Capítulo II

La ciencia de la odorología

Un cuarto de hora más tarde entramos en un edificio de apartamentos, en el número 12 de la calle Bellener, y tomamos el ascensor al segundo piso. Stampfert tocó el timbre del 2-K, y un minuto más tarde se abrió la puerta hacia dentro. Esta operación fue efectuada por un motor eléctrico controlado por un interruptor que se hallaba en un panel de mandos que había en el suelo, en la esquina. Obviamente había sido accionado por la pata del perro que ahora trotaba hacia nosotros. Era el perro policía más grande que haya visto en mi vida. Pesaría aproximadamente unos setenta y cinco kilos. Tenía ojos atentos que eran de un marrón profundo y lúcido como el de la miel a veces, y otras veces del marrón denso y opaco de una salchicha de Frankfurt. Su cara era negra y la coloración del pelaje de su espalda recordaba a una silla de montar.

—Herr Doktor Weisstein, Herr Ralph von Wau Wau —dijo Stampfert.

Sonrió, o al menos abrió las mandíbulas, revelando unos dientes muy, pero que muy largos y afilados.

—Pase, por favor. Como si estuviera en su casa —dijo.

Aunque ya me había prevenido Stampfert, me asusté. Su boca no se movía y las palabras salían de su garganta. Hablaba un alemán excelente. Pero la voz era la de un actor de cine norteamericano que murió hace mucho.

Humphrey Bogart, para ser más exacto.

Yo habría escogido la voz de Bail Rathbone, pero de gustibus non est disputandum, sobre todo cuando se trataba de un tipo con una dentadura como la de Ralph. No había nada misterioso ni mágico en la voz, aunque el efecto era extrañísimo, incluso para los que estábamos preparados. La voz, como su inteligencia, fueron éxitos de la ciencia alemana. Un perro (o cualquier otro animal) carece de la estructura bucal y las cuerdas vocales para reproducir los sonidos humanos inteligiblemente. Esta deficiencia había sido vencida mediante la implantación de un aparatito alimentado por energía nuclear en la garganta de Ralph. Estaba conectado por un complejo neural de proteína artificial al centro del habla en el cerebro del perro. Para activarlo era necesario pensar en tres palabras clave. Esto era necesario, pues de lo contrario estaría hablando siempre que estuviera pensando verbalmente. La entonación de las palabras era automática, y respondía al tono emocional de los pensamientos de Ralph.

—¿Qué tal si nos sirves una copita, cariño? —dijo a Stampfert—. Aparca ahí, tío —me dijo, señalando a una butaca con la pata.

Me senté, y no estaba muy seguro si permitirle esas confianzas, aunque decidí no decir nada. Después de todo, ¿qué se podía esperar de un perro que por propio deseo ha visto El halcón maltés cuarenta y nueve veces? Claro que esto lo averigüé más tarde. También descubrí que su modo de dirigirse a las personas cambiaba drásticamente con bastante frecuencia, incluso en una misma frase.

Stampfert preparó las bebidas en un mueble-bar bien abastecido en la esquina del gran salón. Ella se preparó un tequila con sal y limón, me trajo el doble de Duggan’s Dew o’Kirkintilloch on the rocks que le había solicitado, y echó tres chorros de whisky en un platito que había en el suelo. El perro empezó a lamerlo; y cuando se dio cuenta de mi expresión, me dijo:

—Soy un detective. Es tradicional que los investigadores bebamos. Siempre intento seguir las tradiciones humanas… cuando me complacen. Y si el hecho de que beba de un plato le ofende, puedo sujetar un vaso entre las patas, pero ¿por qué coño había de hacerlo?

—No hay ninguna razón —dije a toda prisa.

Dejó de beber y se subió de un salto al sofá, donde se sentó de cara a nosotros.

—Habéis estado bebiendo en el Kennzeichen —dijo—. Sois viejos clientes de ese lugar. Y más tarde comisteis en el Neu Bornholt. La doctora Stampfert dijo que vendríais en taxi, pero cambiasteis de opinión y tomasteis el autobús.

Hubo un silencio que duró hasta que yo comprendí que esperaba que yo comentase esto. Sólo se me ocurrió decir:

—¿Y qué?

