó y dio la vuelta para huir. Ralph le golpeó en la espalda y le envió contra la pared del corredor. Yo corrí para ayudarle, pero me asombró ver que Ralph volvía trotando al salón. Fue entonces cuando vi el aparatito en la puerta. El hombre volvió a ponerse inestablemente de pie. Superaba la altura mínima permisible de un policía por muy poco y parecía tener alrededor de los treinta y cinco años. Su cara era estrecha, con una larga nariz y dos ojos pequeños y negros, que estaban muy juntos.
—Doctor Weisstein —dijo Ralph—, teniente Strasse.
Strasse no me dijo nada. Quitó el aparato de la puerta y lo guardó con el estetoscopio en el bolsillo de su chaqueta. Ya había desaparecido algo de su palidez inicial.
—Ese aparato para espiar es ilegal en América y también debería serlo aquí —dijo Ralph.
—Lo mismo digo para los perros parlanchines —dijo Strasse. Se inclinó ante la señora Escarlatina e hizo sonar un taconazo.
Ralph soltó varios ladridos, que luego averigüé eran equivalentes a carcajadas. Dijo:
—No hace falta preguntar por qué nos espiaba. Está metido en el caso, y esperaba oírme por si le daba alguna pista. ¡Vamos, mi buen teniente!
Strasse enrojeció, pero habló con valentía.
—Señora Escarlatina, usted puede contratar a este… este… Holmes peludo de cuatro patas…
—Eso me halaga —murmuró Ralph.
—… si quiere, pero no puede hacer que la policía abandone. Es más, existen serias dudas sobre la legalidad de la licencia de este investigador privado, y a lo mejor se mete usted en líos si sigue empeñándose en contratarlo.
—La señora Escarlatina está bien informada sobre mi situación legal, mi querido Strasse —dijo Ralph sosegadamente—. Por otro lado, ella está convencida de que ganaré el juicio. Mientras tanto, las autoridades me han permitido seguir practicando. Si no lo cree, puede llamar al alcalde ahora mismo.
—¡Eres un… un…! —tartamudeó Strasse—. Sólo porque una vez salvaste al hijo de Su Majestad.
—Dejemos todas estas tonterías que no conducen a nada —dijo Ralph—. Me gustaría examinar el cuadro en persona. Creo que puede contener la clave de dónde se encuentra Escarlatina.
—Es propiedad de la policía —dijo Strasse—. Mientras yo esté por aquí, me aseguraré que no metas tu hocico en un edificio policial. A no ser que sea como prisionero.
Me asombraba el odio que saltaba entre los dos como las descargas entre dos generadores Van der Graaf. No supe hasta más tarde que Strasse había sido el hombre al que había sido asignado Ralph cuando empezó a trabajar para la policía. Al principio se llevaban bien, pero se hizo patente que Ralph era mucho más inteligente, y Strasse se volvió celoso. Pero no solicitó otro perro ya que acaparaba los méritos de los casos resuelto por Ralph. Para cuando el perro decidió dimitir de su puesto, Strasse ya era teniente. Desde entonces había metido la pata en dos casos, y la persona responsable de los ascensos de Strasse estaba en apuros.
—Perdone —dijo Ralph—. A lo mejor la policía tiene el cuadro como evidencia, pero claramente es propiedad de la señora Escarlatina. Aun así, creo que haré las cosas de forma burocrática. Pienso quejarme a Su Majestad.
—Está bien —dijo Strase, volviéndose pálido otra vez—, pero iré con vosotros y me aseguraré que no estropeáis la evidencia.
—Y para enterarse de todo lo que pueda —dijo Ralph ladrando risotadas.
—¿Weisstein, le importaría traer ese maletín? Contiene el instrumental de mi profesión.