—La chica no me dijo nada de esto —dijo un poco enojadamente Ralph—. Sólo estaba demostrando algo que un simple ser humano no podría haber averiguado.

—¿Simple? —dije yo igual de enojado.

Ralph encogió los hombros y, créame, esto no es nada fácil para un perro que carece de hombros.

—Lo siento, hombre. No hace falta ponerse así. No quise ofenderle.

—Muy bien —dije—. ¿Y cómo supo todo eso?

Y, la verdad, es que me estaba empezando a preguntar eso mismo.

—El Kennzeichen es el único restaurante en la ciudad que sirve un vaso de Lowenbrau a cada cliente que entra en el bar —dijo Von Wau Wau—. Vosotros obviamente preferiríais tomar otra cosa, pero no estabais dispuestos a rechazar una copa gratis. Si no hubierais estado en el Kennzeichen, no hubiera olido el Lowenbrau en vuestros alientos. Luego fuisteis al Neu Borncholt para comer. Allí sirven una ensalada con una salsa de la casa cuyos peculiares ingredientes detecté con mi sentido del olfato. Como sabéis, es un millón de veces más sensible que el de los humanos. Si hubierais venido en taxi, como era la intención de nuestra amiga, estaríais apestando fuertemente a gasolina. Vuestras ropas y pelo han absorbido un cierto olor de andar por las calles, claro, además de la carbonilla de alto contenido en sulfuro que ahora desprenden los coches. Pero, olfativamente, deduzco que tomasteis un autobús eléctrico, que carece de olor relativamente hablando. ¿Es cierto?

—Estaría tentado a decir que es asombroso, pero claro, todo el trabajo lo hace tu nariz —dije yo.

—Un colega muy distinguido —dijo Ralph— sin duda el más distinguido, una vez dijo que la primera cualidad de un investigador criminal debe ser poder ver a través de un disfraz. Yo pasaría esto a segundo término, e insistiría en que lo importante es oler a través del disfraz.

Aunque parecía algo malhumorado, se volvió más amigable tras unos lametazos más de su platito. Lo mismo me pasó a mí después de unos pocos sorbos más. Hasta me dio permiso para fumar, con tal de que me sentara bajo una ventilación especial instalada por encima de mi asiento.

—Cubano —dijo, husmeando después de que lo hubiera encendido—. La Roja Paloma de la Revolución.

—¡Eso es asombroso! —dije yo. También estaba asombrado de encontrar a Stampfert sentada en mi regazo.

—Eso no es nada —dijo—. Empecé a escribir una monografía sin importancia sobre los delicados aromas de los puros, pero de mi cuenta de que se había convertido en un mamotreto antes de terminarlo. Además, ¿quién lo iba a utilizar?

—¿Tú que haces aquí? —le dije a Stampfert—. Estamos hablando de negocios. No quiero que Von Wau Wau se lleve una impresión equivocada.

—Antes no te importaba —dijo riéndose—. Pero estoy aquí porque quiero fumar también, y ésta es la única ventilación que tiene, y me dijo que no podía fumar si no me sentaba aquí debajo.

Bajo estas circunstancias, no era fácil llevar una conversación coherente con el perro, pero de alguna manera nos arreglamos.

Le dije que había leído algo acerca de su vida. Sabía que sus padres habían sido propiedad de la Comisaría de Policía de Hamburgo. Él era uno de una camada de ocho, todos mutados en cierto grado, ya que sus padres habían sido sometidos a experimentación científica. Esto había sido llevado a cabo por biólogos del Das Institut und die Tankstelle fue Gehirntaschens Pielerei. Pero su alta inteligencia era el resultado de la biocirugía. Aunque su cerebro no era más grande de lo que debiera ser para un perro, su complejidad era comparable con la de un ser humano. Los científicos habían usado proteínas artificiales para construir billones de nuevos circuitos nerviosos en su cerebro. Esto se había hecho, sin embargo, a expensas de su cerebelo, o cerebro posterior. Como resultado, tenía muy poco subconsciente y, por lo tanto, no podía soñar.

Como todo el mundo sabe, el no poder soñar provoca una psicosis progresiva y, finalmente, un colapso mental. Para corregir esto, Ralph creaba sueños durante el día, los grababa audiovisualmente, y los conectaba al cerebro durante la noche.

No tengo espacio para entrar en detalles en esta narración, pero hay una descripción completa en El caso de los sueños robados (sin publicar aún).

Cuando Ralph era todavía un cachorro, una explosión destruyó el instituto y mató a sus hermanos y a los científicos responsables de su sapiencia. Ralph fue entregado a la Comisaría de Policía y enviado a la escuela. Asistió a las clases de obediencia y otros cursos exigidos para ser un canschutzhund entrenado. Pero él fue el único cachorro que, además, asistió a clases de lectura, escritura y aritmética.

Ralph ahora contaba con veintiocho años pero parecía tener cinco. Algunos achacaban esta anomalía a los experimentos de mutación. Otros decían que los científicos habían perfeccionado un elixir que había sido administrado a Ralph y a sus hermanos para retrasar el envejecimiento. Si la explosión no hubiese destruido los historiales, el mundo quizá tuviese a su disposición este elixir. (Hay más acerca de este tema en Un breve caso de longevidad, sin publicar aún).

La existencia de Ralph había sido ocultada durante muchos años al mundo, a excepción de unos pocos policías y oficiales que juraron guardar silencio. Pensaban que la publicidad reduciría su eficiencia en el trabajo como detective. Pero recientemente el caso había llegado a la luz pública por iniciativa del propio Ralph. Harto de ser un simple perro-policía. Orgulloso y ambicioso, dimitió para convertirse en investigador privado. La solicitud de una licencia provocó un escándalo. Todos los medios de información acudieron en manadas y rebaños. Fue llevado a los tribunales, pero, aún pendiente de la sentencia, Ralph von Wau Wau estaba procediendo como si fuera un agente libre. (Para ver la conclusión de este famoso caso, véase La alcaparra de Kupper, defensor de la Policía, no publicado aún).

Fuera o no propiedad de la Comisaría de Policía, todavía dependía de los seres humanos. De ahí su búsqueda para encontrar un compañero de piso y un socio.

Le conté algo acerca de mi persona. Escuchó en silencio y luego dijo:

—Me gusta como hueles. Tienes un olor honesto y humilde. Me gustaría que vinieses a vivir conmigo.

—Me encantaría —dije—, pero sólo hay un dormitorio…

—Es todo tuyo —dijo—. Yo soy bastante espartano. O más bien canino. Como habrás visto, el otro dormitorio ha sido convertido en laboratorio. Yo duermo sobre un montón de mantas bajo la mesa. Puedes tener toda la privacidad que quieras, puedes traer a todas las mujeres que quieras, con tal de que no hagas demasiado ruido. Creo que debemos aclarar una cosa. Yo soy el primer socio. Si esto ofende tu chauvinismo humano, podemos terminar con todo esto antes de empezar.

—No preveo que haya ninguna fricción —contesté yo, me levanté y fui hacia Ralph para darle la mano.

Desgraciadamente, me había olvidado de que Stampfert estaba todavía sentada encima mía. Cayó dando con las nalgas en el suelo y gritando de dolor e indignación. Fue, lo admito, estúpido por mi parte, o por lo menos no demasiado inteligente. Stampfert, maldiciendo, se dirigió a la puerta. Ralph se quedó mirando a mi mano extendida y dijo:

—Aclaremos una cosa, tío, nunca doy la patita ni me siento a pedir comida.

Dejé caer mi mano y dije:

—Oh, claro…

Se abrió la puerta. Me volví para ver a Stampfert, todavía frotándose el trasero y saliendo por la puerta.

Auf wiedersehen —dije yo.

—No, si yo lo puedo evitar, canalla —dijo ella.

—Siempre se ofende con demasiada facilidad —dije a Ralph.

Me marché al rato para recoger mis pertenencias del hotel. Cuando volví a entrar con las maletas, me quedé de repente quieto. Ralph estaba sentado en el sofá, sus ojos brillaban, su enorme lengua roja colgaba fuera de la boca y su respiración era agitada. Delante de él se hallaba sentada una de las mujeres más guapas que nunca había visto. Ella, evidentemente, había hecho algo para cambiar su estado anímico, pues su modo de dirigirse a mí cambió radicalmente.

—Pase, mí querido Weisstein —dijo—. Su primer caso como socio mío está a punto de comenzar.